El verano del Lobo Rojo
- Pues tú mismo puedes conseguirlo. Sabiendo…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
- Pues tú mismo puedes conseguirlo. Sabiendo mi nombre y el de Ruarri, así como unas cuantas cosas más acerca de nosotros, puedes quitarnos de en medio cuando te dé la gana.
- Eres una zorra, Maeve O'Donnell.
- Y tú, seannachie, no eres todo lo hijo de mala madre que debieras ser, lo cual es una pena para ti y una bendición para nosotros. Ahora más valdrá que cambiemos el tema de la conversación, ¿no crees?
Hubiera debido sentirme injuriado, pero no fue así. Maeve O'Donnell se estaba comportando con una honradez superior a la de muchos cuyos nombres podría decir, y, además, se entregaba mucho pidiendo a cambio solamente que su compañero se portara con alegría en una alegre ciudad, a fin de olvidar el resto de este perro mundo en que vivimos. Cuando salimos del «Gallipollo de Oro», estábamos de un humor tan alegre como el coñac que tomamos con el café. Fuimos a los jardines del Tívoli, y paseamos,
cogidos de la mano, bajo las guirnaldas de bombillas, contemplando a la gente, escuchando la música de la banda, comprando bobadas en las casetas, oliendo el perfume de las flores, y riéndonos como niñosen el circo de las pulgas. Bailamos anticuados valses y foxtrots de los años veinte, y música beat y música soul, y sabe Dios cuántas cosas más. Comimos azúcar en forma de nube de algodón. Tiramos aros a la cabeza de muñecos de feria.
Disparamos contra saltarines conejos mecánicos. Subimos a trapecios y tiovivos, y, a medianoche, tomamos café con leche y pastas. A pesar de la gran cantidad de gente, del ruido y de las apreturas, me sentí feliz como un niño con zapatos nuevos. Incluso Maeve advirtió el cambio. Y mientras estábamos sentados, lánguidos pero satisfechos, tomándonos el café con leche, Maeve dijo:
- Pareces otro hombre, seannachie. ¿A qué se debe?
- Bueno, yo creo que estuve perdido durante cierto tiempo.
-¿Y cómo fue eso?
-Es una historia muy larga y no quiero contarla otra vez.
- ¿Ni siquiera en versión abreviada?
-Bueno, ahí va. Será una historia corta, y no demasiado agradable. Hay ciertas mujeres que no desean más que castrar al hombre a quien aman, y, después, mimarlo para siempre jamás como cosa de su propiedad. Yo me casé con una mujer así. Como sea que la quería, tardé mucho en darme cuenta de su manera de ser. Ahora, sin embargo, de nada la culpo. Me da cierta lástima. Conseguí escapar, y, después, quedé hecho añicos, sin confianza en mí
mismo, con mis dotes de escritor inoperantes, cansado y desorientado como si hubiera librado una cruel e inútil batalla... Y... Y ya está, finita la commedia!
- Gracias por contarme la historia.
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-De nada.
-Ahora quiero que me lleves a Nyhavn.
-¿Por qué?
-Es otra historia. No debes olvidar que soy una sentimental irlandesa.
- ¡Narices, sentimental, Maeve O'Donnell! Vamos, en marcha. Así es que, mucho después de medianoche, llegamos a Nyhavn, aquel negro y largo canal, con barcas de pesca amarradas a uno y otro margen, y viejas casas en una y otra orilla, con oficinas de proveedores de buques, tiendas en las que uno se puede tatuar, restaurantes chinos en los que comer chow, sórdidos bares en los que uno encuentra a marineros de todas partes del mundo, corpulentas muchachas campesinas, y las más viejas rameras de todo Dinamarca. Allí siempre hay policía. Van de dos en dos, prestos a recoger a los hombres que salen rodando de los bares, o a entrar en ellos cuando la pelea es demasiado ruidosa o violenta, lo cual ocurre con cierta frecuencia. Sin embargo, es una zona alegre, ruda y bulliciosa, más sana que los clubs que se encuentran al otro extremo de la ciudad, en los que lindas muchachas y guapos muchachos fornican en un colchón para que alguien que ha pagado el debido precio se divierta contemplándolos, en los que las lesbianas hacen públicamente el amor entre sí y luego atienden a los hombres, y en los que uno puede incluso hacer el amor con un perro de lanas, si es que a uno le da por ahí y paga el gusto. Esta es la otra cara de la dulce ciudad, y no cabe decir que sea la mejor, precisamente. Dejé que Maeve eligiera el bar. Era una casa de fachada impersonal, con ventanas de cristales pintados que parecía fueran a romperse de un momento a otro, al impulso de la música que sonaba en el interior. No tenía nombre. Sólo un número colgaba sobre la puerta. Luego, una luz amarilla le llevaba a uno hacia dentro. Al salir, los clientes tenían que conservar la serenidad suficiente para encontrar su barco, o de lo contrario iban a parar al canal o al coche celular de la Policía.
Dentro, el humo del tabaco formaba una densa niebla, y olía a cuerpos sudados y a cerveza derramada en el suelo. Con dificultad nos abrimos paso hasta una mesa en un rincón, y, después, tuve que emprender de nuevo la lucha para llegar hasta el mostrador y hacerme con unas bebidas, por encima de las filas de móviles cabezas. Intenté regresar a la mesa por el atajo, es decir, cruzando la pista de baile, pero casi fui derribado por un gigante que bailaba con una obesa muchacha a la que parecía llevar colgada del pecho. Maeve estaba intentando quitarse de encima a un joven y galante portugués que, al verme, me pidió excusas e hizo una profunda reverencia.
Me alegré de que aquel hombre no fuera un noruego capaz de merendárseme en un dos por tres.
Maeve estaba colorada y entusiasmada.
- ¡Me encanta este sitio, seannachie! Me gusta ese ruido, y ese hedor, y esos tíos como elefantes...
- Sí, es divertido. Pero si comienzan a arrojarse botellas a la cabeza, será cuestión de tumbar la mesa de lado y escondernos detrás.
-¿Habías estado aquí?
- No aquí, precisamente aquí, no. Pero he estado en sitios parecidos.
- Aquí conocí a Ruarri.
- ¡Santo cielo!
- Aquella noche salí, igual que hoy he salido contigo, aunque había bebido más y estaba mucho más enloquecida. El hombre con quien yo iba carece en absoluto de importancia. Le había vendido unos cuantos caballos, y me había dado cuenta de que le gustaban más que las mujeres. Yo me dedicaba a mirar a todos los hombres que había a mi alrededor, y muchos de ellos parecieron interesados en mi persona. Ruarri estaba sentado allí, con sus muchachos y unas chicas. Se acercó y me sacó a bailar. Pensé que era un guapo chico, con una sonrisa de donjuán, y excesivamente pagado de sí mismo. En consecuencia, procuré tomarle el pelo. Pero, en cierto momento, sin saber cómo, se acabaron las tomaduras de pelo. Entonces los dos enloquecimos. Y nos pusimos a bailar encima de una mesa, yo con las faldas revoloteando 131
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por la cintura y la blusa abierta hasta el ombligo, y todos los demás gritando y aplaudiendo nuestra exhibición. En aquellos momentos había ya perdido de vista a mi acompañante. Cuando se acabó, fui con Ruarri a su barco, allí dormí, y, desde entonces, me tiene conquistada.
- ¿Y después?
- Después, seannachie, me pasó lo mismo que a ti. Descubrí a Ruarri, el Lobo Rojo. Tardé bastante y no fue fácil, debido a que es un lobo que se porta con suavidad durante un minuto, pero al minuto siguiente es voraz y salvaje; una noche se porta como un ser solitario y la noche siguiente va en manada... Y siempre actúa como un verdadero traidor, seannachie, que interpreta el papel de perrito simpático y te pone las patas encima, y cuando tú vas y alargas la mano para acariciarle, él va y te muerde. Lo aguanté
durante mucho tiempo porque Ruarri es formidable en la cama, dulce y sabio, y después duro y poderoso como un pistón...
¿Te escandalizo, seannachie?
-No, sigue, sigue.
-A veces, me pegaba. No mucho, pero lo suficiente para asustarme y para inducirme a desear que volviera a tratarme con dulzura. La verdad es que no me importaba mucho que me pegara. También yo tengo garras, y sé servirme de ellas. Pero llegó el momento en que no pude aguantarlo más. Vi lo que Ruarri estaba haciendo conmigo. Me estaba destruyendo para construirse él, me estaba desmontando ladrillo a ladrillo. Ruarri es un cobarde, seannachie. Tiene más miedo que un niño en la oscuridad, pero no quiere ayuda. Intenta cogerle y meterle en cama, y te arrancará los ojos... El caso es que un buen día, el año pasado, le despedí.
-¿Le despediste?
- ¡Sí, sí, seannachie! Yo, la pequeña Maeve O'Donnell, le dije todo lo que pensaba de él, se lo dije fríamente, sin alzar la voz, y en palabras muy sencillas. ¿Y sabes cómo reaccionó?
¡Se echó a llorar! Lloró como un niño al que se aparta de la teta. Dijo que me amaba, y realmente esto creía. Yo le dije que también le amaba, pero que no había amor que pudiera resistir lo que tenía que pagar para amarle. Me preguntó si podíamos ser amigos y le dije que sí. Y amigos hemos sido desde entonces, tal como has podido ver. Cuando sepa que la mercancía ha sido entregada, iré a su lado y pasaré un par de días cogiéndole la mano. Después, me volveré a casita y lloraré de noche su ausencia, pidiendo a todos los santos que no se entere.
- ¿Te quiere?
- No sabe amar, seannachie. Esto es lo malo. Quiere amar, pero no sabe cómo. Y lo mismo le pasa contigo. Quiere que seas como un hermano para él, puedes estar seguro de eso. Pero ignora lo que es un hermano. Es como un ciego al que le hayan explicado lo que son los colores, pero que jamás los haya visto.
-¡Dios mío! ¡Qué triste...!
-Sí, efectivamente. Pero también es triste para ti... Y para mí. -¿Cuál es el remedio?
- Me parece que no lo hay. Y si lo hay, creo que está más a tu alcance que al mío. Yo he dormido con él, ¿comprendes?, yo he sido ya usada, gastada. No tiene la menor obligación de respetarme, aunque, ¡vive Dios!,
más le valiera respetarme... En cambio, a ti te respeta, aunque nunca lo reconocerá lisa y llanamente hasta que le hayas frotado las narices contra el suelo, y luego le hayas levantado la cabeza. Necesita un padre, seannachie.
Necesita el padre que no ha tenido. Una mujer no puede cumplir esta función. Una mujer puede ser madre, amante, esposa, ramera, o todo a la vez, pero nunca puede interpretar el papel de padre. Esta es la verdad, seannachie...
- Sí, eso creo.
-Soy una zorra, pero no me porto como tal en este caso.
- Me consta.
-Bueno, ¿te molestaría mucho sacarme de aquí ahora, llevarme a casita, caminando despacio y diciéndome cosas agradables? -En marcha, hermana Maeve.
-Oye, seannachie...
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- ¿Qué?
-No cedas. Prométeme que nunca más cederás ante Ruarri. Si cedes, serás un asesino, igual que todos nosotros.
- Te lo prometo. Y ahora salgamos de aquí.
No estaba embriagada, pero tampoco estaba serena. Rebosaba lágrimas, pero no derramó ni una. Paseamos primero por el canal y después volvimos al hotel. Le dije frases dulces y amables, tal como me había pedido, y se las dije sinceramente, a pesar de que no era mujer a la que pudiera llamar mía, y nunca lo sería, sino que se las dije en méritos del pasado que llevaba a la espalda, como un horrible gigante, y que llevaría durante toda su vida.
Cuando nos encontramos ante la puerta de su dormitorio, Maeve dijo suavemente:
-Seannachie, no me dejes sola esta noche.
- No te dejaré sola. Espérame un instante.
No es un secreto ni me siento culpable. No, porque no hay razón alguna que justifique lo uno o lo otro. Pasé con ella aquella noche y las dos siguientes, hasta que llegó el mensaje de Ruarri. Estábamos en tierra extraña, nos sentíamos solos, y nadie se preocupaba de quiénes éramos o de
lo que éramos. No era el país del amor, pero fuimos felices durante un breve período. Si, al dejarla, me sentía recuperado, o casi recuperado, ello se debía a las atenciones de sus manos. Y si ella quedó más serena, creo que se debía a la dulzura con que la traté. 133
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XIII
Mandé telegramas a Kathleen, a Hannah y a Morrison, anunciándoles mi regreso. En avión fui de Copenhague a Glasgow, pasé una noche en esta triste ciudad, y en la mañana siguiente partí para Stornoway. Cuando llegamos caía una fina lluvia, y me encontré ante una comisión de recepción formada por Duggie Donald, un policía de la localidad, y un hombre alto y de cabello gris a quien me presentaron diciendo que era el inspector Rawlings, de Servicios Especiales. Rawlings dijo qué sentía infinito el tener que molestarme, pero que estaba llevando a cabo cierta investigación y confiaba en que no tuviera yo inconveniente alguno en prestar mi voluntaria cooperación. Lo dijo con tanta amabilidad que ni se me ocurrió la idea de negarme. Bueno, en realidad, aunque no se lo dije, durante todo el trayecto de vuelta estuve preparándome para encontrar a alguien como él. El inspector Rawlings consideraba que quizás el lugar más adecuado para charlar él y yo fuera la comisaría de Policía, si es que yo no tenía inconveniente, como en realidad no lo tenía, no señor. Tendría sumo gusto en acompañarme en automóvil hasta la comisaría, en compañía de míster Donald. El policía de la localidad se encargaría de cuidar de mi equipaje.
De esta manera, diez minutos después me encontraba sentado en una desnuda estancia, con Duggie y Rawlings, y una joven policía que tomaba notas taquigráficas, sentada en segundo plano. No tardé en darme cuenta de que Rawlings era hombre con mucho tiempo a su disposición y con claras aficiones a enterarse de todo género de detalles pintorescos. Se preocupaba mucho de mi comodidad. ¿Una taza de café, acaso? Pues sí, con mucho gusto. Sirvieron el café. ¿Había tenido buen viaje? Pues la segunda parte del viaje fue agradable, efectivamente. Copenhague era una ciudad alegre y divertida, ¿verdad? Mucho, mucho, sí. De vez en cuando, él también iba a Copenhague. ¿Dónde me había alojado? En el «Hotel d'Angleterre».
Magnífico hotel ciertamente, aun cuando más caro de lo que puede permitirse pagar un pobre policía. ¿ Había regresado con escala en Glasgow? Sí. ¿Y cuánto tiempo había permanecido en Glasgow? Sólo una noche. Estuvo de acuerdo en que con una noche bastaba y sobraba.. Bueno, él era un londinense de pies a cabeza, aun cuando por razones de su trabajo iba a países extranjeros, al continente, al Eire, a los Seis Condados, pero
rara vez tenía que ir a las Hébridas. Dijo que seguramente yo me estaría preguntando a santo de qué tenía él interés en hablar conmigo. ¿Acaso se me había ocurrido que todo el asunto estaba relacionado con la defunción de Lachie McMurtrie? Pues sí, ciertamente, estaba relacionado con esto y con otros hechos concomitantes, más o menos. ¿Daba yo por sentado que él tenía en su poder mi declaración de Tórshavn? Pues sí, acertaba. Fue una declaración muy concisa y la consideraba de gran valor. Desde luego, no le gustaba en absoluto verse en el caso de molestarme todavía más, pero
¿acaso no podría yo aclarar un poco algunos detalles? Pues con mucho gusto le daría cuanta información tuviera en mi poder, sí señor, aunque mucho temía que no le sirviera de gran cosa. ¿Podía echar una ojeada a mi pasaporte? Claro que sí. Lo examinó con gran atención y lo dejó abierto sobre sus papeles. Entonces comenzó el interrogatorio en toda la línea.
-Veo que es usted novelista, señor...
- Sí.
- ¿Es ésta su profesión normal?
-Sí.
-Su pasaporte está librado en Roma. ¿Reside habitualmente allí?
- Sí.
-¿Podría darme sus señas y número de teléfono?
Se las di. Me pidió que deletrease las palabras para facilitar el trabajo de la taquígrafa. 134
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-Y ahora, señor, ¿sería para usted mucha molestia preguntarle el motivo de su viaje a las islas?
- Vine para descansar, invitado por Alastair Morrison, de Laxay.
Actualmente Alastair Morrison se encuentra en un hospital.
-Lo sabíamos ya, señor. Muchas gracias. ¿Es ésta su primera visita a las islas?
- Sí.
-¿Míster Morrison era el único amigo que usted tenía aquí?
- Antes de mi llegada, sí. Ahora no.
-Entre sus nuevos amigos está Ruarri Matheson, ¿verdad?
-Sí.
-¿Cómo le conoció?
Se lo expliqué con todo detalle.
Me escuchó atentamente, reclinado en el asiento, las manos enlazadas sobre la cintura. Luego, dijo:
-De manera que este encuentro en Skye y este primer día de navegación juntos es la única base de su amistad, ¿no es eso?
-Pues yo diría que fue el principio de nuestra amistad, y no la base de ella. Desde el primer instante Matheson me resultó simpático. Es un hombre pintoresco, que ha leído mucho, ha viajado mucho y tiene el don de la hospitalidad. Fue la primera persona a quien traté aquí, en las islas. Para mí fue una satisfacción cultivar su trato. En posteriores ocasiones ha demostrado ser un hombre interesante y de trato agradable.
-¿Y conjuntamente se dedicaron a la caza y pesca furtivas?
-Permítame que le corrija, inspector. Fuimos a pescar y a acechar ciervos, lo cual son dos deportes plenamente legales, mientras no se demuestre lo contrario.
- Mil perdones. ¿Y también le visitó en su casa?
-Varias veces.
-¿Una o dos de ellas en compañía de la doctora Kathleen McNeil, quien actualmente sustituye al médico de Harris?
- Sí.
-¿Y usted invitó a cenar a Matheson en casa de Morrison?
-Efectivamente.
-Es decir, ¿tiene usted con Matheson una relación de amistad bastante íntima?
-La palabra «íntima» es excesivamente sugerente, inspector. A veces lleva en sí un significado desagradable, especialmente en las declaraciones en juicio. Digamos que entre míster Matheson y yo hay una relación de amistad.
Puede usted tener la certeza de que no estaba yo intentando contestar con astucia. Sólo quería demostrar que hubiera podido ser un excelente picapleitos. Y que, si tanto me apuraban, quizá me obligaran a dejar claramente sentadas algunas sutiles distinciones. Quería que el inspector comprendiera que yo era un hombre culto para quien las palabras pueden tener cortantes aristas. Además, también tenía que mostrarme honrado en tanto pudiera. Por esto pregunté con cierto retintín:
-¿Puedo hacer un breve comentario, inspector?
-Por favor, adelante.
-Bueno, pues en este caso creo que más vale hablar con franqueza.
Comprendo muy bien el significado de las palabras, y la importancia de las preguntas. Estoy dispuesto a colaborar en la investigación que esté usted llevando a cabo. Creo que puedo serle de mayor utilidad si deja usted de interrogarme sobre extremos que ya conoce y va directamente al grano. No tengo intención de mentirle a usted y, por otra parte, tampoco tengo razones para mentirle. Espero haberme expresado con claridad.
-Con admirable claridad, señor. Y si en algo le he ofendido, le ruego me disculpe. En nuestra profesión solemos seguir ciertos métodos, a veces muy rutinarios. Reconozco que, en algunas ocasiones, los seguimos excesivamente a rajatabla, en especial cuando nos hallamos 135
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ante un testigo dispuesto a cooperar. Veamos... ¿Dónde estábamos? ¡Ah, sí...! Tiene usted relaciones de amistad con Ruarri Matheson. Bueno, el caso es que míster Donald me ha informado de cierta conversación que tuvo con usted en un hotel de Harris. A juzgar por ella, parece que estaba usted enterado de que Ruarri Matheson se dedicaba a una actividad ilegal, que afectaba a las leyes de aduanas y tributarias.
-Permítame otra corrección, inspector. Era míster Donald quien sospechaba que míster Matheson se dedicaba a tal actividad. Me di cuenta de tales sospechas el día en que míster Donald subió a bordo de la embarcación de Ruarri, cuando llegamos a Stornoway, y también cuando míster Donald consideró necesario llamar por teléfono a mi anfitrión, míster Morrison, a fin de enterarse de mi identidad e historial. Formulé a míster Donald algunas preguntas a este respecto. También le pedí que me diera la información necesaria para poder mantenerme al margen de toda actividad ilegal, si es que alguna actividad de este tipo se estaba desarrollando. ¿Es correcto el resumen, Duggie?
-Efectivamente, inspector, así fue. Y si procura recordar mis palabras verá que precisamente esto es lo que le dije.
-Sí, sí, efectivamente. Pero usted, a pesar de las sospechas de míster Donald, decidió
efectuar ese viaje en la embarcación de míster Matheson...
-¿Era ilegal, inspector?
-No.
-Entonces, ¿por qué ha utilizado las palabras «a pesar»? Míster Donald no me aconsejó, ni podía hacerlo, que me abstuviera de efectuar tal viaje.
Quisiera que la señorita taquígrafa hiciera constar mi más enérgica protesta ante preguntas tan capciosas.
-Señorita, ¿ha hecho usted constar la protesta? Bien, muchas gracias.
Entonces, permita, señor, que le formule una pregunta muy directa. ¿Vio usted, en cualquier momento, en el curso del viaje, indicios del desarrollo de una actividad ilegal, sea la que fuere?
-No, en modo alguno.
-En los elogios que usted ha dedicado a Ruarri Matheson ha dicho que era un hombre que había viajado mucho. ¿Qué sabe usted de los viajes de Ruarri Matheson?
-Detalles que suelen salir en las conversaciones normales y corrientes.
Parece que ha estado en los más diversos lugares del mundo.
-¿Y que ha hecho muchas cosas raras?
- Probablemente.
-¿Podría darme algún ejemplo?
-Sólo recuerdo dos. Dijo que había transportado opio en Tailandia, y que había sido mercenario en África. Mucho me temo q le todo lo demás fueron generalidades.
-¿De nodo que nos hallamos ante un individuo que ha sido contrabandista y soldado a sueldo?
-No sé ante qué nos encontramos, inspector. Yo sólo he visto a un hombre que se dedica al cultivo de la tierra y a la pesca. El resto es palabras y más palabras. No puedo ofrecerle pruebas que demuestren la veracidad de estas palabras.
- Es usted un testigo admirable, señor. Me gustaría que todas las personas a las que interrogo hablaran con la claridad de que usted hace gala.
¿Conoce usted a una señora llamada Maeve O'Donnell?
- Le consta que la conozco, inspector. Fue la pareja de míster Matheson en la cena que ofrecí en casa de míster Morrison. Aquella noche conocí a Maeve O'Donnell. La vi por segunda vez en Copenhague, hace un par de días. Se encontraba en el mismo hotel en que yo me alojé. Pasé una velada muy agradable con ella e hicimos un par de excursiones por las afueras.
- Es decir, ¿también es amiga de ella?
-Sí.
-En realidad, ¿usted fue a Copenhague con el propósito de verla?
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- No. Cuando estuve en Copenhague la vi, pero no fui a Copenhague con el propósito de verla.
-¿Pero a usted le constaba que esta señora se hallaba en Copenhague?
- Naturalmente. Matheson me lo dijo, y me pidió que la viera.
- ¿Por qué fue a Copenhague?
- Pues porque dejé la embarcación de Matheson en las Feroes, y la única manera de regresar aquí era por Copenhague. Además, tal como hemos dicho, se trata de una ciudad muy agradable. Por esto decidí quedarme un par de días y pasarlo lo mejor posible.
- ¿Y por qué interrumpió su viaje en las Feroes? ¿Por qué no lo terminó, tal como había planeado?
-Por diversas razones, inspector. El viaje resultó mucho más duro de lo que yo había imaginado. En la embarcación apenas había sitio para mí, y me encontré un poco ajeno a la tripulación, que forma un grupo muy unido y cuyo principal idioma es el celta. Por fin, y esto es lo más importante, la muerte de Lachie McMurtrie fue un hecho lamentable que ensombreció el viaje. Quizá parezca cruel, pero la verdad es que vine a pasar unas vacaciones, para recuperarme de una enfermedad. No sentía el menor deseo de asistir a un largo funeral.
- ¿Y no se creyó obligado a animar con su presencia a su buen amigo Matheson, e incluso a ayudarle?
-Pensé que estaría mejor sin mí.
- ¿No pensó acaso que usted estaría más seguro sin él?
-Me parece que no he comprendido su pregunta, inspector.
-En este caso, se la formularé de otra manera. Se podría decir, sin que ello implique descrédito, que se encontró usted en compañía de hombres de dudoso comportamiento, y que decidió apartarse de ellos lo antes posible.
-Esto sería una declaración contradictoria con las que antes he efectuado.
-¿Con cuáles, señor?
- La declaración en la que he dicho que no vi indicio alguno de actividades ilegales a bordo de la embarcación de Matheson.
- Sí, es cierto, es cierto. Pero la verdad es que todavía me intriga la naturaleza de sus relaciones con Ruarri Matheson. Según todos los indicios, ustedes dos son buenos amigos, se divierten juntos y se tienen mutua confianza, pero, a pesar de esto, usted se alejó de él en un momento crucial para él. ¿Cómo explica usted tal actitud?
-No sé, quizá sea un hombre egoísta.
- No parece así, por lo que de usted sabemos, sino más bien todo lo contrario. Obsequió
usted con botellas de bebidas alcohólicas a la tripulación, lo cual, si tenemos en cuenta los vigentes impuestos británicos, resulta una atención bastante cara. También ofreció un costoso regalo a Ruarri Matheson, es decir, un sextante antiguo. Eso no es propio de un hombre egoísta. ¿Por qué abandonó el barco en Tórshavn?
- Por las razones que le he dicho, y por otra que no le he dicho.
-¿Cuál?
-Poco antes de que ocurriera la tragedia, mis relaciones con Ruarri Matheson se hicieron un poco tirantes. Yo fui quien más acusó esta tirantez.
-¿Por qué?
- Por un asunto privado que no me considero autorizado a revelar.
-En este caso, señor, me veo en el caso de formularle una muy seria advertencia. No estamos investigando tan sólo una posible infracción aduanera, sino un posible asesinato también.
-¡Asesinato!
Esperaba que mi sorpresa le pareciera sincera, puesto que no en vano me había preparado con larga anticipación.
-Efectivamente, señor, asesinato. En consecuencia, si intenta usted ocultar informaciones pertinentes al caso, puede verse en una situación muy desagradable. 137
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La conversación había dejado de ser un juego. No podía permitirme el lujo de mentir ni de ocultar una verdad que pudiera, luego, salir a la luz. Por otra parte, tampoco podía permitir que el inspector creyera que me había
asustado, ya que, de lo contrario, se lanzaría al ataque como un perro sabueso. Por esto, le di una sorpresa que desvió su atención por unos instantes.
-Comprendo muy bien su advertencia, inspector. Pero la verdad es que me encuentro en una situación muy difícil. Con carácter estrictamente confidencial me comunicaron cierta información que nada tiene que ver con los hechos objeto de nuestra conversación. Me pidieron que prestara cierto servicio de carácter puramente personal. Lo presté. Como resultado de lo que acabo de decirle, en las relaciones entre Matheson y yo apareció cierto factor de... no sé cómo decírselo... en fin, de roces. A pesar de ello, éramos, y seguimos siendo, buenos amigos, pero se produjo cierta tirantez, y en este momento de crisis pensé que sería mejor para Matheson que me alejara de él.
- ¿Cuál es esa información y cuál es ese servicio? Está usted obligado a decírmelo, señor. Usted no es médico ni es abogado. Carece de privilegios en esta materia.
- En este caso, ¿puedo pedir que se observen ciertas normas de caballerosidad y de decencia, y que se mantenga esta información en el más absoluto secreto si no tiene influencia alguna en el caso?
-Desde luego, está usted en su derecho. Ahora bien, lo único que puedo decirle es que procuraremos observar las normas de la decencia. Por lo general, lo hacemos.
- ¿Y usted, Duggie?
-Si puedo, cuente con mi discreción.
-Inspector, ha dado usted gran importancia a mi estrecha amistad con Ruarri Matheson. Mucho temo que las conclusiones que de ello pretende extraer carecen de validez, debido a que ignora la verdadera naturaleza de esta relación. Mi primer y más íntimo amigo en la isla es Alastair Morrison, a quien conocí, hace ya muchos años, en Tailandia. Ahora lleva ya algún tiempo enfermo. Un día, sometido a una gran presión emotiva, Alastair Morrison me dijo que Ruarri era hijo natural suyo. Cuando Alastair Morrison fue internado en el hospital, me encargó que comunicara esta información a Ruarri, y que me esforzase en establecer una relación entre los dos. También me pidió que siguiera siendo amigo de Ruarri y que procurase templarlo un poco. Hice cuanto Alastair Morrison me pidió. No fue fácil, ni mucho menos. Ruarri quedó muy impresionado, y todavía no se ha hecho a la idea y a todas sus consecuencias. Por esto nuestras relaciones
han sufrido bastantes altibajos en los últimos tiempos. Y esto es todo, inspector. Alastair Morrison puede confirmarle mis palabras, pero preferiría que no le mezclara usted en este asunto.
Muy emocionado, Duggie Donald dijo:
-¡Pobre, pobre viejo! ¡Y pobre Ruarri también! Es muy duro enterarse de una cosa así, después de tantos años.
El inspector Rawlings, dijo:
- Le agradezco mucho que nos lo haya dicho. Como es natural, haré cuanto esté en mi mano para evitar todo género de molestias y tensiones a míster Morrison.
-Muchas gracias. Ahora bien, ¿podría usted evitarme también molestias y tensiones?
-Si puedo, así lo haré.
-Como sea que estamos refiriéndonos a un amigo mío y al hijo de este amigo mío, me gustaría saber cuáles son las sospechas que sobre este último recaen. Una de ellas es el delito de asesinato. ¿Cuál es la otra?
-Suministro de armas al Ulster.
-¡Oh...!
- Es un asunto serio. Y peligroso. No queremos otra guerra civil. A propósito, ¿es usted irlandés?
- Por parte de madre solamente, y, aún, remontándonos una generación.
Pero si le interesa saber mis simpatías, le diré que odio la violencia. Hay demasiada violencia en nuestro mundo, y quisiera que terminara de una vez.
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- Ya que hablamos de violencia, ¿cree usted que Ruarri Matheson es hombre violento?
-En potencia, sí. Es decir, puede ser violento.
- ¿Ha visto pruebas de esta violencia de Matheson?
- Pues sí, para ser absolutamente sincero debo decir que sí. Pero en ambas ocasiones advertí también pruebas de un enorme dominio de sí mismo.
-¿Cuáles fueron estas ocasiones, señor?
- Una de ellas, cuando le entregué la carta de Morrison diciéndole que era hijo suyo. Quedó muy impresionado, amargamente impresionado. Poco faltó para que nos liáramos a puñetazos, pero no lo hicimos, no. La otra fue en la taberna llamada «The Admiral's Spyglass», en donde le vi tratar con indudable violencia a Lachie McMurtrie. Tranquilamente, Rawlings dijo:
- Según me han dicho, le atizó una patada en la barriga.
- Sí. Pero supo dominarse inmediatamente.
-¿Recuerda usted el motivo de la agresión?
-La verdad es que nunca he conseguido saberlo con claridad, inspector.
Había allí
mucho ruido, muchas conversaciones cruzadas, en celta... Si va usted esta noche a la taberna, podrá comprobar por sí mismo lo que le digo. Al parecer, Lachie dijo algo desagradable y Ruarri la emprendió con él.
-¿Comentó usted con Matheson este incidente?
-No.
-¿Por qué?
- Creo que se debe a la curiosa naturaleza de nuestras relaciones. Ruarri siempre ha intentado impresionarme con sus habilidades, con sus logros, con la manera como consiguió
superar los obstáculos que su nacimiento puso en su camino. Siempre alardeaba de proezas físicas. Si hubiera llegado a creer que yo me portaba con excesiva delicadeza, habría aprovechado la ocasión para burlarse de mí.
Por otra parte, y ésta es una razón de menor importancia, aunque también pesa, he viajado bastante, he estado en sitios en donde la violencia es usual y he aprendido a callar y a no meterme en los asuntos de los demás.
- Bueno, ahora nos hallamos ante un hombre violento y calculador.
Usted mismo se ha referido a la rapidez con que recobra el dominio de sí mismo. Nos hallamos ante una agresión a un hombre de su tripulación, por haber dicho una frase indiscreta. Luego, este hombre desaparece en el mar, en circunstancias no aclaradas... ¿Ve usted a dónde conduce eso?
-Y también veo muchas lagunas, inspector. ¿Qué tienen que ver las armas con todo ello? ¿Cómo incorporamos el asunto de las armas al problema?
- Mediante miss Maeve O'Donnell, que es una conocida agente del IRA, con una larga tradición revolucionaria en su familia.
- Pensaba que se dedicaba a la cría de caballos.
- Y es verdad. Excelentes caballos, por cierto. El año pasado uno de sus caballos me hizo ganar bastante dinerito en Ascot. Pero también se dedica a lo otro.
- ¿Les consta con toda certeza que Ruarri se dedica a transportar armas?
-Sí, pero con Lachie muerto no podemos demostrarlo.
-No comprendo lo que pretende decir.
- Matheson contrataba a sus hombres, y los adiestraba muy bien. Todos ellos son excelentes marineros y saben callar. Ruarri les decía, por lo menos en parte, la verdad de sus negocios. No le quedaba otro remedio. Sin embargo, Lachie era la pieza débil. Ruarri no consiguió que mantuviera la boca cerrada. Por otra parte, a Lachie no le gustó ni pizca que Ruarri le golpeara en presencia de sus compañeros de tripulación, en «The Admiral's Spyglass». Entonces fue al encuentro de míster Donald y le contó cuanto sabía, es decir, que Matheson se proponía ir a Noruega para cargar armas y desembarcarlas después en Irlanda. Lo teníamos todo dispuesto para cogerle en Trondheim. Entonces Lachie fue asesinado (o, por lo menos, esto creemos), y Matheson fue a las Feroes, en vez de ir a Trondheim.
-¿Y después?
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- Pescó durante tres días en el mar, entre las Feroes y las Flannans, y regresó a puerto.
-¿No cargó armas?
-Ni una.
- ¿Cómo puede estar usted tan seguro?
-Porque le estamos vigilando. Una corbeta de la Armada y un avión de reconocimiento nos dan cuenta de todos sus movimientos, y nos consta que no se ha acercado a Irlanda.
-Es usted muy eficiente, inspector.
-También lo es Matheson, y ahí está nuestro problema.
-Me gustaría decir algo, inspector.
- Diga.
-Soy amigo de Ruarri. Le tengo simpatía. Proyecto permanecer a su lado hasta que este asunto se solucione. Pero si es un asesino, no pienso
defenderle, a pesar de mis relaciones con Morrison... Pero yo estaba a bordo del Helen II. Hablé con la tripulación después de la pérdida de Lachie. Soy hombre de mentalidad lógica, ya que es preciso tener mucha lógica para construir el relato más simple. Y, realmente, estoy convencido de que no podrá usted demostrar que se ha cometido un asesinato, por mucho que lo intente. Si consiguiera usted demostrar el transporte de armas, se acercaría mucho a la posibilidad de demostrar el asesinato, pero incluso entonces necesitaría que mediara un motivo. No tiene usted el cadáver, no tiene usted testigos, no tiene usted ni las más leves pruebas en las que basar una acusación.
-No crea, algunas pruebas tenemos. Me gustaría hablar de ellas con usted. ¿Ha oído usted alguna vez a Matheson mencionar el nombre de un tal Bollison?
- ¿Bollison, Bollison...? Sí, ciertamente. El día en que conocí a Ruarri, mientras cruzábamos el Minch, coincidimos con un pesquero noruego. Nos detuvimos. Ruarri pasó a bordo del barco noruego, y allí estuvo unos minutos. Me dijo que la mitad de aquel barco era suya y que el patrón se llamaba Bollison.
- ¿No conoció usted al patrón?
- No. Le vi en cubierta, y esto es todo.
- ¿Y no ha vuelto a verle?
-No.
-¿Ha oído hablar de él alguna otra vez?
- Sí. Matheson dijo que le vería en Trondheim. Habló de tomar una copa con él.
- ¿Y en las Feroes?
- Nada.
- Gracias, señor. Y ahora vayamos a su viaje en el barco. Tengo mucho interés en el tema de las guardias al timón.
-¿Sí...?
- ¿Cuánto duraban?
-Cuatro horas.
-Cuando salieron de Stornoway, ¿quién iba al timón?
- Matheson. El patrón suele llevar el timón al entrar y salir de los puertos. Luego, ya en mar abierta, confió el timón a Lachie.
- ¿Qué hora era?
-Las dos, más o menos. Almorzamos muy tarde.
- Es decir, lo normal era que Lachie se quedara al timón cuatro horas, o sea hasta las seis, más o menos, ¿no es eso?
-Bueno, tampoco sé qué es lo normal en una embarcación de pesca. No se observan muchos formalismos. Sin embargo, creo también normal que Lachie hiciera la mitad de una guardia, de modo que las horas de relevo pasaban a ser las cuatro, las ocho, las doce, etcétera.
-¿A qué hora fue relevado Lachie?
-Hacia las cuatro.
-¿Quién tomó el timón, entonces?
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-Yo. Llevé el timón, teniendo durante casi una hora a Jock Burns a mi lado, enseñándome las peculiaridades del barco.
- ¿Y esto fue la primera anormalidad?
-Habida cuenta de las circunstancias, yo creo que nada anormal hubo en ello. A Ruarri le consta que me gusta navegar.
Fue muy halagador para mí que me dejara llevar el timón.
- ¿Terminó la guardia a las ocho?
- Efectivamente.
-¿Quién le relevó?
-Donan McEachern, ese chico que tartamudea un poco.
- ¿Y se quedó de guardia hasta medianoche?
-Eso me dijeron. Yo me acosté a las diez y media.
- Y después, ¿quién se puso al timón?
- Por lo que sé también de oídas, fue Ruarri.
- ¿Y después?
- Ruarri me dijo que a las cuatro de la madrugada tenía que relevarle el propio Lachie McMurtrie.
-Exactamente... Lachie McMurtrie por segunda vez en veinticuatro horas, en tanto que dos hombres de la tripulación, y, si contamos el cocinero, tres, no habrían hecho ni un minuto de guardia. ¿Cómo explica usted esa particularidad?
-No puedo explicármela. Me parece curioso, pero realmente no alcanzo a comprender las razones. Las guardias son asunto del patrón, y yo, por otra
parte, no formaba parte de la tripulación, por lo que no tenía motivo alguno para andar preguntando.
-Pero ¿ve usted a dónde conduce esto, supongo? A un miembro de la tripulación se le ordena que lleve el timón, quebrantando el orden normal de guardias, y, durante su anormal guardia al timón, este hombre desaparece.
¿Ve a dónde vamos a parar?
-¿A dónde pretende ir a parar, inspector?
-¡Asesinato cometido por acuerdo de voluntades entre varias personas!
-No, no... Lo siento, pero me parece demasiado complicado. Y, además, innecesario. Cinco robustos muchachos contra uno solo, en pleno Atlántico Norte. Podían tirarle por la borda cuando les diera la gana, sin tanto lío.
- Bueno, en este caso, prescindamos del acuerdo de voluntades, y dejemos el caso en asesinato cometido por el patrón, tras premeditado planeamiento... Utilizándole a usted para alterar el orden de las guardias.
- Sí, esto ya es más lógico. Pero mientras no consiga usted explicar lo que pasó entre la medianoche y las cuatro de la madrugada, hora en que Lachie tenía que volver al timón, el caso queda inconcluso.
-Bueno, en realidad estamos encontrando muchas explicaciones adyacentes a la que usted ha mencionado. Por ejemplo, fijémonos en el cuaderno de bitácora de Matheson. ¿Lo ha visto usted?
-No. Lo puso a mi disposición, pero le dije que no tenía interés alguno en leerlo.
-¿Supongo que usted presenció cómo Matheson mandaba cierto número de mensajes radiados en clave?
-¿Sí?
-Forzosamente tuvo usted que presenciarlo, si la relación de horas que usted pasó al timón, según sus propias manifestaciones, coincide con la realidad. Dirigió un mensaje a Bollison en Trondheim, otro a miss Maeve O'Donnell en Estocolmo y otro a un hombre llamado Fermor en Oslo.
Hemos registrado estos mensajes. Fueron transmitidos desde el buque, antes de salir del Minch; en otras palabras, mientras usted llevaba el timón.
-Sí, es cierto, ahora lo recuerdo, se mandaron unos cuantos mensajes.
-Y después, durante la búsqueda de Lachie, también se mandaron mensajes, ¿no es cierto?
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-Sí. Escuché algunos de ellos.
-Pues pasa algo muy curioso. Estos últimos mensajes se hicieron constar en el cuaderno, pero no se hizo así con los primeros. ¿Qué le sugiere esto?
-Nada, inspector.
- Vamos, vamos...
- Le voy a explicar mi postura. Se sospecha que una o varias personas no identificadas han cometido un asesinato. Yo estoy obligado a informarle a usted de cuantos hechos sepa. Ahora bien, si me entregara a trazar hipótesis y a hacer interpretaciones de los hechos, mi actitud no podría ser más injusta ni más peligrosa. No estoy dispuesto a caer en esto. Se lo digo en serio.
-Es usted un amigo leal.
- También soy un hombre que siente un gran respeto hacia la ley, esa ley de la que usted es representante, inspector. Y ahora no tengo más que decir.
Me gustaría quedar en libertad para irme.
-Bueno, hay algo más. Su declaración estará pasada en limpio, a máquina, mañana por la mañana. Le agradecería que viniera para firmarla.
Ya tenemos la dirección de su casa. Muchas gracias, señor.
-Cuando quiera puede invitarme a la copa que me prometió, Duggie.
- De acuerdo. Pero trate con un poco de comprensión a nuestro amigo el inspector. Tiene un problema gordo en las manos.
- ¿Y nosotros qué? A propósito, ¿dónde se encuentra Ruarri?
-Que yo sepa, en su casa.
- Luego quizá vaya a verle. ¿Alguna objeción, inspector?
- Ninguna, mi querido amigo. En realidad, es un acto de cortesía. Ayer le interrogamos. Es todo un tipo. Me resultó simpático.
- Buenos días, inspector.
Pese a que estas últimas palabras fueron un tanto secas, reveladoras de irritación, lo cierto es que quedé bastante satisfecho del interrogatorio. No había dicho ni una sola mentira. Había actuado como un testigo veraz y detallista, aunque algo quisquilloso. Había dejado claramente sentado que no estaba dispuesto a dejarme arrastrar a declaraciones que sólo fueran especulación o repetición de informaciones de oídas. Y también dejé en claro que era amigo de la persona sospechosa, y que seguiría siéndolo en tanto no se demostrara su culpabilidad. Desde luego, mi comedia no había
convencido a Rawlings, ya que era demasiado zorro para eso. Pero, mientras el procedimiento siguiera su curso normal, no podían molestarme demasiado.
Y Ruarri? Ruarri no me necesitaba. Ruarri a nadie necesitaba. Aquel hijo de mala madre era un auténtico genio. Podía mentir como un Münchausen, y dar a cada palabra el esplendor de la verdad. Sabía engañar a sus mujeres de manera que éstas, después de ser engañadas, llevaran luto por él el resto de sus días. Era capaz de encontrarse con la soga al cuello, y en el instante siguiente ponerla en el cuello de otro. Podía asesinar sin que le pasara nada, y cuando fuera viejo -si es que llegaba a viejo-lo canonizarían como creador de industrias. Todos le habían ido a la caza, las Aduanas, los Servicios Especiales, la Interpol, la Armada y las Fuerzas Aéreas, y, a pesar de esto, se encontraba en su casa, riéndose de ellos.
Bollison le había sustituido en el transporte de las armas. Bollison había enviado el telegrama dando cuenta de su misión a Maeve O'Donnell, y recibiría una cantidad más que suficiente para cerrar su boca, en el caso de que las cosas no marcharan como debían. Entonces vi la paradoja de aquel asunto. Yo era el único hombre en todo el mundo que podía hundir a Ruarri, si me lo proponía. ¿Y por qué no lo había hecho, hacía apenas cinco minutos? ¿Por qué no volvía y lo hacía ahora? La verdad, cuando la vi claramente ante mí, era fascinante en su fealdad. Quería que Ruarri estuviese exactamente donde ahora se encontraba, en la palma de mi mano, tan impotente como yo habíame hallado antes, de modo que jamás pudiera desafiarme en igualdad de condiciones. Ahora yo era el gigante, y él el enano. Podía destruirle cuando me 142
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diera la gana, con sólo cerrar la mano. El que, después de hacerlo, fuera yo capaz de vivir tranquilo, era ya otro asunto. Y todavía no tenía necesidad alguna de despejar esta última interrogante.
Llamé por teléfono a Kathleen. No estaba. Dejé recado diciendo que volvería a llamarla, tan pronto llegara a casa. Entonces fui en automóvil al hospital para ver a Morrison. Había decidido contarle casi íntegramente lo ocurrido, callando tan sólo los aspectos más tenebrosos. De todos modos, Morrison seguramente había ya escuchado alguna versión del asunto. La
noticia de la muerte de Lachie seguramente corría por toda la isla, y las actividades de la Policía habrían suscitado rumores de todo género. Nada tuve que decir a Alastair Morrison. Tampoco tuve que tranquilizarle, animarle, protegerle o fortalecerle. Estaba ya en pie y se mostraba muy animoso. Parecía diez años más joven.
Pronto volvería a pescar. ¡Ruarri le había visitado! ¿Realmente?
-Muchacho, cuando Ruarri entró por esta puerta, fue como si la mismísima vida entrara en el cuarto, pero, ¡que el Señor me ampare!, mi viejo corazón me dio un doble vuelco y temí
que volviera a hacerme la pascua. Sin embargo, ahí estaba Ruarri, con un montón de libros bajo el brazo, una botella de coñac viejo y una sonrisa irónica y amuchachada encima de esa barba suya. Hemos hablado mucho, pero que mucho rato, tanteando el terreno, ¿sabes?, igual que si fuéramos ciegos, alargando la mano, tocando, avanzando y retrocediendo. De repente, Ruarri se ha callado. Me ha mirado derechamente a los ojos. Me ha cogido las manos con esas enormes zarpas suyas, y me ha dicho: «Morrison, digámoslo de una vez; tiene usted un hijo al que no quiso; tengo un padre al que creía no necesitar, pero ahora necesito a este padre porque me encuentro con muchos problemas, y porque estoy cansado de encontrarme solo como una roca en medio del océano; sin embargo, debe usted saber qué clase de hombre soy yo, y le aseguro que no soy una bendición del cielo; tengo muchas cosas en la conciencia y mala reputación, reputación que en gran parte me merezco. Sin embargo, me imputan hechos que yo no he cometido. Por ejemplo, ahora andan murmurando por ahí que he asesinado a un hombre que perdí en la mar.» Te lo digo con toda franqueza, muchacho, poco me faltó para echarme a llorar. Habló con tanta franqueza y tanta honradez con respecto a sí mismo, y me absolvió tan generosamente... Dijo que le gustaría que le reconociera legalmente. Y ésta es la frase más agradable que he escuchado en mucho tiempo. Tan pronto salga de aquí presentaré
la solicitud de adopción, que habrán de concederme porque reúno todos los requisitos legales, y Ruarri unirá el apellido Morrison al suyo, lo cual me parece una excelente idea y un bello símbolo de cuanto bueno ha habido en nuestras vidas. ¿Qué te parece, muchacho?
No me atreví a decirle lo que me parecía. Hubiera sonado como una blasfemia, y Morrison se me hubiera muerto en los brazos. Preferí mentir.
Mentí con elocuencia y emoción, jurándole que era la noticia más
maravillosa que había recibido en mi vida, que me sentía inmensamente feliz por lo mucho que para los dos representaba; que Ruarri había dejado atrás su tenebroso pasado y que se encaminaba hacia un futuro esplendoroso, que Dios era bueno, y que todo acababa felizmente cuando uno lo pedía con la debida insistencia en sus rezos, y era lo suficientemente ciego para creérselo. Pero sentía una amarga rabia y experimentaba un profundo desprecio hacia los engaños de Ruarri, hacia la egoísta manera como se aprovechaba de un hombre viejo y enfermo. Ruarri para nada quería un padre. Necesitaba un protector. Necesitaba un apellido decente para quitarse de encima la mancha de su inmoralidad y del asesinato. No le bastaba con estar seguro -si es que lo estaba-, sino que necesitaba ser respetado también, cubrirse con la honorabilidad de otro hombre.
Las palabras que dije me sabían a serrín, pero dejaron a Morrison satisfecho. Lo cual, a poco que lo pensemos, era exactamente lo mismo que Ruarri había hecho; sin embargo, no iba yo a admirarle por ello.
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XIV
Mi llegada a casa de Morrison fue rara, pero me es muy difícil explicar por qué. De repente todo me pareció pequeño. Las casas eran de juguete, los campos como pañuelos de bolsillo, las colinas achatadas, los lagos charcas, la carretera una senda de montaña y los carneros figuritas de un Nacimiento infantil. Y no es que yo me sintiera como un gigante. Yo era solamente un hombre normal, pero miraba el paisaje por un telescopio puesto al revés. También quiero hacer constar que no me sentía superior, sino que me sentía ajeno, diferente, algo resentido, como un niño que no puede echarse a volar a través de la ventana, en compañía de Peter Pan.
Incluso la vieja Hannah había cambiado. Ya no había misterio a su alrededor, ya no tenía aire de gitana, ya no iba envuelta en las nieblas del ayer y del mañana. Era una viejecita arrugada que se alegraba de mi presencia y me miraba con aire posesivo y no dejaba de hablarme, debido a que yo era un hombre y la casa había estado demasiado tiempo sin una presencia masculina.
-¡Al fin ha vuelto! ¡Que Dios sea alabado! Ya pensaba que el mar se lo había tragado. Pero no, no se lo tragó, sino que se tragó al pobre Lachie.
¡Que Dios se apiade de su pobre alma! Y ahora va usted a tomar un buen baño. Se lo voy a preparar. Y dejará toda la ropa sucia para que se la lavemos, y se pondrá guapo para ir a ver a esa señorita que le está esperando. ¡Sí, señor! ¡Huele usted a pescado! Más valdrá que se quite de encima este hedor, antes de ir a ver a la señorita. Yo no le voy a preguntar qué hizo usted, pero a lo mejor esa joven se lo pregunta, y me gustaría que estuviera usted debidamente preparado para contestarle una buena mentira. ¿Y qué pasa con la Policía, que anda por ahí revolviendo la isla y haciendo preguntas a todos, como si fuéramos criminales? ¡No, no me lo diga! No quiero oírlo, por lo menos hasta que se haya lavado y haya descansado. Y entonces no me lo cuente todo, no me diga lo que usted quiera que nadie sepa, no, porque soy una vieja muy torpe y tonta, capaz de hacer cualquier cosa con tal de contar una buena historia... ¡Hale, a quitarse los pantalones y a meterse en el baño! Y si le da vergüenza lo que yo pueda ver, le diré que no se preocupe, porque he visto todo lo que tenía que ver, y lo he disfrutado, mucho antes de que usted supiera que existía. Cuando baje, encontrará el té dispuesto, con unos pastelillos recién salidos del horno.
Era agradable encontrarse de nuevo en casa, aunque aquélla no era mi casa. Era agradable encontrarse en la isla de Lewis, en aquel lugar en que había dado reposo a mi fatigado cerebro, durante cierto tiempo. Me sumergí en el baño caliente, y allí me quedé, como un semidiós en el Olimpo, recordando despreciativamente aquel drama provinciano, y preguntándome cómo y por qué había quedado envuelto en él. Si mañana por la mañana me iba, todos seguirían trotando de un lado para otro en su pequeño mundo, sin acordarse de mí. Y si volvía allá al cabo de diez años, todo seguiría igual, el brezo floreciendo, los peces saltando, el humo de la turba alzándose hacia el cielo, unas cuantas losas más en el cementerio, todo marcando el paso del tiempo.
Sin embargo, cuando bajé al comedor y vi el servicio de té, y a Hannah sentada con las manos cruzadas sobre el delantal, en el regazo, esperándome, todo recuperó el tamaño normal, y yo volví a empequeñecerme.
Me miró con sus ojos negros y brillantes, y me preguntó solemnemente:
-¿Ya sabe lo de Morrison y el chico Matheson?
- Lo sé, Hannah.
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-Yo lo he sabido durante treinta años, y más aún, y jamás una palabra ha salido de mis labios, lo cual espero que el Señor me pague algún día.
-En el camino hacia aquí he pasado por el hospital y he visto a Morrison. Está bien y contento.
- Esperemos que siga así.
-Eso deseo, Hannah.
-¡Este Ruarri...! El escándalo va con él... Ahora se habla de asesinato y de contrabando de armas, en vez de contrabando de whisky y sedas, como antes.
-¿Y cómo se ha enterado?
-No se habla más que de eso. Lo sabemos todos, o, por lo menos, creemos saberlo. Es una vergüenza que estas murmuraciones salpiquen a Morrison.