El visitante nocturno

B. Traven · Capítulo 1 de 21

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El visitante nocturno

El visitante nocturno

Capítulo 1

 

UN VECINO mexicano me vendió veinticinco hectáreas de terreno sin

desmontar, situado en medio de una densa maleza tropical. Le pagué veinticinco pesos al contado; el resto, no mucho, debía entregarlo al recibir el título y demás documentos.

Me construí una choza y procedí a cultivar el terreno. La tarea no era fácil, pues primero había que desbastar y preparar cuidadosamente la tierra para poder obtener algo de ella. Era necesario conquistarla primero, arrebatársela a la selva diariamente y defenderla, porque bastaría el menor descuido para que ésta volviera a posesionarse de ella. Por esa razón la había obtenido a tan bajo precio.

Aún me quedaba algún dinero con el que podría comprarme un caballito y sostenerme hasta que la primera cosecha fuera enviada para su venta al pueblo. Ahora que el transporte, a través de la única vereda que había en la selva, sería un problema que tendría que resolver a su debido tiempo; es decir, una vez que tuviera una cosecha que embarcar.

Pronto descubrí que yo no era el único extranjero en aquella región selvática. Una hora a caballo me ponía en contacto con el doctor Cranwell, mi vecino más próximo. Todos los demás habitantes de la región eran nativos, pero ninguno vivía a menos de cinco kilómetros de distancia de mi tierra. El pueblo más cercano, habitado por campesinos indígenas, estaba a quince kilómetros y la estación del ferrocarril a dieciocho. Cerca de ella vivían dos norteamericanos con numerosa familia. Probaban su suerte cultivando unas tierras, comprando y embarcando carbón producido por los indios y explotando una tienda pequeña.

Cada seis semanas, más o menos, iba yo a esa estación para recoger mi correspondencia en la que sólo una vez recibí una carta que me entregó el encargado de la agencia de correos, pues lo único que recogía regularmente era una revista estadounidense a la que estaba suscrito por un año.

Al igual que mi terreno, el ranchito del doctor Cranwell estaba situado en una colina, pero un poco más alta que la mía, ambas en medio de la maleza. Vivía absolutamente solo en una casita burdamente construida que constaba de tres piezas.

¿Por qué se había enterrado en la selva este hombre? Era algo que nunca supe ni traté de investigar.

El trozo de tierra que cultivaba no era muy extenso; poseía dos vacas regulares, dos caballos, tres mulas, unas sesenta gallinas y una veintena de panales. Además de todo eso, tenía un gran huerto de naranjas, limones, papayas, mangos y plátanos. Sus vecinos más próximos eran dos familias indias que habitaban a dos kilómetros de distancia de su rancho, en un terreno que era también propiedad del doctor —quien empleaba a los hombres de esas familias como peones—, en tanto que las mujeres le desempeñaban las labores domésticas.

La mayor parte de su tiempo la pasaba leyendo. Cuando no leía se sentaba en una mecedora en el pórtico de su casa, desparramando la vista por la maleza que cubría toda la extensión hasta perderse en el horizonte.

Mirando ese inmenso océano gris y verde no se destacaba ni un solo elemento extraño que distrajera la mente del observador, obligándolo a detener la vista para estudiarlo algunos instantes con mayor cuidado y llevándolo tal vez a recordarle que se encontraba, en medio de aquella vasta inmensidad, a muchas horas a caballo del más leve contacto con la civilización.

Era aparente que el doctor gustaba de aquella soledad.

Yo, por mi parte, debo confesar que pronto gusté de ella tanto como él. Pensaba que cuando se posee el carácter y el espíritu necesario, la vida solitaria puede hacer de uno un gran filósofo. Mientras contemplaba así la selva me gustaba imaginar todos los pequeños y grandes episodios que se estarían desarrollando en ella en esos momentos. La selva no admite ni un minuto de reposo en la eterna lucha por sobrevivir. Creación y destrucción.

Ante tal exuberancia uno no puede sentirse desolado si siente a todo el universo en cada insecto, en cada lagartija, en el cantar de cada pájaro, en el susurrar de las hojas, en cada forma y color de las flores. No existe un solo momento en que la selva no le hable a uno, en sus distintas voces, de su constante evolución.

Inevitablemente uno recoge su mensaje y éste es que la vida tiene un solo significado: «Gozarla mientras dure y sacarle el mayor posible, pues la muerte está dentro de uno desde el momento en que uno nace».

Pero debo confesar también que no siempre gozaba yo con aquella soledad; algunas veces pesaba sobre mí y trastornaba mis nervios y mi mente. Era algo así como ir absolutamente solo en un avión rodeado de nubes con el motor muerto y sin instrumentos para guiarlo a uno. O como estar sentado solo en un pequeño bote muy lejos de la costa, sin nada a la vista, ni un pájaro siquiera, únicamente el mar tranquilo a la hora en que la obscuridad se apodera rápidamente del crepúsculo. Ocurría que repentina y aparentemente sin causa particular, tenía la sensación de que toda la raza humana había desaparecido de la Tierra olvidando darme aviso de que me dejaba solo.

Sabía que pensar así era una tontería, que eso no era posible; sin embargo, lo sentía, y contra los sentidos no pueden los pensamientos. Era en ocasiones semejantes cuando montaba a caballo y me dirigía a ver al doctor simulando hacerle una visita de buen vecino. La verdad era que en esos momentos necesitaba yo ver una cara humana, oír una voz humana.

Al saludarle, el doctor me decía algunas veces:

—Tómese una taza de té conmigo —otras se concretaba a decir—: ¿Cómo le va con su tierra? —Después, ambos nos sentábamos en el pórtico a contemplar la inacabable selva.

El doctor no era lo que puede llamarse un conversador. A menudo permanecíamos sentados durante varias horas sin que ninguno de los dos pronunciara una sola palabra. Parecía como que cualquier palabra humana sonaría hueca, intrascendente ante la grandeza de la naturaleza. Algunos humanos enmudecen al encontrarse inesperadamente ante un árbol gigante o a la vista de una cortina de nubes que, barrida por el viento, deja al descubierto una montaña majestuosa cuya cima nevada se tiñe de rojo con los rayos del sol poniente. ¿Qué puede decir un hombre ante estas cosas? Se siente insignificante y débil, lo asalta el vago temor de que al romper el encanto con su voz, un dios todopoderoso lo castigue destruyéndolo.

Sin embargo, algunas veces el doctor tenía deseos de conversar y me hablaba de lo que había visto, de lo que había observado y estudiado, de lo que pensaba en determinadas ocasiones cuando se hallaba perdido en la selva. Comenzaba sus relatos y repentinamente dejaba de hablar con claridad para iniciar una especie de balbuceo y detenerse después, de un golpe, con la vista fija en la gran selva. Estoy seguro de que él creía que proseguía hablando en voz alta, sin darse cuenta de que hablaba sólo para sí. Yo atribuía eso a su larga soledad.

En cierta ocasión me dijo:

—¿Conoce usted esa laguna que se forma en tiempo de aguas al otro lado de la colina, cerca de aquella pradera? Bueno, pues ahí se encuentra un jacalito que ahora está casi por derrumbarse. Yo no sé quién lo construyó, quizá alguien con un asesinato en su conciencia. Sabe, una tarde pasé por ahí a caballo. Desmonté como a diez metros de distancia del lugar y me acerqué caminando para asomarme por el agujero que se supone debe ser la puerta y entonces vi… yo vi… yo…

Al llegar a esta parte de su relato el doctor hablaba muy despacio y bajo, tanto que sus palabras se volvían apenas audibles. Sin embargo, yo podía ver claramente que él continuaba contando su extraña aventura.

Yo comprendía que él pensaba que yo lo estaba oyendo y nunca le aclaré que no podía distinguir ni una palabra de lo que estaba diciendo. El relato de una historia tiene más valor cuando ésta ha sido vivida por uno mismo.

En otras ocasiones empezaba:

—… y …y …ah sí, como le estaba diciendo, era un día en que me encontraba yo en la parte más intrincada de la selva, estaba casi oscuro aunque el sol brillaba fuertemente en las copas de los árboles. Hay que detenerse y esperar una media hora para que la vegetación lo deje a uno ver y oír algo. Observé así una tarántula subirse muy cuidadosamente a un tronco de ébano que se encontraba tirado.

«Era café oscuro, mucho muy peluda y casi del tamaño de mi mano. En el suelo y cerca del mismo tronco, dos alacranes negros de gran tamaño se movían con más cautela todavía que la tarántula, los dos aparentemente sin ver a ésta, al igual que la tarántula parecía no percatarse de la presencia de éstos. Me pareció muy raro encontrar estos alacranes caminando durante el día. Ahora la tarántula y los dos alacranes se movían en la misma dirección, los tres con los ojos fijos en… en… en…»

Aquí el doctor empezaba su acostumbrado balbuceo y luego su voz dejaba de oírse completamente.

Nunca pude saber su edad, podía haber tenido noventa años o cincuenta solamente. Una larga vida en el trópico descompone en los hombres del lejano norte los signos por los cuales nos es dado juzgar correctamente la edad de una persona.

Así pues, mirando al doctor y no siendo posible leer su edad en su rostro, llegué a pensar que había muerto veinte años atrás, pero como no había tenido cerca a nadie que le recordara que estaba muerto hacía ya tan largo tiempo, permanecía vivo por el simple hecho de ignorar que había muerto. Pensaba yo que media hora después de que se percatara de ello ocurriría algo fantástico ante mis ojos, vería yo marchitarse su cuerpo hasta adquirir la apariencia de un hombre enterrado desde veinte años atrás y cuyos restos al ser tocados podrían convertirse en cenizas, y éstas desaparecer también.

Estas ideas descabelladas, sin embargo, no acudían a mi cerebro muy a menudo y sólo me turbaban cuando lo miraba inmóvil y silencioso, sentado en su silla y contemplando al inmenso gris verdoso de la selva, con ojos estáticos al parecer ausentes de las órbitas.