El visitante nocturno
Capítulo 6
UNA mañana, después de pasar malísima noche y levantarme con la cabeza
pesada, decidí dar a mi cerebro medio día de descanso dejando de leer, para no perder mis conexiones con el mundo real en que tenía que vivir. Así pues, me preparé un buen desayuno y después salí a hacer un poco de ejercicio.
Vagando sin rumbo fijo por una vereda que al parecer nadie transitaba desde hacía meses, me encontré de pronto en las profundidades de la maleza y en un sitio en el que nunca había estado con anterioridad, y eso que yo creía conocer perfectamente aquella región.
Me detuve para orientarme, Mientras permanecía parado dudando entre continuar mi camino por aquel sendero, absolutamente nuevo para mí, para saber hacia dónde conducía, o regresar a la casa, me acometió de pronto un sentimiento de desolación al mirarme rodeado de la densa maleza crepitante que me envolvía como en una pesadilla.
¿Qué ocurriría si me extraviaba, si me veía obligado a pasar la noche en aquella soledad? Hay senderos perdidos en la selva y la maleza, que tienen la propiedad de confundir al hombre y de inducirle a actuar en forma tan torpe, que al cabo de algunos minutos le resulta imposible orientarse y encontrar su camino.
Examinando los alrededores para saber en qué dirección había yo llegado o para encontrar alguna seña familiar, pensé, al ver una tenue cinta de humo jugando sobre las copas de los árboles que se hallaban a medio kilómetro de distancia, que ese humo provenía indudablemente de algún fuego, y que si había fuego debía haber alguien que lo hubiera encendido, toda vez que los animales no aprenden aún a hacerlo.
En los trópicos los fuegos que no se deben a la mano del hombre son raros y causados en su mayor parte por rayos caídos en árboles secos; pero hacía muchas semanas que no había habido tormentas porque estábamos en la temporada de secas.
Abriéndome paso con el machete a través de la maleza, me dirigí al sitio del que supuse partía el humo. Así llegué a un espacio abierto que en apariencia había sido desbastado haría sólo unas cuatro semanas. Allí se hallaba un indio haciendo carbón. Había enterrado una buena cantidad de rajas de caoba y descansaba en cuclillas sobre el támulo de tierra del que partía una serpiente de humo gris azuloso.
El hombre contemplaba el humo como meditando sobre el posible paradero de la fina columna.
No supe si se daba cuenta de mí, porque ninguno de sus movimientos lo indicaron así. Indudablemente había oído el ruido de mi machete cuando hacía uso de él para abrirme paso. En cualquier forma, conocía ya bien a los indígenas y tuve la certeza de que él se había percatado de mi presencia. No podía haber confundido mi proximidad con la de un gran animal de la selva, porque en ese caso habría adoptado una actitud defensiva.
No había salido aún de mi escondite entre el espeso follaje de los arbustos, cuando él se levantó y empezó a moverse sobre el horno para abrir un agujero en determinado lugar y cubrir con tierra otro que se había agrandado demasiado y del que partían pequeñas lenguas rojas indicadoras de que la madera se consumía en vez de carbonizarse solamente. Cuando volvió a sentarse, yo salí de mi escondite y caminé directamente hacia él.
No mostró sorpresa y ello acabó de convencerme de que no ignoraba que alguien lo estaba observando. Lo más probable era que él me hubiese descubierto mucho antes de que yo lo viera.
—¡Buenas tardes, señor! —dije para saludarlo, preguntándole—, ¿cómo va su trabajo?
—Buenas tardes, señor, bienvenido, siéntese. Por aquí llegan muy rara vez visitantes.
Le ofrecí tabaco y hojas de maíz, y ambos enrollamos nuestros cigarrillos. El tenía una manera curiosa de hacerlo, yo nunca había visto cosa igual, pero no me sorprendió porque hay cien maneras distintas de enrollar cigarros.
La piel morena de aquel hombre tenía un tinte amarillento que la hacía aparecer como de cobre mezclado con oro. Era de constitución delgada pero fuerte. Sus facciones eran finas y simétricas y todos sus rasgos indicaban inteligencia innata.
Descubrí en él dos particularidades que me parecieron raras. Una de ellas consistía en que el hombre era barbado, cosa extraña en los indios, ya que mientras más pura es su sangre más escasa es su barba. Claro que un hombre blanco difícilmente habría llamado barba a aquellos escasos y finos cabellos. Para un indio, sin embargo, ellos le habrían ganado la fama de hombre barbado. Aquella barba, Por insignificante que fuera, daba no sólo a su rostro sino a toda su persona una apariencia muy digna. Su distinción era tal que lo destacaba de todos los demás nativos.
Otra de las cosas que me llamaron la atención en él, fueron sus manos. Los indios, tanto los hombres como las mujeres, tienen las manos y los pies más finos y pequeños que los hombres de raza blanca, en proporción con el cuerpo. Este indio carbonero cortaba caoba, ébano y otras maderas, todas casi tan duras como el acero. A pesar de ello, tenía las manos tan finas y bien hechas como no recuerdo haber visto otras en la vida real. Tal vez sólo en algunas pinturas puedan verse manos semejantes. Ningún gran artista pintaría o modelaría manos como aquéllas, tratando de representar las de un ser real.
La manos de aquel hombre me irritaron. En primer lugar, me hacían sentir inferior a él; en segundo, no correspondían a la experiencia que yo tenía de lo que el trabajo rudo hace con las manos de los hombres. Me parecía increíble que alguien pudiera hacer el trabajo que hacía aquel indio y conservar las manos como las suyas.
—Sí señor, usted tiene razón —dijo en el curso de nuestra conversación —, es verdad, mis antecesores fueron príncipes de los pueblos que habitaban estas regiones. En la extensión cubierta ahora por la selva, tapizada por la maleza, se asentaban más de ciento veinte pueblos y ciudades. Había ciudades sagradas con multitud de templos y pirámides, que ahora se hallan sepultadas por la tierra que las protege contra las profanaciones; así como las ciudades y pueblos destruidos y sus moradores, en un tiempo felices, todos asesinados por los españoles cristianos. Nosotros queríamos paz y pactamos con ellos, y fueron ellos carentes de un dios verdadero que guiara sus corazones, quienes rompieron el pacto obligándonos a tomar las armas para destruir el yugo con sus torturas, terrores y esclavitud. Ello ocurrió pocos años después de la Conquista. El primer ejército enviado a combatirnos fue derrotado. Más tarde, el Capitán General regresó con refuerzos, entre los que se contaban veinte mil indios mercenarios traidores a su raza. Venía provisto de caballos, y armas para lanzar fuego sobre nosotros. Mataron sin piedad hombres, mujeres y niños; quemaron nuestras ciudades, pueblos y rancherías sin perdonar nuestros templos que primero fueron saqueados, y sembraron tal destrucción que no quedó piedra sobre piedra. Sin embargo, aún quedan pruebas de la grandeza de nuestra nación. En un lapso de seis días fueron ahorcados quinientos príncipes y nobles guerreros. Estos constituían sólo la tercera parte de los muertos en combate. De no haber sido por sirvientes fieles que huyeron a la sierra con los hijos de cinco o seis de nuestros reyes, escondiéndolos hasta que hubo paz en la llanura, yo no hubiera nacido miembro de la vieja familia de mis ancestros.
Mientras así hablaba, no dirigía la vista hacia mí; contemplaba las cintas de humo que partían del horno.
Al terminar su relato volvió la cabeza y me miró a la cara escrutando mis ojos.
No, no había observado los suyos, pero ahora me veía forzado a verlos de cerca percatándome de que eran profundos, hermosos, y de un color café aterciopelado.
Eran ligeramente soñadores y los párpados le cubrían hasta una tercera parte del iris. Tal vez debido al reflejo del sol que brillaba sobre el campo, el caso es que de sus ojos parecían surgir destellos dorados. Tuve la sensación de que sólo un hombre inmortal podía poseer semejantes ojos, porque de haber pertenecido a un mortal, éste habría podido esclavizar al mundo con ellos si así se lo hubiera propuesto.
—Conoce usted admirablemente la historia de su pueblo, señor —le dije —. ¿La ha leído usted en algún libro o se la enseñaron en la escuela?
—No señor, no la leí. Me la relataron mi padre y mi tío, quienes, a su vez, la escucharon de sus padres y así ha ido pasando de generación en generación.
—Este trabajo de cortar madera tan dura bajo este sol ardiente y amontonarla después para formar el horno y vigilarlo para que no se consuma sino se convierta en carbón, debe ser muy fatigoso, ¿verdad?
—Indudablemente que es duro, señor. Sin embargo, me gusta. Sobre todo, porque es un trabajo honesto, lo venimos practicando hace siglos, desde que nuestros dioses nos dieron el fuego. Además, gozamos de independencia porque no tenemos que recibir órdenes de nadie. Así, puedo sentarme durante días y semanas contemplando las pequeñas serpientes de humo, que vibran como notas de una música lejana que se aleja y vuelve a aproximarse. ¿Se ha dado usted cuenta, señor, de cada una de estas serpientes tiene una particular manera de elevarse, de rizarse y desaparecer en el cielo? Cada una tiene su vida y su historia propia, exactamente como el hombre, con la diferencia de que ellas tienen una personalidad que a muchos hombres falta, ¿verdad señor?
—Cierto. Además, pienso como usted que, aunque su trabajo es duro, es honesto y digno.
—Me satisface oírle hablar así, señor. ¿Me preguntaba usted por el camino que debe tomar para regresar a su casa?
En realidad, nada le había preguntado, ni siquiera había mencionado el hecho de que estaba yo perdido. No obstante, tuve que aceptarlo.
—Anda usted muy desviado, señor, pero en seguida va a orientarse. ¿Distingue usted aquel arbusto verde tierno que se destaca del grupo de los de color más oscuro? Cuando llegue a él vuélvase a la derecha y cuente doscientos pasos bien largos, así llegará a un camino que encontrará del lado izquierdo, sígalo. Ahora sólo me queda desearle buena suerte y darle las gracias por su grata visita. ¡Adiós, señor!
Seguí el rumbo que me indicó, llegué al camino de que había hablado y ya orientado perfectamente me volví para ver si podría reconocerlo en caso de volver, y lo encontré imposible. Mientras más cuidadosas observaciones hacía, mayor era mi confusión y no pude saber siquiera de qué dirección había llegado a aquel punto.
Ya bien entrada la tarde llegué a la casa, guisé mi cena y, cuando hube terminado, volvía sepultarme en los libros que leí con mayor ansiedad con el propósito de terminarlos antes de que el doctor volviera.
Leí, leí febrilmente. Cerca de medianoche, como siempre, me tiré en el catre, rendido, como si mis miembros estuvieran llenos de plomo. La mañana no me encontró muy descansado, porque con el exceso de lectura mi sueño había dejado de ser tranquilo. Las sienes me martilleaban y las venas de mis brazos y de mis piernas parecían hincharse cada día más. Por las noches sentía arder la cabeza hasta el punto de temer que me estallara.
Pero todas aquéllas eran sensaciones físicas porque mentalmente era feliz. No vivía en el presente, sino en un remoto pasado. Emocionalmente vivía la vida de los personajes de aquellos libros. Como no tenía oportunidad de hablar con seres vivientes, salvo en rarísimas ocasiones, hablaba con la gente que vivía en los libros y me ocurrió que llegué a pensar que sus palabras eran mis palabras, que sus pensamientos eran los míos y que nuestro concepto de la vida era el mismo.
Aquella sensación de vida en un pasado remoto era más profunda por las noches, cuando leía a la débil luz de la lamparita de petróleo; escuchando a través de todas las puertas ampliamente abiertas, el eterno cantar de la selva.