Empate a muerte

Brad Meltzer · Capítulo 2 de 22

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Empate a muerte

Capítulo 1

—¿Y si lo hago mal? —preguntó Sara cuando se metía en la cama.

—Eso no pasará —respondió Jared—. Lo harás estupendamente.

—¿Pero y si no es así? ¿Y si simplemente soy mediocre? Puede que sea eso lo que intentan decirme. Tal vez ese sea el mensaje.

—No hay ningún mensaje y tú nunca has sido mediocre —respondió Jared, al tiempo que se reunía con su esposa bajo las sábanas—. Es solo tu primer día de trabajo. Lo único que debes hacer es presentarte y ser tú misma —agregó mientras apagaba la lámpara de la mesilla de noche y cogía el despertador—. ¿A qué hora quieres levantarte?

—¿Qué te parece a las seis y media? —respondió Sara antes de hacer una pausa —. O mejor a las seis y cuarto —agregó antes de hacer otra pausa—. A las seis menos cuarto. Por si el tren va con retraso.

—Tranquilízate —dijo Jared, apoyado en un codo—. Es normal que estés nerviosa, pero no hay por qué enloquecer.

—Lo siento. Es solo que…

—Lo sé —interrumpió Jared, cogiéndola de la mano—. Sé lo que está en juego y recuerdo lo que ocurrió la última vez. Pero estoy seguro de que lo harás de maravilla.

—¿Tú crees?

—Por supuesto.

—¿Estás realmente seguro?

—Sara, a partir de este momento he decidido no prestarte atención.

—¿Eso es un sí o un no?

Jared agarró una de sus almohadas y la colocó sobre la cara de Sara.

—Me niego a responder a esa pregunta.

—¿Significa eso que la conversación sobre trabajo ha terminado? —preguntó Sara, con sus carcajadas ensordecidas por la almohada.

—Sí, se acabó hablar de trabajo.

Jared se sentó a horcajadas sobre su esposa sin quitarle la almohada de la cara.

—¡Ajá, te estás poniendo obsceno! —exclamó Sara mientras intentaba apartar la almohada, pero Jared apretó aún más fuerte—. Suéltala, esto no tiene gracia. Me estás haciendo daño.

—Deja de quejarte.

—¿Cómo?

Jared no respondió.

—Hablo en serio, Jared. No puedo respirar.

Sara sintió que se le sentaba sobre el pecho. Luego le apretó el hombro izquierdo con una rodilla y, a continuación, el derecho.

—¿Qué estás haciendo, Jared?

Agarró las muñecas de su marido y le hincó las uñas en los brazos, pero eso solo sirvió para que él apretara más la almohada.

—¡Apártate, Jared! ¡Suéltame!

Ahora su cuerpo se convulsionaba, e intentaba quitárselo de encima por todos los medios. Le hincaba las uñas en los brazos y las piernas, y sacudía la cabeza en busca de aire, pero él se limitaba a sujetar la almohada. Sara quería dejar de luchar, pero no podía. Intentó llamarlo, ahogándose en sus propias lágrimas:

—¡Jaaared! Jaaared…

De pronto despertó y se incorporó en la cama. Su rostro estaba empapado en sudor, y la habitación silenciosa. Jared dormía junto a ella. No ha sido más que un sueño, se dijo Sara, procurando controlar sus palpitaciones. No pasa nada. Pero cuando recostó de nuevo la cabeza sobre la almohada, no logró ahuyentar la pesadilla. Parecía más real que las demás. Su miedo, la reacción de su marido, e incluso su tacto. Todo había sido tan real. Pero se recordó a sí misma que el problema no iba con Jared, sino con su trabajo. Y, para demostrárselo, se pegó a su marido y le rodeó el pecho con un brazo. Estaba caliente. El motivo de su pesadilla había sido el trabajo. Respiró hondo y miró el despertador de la mesilla de noche con los ojos entrecerrados. Se percató de que faltaban dos horas. Tan solo dos horas.

—Eso es lo que quiero —le dijo Jared al dependiente pelirrojo de la cafetería Mike’s—: un bollo de sésamo, con la mayoría pero no todas las semillas raspadas, una ligera capa de crema de queso y un café, muy corto, con una cucharada de azúcar.

—Muy bien, cariño —agregó Sara—. ¿Algo más? ¿Por qué no aprovechas para pedirle que te limpie las suelas de los zapatos?

—No le dé ideas —respondió el dependiente, que empezaba a preparar el pedido de Jared—. En toda mi vida no he conocido a nadie que diera tantas instrucciones para pedir un maldito bollo y un café. Ni que se tratara de una obra de arte…

—Cuando hayas acabado con ello, Mikey, lo será —dijo Jared guiñándole un ojo.

—No me venga con halagos —respondió Mikey antes de dirigirse a Sara—. ¿Qué desea la mitad normal de la pareja?

—Lo que te sobre. Pero prepáralo con gusto, nada aburrido.

—¿Lo ve? Esto sí que es un buen cliente —canturreó Mikey—. Sin peticiones extrañas ni difíciles, solo cosas normales, con consideración…

—¿Es usted el encargado? —interrumpió una mujer canosa con unas grandes gafas.

—Sí, señora —respondió Mikey—. ¿Puedo servirla en algo?

—Lo dudo. Solo quiero formular una queja —dijo mientras abría el bolso en el que se leía «El amor es un profesor de piano», sacaba un cupón y lo colocaba sobre el mostrador—. Este cupón me concede un dólar de descuento por una caja de Cheerios de sabor original. Pero he comprobado que no hay en sus estantes y el cupón caduca mañana.

—Lo siento, señora, pero la tienda es muy pequeña y no podemos tener de todo. Tendré mucho gusto en canjeárselo por Cheerios de otro sabor. Tenemos multigrano, miel y almendrado…

—No quiero otro sabor. ¡Quiero estos Cheerios! —exclamó la mujer, y todos los clientes del pequeño establecimiento volvieron la cabeza—. Y no crea que no sé lo que hace. Cuando imprime estos cupones, esconde los artículos en la trastienda. Así nadie puede aprovechar las ofertas.

—Lo que ocurre, señora, es que tenemos poco espacio…

—No quiero oír excusas. ¡Lo que usted hace es falsa publicidad! Y eso es ilegal.

—No lo es —respondieron Sara y Jared al unísono.

La mujer miró sorprendida a la pareja, que todavía esperaba sus bollos.

—Lo es —insistió ella—. Al distribuir estos cupones, está haciendo publicidad de sus productos.

—Lamento comunicarle que un anuncio no es una oferta —dijo Sara.

—A no ser —agregó Jared— que especifique una cantidad exacta, o indique claramente quién puede aceptarlo.

—Parecen abogados —comentó un individuo a la espalda de Sara y Jared.

—¿Por qué no meten las narices en sus asuntos? —exclamó la mujer canosa.

—¿Y por qué no deja usted de molestar a nuestro amigo? —respondió Sara.

—No he pedido su opinión.

—Y nuestro amigo no ha pedido que le hablen como a un desgraciado —replicó Sara—. A mí también me encantan los Cheerios y comprendo su frustración, pero aquí evitamos esa clase de situaciones desagradables. En su lugar hemos adoptado un nuevo método: se denomina buenos modales. Lo comprenderé si usted no desea participar, pero esas son las reglas del juego. De modo que si no le gusta, por qué no hace como el cupón y… desaparece.

Mientras Jared se esforzaba por contener la risa, la mujer miró a Mikey con desdén.

—Puede estar seguro de que no volverá a verme nunca más por su establecimiento —declaró, indignada.

—Lo superaré —respondió Mikey.

Con un soplido, la mujer dio media vuelta y abandonó furiosa la tienda. Mikey miró a sus dos clientes predilectos.

—¿Por qué no hace como el cupón y desaparece?

—No sé… No se me ha ocurrido otra cosa.

—Has conseguido que se marchara —señaló Jared.

—Tiene razón —reconoció Mikey—. Y eso significa que hoy el desayuno corre por cuenta de la casa.

Al cabo de quince minutos, Sara y Jared estaban apretujados en medio de un vagón de metro, abarrotado hasta los topes. Sara llevaba su mejor traje azul marino, y Jared, un jersey raído de la Facultad de Derecho de Columbia y un pantalón corto de atletismo. Jared, corredor de fondo desde sus primeros años en el instituto, conservaba un cuerpo atlético, aunque su despoblada coronilla hacía que se sintiera mayor de lo que parecía. Con su traje cuidadosamente guardado en una bolsa, empezaba todos los lunes, miércoles y viernes con una carrera de media hora.

—No es una mala manera de empezar el día —dijo Jared, apretujado contra su esposa—. Tu primer día de trabajo y ya has conseguido una victoria.

—No estoy tan segura —respondió Sara cuando el tren salía de la estación de la calle Cincuenta y Nueve—. Hay una gran diferencia entre una profesora de piano malhumorada y un auténtico delincuente. Y si tenemos en cuenta mi experiencia, este trabajo será un fracaso aún mayor que el anterior.

—Un estúpido incidente en un prestigioso bufete no significa nada.

—Pero llevo seis meses buscando trabajo… por Dios, Jared.

—No importa, lo harás de maravilla. —Sara levantó la mirada al cielo—. Y no mires de ese modo —añadió Jared—. Sé en lo que estás pensando, pero no es cierto.

—¿De modo que ahora te crees capaz de leer mi pensamiento?

—No es que me crea capaz de leer tu pensamiento, es que sé que lo soy.

—¿En serio?

—En serio.

—Muy bien, listillo, veamos si lo aciertas. ¿Qué está ocurriendo en mi pequeño cerebro?

Jared cerró los ojos y se frotó las sienes.

—Veo una gran inquietud. Una gran neurosis. No, espera, veo a un marido apuesto y brillante con indumentaria deportiva. Dios mío, es sumamente atractivo…

—Jared…

—¡Así es como se llama: Jared! Válgame Dios, ambos vemos lo mismo.

—Hablo en serio. ¿Y si este trabajo no funciona? El artículo del Times…

—Olvídate del Times. Lo único que decía era que el alcalde ha anunciado recortes del presupuesto. Aunque eso suponga una reducción del personal, no significa que vayan a despedirte. Pero si quieres estar segura, puedes llamar al juez Flynn…

—Ya te dije anoche que no pienso llamarlo —lo interrumpió Sara—. Si voy a trabajar ahí, quiero que sea por méritos propios y no por influencias de terceros.

Jared no se lo discutió. Desde que se conocían, Sara nunca había querido ningún trato especial, ningún favor ni ayuda profesional; era extremadamente independiente. Cuando el tío de Jared le ofreció recomendarla para un puesto de trabajo en su bufete, Sara se negó a aceptarlo. Para Jared, su lógica era irracional y contraproducente. Jared progresaba gracias a los contactos, y Sara los detestaba.

—Lamento haberlo mencionado —dijo por fin Jared—. Además, si este trabajo no funciona, siempre podrás encontrar otro.

—No. Ni lo sueñes —insistió Sara—. Mi ego ya está bastante maltrecho.

—Eso es precisamente lo que iba a decirte —rectificó Jared—. Basta de tortura sicológica. Aquí comprenderán que eres un genio, te adorarán y nunca te despedirán, como ocurrió en Winick & Trudeau. A partir de hoy te abanicarán con plumas de avestruz y te rociarán con los mejores perfumes. No tendrás que preocuparte nunca más de los recortes del presupuesto.

—Permíteme que te haga una pregunta —dijo Sara, con una afectuosa sonrisa—. ¿Realmente crees todo lo que estás diciendo?

—Soy abogado defensor. Es mi trabajo.

—Sí, bueno, y consigues que los demás abogados parezcamos estúpidos.

—Tú ya no eres abogada. A partir de hoy eres fiscal.

—¿Significa eso que he dejado de ser abogada?

—Cuando ingresas en la fiscalía, te conviertes en un vampiro. Tu único interés es el de detener y condenar a personas inocentes.

—Eso lo dice la persona que ayuda a los delincuentes a salir en libertad.

—Y eso lo dice la fiscal con complejo de superioridad.

—Y eso lo dice el individuo que nunca volverá a acostarse con su mujer.

Jared rio, cuando el metro paraba en la estación de la calle Cincuenta.

—Y eso lo dice la mujer que siempre tiene razón, nunca se equivoca y cuyas palabras no cabe poner en duda.

—Gracias —dijo Sara.

Entonces Jared la besó durante largo rato.

—Te vas a saltar la parada —dijo Sara, retirándose.

Se cerraron las puertas del metro.

—No te preocupes —respondió Jared—. Hoy voy a ir hasta el centro de la ciudad.

—¿Tienes que ir al juzgado?

—No —respondió con una sonrisa—. Quiero explorar un nuevo itinerario para correr. He pensado empezar en el juzgado y correr hasta mi despacho.

—Espera un momento. ¿Vas a correr treinta manzanas más de lo habitual solo para acompañarme al trabajo?

—Es tu primer día, ¿no es así?

—No tienes por qué hacerlo —sonrió Sara.

—Lo sé —respondió él.

Cuando el tren número nueve llegó a la estación de la calle Franklin, Sara y Jared se unieron a la multitud de viajeros que abarrotaban las calles de Nueva York. Aquella mañana de setiembre era calurosa, clara y lo soleada que le permitía ser el cielo de Manhattan.

—¿Lista? —preguntó Jared.

—Lista —respondió Sara—. No tienen ni idea de lo que les espera.

—Estupendo; eso es lo que me gusta oír.

—En realidad, si me animo un poco más, puede que me dé por buscar pelea solo para divertirme.

—Muy bien, letrada, pero dos broncas diarias a lo sumo.

—Prometido —respondió Sara—. Ese es mi límite.

Jared besó fugazmente a su esposa y contempló una vez más a la mujer que amaba. Cuando la conoció quedó cautivado por sus profundos ojos verdes y sus expresivas cejas, donde, a su parecer, radicaba su atracción comedida. También le encantó que su único maquillaje consistiera en un toque de colorete. Con ese recuerdo, Jared dio media vuelta y empezó a correr hacia su despacho.

—¡Buena suerte! —exclamó por encima del hombro cuando se dirigía hacia West Broadway—. Y no lo olvides: ¡eres más inteligente que todos ellos juntos!

Sara se rio de lo bobalicón que era su marido. Y al cabo de un minuto se percató también de lo equivocado que estaba. Se había quedado sola y entonces se dio cuenta de que estaba realmente nerviosa.

Sara colocó tras la oreja un mechón de su pelo, e intentó orientarse. Era el único punto inmóvil en medio de una muchedumbre en movimiento, todos con trajes oscuros y maletines. Todos abogados, pensó. Después de erguirse y apretar la mandíbula, se encaminó decididamente hacia Centre Street.

—Tienes que tranquilizarte. Tranquilízate. Tranquilízate —susurró para sus adentros.

Cuando llegó al número ochenta de Centre Street, el insípido edificio de ladrillo donde se encontraban las oficinas de la fiscalía del distrito de Manhattan, Sara se encaminó hacia los ascensores situados al fondo del vestíbulo de mármol oscuro, entre una aparente legión de hombres y mujeres con trajes azul marino, que avanzaban a paso frenético. Un individuo cargado de carpetas tropezó con ella y siguió su camino. Una mujer de traje a rayas lo seguía, gritándole:

—¡No olvide el caso Schopf a las dos!

—¡Tarde para la sala! ¡Tarde para la sala! —exclamaba otro individuo, que se abría paso entre la muchedumbre con un carro cargado de carpetas.

Muchos de ellos parecían frenéticos y con cara de sueño, como si no hubieran dormido en varios días. Pero si cabía alguna duda respecto a que el cargo de ayudante del fiscal del distrito era uno de los más deseados de la ciudad, no había más que ver las largas listas de espera para entrevistas que había para dicho cargo.

Al observar el bullicio de la multitud que había a su alrededor, el nerviosismo de Sara se convirtió en emoción. Después de seis largos meses de espera, la abogacía había adquirido de nuevo vida y animación para ella. Esa era la razón por la que quería trabajar como ayudante del fiscal del distrito. Su antiguo bufete, con sus jóvenes abogados de traje italiano cargados de pretensiones, no tenía, ni de lejos, aquella vitalidad. Para algunos era el caos, pero a Sara era lo que más le gustaba de aquel trabajo.

Al llegar al séptimo piso, Sara pasó por un detector de metales y avanzó por un pasillo con una moqueta descolorida de color azul, que le recordó a su instituto. Mientras seguía los números de las puertas en busca de su despacho, Sara reparó en las muchas papeleras que estaban distribuidas a lo largo de todo el pasillo, y pensó que eso era un indicio de que el personal no disponía de mucho tiempo libre. Finalmente llegó al despacho 727; el número estaba pintado en el cristal de la robusta puerta de roble. Observó que no había nadie en el escritorio de la antesala. Consideró que no era necesario esperar, por lo que abrió la puerta y entró.

El despacho era tal y como ella lo había imaginado: una gran mesa metálica, un buró de fórmica con un ordenador anticuado, una butaca de cuero sintético, dos sillas metálicas plegables, dos grandes archivadores metálicos, una biblioteca con los estatutos de Nueva York, orientaciones condenatorias y otros textos jurídicos, y un perchero con una bolsa para la tintorería colgada de una de las perchas. Un típico despacho gubernamental.

—Sara Tate, ¿no es cierto? —dijo el joven robusto que acababa de entrar en el despacho.

—Así es —respondió Sara—. Y tú eres…

—Soy Alexander Guff, tu APJ. Ayudante en la preparación de juicios —aclaró, al ver la expresión en el rostro de Sara.

—¿Y eso significa?

—Significa que te proporcionaré todo lo que tú necesites. Como mínimo soy tu secretario. Pero si estás dispuesta a adoptarme bajo tu tutela, seré tu ayudante, tu mano derecha, tu Viernes, lo que Jimmy Olsen es a Superman, Watson a Holmes…

—¿El capitán a Tennille?

—Sí, algo por el estilo —respondió Guff con una carcajada.

Guff era bajo y robusto, con una frondosa cabellera negra que a Sara le recordaba a un estropajo. Los hombros caídos, que le hacían parecer ligeramente jorobado, le acentuaban la cara redonda y la nariz chata.

—Sé en lo que estás pensando —añadió Guff después de meterse las manos en los bolsillos—. No, no soy jorobado, solo es mi pose. Soy muy nervioso y esta es la manifestación exterior de mi ansiedad interna. Y, para que lo sepas, también me gusta meterme las manos en los bolsillos. Me ayuda a pensar.

—Puedes hacer lo que se te antoje —dijo Sara encogiéndose de hombros.

—¿Lo ves? Ya me he dado cuenta de que me gustas —respondió Guff—. ¿Lo ves?, lo dices y ahí queda. Buen indicio. Nos llevaremos bien.

—¿Eres siempre tan directo? —preguntó Sara.

—Yo soy así. A unos les gusta y otros se sienten incómodos.

—En resumen —dijo Sara después de sentarse en su silla—, ¿yo soy tu nueva jefa y tú mi ingenioso ayudante?

—¿Tan transparente soy? —preguntó Guff, al tiempo que acercaba una silla y se sentaba frente a ella.

—Todavía no lo he decidido. Sigue hablando. —Sara quería preguntarle por los recortes del presupuesto, pero no estaba segura de poder confiar en él y decidió no precipitarse—. ¿Cuánto hace que vives en la ciudad? —preguntó, para obtener más información acerca de él.

—Desde que acabé la carrera, de lo que hace poco más de dos años. Personalmente preferiría vivir en mi casa y ahorrar un poco de dinero, pero estoy en proceso de rebelión contra mi educación aburguesada.

—¡No me digas! —exclamó Sara en un tono dubitativo—. ¿Y cómo lo haces? ¿Trabajando en la fiscalía?

—Claro que no. Lo hago simplemente existiendo. Fíjate en mí. Con esta postura y estas greñas, ¿adivinarías que mi padre es médico? ¿Y que mi madre conduce un coche con piscina?

—Basta —dijo Sara—. Hablas igual que mi marido.

—¿Entonces el anillo es verdadero? —preguntó Guff.

—Desde hace seis años —respondió Sara, golpeando la mesa con la alianza de oro y platino.

—Eso demuestra mi mala suerte —dijo Guff—. Todas las buenas ya están ocupadas. No logro conocer a ninguna chica que esté libre que no sea una sicópata, que no pretenda incendiar mi cama, que…

—¿Que se sienta atraída por un anarquista burgués que se cree mucho más rebelde de lo que es?

Guff echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

—No te lo tomes a mal, Guff, pero no puedes creer que toda la población femenina se haya confabulado contra ti.

—Eso cuéntaselo a mi colección de discos de los Beatles y a mi estéreo desaparecido. Quiero decir que mi experiencia demuestra lo contrario.

—Eso es una paranoia tuya. ¿Significa eso que también eres un maniático de las conspiraciones?

—Depende de la definición de maniático. No me entusiasman las conspiraciones gastadas que no dejan de reciclar en Hollywood, pero creo en la existencia de ciertos fenómenos inexplicables para los que no tenemos respuesta. Por ejemplo, coge una baraja normal de naipes. Si sumas las letras de las palabras as, dos, tres, cuatro… hasta llegar a sota, reina y rey, llegarás al número cincuenta y dos, que es el número de naipes que tiene la baraja.

—¿Y bien? —preguntó Sara después de hacer una pausa.

—Un código secreto, amiga mía. Es evidente. —Sara movió la cabeza, divertida —. No es culpa mía, me han educado así.

—En eso estamos completamente de acuerdo.

—Por supuesto, todos somos producto de nuestras familias. Por eso quiero que me hables de la tuya. ¿Tienes hermanos o hermanas? ¿Son tus padres unos dementes como los míos?…

—Mis padres murieron cuando yo estaba en el primer curso de Derecho interrumpió Sara. Regresaban después de pasar el día en Connecticut cuando se encontraron con una capa de hielo en la carretera —aclaró—. Su coche resbaló y chocaron contra una furgoneta que circulaba en dirección contraria. Murieron en el acto.

—No sabes cuánto lo siento. No quería…

—No tiene importancia —respondió Sara procurando infundir confianza en su tono de voz—. No podías saberlo.

—Sí, pero…

—Guff, no te preocupes. Todos los habitantes del planeta tienen algún recuerdo que preferirían olvidar. Ha dado la casualidad de que hemos tropezado con el mío en seguida. Sigamos, lo estábamos pasando muy bien.

Sara se percató de que Guff se sentía avergonzado, y comprendió que estaba realmente disgustado. Era evidente que lamentaba haberle causado sufrimiento. Eso fue todo lo que Sara necesitó ver. Era un buen chico. Ahora podía hablarle con franqueza. Respiró hondo y prosiguió:

—¿Algún comentario por la oficina sobre el artículo de ayer en el Times?

—¿Lo leíste?

—No parecen buenas noticias.

—Tal vez deberías hablar con Monaghan —respondió Guff después de una pausa, refiriéndose al fiscal del distrito.

—No me hagas esto, Guff. Si sabes algo, cuéntamelo.

—Lo único que sé es que el alcalde pretende reducir el número de empleados municipales recortando el presupuesto en todas las oficinas de la administración local.

—¿Significa eso que me van a despedir?

—No lo sé, pero cuando despiden personal en este departamento, los últimos en llegar son los primeros en marcharse. Y desde que he llegado esta mañana no dejan de circular rumores por toda la oficina; según un individuo que subía en el ascensor, se supone que todos los nuevos contratados serán despedidos automáticamente.

—A mí nadie me ha dicho nada.

Guff señaló una hoja de papel que había en una bandeja metálica sobre el escritorio de Sara.

—Échale un vistazo a eso. Lo siento, Sara.

Sara cogió la hoja de papel y leyó la circular dirigida a todo el personal de la oficina del fiscal del distrito de Manhattan. Según dicha circular, el reciente comunicado del alcalde «nos obligará a reconsiderar la cantidad actual de personal. De acuerdo con los precedentes históricos de esta oficina, las decisiones se tomarán entre el personal de apoyo, ayudantes técnicos y abogados. Si bien estas decisiones serán difíciles para todos los afectados, confiamos en que este período de reorganización no obstaculice el normal funcionamiento de esta oficina».

—No puedo creerlo —dijo Sara con la voz entrecortada—. No puedo perder este trabajo.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Guff.

—Estoy perfectamente —respondió Sara con escasa convicción—. Pero no lo comprendo. ¿Por qué ahora precisamente?

—¿Bromeas? El año próximo habrá elecciones. El alcalde no es imbécil, sabe que es preciso reducir gastos. No concederá prioridad a ningún departamento sobre otro, por lo que parecerá justo y diligente. Se trata de un golpe político.

Sara se llevó las manos a la nuca, e intentó relajarse. Su mente parecía un torbellino y procuró ordenar sus ideas. Era peor de lo que esperaba, un puñetazo directo a su ego. ¿Por qué volvía a pasarle lo mismo? ¿Por qué las cosas no podían ser más sencillas? Presa de la autocompasión, guardó silencio.

—Lo siento, no pretendía estropearte el día.

Durante un largo minuto, Sara no dijo palabra. Pero luego se percató de que no podía permanecer así, y su autocompasión se fue transformando lentamente en rebeldía. Se preguntó qué haría Jared en su lugar. No, aquel no era el enfoque adecuado. No era el caso de Jared, sino el suyo. Le afectaba a ella, y las cosas no estaban tan mal. Había vivido situaciones peores. Mucho peores. Por lo menos aquí no era definitivo. Por lo menos aquí no estaba sola. Por lo menos aquí podía usar la cabeza. Eso era lo que Jared le había dicho: eres inteligente. Más inteligente que los demás. Miró a Guff y rompió su silencio:

—¿Cuándo crees que actuará Monaghan?

—Probablemente dentro de una o dos semanas. ¿Por qué?

—Quiero saber de cuánto tiempo dispongo.

—Parece que tengas un plan.

—En absoluto. Pero he tardado seis meses en conseguir este trabajo y no voy a perderlo sin antes pelear con uñas y dientes.

—¿Y qué piensas hacer ahora? —preguntó Guff, impresionado por la determinación de su jefa.

—Dímelo tú —respondió Sara—. Tú eres quien trabaja aquí.

—Lo único que sé es que debes asistir a una sesión de orientación hasta la hora del almuerzo y que yo tengo una cita con el médico esta tarde, de modo que no podremos empezar a buscar una solución hasta mañana.

—Estupendo —exclamó Sara mientras miraba fugazmente el reloj de pared, antes de concentrarse de nuevo en Guff—. ¿Qué oportunidades crees que tengo?

—¿Sinceramente?

—Por supuesto.

—Entonces permíteme que te lo diga de este modo: si fuera jugador… —Hizo una pausa.

—¿Qué? Dime.

—Apostaría por otro caballo.

Solo era la una de la tarde cuando Sara regresó a su despacho, pero el agotamiento ya se reflejaba en su rostro. A pesar de que se suponía que la sesión orientativa de cuatro horas no era más que una sencilla introducción informativa a la oficina de la fiscalía, Sara no dejó de preocuparse en todo momento por quién sería el primero en ser despedido. Sin dejar de pensar en ello, se desplomó en su butaca y, cuando todavía no había recuperado el aliento, sonó el teléfono.

—Sara al habla —respondió.

—¿Y bien? —preguntó Jared—. ¿Cómo te va? Te he estado llamando toda la mañana, pero no estabas en tu despacho.

—Eso es porque durante mi primera hora de trabajo he descubierto que iban a despedirme.

—¿Te han despedido?

—Todavía no, pero Monaghan ha anunciado recortes de personal esta mañana y todo el mundo cree que yo seré la primera en ser despedida.

—¿Quién lo dice?

—Mi ayudante…

—¿Qué sabe tu ayudante?

—… y mi orientador —prosiguió Sara—, y la mujer que me ha ayudado a rellenar los formularios y el abogado al que he tenido que interrogar en un juicio ficticio y los cuatro abogados que he conocido en… —Se le formó un nudo en la garganta y se le llenaron los ojos de lágrimas—. No soy como tú, Jared; a mí no me salen las cosas a pedir de boca. Por eso todo el mundo piensa que soy una fracasada.

—¡Para! ¡Para! —exclamó Jared—. Nadie piensa que seas una fracasada. Esto no es nada personal, simplemente se trata de un recorte del presupuesto.

—Pero ya sabes lo que vendrá a continuación —respondió Sara—. Otra vez a buscar trabajo, más entrevistas, más rechazos…

—Tranquilízate —dijo Jared—. Lo harás de maravilla.

—Tú eres el único que lo cree.

—No es cierto. Papá ha llamado a primera hora de esta mañana para preguntar si ya habías ganado el primer caso.

—Jared, estás hablando de mi abuelo. No es una persona demasiado imparcial.

—No importa. Sé que lo harás de maravilla.

—No, no es cierto. No estoy preparada para…

—Hunter College, matrícula de honor.

—¡No es nada del otro mundo! Es una universidad insignificante.

—¿Y la Facultad de Derecho de Columbia?

—Mis padres sobornaron al decano para que me permitiera ingresar.

—No es verdad —respondió Jared—. Y aunque lo fuera, ¿no obtuviste muy buenos resultados?

—Supongo —dijo Sara, al tiempo que se levantaba de la silla y se dirigía a la parte delantera del escritorio—. Maldita sea, ¿por qué siento tanta compasión por mí misma? Parece que esté todavía en el instituto. Cambiemos de tema. ¿Qué ocurre en tu despacho?

—Nada —respondió Jared—. Te lo contaré luego.

—Cuéntamelo ahora —insistió Sara, con una ceja levantada.

—No tiene importancia.

Sara sabía que había algún problema.

—Jared, espero que no estés haciendo lo que pienso.

—¿A qué te refieres?

—Ocultarme las buenas noticias, solo porque estás preocupado por mí.

—No te oculto nada. Ni siquiera merece…

—¿Lo ves? Lo sabía. Sabía que estabas haciendo algo. Cuéntamelo.

Jared cedió con reticencia.

—A mi regreso del almuerzo, Wayne se me ha acercado y me ha dicho textualmente que «voy por buen camino».

—¿Wayne? —preguntó Sara, emocionada—. ¿Thomas Wayne? ¿Ha dicho cuándo votarían tu promoción?

—El consenso general es que me convertiré en socio del bufete en un período de seis meses, según la cantidad de beneficios que aporte.

—Eso es estupendo —exclamó Sara.

Jared no respondió.

—No me digas que todavía te preocupa la idea de aportar beneficios al bufete.

—Esa era la razón por la que no quería hablarte de esto ahora…

—Jared, aprecio lo que estás haciendo por mí, pero puedo ocuparme de dos asuntos al mismo tiempo. Deja de esconderte y háblame claro. ¿Qué me dices de la lista que elaboramos? ¿Quién queda?

—Nadie; he hablado con todos. Nuestra asociación de exalumnos, la cámara de comercio, la sinagoga, la iglesia, la sociedad Y de la calle Noventa y Dos, los demócratas, los republicanos, el club Kiwanis, el Rotary Club, los Toastmasters… Algunos de ellos publican revistas, pues he puesto un anuncio en todas; algunos celebran reuniones, y he asistido a las mismas… No comprendo por qué no funciona.

—Cariño, sé que no estás acostumbrado a ser humano como el resto de los mortales, pero no hay ningún mal en reconocer que algo supone realmente un reto. No significa que sea culpa tuya.

—No estoy de acuerdo con eso. Debe de haber algo que me pasa inadvertido. Quizá la próxima vez debería vestir de un modo más informal, para que no se sientan intimidados.

—No paras nunca, ¿verdad?

—No hasta que consigo llegar al fondo del asunto. Siempre hay una solución.

—¿Te sientes repentinamente audaz?

—Siempre soy audaz.

—Jared, la única razón por la que llevas el pantalón sin vuelta en el dobladillo es porque también lo lleva tu padre.

—Eso no tiene nada que ver con la falta de audacia. Los pantalones sin vuelta son elegantes. Son impecables. Están de moda.

—Sin ánimo de ofenderte, cariño, no tienes la menor idea de lo que está de moda. Y si no fuera por mí, parecerías una antigualla.

—¿Me estás llamando carroza?

—Lo único que digo es que no nos acercamos a la solución del problema.

En aquel momento, Guff entró en el despacho.

—¿Quién quiere salvar hoy su empleo? —canturreó.

—Un segundo —respondió Sara después de cubrir el auricular con la mano—. Jared, ahora debo dejarte.

—¿Todo bien?

—Sí. Eso espero —respondió Sara—. Por cierto, gracias por escucharme.

—¿Bromeas? Es un placer para mí.

Sara colgó el teléfono y miró a su ayudante.

—He hecho una pregunta, campistas: ¿quién quiere salvar su empleo?

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Sara—. Creí que tenías una cita con el médico.

—Acabo de enterarme de que el Departamento de Transporte va a despedir a trescientas personas y he decidido anular mi cita. No puedo abandonarte a tu suerte.

—¿Y cómo sabías que no habría salido a almorzar?

—Una vez más, debo agradecérselo a esa picara reina que denomino razonamiento deductivo. He supuesto que si realmente deseabas permanecer a bordo, estarías aquí tirándote de los pelos. Y a juzgar por tus ojos, creo que estaba en lo cierto.

—Eres bastante listo para ser un chico burgués.

—Todas las lecciones de la vida pueden aprenderse en un centro comercial. ¿Y ahora estás lista para empezar? Creo que sé cómo puedes salvar tu empleo.

—¿De verdad? —preguntó Sara.

—Nunca lo sabremos si nos quedamos aquí sentados todo el día.

Sara arrojó la circular de Monaghan a la papelera.

—Guff, agradezco sinceramente que hayas anulado tu cita. No tenías por qué hacerlo.

—Mira, esta mañana me has tratado como un igual y eso significa mucho para mí. Considerando que la mayoría de las mujeres a las que conozco me tratan como a un gusano, eso basta para garantizar mi lealtad eterna. Y ahora salgamos de aquí.

Sara siguió a Guff.

—¿Adónde vamos?

—Al juzgado, al otro lado de la calle. Si quieres ser ayudante del fiscal del distrito, debes conseguir un caso.