En nombre de Dios
Prefacio
Este libro, que es el producto de casi tres años de intensas investigaciones, no hubiera
sido posible de no haber contado con la activa colaboración de mucha gente y de
numerosas organizaciones. La mayoría de las personas que me han ayudado lo han
hecho bajo la estricta consideración de que conservarían el anonimato. Al igual que
en otros libros anteriores, escritos en similares circunstancias, he respetado también
en éste la voluntad de estas personas. Creo incluso que en esta ocasión su derecho a
proteger su identidad es mucho más necesario que en cualquier otra investigación
previa que yo haya realizado. Como muy pronto se dará cuenta el lector, el asesinato
es un frecuente compañero de los hechos que aquí se registran. Un gran número de
asesinatos siguen sin resolverse de manera oficial. Nadie debería dudar de que los
individuos que han causado estas muertes volverían a matar si lo necesitaran, ya que
gozan de casi una total impunidad para hacerlo. Revelar los nombres de los hombres
y mujeres que me han ayudado en mi investigación aportando testimonios de crucial
importancia constituiría por mi parte un acto de irresponsabilidad criminal: todos
ellos corren todavía un grave peligro de muerte. Es a ellos a quienes debo mis
mayores agradecimientos. Los motivos que los llevaron a divulgar una gran cantidad
de información eran muchos y muy distintos, pero una y otra vez se me repetía lo
mismo: «La verdad debe ser conocida. Si usted está capacitado para divulgarla,
entonces hágalo». A todos ellos les estoy profundamente agradecido, al igual que a
las personas siguientes, a quienes con el mayor de los respetos clasifico como la
punta visible del iceberg.
Profesor Amedeo Alexandre, profesor Leonardo Ancona, William Aronwald,
Josephine Ayres, doctor Alan Bailey, doctor Shamus Banim, doctor Derek
Barrowcliff, Pia Basso, padre Aldo Belli, cardenal Giovanni Benelli, Marco Borsa,
Vittore Branca, David Buckley, padre Roberto Busa, doctor Renato Buzzonetti,
Roberto Calvi, Emilio Cavaterra, cardenal Mario Ciappi, hermano Clemente, Joseph
Coffey, Annaloa Copps, Rupert Cornwall, monseñor Ausilio Da Rif, Maurizio
De Luca, Danielli Doglio, monseñor Mafeo Ducoli, padre Francois Evain, cardenal
Pericle Felici, padre Mario Ferrarese, profesor Luigi Fontana, Mario di Francesco,
doctor Cario Frizziero, profesor Piero Fucci, padre Giovanni Gennari, monseñor
Mario Ghizzo, padre Cario González, padre Andrew Greeley, Diane Hall, doctor John
Henry, padre Thomas Hunt, William Jackson, John J. Kenney, Peter Lemos, doctor
David Levison, padre Diego Lorenzi, Edoardo Luciani, William Lynch, Ann
McDiarmid, padre John Magee, Sandro Magister, Alexander Manson, profesor
Vincenzo Masini, padre Francis Murphy, Anna Nogara, monseñor Giulio Nicolini,
padre Gerry O’Collins, padre Romeo Panciroli, padre Gianni Pastro, Lena Petri, Nina
Petri, profesor Pier Luigi Prati, profesor Giovanni Rama, Roberto Rosone, profesor
Fausto Rovelli, profesor Vincenzo Rulli, Ann Ellen Rutherford, monseñor Tiziano
Scalzotto, monseñor Mario Senigaglia, Arnaldo Signoracci, Ernesto Signoracci, padre Bartolomeo Sorges, Lorana Sullivan, padre Francesco Taffarel, hermana
Vincenza, profesor Thomas Whitehead, Phillip Willan.
Estoy igualmente agradecido a las organizaciones: Augustinian Residence, Roma,
Banco San Marco, Bank of England, Bank of International Settlements, Basle, Bank
of Italy, Catholic Central Library, Catholic Truth Society, City of London Pólice,
Department of Trade, Statistics and Market Intelligence Library, English College,
Roma, Federal Bureau of Investigation, Gregorian University, Roma, New Cross
Hospital Poisons Unit, Opus Dei, Pharmaceutical Society of Great Britain, Tribunal
of the Ward of Luxembourg, U. S. Department of State, U. S. District Court Southern
District of New York, Oficina de Prensa del Vaticano y Radio Vaticano.
Entre aquéllos cuya identidad no puedo divulgar se encuentran quienes residen en
la Ciudad del Vaticano: se trata de gente que se puso en contacto conmigo y que me
ayudó a emprender esta investigación sobre los hechos que envuelven la muerte de
Albino Luciani, conocido también como Juan Pablo I. El hecho de que haya hombres
y mujeres que viven en el corazón de la Iglesia católica romana y que no puedan ni
hablar abiertamente ni identificarse sin riesgo de su vida constituye un elocuente
testimonio del estado en que se encuentran las cosas dentro del Vaticano.
No cabe duda de que este libro será atacado por unos y desdeñado por otros.
Algunos pensarán que se trata de un ataque contra la fe católica en particular y contra
el cristianismo en general. No es ni una cosa ni otra. Hasta cierto punto representa
una acusación contra determinadas personas, cuyo nombre específico se menciona en
estas páginas: son hombres que nacieron bajo la fe católica, pero que nunca se
convirtieron en verdaderos cristianos.
Como tal, este libro ni ataca la fe ni se ensaña contra una Iglesia que aglutina
millones de fieles. Lo que estos millones de fieles consideran sagrado es demasiado
importante para dejarlo en las manos de unos hombres que han conspirado para
degenerar el mensaje de Cristo y transformarlo en un turbio asunto de negocios
sucios. Se trata de una conspiración que ha producido sucesos escalofriantes.
Como ya he indicado, me he tenido que enfrentar con unas dificultades
insuperables al verme obligado a dar el nombre específico de las fuentes de las que he
recibido la información. A lo largo del texto, he procurado conservar en el más
estricto secreto quién fue el que me dijo tal cosa o de dónde extraje determinados
documentos. Una cosa, sin embargo, puedo asegurarle al lector; que toda la
información, todos los detalles, todos los hechos han sido revisados una y otra vez
para confirmar su exactitud, no importa la fuente de la que provinieran. Por lo tanto,
es mía la responsabilidad sobre cualquier error de apreciación o detalle.
Tengo la certeza de que, como transcribo conversaciones que tuvieron lugar entre
hombres que ya habían muerto antes de que empezara mi investigación, me arriesgo a
provocar suspicacias. ¿Cómo, por ejemplo, puedo yo saber lo que pasó entre el papa
Juan Pablo I y el cardenal Villot el día en que discutieron el tema del control de la
natalidad? La respuesta es muy sencilla: dentro del Vaticano no existen audiencias privadas que se mantengan verdadera y totalmente en privado; los dos hombres que
he mencionado hablaron con otros después y les refirieron la conversación que
habían mantenido. Es de esta mente de segunda mano, cuyas opiniones personales a
menudo diferían radicalmente, de donde he sacado el material que me ha permitido
reconstruir la discusión sobre natalidad entre el papa y su secretario de Estado. De los
diálogos que aparecen en este libro ninguno es imaginario, como tampoco lo son los
hechos registrados.
DAVID A. YALLOP.
Marzo de 1984.