En otra parte de la ciudad
Ed McBain según Juan Sasturain
Ed McBain
En otra parte de la ciudad
ePub r1.1
Titivillus 15.01.2022
OceanofPDF.com
Título original: Another Part Of The City
Ed McBain, 1986
Traducción: Josefina Tapia
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
OceanofPDF.com
ED McBAIN SEGÚN
JUAN SASTURAIN
Desde arriba de la viga
En el capítulo quinto de Cop hater —literal: «El que odia a la poli», traducida por Ediciones B simplemente por Odio —, primera novela firmada por Salvatore Lombino con el seudónimo Ed McBain y puntada inicial de la saga del Distrito 87 , el agente Foster cuenta un cuento.
Llegado el mediodía, un hombre que trabaja en la construcción sobre una viga maestra, a unos sesenta pisos de la calle, se sienta a almorzar sus sandwichs: saca el primero y al ver que es de mantequilla de cacahuete lo arroja al vacío con un gesto de fastidio; intenta con el segundo y sucede lo mismo; el tercero es de jamón y lo come con gusto, pero el cuarto nuevamente es de mantequilla de cacahuete y lo arroja también enojado.
Un compañero, que lo ha estado observando, le dice: «¿Cuánto hace que estás casado?». El de los sandwichs responde: «Diez años». «¿Y tu mujer no sabe todavía qué tipo de sandwichs te gustan?» pregunta, burlón, el primero. «Oye, hijo de puta —dice el otro— no metas a mi esposa en esto.
Estos malditos sandwichs me los preparo yo mismo…».
El cuento del agente Foster produce reacciones dispares en el auditorio de sus compañeros de comisaría. Steve Carella estalla en carcajadas; su compañero Bush no soporta ese tipo de humor: «Que después de diez años de casados la mujer no sepa qué le gusta a su marido no es un chiste; es una tragedia», objeta. Se lo aclaran: «Pero se los preparaba él». «Entonces es un chiste de psicópatas… Y no me gustan los chistes de psicópatas», se obstina Bush, alterado.
Esta broma inserta tiene valor indicial, prefigura la tragedia que involucra a Bush: es la próxima víctima del «cop hater» y su esposa Alice no será ajena a las motivaciones de ese crimen. Se inaugura también un procedimiento narrativo al que el diestro McBain será particularmente afecto desde esa novela, la primera del ciclo, en 1936.
Pero más allá del rasgo estilístico, de la modalidad original, me gusta mucho la idea de encontrar otro tipo de correspondencias que nos lleven fuera de McBain y del precinto 87, pero sin salir del campo de la novela negra, del policíaco en general, del género laxo al que un autor novel pero ya experimentado se incorporaba con su propuesta novedosa: convertir a todo un cuerpo colectivo —la dotación de una comisaría o precinto— en protagonista de sus historias.
Y el correlato se establece nada más ni nada menos que con El halcón maltés , el clásico de Hammett de 1930. Allí también, Sam Spade le cuenta a la joven Brigid —para «matar el tiempo», sin motivo aparente— una historia en que las vigas de la construcción tienen mucho que ver; también el matrimonio, y las conductas humanas. Es el conocido relato del señor Flitcraft que, un mediodía, camino de su productivo trabajo, descubre que la vida no es nada segura ni ordenada sino fruto y objeto del azar: una viga que cae de un edificio en construcción se clava a centímetros de sus pies.
No lo mató, pero podría haberlo hecho. Ve en ello algo revelador y actúa en consecuencia: deja todo, abandona mujer, hijos, bienestar, y decide vivir a la aventura, sin planes. Desaparece de Seattle, deambula unos años y termina radicado en Spokane, donde finalmente se casa, hace negocios, tiene hijos, vuelve a construir una vida no demasiado diferente de la anterior… «No creo que haya comprendido siquiera que había vuelto a atarse al mismo mecanismo…» reflexiona Spade —y Hammett con él—.
«Pero ésta es la parte del asunto que siempre me gustó más. Se adaptó al hecho de que las vigas caían y, cuando dejaron de caer, se adaptó al hecho de que ya no cayeran», concluye.
Pienso en las coincidencias: las vigas, las parejas, las conductas; pero además están los protagonistas-receptores-productores del relato; y el contexto en que se lo despliega ante el lector. Por partes, entonces: en la novela de McBain, Carella y Bush son compañeros, Alice —mujer de Bush
— es una ambigua seductora que Carella desea y reprime por lealtad al amigo —¿al cuerpo (policial)?— hasta que Bush muere y la seductora muestra su real condición. En la novela de Hammett, Spade y Archer son socios en una agencia de investigaciones privadas. Archer es asesinado y desencadena la historia con agravantes: Iva, su mujer, es amante de Spade.
La resolución final no implicará a Iva en el crimen; tampoco a Spade: ha sido Brigid…
El relato incluido en El halcón maltés es algo más que un indicio, un guiño al lector, cierto anticipo en clave respecto de la trama. La moraleja
—si es que la hay— remite a la esencial ambigüedad de la conducta humana y sus motivaciones, la fragilidad de las convicciones y los sentimientos, el tembladeral de lo que llamamos certezas: toda la narrativa de Hammett está escrita precisamente desde la acera, desde el lugar donde pueden llover —o no— las vigas, sean conscientes —o no— los protagonistas. Y ése es su violento y conmovedor efecto.
Es evidente que con Ed McBain estamos, seguramente —porque creo que el paralelo establecido no es casual ni gratuito, aunque no sea intencional en el autor—, en otro universo de valores, otra mirada, para la que las vigas no caen, pues el que mira está encima de la viga. Desde allí se puede describir el desorden, la psicosis, la estupidez, la maldad, pero esa visión aérea, totalizadora, instaurará un sentido, repartirá culpas y méritos, pondrá las cosas en un lugar: el Lugar del Orden.
Si en Hammett todo equilibrio es inestable, descompensado —piénsese en ese piloto de tormentas del caos que es el gordo de la Continental—, en la saga de McBain hay una estructura previa, una forma —que es literaria, que es social, que es descriptible en términos ético-morales— anterior y sobreviviente a cualquier avatar o suceso, siempre contingente.
La magia de la narrativa de McBain, el placer que brinda en dosis seguras y efectivas, está íntimamente ligado a esta cualidad, a este rasgo persistente. El re-conocimiento de situaciones, las variaciones sobre un módulo. La evolución controlada de los caracteres es parte fundamental de su encanto.
Después de más de treinta años y de cuarenta novelas, puede aventurarse que este universo de personajes y conflictos es el resultado del
diestro despliegue de elementos presentes en el inició. Ya en Odio aparecen algunos componentes totalizadores que darán de ahí en más el carácter y la identidad a la serie (porque de una serie se trata). En primer lugar, el ámbito, la ciudad, esa transposición puntual de Nueva York que admite las prolijas correspondencias: Isola (Manhattan, el barrio donde está el Distrito 87), Riverhead (Bronx); Majesta (Queens); Calm’s Point (Brooklyn); Bethtown (State Island) y hasta los ríos que la circundan: Harb (Hudson) y Dix (East River). Según George Dove, basta girar el mapa de Nueva York hacia la derecha, en el sentido de las agujas del reloj, y colocar el norte en el este y así sucesivamente, para tener el plano exacto de la metrópolis creada por McBain…
Bien: de esa ciudad, el precinto es un muestreo preciso, con barriadas pobres y ricas, grupos étnicos y culturales disímiles; la parte es imagen del todo. Del mismo modo, el equipo humano del cuerpo policial representa la comunidad que lo contiene y lo origina, en una cuidada selección de personajes de distinto origen racial, social y religioso. De ese modo, la Policía —el italiano Carella, el negro Brown, el judío Meyer-Meyer, el sádico Parker, el estúpido Genere, el novato Bert Kling, que simboliza, en su evolución y avatares, las alternativas del cuerpo— se define como parte contenida en un todo al que representa pero del que se diferencia, no en origen sino en elección, en actitud. Esa actitud es, en McBain, una postura masculina. Y la afirmación merece un párrafo.
No son casuales los símiles que utiliza, identificando a la ciudad —
desde el comienzo— con una mujer. El concepto no es nuevo tampoco. Esa mujer admite diferentes registros, sistemáticamente desarrollados, con rasgos muy gruesos y definitivos, en las tres que aparecen en la novela inicial: Alice es el peligro, la seducción, el engaño, la corrupción, el Mal; May, esposa de otro policía asesinado, es la Esposa —así, con mayúscula—
como encarnación del compañerismo y la solidaridad, la confianza y el respeto; la tercera es Teddy, la elegida por Carella para casarse en el final de Odio , ciega y desvalida, encarna la desprotección, la tierna debilidad.
En síntesis, en este esquema, el Policía es a la Ciudad, lo que el Hombre a la Mujer; actúa ante ella según manifiesta su rostro y ambigua condición…
Callejeros, humanizados por los sentimientos y las debilidades menores, los policías de McBain no dejan por eso de representar la Ley —incluso cuando la transgreden— ni de ejercer la racionalidad de la ciencia, el imperio último del buen sentido y la razón. El contrapunto entre el minucioso despliegue de los procedimientos y métodos policiales descritos novela a novela y el fuerte componente casual o fortuito que interviene en la mayoría de las investigaciones es uno de los elementos «realistas» mas logrados de la serie. Antes burócratas sensibilizados que superdotados justicieros, Carella y los suyos tratan de demostrarnos que el buen sentido y los huevos bien puestos suelen alcanzar para llevar una vida que les permita mirarse a los ojos en el espejo cada mañana pese a ser policías en una ciudad equivalente a Nueva York.
El mérito de convencernos de eso —con recursos genuinos de narrador ameno y muchas veces brillante— es todo de Salvatore Lombino, Richard Mastern, Ezra Hannon, Curt Canon y —sobre todo— de Ed McBain. Lleva más de cuarenta años haciéndolo, desde aquellos años cincuenta del macartismo, la Guerra Fría y las presidencias republicanas de Eisenhower…
Ha hecho bien su trabajo. La institución y —a veces— la literatura policial de esta parte del siglo, agradecidas.
JUAN SASTURAIN
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