En un jardín oscuro

Frank G. Slaughter · Capítulo 1 de 76

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En un jardín oscuro

Capítulo Primero: Glasgow

CAPÍTULO PRIMERO

GLASGOW

1

Al llegar a mitad de la fea calle empedrada, se volvió para mirar atrás. El coche de alquiler, semejante, entre la niebla, a una enorme calabaza, aguardaba a la puerta de la posada. El pavimento descendía delante de él, hasta la orilla del agua; la misma capa grisácea, como algodón, se cernía sobre el río. El joven bajó lentamente la cuesta, recibiendo con placer el mordisco del frío en los pulmones.

Aquella tarde, la humedad lustraba los guijarros de la calle desde el tono castaño al negro oleoso; aclaraba los enjutos lomos de los caballos, salpicaba de lentejuelas líquidas las patillas de los sudorosos mandaderos colocados a la puerta de los almacenes. Los mismos muelles ofrecían un aspecto fantasmal, pero se proseguía la carga a pesar del mal tiempo; se continuaría efectuando hasta que zarpara el último barco. Muchos esperaban todavía en la lóbrega parte baja del río, deseosos de tomar parte en ella. Era el otoño de 1862 y Glasgow hervía desde la orilla del Clyde hasta

el[1] en las idas y venidas de la operación de la carga. Poco les importaba a aquellos capitanes de hierro que la guerra a que servían se hallase separada de ellos por todo un océano.

Julián Chisholm los maldijo y se internó más en la niebla escocesa. Se le ocurrió maldecir también su propia extraña diligencia, pero resistió al saludable impulso. Hacía tiempo ya que no se miraba a los ojos en el espejo, y había ordenado a su mente que dejara de cavilar pues la niebla se ajustaba como un grueso guante mojado a su peculiar estado de ánimo.

Horas como aquélla le ayudaban a enfocar el exterior. Había aprendido a hacerlo así desde largo tiempo atrás. Ahora, por ejemplo, pensaba en el clíper que debía llevarle al día siguiente a las Bahamas…, si es que por fin se decidía a partir. Justamente distinguía su palo mayor sobresaliendo de los cobertizos instalados a lo largo del río. El Nueva Providencia se hallaba cómodamente reclinado en sus amarras, pero incluso para un hombre habituado a vivir exclusivamente en tierra, hubiera sido evidente que se disponía a hacerse a la mar…

Julián se detuvo junto al bauprés y admiró las líneas del viejo navío, antigua reliquia del comercio con China. Soportaba bien el peso de los años, aun cuando cada uno de sus mamparos crujiría, seguramente, cuando comenzara a navegar: éste es el destino de los buques que vuelven del cementerio para que sus amos puedan ganarse unos peniques honradamente. Julián acarició el mascarón de proa (muy respetable con su sombrero de copa y su bíblica barba) y bajó por el muelle hasta situarse bajo popa. El puente de guindaste se esfumaba en la niebla por encima de su cabeza. Era una pantalla adecuada para un hombre que ni siquiera tenía idea de lo que iba a hacer. Allí, sumergido en la sombra proyectada por el clíper, le parecía increíble su marcha a Nassau el día siguiente. Hubiera sido mucho más lógico aguardar en Glasgow que acudir a una entrevista con una mujer desconocida.

Claro que «entrevista» no era la palabra adecuada, ni la que mejor podía aplicarse a su futuro encuentro con la señora Kirby Anderson. Ella no podía tener la menor idea de su presencia allí, en el muelle, en aquellos momentos… hasta que no se dirigiera en coche a él. Pero le había sonreído, hacía tres días, cuando se tropezaron en la escalera de la posada, y si él se adelantaba y le hablaba, ella le recordaría al momento.

Aquella sonrisa le llevó, siguiéndola, hasta la calle de Argyll, donde la vio meterse en el coche de alquiler. La calle estaba llena de gente y pudo seguirla hasta el muelle…, en el que se detuvo para verla subir a bordo del clíper. El día anterior había repetido la táctica del cazador que trata de mostrarse paciente por un instante. Pero se prometía llegar a un resultado, pues albergaba la convicción de que el deseo de ella de llegar más allá de una mera sonrisa no era menor que el suyo.

La señora Kirby Anderson. La viuda de un mayor de la CSA. La que se disponía a dirigirse por mar a Nassau para poner en orden los asuntos del difunto marido. Esto era todo lo que sabía de su historia: lo que se murmuraba en el fumoir de la posada. En su calidad de mujer acomodada —la más rica del clíper— había tomado para el viaje el departamento del capitán Shea; y era muy natural que todas las tardes subiera a bordo del buque para arreglar su camarote… Era natural también que se hubiera colocado un piano en la serie de habitaciones que ocupaba en la posada, y que tocara brillantemente, por espacio de una hora, todos los días, antes de comer; y que Swanson, su administrador, se mostrase orgulloso de acompañarla también todos los días hasta el comedor.

En suma: la viuda tenía un aspecto virtuoso y muy atrayente. Pero con más experiencia de la que prometían sus años. Julián Chisholm no hacía caso de ella desde algún tiempo atrás. La invitación que leía en los ojos de la viuda era tan real como el brillo cobrizo de sus cabellos, como la franca seducción de los cálidos y blancos hombros, las lisas caderas y la fina cintura, que debía poquísimo a las ballenas de corsé. A juzgar por su exterior (y, ¿quién era capaz de juzgarlo mejor que él, doctorado en Viena y con un título en el bolsillo?), el cuerpo de la señora Kirby Anderson estaba hecho para el amor… Mediante la conveniente aproximación, ¿podría constituir un antídoto de Lucy Sprague?

Lucy y su marido habían tomado semanas antes el paquebote que se dirigía al Oeste; gracias a la misión particular de Víctor Sprague en las Bahamas se hallarían instalados ya en Nassau cuando atracara a su muelle el Nueva Providencia. No era una novedad que su corazón saltara al influjo de este pensamiento; al planear la seducción de la señora Kirby, Julián, obedecía a la teoría de que un clavo saca otro clavo. Al fin y al cabo tendría que volver a ver a Lucy algún día. Y era ridículo que aún no se hubiera decidido a pagar a Shea algo más que un anticipo sobre su camarote.

«Byron —se dijo con firmeza— está bien enterado. El hombre fatal de Byron desempeña un papel anticuado, tristemente pasado de moda. Sobre todo si se trata de un hombre como yo, que lleva los puños deshilachados y que tiene en la vida un objetivo peculiarmente propio. Y, sin embargo, él había desempeñado aquel papel por espacio de años enteros. Lo desempeñó hasta el fin, o sea, hasta llegar a Glasgow para asistir a las lecturas de Lister…, y se quedó en la dudad porque la compañía de Whit Cameron se le hacía soportable. ¡Cuánto había luchado allí por disipar el ansia que sentía de tomar un barco cualquiera, el primero que se presentara, con tal de que melera rumbo a Nassau y a Lucy…! Hacía tres años que había interpuesto por segunda vez un océano entre los dos. Que había reanudado sus cursos de Medicina, que se empeñaba en convencerse de que los americanos no arruinan su vida por ninguna mujer. No, ni siquiera los más románticos del Sur. Y ahora, al fin, podía creer que aquellos años de adoración no habían transcurrido en vano; él había nacido con manos de cirujano, aun cuando no le acompañase la suerte en el amor».

Mientras recibió dinero de Chisholm Hundred compitió en habilidad con los mismos maestros cirujanos. Pasó de Rotunda, en Berlín, a Semmelweis, en la gran clínica de Budapest; del «Hotel Dieu», junto al Sena, a la fétida atmósfera de las Allgemeines Krankenhaus de Viena, donde obtuvo el título definitivo. Glasgow era el final de todo aquello, lo mismo que había sido su principio. Podía ya dar la espalda a los viejos edificios de la Universidad como hombre que se siente seguro de volver de veras esta vez a su patria.

Aquella misma noche iba a asistir a la última lectura. Ya era hora de que se dispusiera a aportar su granito de arena a la guerra.

¿Tendría valor para ponerse delante de Lucy en su bella casa de Nassau y decírselo así?

Se volvió al oír el rodar de un coche entre la niebla y se halló ante la señora Anderson, que en aquel momento preciso abría la portezuela y ponía el piececito, calzado con sandalia, en el estribo.

Llevaba pelliza de capucha cerrada hasta la barbilla; allí en la oscuridad, parecía una monja y más baja de estatura de lo que él recordaba. Al descender al muelle, la capucha cayó atrás, dejando al descubierto la cobriza aureola de los cabellos, rizados en bucles por la humedad. Le miró un momento sin dar muestras de reconocerle, estrategia que el joven aplaudió en su interior mientras se quitaba el sombrero de castor muy usado, y le ofrecía su mano.

Entonces descubrió que eran de igual estatura, después de todo; que los oscuros ojos de ella, en contraste con la palidez de su rostro, le miraban con interés. Su boca —demasiado grande quizá para ser bella— de gordezuelos labios ¿pintados?, reprimieron una sonrisa. El joven la acompañó hasta la escalerilla del clíper, dándose cuenta de que ella soportaba mejor que él el encuentro.

—¿El doctor Chisholm?

—Servidor.

—¿Le sorprende que le llame por su apellido?

—Un poco.

—Como vamos a ser compañeros de viaje…

Esta vez no cabía dudarlo. Sonreía, mientras apoyada en la escalerilla le miraba a los ojos.

—Estoy dando los últimos toques a mi camarote. ¿Quiere subir a bordo… para decirme si lo hago bien?

A Julián le habían enseñado a saludar, de manera aceptable, aun desde antes de aprender a andar, y el saludo le sirvió ahora para disimular su pánico cuando, al adelantar un paso, aspiró el perfume que la dama llevaba. Entonces creyó verla desaparecer en la niebla y, riendo, Lucy Sprague ocupó su lugar.

Lucy se había perfumado con heliotropo la última noche que pasaron los dos juntos en Londres. (Había ocasiones en que un detalle más insignificante que éste le era suficiente para evocarla). Riendo, se mantuvo de pie, delante de él, en la alfombrada habitación del «Temple»; vestía de negro y oro, y destacaba del fondo oscuro de la pieza como una orquídea en un pantano. Detrás de las ventanas del antiguo patio se extendía la misma niebla. Y él las cerró, con amplio ademán, antes de volverse y tenderle los brazos…

Al aclararse la niebla vio que la señora Anderson se hallaba ya sobre el puente del Nueva Providencia. Y estaba seguro de que se reía de él.

—Conque, ¿se niega usted a subir a bordo antes de que zarpemos, doctor?

—Perdón. Voy a llegar tarde a la lectura.

Ella murmuró algo. Julián le volvió la espalda sin pararse a escucharla. Había un largo trecho desde allí hasta la clínica de Lister, pero Lucy le susurró algo al oído todo el camino. Era increíble que aquel ligero susurro burlón bastara para apartarle del mundo y de sus incitaciones.