En un jardín oscuro

Frank G. Slaughter · Capítulo 18 de 76

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En un jardín oscuro

Capítulo II: Nassau

CAPÍTULO II

NASSAU

1

—Es la isla Watling —dijo Whit Cameron—. Colón la denominó San Salvador. Ahora es nuestro primer puerto, el primero a que llegamos. ¿Será un buen presagio?

Cuando su amigo el jugador se reunió con él, Julián le hizo sitio detrás de los obenques del bauprés. Como todos los pasajeros que se hallaban sobre cubierta en aquel momento, fijó la mirada en la sombra azulada que acababa de surgir por encima del horizonte, del lado Este. Poco antes, todavía se confundía con el lechoso color del cielo matinal. Ahora era inconfundíblemente una isla, tan real como espectro que tomara cuerpo bajo la luz solar.

—¿Quién te dijo su nombre?

—Nuestro amigo Bosley. Acaba de comprobarlo en el mapa. Con un poco de suerte, atracaremos mañana en el muelle de Nassau.

Nassau… Lucy Sprague… Julián se preguntó por qué podría imaginar con tan serenidad la perspectiva.

Cinco semanas en el mar, se decía, se le hubieran hecho largas a cualquiera…, sobre todo si estaba casado sólo honoríficamente. Sin embargo, él disfrutó, egoísta, de los pasados días soleados, y ahora sentía tener que abandonar el entumecedor camarote donde había comenzado a encontrarse a sí mismo otra vez. Disfrutaba incluso de tener mujer, a su modo, un modo que (para poner el primer ejemplo que se le ocurría). Whit Cameron nunca acertaría a comprender.

Julián posó los ojos en Whit. Con la elegante chaqueta de noche y los pantalones estampados de tartán, Whit Cameron evocaba el Pall Mall, no el castillo de proa de un clíper. Sin embargo, a Julián le gustaba observar junto a él cómo aquella avanzada del continente americano adquiría forma con el día naciente. No le guardaba rencor por el papel desempeñado antes de su matrimonio; a pesar de sus procedimientos, comprendía que Whit era su aliado. Y aun así se negaba a creer la verdad. Recién casadas sin besos era algo que no existía en el cosmos del jugador; y no digamos nada de los recién casados.

Balanceándose suavemente bajo el velamen de desplegadas lonas, el Nueva Providencia dejó San Salvador…, y su crestón de coral que escupía un agua espumosa a pesar de soplar sólo una ligera brisa, a un cuarto de estribor. Las playas de la isla centelleaban, heridas por la luz del día; Julián consiguió ver la cima de dos prominencias, y, más allá, las sabanas situadas de cara al océano. San Salvador parecía hallarse tan desierto; como cuando le situó Colón, en el mapa, pero, aun así, siempre sería la puerta de entrada de Nassau.

—Llamemos a Juana —propuso Whit—. El momento es solemne, ¿o prefieres que seamos razonables y nos dirijamos unas cuantas preguntas? Porque es muy posible que no vuelva a presentarse la ocasión.

Julián sonrió. En realidad, Whit no trataba de ser sincero. Ya había sospechado que el jugador ignoraba, tanto como él mismo, el pasado de Juana.

—Veamos, ¿qué te gustaría saber?

—Adónde se dirige Juana…, y por qué. ¿Puedes responder a esto?

—En seguida. Sus agentes de Nassau procuran instalarnos ahora a los tres a bordo de un runner. Y éste nos llevará a Santa María, situada en la linea fronteriza de Florida. ¿No te molestará saber que hay gente que trabaja en favor de tu mujer en todas partes?

—No por cierto. Después de todo, también tú lo hacías así en Glasgow. Whit recogió con aplomo la indirecta.

—Gracias por incluirme entre las personas que rodean a la dama —dijo—. Pero mi papel fue muy breve.

—Mucho temo que también lo sea el mío.

—¿Te gusta tu trabajo, sin ánimo de ofender?

—Llámalo como gustes. Yo me atengo a lo estipulado, y si Juana no se queja, me daré por muy satisfecho. Ello no me da derecho a investigar la historia de su vida ni la razón que la asiste para hacer lo que hace. Dentro de un mes vestiré el uniforme…, y ella administrará las propiedades de su difunto marido.

—Si es eso lo que en realidad quiere…

—¿Nos hubieras presentado tú si así no fuera?

—Probablemente ¿Y te hubieras casado tú con ella?

—Julián meditó la respuesta. Aquella noche, en Glasgow» estaba desesperado, desesperado hasta el punto de aceptar, a ciegas, la mano de Juana, aunque desde un principio hubiera puesto en duda su historia. Como Whit insinuaba, era muy posible que ella fuere una aventurera y, al propio tiempo, un agente de la Unión, para estar él seguro de esto, no hubiera podido darle su nombre. Sin embargo le consolaba pensar que su mujer era tan virtuosa como se deducía de su aspecto.

—Soy médico —dijo al fin— y necesito una clientela. Esto fue lo primero y lo último que pensé.

—Sí, eso es: el escalpelo antes que la espada —dijo Whit—. Bueno, así debe ser. Pero insisto en que debes conocer algo más. Supongo que Juana habrá dejado traslucir…

—Únicamente que procede de un estado montañoso y que ha habitado en el Norte, Que juzga inútil la guerra…, sentimiento que comparto… Whit se encogió de hombros e inició la media vuelta. Las motas doradas que salpicaban el mar, delante de ellos, le obligaron a parpadear. El sol se levantaba ya sobre el horizonte y prometía un día sin nubes: ni el mismo penacho de humo, que, semejante a sucia bandera, se elevaba por detrás de la isla de Watling, era capaz de malograr día tan perfecto. Julián, que venía observándolo, se dijo que la isla no estaba tan deshabitada, después de todo. Ahora se daba cuenta de que aquel humo salía de la chimenea de un barco que avanzaba hacia ellos a toda velocidad.

Al aproximarse lo suficiente para dejarse examinar, Julián comprendió que ganaba terreno por la fuerza de sus calderas, aunque llevaba también un par de mástiles sobre la visiblemente inclinada cubierta. Alzándose muy poco sobre el agua y con el aire de un escarabajo, marchaba con increíble rapidez. Su sola chimenea, reluciente como el sombrero de un miembro del Congreso, lanzaba el vapor a bocanadas entrecortadas y profundas. Bajo la borda de estribor no era menos amenazadora la hilera de cañones. La bandera que ondeaba en su palo de mesana le era a Julián harto familiar. Al mirar con fijeza aquellas rayas de color de menta y las estrellas de la Unión sobre campo de azul, Julián se dijo que ya tenían allí al enemigo.

Ninguno de los pasajeros profirió palabras al acercarse el buque yanqui, describir hacia popa un arco de espuma y correr a esconderse otra vez. Era un espectáculo que todos contaban presenciar desde hacía algún tiempo. El perro vigía los siguió por un momento; los pasajeros del Nueva Providencia divisaban a su joven y barbudo capitán mientras enfocaba con los gemelos el rojo plumero de su palo de mesana. Julián sé descubrió en el acto de dirigir también la vista hada aquel mágico talismán que protegía a un futuro cirujano del Ejército confederado tan bien como los mil rifles «Enfield» que llevaban en la bodega. La inclinación del telescopio del yanqui revelaba rabia y desprecio. Whit dijo:

—No será tan sencillo el paso por las Bahamas…

—Son aguas inglesas. ¿Cómo quieres que se atrevan a…?

—Los yanquis no abrirán el fuego allí, aun cuando volemos sus barras y sus estrellas, pero nos aguardarán en alta mar. Y cuando se apoderen de nosotros, poco les costará remolcarnos hasta Key West. Están allí desde un principio.

—Están en San Agustín y también al Jacksonville.

—No lo tomes a mal, Julián, pero dime: ¿piensas firmar la paz con ellos?

—Hombre, tengo mis defectos, mas no soy aficionado a cambiar de casaca.

—Acabas de expresarte como un Chisholm —manifestó Whit—. ¿Estás seguro de no decir ninguna tontería?

—Completamente seguro, aunque no acierte a explicarte por qué motivo.

—Ser caballero andante tiene sus inconvenientes —observó Whit—, no permitas que tus inclinaciones nublen tu sentido común.

—¿Por qué no te vas tú al Norte, en vez de ir al Sur?

—Tengo una razón más simple. Soy pescador en aguas revueltas y me divierte jugar en beneficio del juego mismo. En esta guerra se labran fortunas en las dos partes y yo me limito a probar la mía sentado en un extremo de la mesa.

Julián se echó a reír. No podía discutir mucho tiempo seguido con Whit Cameron.

—¿No te han dicho nunca que eres un pillo redomado? —le preguntó.

—¿Y a ti, no te han dicho que el caballero del Sur constituye el mayor anacronismo que existe sobre la Tierra?

—¡Cuidado! Han fusilado a muchos por decir eso.

—Oye, Julián Chisholm, de «Chisholm Hundred»; abre bien los ojos. Contempla este cañonero yanqui y lee en él tu destino. Ya te tienen asido y van a estrangularte. Los «ratas» hacen fortuna, se escurren entre los dedos, pero tienen los días contados. ¿Cuánto tiempo crees tú que os suministrará provisiones Europa cuando sepa que os empezáis a morir a chorros?

—No te expreses con tanta amargura. Recuerda que por tu nacimiento eres uno de nosotros.

—Mía es la inteligencia desde un principio —dijo Whit—. Me dejo guiar por ella y vivo bien. Soy afortunado por dos razones; porque nací libre y porque no me consideré nunca un nabab. Me llamas bribón… Conforme. Pero el hecho de serlo me ayuda a comprender los hechos con más claridad.

—¿Qué harías tú en mi lugar?

—Al llegar a Nassau, tomar el primer barco que del puerto saliera e ir a ofrecer mis servicios al jefe de Sanidad militar de los Estados Unidos. Al final habrías salvado tantas vidas como desde el otro lado y acabarías la guerra con el grado de general. Pero sé que te dirigirás, en Richmond, a tu tío, que te empeñarás en ser cirujano de la Confederación a toda costa y que salvarás vidas para una causa perdida. Luego volverás a «Chisholm Hundred» y concluirás allí tu vida lamentando lo que pudo ser y no fue. Esto siempre que no mueras antes, lo que es muy probable también.

—En mi lugar, tú harías lo mismo.

—No cabe duda. Debe de ser muy duro salirse del molde… ¿No dije ya lo mismo en otra ocasión?

—Lo dices muchas veces —repuso Julián riendo—. ¡Ea, vamos a echarle una ojeada al brazo del capitán! Por lo menos, él me dará la respuesta debida.