Enamorada de un extraño

Brenda Novak · Capítulo 5 de 35

Páginas del PDF

Enamorada de un extraño

Capítulo 3

 

–¿Cómo me has encontrado?

Cuando advirtió el tono de acusación, Eve se dio cuenta de que tenía la boca abierta, y la cerró. Estaba tan acostumbrada a que la asociaran con Little Mary’s que la sorprendió que pensara que era ella la que estaba fuera de lugar.

–¿Qué?

–Te he preguntado que cómo me has encontrado. ¿Me has seguido?

A juzgar por la impaciencia que expresaba su rostro, no le hacía ninguna gracia la idea. A lo mejor la estaba asociando con otras mujeres que no habían entendido el significado de «no me interesa».

–¡Claro que no! Jamás te impondría mi presencia, ni a ti ni a ningún otro hombre.

Rex desvió la mirada hacia la bandeja del desayuno.

–¿Entonces qué estás haciendo aquí, trayéndome el desayuno?

–¡Soy propietaria de este lugar! Sirvo el desayuno a mucha gente – replicó–. No tenía la menor idea de que eras mi huésped, señor Taylor –dijo con ironía–. Supongo que recordarás que me dijiste que te llamabas Jared.

Conocía a casi todos los huéspedes que se alojaban en el hostal. Se los encontraba cuando paseaban por el hostal, estaban disfrutando del jardín o se dirigían y salían de la zona del jacuzzi, cuando estaban contemplando la puesta de sol o desayunando o tomando el té en el comedor. Pero en el único lugar en el que había visto al señor Taylor era el bar al que había ido al salir del trabajo. Había dado por sentado que si estaba en el pueblo, se alojaba en A Room with a View.

–¿Cuándo te registraste?

–Ayer por la noche, alrededor de las siete.

Aquello lo explicaba todo. Había llegado durante el turno de Cecilia.

–El haberte encontrado aquí es, simplemente, una desgraciada coincidencia –le dijo–. Pero hay otro alojamiento en Whiskey Creek, así que tienes otra opción. Se llama A Room with a View y está al final de la calle. Es posible que prefieras irte allí –le tendió la bandeja–. Cuando termines de desayunar, baja al mostrador para dejar la habitación.

Cuando le vio abrir los ojos como platos, comprendió que le había sorprendido, pero no le importó. Había dicho lo que pretendía. Quería que se fuera. Perderle como huésped le iba a costar algunos dólares, pero al menos le permitiría evitarle.

–Un momento, ¿me estás echando? –le preguntó mientras ella se alejaba.

Eve había comenzado a avanzar hacia la escalera, pero se volvió y bajó la voz para que ningún huésped de las habitaciones cercanas pudiera oírles. La estancia en Little Mary’s era una estancia tranquila, plácida y agradable. Por lo menos para la mayor parte de la gente. El rumor de que había fantasmas llevaba también a algunos clientes. Pero ella vendía una experiencia y estaba decidida a que su clientela pudiera seguir confiando en que iba a disfrutarla.

–Yo no lo diría de una forma tan brusca –susurró, mirando preocupada hacia la puerta más cercana.

Con un poco de suerte, la pareja que estaba en la habitación número tres estaría desayunando en el comedor, puesto que se habían apuntado al desayuno de las nueve y media.

–Lo único que estaba sugiriendo era que buscaras otro hotel.

–Porque…

–No quiero arruinarte la estancia persiguiéndote, como tan obviamente pareces pensar que haré –hizo un guiño exagerado–. Esta es tu oportunidad de escapar de otra devoradora de hombres.

Rex arqueó las cejas, pero Eve no permaneció allí, siendo testigo de su reacción. Quería alejarse lo antes posible. Tenía muchas cosas que hacer. Y cuando antes desayunara e hiciera las maletas su huésped, antes podría olvidar aquella noche y continuar con su vida de siempre. No necesitaba una pareja. Ya encontraría otras cosas con las que mereciera la pena llenar su vida. Cosas como…

–Eve…

Él estaba al borde de la escalera cuando se volvió.

–Te estaré esperando cuando estés listo –respondió.

Y después ya estaba suficientemente lejos como para decir nada más.

Pero cuando apareció media hora después, Brent no llevaba ninguna maleta. Ni siquiera una bolsa. Y no fue al mostrador para dejar la habitación. Cruzó el comedor, saludó a Deb con la cabeza cuando esta le deseó buenos días y caminó hacia la salida a grandes zancadas.

¿Qué demonios?

Eve le siguió con la mirada. Hablaba en serio cuando le había sugerido que se fuera a otra parte. Pero él caminaba a tal velocidad que tendría que haber corrido para alcanzarle y no estaba dispuesta a llegar tan lejos. Lo último que le apetecía era montar una escena.

A lo mejor tenía otros planes. A lo mejor pensaba irse más tarde.

Cheyenne apareció tras Eve mientras esta vacilaba ante el mostrador de recepción, preguntándose si pensaría irse o no y pensando en qué iba a hacer ella para que su vida fuera más completa.

–Voy a limpiar las habitaciones del piso de abajo –le dijo–. Deb se encargará de las de arriba.

–Buena idea.

–¿Has conocido a los huéspedes de la habitación número uno? ¿Crees que tendremos tiempo de hacer la cama y limpiar la habitación?

Eve podría haberle explicado que no había dormido nadie en esa habitación, que solo había un huésped y que era, precisamente, el desconocido con el que se había acostado la noche anterior. Pero no lo hizo. Como prefería dejar que todo fuera difuminándose en el pasado, imaginó que podría dejar que comenzara ya el proceso de olvido.

–¿Eve? ¿Me has oído? –le preguntó Cheyenne.

La había oído, pero había estado demasiado preocupada como para contestar.

–La habitación número uno está vacía.

–De acuerdo, le diré a Deb que la haga.

–Me parece muy bien –farfulló. Pero después llamó de nuevo a Cheyenne–. No, déjalo. La haré yo.

–¿Estás segura?

–Sí, estoy segura.

Si el señor Taylor no iba a marcharse, como ella le había pedido, empezaría aquella nueva etapa de su vida satisfaciendo, en la medida de lo posible, su curiosidad.

–Aquí vas a terminar enloqueciendo.

Rex alzó la mirada de la mesa del parque en la que estaba firmando los cheques de las nóminas de All About Security, Inc.

–¿Por qué?

Su asistente, una mujer de mediana edad, madre y esposa de tres hijos, con cierto aire a Melissa McCarthy con aquel pelo rojo y ahuecado y las toneladas de laca con el que lo fijaba, esbozó una mueca mientras miraba a su alrededor. Llevaba trabajando para él desde que había abierto la empresa tres años atrás y siempre le había cuidado. Pero él nunca la había apreciado tanto como en aquel momento en el que había sido expulsado de su zona de confort. Aunque Marilyn tenía una opinión sobre todo y, generalmente, se sentía libre para expresarla, también sabía ser discreta cuando era necesario.

–Es bonito –dijo–. Y muy navideño, con todas esas luces, esas tiendas antiguas y todo lo demás. Pero a ti te gusta la ciudad y, normalmente, trabajas veinticuatro horas al día. Como tengas que seguir escondido durante mucho tiempo, no vas a saber qué hacer contigo mismo.

Rex le dirigió una sonrisa irónica.

–¿Escondido? Vamos, Marilyn. Para mí estas son unas vacaciones de ensueño. A millones de personas les encantaría poder escapar y disfrutar de la naturaleza mientras buscan oro.

–Unas vacaciones de ensueño. ¡Y una mierda! –musitó.

La utilización de un lenguaje tan soez siempre le sorprendía un poco, pero también encontraba divertida aquella forma de hablar en labios de una mujer que parecía un ama de casa de los cincuenta, con sus blusas de flores y los pantalones tobilleros.

–Para ti esto es un infierno –añadió con más convicción–. Llevas más de una semana viajando de un pueblo a otro. Y hace demasiado frío como para quedar en un parque.

–Por lo menos todavía estoy de una pieza.

Hasta aquel momento, había matado el tiempo trabajando con el ordenador. Después de colocar un anuncio en Craiglist solicitando un ayudante, había estado revisando currículum, deteniéndose en cada uno de ellos durante más tiempo del habitual. Necesitaba cubrir el puesto que Eric James había dejado, tras ser apuñalado, ante la insistencia de su esposa en que buscara un trabajo más seguro. Pero le resultaba difícil hacer una valoración realista sin encontrarse cara a cara con las personas que solicitaban el puesto. Había tenido que remitir a Marilyn a los candidatos que había seleccionado. Ella les había entrevistado y le había llamado después para informarle.

También había estado en contacto con su contable y por fin había estado revisando los libros, algo para lo que rara vez tenía tiempo cuando hacía su vida normal. Él prefería dedicarse al teléfono, a contestar consultas por correo electrónico y a contratar trabajos para los seis guardaespaldas que trabajaban en su empresa. El negocio nunca había ido mejor y aquella era una de las razones por las que se moría por volver. Había ocasiones en las que se sentía casi como una persona normal, como un hombre de negocios, y casi había podido olvidar su pasado.

Casi, pero no del todo. Había acontecimientos de su vida que jamás podría olvidar y gente que no le permitiría olvidar otros.

–Podrías dedicarte a la bicicleta de montaña –le sugirió–. A mis dos hijos les encanta.

–También es una actividad al aire libre.

–Pero no tendrías que estar parado delante de un río. Y si montas con suficiente dureza, entrarás en calor. Mis hijos montan durante todo el año. Al fin y al cabo, vivimos en California.

Él colocó el cheque que acababa de firmar debajo de los otros.

–No creo que vaya a estar tanto tiempo de vacaciones como para iniciarme en un deporte nuevo.

Marilyn miró frente a ella, hacia los arces y los cerezos silvestres alineados en uno de los laterales del parque. Aquellos árboles bloqueaban la vista del edificio victoriano en el que se alojaba, pero Marilyn no lo sabía. No le había contado a nadie dónde pasaba las noches, por su propia seguridad y por la de ellos.

Aunque, la verdad era que no había pasado la noche en Little Mary’s… Y tampoco iba a pasar la siguiente. Eve le había pedido que se marchara.

–¿Cómo lo sabes? –le preguntó Marilyn.

Después de firmar las nóminas, cuadró los cheques golpeándolos suavemente contra la mesa.

–¿Qué quieres decir?

–¿Cómo sabes cuánto tiempo vas a estar aquí? Para empezar, tampoco pensabas marcharte. Te levantaste y desapareciste en medio de la noche. Y ahora estamos aquí, en este parque. Algo tiene que andar mal. ¿Estás seguro de que podrás solucionarlo?

A lo mejor no. Había estado librando aquella misma batalla desde hacía muchos años. Él creía que la situación por fin se había asentado, hasta que le habían llegado noticias de lo contrario por parte de una antigua amiga. En una época diferente, en un lugar diferente, habría cerrado el negocio, habría vendido su casa y habría cambiado de ciudad. No hacerlo era jugar con su vida.

Pero no iba a sacrificar todo lo que había logrado cuando por fin estaba teniendo éxito. Treinta y seis años eran demasiados como para estar comenzando desde cero continuamente. No solo eso, sino que tenía miedo del efecto que otro desarraigo podría tener en él. Temía no tener ya la determinación o la energía para abrirse camino.

No iba a permitir que la pandilla de delincuentes a la que se había unido estando en prisión le costara el terreno ganado. Lo único que tenía que hacer era intentar pasar desapercibido durante algún tiempo para asegurarse de que La Banda, como se autodenominaba el grupo, nunca le encontrara. Con un poco de suerte, podría adelantárseles y no podrían cobrarse la venganza detrás de la que andaban.

–Estoy seguro.

Marilyn le dirigió esa mirada de «dame un respiro» que él imaginaba dirigía con frecuencia a sus hijos cuando intentaban engañarla.

–Me encantaría que eso me tranquilizara –contestó Marilyn, pero apartó a un lado su escepticismo para dejar lugar a la preocupación–. Sé que no me vas a contar lo que te pasa, pero tengo la sensación de que esta vez te has metido en un buen lío.

Se había metido en un buen lío mucho antes de conocerla. Todo había empezado cuando era un adolescente confundido y perdido y la situación se le había ido de las manos. Pero los hombres que le querían muerto también tenían un negocio del que ocuparse, más de un negocio, de hecho. Prostitución, tráfico de drogas y tráfico de armas. Lavado de dinero. Robo. Cualquier cosa que les permitiera ganar algún dinero. Aunque matarle le daría al hombre que lo hiciera derecho a jactarse todo que lo quisiera, persiguiéndole no iban a blanquear el dinero de La Banda. Si continuaba esquivándoles, con el tiempo se cansarían, ¿no?

Era posible. Pero era más probable lo contrario. Cuanto más viviera, mayor sería la leyenda tejida a su alrededor y eso solo incrementaría el deseo de ver su cadáver en una bolsa. Por lo que a ellos concernía, Virgil Skinner, su mejor amigo, y él habían hecho algo imperdonable al abandonar el grupo y acudir a la policía. Aquello exigía venganza. El miembro que la consiguiera sería un héroe, por lo menos en su pequeño y sórdido mundo.

–Eso depende –respondió–. ¿Ha pasado alguien por la oficina? ¿Se ha recibido alguna llamada extraña?

–Siempre recibimos llamadas extrañas. Eres propietario de una empresa de seguridad. Algunos de nuestros clientes están paranoicos.

–¿Pero algo fuera de lo normal?

Marilyn le estudió con atención durante varios segundos.

–Me ayudaría si pudiera comprender a qué nos estamos enfrentando. A lo mejor entonces soy capaz de entender en qué tengo que fijarme.

–Sabes que no te lo puedo contar. Hay unos tipos que me buscan. Eso es todo.

–En ese sentido, no ha habido nada fuera de lo normal.

Rex tomó aire, lo retuvo durante algunos segundos y lo soltó. Permanecería lejos de los lugares que solía frecuentar durante otra semana, esperaría a ver si había alguna señal de sus antiguos hermanos. Si la cosa permanecía tranquila, volvería a casa. Mona Livingston, la amiga que le había advertido de que algunos miembros de La Banda decían haber conseguido información sobre su paradero, seguía consumiendo drogas, de modo que no sabía si podía confiar en ella. Era posible que hubiera imaginado lo que había oído. O a lo mejor no habían sido nada más que un puñado de soldados callejeros intentando impresionar a los demás prometiendo que acabarían con él. Siempre existía esa posibilidad, puesto que meterles una bala a Virgil, que vivía en la Costa Este con su esposa y sus hijos, o a él, convertiría a quien lo hiciera en la envidia y la admiración de todos ellos.

–¿Qué tal te ha ido con Frick? –le preguntó.

–Te refieres a Jason, ¿verdad? Al que optaba al puesto. Físicamente es perfecto. Un auténtico Goliat. Pero mentalmente –chaqueó la lengua–. Me parece que es de los de gatillo rápido. Me preocuparía que disparara a alguien sin tener ninguna justificación.

Él también había detectado aquel rasgo cuando había hablado brevemente con él por teléfono, pero había decidido concederle el beneficio de la duda. No era fácil encontrar a un hombre con una envergadura que le hacía parecer un trailer.

–¿Y qué me dices de los demás? ¿Alguno apropiado para el puesto?

–Peter Viselli tiene un carácter ideal.

Rex esbozó una mueca.

–No es muy grande.

–Sí, pero solo es unos centímetros más bajo que tú. Tú también pesas menos que otros hombres de la empresa y, sin embargo, no hay nadie que te supere en cuestiones de seguridad.

El tamaño no era la única arma de un hombre. Para Rex, la velocidad, la agilidad, la inteligencia y la experiencia eran más importantes. Pero el aspecto también contaba. La envergadura le daba a All About Security, Inc. el factor intimidación, un factor que, en muchas ocasiones, podía alejar los problemas antes de que hubieran siquiera empezado. Estar rodeado por una pareja de gigantes con buenos músculos también favorecía la confianza de sus clientes.

Aun así…

–No quiero a nadie problemático en el equipo.

Además de las implicaciones morales de contar con alguien que sacaba el arma sin que mediera provocación, estaban los problemas legales. Rex prefería evitar ambas cosas.

–Concierta una segunda cita con Peter para cuando regrese la próxima semana. ¿Para el viernes, por ejemplo?

–¿Crees que podrás volver tan pronto?

–Sí. Si se produce algún cambio, te llamaré.

Con los labios apretados, Marilyn guardó los cheques que él acababa de firmar y los guardó en su enorme bolso.

–Definitivamente, te necesitamos. Eres tú el que hace que la empresa sea un éxito.

–Pronto volveré.

–La pregunta es si estarás seguro.

Rex asintió para tranquilizarla, pero hacía años que no estaba seguro.

Brent Taylor no tenía mucho equipaje. Una maleta de cuero abierta encima de la cama. Por lo que Eve pudo ver sin hurgar en su interior, llevaba vaqueros, camisetas y al menos una camisa.

La cama ya estaba hecha, como había imaginado. La ducha mojada. También encontró toallas húmedas en el cuarto de baño, donde pudo aspirar el olor del desodorante del que había sido su amante y del champú que el hostal suministraba a sus huéspedes.

Una vez allí, le pareció estúpido estar fijándose en detalles tan corrientes. No había nada que no pudiera encontrar en las habitaciones de los otros clientes. No estaba segura de qué esperaba encontrar ni de por qué le importaba. Si no hubiera sido por la actitud reservada y distante de Brent, probablemente no se habría tomado tantas molestias.

No encontró nada que revelara nada importante sobre él, pero sí algunas pistas que le dieron más información de la que disponía. En la mesilla de noche tenía el típico cedazo que se utilizaba para la búsqueda de oro. En el pequeño escritorio que había al lado de la ventana con vistas al jardín, un ordenador portátil, y en el bloc de notas del hostal que había al lado del teléfono había varios nombres y números de teléfono apuntados.

Tenía una letra típica de hombre, decidió. Una letra de imprenta, pero no fácilmente legible. Jason Frick era el primer nombre de la lista. Por el prefijo, el número debía de ser de la zona de Bay Area, que estaba a solo un par de horas de Whiskey Creek. Lo reconoció porque tenían muchos clientes de por allí.

¿Sería Frick un amigo de Brent Taylor o alguien relacionado con el trabajo? También los otros nombres eran de hombres, y los números de la zona. Peter Viselli y Dom Chandler, aunque el último lo había tachado.

Eve, de manera que pretendía ser accidental, tocó el ratón del portátil mientras limpiaba el polvo, esperando que desapareciera el salvapantallas para descubrir en qué había estado trabajando. Pero no tuvo suerte. Lo que apareció fue la petición de una contraseña.

Ella no protegía sus ordenadores con una contraseña, ni siquiera en el hostal. Pero en Whiskey Creek rara vez se cometían delitos y ella no tenía nada que esconder.

Pero entonces, ¿quién era Brent Taylor?

Evidentemente, alguien que vivía en la ciudad.

Consciente de que no disponía de mucho tiempo antes de que Cheyenne o Deb fueran a buscarla, o de que Brent Taylor llegara, colocó las toallas limpias, los jaboncitos, el champú y el acondicionador, y tiró los que ya estaban usados. Después pasó la aspiradora por la alfombra.

Cuando terminó, oyó a Deb hablando con uno de los huéspedes en el pasillo. Aquellos sonidos habituales de la mañana la hicieron sentirse un poco avergonzada por haber estado husmeando en la habitación de un huésped. ¿Se habría pasado de la raya? ¿Estaría comportándose como una acosadora?

Realmente, necesitaba tener una vida propia, se dijo a sí misma y, por primera vez en su vida, consideró la posibilidad de contratar a alguien que se encargara del hostal durante varios meses para poder probar algo diferente antes de establecerse definitivamente y dejar que su vida se endureciera como el cemento.

A lo mejor lo que había ocurrido la noche anterior era una señal de que necesitaba ampliar horizontes, cambiar su vida, probar algo nuevo.

A lo mejor, si no lo hacía, terminaría arrepintiéndose. Cheyenne pronto tendría un hijo. No iban a poder seguir trabajando juntas cuando lo tuviera. O, al menos, durante algún tiempo.

–¡Hola!

Eve se sobresaltó y se volvió y vio a la persona en la que estaba pensando justo en la puerta de la habitación.

–¿Qué estás haciendo aquí? –le preguntó–. Se supone que no debes subir escaleras.

–¿Quién ha dicho eso? El ejercicio me viene bien, siempre que no me caiga.

–Y eso es lo que me preocupa, una posible caída.

Después de haber pasado dos años intentando quedarse embarazada y habiendo tenido que recurrir a lo que había tenido que recurrir, Cheyenne se moriría si perdía el bebé.

–Estoy teniendo mucho cuidado. Solo quería que supieras… –hizo una mueca, como si lo que estaba a punto de decir no fuera una buena noticia.

–¿Qué? –la urgió Eve.

–Tus padres han vuelto.

Eve se llevó la mano a la boca y dijo a través de sus dedos:

–¡No!

–Sí. Están esperándote en el saloncito. Se sienten fatal por no haber podido estar a tiempo para tu cumpleaños, así que al final hicieron que les enviaran por avión la pieza que faltaba, lo cual les ha costado mucho más, y ahora están ansiosos por darte su regalo.

Sus padres eran demasiado buenos. Seguramente eran las personas más buenas y más comprensivas del mundo. En parte, aquel era el motivo por el que Eve se avergonzaba tanto de su reciente conducta.

–No se habrán enterado de lo que pasó anoche, ¿verdad?

–No, claro que no. ¿Quién se lo va a decir?

Cheyenne le dirigió una mirada que pretendía ser tranquilizadora, pero Eve fue capaz de ver más allá.

–¿Crees que se terminarán enterando?

Cheyenne perdió la sonrisa.

–Me temo que es posible. Estamos hablando de Noelle, nada más y nada menos. Cuando Kyle se ha pasado por su casa para darle la pensión, estaba con otra de las camareras, ¿Casey se llama? Kyle me ha dicho que estaban hablando y riéndose de… lo ocurrido.

Casey ni siquiera trabajaba los jueves por la noche.

Eve cerró los ojos y se apretó el puente de la nariz. Tenía que marcharse del pueblo. Se sentía atrapada, asfixiada. Por mucho que quisiera a Little Mary’s, a Whiskey Creek y a todas aquellas personas con las que había crecido, necesitaba algo nuevo. Pero le parecía extraño que aquella necesidad hubiera surgido tan repentinamente. ¿También los demás se cuestionaban su vida cuando llegaban a los treinta y cinco? ¿Estaba sufriendo la crisis de los cuarenta antes de haberlos cumplido?

A lo mejor debería utilizar el dinero que tenía ahorrado para hacer un viaje por Europa.

–Yo terminaré la habitación –se ofreció Cheyenne–. ¿Qué queda?

–Nada.

Mientras recogía la aspiradora, Eve pensó una vez más en contarle a Cheyenne que Brent Taylor era el hombre con el que se había acostado, pero cambió de opinión. No quería que Cheyenne se enterara de que le había mentido al decirle su nombre. Además, incluso en el caso de que no abandonara el hostal ese mismo día, no se quedaría durante mucho tiempo en Whiskey Creek.

–¿Quieres que baje contigo? –le preguntó Cheyenne–. ¿Quieres que te ayude a enfrentarte a ellos?

–No. Antes voy a guardar la aspiradora, y no quiero que tengas que bajar las escaleras con ella, así que ni se te ocurra ofrecerte. Solo diles que ahora mismo bajo.

Cheyenne le dio un rápido abrazo.

–Tienes ya treinta y cinco años. Aunque se enteren de lo de anoche, probablemente no te dirán nada.

Por supuesto que no le dirían nada. No eran unos padres entrometidos. Era lo que podían pensar lo que la preocupaba.

Una vez más, sintió una necesidad desesperada de contar con más espacio, de un cambio de escenario. Necesitaba tener oportunidad de averiguar si la persona en la que se había convertido era la persona que quería ser. A lo mejor se había dejado llevar, esperando que llegara el amor que sus amigos habían encontrado, pero no parecía que aquello fuera a sucederle a ella. Por lo menos no allí… A lo mejor había hecho falta que pasaran treinta y cinco años para darse cuenta de que tenía que tomar un rumbo diferente.

Oyó que se alejaban los pasos de Cheyenne. Después, levantó la aspiradora. Pero antes de que hubiera podido recoger también el cubo con los artículos de limpieza, se fijó en la etiqueta de la maleta de Brent Taylor y volvió a dejar la aspiradora en el suelo.

Aquella era su identificación. Debería tomar nota por si había algún motivo por el que él no quisiera revelar su verdadera identidad. O por si, por ejemplo, el FBI le estuviera buscando. Si había sido suficientemente estúpida como para acostarse con un desconocido, un posible fugitivo, debería hacer todo lo que estuviera en su mano para poder encaminar a la policía en el caso de que llamara a su puerta.

Pero la tarjeta no decía que aquella maleta fuera propiedad de Brent Taylor, ni siquiera de Jared. Taylor Jackson era el nombre que aparecía con la misma caligrafía que los nombres de la libreta de notas. No había dirección. Solo un número de teléfono que ella tecleó en el apartado de notas de su teléfono.

¿Le habría prestado alguien la maleta?

Era posible. Pero el hecho de que utilizara dos nombres diferentes la hizo pensar en algo más significativo que eso.

¿Qué pasaba con aquel tipo? La noche anterior había sido el amante perfecto. Atento y responsable. Cuanto más recordaba lo que había vivido con él, más convencida estaba de que aquel hombre le había proporcionado la mejor noche de sexo de su vida. Y también él había disfrutado. Pero aquella mañana, después de todo lo que habían hecho, se había comportado de manera particularmente extraña cuando le había preguntado su nombre completo. Aunque le había dicho que se llamaba Jared, se había inscrito en el hotel como Brent Taylor y su maleta indicaba que pertenecía a Taylor Jackson.

Consciente de que tenía que bajar para ver a sus padres, agarró los objetos de limpieza y salió a toda velocidad, cerrando la puerta tras ella. Mientras bajaba las escaleras imaginó que, probablemente, era una suerte que Jared, o Brent o Taylor, o quienquiera que fuera, no quisiera saber nada más de ella.

OceanofPDF.com