Esencia oscura
Capítulo 10
–Ya veo. Vamos a luchar contra los ratones debajo de las camas, ¿eh?
Déjame un momento.
Salió de la cocina, adoptando conscientemente un paso vivo.
El anciano sonrió con tristeza a la puerta vacía.
–Siempre hizo falta que te empujaran un poco -murmuró-, y yo nunca he jugado limpio.
Pero siempre has sido la única pieza lo bastante sólida para aguantar en la brecha.
10
Aureliano abrió el camino y lo llevó hacia abajo cruzando diversos salones de diferente edad y arquitectura hasta llegar al costado del viejo edificio que estaba más lejos de la bodega cervecera. El bajo techo del último pasillo estaba negro y grasiento debido al humo de velas acumulado durante siglos, y la lámpara de aceite que portaba Aureliano en su mano huesuda añadió su propio depósito infinitesimal. – ¿Dónde demonios vamos? – exigió saber Duffy, en un susurro, como para no despertar a cualquier posible inquilino que ocupara las habitaciones a cada lado.
–A la vieja capilla.
Al fondo del pasillo se alzaban dos altas puertas de hierro rodeadas por un arco románico, y Aureliano sacó un puñado de llaves de debajo de su túnica e introdujo una en la cerradura. Las puertas se abrieron con facilidad y los dos hombres las cruzaron.
La luna alumbraba las vidrieras con tonos de luminoso gris, y Duffy pudo ver sin la ayuda de la humeante lámpara de Aureliano. La alta cúpula del techo, el púlpito y los bancos y reclinatorios identificaban la sala como una capilla, a pesar de las sábanas que cubrían las estatuas y el crucifijo, y las pilas de cajas, cubos y escaleras de mano situadas junto a las puertas.
Duffy señaló el arsenal acumulado de fregonas y escobas. – ¿Utilizáis este lugar sólo como trastero para la limpieza?
–Nadie quiere darle un uso tan bajo como el de comedor auxiliar -dijo el anciano, encogiendo los hombros-, y no puedo usarlo como capilla porque el arzobispo prohibió que se volviera a cantar misa aquí cuando me hice cargo del lugar. – Cerró las puertas y echó la llave.
Riéndose en voz baja, el irlandés lo siguió por el pasillo central hasta llegar al comulgatorio.
Aureliano desenganchó un polvoriento cordón de terciopelo y dejó que el extremo libre del gancho resonara sobre el peldaño de mármol.
–Vamos -dijo, avanzando hacia el altar.
Duffy así lo hizo, y le divirtió descubrir que se sentía incómodo por no haber hecho la genuflexión. Su mano derecha se estremeció incluso en el acto reflejo de persignarse.
«Sé quién es el yo anterior que hace eso -se dijo-. Es Brian, el monaguillo de diez años.»
Aureliano se dirigió al lado derecho del altar mayor y luego se abrió paso para internarse en la estrecha abertura que lo separaba de la pared. El irlandés lo siguió, no muy complacido. En aquel espacio sombrío y reducido, la lámpara de Aureliano pareció brillar otra vez, y a Duffy le sorprendió ver formas pintadas en la pared a medio palmo de su rostro.
«Por Dios, un fresco completamente oculto por el altar -se dijo. Estaba demasiado cerca para poder ver cuál era el tema, pero sí advirtió un detalle claramente visible: una procesión de mujeres desnudas que llevaban gavillas de grano a un molino-. Ja, ja -pensó-. Esos monjes, viejos verdes…»
–Hay un escalón -advirtió Aureliano por encima del hombro. – ¿Sube?
– inquirió Duffy.
–Baja. – Aureliano le dedicó una fría sonrisa-. Baja y sale.
Duffy pisó con cuidado el escalón de piedra antes de intentar pasar al siguiente. Cuando hubo recorrido una docena de ellos, estaba ya bajo el nivel del suelo, y se encontró en una claustrofóbica escalera de caracol baja y apretada, encogido y tanteando el camino que indicaba el reflejo de la lámpara de Aureliano. El viejo hechicero estaba medio tramo bajo él, y aunque el irlandés escuchaba el roce de sus pasos y su respiración, no podía verlo. – ¡Maldición, brujo! – exclamó Duffy, bajando la voz a media palabra al advertir cómo amplificaba los sonidos aquel estrecho tubo de piedra-. Más despacio, ¿quieres? Obviamente construyeron esta escalera para gnomos.
La cabeza de Aureliano se asomó por detrás de los ladrillos que formaban la curvada pared interna.
–Debo insistir en silencio absoluto a partir de aquí -susurró, y continuó su camino.