Esposa perfecta

Lynne Graham · Capítulo 1 de 11

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Esposa perfecta

Capítulo 1

 

OLVÍDATE DE ellos –le había aconsejado el abogado de la familia–. En

caso de que surja un problema en el futuro, se han tomado medidas. Tu

herencia está protegida. No hay razón para que te preocupes por este

asunto.

Incluso aquel día, en la recién inaugurada sede londinense de Stefanos

Enterprises, una prueba irrefutable de su éxito profesional que debería

tenerle de buen humor, Aristaeus Stefanos no podía quitarse de la cabeza

esa conversación que lo había cambiado todo.

Solo había pasado un mes desde la muerte de su padre, Christophe

Stefanos, un famoso magnate y filántropo que se había ganado la

admiración de medio mundo. Ari, que era un hijo cariñoso, había quedado

destrozado por su repentina muerte, y en todos los años que lo había

conocido nunca había dudado de su nobleza.

En retrospectiva, esa confianza total le parecía ahora ridículamente

ingenua para un hombre de veintiocho años. Después de todo, la muerte

había expuesto cruelmente el secreto más oscuro de su padre y había

destrozado la fe de Ari en él. Ari se había visto obligado a reconocer los

defectos de su padre y a tomar una decisión de la que algún día podría

arrepentirse, aun aceptando que no podía vivir con ninguna otra opción.

Bajo esa máscara que transmitía entereza, todavía bullían sentimientos

encontrados. La vergüenza y la incredulidad seguían siendo los más

importantes cada vez que reflexionaba sobre las decisiones de su padre.

Sin embargo, la vida era demasiado corta para sufrir por algo que no

podía cambiarse, reflexionó Ari con tristeza. Por eso, en lugar de

aprovechar las numerosas invitaciones sociales que le habían llegado desde su regreso del funeral de su padre en Grecia, había decidido hacer algo que

nunca había hecho: conocer a algunos de sus empleados. No era muy del

estilo de Ari confraternizar con los trabajadores. Como multimillonario

naviero y promotor turístico, contrataba a profesionales para controlar a su

personal y mantenía las distancias. Sin embargo, su necesidad de

distracción había vencido, y ¿qué podía ser más divertido que participar en

un retiro de empresa que se iba a organizar en los bosques de Norfolk?

La nueva sede de Stefanos Enterprises reunía a personal de varios

lugares, y su director de Recursos Humanos había sugerido el retiro como

medio para derribar barreras y mejorar la comunicación. Ari no estaba

seguro de creer en la utilidad de los retiros de empresa. Entendía el

concepto y los beneficios potenciales, pero también sospechaba que muchos

de sus ejecutivos lo verían como un descanso intrascendente.

Con una mueca de disgusto, Ari salió de su despacho justo cuando unas

risas estridentes se oyeron en recepción. Su mirada fulminante se dirigió en

esa dirección, y se enfadó mucho al ver a un guardia de seguridad

coqueteando con la recepcionista, una mujer que lo irritaba en exceso.

¿Cómo se llamaba? Cleo, recordó, un nombre que le parecía inapropiado

para alguien con un mechón de rizos rubios y con los ojos azules. Cleo era

el diminutivo de Cleopatra, y según tenía entendido Ari, la amante de

Marco Antonio era alta y morena, no bajita y con las curvas de una Venus

de bolsillo, tan hortera como una cortina de flores de los ochenta.

Era justo decir que Ari no tenía ningún interés por Cleo, una empleada

temporal que ya en su primer día había metido la pata al dejar que la ex

acosadora de Ari, Galina Ivanova, entrara en su despacho sin dar

explicaciones. Por supuesto, Cleo se había disculpado. ¡Pero de qué

manera! Mientras que Ari nunca utilizaba dos palabras si una era suficiente,

Cleo era una charlatana sin remedio y era capaz de utilizar cincuenta

palabras para lo que se podría decir con dos. Lo había hecho durante cinco

minutos, mirándole suplicante con esos enormes ojos azules que la hacían

parecer más un querubín que una mujer adulta. Tras haber sido informado

por Recursos Humanos de que no podía despedirla sin más, aceptó a

regañadientes la disculpa, pero su presencia cerca le molestaba.

–¡Que tenga una buena tarde, señor Stefanos! –dijo Cleo alegremente, sin

tener la prudencia de pasar desapercibida después de haber sido sorprendida

en el acto de distraer al guardia de seguridad de su trabajo.

Ari se esforzó por no responder algo burlón y se regañó a sí mismo por

dejar que lo alterara tanto. A Ari le gustaba absolutamente todo en su vida

metódica. Desde que era niño había colocado las cosas en pequeños grupos

ordenados. Entonces encontraba seguridad en poner y restaurar el orden. El

periodo de aprendizaje de su infancia fue inolvidable, aunque prefirió no

pensar en ello. Su armario estaba clasificado por colores, sus estanterías

ordenadas alfabéticamente, su escritorio inmaculado. En su mundo no había

desorden y todo tenía su lugar. Cuando algo no estaba donde debía estar,

Ari se ponía nervioso, y por esa razón la recepcionista lo irritaba tanto,

razonó exasperado.

Cleo no encajaba en Stefanos Enterprises. Le faltaban estilo y

sofisticación. Era demasiado visible, demasiado charlatana y demasiado

simpática. Sonreía demasiado. Si pasabas cinco minutos en una parada de

taxi con ella, te contaría toda la historia de su vida sin el más mínimo

escrúpulo. Ese tipo de incontinencia verbal le daba escalofríos. Apartándola

de su mente, se recordó a sí mismo que tenía un helicóptero con destino a

Norfolk esperándole…

 

Cleo subió al minibús con su bolsa de viaje. Muchos de los empleados

viajaban al retiro en coche, pero ella no había hecho ningún amigo íntimo

en Stefanos Enterprises y no le habían ofrecido llevarla. La gente rara vez

se esforzaba por conocer a los empleados temporales, y ella estaba

acostumbrada a ser un poco invisible en el trabajo cuando los demás

estaban socializando. Aun así, le encantó que la incluyeran en el retiro, lo

que probablemente se debía a que iba a trabajar en Stefanos Enterprises

durante otros ocho meses.

Reprimió una mueca, pensando en el incidente de su primer día que,

según sospechaba, había arruinado cualquier esperanza de conseguir un

puesto permanente en Stefanos Enterprises. Una envidiable y elegante

belleza morena, vestida de punta en blanco, se había acercado a la

recepción para anunciar que iba a comer con el señor Stefanos y que pasaría

directamente a su despacho. Cleo ni siquiera había pensado en interrogar a

la mujer. Se limitó a suponer que era una visitante habitual, posiblemente

incluso un miembro de la familia. No le habían enseñado la lista de

visitantes prohibidos antes de empezar su turno. No le habían dicho que las amantes del jefe nunca tenían acceso a él durante las horas de trabajo, ni por

teléfono ni en persona. Y nadie se había estremecido más que ella cuando

vio a la furiosa mujer expulsada de las instalaciones por dos guardias de

seguridad y uno de los asistentes personales fue corriendo a preguntarle en

qué demonios estaba pensando cuando había permitido que aquella «loca»

entrara en el despacho del señor Stefanos. Una ex, acosadora para más inri,

que se negaba a aceptar un no por respuesta y seguía apareciendo con la

esperanza de que él cambiara de opinión. Cleo pensó que debería haber sido

advertida desde el momento en que se hizo cargo de recepción de que la

aventurera y cambiante vida amorosa de su jefe podría hacer que ese tipo de

visitas llegaran a la oficina.

Cleo reprimió esos pensamientos que no llevaban a ningún lugar.

Prefería concentrarse en cosas positivas. Una noche fuera del pequeño y

estrecho estudio que compartía sería bien recibida. Aunque estaba

agradecida por haber encontrado un alojamiento en la ciudad que podía

compartir, a menudo anhelaba la paz y la tranquilidad de su propio espacio,

pero con el coste de los alquileres en Londres y su poder adquisitivo tan

exiguo, ese era un lujo con el que solo podía soñar. En cualquier caso, se

recordaba a sí misma, tenía la suerte de que su casera, Ella, pasaba un par

de noches a la semana en casa de su novio, dejando a Cleo en posesión

exclusiva del espacio del dormitorio del entrepiso y de la pequeña sala de

estar que tenían que compartir. Los padres de Ella habían comprado la

propiedad para su hija y no era lo suficientemente grande para dos personas.

Sin embargo, Ella era una estudiante que luchaba por salir adelante y

necesitaba el alquiler de Cleo.

El retiro se celebraba en un hotel rural con encanto, situado en plena

naturaleza y rodeado de bosques y extensos campos. El autobús llegó con

retraso, después de que un accidente provocara una larga y lenta cola de

tráfico. Mientras esperaban sus tarjetas de acceso en la recepción, y

mientras varios se quejaban de que su llegada tardía les impedía participar

en las charlas de equipo, Lily, una de las empleadas, se volvió a Cleo para

decirle:

–¡Vaya! Parece ser que compartimos habitación.

Cleo forzó una sonrisa, al ver que su compañera no estaba más

entusiasmada que ella con el acuerdo. Nada más llegar a la cómoda

habitación del hotel, Lily se excusó para reunirse con sus amigas.

–Estaremos en el bar después de la cena… Eres bienvenida si quieres

unirte a nosotras –le dijo con una agradable sonrisa–. Cuantos más seamos,

mejor.

Y alguien extraño era más fácil de llevar en un grupo grande, reflexionó

Cleo con pesar. Se alegraba de la invitación, pero le preocupaba que no

fuera realmente bienvenida y que solo se lo dijera por cortesía.

–Voy a bajar para ver a qué me puedo apuntar. Se supone que las clases

de yoga son muy buenas –le informó Lily al salir por la puerta–. Y tienen

una a primera hora.

A Cleo no le gustaba el yoga. Después de haberlo intentado en una clase,

decidió que no era lo suficientemente flexible.

Tras refrescarse, bajó a explorar las otras opciones que se le ofrecían.

Respirando hondo y armándose de valor, se apuntó al día siguiente al

paintball y al paddle surf. Aunque no era ni remotamente atlética,

consideraba necesario salir de su zona de confort cuando se presentaba la

oportunidad, y Dios sabía, se dijo con pesar, que era poco probable que

volviera a tener la oportunidad de probar esas actividades de forma gratuita.

Como mínimo, debería ser divertido.

Cuando algo la intimidaba, Cleo se lanzaba de cabeza. El hecho de haber

crecido con una madre soltera siempre preocupada y esperando un desastre

le había enseñado a no tener miedo. Lisa Brown siempre había tenido una

visión pesimista, mientras que Cleo prefería ver el lado bueno de las cosas.

Al cambiarse para la cena, sacó un vestido cómodo y elástico y unos

tacones. Los colores brillantes del estampado de palmeras le hicieron

sonreír, transportándola a su infancia con una madre que habitualmente

vestía de negro, creyendo que los colores eran menos elegantes. De mucho

le había servido a su pobre madre aquel vestuario oscuro, reflexionó Cleo

con ironía. El hombre al que amaba, el padre de Cleo, no había

correspondido a Lisa Brown y tampoco había querido tener un hijo con ella.

El embarazo de Lisa había acabado con su relación clandestina.

Cleo bajó a cenar, echó un vistazo al comedor y solo vio un puñado de

caras vagamente familiares. Quería localizar a Ari Stefanos, que

supuestamente se había unido a su equipo para el retiro. Eso le había

sorprendido, ya que Ari no era el más accesible de los jefes y, fiel a su

estilo, Lily había mencionado que no se alojaba en el hotel, sino en una

propiedad de lujo separada en el bosque, bien alejada del bullicio. Cleo buscaba a Ari simplemente porque siempre era un placer deleitarse con él.

Aquellos pómulos, aquel pelo negro rebelde, aquella mirada penetrante y

oscura como la noche bajo las cejas de ébano, por no mencionar su

exuberante boca que desearía besar.

La primera vez que Cleo conoció a su jefe fue el mismo día en que

intentó disculparse por la mujer a la que había permitido entrar en su

despacho sin haber preguntado antes. Aquella fue la primera vez que lo vio,

y la fascinación absoluta la había hipnotizado porque había algo en la

disposición precisa de sus rasgos perfectos que le había hecho mirar como

una colegiala embelesada. Su lengua se había tropezado con las palabras, su

boca se había secado y su cerebro se había cerrado en ese mismo momento.

Ari Stefanos desprendía un atractivo irresistible con cada aliento que

lanzaba.

Era la adicción secreta de Cleo. Era una diversión inofensiva. Todas las

mujeres de la oficina le echaban más de una mirada a Ari Stefanos: era

asombrosamente guapo y tremendamente sexy. Hacía sombra a los hombres

normales. Pero todo quedaba en fantasías porque su jefe detestaba las

aventuras amorosas en la oficina. En cualquier caso, Cleo sabía que no tenía

el aspecto necesario para atraer a un hombre así.

Cleo nunca había estado enamorada y tampoco tenía deseos de

enamorarse. Su madre había amado a su padre y eso había arruinado los

mejores años de su vida. No, Cleo solo se permitía enamorarse de un

hombre cuando estaba claro que le interesaba lo suficiente como para

comprometerse. En eso se había equivocado su madre, en confiar en las

promesas hechas en el calor del momento, en suponer que había

sentimientos profundos cuando no era así. Cleo no pensaba cometer el

mismo error. Y a corto plazo, admirar a Ari Stefanos desde una distancia

segura era una fuente de diversión, perfectamente prudente y privada.

 

Sin saber que cualquiera se entretenía con solo mirarlo, Ari dirigió un

debate sobre la visión de la empresa para el futuro antes de encaminarse al

bar, decidido a tomar una copa y ser sociable antes de retirarse a su

propiedad.

Por alguna inexplicable razón, su atención se posó inmediatamente en

Cleo y se quedó fijada en ella. Estaba sentada con un grupo, participando en una animada discusión, y su mechón de rizos dorados brillaba en la luz

tenue cuando movía la cabeza. Se levantó para dirigirse a la barra y casi se

estremeció al ver el vívido estampado de hojas de palmera gigantes que

lucía. Una gran mariposa azul se extendía por su curvilíneo trasero y, al

igual que la hoja que cubría sus pechos, el llamativo diseño acentuaba de

algún modo la exuberante plenitud de sus gloriosas curvas. En ese instante

comprendió perfectamente por qué ella atraía continuamente su atención.

Podía medir apenas más de un metro y medio, pero tenía una figura

soberbia. También tenía buenas piernas, notó distraídamente, observándola

en la barra, captando su risa gorjeante y el brillo de su sonrisa cuando el

camarero se apresuró a servirla.

–Es muy bonita y muy joven –comentó Mel, su asistente personal,

mientras miraba en la misma dirección.

Ari apartó la mirada de Cleo, algo ruborizado, y se movió con inquietud.

–Habla demasiado.

–Sí, pero es muy buena en la recepción –dijo Mel–. Es amigable,

servicial, acogedora. En mi opinión, mucho mejor que esa barbie que está

de baja por maternidad.

Ari apretó sus dientes blancos.

–Es un poco hortera.

Mel frunció el ceño y le lanzó una mirada de sorpresa.

–Entonces, que alguien le dé un consejo con los colores para que parezca

más… profesional.

Cansado de la conversación, Ari se tomó el whisky que le habían traído

sin saborear el vino.

–Me voy a dormir. Ha sido un día muy largo.

 

Cleo no pasó toda la tarde con Lily y sus amigos, solo una hora para ser

amable. Se fue a la cama sofocando un bostezo, preguntándose por dónde

habría desaparecido Ari Stefanos, porque no lo había visto marcharse.

Por la mañana, bajó a desayunar sola porque Lily se había ido a la clase

de yoga. Vestida con una camiseta de manga larga y unos pantalones cargo,

comió y luego siguió las señales hasta la zona arbolada y vallada donde se

desarrollaba la operación de paintball. Se sintió un poco avergonzada al ver

que solo otra mujer había elegido la actividad y que se trataba de una exsoldado atlética, a la que Cleo había conocido la noche anterior en el bar,

y que estaba corriendo y saltando emocionada. Cleo se puso la máscara, el

casco y el chaleco de protección y agarró el arma después de que le hicieran

una demostración de tiro, y luego trató de adoptar la pose adecuada como si

ella también estuviera efervescente de energía reprimida. Ari Stefanos

apareció con un pequeño grupo de hombres. Su pelo negro estaba

despeinado y necesitaba un corte. Cleo se apoyó en la pared para observarlo

mejor antes de que desapareciera en la caseta del equipo. Se preguntaba qué

tenían sus rasgos que la hacían fijarse continuamente en él. ¿Los ojos

oscuros y profundos, la mandíbula dura y la tenue sombra de barba? ¿La

fina nariz aristocrática? ¿Esa hermosa boca a la que nunca había visto

sonreír? Con la reciente muerte de su padre, supuso que no tenía mucho por

lo que sonreír. Era muy alto, espectacularmente bien construido, todo

músculo magro desde sus anchos y fuertes hombros, su vientre plano y su

estrecha cintura hasta sus largas y poderosas piernas. El grupo se dividió en

dos equipos y comenzó el juego. Cuando menos se lo esperaba, Cleo cayó

en una emboscada detrás de un árbol. Tres de su propio equipo, tipos

jóvenes y bulliciosos, la acorralaron y la rociaron literalmente con bolas de

pintura, riéndose a carcajadas mientras lo hacían. Cuando las bolas

golpearon y salpicaron sobre ella, se asustó por la fuerza de cada golpe y

por lo mucho que dolía.

–¡Ya vale! –gritó al sentir las punzadas de dolor y la presión que

seguramente la magullarían, pero ellos seguían riendo histéricamente

mientras salían corriendo de nuevo.

Cuando se fueron, Cleo permaneció furiosa. Los miembros de su propio

equipo la habían atacado, presumiblemente porque era una empleada

temporal, un objetivo más seguro para gastar una broma que un miembro

permanente del personal. Y estaba herida, le dolía todo el cuerpo por la

agresión mientras empezaba a levantarse torpemente, con lágrimas de rabia

que la cegaban.

–¡Estás fuera! ¡Vete a la zona muerta! –ordenó una voz cortante.

–¡No estoy fuera! Mi propio equipo me ha emboscado.

–¿Tienes testigos? Si no, estás fuera –insistió la voz sin compasión.

–Voy a vengarme –replicó Cleo con furia, recordando que haber dado la

espalda a los comportamientos desagradables que había sufrido en la

escuela no le había servido de nada. Cuando alguien se proponía herirla deliberadamente, ella había aprendido a luchar siempre en defensa propia.

No valía la pena dejar que la gente la pisoteara. Si permitía ese trato, era

más probable que se repitiera.

–Eso va contra las reglas. Y esa actitud tampoco es propia del espíritu del

juego –le informó su indeseado compañero con un elevado tono de

superioridad.

–¡Anda, cállate! –exclamó Cleo con brusquedad–. Si ellos pueden ignorar

las reglas y atacarme, yo también puedo hacerlo.

Ante la mirada incrédula de Ari, Cleo se subió al árbol como una

guerrera ninja en miniatura. Estaba claro que aquella joven no sabía quién

estaba tras la máscara que le servía de protección.

–Ni siquiera me verán aquí arriba. Voy a atraparlos –dijo susurrando.

–¿Has escuchado algo de lo que he dicho? –preguntó Ari con sorna–.

¿Has leído las reglas? No puedes subir a los árboles ni atacar desde arriba.

Una vez que te golpean, estás fuera y debes abandonar el campo

inmediatamente.

–De mucho me sirvió leer las reglas cuando nadie más las cumple –

respondió Cleo–. Vete y déjame en paz. Llamarás la atención sobre mí y me

vas a estropear el plan.

–Bájate y me encargaré de que salgas del campo sana y salva –dijo Ari

con impaciencia.

–¡Como si necesitara tu ayuda! –se quejó Cleo–. ¿Alguien te ha dicho

alguna vez que te ocupes de tus propios asuntos? –Se acercó a una rama

más alta y robusta y agarró el arma con torpeza por debajo de un brazo–.

Estoy a punto de darles una lección a esos tipos.

Ari nunca había tenido un empleado que simplemente ignorara sus

órdenes. Sin duda, las protecciones del paintball eran un magnífico disfraz.

Ari era muy estricto con las normas y, aunque comprendía su ardiente deseo

de venganza, no podía permitirlo. Estirándose, rodeó su pequeña cintura

con las manos y, desde ese ángulo, no pudo evitar notar que, en los

pantalones ajustados, su trasero sobresalía como un melocotón

especialmente maduro y delicioso. Desconcertado por la excitación

instantánea contra su cremallera, la bajó del árbol y la llevó cuidadosamente

al nivel del suelo. Por supuesto, él sabía quién era. Cleo era única entre el

personal de la planta superior. Era demasiado pequeña para que la

confundieran con otra persona.

–¿Qué estás haciendo? –preguntó con incredulidad.

Cuando ella se tambaleó, él se agachó para sostenerla y el leve aroma a

fresas emanó del cabello dorado que salía de su casco: estaba demasiado

cerca. Ari dio un paso atrás al tiempo que la hacía girar para mirarlo. El

azul aciano de sus ojos era inconfundible. Se tensó mientras se censuraba a

sí mismo por su reacción física manifiesta.

–Te voy a sacar de aquí –le dijo Ari secamente–. Antes de que pierda los

nervios contigo.

–Solo porque tienes una visión diferente de cómo jugar…

–Romper las reglas podría hacer que el juego terminara para todos –le

advirtió Ari secamente–. Hay que respetar la seguridad ante todo. Por

favor…

Y fue su acento, que hacía más ásperos los sonidos de las vocales, lo que

hizo que ella le echara una larga mirada con el ceño fruncido. De un solo

golpe, se sobrepuso a su rabia lo suficiente como para reconocer la ropa que

llevaba y los ojos dorados y oscuros que brillaban como una lluvia de

chispas tras la máscara. ¡Oh, Dios mío! Estaba discutiendo con el jefe, el

gran defensor de las reglas.

–Lo siento mucho, señor Stefanos –dijo–. No me di cuenta de que era

usted.

–Tal vez debería haber llevado una etiqueta de advertencia –replicó Ari

mientras mantenía una mano controladora en su hombro y la dirigía hacia la

valla y la zona marcada para los perdedores salpicados de pintura.

Al ser la primera en llegar al rincón de los perdedores, Cleo apretó los

dientes para responder con sarcasmo y frunció los labios, diciendo con

rigidez:

–Gracias. Volveré al hotel para cambiarme.

Ari se inclinó hacia ella.

–Te prometo… que llenaré a esos matones de pintura –murmuró con

fiereza.

–No se esfuerce por mí, señor Stefanos –comentó Cleo mientras se

alejaba–. Es solo un juego…

Ari respiró súbitamente, incrédulo ante su despreocupado descaro, y

permaneció varios segundos tenso, observando cómo desaparecía de su

vista, desafiante en cada línea de su cuerpo torneado y sexy. El movimiento

natural de sus caderas le robó toda la atención. Apretó los dientes y se apartó, furioso por el hecho de que ella le provocara una respuesta sexual

visceral. Era una empleada. Esa reacción era inaceptable.

 

Todavía furiosa, Cleo regresó al hotel y se metió directamente en la

ducha, sintiéndose triste hasta que hubo eliminado la última gota de pintura

de su cuerpo. Unos tenues círculos rosados de moretones marcaban sus

brazos, su cuello, sus piernas y su estómago. La culpa era suya por no llevar

ropa más gruesa y por no aprovechar el material de protección adicional

que se ofrecía en la caseta del equipo por temor a verse mal. Ahora estaba

rememorando con horror su desafortunado encuentro con Ari Stefanos. No

debería haber discutido con nadie en el juego, teniendo en cuenta que era la

que menos tiempo llevaba en la empresa. No podía permitirse el lujo de

ofender tontamente a alguien de mayor rango que ella. ¿Y qué había hecho?

Atraer equivocadamente la atención de su jefe otra vez. Hizo una mueca de

dolor mientras se ponía el bañador y se vestía de nuevo. Irónicamente, ya

no estaba de humor para el paddle surf tras la calamitosa experiencia con el

paintball. ¡Pero Ari Stefanos era realmente exasperante! Tan mandón, tan

seguro de sí mismo y tan audaz, convencido de que solo su manera era la

correcta y, aunque Cleo nunca se había considerado una transgresora, sus

críticas la habían enloquecido sobremanera.

Al final, decidió que el encuentro no tenía mucha importancia porque

probablemente ya le había dado la peor imagen posible de sí misma y de

sus capacidades en su primer día de trabajo. No tenía sentido llorar sobre la

leche derramada, se dijo a sí misma con firmeza, recordando que al menos

nadie más había presenciado su intercambio de palabras.

Consolada por esa reflexión, bajó a una clase obligatoria de primeros

auxilios y acompañó al grupo de Lily a comer. Todos hablaban de lo bonito

que era el día para salir al lago. A Cleo se le levantó el ánimo cuando una

de las mujeres insistió en que no hacía falta estar especialmente en forma

para triunfar en el paddle surf. Palabras como «lento» y «pacífico»

aumentaron su optimismo mientras se metía torpemente en un traje de

neopreno en los vestuarios. Todos se ayudaron a subir las cremalleras de la

espalda y hubo muchas risas mientras añadían los chalecos salvavidas y

comparaban sus voluminosas imágenes.

Ari casi sonrió cuando vio a Cleo caminando hacia la orilla del lago con

sus amigas. No había nada de sexy en Cleo con su vestimenta actual. De

hecho, se sintió maravillosamente seguro al mirarla, y se dijo a sí mismo

que había imaginado su anterior respuesta hacia ella. El instructor se puso

de pie en el muelle de madera para ver a todos dispuestos de forma segura

en sus tablas. Cleo se subió a la tabla como quien se sube a unas brasas, con

una expresión extrañamente congelada en el rostro, como si se estuviera

obligando a hacer algo que no quería. Cuando utilizó el remo para alejarse

del muelle, este se enganchó en algo, dio un tirón y se le cayó de la mano, e

inmediatamente perdió el equilibrio. Durante una fracción de segundo, Ari

vislumbró el puro terror en su rostro, y luego se adelantó instintivamente

porque el instructor ya se había alejado mientras le ajustaba el chaleco

salvavidas a alguien. Cleo se zambulló de bruces en el agua con un

tremendo chapoteo y buscó frenéticamente la tabla. Ari reconoció el pánico

en su reacción y la torpeza de sus manos agitadas. La tabla estaba a su lado,

pero parecía estar demasiado alarmada para verla. Alguien se reía, pero Ari

ya había visto más que suficiente. Se dejó caer en el agua junto a ella y la

agarró, levantándola por encima de la superficie con facilidad.

–Relájate, el agua apenas tiene un par de metros de profundidad en este

punto…

–¡No mido un par de metros! –jadeó Cleo, escupiendo el agua del lago

con asco–. Me ahogaré a esa profundidad…

–Ningún nadador podría ahogarse en aguas tan poco profundas –le

informó Ari mientras cogía sus manos agitadas–. Y cálmate… No estás en

peligro…

–¡No sé nadar! –gritó Cleo con un tono desesperado–. Sé que tengo el

chaleco salvavidas puesto, pero estoy muy nerviosa…

Ari la observó detenidamente. La subió a la orilla del muelle y se alzó de

un impulso junto a ella.

–¿No sabes nadar? ¿Te has apuntado a esto sin saber nadar? –preguntó

con incredulidad.

–Ya te he dicho que tengo el chaleco puesto –dijo Cleo.

–¿Tienes ganas de morir? En cuanto llegaste al agua te entró el pánico.

¿Tienes idea de cuánta gente se ahoga porque le entra el pánico?

–No era probable que me ahogara a menos que alguien me sujetara

deliberadamente bajo el agua –replicó Cleo con furia–. Y aunque no seas mi mayor admirador, dudo que estuvieras a punto de hacer eso…

–¡Eres una maldita idiota y deberías mantenerte alejada del agua! –Ari le

mostró también su furia, con los ojos oscuros brillantes de ira y su adorable

boca dura como el granito–. ¡Has hecho algo estúpido y peligroso!

Alertados por su volumen de ira, todos los ojos de los alrededores se

volvieron hacia ellos, y Cleo se encogió. Temblaba de frío y de las secuelas

del susto. Ari Stefanos estaba de pie junto a ella, furioso, y era demasiado

para soportarlo en el estado de ánimo en que se encontraba. Cleo se tragó el

nudo que tenía en la garganta, pero sus ojos seguían inundados de lágrimas

de dolor y mortificación.

Una mujer rompió el horrible silencio del que todo el mundo en la orilla

participaba y se apresuró a envolver a Cleo con una gran toalla.

–Deja que te acompañe al hotel –le dijo–. Te has llevado un susto.

–Gracias, Mel –replicó Ari en voz baja–, pero yo me encargaré de Cleo.

 

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