Esposa perfecta

Lynne Graham · Capítulo 2 de 11

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Esposa perfecta

Capítulo 2

 

CLEO SE levantó con dificultad y, como se sentía temblorosa, se quitó el

chaleco salvavidas despacio mientras respiraba profundamente.

–Deja que te ayude… Te estás tambaleando –murmuró Ari, tomándola en

brazos y alejándose del muelle antes de que ella pudiera decir nada.

–Estaré bien cuando vuelva a mi habitación –dijo Cleo, temblando dentro

de la toalla húmeda y cerrando los ojos para imaginarse una ducha caliente

y algo de tranquilidad–. Pero te odio…

Ari soltó el aliento en un siseo audible porque era muy consciente de que

había metido la pata.

–Yo también me odio en este momento.

Con los ojos muy abiertos por la sorpresa, Cleo giró la cabeza para

mirarle mientras él la acomodaba en el asiento delantero de un buggy

descapotable.

–Me has faltado al respeto… Me has humillado –sentenció ella.

–Fue una reacción exagerada y te pido disculpas. Vi a mi hermana

gemela ahogarse cuando era una niña. Me molesta que la gente se juegue la

vida en el agua, pero debería haber mantenido la calma contigo –suspiró,

tomando la decisión de no parar en el hotel para evitar el trance de tener que

escoltar a una mujer empapada, angustiada y con lágrimas en los ojos por la

concurrida recepción.

Cleo se quedó atónita ante aquella confesión tan privada. La curiosidad la

había llevado a buscarlo en Internet y esa información sobre su hermana no

aparecía en su historial. Por supuesto, lo que había leído se refería a su

educación, sus proezas en los negocios y su vida sexual, que se describía

con pelos y señales. Todas sus ex eran muy semejantes: morenas altas y deslumbrantes, miembros de la alta sociedad, modelos y alguna que otra

actriz en ciernes.

Reprendiéndose a sí misma por sus pensamientos errantes, se concentró

en cambio en lo que él acababa de decirle. Naturalmente, le habría

traumatizado la experiencia de ver ahogarse a un hermano, e incluso ella, a

quien no le caía bien, podía empezar a entender y comprender lo que él

había calificado de reacción exagerada. Por primera vez reconoció que Ari

Stefanos, el magnífico y exitoso multimillonario, no era omnipotente y, de

hecho, era tan humano y propenso a cometer errores de juicio como ella.

Ari detuvo el buggy frente a una opulenta cabaña de madera de dos pisos

y balcones rodeada de árboles y se bajó.

–Vamos. Te sentirás mejor cuando te duches y entres en calor…

–Pero ¿por qué no me has llevado al hotel? –preguntó Cleo, bajando del

buggy a un ritmo mucho más lento y mostrando una mirada llena de dudas.

–Tendrás más intimidad. –Ari se pasó los dedos castaños por el pelo

negro alborotado por el viento en un gesto de frustración y la miró con

pesar–. Estabas llorando. Y te iban a ver todos en el hotel.

–Ya no estoy llorando. Fue algo momentáneo… causado por el shock –

señaló Cleo a la defensiva. Subió los escalones hasta la puerta principal y,

avergonzada, se quitó el calzado empapado para dejarlo fuera antes de

entrar.

–Aquí tienes una ducha –le dijo, empujando una puerta.

–No lo has pensado bien, ¿verdad? –inquirió Cleo, incómoda–. No tengo

ropa para cambiarme y necesitaré ayuda para quitarme el traje de neopreno.

–Eso es fácil –pronunció Ari, tirando de ella hacia delante y haciéndola

girar para atacar la cremallera trasera del traje de neopreno–. Haré que nos

traigan la ropa.

Le bajó la cremallera del traje y las yemas de los dedos rozaron la piel

suave y tersa de su espalda, y ella se estremeció, consciente de su

proximidad.

El cuarto de baño le pareció de repente muy pequeño y estrecho, y

respirar le resultó un desafío cuando levantó la vista y se encontró con su

oscura mirada de color ámbar y enmarcada de pestañas negras. Esas

ridículas y largas pestañas negras de él tenían las puntas doradas, pensó con

locura.

–Supongo que debería pedirte que me hicieras el mismo servicio –

murmuró Ari.

–Supongo… a no ser que seas contorsionista de nacimiento –dijo Cleo

con la boca seca, agachando la cabeza para moverse detrás de él y ponerse

de puntillas para alcanzar la cremallera de la espalda de su traje. Sintió que

se moría al ver su espalda dorada y satinada.

Cleo se echó a un lado y tiró de la manga de su traje para empezar a

quitárselo, recordándose a sí misma que llevaba un bañador perfectamente

respetable por debajo. Sin embargo, se sentía tan incómoda como si hubiera

tenido que hacer un striptease en público.

Ari decidió que no era recomendable mirar los pechos redondeados de

Cleo, envueltos en un material suave y elástico, y sus movimientos, que

acentuaban la deliciosa profundidad de su escote mientras luchaba con la

manga, cuando se puso duro como una piedra y todos sus instintos

libidinosos se dispararon al instante. Para distraerse, agarró el borde de la

manga y le dio un fuerte tirón, permitiéndole liberar un brazo.

–Gracias –dijo ella, sonrojada, mientras empezaba a liberar su otro brazo

de la tela flexible.

El traje de neopreno le colgaba de la cintura, dejando al descubierto un

bronceado torso masculino de pectorales y abdominales esculpidos. En su

prisa por retroceder y separarse un poco, casi chocó con él.

–No hay suficiente espacio aquí para los dos –señaló Ari con brusquedad,

retrocediendo hacia el pasillo–. Ordenaré la ropa y la dejaré fuera de la

puerta para ti.

–Gra-gracias –tartamudeó sin dejar de mirarlo.

Le sudaban las palmas de las manos, se le había puesto la piel de gallina

y se estaba quedando sin oxígeno. Era hermoso, como una foto brillante en

un libro e igualmente irreal e intocable. Una extraña sensación de presión le

retumbó entre los muslos y supo lo que era… Oh, sí, supo lo que era, y no

era nada que debiera sentir cerca de su jefe. La cara le ardía más que nunca.

–¿Puedes quitarte ese traje sola? –preguntó Ari en un tono áspero.

–Sí, por supuesto –respondió Cleo, cerrando apresuradamente la puerta y

girando la cerradura, estremeciéndose aún más cuando hizo un ruidoso clic.

Pero ese instante en el que había reconocido lo intensamente que se

sentía atraída por Ari Stefanos la había hecho retroceder en el tiempo hasta

su primer amor, Dominic, y eso solo podía producirle escalofríos. No quería volver a sentirse así con nadie. Sin embargo, Dominic no había sido su jefe

ni un colega, solo un vendedor que venía a la oficina de vez en cuando. Se

había enamorado de él como una colegiala, aunque, en retrospectiva,

reconoció que en realidad había sido algo insignificante. Era joven, guapo y

de trato fácil. No había nada sospechoso en él y, en la medida de lo posible,

lo había investigado antes de decidir comprometerse con su relación y

acostarse con él. Se habría convertido en su primer amante si su novia no

hubiera aparecido en la puerta de su casa con su hijo pequeño en brazos.

Para ser justos, Imogen no había sido desagradable. Solo había dicho:

«Dominic lo hace siempre. Se aburre de nosotros y se aleja. Pero después

vuelve. No es tu culpa. Dice mentiras y es muy convincente, pero también

se aburrirá de ti».

Y Cleo se había dado cuenta con horror de que casi había caído en la

misma trampa que su madre. Ella solo había sido una aventura esporádica

para su padre, ya que este también tenía otra mujer en su vida. Cleo había

quedado muy decepcionada con la experiencia que había tenido con

Dominic. El miedo a confiar demasiado en un hombre la perseguía cada vez

que salía con alguien y la hacía ser muy cautelosa.

Irritada por los pensamientos de su pasado de citas poco exitosas, Cleo se

las arregló para quitarse el traje de neopreno junto con el bañador y luego

rebuscar toallas en los estantes abiertos antes de meterse en la ducha. El

agua caliente combatió los escalofríos que la recorrían. Se lavó el pelo con

champú, pensando que no debería sentirse culpable cuando no había pasado

nada entre ella y Ari. La atracción era normal, pero la gente no siempre

actuaba en consecuencia y, en cualquier caso, dudaba mucho de que él se

sintiera igualmente atraído por ella. Había visto en Internet el tipo de

mujeres con las que salía, hermosas y llenas de glamur. En un buen día, con

sus mejores galas y arreglada, podía aspirar a ser guapa, pero en realidad no

era llamativa ni sexy.

Por el contrario, Ari era un adonis, y su físico no se olvidaba. Era

inevitable mirarlo, detenerse con placer en la curva de su labio inferior, en

la perfección de su afilada mandíbula, en el negro azabache de su cabello y

en sus espectaculares ojos.

Tales reflexiones eran ridículamente inmaduras y tontas, admitió cuando

sonó un golpe en la puerta y Ari le informó de que su ropa había llegado. Se

preguntó cómo había logrado ese milagro con tanta rapidez y supuso que tenía que ver con el hecho de que era muy rico y la gente buscaba

complacer a toda costa a este tipo de personas.

Envuelta en una toalla, abrió la puerta y se metió dentro con su bolsa,

poniéndose rápidamente los vaqueros y la camiseta de manga larga,

lamentando haber llevado al lago sus zapatos supuestamente impermeables

porque ahora no tenía nada más para los pies. Sin su milagroso spray para

peinar que eliminaba el encrespamiento, tendría que dejar que su pelo se

secara de un modo natural.

Cleo salió al vestíbulo y se dirigió directamente a la puerta principal para

irse, pero estaba cerrada y sin llave. Poniendo los ojos en blanco por la

frustración, caminó en silencio por el pasillo hasta el gran salón y se sentó

en un cómodo sofá a esperar la reaparición de su descuidado anfitrión. Se

sentía muy cansada porque no había dormido bien la noche anterior, con

Lily justo al otro lado de la habitación enfrascada en constantes mensajes de

texto con su novio.

 

Ari bajó las escaleras, con el pelo negro aún húmedo por la ducha, y miró

sorprendido a Cleo, que estaba hecha un ovillo en el sofá, profundamente

dormida. La observó, luchando por identificar qué era lo que había en ella

que despertaba su libido. Ella no era su estilo y, sin embargo, cuando le

dirigió esos grandes ojos azules, la lujuria lo invadió en una oleada de calor

que lo dejó atónito. Respiró lenta y profundamente, hasta que se tranquilizó.

Por supuesto, ese deseo sexual sabía controlarlo, razonó con seguridad.

Ari era tan organizado y comedido en su vida sexual como en todo lo

demás. Tenía un selecto grupo de amantes dispuestas en su vida con las que

pasaba noches ocasionales y nunca había tenido una única relación. El sexo

servía para liberar tensiones, un pasatiempo esporádico en donde lo

importante era el placer. Quizá en eso residiera el secreto del atractivo de

Cleo, pensó. Ella le excitaba, y él no recordaba cuándo había sido la última

vez que una mujer había tenido ese efecto sobre él. Posiblemente, no

sintiera excitación alguna desde que era adolescente.

Una sonrisa llena de ironía se dibujó en sus labios. Era consciente de que

las mujeres con las que salía nunca esperaban de él más de lo que él era

capaz de dar. Y él seleccionaba con mucho cuidado las invitaciones de

todas esas mujeres para que se adaptaran a sus propias exigencias. Cleo no era ni sería nunca una de ellas porque no encajaba con lo que buscaba,

admitió con calma.

Tenía hambre. Levantó el teléfono y miró el mechón de rizos dorados de

Cleo sobre el respaldo del sofá. Pediría la cena para ella también. Aunque

fuera por una vez, y con el fin de compensar su exagerado comportamiento

en el lago, sería sociable con una empleada. Reconocía que era muy

solitario. Pero había sido hijo único de dos hijos únicos, de modo que nunca

había tenido un círculo familiar del que disfrutar. Por eso, las revelaciones

del abogado de la familia habían sido tan intrigantes.

Ari observó con curiosidad a su invitada. Había algo increíblemente

dulce en esa inocencia. Las mujeres nunca se quedaban dormidas cerca de

Ari porque siempre estaban dispuestas a aprovechar cualquier momento

posible para llamar su atención. Desde luego, no podía imaginarse a

ninguna otra mujer que hubiera conocido diciéndole alegremente que le

odiaba, como había hecho Cleo sin dudarlo. Era franca, una cualidad a la

que él no estaba acostumbrado porque la gente no era sincera con él, y

mucho menos si esa sinceridad pudiera ser contraproducente. Cleo no se

mordía la lengua, ni siquiera ante su jefe.

Mientras se movía y se desperezaba como un gatito, Ari se inclinó sobre

el sofá para decir en voz baja:

–Estoy preparando la cena…

–¡Ah! –chilló Cleo, y se levantó del sofá como un resorte, clavando sus

enormes ojos azules en él–. ¡Me has asustado!

–Discúlpeme usted –dijo con sorna–. ¿La señorita qué va a cenar?

–¿Cenar? –preguntó Cleo confusa. Parecía que hubiera visto un fantasma.

Ari se estaba divirtiendo a su costa.

–Pediré por ti –decidió, y levantó el teléfono para ponerse en contacto

con recepción y pedir un filete con guarnición para dos.

–¿Por qué me has pedido la cena para mí? –inquirió Cleo cuando colgó el

teléfono.

Ari le dedicó una sonrisa que hizo que mil mariposas revolotearan en su

estómago.

–No sé. ¿Tal vez porque es mi manera de pedirte disculpas por haber sido

desagradable contigo?

–No es necesario, señor Stefanos –dijo Cleo con frialdad, sin disimular su

incomodidad mientras contemplaba sus pies desnudos clavándose en la lujosa alfombra de felpa.

–Creo que sí –insistió Ari–. De modo que siéntate y relájate.

Tenía que estar bromeando, pensó Cleo, incrédula ante la idea de

compartir una comida con un multimillonario que, además, era su jefe. Aun

así, teniendo en cuenta que se estaba esforzando por ser amable, sería

mezquino por su parte negarle ese gesto. A regañadientes, se sentó

nuevamente en el sofá.

–No has tenido un buen día –señaló Ari en voz baja, decidido a no

sonreír al rememorar toda la jornada–. Te emboscaron en el paintball y te

caíste al agua al hacer paddle surf.

Con expresión hierática, Cleo asintió, reconociendo sus carencias

deportivas y su torpeza.

–Como habrás visto, no se me dan bien las actividades al aire libre, pero

me gusta intentarlo.

–Es un rasgo admirable –comentó Ari con total sinceridad.

–Excepto cuando se trata de actividades en el agua –se atrevió a

recordarle su opinión.

–Supongo que no estarás de acuerdo, pero creo que tu participación en

esas circunstancias fue peligrosa y, lo peor de todo, es que la experiencia te

dio un susto de muerte –le dijo Ari, haciéndole saber que no había

cambiado su opinión sobre su atrevimiento en lo más mínimo–. ¿Quieres

una copa de vino?

–Gracias –aceptó Cleo, y metió las manos inquietas entre los muslos,

porque nunca había sido más consciente del escrutinio de un hombre.

Aquellos ojos dorados y oscuros que iluminaban sus rasgos delgados y

hermosos la tenían embelesada.

Cleo lo observó descorchar una botella de vino tinto y llenar las copas.

Cada uno de sus movimientos era fluido y natural, su innata seguridad

atraía tanto como su devastador físico. Cleo nunca había conocido a un

hombre con tanta confianza en sí mismo y había algo extrañamente

tranquilizador en esa cualidad.

–Supongo que debería haber entrado en pánico cuando encontré la puerta

principal cerrada –dijo bruscamente. Ari le devolvió la mirada con una ceja

levantada de modo interrogativo.

–Encerrada y con un hombre extraño –aclaró Cleo al tiempo que se sentía

culpable, porque pudo comprobar que ese aspecto no se le había pasado por la cabeza ni una sola vez. ¿Y por qué habría de hacerlo?, se preguntó con

pesar. Las mujeres rara vez querían escapar de hombres jóvenes, ricos y

guapos.

–Lo siento. No se me ocurrió que quisieras salir precipitadamente –

replicó Ari, alejándose de ella y volviendo a la puerta para colocar la llave

que había quitado en un acto de seguridad personal, algo que hacía siempre

y de un modo natural–. Ya está, puedes salir ahora cuando quieras…

Al recibir esa respuesta, Cleo se puso roja como un tomate mientras

maldecía en su fuero interno que Ari se tomara sus palabras tan en serio.

Bebió un fuerte trago de su vino.

–¿Qué tal está el vino?

–No bebo mucho, así que la mía no es una voz autorizada –admitió Cleo

tajantemente.

–Creía que a tu edad era normal darse un capricho –comentó Ari.

–No me gusta la sensación de estar fuera de control. –Justo cuando

expresó esas palabras, sus labios se apretaron–. Lo siento, supongo que no

quieres escuchar eso…

Ari enarcó una ceja, decidiendo que sacar a Cleo de su caparazón podría

requerir más esfuerzo del que era capaz de dedicarle. A pesar de su

arrolladora simpatía como recepcionista y de su asombroso arrojo ante las

adversidades, era sorprendentemente tímida. Claro está, solo el miedo a

perder su trabajo la había convertido en una parlanchina en la oficina el día

que se conocieron.

–Lo sé. Estoy tratando de conocerte. ¿Acaso tu madre tenía problemas

con el alcohol? –le preguntó Ari intentando que se abriera.

Cleo palideció y se encogió de hombros.

–Solo durante un tiempo, cuando era más joven y no entendía muy bien

por qué la vida le iba tan mal. Ella había roto con mi padre y, obviamente,

se sintió mal durante un tiempo porque sabía que no volvería a verlo.

Ari la miró atentamente.

–¿Creciste sin tu padre?

–Sí. Tuvo una relación con mi madre, pero no conmigo.

Cleo hizo una mueca.

–¿Y cómo te fue? –le preguntó Ari Stefanos con aparente interés, con

toda su atención puesta en ella, lo cual era una experiencia bastante

desconcertante.

De hecho, la intensidad con que la miró la dejó hipnotizada y le puso la

piel de gallina. Se removió incómodamente en su asiento, mortificada por

su reacción ante él.

–No sé por qué debería interesarte eso –comentó Cleo con sorna, sin

encontrar el modo adecuado de decirle que el tema era demasiado personal.

–Tengo muy buenas razones para hacer estas preguntas –declaró Ari–.

Hay una situación en mi vida actual que parece tener cierto parecido con tus

experiencias de infancia.

–Oh… –Cleo apuró el vino y dejó la copa vacía en la mesita que había

enfrente, recelando cuando él le ofreció rellenarla. Su cerebro estaba

centrado en tratar de averiguar qué situación de su vida podía llevar a esas

preguntas.

En ese momento de incómodo silencio, llamaron a la puerta.

–Debe de ser la comida –dijo Ari levantándose.

«Voy a cenar con un multimillonario», se recordó Cleo, pellizcándose un

muslo para asegurarse de que no estaba soñando, mientras se escuchaba de

fondo unas voces, el sonido de un carrito y el tintineo de la vajilla.

–¡Cleo! –llamó Ari, y sonó como el jefe que era, algo que sirvió para que

ella se relajara, cruzara el vestíbulo hasta el comedor y se sentara a la mesa

ante la invitación del camarero que le había retirado la silla.

–Si respondes a mis preguntas, te voy a estar muy agradecido –le dijo Ari

cuando se marchó el camarero.

Cleo tuvo que tragar con fuerza su apetitoso filete porque era incapaz de

imaginar una situación en la que su aportación pudiera ser útil para Ari

Stefanos.

–¿Qué importancia podría tener mi vida insustancial en relación con la

tuya?

Ari la estudió.

–¿Es posible que confíe en que no correrás al periódico sensacionalista

más cercano para vender una historia?

Cleo lo miró con asombro.

–¿Te han hecho eso?

Ari movió bruscamente la cabeza en señal de afirmación.

–¡Yo no caería tan bajo! –declaró con una sinceridad conmovedora–.

¡Jamás se me ocurriría!

Ari tomó una decisión y dejó los cubiertos.

–Bien. Hace poco me enteré con asombro de que, por mi padre, tengo

medio hermanos…

–¿En serio? –dijo Cleo asombrada–. Yo también, aunque los conozco

desde que era adolescente…

Ari le dirigió una mirada divertida.

–Bueno, en tu caso, no fue hace mucho. Cuéntame cómo fue crecer sin

padre, que supongo que es lo que pasó.

–Mi madre trabajaba con mi padre y tuvo un largo romance con él –

comenzó ella–. Terminó cuando yo tenía unos tres años. Me temo que tengo

muy pocos recuerdos de él. No estaba casado, pero vivía con otra mujer con

la que ya había tenido dos hijos. Cuando cumplí quince años, me confesó

que, al final de la treintena, decidió quedarse embarazada antes de perderse

por completo la posibilidad de tener su propia familia.

–Entonces no fue un accidente…

–No, pero puede que le dijera a mi padre que lo había sido –le confesó

arrugando la nariz–. No me gustaba hacer demasiadas preguntas dolorosas

porque era una madre estupenda, a pesar de esa fase que tuvo con el alcohol

cuando mi padre rompió con ella y estuvo deprimida.

–¿Tu padre se interesó en algún momento por ti?

–Pagaba la manutención, pero no había visitas. No estaba interesado,

obviamente, en tener una relación conmigo, algo que puedo aceptar…

–Pero ¿lo aceptas realmente? ¿Cómo te hace sentir el haber sido

rechazada?

Cleo hizo una mueca de dolor ante esa pregunta tan cruel.

–Deberías tener un pelín de tacto, jefe.

–Estamos muy lejos del trabajo, Cloe. Creo que no es el momento para

que me llames «jefe».

Ari apartó su plato vacío.

–Hay postres en alguna parte… posiblemente en la cocina…

–Yo no quiero. El filete me dejó llena. –Cleo se levantó–. Pero tomaré un

café.

Cleo puso las tazas de café en la bandeja superior del carrito y procedió a

llenarlas para ambos antes de volver a entrar en el salón.

–Me has preguntado qué sentía por mi padre –dijo retomando la

conversación–. Rechazo, nada más. Me dolió mucho cuando crecí y vi a

otros niños con sus padres. Y años después volví a ver a mi padre con una mujer y dos niños en el parque. Parecían felices. Solo entonces comprendí

realmente mi situación. Esa mujer y esos niños eran su verdadera familia,

mientras que yo solo era el subproducto de una aventura.

Ari frunció el ceño.

–Eso es muy duro.

–Es la realidad –replicó Cleo en voz baja– para mí era más sano aceptar

que era así. Deduzco que tus hermanastros provienen de una situación

similar.

Ari exhaló el aire en un agudo silbido.

–Podemos decir que sí. Me quedé destrozado cuando descubrí…

–¿Destrozado? –preguntó Cleo sorprendida.

–Sí. Pensaba que mis padres habían tenido un matrimonio muy feliz…

–Sí, pero a ti no te debió afectar mucho –dijo Cleo con suavidad,

reflexionando que, en el ámbito de las relaciones personales, Ari parecía

bastante ingenuo–. Lo digo porque te enteraste de la aventura de tu padre

cuando… ya había fallecido.

Ari soltó un fuerte suspiro mientras paseaba.

–Sí… ¿Te importa que te pregunte si alguna vez has contactado con tus

hermanastros?

Cleo se giró para mirarle y frunció el ceño.

–No. ¿Por qué iba a hacer eso?

A Ari le tocó poner cara de sorpresa.

–Porque son de tu sangre.

–Sí, pero siempre he asumido que no saben de mí y probablemente

desconocen que su padre engañó a su madre con otra mujer. ¿Por qué iba a

querer molestarlos con esa información? –preguntó Cleo con pesar–. Sí,

siento curiosidad por ellos, pero les haría daño diciéndoles cosas que no

necesitan saber. Dudo que obtenga una respuesta muy positiva. No, Ari –

dijo ella, usando su nombre por primera vez–. Piensa en cómo te sientes tú

al saber la verdad. Dijiste que estabas destrozado cuando descubriste que

tenías hermanos y que eso ha echado por tierra tu creencia en el feliz

matrimonio de tus padres…

Mientras Cleo hacía esas deducciones, Ari dirigió sus ojos dorados y

oscuros hacia ella y se hundió en el sofá de piel que había a su lado.

–Realmente entiendes todo esto… Y yo no. El asunto me ha golpeado sin

previo aviso y no estoy seguro de cómo manejarlo.

–Pero tú estás en el otro lado de la barrera. Tú fuiste el niño aceptado. ¿Y

tus hermanastros? ¿Qué sabes de ellos?

–Tengo un equipo de investigación privado que intenta localizarlos, pero

nada de lo que he descubierto hasta ahora me tranquiliza. No sé cuándo

terminó la aventura, ni siquiera cómo terminó, pero parece que mi padre

dejó a la mujer y a los niños sin dinero, algo que me ha sorprendido mucho

–soltó Ari con tono impulsivo–. Ni siquiera les garantizó una seguridad

económica.

–Supongo que te respeto por preocuparte y no pensar solo en ti –le dijo

Cleo con sinceridad.

–Me siento jodidamente culpable. Tuve una infancia idílica. Nunca me ha

faltado nada de lo que quería en la vida. –Ari respiró con dificultad, sin

ocultar su inquietud–. He tenido todas las oportunidades y ventajas

educativas en bandeja… mientras que los otros tres hijos de mi padre no

han tenido casi nada en comparación.

–¿Son tres?

–Un par de mellizos y una niña más joven –dijo secamente.

La compasión se dejó ver en Cleo. Le sorprendió la cantidad de

emociones que enseñaba, porque siempre había supuesto que era tan

reservado, frío y tranquilo como parecía en la superficie. La revelación de

que no era en absoluto así le hizo ver que eran bastante iguales a pesar de la

diferencia social que había entre ellos. Era algo que lo humanizaba. Su

espectaculares ojos dorados estaban anegados por la emoción, y ella levantó

una mano instintivamente y la apoyó en un gesto tranquilizador en su

mandíbula, con las yemas de los dedos rozando ligeramente su piel sin

afeitar.

–Está bien –susurró suavemente–. No es tu culpa. Ni tampoco es tu deber

cargar con la responsabilidad. Fueron las decisiones de tu padre las que

hicieron que sus otros hijos vivieran así. No te puedes culpar por lo que él

hizo mal.

El hecho de que aquella jovencita se esforzara por reconfortarle hizo que

Ari se sintiera conmovido. Ninguna mujer se había acercado a él de ese

modo desde que su madre había muerto hacía varios años, y eso le

reconfortó tanto como un fuego en un día de invierno. Sus ojos oscuros

brillaron en oro puro mientras levantó la barbilla de Cloe con un

movimiento de sus dedos para acercar su boca a la de ella.

Era como meter el dedo en un enchufe, ser alcanzada por un rayo, montar

en una estrella fugaz, pensó Cleo enloquecida mientras todo su cuerpo

palpitaba y se encendía con un estallido de calor y anhelo que la dejaba

boquiabierta. Nunca nada le había sabido tan bien como esa hermosa boca

de él, con la que había fantaseado tantas veces. Duros y suaves a la vez, sus

labios acariciaron los suyos con perezosa sensualidad, y luego, cuando se

separaron para dejarle entrar, la puñalada de su lengua penetrante

desencadenó una respuesta infinitamente más primitiva. Un dolor de

necesidad se agitó entre sus muslos y sus pezones se endurecieron,

empujando el encaje de su sujetador, mientras su corazón latía dentro de su

pecho.

–¿Te parece bien esto? –le susurró Ari al oído mientras sus manos se

aferraban a sus hombros como si fuera lo único estable en un mundo que se

derrumba.

Y, en cierto modo, lo estaba, porque ella sabía exactamente a qué se

refería, solo que no había tiempo para pensar en todas las cosas en las que

sabía que normalmente estaría pensando. Sabía que cualquier vacilación

perceptible acabaría con aquel momento. También sabía que

definitivamente no quería eso. Tampoco quería seguir siendo virgen,

admitió a regañadientes. Por el amor de Dios, tenía veintidós años y se

había aferrado a su «inocencia», a su «integridad», como quiera que la

gente decidiera llamarlo, durante más tiempo que la mayoría de las

personas de su edad. Por una vez, tampoco quería ir a lo seguro; quería

romper el libro de reglas y arriesgarse. Al fin y al cabo, con todos los

hombres con los que había estado, siempre había esperado el momento

mágico en el que la pasión se encendía y barría cualquier otra preocupación,

dándole esa inyección de deseo adrenalínico que otras mujeres habían

descrito. ¿Y qué si era Ari Stefanos quien encendía la mecha de su pasión?

Seguramente era tan capaz de tener una aventura de una noche y marcharse

después como cualquier otra mujer. Al fin y al cabo, la mayor certeza con la

que contaba era que aquello no era más que flor de un solo día.

Ari era un tipo que vivía en un mundo totalmente alejado del suyo. «¿Te

parece bien esto?». Daba por sentado que todas las mujeres estaban

dispuestas a considerar la posibilidad de pasar de un simple beso a un sexo

completo cuando él se lo pedía. Ocultando su deseo, Cleo apretó la cara contra su hombro, aspirando con fuerza el aroma de él y temblando con una

conciencia absolutamente nueva para ella.

–Me parece bien esto –dijo temblorosamente.

Ari se negaba a pensar. Aquel beso lo había impulsado como un cohete.

Nunca había sentido tanta necesidad con una mujer y no podía superar la

tentación de explorarla, aunque cada célula de su cerebro le dijera: «¡No!».

–Vamos arriba –se oyó decir desafiando a su sagaz cerebro.

–Más vale que no me dejes embarazada –le advirtió casi en un susurro,

porque ese era su mayor temor en relación con el sexo. No quería ser una

madre soltera como lo había sido su madre, sin ningún otro adulto en el que

confiar–. No tomo la píldora.

–Yo no cometo errores de ese tipo –le aseguró Ari mientras intentaba no

reírse de la torpeza de esa advertencia.

Cleo se preguntaba si debía mencionar que era virgen, pero decidió que

él no necesitaba saberlo y que, con suerte, no lo notaría. También temía que

si admitía esa verdad podría hacer que él pensara mejor lo que estaban

haciendo. Él cerró una mano atrevida sobre la de ella y se dirigió a las

escaleras, y ella se quedó sin aliento y sorprendida por lo que estaba

haciendo. Pero estaba con el hombre que había rondado sus sueños desde el

primer momento en que lo vio, y de ninguna manera estaba dispuesta a

negarse la oportunidad de estar con él, aunque fuera solo una vez. Podía

soportar el «solo una vez» , se dijo a sí misma.

El dormitorio tenía un techo alto de madera y un enorme diván. Ari tiró

de ella suavemente y le quitó la blusa con tanta suavidad que solo se dio

cuenta de lo que estaba haciendo cuando la liberó de las mangas. Se le

sonrojaron las mejillas cuando él la rodeó para apreciar la plenitud de sus

pechos en un brillante sujetador escarlata con un profundo escote, y solo se

olvidó de estar cohibida cuando él la besó de nuevo, y… ¡madre mía, cómo

besaba! Hizo que su cabeza diera vueltas y su cuerpo temblara como un

motor de tres tiempos. No se dio cuenta de que el sujetador había caído al

suelo ni de que se le había aflojado la cintura, y solo volvió a conectar con

la realidad cuando los vaqueros sueltos le cayeron por los tobillos y él la

sacó de ellos para tumbarla en la cama.

–Tienes unos pechos preciosos –dijo.

En el acto de intentar cubrirlas como una tímida doncella, sus manos

volvieron a caer y levantó la barbilla, esforzándose por lograr una confianza que no tenía en su cuerpo. Siempre había pensado que sus pechos y sus

caderas eran demasiado grandes para su estatura, y que, si por algún

milagro fuera posible estirarla hasta una altura mucho mayor, podría haber

tenido una figura estupenda.

Él se tumbó en la cama a su lado y acercó sus manos a los firmes senos,

al tiempo que sus ojos dorados y oscuros se cruzaron con los de ella. Fue

como si una lluvia de chispas la atravesara y, de repente, se inclinó hacia

delante y volvió a encontrar su magnífica boca. Ni siquiera se le había

ocurrido que pudiera sentir algo tan poderoso como el deseo que la

cautivaba. Y él hacía que todo fuera perfecto, asegurándose de que un beso

llevara a otro y que sus manos estuvieran sobre ella al igual que las de ella

estaban sobre él. Nunca antes había sentido ese feroz impulso de tocar y

explorar. Pero la suave flexión de los músculos por debajo de la camisa de

él, la evidencia de su excitación bajo los pantalones, ejercían una

extraordinaria atracción sobre ella. Él gimió bajo su contacto, con el hambre

ardiendo en sus ojos dorados y oscuros mientras la miraba.

–Eres tan increíblemente sexy –ronroneó Ari febrilmente,

reacomodándola para cerrar sus labios alrededor de un pezón rosado y

sorber de él hasta que ella jadeó en voz alta.

Un río de fuego fundido recorrió las venas de Cleo mientras él acariciaba

simultáneamente los delicados pliegues entre sus piernas. La punta de un

dedo se hundió, un pulgar rozó hábilmente su clítoris y su cuerpo se aceleró

de cero a sesenta en cuestión de segundos, mientras un torrente de

reacciones se apoderaba de ella. Un gemido salió de sus labios y, arqueando

la espalda, la recorrió un espasmo que la dejó sin sentido.

–Nunca he deseado a nadie tanto como te deseo a ti ahora –dijo Ari,

quitándole lo que le quedaba de ropa. Estaba fascinado por su excitación.

Ella no podía apartar las manos de él más de lo que él podía apartar sus

manos o sus labios de ella. Era más que el objeto de su deseo; era una parte

de él, y para él era una experiencia estimulante.

Pero, en otro nivel de su cerebro, Ari no podía dar crédito a lo que estaba

haciendo. No mezclaba los negocios con el placer, y sin embargo estaba en

la cama con una empleada, algo absolutamente prohibido en su libro de

normas. Tenía que admitir que la atracción que ejercía Cleo sobre él le

anulaba por completo.

No había palabras para describir el arrebato de pasión que hacía que Cleo

se agarrara a él, apropiándose de sus labios, las manos recorriendo su larga

y suave espalda, mientras permanecía febrilmente atenta a la erección que

sentía en su muslo. Por un instante, hubo una pausa cuando él se retiró para

ponerse un preservativo, y su respiración se agitó, su corazón se aceleró,

pendiente de cada movimiento de él. Cuando por fin volvió a girarse hacia

ella, lo hizo con toda su fuerza latiéndole allí, donde ella más lo deseaba,

rozando el punto más sensible, empujando hacia dentro, llenándola de un

modo extraordinario y saciándola por completo.

Una punzada de dolor hizo que Cleo se sacudiera y apretara los dientes.

Por un instante se tensó y luego la incomodidad desapareció, arrastrada por

la marea de increíbles sensaciones que siguió. Él movió sus delgadas

caderas y una ola de euforia se apoderó de ella cuando el placer comenzó a

aumentar con cada movimiento de su poderoso cuerpo contra el suyo. Una

sensación de asombro creció en su interior mientras su corazón se

aceleraba, y la necesidad punzante que había logrado controlar unos

minutos antes regresó con fuerza, forzando el nivel de excitación a un nivel

que apenas podía soportar. Finalmente, alcanzó el cenit, y un placer

electrizante al rojo vivo recorrió cada uno de sus miembros mientras su

cuerpo parecía astillarse en una lluvia de fuegos artificiales, dejándola

exhausta y estremecida.

Con una sonrisa perversa que le cortaba los labios sensuales, Ari se sentó

y se deleitó mirando su rostro aturdido.

–Tenemos que hablar –dijo con inquietud.

–¡No tenemos nada que hablar! –replicó Cleo a la defensiva, agarrando el

edredón y sentándose. ¿Habría adivinado que él era el primero? ¿Cómo lo

habría adivinado? «Es imposible que lo haya adivinado», se dijo a sí misma

con urgencia.

–Piénsalo –insistió Ari en voz baja, saltando de la cama y yendo hacia el

baño.

 

Había sangre en él, y él sabía, simplemente sabía, que ella, antes de aquel

encuentro, era virgen. Pero estaba claro que ella iba a negarlo. ¿Y cómo iba

a enfrentarse él a eso? Con cierta frustración, porque era un hombre que

siempre había preferido que la gente fuera con la verdad por delante, Ari encendió la ducha. Lo único en lo que podía pensar de forma realista era en

lo pronto que podría volver a estar con ella, y más teniendo en cuenta que

nunca había tenido un sexo tan bueno con nadie.

El aroma de su piel, su tacto, su capacidad de mantenerse natural y su

falta de interés por impresionarle, todo ello combinado con su sensualidad

sin esfuerzo, eran una tentación a la que no podía resistirse. Por regla

general, las mujeres no tentaban a Ari. Le apetecía el sexo y lo practicaba, y

solía ser así de básico, ya que ninguna mujer en particular tenía especial

atractivo para él. Sin embargo, Cleo le atraía como un imán, y al entregarse

a esa atracción, no se había saciado, como era habitual en él. De hecho, ya

se preguntaba cuándo podría volver a estar con ella…

 

«Tienes que distraerlo», pensaba Cleo consternada. Lo último que quería

era cualquier tipo de discusión íntima, no después del mayor error que había

cometido en su vida. Tenía que salir de la cabaña y volver al hotel lo antes

posible, achacar su espantoso error a la tentación y a la inexperiencia y no

volver a pensar en ello. En una carrera frenética, localizó la ropa y se vistió

de nuevo a toda prisa.

Ari salió del cuarto de baño con una toalla anudada a su delgada cintura

porque sospechaba que un exceso de desnudez la asustaría. Estaba

totalmente sorprendido y no estaba preparado para encontrarla de nuevo

completamente vestida. Las mujeres con las que estaba no solían irse tan

rápido. Él era quien se marchaba, no al revés. La sorpresa le hizo detenerse.

–Al final… –dijo Cleo con cierta brusquedad– no me has dicho qué

piensas hacer con esos hermanos que has descubierto que tienes.

Ari le dirigió una mirada de sorpresa, ya que era lo último que esperaba

que mencionara en ese momento. Sacudió ligeramente su despeinada

cabeza oscura y se replanteó la situación.

–Estoy tratando de localizarlos para conocerlos…, si eso es lo que

quieren.

Cleo le dedicó una radiante sonrisa de aprobación que le pareció

increíblemente falsa, mientras se acercaba a la puerta con el aire de alguien

que no desea que le tomen el pelo.

–Es una idea maravillosa…

Ari se interpuso entre Cleo y la puerta.

–¿Vas a alguna parte?

–Sí, quiero volver al hotel antes de que mi compañera de habitación se

pregunte dónde estoy –respondió con tono de broma.

–Las excusas son innecesarias –dijo Ari convencido–. Esto es un asunto

privado.

Cleo inclinó la cabeza hacia atrás, porque estaba descalza y él era tan alto

que no podía mirarlo a los ojos de otra manera.

–Bueno, eso es una forma de decirlo. Yo lo llamaría «un gran error»,

pero, por suerte, podemos olvidar lo que ocurrió –le dijo aún más

alegremente, buscando y esperando su aprobación–. Por lo que a mí

respecta, no ha ocurrido…

Sus bien formadas cejas negras se fruncieron.

–¡Por supuesto que ha ocurrido! ¿Y por qué no vas a reconocerlo? Yo no

me arrepiento en absoluto.

–Fue un error. Los dos nos dejamos llevar…

–Mira, Cleo, no soy un adolescente, y tú tampoco. Ya he pasado la edad

en la que me dejaba llevar. Empezamos con tiranteces y luego, de alguna

manera, hemos terminado estando bien el uno con el otro –dijo Ari con

énfasis, revelando mucho más de lo que solía hacer con una mujer, porque

con Cleo todo era diferente, nuevo y fresco.

–¿Cómo puede estar bien algo tan absolutamente equivocado? –preguntó

Cleo con fiereza, acercándose a él para agarrar el pomo de la puerta.

Ari apoyó una mano delgada y morena sobre la de ella y se aproximó

más aún.

–Puedo hacer que no haya sido una equivocación. Puedo hacerlo posible.

Te encontraré empleo en otro lugar…

Era la solución perfecta, reflexionó Ari con satisfacción. Ya no

trabajarían en el mismo lugar, lo que significaba que podría volver a

respetar sus normas de conducta en la oficina. Una voz en su cerebro le

cuestionó eso, aunque ya había roto completamente sus propias reglas al

intimar con una empleada. Pero lo hecho, hecho estaba, rumió, y ya sabía

que no quería que fuera solo un encuentro casual. Por primera vez, estaba

dispuesto a repetir la experiencia con una mujer, y, en vista de ello, lo más

sensato sería cambiar a Cleo de trabajo.

–No… ¡no puedes hacer eso e interferir en mi vida! –exclamó Cleo,

afectada–. No soy como mi madre. ¡No voy a permitir que decidas nada por mí!

–No te estoy pidiendo que hagas eso –dijo Ari tajantemente, mientras

ignoraba su intento de razonar con ella y abría de un tirón la puerta del

dormitorio–. Solo te ofrezco eliminar cualquier obstáculo que creas que nos

impide estar juntos así.

Cleo salió al rellano.

–Estás loco, pero también eres mi jefe. Quiero olvidar lo que ha pasado y

que no se vuelva a hablar de ello.

–Eso parece un poco exagerado –comentó Ari con sorna–. Somos

jóvenes y solteros. No hemos hecho nada malo.

–Gracias por la cena –dijo Cleo torpemente.

–Cleo… –Ari respiró con frustración mientras sus pies descalzos bajaban

la escalera de madera, con sus rizos dorados desordenados que brillaban a la

luz del día y su esbelta columna vertebral rígida por el rechazo. El sólido

golpe de la puerta principal al cerrarse sobre sus talones fue la única

respuesta que recibió.

Cleo no se atrevía a decir ni una palabra más, sobre todo cuando Ari

había discrepado enérgicamente de cada una de sus palabras. Pero cada

centímetro de ella se rebelaba contra la sórdida aventura secreta que creía

que él le estaba ofreciendo. ¿Tan bueno había sido el sexo que habían

tenido para que Ari le propusiera tantos cambios?

 

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