¡Estate quieto y atiende!
Presentación
Las personas no somos muy distintas de los árboles: nacemos y crecemos a partir
de una minúscula semilla, siguiendo el curso de nuestra naturaleza. Brotamos
hojas y flores y, cuando estamos maduras, producimos frutos. Como en el caso de
las plantas, nuestra salud y desarrollo dependen en gran medida de las condiciones
del entorno: la luz, los nutrientes de la tierra, el grado de humedad, la
temperatura, la calidad del aire, las especies e individuos que nos rodean…
Ningún ser vivo se encuentra aislado en este planeta: estamos en íntima y
constante interacción con un entorno que nos transforma y al que, con nuestra
presencia y actividades, transformamos a un tiempo.
Entendida en un sentido amplio, la noción de «entorno» abarca absolutamente
todo lo que nos constituye. No es un simple escenario inerte, sino algo vivo y
cambiante que incluye el medio ambiente natural (aire, sonido, vegetación…) y el
construido (edificios, aulas, calles…), los vínculos afectivos, los estilos de vida, los
hábitos (alimenticios, de transporte…), las creencias y valores culturales, e incluso
la relación con el propio cuerpo[1].
Sabemos por los estudios de biología genética que los seres humanos somos en
extremo sensibles al entorno; más independientes de la herencia genética que, por
ejemplo, nuestros parientes chimpancés. Esta sensibilidad es quizá nuestra mayor
riqueza y al mismo tiempo nuestra principal debilidad.
Debido a la bipedestación, nacemos más frágiles y dependientes que otras
especies y nuestro desarrollo cerebral no alcanza su madurez completa hasta,
aproximadamente, los 17 años. Esta capacidad para retener las características
infantiles más allá de la madurez sexual (que biólogos y antropólogos denominan
«neotenia») nos ha permitido desarrollar un encéfalo de mayor tamaño que otras
especies. Gracias a nuestra condición de organismos abiertos, inacabados, nuestro
cerebro posee esa famosa plasticidad neuronal, que es la base de nuestras casi
«ilimitadas» capacidades de aprendizaje.
Modificar los cuerpos En los últimos cuarenta años, las ciencias de la salud y, en concreto, de la salud