¡Estate quieto y atiende!
II. Una epidemia moderna
Origen y características del trastorno
Descrito por primera vez en 1902 por el pediatra inglés George Still con el
nombre de «déficit de control moral», la incidencia del trastorno en la población
infantil de los países occidentales continuó siendo marginal durante casi todo el
siglo XX, hasta que empezó a crecer de manera exponencial en los últimos
veinticinco años.
El DSM-III —la tercera edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos
mentales elaborado en 1980 por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA,
por sus siglas en inglés)— es el primero en incluirlo bajo su denominación actual.
Lo define como un síndrome conductual heterogéneo, caracterizado por tres
subtipos de síntomas (en ocasiones se habla solo de dos): falta de atención (o
inatención), una intensa actividad motora (hiperactividad) e impulsividad[1]. En el
DSM-V, la última edición del manual diagnóstico, se incluye en los trastornos del
neurodesarrollo, en continuidad con la etapa adulta (es decir, ya no hay un
epígrafe específico para niños), y se concentra en dos categorías o polos de
síntomas: la inatención y la hiperactividad/impulsividad.
Según los manuales, las personas afectadas por el déficit de atención tienen
muchas dificultades para atender y concentrarse, se distraen con facilidad,
cometen errores por descuido, no escuchan, no terminan las tareas y les cuesta
seguir instrucciones; además, «mantienen una actitud despistada con olvidos y
desobediencias muy frecuentes»[2]. Como puede verse, en el caso de los niños y
niñas, la mayor parte de los nueve síntomas o criterios descritos se refiere a un
entorno concreto, que se equipara al mundo laboral del adulto, la escuela: «Con
frecuencia no sigue las instrucciones y no termina las tareas escolares, los
quehaceres o los deberes laborales (por ejemplo, inicia tareas pero se distrae
rápidamente y se evade con facilidad)»; «Con frecuencia pierde cosas necesarias
para tareas o actividades (por ejemplo, materiales escolares, lápices, libros,
instrumentos, billetero, llaves, papeles de trabajo, gafas, móvil[3])».
La descripción de quienes sufren de hiperactividad e impulsividad incluye
personas que se muestran inquietas y ansiosas, corren, saltan y hablan en exceso o,
en situaciones «en las que no es adecuado», se mueven continuamente (aunque esta
tendencia suele declinar con la edad) y tienden a tocar y manipular todos los
objetos, sin un propósito concreto. También actúan sin pensar, pasan
constantemente de una actividad a otra, ignoran el peligro y el riesgo, intervienen
y responden de manera intempestiva, interrumpen a los demás y no respetan las
normas habituales. Además, buscan recompensas inmediatas, y les cuesta
esforzarse para conseguir gratificaciones a largo plazo. Estos son algunos de los
nueve rasgos descritos en el DSM-V: «Con frecuencia juguetea o golpea con las
manos o los pies o se retuerce en el asiento»; «Con frecuencia se levanta en
situaciones en que se espera que permanezca sentado (por ejemplo, se levanta en
clase, en la oficina o en otro lugar de trabajo), en situaciones que requieren
mantenerse en su lugar».
Un paciente puede enmarcarse en una u otra subcategoría o en las dos. Los
síntomas deben estar asociados a un grado moderado de desajuste psicológico,
social, educativo u ocupacional y prolongarse durante, al menos, seis meses. Sin
embargo, los últimos protocolos elaborados por el doctor Russell Barkley, uno de
los principales especialistas mundiales, piden que los síntomas persistan al menos
un año. Una buena noticia es que, a lo largo del tiempo, en los sucesivos DSM ha
ido aumentando la edad mínima que se requiere para confirmar el diagnóstico: de
los 3 a los 7 y ahora a los 12 años.
En la infancia, los resultados académicos (en especial suspender en primaria)
son determinantes. A la excesiva subjetividad de algunos de los criterios (por
ejemplo, ¿cómo medir un «Con frecuencia habla excesivamente» separado del
contexto y de la persona que lo valora?) hay que añadir que ambos «desórdenes»
aparecen y tienden a incrementarse cuando se realizan tareas aburridas, repetitivas,
sin interés para la persona —un hecho que, por desgracia, suele ser frecuente en el
ámbito escolar—. Hablaremos de esto más adelante, cuando tratemos el problema
de la atención.
Por su parte, el doctor y científico Russell Barkley, experto norteamericano
en TDAH, profundiza en algunos de los rasgos que caracterizan el trastorno:
Problemas con la memoria operativa: recordar las cosas que tiene que
hacer en el futuro próximo.
Pensamiento desorganizado.
Dificultades para anticipar y preparar el futuro, así como en la
organización del tiempo.
Retraso en el desarrollo de la «voz interior» que reflexiona y dirige nuestra
conducta, lo que supone un problema para actuar según principios legales
y normas morales.
Problemas de regulación de las emociones, la motivación y la excitación;
los afectados son menos capaces de internalizar sus sentimientos, de
guardárselos para sí mismos.
Dificultades para asociar y organizar ideas en una explicación coherente de
su pensamiento.
Barkley considera el TDAH como una forma de inmadurez cerebral, un déficit de
las funciones ejecutivas del cerebro que afecta a la memoria verbal y no verbal, la
autorregulación emocional y la capacidad de organización y planificación.
Fátima Guzmán, presidenta de la Fundación Educación Activa, explica otros
rasgos de los niños con este trastorno:
Son intranquilos, hacen las cosas sin pensar, no aprenden, no siguen el ritmo ni acatan las normas. Terminan creciendo en un ambiente hostil: riñas, castigos… Sus padres están desbordados, sus maestros se sienten incapaces de cumplir su función; incluso sus compañeros los rechazan. Entran en una espiral de fracaso.
Pediatras y psiquiatras insisten en que un diagnóstico correcto y precoz es la mejor
medida preventiva, lo que evita, además, que el cuadro se complique con otros
trastornos. Basado en los criterios establecidos por la Asociación Estadounidense
de Psiquiatría, el análisis suele contemplar:
Un examen médico completo, que permite conocer a fondo el estado de
salud general del niño o la niña y descartar posibles problemas orgánicos
como déficit visual, auditivo, anemia, carencia de determinados nutrientes
e incluso daño cerebral.
Una evaluación psicológica a nivel emocional, cognitivo e intelectual.
Una evaluación familiar para la que se utilizan escalas de comportamiento.
Una valoración escolar del historial académico y el comportamiento del
alumno en el aula.
Todos los profesionales coinciden en la importancia de realizar un análisis
cuidadoso, en el que las distintas pruebas se combinen de forma correcta, antes de
emitir un veredicto que puede convertirse en una etiqueta, que se cuelga de por
vida en el dorso de una criatura: «Son al menos dieciocho horas de exámenes
psicopedagógicos que se completan con la visita al psiquiatra y al neurólogo»,
aclara de nuevo Fátima Guzmán.