Fases de gravedad

Dan Simmons · Capítulo 2 de 10

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Fases de gravedad

Segunda Parte – Glen Oak

la presión fuerte y constante de esos brazos que lo sostenían, protegiéndolo de las peligrosas corrientes.

Despertó cuando despegaron. Diez minutos después sobrevolaban el mar Arábigo y atravesaban el techo de nubes. Era la primera vez en una semana que Baedecker veía un cielo puro y azul. El sol poniente transformaba las nubes en un lago flamígero y dorado.

Alcanzaron la altitud de crucero y dejaron de trepar, y Baedecker sintió la pequeña reducción de fuerza g cuando llegaron al tope del arco. Mirando por la ventanilla arañada, buscando en vano la luna, Baedecker sintió una breve exaltación. A esa altura la exigente gravedad del masivo planeta disminuía ligeramente.

SEGUNDA PARTE – GLEN OAK

Cuarenta y dos años después de haberse mudado, treinta años después de su última visita, dieciséis años después de su semana de fama como caminante lunar, a Richard Baedecker le invitaron a su pueblo natal. Sería huésped de honor durante el desfile de Old Settlers. El 8 de agosto se declararía el Día de Richard M. Baedecker en Glen Oak, Illinois.

La inicial del segundo nombre de Baedecker no era M, pues su segundo nombre era Edgar. Además, no consideraba esa pequeña localidad de Illinois como su pueblo natal. Cuando pensaba en el hogar de su infancia, lo que no era frecuente, recordaba el pequeño apartamento de la calle Kildare de Chicago, donde su familia había vivido antes y después de la guerra.

Baedecker había vivido en Glen Oak menos de tres años, desde fines de 1942 hasta mayo de 1945. La familia de su madre había tenido tierras durante muchos años, y cuando el padre de Baedecker regresó al Cuerpo de Marines para actuar como instructor en Camp Pendleton, Richard Baedecker y sus dos hermanas se hallaron inexplicablemente arrancados del cómodo apartamento de Chicago para vivir en una decrépita casa de Glen Oak. Entonces Baedecker tenía siete años. Los recuerdos de esa época eran tan brumosos y ajenos como la búsqueda de desechos metálicos y papeles que había ocupado sus fines de semana y sus veranos en ese interludio.

Aunque sus padres estaban sepultados en el linde de Glen Oak, hacía mucho que no pensaba en el pueblo ni lo visitaba.

Baedecker recibió la invitación a fines de mayo, poco antes de iniciar un viaje de negocios de un mes que lo llevaría a tres continentes. Archivó la

carta y la habría olvidado si no se la hubiera mencionado a Cole Prescott, vicepresidente de la empresa aeroespacial para la que trabajaba.

–Demonios, Dick, ¿por qué no vas? Serán buenas relaciones públicas para la compañía.

–Bromeas -dijo Baedecker. Estaban en un bar del bulevar Lindbergh, cerca de sus oficinas de St. Louis-. Cuando vivía en ese pueblo de mala muerte durante la guerra, había un letrero que decía «Población 850 –

Velocidad medida eléctricamente». Dudo de que haya crecido mucho desde entonces. Tal vez la población haya disminuido. No debe de haber muchos interesados en comprar productos de aviación de MD-GSS.

–Compran acciones, ¿verdad? – preguntó Prescott, llevándose un puñado de cacahuetes salados a la boca.

–Vacas -dijo Baedecker.

–¿Dónde demonios queda Glen Oak, de todas formas? – preguntó Prescott.

Hacía años que Baedecker no oía pronunciar ese nombre. Le sonaba extraño.

–A unos trescientos kilómetros. En alguna parte entre Peona y Moline.

–Demonios, queda de paso. Se lo debes, Dick.

–Estoy ocupado -dijo Baedecker, pidiendo al barman un tercer whisky-.

Debo recuperar el tiempo perdido después de las conferencias de Bombay y Frankfurt.

–Oye -dijo Prescott. Dejó de mirar a una camarera agachada y se volvió hacia Baedecker-. ¿El 9 de agosto no es el comienzo de esa reunión de líneas aéreas en el Hyatt de Chicago? Turner te ha pedido que vayas,

¿verdad?

–No, me lo ha pedido Wally. Seretti irá allí, sale de Rockwell y nosotros hablaremos acerca del trato de modificación del Air Bus con Borman.

–¡Y pues! – dijo Prescott.

–¿Pues qué?

–Que vas hacia esa dirección, amigo. Cumple con tu deber patriótico, Dick. Pediré a Teresa que les anuncie que vas.

–Veremos -dijo Baedecker.

Baedecker llegó a Peoria la tarde del viernes 7 de agosto. El DC-9 de Ozark apenas había subido a dos mil quinientos metros y hallado el meandroso río Illinois cuando tuvieron que descender. El pequeño

aeropuerto estaba tan vacío que Baedecker recordó la pista de asfalto del límite de la jungla india donde había aterrizado semanas antes, en Khajuraho. Bajó la escalerilla, cruzó la pista caliente y lo recibió con entusiasmo un hombre corpulento y rubicundo a quien jamás había visto.

Baedecker gruñó para sus adentros. Había planeado alquilar un coche, pasar la noche en Peoria y enfilar hacia Glen Oak por la mañana. Pensaba detenerse en el cementerio durante el viaje.

–¡Señor Baedecker! ¡Señor Baedecker! Bienvenido, bienvenido. Nos alegramos mucho de verle. – El hombre estaba solo. Baedecker tuvo que soltar la bolsa negra mientras el extraño le cogía la mano derecha y el brazo saludándolo con las dos manos-. Lamento que no hayamos podido organizar una recepción mejor, pero no lo hemos sabido hasta que Marge recibió una llamada esta mañana, anunciando que usted llegaría hoy.

–Está bien -dijo Baedecker. Retiró la mano y añadió innecesariamente-: Soy Richard Baedecker.

–Claro que sí, cielos. Yo soy Bill Ackroyd. La alcaldesa Seaton quería venir, pero esta noche debe asistir a la cena de Old Settlers.

–¿El alcalde de Glen Oak es una mujer? – Baedecker se echó la bolsa al hombro y se enjugó el sudor de la mejilla. Los rodeaban vaharadas de calor que transformaban el distante follaje y el aparcamiento en trémulos espejismos. La humedad era tan intensa como en St. Louis. Baedecker miró al hombre corpulento que tenía al lado. Bill Ackroyd rondaba los cincuenta años. Su aspecto era fofo y la espalda de su camisa J.C. Penney estaba toda sudada. Llevaba el pelo peinado hacia adelante para ocultar la calva incipiente. «Tiene el mismo aspecto que yo», pensó Baedecker con un aguijonazo de cólera. Ackroyd sonrió y Baedecker le devolvió la sonrisa.

Baedecker lo siguió por la pequeña terminal hacia el camino curvo donde Ackroyd había aparcado el coche, en un espacio reservado para minusválidos. Las banalidades de Ackroyd se combinaban con el calor causando náuseas a Baedecker. Ackroyd conducía un Bonneville. Había dejado el motor en marcha y el aire acondicionado había refrescado el interior hasta helarlo. Baedecker se hundió en el asiento de terciopelo con un suspiro mientras el otro guardaba el equipaje en el maletero.

–No puedo expresarle cuánto significa esto para nosotros -dijo Ackroyd, acomodándose-. Todo el pueblo está entusiasmado. Es lo más importante que ha ocurrido en Glen Oak desde que la pandilla de Jesse James atravesó

el lugar y acampó en Hartley's Pond. – Ackroyd rió y arrancó. Tenía unas manos tan grandes que el volante y la palanca de cambios parecían de juguete. Baedecker supuso que Ackroyd descendía de esos tipos del Medio Oeste que utilizaban esas manazas para prender a los salteadores de caminos.

–No sabía que la pandilla de James hubiera pasado por Glen Oak -

comentó.

–Tal vez no pasó -dijo Ackroyd, soltando su risotada-. Con lo cual usted es lo más excitante que nos ha ocurrido jamás.

Peoria parecía abandonada, bombardeada o ambas cosas. En los escaparates había polvo y moscas muertas. Crecía hierba en las grietas de la autopista y malezas en las descuidadas plazoletas. Los edificios viejos se apiñaban uno contra otro y las pocas estructuras nuevas se erguían como enormes altares druidas entre manzanas de escombros.

–Por Dios -murmuró Baedecker-. No recordaba que la ciudad tuviera este aspecto. – En realidad apenas recordaba Peoria. Una vez al año asistían con su madre al desfile del Día de Acción de Gracias para que pudieran saludar a Santa Claus. Baedecker era demasiado grande para Santa Claus, pero se sentaba con sus hermanas menores en los leones de piedra situados cerca del tribunal y obedientemente agitaba la mano. Un año, Santa Claus llegó en un jeep con los cuatro elfos vestidos con los uniformes de las diversas fuerzas. Baedecker recordaba que el césped de la plaza de la ciudad se elevaba en un arco suave hasta el edificio amarillento del tribunal.

Jugaba a que le disparaban y rodaba por la cuesta herbosa hasta que su madre le gritaba que no lo hiciera más. Ahora se dio cuenta de que habían convertido la plaza -supuso que era el mismo lugar- en un modesto parque cerca de un edificio del ayuntamiento que parecía una caja de cristal.

–La recesión de Reagan -comentó Ackroyd-. Y antes la recesión de Carter. Malditos rusos.

–¿Rusos? – Baedecker casi esperaba oír un torrente de propaganda estilo John Birch. Recordaba haber leído que George Wallace había ganado en el condado de Peoria en la primaria de 1968. En 1968 Baedecker pasaba sesenta horas semanales en un simulador como parte del equipo de apoyo del Apollo 8. Ese año no significaba nada para él, excepto por los plazos del proyecto. Había salido de la cáscara en enero de 1969 para descubrir que Bobby Kennedy había muerto, Martin Luther King había muerto, Lyndon

Johnson era un recuerdo y Richard Nixon era presidente. En la oficina de Baedecker en St. Louis, en la pared de encima del mueble bar, entre dos títulos honorarios de universidades que jamás había visitado, colgaba una fotografía donde Nixon le estrechaba la mano en una ceremonia del Rose Carden. Baedecker y los otros dos astronautas aparecían tensos e incómodos en la foto. Nixon sonreía exponiendo los blancos dientes, la mano izquierda en el codo de Baedecker en un saludo típico de vendedores, como el que Ackroyd le había ofrecido en el aeropuerto.

–En realidad no fue culpa de los rusos -gruñó Ackroyd-. Fue culpa de Caterpillar, por depender tanto de las ventas que les hacían a ellos. Cuando Carter cortó la exportación de equipos pesados después de Afganistán o lo que fuera, todo se fue al infierno. Caterpillar, General Electric, hasta Pabst.

Durante un tiempo despidieron a todo el mundo. Ahora está mejor.

–Oh -dijo Baedecker. Le dolía la cabeza. Aún sentía el movimiento del avión sobrevolando el río. Ya que no podía pilotar un avión, al menos hubiera querido conducir un coche para desentumecerse las manos y las piernas, que anhelaban controlar algo. Cerró los ojos.

–¿Prefiere el camino rápido o el camino largo? – preguntó Ackroyd.

–El largo -dijo Baedecker sin abrir los ojos-. Siempre el camino largo.

Obediente, Ackroyd cogió la siguiente salida para abandonar la interestatal 74 y se internó en las geometrías euclidianas de los maizales y las carreteras del condado.

Baedecker debió de dormirse unos minutos. Abrió los ojos cuando el coche se detuvo en un cruce. Letreros verdes indicaban la dirección de Princeville, Galesburg, Elmwood y Kewanee, y las respectivas distancias.

No se mencionaba Glen Oak. Ackroyd viró hacia la izquierda. El camino era un corredor entre telones de maíz. Oscuros costurones de brea y asfalto emparchaban la carretera imprimiendo un sonido rítmico al aire acondicionado. La ligera vibración tenía una cualidad hipnótica y ecuestre.

–El corazón del corazón del país -dijo Baedecker.

–¿Eh?

Baedecker se irguió en el asiento, sorprendido de haber hablado en voz alta.

–Una frase con la que un escritor solía describir esta región del país.

William Gass, creo. La recuerdo a veces cuando pienso en Glen Oak.

–Oh. – Ackroyd se movió incómodo. Baedecker notó que lo había puesto nervioso. Ackroyd había dado por sentado que eran dos hombres, dos hombres bien plantados, y la mención de un escritor no encajaba.

Baedecker sonrió evocando los seminarios que las diversas fuerzas habían dado a sus pilotos de prueba antes de las primeras entrevistas en la NASA para el programa Mercury. «Si te apoyas las manos en las caderas, cerciórate de apuntar los pulgares hacia atrás.» ¿Se lo había dicho Deke o lo había leído en The Right Stuff de Tom Wolfe?

Ackroyd estaba hablando de su agencia de bienes raíces antes de la interrupción de Baedecker. Ahora se aclaró la garganta y gesticuló con la mano derecha.

–Supongo que ha conocido a mucha gente importante, ¿eh, señor Baedecker?

–Richard -se apresuró a decir Baedecker-. Usted es Bill, ¿verdad?

–Sí. Ningún parentesco con el tío de esos viejos programas de Saturday Nigh Live. Muchos me lo preguntan.

–No -dijo Baedecker. Nunca había visto el programa.

–¿Y quién ha sido el más importante, en su opinión?

–¿Qué? – preguntó Baedecker pero no había modo de encauzar la charla en otra dirección.

–El personaje más importante que ha conocido.

Baedecker trató de infundir cierta vitalidad a su voz. De pronto se encontró extenuado. Pensó que tendría que haber conducido en su propio automóvil desde St. Louis. La escala en Glen Oak no le habría quedado muy lejos del itinerario, y se habría podido largar cuando hubiera querido.

Baedecker no recordaba la última vez que había conducido a ninguna parte, excepto para ir de su apartamento a la oficina y viceversa. Viajar se había transformado en una serie incesante de tramos aéreos. Con cierta sorpresa cayó en la cuenta de que Joan, su ex esposa, nunca había estado en St.

Louis, en Chicago, en el Medio Oeste. Su vida en común había transcurrido en la costa, en lugares donde terminaba el continente: Fort Lauderdale, San Diego, Houston, Cocoa Beach, esos cinco malos meses en Boston. De pronto sintió curiosidad por la opinión de Joan sobre esa vasta extensión de campos, granjas, vaharadas de calor.

–El sha de Irán -dijo-. Al menos fue el que más me impresionó. El espectáculo de la corte, el protocolo, y la sensación de poder que

comunicaban él y su cortejo. Aun la Casa Blanca y el palacio de Buckingham parecían poca cosa en comparación. No le sirvió de mucho.

–Así es -dijo Ackroyd-. Una vez conocí a Joe Namath. Yo estaba en una convención de Amway en Cincinnati. No tengo tiempo para eso desde que me involucré en el asunto de Pine Meadows, pero me iba muy bien. Mil trescientos pavos al mes, y apenas sin esforzarme. Joe se encontraba allí por otro asunto, pero conocía a un individuo que era muy amigo de Merle Weaver. Así que Joe, que nos pidió a todos que lo llamáramos así y pasó los dos días con nosotros. Incluso nos acompañó a la zona de combate. Es decir, tenía sus compromisos, pero cada vez que podían él y el amigo de Merle salían a cenar con nosotros y nos invitaban a unas copas. Nunca he conocido un tío más simpático.

Baedecker se sorprendió al comprobar que reconocía el lugar. Sabía que a la vuelta de la próxima curva aparecería una granja con un reloj floral en el centro de la calzada. Apareció la granja. No había reloj, pero el aparcamiento estaba recién asfaltado. La casa de tejas rojas de la izquierda era aquella que su madre llamaba la vieja posta de diligencias. Vio el derruido porche del segundo piso y tuvo la certeza de que era el mismo edificio. La repentina superposición de recuerdos olvidados sobre la realidad resultó perturbadora para Baedecker, una tenaz sensación de déjà vu. Miró hacia delante y supo que en unos metros aparecería Glen Oak: una arboleda con un depósito verde de agua por encima de los maizales.

–¿Conoce a Joe Namath? – preguntó Ackroyd.

–No, no lo conozco -dijo Baedecker. En un día despejado, desde un 747

a diez mil metros de altura, Illinois parecería una cuadrícula. Baedecker sabía que el ángulo recto dominaba en el Medio Oeste tal como las sinuosas y obtusas curvas de la erosión dominaban el sudoeste, donde había realizado casi todos su vuelos. Desde una altura de doscientas millas náuticas, el Medio Oeste era un borrón verde y marrón que se vislumbraba entre masas nubosas blancas. Desde la Luna no había sido nada. Baedecker no pensó en buscar los Estados Unidos en sus cuarenta y seis horas en la Luna.

–Un tío cojonudo. Nada engreído como algunas personas famosas que uno conoce, ¿entiende? Lástima lo de su rodilla.

El depósito de agua era diferente. Una alta y blanca estructura de metal había reemplazado a la torre verde. Ardía en los rutilantes rayos oblicuos

del sol del atardecer. Baedecker sintió una extraña emoción entre el corazón y la garganta. No era nostalgia ni añoranza trasnochada. Baedecker comprendió que esa ardiente oleada de sensaciones era simple reverencia ante una imprevista confrontación con la belleza. Había sentido ese sorprendido dolor una tarde de lluvia de su infancia, en el Instituto de Artes de Chicago, frente a ese óleo de Degas de la joven bailarina con naranjas en los brazos. Había experimentado la misma emoción aguda al ver a su hijo Scott -morado, abotargado, brillante, la boca abierta- segundos después del nacimiento. Baedecker ignoraba por qué se sentía así ahora, pero pulgares invisibles le apretaban la garganta y un ardor lo aguijoneaba detrás de los ojos.

–Apuesto a que no reconoce el lugar -dijo Ackroyd-. ¿Cuánto hace que no viene, Dick?

Glen Oak apareció como una borrosa arboleda, se resolvió en un apiñamiento de casas blancas, se ensanchó llenando el parabrisas. La carretera viró de nuevo dejando atrás una gasolinera Sunoco, una casa de ladrillos (Baedecker recordó que su madre le había contado que había sido una estación del «ferrocarril subterráneo», la organización blanca que ayudaba a escapar a los esclavos negros del Sur) y un letrero blanco que decía:

GLEN OAK, POBLACIÓN 1275, VELOCIDAD MEDIDA

ELÉCTRICAMENTE.

–Desde el 56 -dijo Baedecker-. No, 1957. Los funerales de mi madre.

Murió un año después de fallecer mi padre.

–Están sepultados en el cementerio Calvary -dijo Ackroyd, como si le revelara algo nuevo.

–Sí.

–¿Quiere pasar por allí? ¿Antes de que oscurezca? No me molesta esperar.

–No. – Baedecker echó un rápido vistazo a la izquierda, horrorizado ante la idea de visitar la tumba de sus padres mientras Bill Ackroyd esperaba en su Bonneville-. No, gracias, estoy cansado. Me gustaría ir al motel. ¿El que está al norte de la ciudad todavía se llama Day's End Inn?

Ackroyd rió y palmeó el volante.

–Cielos, ¿ese viejo tugurio? No, señor, lo demolieron en el 62, cuando Jackie y yo nos mudamos aquí desde Lafayette. No, el lugar más cercano es

el Motel Six, en la 74, cerca de la salida de Elmwood.

–Está bien -dijo Baedecker.

–Oh, no -dijo Ackroyd con expresión consternada-. Habíamos planeado que se quedara con nosotros, Dick. Nos sobra lugar, y lo hemos confirmado con Marge Seaton y el consejo. El Motel Six se halla lejos de todo, a veinte minutos por el camino duro.

El camino duro. Así llamaban en Glen Oak a la carretera asfaltada que también hacía las veces de calle mayor. Hacía cuatro décadas que Baedecker no oía esa expresión. Meneó la cabeza y miró por la ventanilla mientras avanzaban despacio por esa calle mayor. El distrito comercial de Glen Oak tenía dos manzanas y media. Las aceras eran franjas de cemento de tres niveles. Los escaparates estaban a oscuras, y los aparcamientos diagonales se hallaban vacíos excepto por algunos camiones frente a un bar, cerca del parque. Baedecker trató de asociar las imágenes de esos edificios de frente chato con sus recuerdos, pero encontró pocos elementos comunes, sólo la vaga sensación de estructuras desaparecidas, como orificios en una sonrisa otrora familiar.

–Jackie ha conservado la comida tibia, pero podríamos ir a Old Settlers y tomar pescado frito si le gusta.

–Estoy muy cansado -dijo Baedecker.

–De acuerdo. Entonces mañana nos encargaremos de las formalidades.

De todos modos, Marge estaría demasiado atareada esta noche, con la rifa y todo eso. Mi hijo Terry se muere por conocerle. Está realmente deslumbrado… Usted ya entiende. A Terry le entusiasma el espacio y todo eso. Fue Terry precisamente quien preparó un informe para la escuela el año pasado y recordó que usted había vivido aquí por un tiempo. A decir verdad, eso me dio la idea de que usted fuera huésped de honor en el Old Settlers. Terry estaba muy contento de que hubiera nacido aquí. Claro que Marge habría adorado la idea de todos modos pero, sabe usted, para mi hijo significaría mucho que pasara las dos noches con nosotros.

Aunque se movían a muy poca velocidad, ya habían recorrido toda la calle mayor de Glen Oak. Ackroyd viró a la derecha y se detuvo cerca de la iglesia católica. Era un parte de la ciudad que Baedecker rara vez recorría cuando niño porque Chuck Compton, el matón de la escuela, vivía allí. Era la única parte del pueblo donde había ido al regresar para las exequias de sus padres.

–No nos molestaría en absoluto -dijo Ackroyd-. Sería un gran honor recibirlo, y es probable que el Motel Six esté lleno de camioneros a esta hora del viernes.

Baedecker miró la iglesia marrón. La recordaba mucho más grande. Se sintió embargado por una extraña laxitud. El calor estival, las largas semanas de viaje, la decepción de ver a su hijo en el ashram de Poona, todo conspiraba para reducirlo a un estado de triste pasividad. Baedecker reconoció esa sensación, pues la había experimentado en sus primeros meses como marine en el verano de 1951. También cuando Joan lo abandonó los primeros meses.

–No quiero ser una molestia -dijo.

Ackroyd sonrió aliviado y cogió el brazo de Baedecker un segundo.

–No es ninguna molestia. Jackie ansia conocerle, y Terry nunca olvidará la visita de un verdadero astronauta.

El coche avanzó despacio entre estrías de luz crepuscular que alternaban con franjas de sombra.

Los murciélagos habían salido cuando Baedecker fue a caminar una hora después. Sus vibrantes aleteos se perfilaban contra la opaca cúpula del cielo nocturno. El sol había desaparecido pero el día se aferraba a la luz como Baedecker en su infancia, en una similar noche de agosto, se había aferrado a las últimas semanas de las vacaciones de verano. Tardó sólo unos minutos en llegar caminando a la parte vieja de la ciudad, su parte de la ciudad. Se alegraba de estar fuera y a solas.

Ackroyd vivía en un complejo de veinte casas en la esquina noreste del pueblo, donde Baedecker sólo recordaba parcelas y un arroyo donde cazaban ratas almizcleras. La casa de Ackroyd era de un estilo seudohispánico, con una lancha y un remolque en el garaje y una caravana en la calle. El interior se hallaba abarrotado de pesados muebles Ethan Allen. Jackie, la esposa de Ackroyd, llevaba una apretada permanente, tenía arrugas alrededor de los ojos y un labio superior prominente que daba la agradable sensación de una sonrisa constante. Era unos años más joven que el esposo. Terry, el único hijo, era un niño pálido de trece o catorce años, tan flaco y callado como corpulento y parlanchín su padre.

–Saluda al señor Baedecker, Terry. Vamos, cuéntale cuánto has esperado este momento. – La manaza de Ackroyd impulsó al niño hacia delante.

Baedecker se inclinó pero no pudo hallar la mirada del niño, y en la palma abierta sólo sintió un breve contacto de dedos húmedos. El pelo castaño de Terry le tapaba los ojos como una visera. El niño masculló algo.

–Encantado de conocerte -dijo Baedecker.

–Vamos, Terry -apuntó su madre-, enseña al señor Baedecker el cuarto de invitados. Luego enséñale tu cuarto. Sin duda le interesará mucho. – La madre sonrió y Baedecker recordó las primeras fotos de Eleanor Roosevelt.

El niño lo condujo escaleras abajo, saltando los escalones de dos en dos.

El cuarto de huéspedes estaba en el sótano. Disponía de cuarto de baño y la cama parecía confortable. La habitación del niño se encontraba junto a una extensa sala enmoquetada, quizá pensada como cuarto de juguetes.

–Supongo que mamá quería que le enseñara esto -murmuró Terry, y encendió una luz opaca. Baedecker miró el interior, parpadeó y avanzó un paso para mirar de nuevo.

Había una sola cama, hecha con pulcritud, un pequeño escritorio, una minicadena estéreo y tres paredes oscuras con estantes, carteles, algunos libros, diversas naves hechas a escala, todos los objetos habituales del cuarto de un adolescente. Pero la cuarta pared era distinta.

Una foto del Apollo 8, una de las fotos de la Tierra tomadas con la cámara externa en la primera y tercera órbita lunar. La foto, en su momento, cautivó la imaginación del mundo, pero se había abusado tanto de ella que Baedecker ya no le prestaba atención. Pero aquí era diferente. La foto ampliada formaba un empapelado del suelo al cielo raso, y de lado a lado del cuarto. La Tierra era de un vibrante color azul y blanco, el cielo negro, el primer plano un gris opaco. Era como si el cuarto del niño diera sobre la superficie lunar. Las paredes oscuras y la luz pálida reforzaban esa ilusión.

–Idea de mamá -murmuró el niño. Tocó nervioso una pila de cintas sobre el escritorio-. Creo que la consiguió en una liquidación.

–¿Has construido tú las naves? – preguntó Baedecker. Los estantes estaban cubiertos de naves espaciales de plástico gris, las naves mastodónticas de Star Wars, Star Trek y Battlestar Galactica. En un rincón dos grandes transbordadores espaciales colgaban de un hilo oscuro.

El niño movió los hombros y las manos, un gesto conciso y adusto como el de Scott, el hijo de Baedecker, después de sus errores cometidos en la Pequeña Liga.

–Papá ayudó.

–¿Te interesa el espacio, Terry?

–Sí. – El niño titubeó y miró a Baedecker con un destello de repentino coraje en los ojos oscuros-. Es decir, me interesaba. Cuando era más pequeño. Todavía me gusta, sí, pero son cosas de chicos. Lo que me interesa ahora es ser principal guitarrista de un grupo como Twisted Sister.

– Calló y clavó los ojos en Baedecker.

Baedecker no pudo contener una sonrisa. Tocó el hombro del chico brevemente, con firmeza.

–Bien. Bien. Vamos arriba, ¿quieres?

Las calles estaban oscuras excepto por algunos faroles y el centelleo azulado de los televisores en las ventanas. Baedecker aspiró el aroma de la hierba recién cortada y los lejanos campos. Las estrellas vacilaban en aparecer. A excepción de algún coche que pasaba por el «camino duro», una calle hacia el oeste, el único ruido era el chachareo sofocado pero excitado de los televisores. Baedecker recordó el sonido de las radios de consola a través de esos mismos canceles y ventanas. Las voces radiales tenían más autoridad y profundidad.

A pesar de su nombre, Glen Oak -Roble del Vallecito- nunca había tenido muchos robles, pero en los años 40 albergaba gran cantidad de olmos gigantes, árboles increíblemente macizos que arqueaban sus gruesas ramas en un enrejado que transformaba incluso la calle lateral más ancha en un túnel de luces y sombras. Los olmos eran Glen Oak. Incluso un niño de diez años lo había notado mientras iba en bicicleta al centro en un atardecer estival, pedaleando con furia hacia el oasis de los árboles y la cena del sábado.

Ahora los olmos habían desaparecido. Baedecker supuso que diversas epidemias los habían diezmado. Las anchas calles estaban abiertas al cielo.

Todavía quedaba una proliferación de árboles pequeños. En la brisa, las hojas bailaban frente a los faroles y arrojaban sombras sobre la acera. Viejas casas apartadas de las aceras aún tenían pisos altos protegidos por un follaje susurrante. Pero los olmos gigantes de la infancia de Baedecker ya no estaban. Se preguntó si la gente que regresaba a sus antiguos hogares de los pueblos pequeños de toda la región había reparado en esta pérdida. Como el olor de las hojas quemadas en otoño, era algo que su generación echaba de menos.

Los murciélagos bailaban esquivamente contra un cielo violáceo.

Algunas estrellas empezaban a despuntar. Baedecker entró en un patio escolar que ocupaba una manzana entera. La alta y vieja escuela elemental, cuyo derruido campanario había albergado a los ancestros de muchos de los murciélagos de esa noche, había sido demolida tiempo atrás y reemplazada por un apiñamiento de cajas de ladrillo y vidrio, al pie de otra caja de ladrillo y vidrio más grande que llenaba buena parte de la manzana.

Baedecker sospechó que el edificio más grande era el gimnasio de la nueva escuela. En su época la escuela elemental no tenía gimnasio; cuando necesitaban uno, caminaban dos calles hasta la escuela secundaria.

Baedecker recordó que la escuela vieja se alzaba en medio de hectáreas de hierba, media docena de campos de béisbol y dos áreas de juego, una para niños pequeños y otra con un gran tobogán para los grados superiores. Todo el conjunto se hallaba custodiado por una alta arboleda que se erguía alrededor de la manzana. Ahora los edificios bajos y el monstruoso gimnasio ocupaban la mayor parte del espacio. No había árboles. Los campos de juego eran sólo una franja de asfalto y una estructura de madera semejante a una cárcel militar, construida en un cuadrado de arena.

Baedecker fue hasta allí y se sentó en un nivel inferior de la estructura, que le evocaba una horca mal diseñada.

Enfrente veía su antigua casa. Aun en el desleído crepúsculo observaba que no había sufrido muchos cambios. La luz se derramaba por las ventanas de ambos pisos. Un buen revestimiento de madera reemplazaba las viejas chillas. Habían añadido un garaje y una calzada de asfalto que sustituía la vieja calzada de grava. Baedecker sospechó que el cobertizo detrás de la casa ya no estaría. Cerca del frente crecía un abedul que antes no existía.

Baedecker hurgó en su memoria tratando en vano de recordar en aquel lugar un árbol joven. Luego comprendió que lo podían haber plantado cuando él se había mudado: así el árbol tendría cuarenta años.

Baedecker no sentía nostalgia, sólo un ligero vértigo ante la idea de que ese extraño caparazón de piedra y madera en un extraño lugar del mundo hubiera albergado a un niño que se creía el centro de la creación. Una luz se encendió en un cuarto del segundo piso. Baedecker casi pudo ver el viejo papel en el que se dibujaban veleros enmarcados por incesantes cuadrados de soga, cada esquina complicada por imposibles nudos náuticos. Recordó haber pasado noches de fiebre en vela, tratando una y otra vez de desatar

mentalmente esos nudos. También recordó la bombilla colgante y el cable, el armario amarillo semejante a un ataúd y el enorme mapamundi Rand McNally donde todas las noches ese niño fervoroso desplazaba alfileres de color desde una impronunciable isla del Pacífico hasta otra.

Baedecker meneó la cabeza, se levantó y caminó hacia el norte, alejándose de la escuela y la casa. Había anochecido del todo, pero nubes bajas ocultaban estrellas. Baedecker no volvió a mirar hacia arriba.

–¿Cómo ha ido? ¿Ha visto los viejos lugares? – saludó Ackroyd cuando Baedecker cruzó el patio de la casa. La pareja estaba sentada en un pequeño porche con mosquitero, entre la casa y el garaje.

–Sí. Por suerte está refrescando, ¿verdad?

–¿Se ha encontrado a algún conocido?

–Las calles estaban desiertas -dijo Baedecker-. He podido ver las luces de Old Settlers, al menos creo que era Old Settlers, al sudeste de la escuela secundaria. Parecía que todo el mundo estaba allí. – Para el niño Baedecker, el fin de semana de Old Settlers había consistido en tres días que signaban el corazón del verano y también el último acontecimiento festivo antes de la cuenta atrás para el reinicio de la escuela. Old Settlers había significado el hallazgo de la entropía.

–Ya lo creo -dijo Ackroyd-. Habrá una francachela esta noche, con esa barbacoa. Todavía tiene tiempo para ir si lo desea. La tienda de la Legión Americana sirve cerveza hasta las once.

–No, gracias, Bill. Estoy muy cansado, de veras. Pensaba acostarme.

Salude a Terry de mi parte, por favor.

Ackroyd lo condujo al interior y encendió la luz de la escalera.

–En realidad, Terry ha ido a casa de su amigo Donnie Peterson. Han pasado juntos el fin de semana de Old Settlers desde que se conocieron en el parvulario.

La señora Ackroyd se cercioró de que Baedecker tuviera mantas adicionales, aunque era una noche cálida. El cuarto de invitados desprendía un olor a habitación de motel que resultaba cómodamente familiar. La señora Ackroyd sonrió, cerró la puerta con suavidad y lo dejó a solas.

El cuarto era un pozo de negrura salvo por el fulgor de su reloj-calculadora digital. Baedecker se acostó y escrutó la oscuridad. Cuando los dígitos de suave fulgor indicaron las 2.32 se levantó y salió a la sala vacía y enmoquetada. No se oía ruido en los pisos superiores. Alguien había dejado

una luz encendida en la escalera por si Baedecker quería ir a la cocina. Sin embargo, Baedecker fue al cuarto del niño, titubeó un segundo ante la puerta entornada y entró. La luz de la escalera alumbraba suavemente la superficie lunar llena de agujeros y la Tierra azul y blanca en cuarto creciente. Baedecker se quedó un minuto; se disponía a salir cuando algo le llamó la atención. Cerró la puerta y se sentó en la cama de Terry. Por un minuto se apagó la luz y Baedecker quedó a ciegas. Luego notó cien chispas relucientes en las paredes y el cielo raso. Despuntaban estrellas. El niño -Baedecker tuvo la certeza de que era el niño- había salpicado el cuarto con motas de pinturas fosforescente. La semiesfera de la Tierra empezó a relucir con un resplandor lechoso que iluminaba las tierras altas y los cráteres de la Luna. Baedecker nunca había visto una noche lunar desde la superficie -ni él ni ningún astronauta de las misiones Apollo- pero se quedó sentado en la pulcra cama del niño hasta que las estrellas le abrasaron los ojos y pensó «sí, sí».

Al cabo de un rato se levantó, caminó en silencio hasta su cuarto y se durmió.

El Día de Richard M. Baedecker amaneció cálido y despejado. En la calle zumbaba el tráfico del sábado. El cielo azul bañaba los distantes maizales en una luz quebradiza.

Baedecker hizo dos desayunos, el primero con Ackroyd y su esposa en la espaciosa cocina. El segundo fue con la alcaldesa y los funcionarios del ayuntamiento ante una larga mesa del Parkside Café. Marjorie Seaton parecía la versión pueblerina de Jane Byrne, la ex alcaldesa de Chicago.

Baedecker no sabía dónde residía la semejanza, pues la cara de Seaton era ancha y curtida mientras que la de Byrne era estrecha y pálida. Marge Seaton tenía una risa franca y entusiasta que no guardaba ninguna similitud con lo que recordaba de las fruncidas risitas de Byrne. Pero en los ojos de ambas mujeres se vislumbraba algo que a Baedecker le recordaba a las mujeres apaches esperando a que les clavasen estacas a los prisioneros varones para divertirse.

–Todo el pueblo está entusiasmado con esta visita, Dick -dijo Seaton con una sonrisa-. Yo diría que todo el condado. Vendrá gente incluso desde Galesburg.

–Ansío conocerla -dijo Baedecker, jugueteando con sus bizcochos. Al lado, Ackroyd mojaba una tostada en el huevo. La camarera, una mujer