Fedra

Jean Racine · Capítulo 13 de 30

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Fedra

Acto tercero

Escena Primera

 

Fedra, Enona

 

FEDRA.— ¡Ah! ¡Llévense lejos los honores que me envían! ¿Puedes desear

que me vean, importuna? ¿Con qué vienes a halagar mi espíritu

desolado? Mas bien procura ocultarme: he hablado por demás. Osaron

esparcirse fuera mis furores. Y he pronunciado aquello que jamás

debió oírse. ¡Cielos! ¡Cómo me escuchaba! ¡Con cuántos rodeos

eludió largo tiempo mis palabras, el insensible! ¡De qué modo

anhelaba una pronta retirada! ¡Y cómo redobló mi vergüenza su rubor!

¿Por qué estorbaste mi funesto designio? ¡Ay! ¿Palideció por mí

cuando su espada iba a buscar mi seno? ¿Me la arrancó? Bastó que mi

mano la tocara sólo una vez para que se volviera horrible a sus ojos

inhumanos; profanaría ya sus manos ese desdichado acero.

ENONA.— Así, al pensar solamente en lamentar vuestras desgracias,

alimentáis un fuego que debería extinguirse. ¿No sería mejor, como

digna descendiente de Minos, buscar vuestro reposo en más nobles

afanes, recurrir a la fuga contra aquel ingrato, reinar y asumir, la

dirección del Estado?

FEDRA.— ¡Yo reinar! ¡Yo regir un Estado con mi ley, cuando mi débil razón

no reina ya sobre mí! ¡Cuando he abandonado el dominio de mis

sentidos! ¡Cuando respiro apenas bajo un vergonzoso yugo! ¡Cuando

me muero!

ENONA.— Huid.

FEDRA.— No puedo dejarlo.

ENONA.— Osasteis desterrarlo y no osáis huir de él.

FEDRA.— Ya no es tiempo. El sabe de mis insensatos ardores. Han sido

traspuestos los límites del pudor auste-35ro. Ante los ojos de mi

vencedor confesé mi vergüenza, y la esperanza se deslizó en mi

corazón, a despecho mío. Tú misma, reanimando mis desfallecidas

fuerza y mi alma, errante ya sobre mis labios, has sabido revivirme

con tus aduladores consejos. Tú me has hecho atisbar que podía

amarlo.

ENONA.— Ay, inocente o culpable de vuestras desdichas, ¿de qué no hubiera

sido capaz por salvaros? Pero si alguna vez la ofensa irritó vuestro

espíritu ¿podéis olvidar los desprecios de ese furioso? ¡Con qué ojos

crueles os dejó su obstinado rigor poco menos que prosternada a sus

pies! ¡Qué odioso lo volvía su feroz orgullo! ¡Ah! ¿Por qué no tuvo

mis ojos Fedra en ese instante?

FEDRA.— Enona, él puede abandonar ese orgullo que te hiere. Tiene la rudeza

de los bosques en que fue criado. Endurecido por costumbres salvajes,

Hipólito oye hablar de amor por primera vez. Acaso la sorpresa ha

provocado su silencio, y acaso nuestras quejas son demasiado

violentas.

ENONA.— Pensad que una bárbara lo ha llevado en su seno.

FEDRA.— Ella amó, sin embargo, aunque fuera escita y bárbara.

ENONA.— Él tiene un odio fatal contra, todo nuestro sexo.

FEDRA.— Así no temeré rivales. Pasó la época de tus consejos, Enona. Sirve a

mi furor y no a mi razón. El opone al amor un corazón inaccesible:

busquemos el punto débil para atacarlo. Parece que lo conmueven las

delicias del poder; Atenas lo atraía sin que pudiera ocultarlo; hacia ella

dirigían la proa sus navíos, y ya la vela flotaba abandonada al viento.

Enona, ve a hablar en mi nombre a ese ambicioso joven: haz que la

diadema brille ante sus ojos. Que sobre su frente descanse la sacra

corona; yo no quiero otro honor que el de unirlo a mí. Cedámosle ese

poder que soy inútil para conservar, Él instruirá a mi hijo en el arte del

gobierno; quizá acceda a servirle de padre, Yo dejo en su poder al hijo

y a la madre. En fin, ensaya cualquier medio para que ceda: tus

palabras serán mejor acogidas que las mías. Urge, llora, gime; píntale

a Fedra moribunda; no te ruborices de tomar una voz suplicante. Te

aprobaré en todo; sólo en ti espero. Ve, aguardo tu vuelta para

disponer de mí.