Fedra
Acto tercero
Escena Primera
Fedra, Enona
FEDRA.— ¡Ah! ¡Llévense lejos los honores que me envían! ¿Puedes desear
que me vean, importuna? ¿Con qué vienes a halagar mi espíritu
desolado? Mas bien procura ocultarme: he hablado por demás. Osaron
esparcirse fuera mis furores. Y he pronunciado aquello que jamás
debió oírse. ¡Cielos! ¡Cómo me escuchaba! ¡Con cuántos rodeos
eludió largo tiempo mis palabras, el insensible! ¡De qué modo
anhelaba una pronta retirada! ¡Y cómo redobló mi vergüenza su rubor!
¿Por qué estorbaste mi funesto designio? ¡Ay! ¿Palideció por mí
cuando su espada iba a buscar mi seno? ¿Me la arrancó? Bastó que mi
mano la tocara sólo una vez para que se volviera horrible a sus ojos
inhumanos; profanaría ya sus manos ese desdichado acero.
ENONA.— Así, al pensar solamente en lamentar vuestras desgracias,
alimentáis un fuego que debería extinguirse. ¿No sería mejor, como
digna descendiente de Minos, buscar vuestro reposo en más nobles
afanes, recurrir a la fuga contra aquel ingrato, reinar y asumir, la
dirección del Estado?
FEDRA.— ¡Yo reinar! ¡Yo regir un Estado con mi ley, cuando mi débil razón
no reina ya sobre mí! ¡Cuando he abandonado el dominio de mis
sentidos! ¡Cuando respiro apenas bajo un vergonzoso yugo! ¡Cuando
me muero!
ENONA.— Huid.
FEDRA.— No puedo dejarlo.
ENONA.— Osasteis desterrarlo y no osáis huir de él.
FEDRA.— Ya no es tiempo. El sabe de mis insensatos ardores. Han sido
traspuestos los límites del pudor auste-35ro. Ante los ojos de mi
vencedor confesé mi vergüenza, y la esperanza se deslizó en mi
corazón, a despecho mío. Tú misma, reanimando mis desfallecidas
fuerza y mi alma, errante ya sobre mis labios, has sabido revivirme
con tus aduladores consejos. Tú me has hecho atisbar que podía
amarlo.
ENONA.— Ay, inocente o culpable de vuestras desdichas, ¿de qué no hubiera
sido capaz por salvaros? Pero si alguna vez la ofensa irritó vuestro
espíritu ¿podéis olvidar los desprecios de ese furioso? ¡Con qué ojos
crueles os dejó su obstinado rigor poco menos que prosternada a sus
pies! ¡Qué odioso lo volvía su feroz orgullo! ¡Ah! ¿Por qué no tuvo
mis ojos Fedra en ese instante?
FEDRA.— Enona, él puede abandonar ese orgullo que te hiere. Tiene la rudeza
de los bosques en que fue criado. Endurecido por costumbres salvajes,
Hipólito oye hablar de amor por primera vez. Acaso la sorpresa ha
provocado su silencio, y acaso nuestras quejas son demasiado
violentas.
ENONA.— Pensad que una bárbara lo ha llevado en su seno.
FEDRA.— Ella amó, sin embargo, aunque fuera escita y bárbara.
ENONA.— Él tiene un odio fatal contra, todo nuestro sexo.
FEDRA.— Así no temeré rivales. Pasó la época de tus consejos, Enona. Sirve a
mi furor y no a mi razón. El opone al amor un corazón inaccesible:
busquemos el punto débil para atacarlo. Parece que lo conmueven las
delicias del poder; Atenas lo atraía sin que pudiera ocultarlo; hacia ella
dirigían la proa sus navíos, y ya la vela flotaba abandonada al viento.
Enona, ve a hablar en mi nombre a ese ambicioso joven: haz que la
diadema brille ante sus ojos. Que sobre su frente descanse la sacra
corona; yo no quiero otro honor que el de unirlo a mí. Cedámosle ese
poder que soy inútil para conservar, Él instruirá a mi hijo en el arte del
gobierno; quizá acceda a servirle de padre, Yo dejo en su poder al hijo
y a la madre. En fin, ensaya cualquier medio para que ceda: tus
palabras serán mejor acogidas que las mías. Urge, llora, gime; píntale
a Fedra moribunda; no te ruborices de tomar una voz suplicante. Te
aprobaré en todo; sólo en ti espero. Ve, aguardo tu vuelta para
disponer de mí.