Félix de Lusitania

Jesus Sanchez Adalid · Capítulo 4 de 58

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Félix de Lusitania

Capítulo 4

Si quisiera explicaros cómo me sentía en aquel tiempo, no encontraría la manera de hacerlo. ¿Qué me estaba sucediendo? Yo mismo era incapaz de comprenderlo. Pero aún me pregunto por qué hay ocasiones en la vida que la luz despliega todo su fulgor sobre el alma y se ve el mundo

claro y transparente, pareciéndonos que esa iluminación va a permanecer ya para siempre. Sin embargo, esa luz, por brillante que sea, no permanece, sino que se retira cuando ella quiere y no puedes retenerla. Es como si hubieras ascendido a una alta montaña y hubieras contemplado el horizonte, con su final lejano, infinito, aunque hospitalario y accesible por la red de sus caminos, sorteando las suaves irregularidades de sus montes y valles; pero al descender de la altura al pie de la montaña, el horizonte desaparece detrás de innumerables obstáculos que se yerguen y los senderos se pierden entre arduas pendientes, ásperos pedregales y agrestes derroteros. A pesar de que llegué dolido y confuso, después de huir de Persia y atravesar el ardoroso desierto, en Bostra había encontrado el sosiego. Y

después, en el viaje con los cristianos por Palestina, tuve la sensación de que todo se volvía meridiano, puro, y que desaparecían los oscuros rincones de la duda y el miedo.

Especialmente en lo alto del Monte Tabor, el mundo, la vida y la muerte habían cobrado sentido. Pero en Jerusalén esa claridad se desvaneció. ¿Adónde se había ido la luz?

Durante mi estancia en el campamento militar de Aelia Capitolina, acudí varias veces con Racilio al culto a Júpiter Serapis, en el templo situado en el extremo norte de la muralla, donde se encontraba el famoso sepulcro de Jesús el Nazareno. El rito era siempre el mismo: se sacrificaba una víctima y se hacía la plegaria invocando al dios para que acudiese desplegando los rayos de su brillante sol y disipara las sombras de la muerte. Júpiter se identificaba aquí con Serapis, el Osiris de los egipcios. Y como el acto tenía lugar antes del amanecer, la primera luz de la mañana coincidía con el final de las invocaciones y el efecto no podía ser más ilustrativo.

Con frecuencia me preguntaba qué sentirían los cristianos al saber que delante de su venerado sepulcro tenía lugar cada mañana el culto al Dim Pater de los que ellos llamaban gentiles. Y me hubiera sentido incómodo si el

obispo Berilo y Orígenes me hubieran visto allí participando de las celebraciones. Pero supuse que el maestro habría regresado a Cesarea y los demás a la provincia de Arabia.

Retorné pues a los dioses y procuré olvidarme de momento de cuanto había conocido de la fe de los cristianos. Al principio fue como un alivio, pero pronto me di cuenta de que no estaba tranquilo del todo.

Me desilusioné después de acudir varias semanas al templo de Júpiter Serapis. Era lo de siempre. Y Racilio, que era un inculto, no creía en otra cosa que en el poder de la sangre de los carneros y el humo de la grasa quemada para inclinar al dios a su favor. Pero tampoco el sumo sacerdote guardaba el secreto de un misterio singular, como en un principio me había parecido. Todo era una extraña y forzada mezcla entre la religión tradicional, los ritos del Más Allá de los egipcios y la confusa intuición de que en aquel lugar había resucitado un semidiós.

Elintos era otra cosa. A diferencia de Racilio, él había recibido una buena instrucción en Alejandría, nada menos que en la escuela del afamado filósofo Plotino. Al menos se podía hablar de todo con él, aunque tampoco fuera capaz de comprenderme. Pero fue estupendo tener a alguien con quien divertirse y poder desahogarse de vez en cuando. Al vivir su familia en un apartado pueblo de la costa, era libre en Aelia y se desenvolvía como un soltero, no desaprovechando cualquier oportunidad que le saliera al paso. «Ya tendré tiempo de cargar con hijos y nietos», solía decir para justificarse. Una de las veces que fuimos a beber vino al Pozo de Sisinia, le conté mi experiencia con los cristianos, la peregrinación por Galilea y todo lo demás.

—Pero... ¿te has vuelto majareta? —exclamó dando un respingo—. ¡Anda, no me tomes el pelo!

—Que sí, hombre, que es verdad. ¿Por qué crees que terminé viniendo aquí, a Aelia?

Ya sabes que ésta es la ciudad Santa de los judíos y los cristianos. La peregrinación que emprendí con ellos

terminaba aquí en Jerusalén.

—¡Oh, Félix! —dijo sin salir de su asombro—. ¡Pobre Félix!

¡Cómo has podido caer en manos de esa gente! ¡Con lo sensato que tú eras!

—Bueno, bueno —repuse—. No me malentiendas. Yo no he dicho que me haya hecho cristiano. Solamente te he contado que leí algunos de sus libros y que seguí a sus maestros en un viaje por Palestina.

—¡Ah! ¿Te parece poco? ¿Es que no has comprobado por ti mismo la palabrería que tienen y lo habilidosos que son para captar adeptos?

—Nadie me forzó a nada. No soy un niño... ni un tonto —

repliqué enojado.

—Ya, ya... No te enfades, hombre. Pero me ha sorprendido tanto...

—¿Sabes una cosa, Elintos?, no son tan estúpidos como nos habían dicho.

—¿Ah, no? ¿Y puedes decirme qué tiene de bueno esa doctrina? ¿Qué has visto de nuevo en ella que te haya seducido?

—Ese... —balbuceé tímidamente—. Ese Jesús. Él es la novedad.

—¡Ah, ja, ja, ja...! —rió a mandíbula batiente—. ¡Pero bueno! ¿Se puede saber qué

cuento te han contado?

—No, Elintos —repliqué con nerviosismo—, no me entiendes. Te repito que yo no me he hecho cristiano. Pero...

no voy a negarte que ese Jesús me fascinó. Es algo...

distinto.

¡Créeme! Su... su visión de la vida... Su fuerza... Era inútil. Me sentía incapaz de explicárselo. Algo había sucedido. Aquella imagen, o mejor, presencia, con toda su fuerza, se había desvanecido.

—No sé explicártelo —proseguí—. Pero hay algo en él...

¿Cómo decirlo? ¡Su vida! ¡Sí, eso, su vida! Es diferente...

Hizo milagros, ¿sabes, Elintos?

—Milagros, milagros... ¿Qué milagros? —replicó él—. ¿No vendrás a decirme que te has creído todo eso que cuentan?

—Hubo testigos —repuse—. La gente lo vio y lo contó a sus hijos y a sus nietos.

—¡Idiota! ¡Cómo has podido dejarte embaucar! Yo te diré quién era ese Jesús. ¿No te han contado cómo vino al mundo?

—De una virgen, me dijeron.

—Sí, claro, de una virgen. Nació del adulterio de un soldado con una virgen seducida, trabajó de jornalero en Egipto, donde aprendió artes mágicas y curanderismo, con cuyos trucos logró más adelante en su tierra proclamarse dios o hijo de dios.

—Pero la gente le seguía —repuse—. Tuvo muchos discípulos. No es fácil tener engañada a la gente mucho tiempo.

—¡Bah! Una panda de pescadores y alcabaleros, con los que anduvo por ahí errante mendigando ignominiosamente el sustento.

—¿Y los milagros?

—¡Ya te lo he dicho! Magia, taumaturgia barata, curanderismo... Y mucha imaginación. A la gente le gusta creer que ha visto lo que en realidad deseaba ver. Pero ¿hay alguna prueba? ¿Tenemos algo de aquello? Es muy fácil inventar lo que pasó hace más de doscientos años. ¡Como no queda nadie vivo para contarlo...!

—Re... sucitó —dije casi sin fuerzas.

—¡Cuento puro! —me espetó a la cara con unos ojos inyectados de seguridad—.

¡Cómo no iban a hablar de resurrección si querían ganarse a la gente después de que su maestro les había fallado!

—¿Fallado? Él no pretendía nada...

—Fue un fanfarrón y, en todo caso, un puro hombre que pretendió ser superior a los demás, como tantos otros que

lo han intentado y han fracasado. ¿A quién no le gusta ser adorado?

—Pero, Elintos, él no sacó nada bueno de todo aquello.

Se lo cargaron, y él lo aceptó.

¿No es eso algo diferente?

—¡Pues ése es el mayor escándalo! La prueba patente de que nada divino había en él. Si era Dios, ¿por qué se dejó humillar de aquella manera? ¿Por qué se dejó clavar en la cruz y no desapareció súbitamente de ella? ¿Por qué no aniquiló a los que lo fueron a prender? Lo lógico hubiera sido hacer un prodigio en ese momento. Hacer temblar los cielos, llamar a los ejércitos de seres celestes, descender triunfante... Entonces todos le hubiéramos creído y se acabó el problema.

Pero... ¿a qué tanto misterio? ¿No es vergonzosa una fe que adora a un fracasado?

—Pero, si resucitó —repliqué—, todo eso tiene sentido. Es el triunfo final de la vida y la verdad.

—¿Y si no? Porque son ellos los únicos que dicen haberle visto... Félix, querido amigo, dejémonos de tonterías. ¿A qué viene esa resurrección extraña, casi en secreto? ¿No es como tantas y tantas otras resurrecciones de que nos habla la literatura griega? Pero

¿quién ha visto jamás a un muerto vuelto a la vida?

Me quedé mudo. ¿Qué podía contestarle más a Elintos, cuando yo mismo estaba convencido de cuanto me decía?

Sus razonamientos eran fulminantes, irreductiblemente lógicos.

—Sólo una cosa, Elintos —le dije desde mi frustración—.

¿De dónde has extraído toda esa información? ¿Qué maestro te habló así acerca de los cristianos?

—Fue en Alejandría. Allí hace tiempo que se enfrentan a esa plaga. Los maestros saben muy bien argumentar en su contra. Pero sobre todo fue en un libro donde aprendí la verdad acerca de ese Jesús.

—¿De qué libro se trata?

—El Discurso de la verdad de Celso. Es absolutamente genial, decisivo. Deberías leerlo cuanto antes. No hay mejor revulsivo para vomitar las mentiras cristianas que uno se ha tragado.

—Quiero leerlo. ¿Lo tienes?

—¡Naturalmente! Yo también estuve a punto de picar en el anzuelo de esos necios. Mañana mismo, en el campamento, te daré el libro.

Me lo leí de un tirón y ¡vaya si vomité! Se me llenó de bilis la garganta y de amargura toda el alma. El libro de Celso no me gustó: era negativo, hiriente, ácido e insultante; pero no voy a negar que resultaba lógico en sus planteamientos. El misterio del cristianismo quedaba disuelto en sus razonamientos. La conclusión del Discurso de la verdad era ésta: que el cristianismo era la suprema necedad, y que con él, siglos de conocimiento y sabiduría intelectual quedaban descalificados y anulados. La necedad se proclamaba un bien, y la ciencia un mal. Religiosamente, el cristianismo y su tronco o raíz, el judaismo, eran un amasijo de absurdos en pugna con la razón y la filosofía.

Desde luego, una vez terminada su lectura, se me hizo dentro un gran vacío y la tristeza se adueño de mí. Cuando fui a devolverle el libro a Elintos, debió de adivinarlo al ver mi semblante. Estaba echado en su jergón con los codos apuntando al techo y las manos detrás de la nuca, canturreando. Me miró y, como si me estuviera esperando, me dijo esbozando una maliciosa sonrisa:

-¿Qué?

—Ahí tienes tu libro —respondí, dejándolo caer sobre la mesa.

—Estás hecho polvo, no lo niegues. Se te ha derrumbado tu sombrajo cristiano y estás a la intemperie. ¡Ánimo, hombre!

Saltó de la cama y me rodeó del cuello cariñosamente con el brazo. Me dijo al oído:

—Pobre Félix. ¿Creías haber encontrado la panacea?

Mira, querido amigo, eres muy joven, y muy apuesto; no debes permitirte el lujo de ponerte triste. El mundo está ahí afuera, aguardándonos. Ya viste cómo se derretían las mujeres cuando nos vieron entrar aquella noche en el local de Sisinia. ¡Anda, no te dejes decaer! Vayamos a los baños, recibamos un buen masaje, pasemos por las manos del tonsor y descubramos el mejor vino esta noche. Créeme, la filosofía más dulce es el placer, y la religión más verdadera, vivir el presente. ¡Disfruta como si las viejas parcas no existieran!