Feminismos
Abriendo el Camino
Los textos incluidos en este capítulo reúnen aportaciones de las primeras pensadoras que abrieron el camino. En primer lugar, aquellas que comenzaron a cuestionar la dominación masculina, cuyos planteamientos, en muchas ocasiones, no han perdido radicalidad. Por otro lado, aquellas que empezaron a reclamar el acceso de las mujeres a la educación como herramienta para transformar su situación y mostrar que la inferioridad de la inteligencia femenina no era más que una de las muchas ficciones patriarcales. Y por último, las sufragistas que lucharon por el sufragio universal.
LOS PRIMEROS PLANTEAMIENTOS CONTRA «EL ORDEN NATURAL DE LAS COSAS»
Como el brotar de una fuente, una serie de autores, uno después de otro,
venían a mi mente con sus opiniones y tópicos sobre la mujer.
Finalmente, llegué a la conclusión de que al crear Dios a la mujer había
creado un ser abyecto. No dejaba de sorprenderme que tan gran Obrero
hubiera podido consentir hacer una obra abominable, ya que, si creemos
a esos autores, la mujer sería una vasija que contiene el poso de todos los
vicios y males. Abandonada a estas reflexiones, quedé consternada e
invadida por un sentimiento de repulsión, llegué a despreciarme a mí
misma y a todo el sexo femenino, como si Naturaleza hubiera engendrado
monstruos. Así me iba lamentando:
—¡Ay Señor! ¿Cómo puede ser, cómo creer sin caer en el error de que tu
sabiduría infinita y tu perfecta bondad hayan podido crear algo que no sea
bueno? ¿Acaso no has creado a la mujer deliberadamente, dándole todas
las cualidades que se te antojaban? ¿Cómo es posible que te equivocaras?
Sin embargo, aquí están tan graves acusaciones, juicios y condenas contra
las mujeres. No alcanzo a comprender tamaña aberración.
Si es verdad, señor Dios, que tantas abominaciones concurren en la
mujer, como muchos afirman —y si tú mismo dices que la concordancia
de varios testimonios sirve para dar fe, tiene que ser verdad—, ¡ay, Dios
mío, por qué no me has hecho nacer varón para servirte mejor con todas
mis inclinaciones, para que no me equivoque en nada y tenga esta gran
perfección que dicen tener los hombres! Ya que no lo quisiste así y no
extendiste hacia mí tu bondad, perdona mi flaco servicio y dígnate en
recibirlo, porque el servidor que menos recibe de su señor es el que menos
obligado queda.
Así, me deshacía en lamentaciones hacia Dios, afligida por la tristeza y
llegando en mi locura a sentirme desesperada porque Él me hubiera
hecho nacer dentro de un cuerpo de mujer.
CHRISTINE DE PIZAN (1365-1430),
La ciudad de las Damas, 1405
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.
Si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿Por qué queréis que obren bien,
si las incitáis al mal?
Parecer quiere el denuedo,
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco,
y luego le tiene miedo.
Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué honor puede ser más raro
que el que falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos si os tratan mal,
burlándoos si os quieren bien.
Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite es ingrata,
y si os admite es liviana.
Siempre tan necio andáis,
que con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende,
y la que es fácil enfada?
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
es una pasión errada,
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga,
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?
Pues, ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
queredlas cuál las hacéis
o hacedlas cuál las buscáis.
JUANA INÉS DE LA CRUZ (1651-1695), «Hombres necios», ¿1689?
Por cierto, en el nuevo código de leyes, que supongo tendréis que
redactar, desearía que te acordases de las damas, y que fueses más
generoso y condescendiente con ellas que tus antepasados. No pongas un
poder tan ilimitado en las manos de los maridos. Recuerda que todos los
hombres serían tiranos si pudiesen. Si no se nos presta especial atención y
cuidado a las damas, estamos decididas a organizar una rebelión. No nos
consideramos obligadas a obedecer ninguna ley en la que no hayamos
tenido ni voz ni voto.
Que los de tu sexo sois, por naturaleza, tiránicos es una verdad tan
cabalmente establecida que no admite discusión; pero aquellos que
deseéis la felicidad debéis suprimir el duro título de amo por otro más
afectuoso y tierno, como es el de amigo. Por lo tanto, ¿por qué no dejar
fuera de la potestad de los malvados y de los sin ley el poder valerse
impunemente de nosotras con crueldad e indignidad? Los hombres
sensatos de todas las épocas han sentido aversión por esas costumbres por
las que se nos trata únicamente como esclavas de vuestro sexo.
ABIGAIL SMITH ADAMS (1744-1818),
«Carta a John Adams[7]», 1776
Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta; por lo
menos no le privarás ese derecho. Dime, ¿qué te da imperio soberano para
oprimir a mi sexo? ¿Tu fuerza? ¿Tus talentos? Observa al Creador en su
sabiduría, observa en toda su grandiosidad esa naturaleza con la cual
parece que quieres estar en armonía, y dame, si te atreves, un ejemplo de
su imperio tiránico. Dirígete a los animales, consulta los elementos,
estudia las plantas, finalmente echa un vistazo a todas las modificaciones
de la materia orgánica, y ríndete a la evidencia cuando yo te ofrezca los
medios; busca, prueba, y distingue, si tú puedes, los sexos en la
administración de la naturaleza. Allí donde mires los encontrarás
mezclados, en todas partes cooperan en armoniosa unión en esta obra
maestra inmortal.
El hombre ha levantado solo sus circunstancias excepcionales desde un
principio. Extraño, ciego, hinchado con la ciencia y degenerado —en un
siglo de ilustración y sabiduría— en la ignorancia más crasa, él quiere
ordenar como un déspota a un sexo que está en la plena posesión de sus
facultades intelectuales; él finge para gozar la Revolución y reclamar sus
derechos a la igualdad sin decir nada más acerca de ello.
Para ser decretados por la Asamblea nacional en sus últimas sesiones o en
la próxima legislatura.
PREÁMBULO
Las madres, las hijas, las hermanas, representantes de la Nación, solicitan
ser constituidas en Asamblea nacional. Considerando que la ignorancia, el
olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de
las desgracias públicas y de la corrupción de los gobiernos, han decidido
exponer en una solemne declaración los derechos naturales, inalienables y
sagrados de la mujer, con el fin de que esta declaración, presente
continuadamente en la mente de todo el cuerpo social, les recuerde sin
cesar sus derechos y deberes; con el fin de que los actos de poder de las
mujeres y los actos de poder de los hombres puedan ser comprados en
cualquier momento con el objetivo de toda institución política, y sean más
respetados; con el fin de que las reclamaciones de las ciudadanas, basadas
en lo sucesivo en principios sencillos e incontrovertibles, protejan siempre
la Constitución, las buenas costumbres y la felicidad de todos.
En consecuencia, el sexo superior, tanto en belleza como en valor —como
demuestran los sufrimientos maternales—, reconoce y declara, en
presencia y bajo los auspicios del Ser Supremo, los siguientes Derechos de
la Mujer y de la Ciudadana:
ARTÍCULO I. La mujer nace libre y permanece igual al hombre en
derechos. Las distinciones sociales no pueden estar basadas más que en la
utilidad común.
ARTÍCULO II. El objetivo de toda asociación política es la conservación
de los derechos naturales e inalienables de la mujer y del hombre; estos
derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y, sobre todo, la
resistencia a la opresión.
ARTÍCULO III. El principio de toda soberanía reside, esencialmente, en
la Nación, que no es sino la reunión de la mujer y del hombre; ninguna
corporación o individuo puede ejercer autoridad alguna que no emane
expresamente de ella.
ARTÍCULO IV. La libertad y la justicia consisten en devolver todo cuanto
pertenece a los demás; así pues, el ejercicio de los derechos naturales de la
mujer no tiene más limitaciones que la tiranía perpetua a la que el
hombre la somete; estos límites deben ser modificados por las leyes de la
naturaleza y de la razón. […]
Mujer, despierta; el rebato de la razón se hace oír en todo el universo;
reconoce tus derechos. El potente imperio de la naturaleza ha dejado de
estar rodeado de prejuicios, fanatismos, supersticiones y mentiras. La
antorcha de la verdad ha disipado todas las nubes de la necedad y la
usurpación. El hombre esclavo ha redoblado sus fuerzas y ha necesitado
apelar a las tuyas para romper sus cadenas. Pero una vez en libertad, ha
sido injusto con su compañera. ¡Oh, mujeres! ¡Mujeres! ¿Cuándo dejaréis
de estar ciegas? ¿Qué ventajas habéis obtenido de la Revolución? Un
desprecio más marcado, un desdén más visible […]. Cualesquiera sean los
obstáculos que os opongan, podéis superarlos; os basta con desearlo.
OLYMPE DE GOUGES(1748-1793), Declaración
de los derechos de la mujer y la ciudadana, 1791
Después de considerar el transcurrir histórico y observar el mundo
viviente con ansiosa solicitud, las emociones más melancólicas de triste
indignación han afligido mi espíritu; he suspirado cuando me he visto
obligada a confesar que la Naturaleza ha hecho una gran diferencia entre
un hombre y otros, o que la civilización que hasta ahora ha habido en el
mundo ha sido muy parcial. He revisado diversos libros sobre educación y
he observado pacientemente el comportamiento de los padres y
administración de las escuelas; pero ¿cuál ha sido el resultado? La
profunda convicción de que la educación descuidada de mis compañeras
es la gran fuente de desgracia que deploro, así como de que a las mujeres,
en particular, se las hace débiles y desgraciadas por una variedad de
causas concurrentes, derivadas de una conclusión precipitada. El
comportamiento y la forma de ser de las mujeres, de hecho, prueban con
claridad que sus mentes no se encuentran en un estado saludable, pues,
como ocurre con las flores plantadas en una tierra demasiado rica, la
fortaleza y la utilidad se sacrifican a la belleza[…].
Espero que mi propio sexo me disculpe si trato a las mujeres como
criaturas racionales en vez de halagar sus encantos fascinantes y
considerarlas como si estuvieran en un estado de eterna infancia,
incapaces de valerse por sí mismas. Deseo de veras mostrar en qué
consiste la verdadera dignidad y felicidad humana. Deseo persuadir a las
mujeres para que intenten adquirir fortaleza, tanto de mente como de
cuerpo […]. Desechando, pues, esas bellas frases femeninas que los
hombres utilizan con condescendencia para dulcificar nuestra
dependencia servil, y despreciando esa débil elegancia de mente, esa
sensibilidad exquisita y dulce docilidad de conducta que se supone
constituyen las características sexuales del recipiente más frágil, deseo
mostrar que la elegancia es inferior a la virtud, que el primer objetivo de
una loable ambición es adquirir un carácter como ser humano, sin tener
en cuenta la distinción de sexo, y que las observaciones secundarias
deberían ser conducidas a esta simple piedra de toque.
MARY WOLLSTONECRAFT (1759-1797), Vindicación de los derechos de la
mujer, 1792
A la mujer se la ha aislado y, mientras que se la ha despojado de las
virtudes que deberían engalanar a toda la humanidad, se la ha cubierto de
gracias artificiales que le permiten ejercer una breve tiranía. Al ocupar el
amor en su corazón el lugar de cualquier pasión más noble, su única
ambición es ser bella, producir emoción en vez de inspirar respeto; y este
hecho innoble, como el servilismo en las monarquías absolutas, destruye
toda la fuerza del carácter. La libertad es la madre de la virtud, y si las
mujeres fueran esclavas por naturaleza y no se las permitiese respirar el
aire estimulante y fortificador de la libertad, languidecerían como plantas
exóticas y serían consideradas como bellas imperfecciones de la
naturaleza.
MARY WOLLSTONECRAFT (1759-1797), Vindicación de los derechos de la
mujer, 1792
Os burláis de la idea de que su natural amor por la libertad le hierva en el
corazón, de que una idea precisa de la justicia le incite a reclamar sus
derechos.
Dios quisiera que os dieseis cuenta de la abrasadora indignación que llena
el alma de la mujer cuando pasa las hojas de vuestros códigos y ve que
vosotros, los hombres liberales, tratáis a vuestras mujeres como si fuerais
barones feudales. Ojalá pudierais daros cuenta de la humillación que
siente por su sexo cuando piensa que todos los jóvenes imberbes que
trabajan en vuestras oficinas están aprendiendo esas ideas de una justicia
unilateral, están tomando sus primeras lecciones en el desprecio hacia la
mujer y siendo indoctrinados acerca de la incapacidad de sus madres y los
derechos soberanos y absolutos del hombre sobre todas las mujeres, sobre
los hijos, sobre la propiedad, y que estos van a ser nuestros futuros
presidentes, jueces, esposos y padres…
En conclusión, por lo tanto, no nos cabe más que alegar, en nombre de las
mujeres de este Estado, que pedimos todo lo que habéis pedido para
vosotros en el transcurso de vuestro progreso, desde que el MayFlower[8]
echase el ancla junto al peñón de Plymouth, basándonos sencillamente en
que los derechos de cada ser humano son iguales e idénticos. Quizá diréis
que la masa de las mujeres de este Estado no hace esta demanda; y solo
viene de algunas criadas viejas y desilusionadas y de mujeres sin hijos. Os
equivocáis, la masa habla a través de nosotras.
ELIZABETH CADY STANTON (1815-1902), «Discurso pronunciado ante la
Asamblea Legislativa del Estado de Nueva York», 1854
Si dejando las costumbres pasamos a las leyes, ¿qué es lo que ven nuestros
ojos? ¡Ah! Un espectáculo más bien triste, porque la ley no tiene la
flexibilidad de los afectos, y si el padre, y el esposo, y el hermano son
inconsecuentes para ser justos, la ley inflexible no se compadece del dolor
ni se detiene ante la injusticia. Las condiciones de la ley pesan sin lenitivo
alguno sobre la mujer desdichada. Exceptuando la ley de gananciales,
tributo no sabemos cómo pagado a la justicia, rayo de luz que ha
penetrado en obscuridad tan profunda, las leyes civiles consideran a la
mujer como menor si está casada, y aun no estándolo, le niegan muchos
de los derechos concedidos al hombre.
Si la ley civil mira a la mujer como a un ser inferior al hombre, moral e
intelectualmente, ¿por qué la ley criminal le impone iguales penas cuando
delinque? ¿Por qué para el derecho es mirada como inferior al hombre, y
ante el delito se la tiene por igual a él? ¿Por qué no se la mira como al niño
que obra sin discernimiento, o cuando menos como al menor? Porque la
conciencia alza su voz poderosa y se subleva ante la idea de que el sexo sea
un motivo de impunidad, porque el absurdo de la inferioridad moral de
una mujer toma aquí tales proporciones que lo ven todos: porque el error
llega a uno de esos casos en que necesariamente tiene que limitarse a sí
mismo, que transigir con la verdad y optar por la contradicción. Es
monstruosa la que resulta entre la ley civil y la ley criminal; la una nos
dice: «Eres un ser imperfecto; no puedo concederte derechos». La otra:
«Te considero igual al hombre y te impongo los mismos deberes; si faltas a
ellos, incurrirás en idéntica pena».
La mujer más virtuosa e ilustrada se considera por ley como inferior al
hombre más vicioso e ignorante, y ni el amor de madre, ¡ni el santo amor
de madre!, cuando queda viuda, inspira al legislador confianza de que
hará por sus hijos tanto como el hombre. ¡Absurdo increíble!
Es tal la fuerza de la costumbre, que saludamos todas las injusticias con el
nombre de derecho.
Podríamos recorrer la órbita moral y legal de la mujer y hallaríamos en
toda ella errores, contradicciones e injusticias. La mitad del género
humano, la que más debiera contribuir a la armonía, se ha convertido por
el hombre en un elemento de desorden, en un auxiliar del caos, de donde
salen antagonismos y luchas sin fin.
Los problemas de la mujer en sus relaciones con el hombre y con la
sociedad están siempre más o menos fuera de la ley lógica. ¿Es esto
razonable? ¿Es racional siquiera?
CONCEPCIÓN ARENAL (1820-1893),
La mujer del porvenir, 1861
CONSIDERANDO:
Que está convenido que el gran precepto de la naturaleza consiste en que
«el hombre ha de perseguir su verdadera felicidad». Blackstone insiste en
sus [9] Comentarios que esta ley de la naturaleza, coetánea a la humanidad
y dictada por el mismo Dios, es por supuesto superior a ninguna otra.
Obliga en cualquier lugar del globo, en todos los países y en todos los
tiempos; invalida cualquier ley humana que la contradiga, y por ello
constituye el origen mediano e inmediato de la autoridad y validez de
todas ellas; en consecuencia:
DECIDIMOS:
Que todas aquellas leyes que entorpezcan la verdadera y sustancial
felicidad de la mujer son contrarias al gran precepto de la naturaleza y no
tienen validez, pues este precepto tiene primacía sobre cualquier otro.
Que la mujer es igual al hombre, que así fue establecido por el Creador y
que por el bien de la raza humana exige que sea reconocida como tal.
Que las mujeres de este país deben ser instruidas en las leyes vigentes, que
no deben aceptar su degradación, manifestándose satisfechas con su
situación o con su ignorancia y afirmando que gozan de todos los
derechos a los cuales aspiran.
Que puesto que el hombre pretende ser superior intelectualmente y
admite que la mujer lo es moralmente, es preeminente deber suyo
animarla a que hable y predique cuando tenga oportunidad en todas las
reuniones religiosas.
Que la misma proporción de virtud, delicadeza y refinamiento en el
comportamiento que se exige a la mujer en la sociedad, sea exigido al
hombre, y las mismas infracciones sean juzgadas con igual severidad,
tanto en el hombre como en la mujer.
Que la acusación de falta de delicadeza y de decoro de la que a menudo es
acusada la mujer cuando se manifiesta públicamente proviene sin gracia
alguna de los mismos que con su presencia la animan a actuar en
escenarios, conciertos y fiestas circenses.