Foucault
Del archivo al diagrama
DEL ARCHIVO
AL DIAGRAMA
UN NUEVO ARCHIVISTA
(«La arqueología del saber»)
Un nuevo archivista es nombrado en la ciudad. Pero ¿es verdaderamente nombrado? ¿No actúa según sus propias directrices? Algunos rencorosos dicen que es el nuevo representante de una tecnología, de una tecnocracia estructural. Otros, que toman su estupidez por una ocurrencia, dicen que es agente de Hitler, o que cuando menos ofende a los derechos humanos (no le perdonan que haya anunciado la
«muerte del hombre»[16]). Otros dicen que es un simulador que no puede apoyarse en ningún texto sagrado, que apenas cita a los grandes filósofos. Otros, por el contrario, se dicen que algo nuevo, profundamente nuevo, ha nacido en filosofía, y que esta obra tiene la belleza de lo que rechaza: una mañana de fiesta.
En cualquier caso, todo comienza como en un relato de Gogol (mejor incluso que de Kafka). El nuevo archivista anuncia que ya sólo considerará enunciados. No se ocupará de lo que de mil maneras preocupaba a los archivistas precedentes: las proposiciones y las frases. Desdeñará la jerarquía vertical de las proposiciones que se escalonan unas sobre otras, pero también la lateralidad de las frases en la que cada una parece responder a otra. Móvil, se instalará en una especie de diagonal que hará legible aquello que por lo demás no se podía aprehender, los enunciados, precisamente. ¿Una lógica atonal? Es normal sentirse inquieto. Pues el archivista intencionadamente no da ejemplos. Considera que hasta hace poco no ha cesado de darlos, incluso si él mismo no sabía en ese momento que eran ejemplos. Ahora, el único ejemplo formal que analiza es empleado expresamente para inquietar: una serie de letras que trazo al azar o que transcribo en el orden en el que aparecen en el teclado de la máquina de escribir. «El teclado de una máquina de escribir no es un enunciado; pero esa misma serie de letras, A, Z, E, R, T, enumerada en un manual de dactilografía, es el enunciado del orden alfabético adoptado por las máquinas
francesas»[17]. Tales multiplicidades no tienen ninguna construcción lingüística regular, y sin embargo son enunciados. ¿Azert? Habituados a los otros archivistas, cada cual se pregunta cómo, en esas condiciones, es capaz de producir enunciados. Máxime si se tiene en cuenta que Foucault explica que los enunciados son esencialmente raros. No sólo de hecho, sino de derecho: son inseparables de una ley y de un efecto de rareza. Ése es incluso uno de los rasgos que los oponen a las proposiciones y a las frases. Pues proposiciones siempre se pueden concebir tantas como se quiera, tantas como se podrían expresar unas «sobre» otras de acuerdo con la distinción de los tipos; la formalización como tal no tiene que distinguir lo posible de lo real, hace que aumenten las proposiciones posibles. En cuanto a lo que realmente se dice, su rareza de hecho se debe a que una frase niega otras, impide otras, contradice o reprime otras frases, de suerte que cada frase se ve todavía engrosada con todo lo que no dice, con un contenido virtual o latente que multiplica su sentido y que se presta a la interpretación, formando un «discurso oculto», verdadera riqueza de derecho. Una dialéctica de las frases siempre está sometida a la contradicción, aunque sólo sea para superarla o para profundizarla; una tipología de las proposiciones está sometida a la abstracción, que hace que a cada nivel corresponda un tipo superior a sus elementos. Pero la contradicción y la abstracción son los métodos de la abundancia de frases y proposiciones, como la posibilidad de oponer siempre una frase a otra frase, o de formar siempre una proposición sobre otra proposición. Los enunciados, por el contrario, son inseparables de un espacio de rareza en el que se distribuyen según un principio de parsimonia o incluso de déficit. En el campo de los enunciados no existe lo posible ni lo virtual; todo es real, toda realidad es en él manifiesta: sólo cuenta lo que ha sido formulado, ahí, en tal momento, y con tales lagunas, tales blancos. Sin embargo, es cierto que los enunciados pueden oponerse y jerarquizarse en niveles. En dos capítulos, Foucault muestra con rigor que las contradicciones de enunciados sólo existen gracias a una distancia positiva medible en el espacio de rareza, y que las comparaciones de enunciados están relacionadas con una diagonal móvil que permite confrontar directamente, en ese espacio, un mismo conjunto a diferentes niveles, pero también elegir directamente en un mismo nivel ciertos conjuntos sin tener en cuenta otros que,
sin embargo, forman parte de él (y que supondrían otra diagonal[18]). El espacio rarificado permite esos movimientos, esas circulaciones, esas dimensiones y fragmentaciones inusitadas, esa «forma lacunar y fragmentada» que hace que, en materia de enunciados, uno se asombre no sólo de que se digan pocas cosas, sino de
que «pocas cosas [19] puedan ser dichas». ¿Qué consecuencias tendrá esta transcripción de la lógica en el elemento de la rareza o de la dispersión, que no tiene nada que ver con lo negativo, sino que forma, por el contrario, la «positividad» característica de los enunciados?
Pero al mismo tiempo Foucault se vuelve más tranquilizador: si bien es verdad que los enunciados son raros, esencialmente raros, la originalidad no es necesaria para producirlos. Un enunciado siempre representa una emisión de singularidades, de puntos singulares que se distribuyen en un espacio correspondiente. Las formaciones y transformaciones de esos espacios plantean, ya lo veremos, problemas topológicos que se expresan muy mal en términos de creación, comienzo o fundamento. Con mayor motivo, en un espacio determinado, poco importa que una emisión se realice por vez primera, o que sea una repetición, una reproducción. Lo fundamental es la regularidad del enunciado: no una media, sino una curva. En efecto, el enunciado no se confunde con la emisión de singularidades que supone, sino con el aspecto de la curva que pasa por su entorno, y más generalmente con las reglas del campo en el que se distribuyen y se reproducen. Una regularidad enunciativa es eso. «La oposición originalidad-trivialidad no es, pues, pertinente: entre una formulación inicial y la frase que, años, siglos más tarde, la repite más o menos exactamente, la descripción arqueológica no establece ninguna jerarquía de valor; no establece una diferencia
radical. Tan sólo trata de establecer la regularidad de los enunciados[20]». El problema de la originalidad se plantea tanto menos cuanto que el del origen ni siquiera se plantea. No hace falta ser alguien para producir un enunciado, y el enunciado no remite a ningún cogito ni sujeto transcendental que lo haría posible, ni Yo que lo pronunciaría por primera vez (o lo recomenzaría), ni Espíritu del Tiempo que lo
conservaría, lo propagaría y lo recuperaría[21]. Para cada enunciado existen «emplazamientos» de sujeto, muy variables por otro lado. Pero, precisamente porque diferentes individuos pueden ocuparlos en cada caso, el enunciado es el objeto específico de un cúmulo según el cual se conserva, se transmite o se repite. El cúmulo es como la constitución de un stock; no es lo contrario de la rareza, sino un efecto de esa misma rareza. También sustituye a las nociones de origen y de retorno al origen: como el recuerdo bergsoniano, el enunciado se conserva en sí mismo, en su espacio, y vive en la medida en que ese espacio subsiste o es reconstituido.
En torno a un enunciado debemos distinguir tres círculos como tres porciones de espacio. Primero un espacio colateral, asociado o adyacente, formado por otros enunciados que forman parte del mismo grupo. El problema de saber si es el espacio el que define el grupo, o, al contrario, el grupo de enunciados el que define el espacio, tiene poco interés. No existe espacio homogéneo indiferente a los enunciados, ni enunciados sin localización; los dos se confunden al nivel de las reglas de formación. Lo fundamental es que esas reglas de formación no se dejan reducir ni a axiomas, como ocurre con las proposiciones, ni a un contexto, como ocurre con las frases. Las proposiciones remiten verticalmente a axiomas de nivel superior que determinan constantes intrínsecas y definen un sistema homogéneo. Incluso una de las condiciones de la lingüística es establecer tales sistemas homogéneos. En lo que se refiere a las frases, éstas pueden tener uno de sus miembros en un sistema, y otro en otro sistema, en función de variables exteriores. Muy distinto es el enunciado: es inseparable de una variación inherente gracias a la cual nunca estamos en un sistema, sino que constantemente pasamos de un sistema a otro (incluso en el seno de una misma lengua). El enunciado no es ni lateral ni vertical, es transversal, y sus reglas están a su mismo nivel. Quizá Foucault y Labov están próximos uno del otro, especialmente cuando Labov muestra cómo un joven negro pasa constantemente de un sistema black english a un sistema «americano estándar», y a la inversa, según reglas a su vez variables o facultativas que permiten definir regularidades, no
homogeneidades[22]. Incluso cuando parecen actuar en una misma lengua, los enunciados de una formación discursiva pasan de la descripción a la observación, al cálculo, a la institución, a la prescripción, como a través de otros tantos sistemas o
lenguas[23]. Así pues, lo que «forma» un grupo o una familia de enunciados son reglas de transformación o de variación, del mismo nivel, que convierten a la «familia» como tal en un medio de dispersión y de heterogeneidad, justo lo contrario de una homogeneidad. Tal es el espacio asociado o adyacente: cada enunciado es inseparable de los enunciados heterogéneos a los que está ligado por reglas de transformación (vectores). Así, no sólo cada enunciado es inseparable de una multiplicidad «rara» y regular a un tiempo, sino que cada enunciado es una multiplicidad: una multiplicidad y no una estructura o un sistema. Topología de los enunciados que se opone tanto a la tipología de las proposiciones como a la dialéctica de las frases. Nosotros pensamos que un enunciado, una familia de enunciados, una formación discursiva, según Foucault, se define por líneas de variación inherentes o por un campo de vectores que se distribuyen en el espacio asociado: es el espacio como función primitiva, o el primer sentido de «regularidad».
La segunda porción de espacio es el espacio correlativo, que no hay que confundir con el asociado. En este caso se trata de la relación del enunciado, no ya con otros enunciados, sino con sus sujetos, sus objetos, sus conceptos. Aquí existe la posibilidad de descubrir nuevas diferencias entre el enunciado por un lado, y por otro las palabras, las frases o las proposiciones. En efecto, las frases remiten a un sujeto llamado de enunciación que parece tener el poder de hacer comenzar el discurso: se trata del yo como persona lingüística irreductible al él, incluso cuando no es explícitamente formulada, el «Yo» como conectador o sui-referencial. La frase es, pues, analizada desde el doble punto de vista de la constante intrínseca (la forma del Yo) y de las variables extrínsecas (el que dice Yo viene a ocupar la forma). Muy distinto es lo que ocurre en el caso del enunciado: éste no remite a una forma única, sino a posiciones intrínsecas muy variables que forman parte del propio enunciado. Por ejemplo, si un enunciado «literario» remite a un autor, una carta anónima remite también a un autor, pero en un sentido totalmente distinto, y una carta ordinaria remite a un firmante, un contrato remite a un garante, una proclama a un redactor, una
recopilación a un compilador[24]… Pues bien, todo esto forma parte del enunciado, aunque no forme parte de la frase: es una función derivada de la primitiva, una función derivada del enunciado. La relación del enunciado con un sujeto variable constituye una variable intrínseca del enunciado. «Durante mucho tiempo me he acostado temprano…»: la frase es la misma, pero el enunciado no es el mismo, según que se la relacione con un sujeto cualquiera o con el autor Proust que comienza así la Recherche y que la atribuye a un narrador. Es más, un mismo enunciado puede tener varias posiciones, varios emplazamientos de sujeto: un autor y un narrador, o bien un firmante y un autor, como en el caso de una carta de Mme. de Sévigné (siendo el destinatario distinto en los dos casos), o bien un relator y un relatado, como en el discurso indirecto (y especialmente en el discurso indirecto libre en el que las dos posiciones de sujeto se insinúan una en otra). Pero todas estas posiciones no son las figuras de un Yo primordial del que derivaría el enunciado: al contrario, derivan del enunciado, y por esa razón son los modos de una «no-persona», de un «ÉL» o de un «SE», «El habla», «Se habla», que se especifica según la familia de enunciados. Foucault coincide en esto con Blanchot, que denuncia toda personología lingüística y sitúa los emplazamientos de sujeto en el espesor de un murmullo anónimo. En ese murmullo sin comienzo ni final Foucault querría ocupar un sitio, justo donde los
enunciados le asignan uno[25]. Y quizá sean ésos los enunciados más conmovedores de Foucault.
Lo mismo habría que decir de los objetos y de los conceptos del enunciado. Se supone que una proposición tiene que tener un referente. Es decir, que la referencia o la intencionalidad es una constante intrínseca de la proposición, mientras que el estado de cosas que la cumple (o no) es una variable extrínseca. No ocurre lo mismo con el enunciado: éste tiene un «objeto discursivo» que no consiste en modo alguno en un estado de cosas al que hace referencia, sino que deriva, por el contrario, del propio enunciado. Es un objeto derivado que se define precisamente en el límite de las líneas de variación del enunciado como función primitiva. Al mismo tiempo, de nada sirve distinguir tipos de intencionalidad diferentes, de los cuales unos podrían ser cumplidos por estados de cosas, y otros permanecerían vacíos, siendo en ese caso ficticios o imaginarios en general (he encontrado un unicornio), o incluso absurdos en general (un círculo cuadrado). Sartre decía que, a diferencia de los elementos hipnagónicos constantes y del mundo común de la vigilia, cada sueño, cada imagen
de un sueño tenía su mundo específico[26]. Los enunciados de Foucault son como sueños: cada uno tiene su objeto propio, o se rodea de un mundo. Así, «La montaña de oro está en California» es realmente un enunciado: no tiene referente, y, sin embargo, no basta con invocar una intencionalidad vacía en la que todo está permitido (la ficción en general). Este enunciado, «La montaña de oro…», tiene realmente un objeto discursivo, a saber, el mundo imaginario determinado que «autoriza o no semejante fantasía geológica y geográfica» (se entenderá mejor si recurrimos a «Un diamante grueso como el Ritz», que no remite a la ficción en general, sino al mundo tan particular del que se rodea un enunciado de Fitzgerald, en
su relación con otros enunciados del mismo autor que constituyen una «familia»[27]). Por último, la misma conclusión es válida para los conceptos: una palabra tiene realmente un concepto como significado, es decir, como variable extrínseca, con el que se relaciona en virtud de sus significantes (constante intrínseca). Pero, una vez más, no ocurre lo mismo con el enunciado. Éste posee sus conceptos, o más bien sus «esquemas» discursivos propios, en el entrecruzamiento de los sistemas heterogéneos gracias a los cuales pasa como función primitiva: por ejemplo, los agrupamientos y distinciones variables de síntomas en los enunciados médicos, en tal y tal época o en tal formación discursiva (así, la manía, primero en el siglo XVII, luego en el XIX, la
emergencia de la monomanía…).[28]
Si los enunciados se distinguen de las palabras, de las frases o de las proposiciones, es porque comprenden en sí mismos, como sus «derivadas», las funciones de sujeto, las funciones de objeto y las funciones de concepto. Sujeto, objeto y concepto sólo son precisamente funciones derivadas de la primitiva o del enunciado. Por eso el espacio correlativo es el orden discursivo de los emplazamientos o posiciones de sujetos, de objetos y de conceptos en una familia de enunciados. Es el segundo sentido de «regularidad»: esos diversos emplazamientos representan puntos singulares. Al sistema de las palabras, frases y proposiciones, que procede por constante intrínseca y variable extrínseca, se opone, pues, la multiplicidad de los enunciados, que procede por variación inherente y por variable intrínseca. Lo que desde el punto de vista de las palabras, las frases y las proposiciones parece el accidente, deviene la regla desde el punto de vista de los enunciados. Foucault funda así una nueva pragmática.
Queda, por último, la tercera porción de espacio, que es extrínseca: el espacio complementario, o de formaciones no discursivas («instituciones, acontecimientos políticos, prácticas y procesos económicos»). En este punto Foucault esboza ya la concepción de una filosofía política. Una institución implica enunciados, por ejemplo, una constitución, una carta, contratos, inscripciones y registros. Y a la inversa, los enunciados remiten a un medio institucional sin el cual no podrían formarse ni los objetos que surgen en tales localizaciones del enunciado, ni el sujeto que habla desde tal emplazamiento (por ejemplo, la posición del escritor en una sociedad, la posición del médico en el hospital o en su consulta, en tal época, y las nuevas emergencias de objetos). Ahora bien, una vez más, entre las formaciones no discursivas de instituciones y las formaciones discursivas de enunciados, sería grande la tentación de establecer, o bien una especie de paralelismo vertical, como entre dos expresiones que se simbolizarían una a otra (relaciones primarias de expresión), o bien una causalidad horizontal, según la cual los acontecimientos y las instituciones determinarían los hombres como supuestos autores de enunciados (relaciones secundarias de reflexión). Sin embargo, la diagonal impone una tercera vía: relaciones discursivas con los medios no discursivos, que no son ni interiores ni exteriores al grupo de los enunciados, sino que constituyen el límite del que hablábamos hace un momento, el horizonte determinado sin el cual tales objetos de enunciados no podrían aparecer, ni tal emplazamiento ser asignado en el propio enunciado. «Por supuesto, no es que la práctica política haya impuesto desde principios del siglo XIX a la medicina nuevos objetos como las lesiones de tejidos o las correlaciones anatomopatológicas, sino que ha abierto nuevos campos de localización de los objetos médicos (… masa de la población administrativamente encuadrada y vigilada… grandes ejércitos populares… instituciones de asistencia hospitalaria en función de las necesidades económicas de la época y de la posición recíproca de las clases sociales). Esa relación de la práctica política con el discurso
médico surge igualmente en el estatuto dado al médico…»[29].
Puesto que la distinción original-trivial no es pertinente, lo propio del enunciado es poder ser repetido. Una frase puede ser recomenzada o re-evocada, una proposición puede ser reactualizada, sólo «el enunciado tiene como característica el
poder ser repetido»[30]. No obstante, parece que las condiciones reales de la repetición son muy estrictas. Es necesario que exista el mismo espacio de repetición, la misma distribución de singularidades, el mismo orden de localizaciones y de emplazamientos, la misma relación con un medio instituido: todo esto constituye, para el enunciado, una «materialidad» que lo hace repetible. «Las especies cambian» no es el mismo enunciado cuando se formula en la historia natural del siglo XVIII que cuando se formula en la biología del siglo XIX. E incluso de Darwin a Simpson, no es seguro que el enunciado siga siendo el mismo, según que la descripción haga resaltar unidades de medida, distancias y distribuciones, y también instituciones completamente diferentes. Una misma frase-slogan, «¡Los locos al manicomio!», puede pertenecer a formaciones discursivas completamente distintas, según que proteste, como en el siglo XVIII, contra la confusión entre presos y locos; o reclame, por el contrario, como en el siglo XIX, manicomios que separen los locos de los presos; o se eleve, como en la actualidad, contra una evolución del medio
hospitalario[31]. Se objetará que Foucault no hace otra cosa que afinar análisis muy clásicos basados en el contexto. Eso sería desconocer la novedad de los criterios que instaura, precisamente para demostrar que se puede decir una frase o formular una proposición sin tener siempre el mismo emplazamiento en el enunciado correspondiente, sin reproducir las mismas singularidades. Y si nos vemos obligados a denunciar las falsas repeticiones al determinar la formación discursiva a la que pertenece un enunciado, descubriremos, por el contrario, entre formaciones distintas
fenómenos de isomorfismo o de isotopía[32]. En cuanto al contexto, éste no explica nada, puesto que no tiene la misma naturaleza según la formación discursiva o la
familia de enunciados considerados[33].
Si la repetición de los enunciados tiene condiciones tan estrictas, no es en virtud de condiciones externas, sino de esa materialidad interna que convierte a la repetición en la potencia propia del enunciado. Pues un enunciado siempre se define por una relación específica con otra cosa del mismo nivel que él, es decir, otra cosa que le concierne (y no su sentido o sus elementos). Esta «otra cosa» puede ser un enunciado, en cuyo caso el enunciado se repite abiertamente. Pero, en última instancia, es necesariamente otra cosa que el enunciado: es un Afuera. Es la pura emisión de singularidades como puntos de indeterminación, puesto que no están todavía determinadas y especificadas por la curva de enunciado que las une y que adquiere tal y tal forma en su entorno. Foucault muestra, pues, que una curva, un gráfico, una pirámide son enunciados, pero que lo que representan no es un enunciado. De igual modo, las letras que transcribo, AZERT, son un enunciado, aunque esas mismas letras
en el teclado no lo sean[34]. En esos casos, vemos que una repetición secreta anima el enunciado; y el lector vuelve a encontrar un tema que ya inspiraba las páginas más hermosas del Raymond Roussel, sobre «la ínfima diferencia que induce paradójicamente la identidad». El enunciado es en sí mismo repetición, aunque lo que repite sea otra cosa, que, sin embargo, puede «ser extrañamente semejante y casi idéntica a él». En ese caso, el mayor problema para Foucault sería saber en qué consisten esas singularidades que el enunciado supone. Pero La arqueología sólo llega hasta ahí, todavía no tiene que analizar ese problema que desborda los límites del «saber». Los lectores de Foucault adivinan que hemos entrado en un nuevo dominio, el del poder, en la medida en que se combina con el saber. Los libros siguientes lo explorarán. Pero ya presentimos que AZERT, en el teclado, es un conjunto de núcleos de poder, un conjunto de relaciones de fuerzas entre las letras del alfabeto en la lengua francesa, según sus frecuencias, y los dedos de la mano, según sus distancias.
En Las palabras y las cosas, explica Foucault, no se trataba ni de cosas ni de palabras. Tampoco de objeto ni de sujeto. Tampoco de frases ni de proposiciones, de análisis gramatical, lógico o semántico. En lugar de que los enunciados sean síntesis de palabras y de cosas, en lugar de que estén compuestos de frases y proposiciones, ocurre más bien lo contrario, son previos a las frases o a las proposiciones que los suponen implícitamente, son creadores de palabras y de objetos. En dos ocasiones Foucault confiesa estar arrepentido: en La historia de la locura ha insistido demasiado en una «experiencia» de la locura que todavía se inscribía en una dualidad entre estados de cosas salvajes y proposiciones; en El nacimiento de la clínica ha invocado una «mirada médica» que todavía supondría la forma unitaria de un supuesto sujeto demasiado fijo con relación a un campo objetivo. No obstante, esos arrepentimientos son quizá fingidos. No cabe lamentar el abandono del romanticismo que en gran medida constituía la belleza de La historia de la locura, en beneficio de un nuevo positivismo. Quizá el efecto de ese positivismo rarificado, a su vez poético, sea reactivar en la diseminación de las formaciones discursivas o de los enunciados una experiencia general que siempre es la de la locura, y en la variedad de las posiciones en el seno de esas formaciones, un emplazamiento móvil que siempre es el de un médico, el de un clínico, el de un diagnosticador, el de un sintomatologista de las civilizaciones (independientemente de cualquier Weltanschauung). ¿Qué es la conclusión de La arqueología sino una llamada a una teoría general de las producciones que debe confundirse con una práctica revolucionaria, en la que el «discurso» activo se forma en el elemento de un «afuera» indiferente a mi vida y a mi muerte? Pues las formaciones discursivas son verdaderas prácticas, y sus lenguajes, en lugar de un universal logos, son lenguajes mortales, capaces de promover y en ocasiones de expresar mutaciones.
Un grupo de enunciados, e incluso un solo enunciado, son lo siguiente: multiplicidades. Riemann ha creado la noción de «multiplicidad», y de géneros de multiplicidades, en relación con la física y las matemáticas. La importancia filosófica de esta noción aparece después en Husserl en Lógica formal y Lógica transcendental, y en Bergson en el Ensayo (cuando se esfuerza en definir la duración como un género de multiplicidad que se opone a las multiplicidades espaciales, poco más o menos como Riemann distinguía multiplicidades discretas y continuas). Pero en esas dos direcciones la noción abortó, o bien porque la distinción de los géneros la ocultaba al restaurar un simple dualismo, o bien porque tendía hacia el estatuto de un sistema axiomático. No obstante, lo esencial de la noción es la constitución de un sustantivo tal que «múltiple» deja de ser un predicado oponible a lo Uno, o atribuible a un sujeto identificado como uno. La multiplicidad permanece totalmente indiferente a los tradicionales problemas de lo múltiple y de lo uno, y especialmente al problema de un sujeto que la condicionaría, la pensaría, la derivaría de un origen, etc. No existe ni lo uno ni lo múltiple, pues eso sería, de todas formas, remitir a una conciencia que recomenzaría en lo uno y se desarrollaría en lo otro. Sólo existen multiplicidades raras, con puntos singulares, emplazamientos vacíos para aquellos que durante un momento funcionan en ellos como sujetos, regularidades acumulables, repetibles y que se conservan en sí mismas. La multiplicidad no es axiomática ni tipológica, sino topológica. El libro de Foucault representa el paso más decisivo en la teoría-práctica de las multiplicidades. Ésa es también, de otra manera, la vía de Maurice Blanchot en la lógica de la producción literaria que elabora: el vínculo más riguroso entre el singular, el plural, el neutro y la repetición, a fin de rechazar a la vez la forma de una conciencia o de un sujeto y el sin-fondo de un abismo indiferenciado. A este respecto Foucault nunca ha ocultado su afinidad con Blanchot. Y muestra que en la actualidad el debate esencial no tiene tanto que ver con el estructuralismo como tal, con la existencia de modelos y de realidades denominadas estructuras, como con la posición y el estatuto que corresponden al sujeto en dimensiones que presumiblemente no están totalmente estructuradas. Así, en la medida en que se opone directamente la historia a la estructura, puede pensarse que el sujeto conserva un sentido como actividad constituyente, aglomerante, unificante. Pero no ocurre lo mismo cuando se considera las «épocas» o formaciones históricas como multiplicidades. Éstas escapan tanto al reino del sujeto como al imperio de la estructura. La estructura es proposicional, tiene un carácter axiomático asignable a un nivel bien determinado, forma un sistema homogéneo, mientras que el enunciado es una multiplicidad que atraviesa los niveles, que «cruza un dominio de estructuras y de unidades posibles y
hace que aparezcan, con contenidos concretos, en el tiempo y en el espacio»[35]. El sujeto es frásico o dialéctico, tiene la característica de una primera persona con la que comienza el discurso, mientras que el enunciado es una función primitiva anónima que sólo deja subsistir el sujeto en la tercera persona y como función derivada.
La arqueología se opone a las dos principales técnicas empleadas hasta ahora por los «archivistas»: la formalización y la interpretación. A menudo los archivistas han pasado de una de esas técnicas a la otra, recurriendo a las dos a la vez. Unas veces se extrae de la frase una proposición lógica que funciona como su sentido manifiesto: de esa forma se supera lo que está «inscrito» hacia una forma inteligible, que sin duda puede ser inscrita a su vez en una superficie simbólica, pero que en sí misma es de otro orden que el de la inscripción. Otras, por el contrario, se supera la frase hacia otra frase con la que estaría secretamente en relación: de esa forma se duplica lo que está inscrito con otra inscripción, que constituye sin duda un sentido oculto, pero que sobre todo no inscribe la misma cosa ni tiene el mismo contenido. Esas dos actitudes extremas indican más bien los dos polos entre los que oscilan la interpretación y la formalización (esto puede verse, por ejemplo, en la duda del psicoanálisis entre una hipótesis funcional-formal y la hipótesis tópica de una «doble inscripción»). Una extrae un sobre-dicho de la frase, la otra un «no dicho». De ahí la predilección de la lógica por mostrar que hay que distinguir, por ejemplo, dos proposiciones para una misma frase, y la de las disciplinas de interpretación por mostrar que una frase implica lagunas que hay que llenar. Así pues, queda claro que es muy difícil, metodológicamente, atenerse a lo que se dice efectivamente, exclusivamente a la inscripción de lo que se dice. La misma lingüística, y especialmente ella, no se atiene a eso, pues sus unidades nunca son del mismo nivel que lo que se dice.
Foucault reclama el derecho de un proyecto muy diferente: llegar a esa simple inscripción de lo que se dice como positividad del dictum, el enunciado. La arqueología «no trata de soslayar las performances verbales para descubrir tras ellas y bajo su superficie aparente un elemento oculto, un sentido secreto que se esconde en ellas o que sale a la luz a través de ellas sin decirlo; no obstante, el enunciado no es en absoluto inmediatamente visible: no aparece de una manera tan manifiesta como una estructura gramatical o lógica (incluso si ésta no es totalmente clara, incluso si es
muy difícil de elucidar). [36] El enunciado es a la vez no visible y no oculto ». En unas páginas esenciales, Foucault muestra que ningún enunciado puede tener una existencia latente, puesto que concierne a lo efectivamente dicho; incluso las carencias y los blancos que aparecen en ellos no deben confundirse con significaciones ocultas pues tan sólo señalan su presencia en el espacio de dispersión que constituye la «familia». Y a la inversa, si es difícil llegar a esa inscripción del mismo nivel que lo que se dice, ello se debe a que el enunciado no es inmediatamente perceptible: siempre está recubierto por las frases y las proposiciones. Hay que descubrir el «zócalo», pulirlo, incluso elaborarlo, inventarlo. Hay que inventar, perfilar el triple espacio de ese zócalo; sólo en una multiplicidad a constituir puede crearse el enunciado como inscripción simple de lo que se dice. Tan sólo después surgirá el problema de saber si las interpretaciones y formalizaciones no suponían ya esa simple inscripción como su condición previa. En efecto, ¿la inscripción del enunciado (el enunciado como inscripción) no se verá obligada en ciertas condiciones a desdoblarse en otra inscripción, o a proyectarse en una proposición? Todo sobreescrito, toda subscripción, están relacionados con la singular inscripción del enunciado en su formación discursiva: monumento de archivo, y no documento. «Para que el lenguaje pueda ser considerado como objeto, descompuesto en distintos niveles, descrito y analizado, es necesario que exista un elemento enunciativo que siempre será determinado y no infinito: el análisis de una lengua siempre se efectúa a partir de un corpus de palabras y de textos; la interpretación y la elucidación de las significaciones implícitas siempre se basan en un grupo delimitado de frases; el análisis lógico de un sistema implica en la reescritura, en un lenguaje formal, un
conjunto dado de proposiciones[37]».
Eso es lo esencial del método concreto. Forzosamente tenemos que partir de palabras, de frases y de proposiciones. Ahora bien, las organizamos en un corpus determinado, variable según el problema planteado. Ésa era ya la exigencia de la escuela «distribucionalista», Bloomfield o Harris. Pero la originalidad de Foucault radica en su manera particular de determinar los corpus: no lo hace ni en función de frecuencias o de constantes lingüísticas, ni en virtud de cualidades personales de aquellos que hablan o escriben (grandes pensadores, hombres de Estado célebres, etc.). François Ewald tiene razón cuando dice que los corpus de Foucault son «discursos sin referencia», que el archivista evita casi siempre citar los grandes
nombres[38]. Pues el archivista no elige las palabras, las frases y las proposiciones de base ni según la estructura ni según un sujeto-autor del que emanarían, sino según la simple función que ejercen en un conjunto: por ejemplo, reglas de internamiento en el caso del manicomio, o bien en el de la prisión; reglamentos disciplinarios en el caso del ejército, de la escuela. Si insistimos en el problema de los criterios utilizados por Foucault, la respuesta sólo aparecerá de forma clara en los libros posteriores a La arqueología: las palabras, las frases y las proposiciones retenidas en el corpus deben ser elegidas en torno a núcleos difusos de poder (y de resistencia) empleados por tal y tal problema. Por ejemplo, para el corpus de «sexualidad» en el siglo XIX habrá que buscar las palabras y las frases que se intercambian en torno al confesionario, las proposiciones que se esbozan en un manual de casuística, pero también habrá que
tener en cuenta otros núcleos: escuela, instituciones de natalidad, de nupcialidad[39]… Ése es el criterio empleado prácticamente en La arqueología, aunque la teoría sólo aparezca después. Una vez constituido el corpus (que no presupone nada del enunciado), se puede determinar la manera en que el lenguaje se agrupa en ese corpus, «cae» sobre ese corpus: «el ser del lenguaje» del que hablaba Las palabras y las cosas, el «Existe lenguaje» invocado por La arqueología, variable según cada
conjunto[40]. El «SE habla», como murmullo anónimo que adquiere tal y tal aspecto según el corpus considerado. Estamos, pues, en condiciones de extraer de las palabras, de las frases y de las proposiciones los enunciados que no se confunden con ellas. Los enunciados no son palabras, frases ni proposiciones, sino formaciones que únicamente se liberan de su corpus cuando los sujetos de frase, los objetos de proposición, los significados de palabras cambian de naturaleza al tomar posición en el «Se habla», al distribuirse, al dispersarse en el espesor del lenguaje. Según una paradoja constante en Foucault, el lenguaje sólo se agrupa en un corpus para ser un medio de distribución o de dispersión de los enunciados, la regla de una «familia» naturalmente dispersada. La totalidad de este método es de un gran rigor, y se manifiesta, con diversos grados de explicitación, de un extremo a otro de la obra de Foucault.
Cuando Gogol escribe su obra maestra relativa a la inscripción de almas muertas, explica que su novela es poema, y muestra cómo, en qué puntos, la novela debe ser necesariamente poema. Es muy posible que Foucault, en esta arqueología, no construya tanto un discurso de su método como el poema de su obra precedente, y alcance ese punto en el que la filosofía es necesariamente poesía, vigorosa poesía de lo que se dice, que es tanto la del no-sentido como la de los sentidos más profundos. De alguna manera, Foucault puede declarar que nunca ha escrito más que ficciones, pues, como hemos visto, los enunciados se parecen a sueños, y todo cambia, como en un caleidoscopio, según el corpus considerado y la diagonal trazada. Pero de otra, también puede decir que siempre ha escrito algo real, con algo real, pues todo es real en el enunciado, toda realidad es en él manifiesta.
Existen tantas multiplicidades. No sólo el gran dualismo de las multiplicidades discursivas y no discursivas; también, entre las discursivas, todas las familias o formaciones de enunciados, cuya lista es abierta y varía en cada época. Y además los géneros de enunciados, señalados por ciertos «umbrales»: una misma familia puede atravesar varios géneros, un mismo género puede señalar varias familias. Por ejemplo, la ciencia implica ciertos umbrales más allá de los cuales los enunciados alcanzan una «epistemologización», una «cientificidad» o incluso una «formalización». Ahora bien, una ciencia jamás absorbe la familia o formación en la que se constituye: el estatuto y la pretensión científica de la psiquiatría no suprimen los textos jurídicos, las expresiones literarias, las reflexiones filosóficas, las decisiones políticas o las opiniones comunes que forman parte integrante de la
formación discursiva correspondiente[41]. A lo sumo una ciencia orienta la formación, sistematiza o formaliza alguna de sus regiones, sin perjuicio de recibir de ella una función ideológica que sería erróneo vincular a una simple imperfección científica. En resumen, una ciencia se localiza en un campo del saber que no absorbe, en una formación que es de por sí objeto de saber y no de ciencia. El saber no es ciencia ni siquiera conocimiento; tiene por objeto las multiplicidades precedentemente definidas, o más bien la multiplicidad precisa que él describe, con sus puntos singulares, sus emplazamientos y sus funciones. «La práctica discursiva no coincide con la elaboración científica a la que puede dar lugar; el saber que forma no es ni el
esbozo rudimentario ni el subproducto cotidiano de una ciencia constituida[42]». En ese caso también se puede concebir que ciertas multiplicidades, ciertas formaciones no orienten el saber que las habita hacia umbrales epistemológicos. Lo orientan en otras direcciones, con umbrales completamente distintos. No sólo queremos decir que ciertas familias son «incapaces» de ciencia, a menos de que se produzca una redistribución y una verdadera mutación (por ejemplo, la que precede a la psiquiatría en los siglos XVII y XVIII). Más bien preguntamos si no existen umbrales, por ejemplo estéticos, que movilizan un saber en otra dirección que la de una ciencia, y que permitirían definir un texto literario, o una obra pictórica, en las prácticas discursivas a las que pertenecen. O incluso umbrales éticos, umbrales políticos: se demostraría cómo prohibiciones, exclusiones, límites, libertades, transgresiones están «vinculados a una determinada práctica discursiva», en relación con medios no discursivos, y son
más o menos aptos para acercarse a un umbral revolucionario[43]. Así se forma el poema-arqueología en todos los registros de multiplicidades, pero también en la única inscripción de lo que se dice, en relación con los acontecimientos, las instituciones y todas las demás prácticas. Lo esencial no es haber superado una dualidad ciencia-poesía que aún pesaba sobre la obra de Bachelard. Tampoco es haber encontrado un medio para tratar científicamente textos literarios. Lo esencial es haber descubierto y recorrido esa tierra desconocida en la que una forma literaria, una proposición científica, una frase cotidiana, un no-sentido esquizofrénico, etc., son todos ellos enunciados, sin embargo, sin común medida, sin ninguna reducción ni equivalencia discursiva. Este punto nunca había sido alcanzado por los lógicos, los formalistas o los intérpretes. Ciencia y poesía, las dos son saber.
Pero ¿qué es lo que limita una familia, una formación discursiva? ¿Cómo concebir el corte? Éste es un problema totalmente distinto que el del umbral. Una vez más, el método adecuado no es un método axiomático, ni siquiera un método estructural propiamente dicho. Pues la sustitución de una formación por otra no se hace forzosamente a nivel de los enunciados más generales ni los más fácilmente formalizables. Sólo un método serial, como el que utilizan en la actualidad los historiadores, permite construir una serie en el entorno de un punto singular, y buscar otras series que la prolonguen, en otras direcciones, a nivel de otros puntos. Siempre hay un momento, lugares, en los que las series divergen y se distribuyen en un nuevo espacio: por ahí pasa el corte. Método serial basado en las singularidades y las curvas. Foucault señala que este método parece tener dos efectos opuestos, puesto que conduce a los historiadores a efectuar cortes muy amplios y distantes, que abarcan períodos largos, mientras que conduce a los epistemólogos a multiplicar los
cortes, en ocasiones de breve duración[44]. Volveremos a encontrar este problema. De todas formas, lo esencial es que la construcción de las series en multiplicidades determinadas hace imposible cualquier despliegue de secuencias en beneficio de una historia tal y como la imaginaban los filósofos a la gloria de un Sujeto («convertir el análisis histórico en el discurso continuo y la conciencia humana en el sujeto originario de todo devenir y de toda práctica, son las dos caras de un mismo sistema de pensamiento: el tiempo es concebido en ellas en términos de totalización y las
revoluciones nunca son más que tomas de conciencia…»[45]). A los que siempre invocan la Historia, y protestan contra la indeterminación de un concepto como el de «mutación», hay que recordarles la perplejidad de los verdaderos historiadores cuando se trata de explicar por qué surge el capitalismo, en tal lugar y en tal momento, cuando tantos factores parecían hacerlo posible en otra parte y en otras épocas. «Problematizar las series…». Discursivas o no, las formaciones, las familias, las multiplicidades son históricas. No sólo son compuestos de coexistencia, son inseparables de «vectores temporales de derivación»; cuando aparece una nueva formación, con nuevas reglas y nuevas series, nunca lo hace de pronto, en una frase o en una creación, sino escalonadamente, con supervivencias, desfases, reactivaciones de antiguos elementos que subsisten bajo las nuevas reglas. A pesar de los isomorfismos y las isotopías, ninguna formación es el modelo de otra. La teoría de
los cortes es, pues, una pieza esencial del sistema[46]. Hay que proseguir las series, atravesar los niveles, franquear los umbrales, no contentarse nunca con desplegar los fenómenos y los enunciados según la dimensión horizontal o vertical, sino formar una transversal, una diagonal móvil, en la que debe moverse el archivista-arqueólogo. Un juicio de Boulez sobre el universo rarificado de Webern podría aplicarse a Foucault (y a su estilo): «Ha creado una nueva dimensión, que podríamos llamar dimensión diagonal, algo así como una distribución de los puntos, de los bloques o de las figuras
ya no en el plano, sino realmente en el espacio»[47].