Fuga para una isla
Nos topamos con una numerosa banda de…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Nos topamos con una numerosa banda de negros y al instante nos quedamos
dudando respecto de qué iba a suceder. Podíamos elegir entre tres formas de acción:
huir de ellos, mostrar nuestra capacidad defensiva con el rifle o ir a su encuentro.
Lo que más nos desconcertó fue que no vestían uniformes africanos, sino que
iban cubiertos con el mismo tipo de ropas que nosotros. Era posible que se tratara de
un grupo de refugiados civiles, mas habíamos oído decir que las tropas nacionalistas
trataban a esta gente con extrema dureza. El resultado era que la mayoría de civiles
negros se había entregado a las organizaciones benéficas y los pocos que quedaban se
habían integrado en grupos de blancos.
Los hombres con los que nos encontramos eran amistosos, estaban bien
alimentados y daban la impresión de no ir armados. Tenían tres grandes carros de
mano a los que no nos permitieron acercarnos y es posible que tales carruajes
contuvieran armas.
Conversamos durante varios minutos, intercambiando los usuales fragmentos de
noticias que constituían el único dinero real en circulación en el mundo de los
refugiados. Los negros no mostraron nerviosismo o conciencia alguna de que
nosotros manteníamos una actitud cauta hacia ellos.
Sin embargo revelaron ciertos signos de excitación, cuya causa fuimos incapaces
de determinar. Nuestra principal preocupación durante el encuentro fue nuestra
seguridad personal y por eso no juzgamos su conducta tanto como habríamos hecho
en otro momento. Pero me pareció que se comportaban como si estuvieran
alborozados o anticipando algo.
Por fin continuamos caminando, dejando a los negros cerca de un bosque.
Atravesamos un campo y los perdimos de vista. Lateef me llamó a su lado.
—Eran guerrilleros africanos —dijo—. ¿Te diste cuenta de sus brazaletes de
identidad?
Sally y yo esperamos algunas horas para ver si Isobel iba a volver. No vi
necesidad de explicar a Sally por qué ella nos había dejado; al contrario, por la
actitud de la niña deduje que Sally había previsto un acto así. Creo que se lamentaba
de que tal cosa hubiera ocurrido, pero era capaz de aceptar la nueva situación.
Isobel se había llevado la mitad exacta del dinero que nos quedaba, además de
una maleta con su ropa y parte de la comida. Nos había dejado todo el equipo de
acampar y dormir.
Al mediodía quedó claro que Isobel no iba a regresar. Inicié los preparativos para
una comida, pero Sally dijo que ella se encargaría de hacerlo. Accedí, y entretanto
recogí nuestros pertrechos. En este punto no había tomado una decisión respecto de
qué íbamos a hacer, aunque me pareció que era el momento de abandonar aquel lugar
específico.
Cuando acabamos de comer, expliqué a Sally lo mejor que pude qué podíamos hacer.
Mi sentimiento predominante en ese instante era una sensación de insuficiencia.
Eso se extendía a mi capacidad de tomar decisiones correctas en relación con
nuestros actos, así como haciéndome dudar mucho en cuanto a los motivos reales de
la quiebra de nuestro matrimonio. Creía que Sally se hallaba en un peligro potencial,
puesto que yo podía cometer más errores por culpa de mi incapacidad. Al consultar
con la niña el siguiente paso que debíamos dar, pensé que no sólo estaba ofreciendo a
Sally una cierta participación, sino que estaba ayudándome a conciliarme con mis
debilidades.
Expliqué a Sally que su madre y yo habíamos acordado que nosotros dos
volveríamos a Londres, mientras que ella marcharía a Bristol. No íbamos a regresar a
nuestro hogar, sino a buscar otro nuevo para vivir. Sally me aseguró que lo
comprendía.
Entonces entré en ciertos detalles de las dificultades a que nos enfrentábamos:
que no estábamos al corriente de la situación política, que teníamos muy poco dinero,
que no sería posible volver en coche, que probablemente deberíamos hacer a pie la
mayor parte del camino.
—¿Pero no podríamos ir en tren, papá? —preguntó Sally.
Los niños poseen facilidad para encontrar atajos a los problemas y ver posibles
soluciones que sus padres no han imaginado. En el tiempo que habíamos estado
viviendo en la campiña yo había pasado totalmente por alto la existencia del sistema
ferroviario. Me pregunté si Isobel no habría pensado en ello de un modo similar, o si
por el contrario pretendía llegar a Bristol por ese medio.
—Es un problema de dinero —repliqué—. Probablemente no tendremos bastante.
Tenemos que averiguarlo. ¿Eso es lo que te gustaría hacer?
—Sí. No quiero vivir más en la tienda de campaña.
Había aprendido que era imposible hacer planes a un plazo demasiado largo. Pero
no pude evitar volver a la cuestión de qué haríamos si la situación en Londres era tan
mala como cuando habíamos salido. Si proseguía la ocupación de viviendas por
africanos militantes y las instituciones defensoras de la ley se hallaban divididas,
entonces no seríamos los únicos que buscábamos acomodo. Si la situación era tan
mala como yo temía, podríamos vernos obligados a salir de Londres una vez más. Si
tal cosa sucedía, entonces el único lugar en que yo podría pensar para ir era la casa de
mi hermano pequeño en Carlisle. Aun cuando lográramos llegar allí, todavía nos
quedaba superar la dificultad técnica de viajar quinientos kilómetros. Por desgracia,
no vi otra alternativa. Mi hermano menor era el único miembro vivo de mi familia
tras la muerte de mis padres, cuatro años antes, y de Clive, mi hermano mayor, en el
enfrentamiento de Bradford.
Por lo que atañía a Sally, no obstante, el asunto estaba zanjado; recogimos el resto de nuestras posesiones y las dispusimos para la marcha. Yo llevé la maleta que nos
quedaba y la mochila y Sally la otra valija que contenía nuestras ropas. Caminamos
hacia el este, sin saber la ubicación de la estación ferroviaria más cercana, pero
moviéndonos en esa dirección como si creyéramos que era la correcta.
Al cabo de dos kilómetros y medio llegamos a una carretera de macadán. La
seguimos en dirección norte hasta que encontramos una cabina telefónica. De forma
rutinaria, cogí el receptor para averiguar si funcionaba o no. En el pasado habíamos
descubierto que, aun cuando los receptores no habían sufrido daño, las líneas estaban
muertas.
En esta ocasión hubo una breve serie de ruidos y luego respondió una voz
femenina.
—Central de teléfonos. ¿Qué número desea?
Titubeé. No había esperado réplica y por tal razón estaba desprevenido.
—Querría hacer una llamada a… Carlisle, por favor.
—Lo siento, señor. Todas las líneas interurbanas están ocupadas.
Hubo una nota concluyente en su voz, como si estuviera a punto de cortar la
conexión.
—Eh… ¿Podría darme un número de Londres, por favor?
—Lo siento, señor. Todas las líneas de Londres están ocupadas.
—¿Y no podría telefonearme cuando estén libres?
—Esta central sólo está abierta a llamadas locales —de nuevo la misma nota
concluyente.
—Escuche —dije rápidamente—, no sé si podrá ayudarme. Estoy tratando de
llegar a la estación de ferrocarril. ¿Podría orientarme para encontrarla, por favor?
—¿Desde dónde habla?
Le di la dirección de la cabina tal como estaba impresa en la placa que tenía
delante de mí.
—Mantenga la comunicación un momento —cortó la conexión y esperé; volvió a
hablar al cabo de tres minutos—. La estación más próxima a usted es la de Warnham,
unos cinco kilómetros al sur de su posición. Gracias, señor.
La línea se cortó.
Sally me esperaba fuera de la cabina y le relaté la esencia de la conversación.
Mientras lo hacía, ambos notamos el sonido de pesados camiones equipados con
motor diésel y unos momentos más tarde pasaron a nuestro lado siete vehículos
acorazados de transporte de tropas. Un oficial estaba de pie en la parte trasera de uno
de ellos y nos gritó algo. No logramos entenderle. Recuerdo un sentimiento de vaga
seguridad en aquel instante, aun cuando era la primera vez que presenciaba auténticos
movimientos de tropas.
Cuando los camiones terminaron de pasar identifiqué la emoción que había causado mi anterior inquietud; éramos las únicas personas en aquella zona.
Viviendo en la tienda de campaña, nuestro único contacto con otra gente se había
producido en ocasiones de visitar tiendas para comprar comida. Incluso entonces,
todos habíamos observado una inactividad que no habíamos advertido antes de que
empezara el problema. Pero ahora Sally y yo estábamos igual que en soledad.
Iniciamos nuestra marcha hacia Warnham y en pocos minutos vimos más señales
de actividad militar e inactividad civil que nos alarmaron a los dos.
A kilómetro y medio de la cabina telefónica atravesamos un pueblo. Recorrimos
toda la calle sin encontrar una sola persona, pero en las ventanas de la última casa
distinguimos la silueta de un hombre. Le hice señas y le grité, mas no me vio o no
quiso hacerlo y desapareció de la vista.
En las afueras del pueblo encontramos un emplazamiento de artillería pesada
servido por varios centenares de soldados. Había una valla de alambre de púas, tosca
pero vigilada, entre ellos y la carretera, y mientras nos acercábamos nos dieron aviso
de que nos alejáramos. Traté de hablar con el soldado y éste llamó a un suboficial,
que repitió la orden y añadió que si no habíamos salido de la vecindad al anochecer,
nuestras vidas estarían en peligro. Le pregunté si eran tropas nacionalistas y no
obtuve respuesta.
—Papá, no me gustan las armas —dijo Sally.
Seguimos caminando hacia Warnham. Aviones de reacción volaron por encima de
nosotros en varias ocasiones, a veces en formación, a veces de a uno por vez.
Descubrí los restos de un viejo periódico y traté de leerlo para saber algo de lo que
estaba sucediendo.
Se trataba de una publicación de tipo tabloide de impresión privada y tuve la
seguridad de que era ilegal. Habíamos oído por la radio, dos semanas antes, que el
funcionamiento de la prensa había sido suspendido temporalmente. Noté que el
tabloide era virtualmente ilegible; mal impreso, abominablemente escrito,
horrorosamente decantado hacia una abierta xenofobia racista. Hablaba de cuchillos y
lepra, de enfermedades venéreas y armas, pillaje, canibalismo y epidemias. Contenía
instrucciones detalladas para la manufactura de armas caseras tales como cócteles
Molotov, cachiporras y garrotes; había «noticias» del tipo de una violación en masa
obra de militantes africanos y ataques a plazas fuertes africanas realizados por fuerzas
militares reales. En la última página, abajo, me enteré de que el periódico era
publicado para consumo civil por el Ejército Nacionalista Británico (División Local).
Lo quemé.
La entrada a la estación de Warnham estaba guardada por más soldados. Cuando
los vimos, la mano de Sally cogió la mía y la aferró con fuerza. Yo le dije:
—No hay por qué preocuparse, Sally. Están aquí sólo para asegurarse de que
nadie trata de evitar que los trenes salgan.
Sally no replicó, quizá percibiendo que yo estaba tan alarmado como ella. Esto
significaba, en efecto, que los trenes seguían circulando, pero que estaban bajo
control militar. Nos acercamos a la barricada y yo hablé con un teniente. El militar se
mostró educado y servicial. Reparé en que llevaba en su manga una tira de tela en la
que estaba hilvanada la frase Secesionistas leales. No me referí a ello.
—¿Es posible coger un tren a Londres desde aquí? —dije.
—Es posible —dijo él—. Pero no circulan muy a menudo. Tendrá que
averiguarlo, señor.
—¿Podemos pasar?
—Por supuesto.
Hizo un gesto con la cabeza a los dos soldados que le acompañaban y éstos
abrieron una sección de la barricada. Di las gracias al oficial y entramos en el
despacho de billetes.
El encargado era un civil que vestía el uniforme normal de los ferrocarriles
británicos.
—Queremos ir a Londres —dije—. ¿Podría decirme cuándo se espera el próximo
tren?
Se inclinó hacia adelante en el mostrador, acercó su rostro a la hoja de vidrio y
nos miró.
—Deberán esperar hasta mañana —dijo—. Sólo hay un modo de coger un tren
aquí, que es telefonear el día anterior.
—¿Me está diciendo que ningún tren para aquí?
—Exacto. No, a menos que alguien lo desee. Hay que telefonear a la terminal.
—Pero suponga que sea urgente.
—Hay que telefonear a la terminal.
—¿Es demasiado tarde para lograr que pare un tren aquí?
El hombre asintió lentamente con la cabeza.
—El último pasó hace una hora. Pero si compra los billetes ahora, yo mismo
telefonearé a la terminal.
—Espere un momento —me volví hacia Sally—. Escucha, cariño, tendremos que
dormir otra vez en la tienda esta noche. No te importa, ¿verdad? Ya has oído lo que
ha dicho este señor.
—Bueno, papá. ¿Pero de verdad que volveremos a casa mañana?
—Claro, por supuesto —y pregunté al funcionario—: Los billetes… ¿Cuánto
valen?
—Nueve peniques cada uno, por favor.
Saqué de mi bolsillo lo que restaba de nuestro dinero y lo conté. Teníamos menos
de una libra.
—¿No podría pagarlos mañana? —pregunté al empleado. Negó con un gesto de cabeza.
—Debe pagarlos por adelantado. Claro que, si no tiene bastante ahora, le aceptaré
un depósito y podrá pagar el resto mañana.
—¿Será esto suficiente?
—Creo que sí —dejó caer las monedas en un cajón, calculó el total en una
máquina registradora y me pasó una tira de papel impreso—. Mañana ha de traer
esto, con el resto del dinero. El tren estará aquí hacia las once de la mañana.
Eché una ojeada a la tira de papel. Era un simple recibo del dinero, no un billete.
Di las gracias al hombre y salimos. Había empezado a lloviznar. No estaba seguro de
cómo iba a obtener el resto del dinero para la mañana siguiente, pero ya me pasaba
por la mente el esbozo de una resolución a robarlo si era preciso.
El joven teniente nos saludó en la barricada.
—Mañana, ¿eh? —dijo—. Eso mismo le ha sucedido aquí a un montón de gente.
¿Son ustedes refugiados?
Le expliqué que lo éramos, aunque yo no había aplicado con anterioridad esta
palabra a nuestra difícil situación.
—Supongo que estarán perfectamente en Londres —dijo él—. Nuestro grupo está
organizando las cosas allí.
Me dio el nombre y dirección de un grupo londinense que trataba de encontrar
acomodo para los desamparados. Tomé nota y le di las gracias. El teniente se mostró
preocupado por lo que fuéramos a hacer esa noche.
—Podría haberles ofrecido un alojamiento —dijo—. Lo hemos hecho otras veces.
Pero ocurre algo. Tal vez nos vayamos esta noche. ¿Qué harán ustedes?
—Tenemos equipo para acampar —dije yo.
—Oh, entonces no hay problema. Pero si yo estuviera en su lugar, me iría tan
lejos de aquí como pudiera. Nos están movilizando. Los nacionalistas se encuentran a
tres kilómetros de distancia.
Volví a darle las gracias y nos pusimos a andar. Tanto Sally como yo habíamos
sido confortados por la naturaleza sociable, por la aparente voluntad de aquel hombre
de ayudarnos. Pero lo que él había dicho nos dio un motivo de alarma y decidí hacer
caso a su advertencia. Recorrimos otros cinco o seis kilómetros hacia el sur antes de
intentar localizar algún lugar para acampar. Al fin, encontramos un sitio apropiado en
la ladera de una colina, protegidos por el bosque en tres puntos cardinales.
Aquella noche, mientras yacíamos juntos en la oscuridad, oímos el sonido de la
artillería, y aviones de reacción rugieron sobre nuestras cabezas. La noche fue
iluminada por brillantes destellos de explosiones al norte de nosotros. Escuchamos el
ruido de tropas marchando a lo largo de la carretera, a quinientos metros de distancia,
y un proyectil de mortero estalló entre los árboles que teníamos detrás. Sally se
abrazó a mí y yo traté de consolarla. El ruido de la infantería permaneció invariable, aunque las explosiones de los obuses variaron considerablemente entre las que se
producían muy cerca y las muy lejanas. Oímos disparos de armas ligeras de vez en
cuando y el sonido de voces humanas.
Por la mañana volvió a lloviznar y el campo quedó silencioso. Reacios a
movernos, como si hacer tal cosa iniciara de nuevo la violencia, Sally y yo
permanecimos en nuestro vivac hasta el último instante posible. Luego, a las diez en
punto, recogimos nuestro equipo a toda prisa y partimos hacia la estación. Llegamos
justo antes de las once. Esta vez no encontramos soldados. La estación había sido
bombardeada y la misma vía del ferrocarril volada en varios puntos. Contemplamos
el desastre con desconsolado horror. Más tarde, tiré el recibo.
Aquella tarde fuimos capturados por un destacamento de las fuerzas africanas y
sometidos a nuestra primera sesión de interrogatorio.
Isobel y yo yacíamos juntos en la oscuridad. Estábamos en el suelo. Los padres de
ella dormían en la habitación que había encima de nosotros. No sabían que yo me
hallaba allí. Aunque me apreciaban e incitaban a Isobel a que me conociera mejor, no
les habría complacido saber qué intentábamos hacer en su cuarto de estar.
Eran más de las tres de la madrugada y en consecuencia resultaba esencial que no
hiciéramos un solo ruido.
Yo me había desprendido la chaqueta y la camisa.
Isobel se había quitado el vestido, la combinación y el sostén. En esa época
nuestra relación había llegado al punto en que ella me permitía despojarla de casi
todas sus ropas mientras nos besábamos, y acariciar sus senos. Nunca me había
dejado tocarla en la región del pubis. En el pasado, la mayoría de las chicas que yo
conocí habían mostrado una actitud liberal hacia el sexo y por ello me sorprendió la
aparente falta de interés de Isobel. Su reserva había sido seductora al principio —y
continuaba siéndolo—, pero en aquel momento yo estaba comenzando a darme
cuenta de que francamente el sexo la aterrorizaba. Pese a que mi interés por Isobel
había sido inicialmente sexual por completo, conforme fuimos conociéndonos uno al
otro fui desarrollando un profundo afecto hacia ella y realizando mis avances
sexuales cada vez con más delicadeza. La combinación de su belleza física y su
torpeza era un continuo deleite para mí.
Después de una prolongada sesión de besos y caricias me tumbé en el suelo y dejé
que Isobel pasara suavemente su mano por mi pecho y estómago. Mientras hacía esto
me encontré deseando que ella deslizara su mano en mis pantalones y acariciara mi
pene.
Poco a poco, la mano de Isobel fue bajando hasta que rozó ligeramente la ropa del
cinturón. Cuando sus dedos exploraron por fin la tela, se pusieron en contacto con el
extremo de mi pene casi al instante. Evidentemente inconsciente de aquel momento
de mi tumescencia, Isobel apartó bruscamente la mano y se echó a mi lado, evitando mirarme y temblando.
—¿Qué ocurre? —murmuré al cabo de un rato, sabiendo que no obtendría réplica
y que yo conocía la respuesta—. ¿Qué ocurre?
Ella no dijo nada. Transcurridos unos momentos puse la mano en su hombro y
descubrí que tenía la piel fría.
—¿Qué ocurre? —musité de nuevo.
Siguió sin responder. Pese a lo sucedido, permanecí con el pene erecto,
indiferente ante el trauma que ella experimentaba.
Isobel volvió a acercarse a mí al cabo de un rato y, tumbada, cogió mi mano y la
puso en su pecho. Igual que el hombro, estaba frío. El pezón se hallaba contraído y
granuloso.
—Adelante. Hazlo —dijo ella.
—¿…hacer qué?
—Ya lo sabes. Lo que tú quieres.
No me moví, sino que me quedé allí con la mano en su pecho, sin deseos de
ejecutar ningún movimiento positivo ni hacer lo que ella decía ni apartar mi mano
totalmente.
Al no responder yo en modo alguno, ella cogió mi mano otra vez y la llevó
bruscamente hasta su entrepierna. Isobel se bajó las bragas con la otra mano y puso la
mía en su pubis. Sentí calor, suavidad. Ella comenzó a estremecerse.
Hice el amor con ella inmediatamente. Resultó penoso para los dos. Sin placer.
Hicimos muchísimo ruido; tanto, que me atemoricé pensando que sus padres nos
oyeran y vinieran a investigar. Al llegar al clímax, mi pene se deslizó en su lugar y
parte del semen entró en Isobel, cayendo el resto al suelo.
Me separé en cuanto pude y me tumbé a un lado. Una parte de mi ser permaneció
insensible, contemplando con ironía cómo mi experimentada habilidad sexual
quedaba reducida a la actitud torpe de un adolescente por el encuentro de una
inocencia frígida; otra parte de mi ser yació encogida en el suelo, reacia a moverse…
Al final fue Isobel la que reaccionó primero. Se levantó y encendió la débil luz de
la lámpara de mesa. Alcé los ojos hacia ella, viendo desnudo por primera vez su
esbelto cuerpo juvenil, despojado por primera vez de misterio sexual. Ella se puso la
ropa y me pasó la mía de un puntapié. Me vestí. Nuestras miradas no confluyeron.
En la alfombra donde habíamos estado quedó un pequeño residuo de humedad.
Nos esforzamos por eliminarlo con papel de seda, pero permaneció una débil
mancha.
Estaba preparado para irme. Isobel se acercó, me musitó al oído que empujara la
motocicleta hasta el extremo de la calle antes de ponerla en marcha, luego me besó.
Acordamos vernos de nuevo el siguiente fin de semana, íbamos cogidos de la mano
cuando salimos del recibidor.
El padre de ella estaba sentado en el peldaño inferior de las escaleras, vestido con
un pijama. Parecía estar cansado. Al pasar a su lado no me dijo nada, pero se levantó
y asió con fuerza a Isobel por la muñeca. Me fui, poniendo en marcha el motor junto
a la casa.
No habíamos utilizado tipo alguno de anticonceptivo. Pese a que Isobel no quedó
preñada en aquel coito, el embarazo sobrevino pocas semanas antes de que nos
casáramos. A partir de entonces sólo tuvimos relaciones sexuales muy
ocasionalmente y, que yo sepa, ella llegó al orgasmo en contadas ocasiones. Después
de nacer Sally disminuyó toda dependencia sexual mutua que pudiéramos haber
tenido y, a su debido tiempo, me encontré recurriendo a otras mujeres capaces de
ofrecerme lo que Isobel no podía.
En los buenos tiempos, yo echaba un vistazo a Isobel a cierta distancia, viendo de
nuevo el vestido azul pálido y la juvenil belleza de su semblante, y una amarga pena
brotaba de mi interior.
Conforme fueron transcurriendo los días desde el secuestro de las mujeres por
soldados africanos, tuve la impresión de que mientras mi búsqueda personal se hacía
más vigorosa, la de los otros hombres cedía. Me encontré preguntándome si
estábamos yendo de un lugar a otro en la eterna búsqueda de un sitio seguro para
acampar y que nos permitiera obtener comida, o si por el contrario seguíamos
buscando a nuestras mujeres.
Se las mencionaba cada vez con menos frecuencia y, desde la visita al burdel de
Augustin, a veces parecía que ellas no hubieran estado jamás con nosotros. Pero el
día posterior a nuestro encuentro con la guerrilla africana algo nos hizo recordar a la
fuerza qué podía haberles sucedido.
Llegamos a un grupo de casas que aparecían en el mapa como un villorrio
llamado Stowefield. A primera vista no pareció ser diferente de un centenar de otros
que habíamos encontrado en el pasado.
Nos aproximamos al villorrio con nuestra precaución acostumbrada, dispuestos a
retirarnos inmediatamente si veíamos barricadas.
Que allí se habían levantado barricadas en otra época fue evidente al momento.
En la carretera, al lado de la primera casa, había un montón de escombros, apartados
para hacer un hueco lo bastante grande como para que pasara por él un camión.
En compañía de Lateef, examiné el terreno detrás del lugar donde se había erigido
la barricada y descubrimos varias docenas de cartuchos de escopeta vacíos.
Inspeccionamos todas las viviendas del villorrio y al cabo de media hora
determinamos que había sido evacuado. Tuvimos la suerte de encontrar latas de
comida en varias de las casas, reponiendo así nuestros víveres.
Especulamos respecto de la identidad de los hombres que habían atacado el
pueblo. Tal vez los prejuicios nos impulsaron a la mayoría a suponer que se trataba de africanos, pero sabíamos por experiencia que tal era el tipo de acción que ellos
emprenderían contra pequeñas poblaciones provistas de barricadas.
¿Qué había sucedido con los habitantes? No teníamos forma de saberlo.
Posteriormente, mientras revisábamos las casas en busca de alojamientos apropiados,
uno de los hombres descubrió algo y nos gritó para que nos acercáramos.
Yo llegué con Lateef. Tan pronto vimos qué había allí, él gritó a todo el mundo,
diciendo que esperaran abajo. Indicó que yo me quedara.
Los cadáveres de cuatro jóvenes mujeres blancas yacían en la habitación del piso
superior. Todas estaban desnudas y todas habían sufrido un ataque sexual. Mi corazón
empezó a latir apresuradamente en cuanto las vi, ya que la suerte que pudieran haber
corrido Sally e Isobel había ocupado un lugar destacado en mi imaginación durante
algún tiempo. Sólo fueron precisos dos o tres segundos para determinar que aquellas
mujeres eran desconocidas para mí, pero incluso así mi corazón mantuvo un ritmo
acelerado en los minutos que siguieron.
Mi alarma inicial pronto se transformó en sobresalto y después en cólera. Todas
las mujeres eran jóvenes y físicamente atractivas. Sus muertes se habían producido
después de un largo período de agonía desesperada: el tormento estaba fijado en sus
expresiones. Todas se encontraban atadas de pies y manos y resultaba evidente que
habían luchado para huir de sus ligaduras en sus últimos momentos de vida.
Los hombres que las atacaron habían desfigurado sus cuerpos con bayonetas o
cuchillos, atravesándolas una y otra vez en la región de los genitales. Había sangre
por todo el piso.
Lateef y yo discutimos lo que deberíamos hacer. Sugerí que las enterráramos,
pero a ninguno de nosotros le complacía la tarea de llevar abajo los cadáveres. La
alternativa que sugirió Lateef consistía en quemar la casa. El edificio se encontraba
apartado de los más próximos y no parecía probable que las llamas se propagaran a
los demás.
Bajamos y conversamos con los otros hombres. Dos de ellos habían vomitado y
los demás experimentaron enormes náuseas. Se adoptó la sugerencia de Lateef y la
casa fue quemada pocos minutos después.
Nos trasladamos al otro extremo del pueblo y levantamos un campamento para
pasar la noche.
Yo, por diversas razones, era uno de los pocos hombres que trabajaba en el taller
de corte de la fábrica. A despecho de la legislación igualitaria que se había aprobado
en los últimos meses de gobierno inmediatamente anterior a la toma de posesión por
parte de Tregarth, seguían existiendo numerosos tipos distintos de trabajos que eran
exclusivos, o casi exclusivos, de las mujeres. En la industria de los tejidos, el corte es
uno de esos trabajos.
Mis colegas masculinos eran el viejo Dave Harman, un pensionista que venía por las mañanas a barrer el suelo y preparar té, y un mozalbete llamado Tony que
intentaba flirtear con las mujeres más jóvenes pero que era considerado por todas
ellas como un chiquillo descarado. Jamás descubrí su verdadera edad, mas es
imposible que tuviera menos de veinte años. Nunca le pregunté cómo vino a trabajar
a la fábrica y entre nosotros se desarrolló una especie de entendimiento masculino
que nos unificó contra la vulgaridad de las mujeres.
Mi relación personal con las mujeres pasó a ser aceptable en cuanto los problemas
iniciales fueron superados.
Por ejemplo, un considerable número de mujeres pensaba que yo había entrado
allí como una especie de supervisor o inspector, y siempre que intentaba hablar con
ellas me trataban con una fría corrección. Mi refinado hablar académico ayudó un
poco a este respecto. En cuanto determiné en mi mente cuál era la probable causa del
roce, me costó mucho esfuerzo que ellas supieran mi cargo en el taller de corte. El
ambiente se iluminó en gran medida cuando esto quedó claro, aunque todavía hubo
algunas mujeres que no pudieron menos de conservar un aire ligeramente distante. Al
cabo de algunas semanas las cosas se habían sosegado hasta el punto de que sentí que
mi presencia se tomaba como un hecho normal.
Con este sosegamiento vino una creciente vulgaridad de conducta.
En el transcurso de mi vida, relativamente protegida hasta entonces en el sentido
de que no me había mezclado con grandes cantidades de obreros, me había
mantenido fiel a la hipótesis de que las mujeres constituían el sexo socialmente más
reprimido. Por supuesto que podía haber sido la nueva situación nacional la causante
de una disminución de la moralidad como reacción contra las recientes leyes
represivas, o simplemente que este grupo de mujeres se conocieran unas a otras desde
hacía años y procedieran de un mismo ambiente. En cualquier caso, una jornada de
trabajo era interrumpida por obscenidades, chistes desagradables y diversas
referencias directas e indirectas a mis órganos sexuales o a los de Tony. Este último
me explicó en cierta ocasión que, poco antes de mi llegada al taller de corte, una de
las mujeres, de una forma medio en broma y medio en serio, había bajado la
cremallera de los pantalones de mi compañero e intentado tocarle. Me contó esto de
modo espontáneo, aunque advertí que el incidente le había trastornado.
Había varias mujeres de color en el taller de corte y, conforme el problema
africano se fue intensificando, las observaba cuando podía para comprobar cómo
reaccionaban. Cinco eran indias o pakistaníes y siete de raza africana. Su conducta no
mostró cambio alguno frente al problema, aunque durante algunas de las sesiones de
burlas más ofensivas advertí que guardaban silencio.
Era mi costumbre en este período tomar como comida los bocadillos que Isobel
me preparaba, en parte por ahorrar algún dinero y en parte porque la calidad de los
alimentos obtenibles en restaurantes iba deteriorándose considerablemente.
Supe que la compañía no recibía tantos pedidos como en otros tiempos y, en
consecuencia, la cantidad de trabajo no nos abrumaba. A raíz de las restricciones
gubernamentales ya no fue posible tener una plantilla abundante, excepto a costa de
una elevada sanción económica, y nuestro potencial laboral no fue reducido de modo
alguno. Poco después de mi ingreso en la empresa, el tiempo que nos daban para
comer fue aumentado de hora y media a dos horas, y todavía se prolongó otra media
hora después de producidas las primeras divisiones en las fuerzas armadas. La
ausencia por enfermedad era incitada por nuestros jefes, aunque después de la
supresión temporal de los beneficios de la seguridad social por parte del gobierno, el
absentismo era escaso.
Se hizo necesario descubrir maneras de pasar el tiempo libre en compañía de otras
personas.
La gente trajo de casa juegos de mesa y barajas. Varias mujeres trajeron cosas
tales como bordados o labores de punto y otras se dedicaron a escribir cartas. Por mi
parte, usé el tiempo libre para leer, mas descubrí que, si abusaba de la lectura con la
tenue iluminación de la sala, me empezaban a doler los ojos. Muy pocos de nosotros
se aventuraban a salir fuera durante la hora de la comida. En una o dos ocasiones,
algunas de las mujeres salían para ir de compras juntas, pero en general se
consideraba muy arriesgado hacer tal cosa habitualmente.
No sé cómo empezó, pero varías de las mujeres usaron el tiempo para reunirse en
torno a un banco y jugar sobre una improvisada tabla de escritura espiritista. La
primera vez que lo advertí fue un día que yo pasaba por el almacén adjunto con la
intención de estirar las piernas. Las mujeres se hallaban en un rincón del almacén.
Siete de ellas se sentaban a la mesa en aquel momento y otras diez o veinte
permanecían cerca, observando. El indicador que usaban era un vaso de plástico
invertido y las letras del alfabeto estaban garrapateadas en trozos de papel alrededor
del borde de la mesa.
Una de las mujeres de más edad iba formulando preguntas al aire, mientras el
vaso deletreaba las respuestas bajo las puntas de los dedos de las siete participantes.
Observé fascinado durante un rato, incapaz de determinar si las mujeres movían el
vaso voluntariamente o no. Molesto por mi incapacidad para comprenderlo, me alejé.
En la parte opuesta del almacén, detrás de una pila de rollos de ropa, me topé con
Tony y una de las chicas que trabajaban con él.
Aunque ambos jóvenes estaban totalmente vestidos, yacían en la posición normal
del coito y él tenía puesta una mano bajo el escote del vestido de la mujer, tocando
uno de sus senos. Ninguno de los dos me vio.
Al apartarme del lugar llegó el sonido de varias voces en la tabla de escritura
espiritista. Una de las mujeres, una negra, abandonó el grupo y corrió hacia el taller
de corte. Pocos segundos después escuché cómo hablaba en voz alta con sus amigas y luego oí la voz de alguien que gritaba.
Al acabar la semana siguiente, todas las mujeres de color habían dejado la
empresa.
La casa seguía ardiendo al caer la noche; un resplandor anaranjado a un centenar
de metros de distancia.
El talante del grupo había variado sutilmente. Para mí, y supongo que para los
demás, el ataque a las cuatro jóvenes representaba una manifestación física de
nuestros temores con respecto a nuestras mujeres raptadas. Una cosa es imaginar una
atrocidad; y otra muy distinta presenciarla.
Creo que, individualmente, todos estábamos aterrorizados y aturdidos… Pero
nuestra reacción trabajando en grupo fue una mayor determinación a no vernos más
envueltos en la guerra civil. La búsqueda de las mujeres secuestradas no fue
mencionada; por mi parte, lo que había visto en la casa no hizo más que reforzar mi
resolución en este sentido. Era Sally la que me preocupaba, porque ella era inocente.
Mi hija, no mi esposa, estaba en primer lugar en mi mente.
Al llegar la oscuridad, me separé del principal grupo de hombres y entré en un
edificio situado a veinte metros del que habíamos quemado. Detrás de mí hubo un
resplandor de madera ardiendo en rescoldos. Las llamas habían cesado ya, pero las
brasas seguirían consumiéndose durante horas. Había un dulce olor a humo en el
ambiente, obstinadamente agradable.
Me senté solo en un viejo sillón del piso inferior de la casa que yo había ocupado
y cavilé lo que haría por la mañana.
Pasó el tiempo. Percibí el sonido de motores, pero quise ignorarlo. El ruido
aumentó hasta anegar mis pensamientos. Salté del sillón y corrí por la casa hacia el
pequeño jardín de la parte trasera.
El cielo estaba limpio de nubes y un cuarto de luna vertía luz suficiente para
distinguir el suelo. Yo había estado sentado a oscuras dentro de la casa (como era
nuestra costumbre cuando ocupábamos temporalmente una propiedad evacuada) y
mis ojos se adaptaron al instante.
Sólo tardé un par de segundos en localizar la fuente del sonido: era una formación
de helicópteros que volaba a baja altura y poca velocidad en el horizonte sur, en una
dirección que iba a conducirlos sobre el villorrio. Conforme se aproximaban, me
agaché y mi mano aferró el rifle. Los conté mientras pasaban por encima de mi
cabeza: había doce. Redujeron aún más la velocidad en los siguientes momentos y
aterrizaron en uno de los campos cercanos al pueblo.
Desde donde yo me encontraba no logré verlos. Me puse de pie y atisbé por
encima de la valla. Oí los motores marchando en vacío, un sonido débil, un sordo
rugido.
Aguardé.
Durante otros diez minutos permanecí inmóvil, pensando en si debía unirme de
nuevo a los otros. No había forma de saber por qué los helicópteros estaban aquí, o si
conocían nuestra presencia. Era improbable que no hubieran visto los restos
humeantes de la casa.
Con una violencia que me sobresaltó, se produjo una ráfaga de disparos no muy
lejos, y dos o tres explosiones fuertes. Por la dirección de los destellos supuse que
procedían del lado más alejado de un gran bosque que yo había visto antes, extendido
junto a la carretera principal a kilómetro y medio del villorrio. Hubo más disparos y
más explosiones. Distinguí un lanzallamas que echaba fuego blanco y luego una
bengala Very de color rojo disparada hacia el cielo en dirección del bosque.
Los helicópteros despegaron casi inmediatamente, todavía conservando su
formación. Tomaron altura con rapidez y viraron hacia el bosque. Desaparecieron a la
vista, aunque el sonido de sus motores siguió siendo claro.
Escuché un movimiento detrás de mí: la puerta de la casa se abrió y cerró.
—¿Eres tú, Whitman?
Distinguí la oscura figura de otro hombre. Al acercarse a mí vi que se trataba de
Olderton, un individuo con el que hasta entonces sólo había mantenido un contacto
superficial.
—Sí. ¿Qué está pasando?
—Nadie lo sabe. Lateef me envió a buscarte. ¿Qué diablos estás haciendo?
Le expliqué que había estado buscando comida y que volvería al campamento
principal en pocos minutos.
—Será mejor que vuelvas ahora —dijo Olderton—. Lateef está hablando de irnos
de aquí. Piensa que estamos muy cerca de la carretera principal.
—Creo que deberíamos saber qué ocurre antes de movernos.
—Eso le incumbe a Lateef.
—¿Ah, sí? —por ninguna razón que yo pudiera determinar en aquel momento
sentí una traza de rebeldía a que me dijeran qué hacer. En cualquier caso, no quise
discutir con Olderton.
El sonido de los helicópteros en la distancia asumió un nuevo tono y volvimos a
donde yo había estado antes, mirando a través de los campos en dirección al bosque.
—¿Dónde están? —preguntó Olderton.
—No los veo.
Se produjo una ráfaga de disparos, luego un silbido agudo, penetrante, seguido
inmediatamente por cuatro explosiones casi simultáneas. Una brillante bola de fuego
se levantó en el bosque, después empequeñeció. Escuché más disparos, a
continuación un helicóptero rugió sobre el villorrio. Hubo otro sonido sibilante y
otras cuatro explosiones. La secuencia se repitió de nuevo cuando el segundo
helicóptero pasó por encima.
—Cohetes —musitó Olderton—. Van detrás de algo en la carretera principal.
—¿Quiénes son?
—Lateef pensaba que eran africanos. Dijo que los helicópteros tenían aspecto de
rusos.
Las andanadas continuaron sobre la carretera principal. Los helicópteros estaban
cronometrados con exactitud total. Cuando se extinguía la explosión de una serie de
cohetes entraba en acción otro helicóptero y proseguía el ataque. Mientras tanto,
disparos de armas de fuego martilleaban desde el suelo.
—Creo que son esos guerrilleros —dije de repente—, los de ayer… Tienen algo
emboscado en la carretera principal.
Olderton no replicó. Cuanto más pensaba en ello, más probable me parecía. Los
negros habían estado ocultando algo, en eso todos habíamos estado de acuerdo. Si los
helicópteros lanzacohetes eran de procedencia rusa y estaban tripulados por africanos,
como Lateef sugería, entonces todo encajaba.
La batalla continuó durante algunos minutos más. Olderton y yo observamos todo
lo que pudimos, viendo únicamente la llamarada de las explosiones y a los
lanzacohetes cuando volaban por encima después de sus pasadas. Me encontré
contando los ataques que realizaban. Tras del duodécimo, se produjo una ligera pausa
y oímos cómo los helicópteros se reagrupaban en la distancia. Luego uno de los
aparatos sobrevoló el bosque otra vez, en esta ocasión sin disparar ninguno de sus
cohetes. Ascendió en ángulo abrupto, a continuación marchó a reunirse con el resto.
Aguardamos de nuevo. Del bosque surgía un resplandor constante de color naranja y
el ocasional sonido de una breve explosión. Al parecer, no habría más disparos.
—Creo que se ha terminado —dije.
—Todavía queda uno —dijo Olderton.
Los ruidos me dieron la impresión de que la escuadrilla de lanzacohetes se
alejaba, pues no había uniformidad en el sonido de los motores. Seguí observando a
mi alrededor, mas no vi rastro alguno de los helicópteros.
—¡Ahí está! —dijo Olderton, señalando hacia la derecha. Apenas distinguí su
forma. Se movía lentamente y cerca del suelo. No poseía luces de navegación. Vino
hacia nosotros resueltamente y yo, de un modo irracional, pensé que nos estaba
buscando. Mi corazón comenzó a latir con rapidez.
El helicóptero sobrevoló el campo frente a nosotros, después giró y, elevándose
ligeramente, pasó directamente sobre nuestras cabezas. Al llegar a los restos
humeantes de la casa, al otro lado de la carretera, el aparato quedó en suspenso.
Olderton y yo regresamos al interior de nuestra casa, subimos las escaleras y
contemplamos el helicóptero. Se hallaba a unos seis metros por encima de las ruinas
calcinadas y el movimiento de sus hélices hacía que las cenizas se esparcieran por la
tierra. Las llamas volvieron a prender en algunos maderos y el humo ascendió en remolinos y llegó hasta nosotros.
Con el resplandor del suelo pude ver con claridad la cabina del helicóptero. Alcé
el rifle, apunté cuidadosamente y disparé.
Olderton se abalanzó hacia mí y desvió el cañón de un golpe.
—¡Bastardo estúpido! —dijo—. Ahora sabrán que estamos aquí.
—No me importa —dije, mientras seguía observando el helicóptero.
Por un momento pensé que mi disparo no había causado efecto alguno. Luego el
motor del aparato aceleró bruscamente y éste ascendió. La cola giró, se detuvo, giró
de nuevo. El helicóptero siguió subiendo, pero moviéndose de lado, alejándose de
nosotros. El motor rugía. Vi que el helicóptero contenía su movimiento lateral, mas
entonces experimentó otra sacudida. Se deslizó sobre el abrasado edificio y
desapareció de la vista. Dos segundos después hubo un violento estampido.
—Eres un hijo de puta, un estúpido bastardo —repitió Olderton—. Los otros
regresarán para averiguar lo sucedido.
No dije nada. Aguardamos.
Durante el período en que Isobel nos abandonó, Sally y yo estuvimos en un
estado de continuo miedo y desorientación. Creo que ello fue debido a que se trataba
de la primera manifestación en términos personales de la crisis real: el derrumbe de
todos los aspectos de la vida que habíamos conocido antes del principio de la
contienda. Yo sabía que Sally no lo consideraría así; igual que todos los niños, su
pesadumbre emanaba principalmente de consideraciones personales.
La ausencia de Isobel indujo en mí ciertas reacciones inesperadas. En primer
lugar, experimenté punzadas muy definidas de celos sexuales. En el tiempo que
llevábamos de casados, lo sabía perfectamente, Isobel había dispuesto tanto de la
oportunidad como del motivo para tener un amante. Con todo, en ningún instante
había sospechado que ella hiciera tal cosa. Con la actual incertidumbre, no obstante,
descubrí que mis pensamientos solían volverse hacia ella.
En segundo lugar, pese a todo el conflicto que habíamos sufrido, me encontré con
que echaba de menos su compañía, por muy negativa que me hubiera resultado tan a
menudo.
Isobel y yo habíamos sido conscientes del futuro, de lo que habría sucedido
cuando Sally creciera y nos dejara. En la práctica, nuestro matrimonio habría
terminado en ese momento, aunque de hecho jamás había empezado.
A solas con Sally en la campiña, pareció como si el curso previsible de nuestra
vida hubiera concluido bruscamente, como si a partir de ahora fuera imposible
planear cosa alguna, como si la vida hubiera terminado, como si el futuro fuera el
pasado.
Transcurrió una hora, durante la cual Lateef y los demás se reunieron con
nosotros. La noche estaba tranquila, con sólo la tenue llama vacilante del bosque demostrando que por algunos minutos la guerra se había desarrollado a nuestro
alrededor.
Descubrí que me hallaba en una posición ambivalente. Pese a que detecté un aura
de envidioso respeto por haber derribado el helicóptero, Lateef y algunos de los otros