Fugaz

Leila Sucari · Capítulo 8 de 10

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Fugaz

Óleo

Todos están en la playa. Quieren ser testigos de la carnicería. El horror ajeno calma las propias angustias. No falta nadie. Asistencia perfecta. El cuerpo de la ballena es el escenario de una mutilación trascendental. El registro de este día pasará al archivo del municipio. Todos quieren ser parte del mito. Salir en la foto de la historia. Permanecer.

El especialista llegó de la ciudad esta madrugada. Tiene un traje blanco, anteojos y guantes de látex reforzado. Vino en su camioneta 4 × 4, lo acompañó una grúa que ahora espera a unos metros de la orilla. Quizá la ballena explote en mil pedazos. La sangre y los riñones manchando la sabiduría del hombre. O tal vez el alma se escape en forma de un gas vomitivo. Sobrevolará nuestras cabezas hasta perderse en el océano; reirá de nosotros. O se quedará en silencio. La muerte es impredecible.

—Primero lo que vamos a hacer es pinchar al animal para procurar que los gases salgan de manera controlada —dice el especialista—. Comprendo su interés, pero les pido, por su bien, que mantengan una distancia prudente.

—¿Por qué la van a pinchar? ¿Es como una vacuna? —pregunta uno de los chicos ubicados en primera fila.

—Los intestinos comenzaron a fermentar y se encuentran en un estado de putrefacción avanzada. Hay una gran acumulación de presión dentro del cadáver. Ahora, por favor, les pido que den un paso hacia atrás.

El especialista sube al lomo de la ballena con un maletín térmico. Saca una aguja larga y gruesa. Con un marcador negro, traza un cuadrado en la superficie del cuerpo y, antes de penetrarla, posa para la foto. El minuto de fama es sagrado. Después estira el brazo como si fuera un monje zen tratando de alcanzar el cielo. Apunta con su flecha al centro del universo y clava la aguja. Espera. Los ojos también se clavan en el cuerpo agujereado. Niega con la cabeza. Repite la operación. En cada puñalada, los vecinos de Serena aplauden. El éxtasis compite con el asco. Algunos se tapan los ojos y espían entre las rendijas de los dedos. Otros abren la boca y extienden sus celulares. Un nene llora sobre el hombro de su madre.

Entre la gente, veo a Horacio. No parece muy interesado en la ballena. Está presente por deber, pero su atención se concentra en la pantalla de su teléfono. ¿Con quién hablará? Parece preocupado. Tiene el cuerpo seco y la mirada vacía. Perdió el encanto. Se habrá contagiado de sus pescados. ¿Es realmente Horacio? ¿Puede alguien cambiar tanto en cuestión de horas?

—El procedimiento falló. Vamos a tener que recurrir a la segunda alternativa. Les recomiendo que regresen a sus casas. Lo que viene no es apto para sensibles.

El hombre habla como si fuera un personaje de ciencia ficción. Le gusta asumir ese papel. Sentirse superior detrás de su traje de astronauta impoluto. La segunda alternativa es trozar la carne de la ballena con una motosierra y enterrarla en la costa.

—Lo haremos lo más rápido posible —promete.

—Si hay que destripar, el animal merece una extremaunción —dice la mujer que sostiene un rosario.

—Estás loca, Julia, eso es para los moribundos, no para los cuerpos podridos.

—Destripar es pecado. Si no hacemos el procedimiento como Dios manda, el pueblo será castigado.

—¡Vieja loca! —grita uno de los pescadores.

—Julia tiene razón, mejor prevenir que curar. Llamemos al sacerdote de Polines, son diez minutos y nos quedamos tranquilos.

—Pero la extremaunción es para personas, no para ballenas.

—Y para vivos, si ya está muerta no sirve de nada. Una vez que el espíritu se separa del cuerpo, no hay sacramento que valga.

—No se sabe por qué murió la ballena, si fue suicidio es necesario perdonarle los pecados —insiste la religiosa.

—Los animales no tienen alma ni pecados. Son un sistema de órganos, una máquina sin sentido: nacen, se reproducen y mueren. No hay nada más que cuerpo.

—Mejor enterremos al bicho rápido y que se acabe este asunto.

—Votemos.

—Bueno, pero solo los serenos. Los que están de visitantes no pinchan ni cortan.

Mientras la gente discute, el especialista fuma adentro de su camioneta, la estacionó al borde de los médanos, a una distancia prudente de todos nosotros. Se arma una ronda y el pueblo vota. Yo me abstengo, soy visitante. Aunque los argumentos más lógicos apuntan a enterrar a la ballena y pasar a otro tema, la extremaunción gana por amplia mayoría.

Un chico se acerca a la camioneta a dar los resultados. El hombre se fastidia, prende otro cigarrillo y dice que más de unas horas no puede quedarse. Tiene que volver a la ciudad porque a la tarde da clases. Además de especialista, es profesor de gimnasia artística.

—Hay que sobrevivir —dice.

 

El dueño de la estación de servicio se ofrece a ir hasta Polines a buscar al sacerdote. Los serenos se dispersan, la playa vuelve a quedar vacía. El cuerpo de la ballena pinchada se cubre de gaviotas. Me quedo mirando la espuma que se acumula bajo su aleta dorsal.

El especialista duerme sobre el volante. El circo lo agotó. Y todavía falta lo peor. Serge cruza el médano, camina sin mirar a los costados y se acerca a la orilla del mar. Tiene zapatos de cuero y un pantalón gris que alguna vez fue parte de un traje. Se lo arremanga por encima de las rodillas. Mete los pies en el agua, se olvida de los zapatos. No le importa. Saca una libreta y anota cosas. Me acerco despacio, la marea sube. La espuma se deshace bajo mis piernas, me lame los dedos como un perro domesticado.

—La van a cortar en pedacitos —le digo.

—Lo sé, esta gente es maquiavélica.

—Una verdadera máquina de guerra.

Serge guarda la libreta y saca del bolsillo del pantalón dos bolsas de nailon de la verdulería y una navaja. Camina con paso firme hacia el animal, yo lo sigo.

—¿Qué hacés?

—No es momento de preguntas. Ayúdeme. Esto tiene que ser una cuestión rápido.

—Mirá que fueron a buscar al sacerdote. Además con esa navajita no creo que logres demasiado.

—No hable, mademoiselle. Cuando yo le diga, usted deje de respirar y alcánceme el balde.

Clava la navaja y dice ahora mismo. Contengo la respiración, le paso el balde. Cumplo con mi tarea mientras él clava más y más profundo hasta hacer un agujero en la panza del animal. No sé por qué estoy acá, pero ya es demasiado tarde para irme. Miro la espuma del agua y cuento hasta ciento treinta y cinco. Cuando me doy vuelta, el brazo de Serge está metido en el orificio. Parece manco.

—Es peor que profanar una tumba —le digo.

—Son los sacrificios de la ciencia. Es un trabajo negro. Ya termino casi.

Las gaviotas giran sobre nosotros. Después, aburridas, se dejan llevar por el viento y planean en dirección al norte. Abren las alas y se entregan. Vuelan sin esfuerzo, como avioncitos de papel. Sin destino ni objetivos.

—Es el final —dice Serge.

Mete un órgano oscuro dentro del balde.

—El embrión es crucial para mi investigación. Los hijos son huellas.

Miro la hora. Gervasio ya debe estar despierto.

—Me tengo que ir.

—Vamos —dice mientras se acomoda los anteojos. Se enjuaga las manos y carga el balde como si llevara almejas para el almuerzo.

—¿Te gustan los perros? —le pregunto, pero no responde. Avanzamos sin hablar, cada vez más rápido hasta que nos dejamos caer por la pendiente del médano. Cuando llegamos a la hostería, señalo mi ventana y me despido. Él achina los ojos y se rasca la oreja. Después sigue caminando. No me mira.

 

Rosalía tiene a Gervasio a upa. Le canta un bolero mientras le da golpecitos suaves en la espalda. Siento una especie de angustia a la altura del pecho. Un dolor parecido a un escalofrío.

—Se despertó hace una hora y media. Pedía por vos —dice.

—Hicieron una asamblea en la playa y me quedé a escuchar, se me pasó el tiempo. Van a buscar al sacerdote para hacer la extremaunción a la ballena antes de enterrarla. Deberías ir, en un rato es la ceremonia.

—No me interesa.

—Da gracia, ¿no?

—Es una pérdida de tiempo. Seguro fue Julia, anda siempre con las cartas de un lado para el otro inventando tonterías. Piensa que las ballenas mueren acá porque el pueblo está maldito. La que está mal de la cabeza es ella.

—¿Venís con nosotros? Nunca vi una extremaunción.

—Tengo que limpiar las ventanas.

Lo agarro a Gervasio, me abraza fuerte, todavía tiene los ojos llenos de lágrimas. Le pido perdón, responde apretándome una teta. Volvemos a la playa, lo llevo sobre mis hombros, él me tira del pelo y recupera la sonrisa. Cuando llegamos, ya están todos. Algunos tienen velas, pero el viento las apaga a cada rato. A la naturaleza no le gustan los rituales. Busco a Serge, pero no lo encuentro.

El sacerdote se unta las manos con una pasta que parece manteca. Según él, es un óleo sagrado que prepara al cadáver para encontrarse con dios y lo libera de todo pecado. Dice que aunque la ballena esté muerta igual el procedimiento funciona, porque falleció fuera del agua, su lugar de origen. No entiendo qué tiene que ver, pero no me animo a preguntar, los demás escuchan y asienten. Al lado mío, un chico le dice a su hermano menor que es grasa de caballo.

—No hacemos esto con animales, pero dadas las condiciones y el apuro de la circunstancia, vamos a considerar que la Iglesia me lo permite. Que la paz sea en esta casa. Amén —dice el sacerdote mientras masajea la piel de la ballena muerta.

—Amén —se escucha.

Julia se acerca al sacerdote y dibuja una cruz sobre la arena. En el centro pone una piedra.

—Ignora el espanto de las tinieblas, el chisporroteo de las llamas infernales, la tortura de los tormentos —dice—. Tiembla y huye a la cruel confusión de la noche eterna. Que todas las legiones infernales sean confundidas y se avergüencen y los ministros de Satanás no se atrevan a impedir tu viaje.

El sacerdote da un paso al costado. Se tambalea. Le acercan una reposera de rayas fluorescentes. Le mojan la frente. Vomita sobre una toalla de mano. Se relame frunciendo la nariz. La cara de asco lo hace más viejo. Las arrugas se le bifurcan y se llenan de transpiración. Huele a pescado podrido.

—Terminemos acá. La muerte me descompone —le dice a Julia y ella le acaricia la nuca. Después vuelve a pararse.

—Gracias, los espero en la misa del domingo —grita el sacerdote. Todos aplauden.

—Ahora voy a dejar aquí este recipiente para que, si lo desean, puedan adelantar su diezmo o una ofrenda a nuestra Santa Iglesia.

La gente se dispersa. Quedan algunos adolescentes con sus celulares, ansiosos por sacar fotos de la mutilación. El especialista se baja de la camioneta con cara de dormido. Prende un cigarrillo. Le hace una seña a la grúa para que empiece el trabajo. Mientras, Gervasio juega con la arena.

El ruido de la motosierra lo asusta. Le doy la teta para que no mire. El mundo es un lugar horrible. La grúa hizo un agujero profundo bajo el mar. La ballena trozada dejó de ser un animal. Los adolescentes se fueron después del primer corte. Las risas se perdieron entre los arbustos de los médanos. Ahora el especialista se deshace del traje ensangrentado. Vuelve a la camioneta. Enciende la radio y fuma. La grúa se ocupa del entierro. Gervasio se está durmiendo. Antes de echar la arena sobre el cuerpo, cubren la carne con sal gruesa. El procedimiento es rápido. A la hora no quedan restos. El tipo de la grúa me saluda levantando la mano. Me mira y mueve los labios. No lo entiendo.

* * *

Rosalía quiere llevar a Gervasio a hacer las compras del mes. Dice que se toma el colectivo, que es solo media hora de viaje hasta Polines.

—Hacemos los mandados, lo llevo a la calesita y nos volvemos en el remís.

Le pregunto a Gervasio si quiere ir y dice que sí con los bracitos estirados. Nunca nos separamos tantos kilómetros, pero me parece que ya está listo. Le cambio el pañal, lo peino frente al espejo y le doy besos en la panza. Después salimos los tres. Rosalía está emocionada. Se perfumó y se puso un vestido que no le conocía.

—Hace tanto que no voy a ningún lado —dice.

Esperamos el colectivo en una esquina. Después de un rato, llega a la parada. El chofer saluda a Rosalía con un apretón de manos, le pregunta cómo andan las cosas y le regala un caramelo a Gervasio. Me quedo parada mientras se alejan por la calle de arena. Gervasio saluda por la ventana. Sonríe. Está feliz.

Ahora no sé qué hacer. Sin ellos, me pierdo. Camino hacia la playa, me siguen los perros. Ellos también están aburridos. Voy adonde está la ballena enterrada. Busco un indicio de algo. Me siento sobre la arena húmeda. El mar está tranquilo, casi no hay olas. Dejo que el tiempo pase. Hoy voy a preparar la cena, quiero hacer algo rico para sorprenderlos. Pienso en Rosalía. ¿Qué va a hacer cuando nos vayamos? ¿Adónde vamos a irnos? Estoy acá haciendo un paréntesis de no sé qué cosa. Quiero detener el tiempo pero Gervasio no para de crecer.

En el horizonte aparecen manchas. Son los botes que vuelven a la costa. Se acercan rápido, pronto se ven las cabezas de los pescadores. Allá está Horacio. Me ve desde el agua y baja la vista. Hago un saludo general. Se nota que fue un mal día de pesca. Los botes vienen vacíos y los hombres de mal humor.

—Hoy no tengo nada —dice.

—Está bien, no vine a comprar.

Desarma las redes y tira caracoles en la arena. Los otros se van y dicen que lo esperan en el bar.

—Vamos a caminar —dice.

Andamos sin decir una palabra. El sonido del mar me adormece las ideas. Después de un rato, llegamos a una playa finita y rocosa. Las olas llenan la costa de espuma. Se forman nubes entre las piedras. Abajo se esconden familias de cangrejos. Huyen de nosotros. Horacio me da la mano y sube por las piedras hasta alcanzar el médano. Nos besamos detrás de un arbusto. Una espina me pincha el pie. Me la arranco de un tirón mientras él me saca el vestido. Lo estira en el aire y lo suelta. Cierro los ojos, lo dejo volar. Su lengua se transforma en un ser vivo. Cogemos rápido, como dos perros. Antes de acabar se desprende de mi abrazo. Planta su leche en la arena. Limpio los restos de semen con los labios. Lo mastico, le digo que me gusta ese estado fronterizo. Ni duro, ni blando. Me mira y se ríe.

—Se me hace tarde —le digo. Él se da cuenta de que es mentira pero no le importa.

Vuelvo por la playa. Tengo hambre. Otra vez me sofoca el vacío, se me van los órganos. Camino liviana y sin propósito. Trago saliva para borrarme el sabor de su leche salada. No quiero volver a verlo.

 

Rosalía fue a la carnicería. Ahora acomoda morcillas, chorizos y carne cruda sobre una fuente plateada. Lo hace con delicadeza, como si fueran flores recién cortadas. Dice que necesitamos proteínas, que basta de medialunas y de papa con huevo. Me pregunta si puedo hacer el fuego, anda con la presión desajustada y no quiere hacer más esfuerzos por hoy. Jamás hice un asado, pero disimulo mi falta de experiencia y salgo a buscar ramas por el fondo. No quiero desilusionarla.

Armo una pirámide con hojas de laurel y romero seco. Enciendo un fósforo y la veo consumirse en pocos minutos. Rosalía abre la bolsa de carbón, le da uno a Gervasio para que dibuje sobre las baldosas. Cuando se agacha, se pone pálida de pronto. Se queda un rato quieta, con la cabeza entre las manos. Me acerco para ayudarla pero no quiere. Me aleja como a las moscas.

—Quemá las noticias —dice y me alcanza un diario doblado que hay arriba de la mesa.

—¿Estás bien? ¿Querés acostarte un rato?

—No te disperses que el nene tiene hambre. Agregá madera que a las hojas se las lleva el viento.

Vuelvo a armar la pirámide. Acomodo las ramas sobre los bollitos de papel. Los carbones ya los puse, funcionan como la base de la estructura. El precipicio que se agazapa bajo los cimientos del hogar. Prendo el fuego y me quedo mirándolo como si no existiera otra cosa. Es un ser vivo que amenaza con destruirlo todo. Baila y se penetra a sí mismo, se consume y renace, escupe chispas y yo festejo clavando una rama en el centro.

Rosalía se acerca con la bandeja llena de carne y Gervasio enganchado a la cintura. Lo de no hacer esfuerzos no le duró nada. Apoya con cuidado cada pieza sobre el hierro y agrega menta fresca sobre los huesos. Pasamos horas alimentando el fuego. Después de comer, trae un licor dulce a la mesa del jardín y sirve un vasito para cada una. Brindamos en silencio y nos vamos a dormir. Gervasio se desploma sobre la almohada, parpadea con la boca abierta y los cachetes negros. Yo me abrazo al olor a humo que desprende mi ropa. Sueño con cuerpos desnudos que flotan sobre el barro.

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