Furias

Fernanda Eberstadt · Capítulo 1 de 71

Páginas del PDF

Furias

Libro uno

 

CAPÍTULO UNO

 

1

Domingo en Central Park.

A primera hora de la tarde de un día ventoso de septiembre, desapacible y frío para la época del año. El viento agita las hojas amarilleantes de los robles y los plátanos. El otoño está en el aire.

Este domingo por la tarde en particular, a mediados de la década de los noventa, Gwendolen Lewis estaba sentada junto al estanque para los barcos de juguete, donde tenía previsto encontrarse con una amiga. Gwen, como era su costumbre, había llegado con antelación; su amiga se estaba retrasando.

Gwen se había tragado hasta el último suplemento de los diarios dominicales (carentes de noticias y plagados de estúpidos reportajes de fin de semana sobre los mejores modos de gastarse el dinero); había estado haciendo anotaciones relacionadas con el viaje de negocios que iba a emprender a la mañana siguiente; había oído los mensajes de su correo de voz, uno de los cuales procedía de Constance, quien innecesariamente le avisaba de que llegaría tarde. Se había bebido un café de un trago, y lo único que ahora podía hacer era seguir esperando y aburrirse como una ostra.

Practicantes del jogging que pasaban corriendo con la piel reluciente de sudor. Patinadores que tropezaban los unos con los otros. Carritos de bebés cuyas superestructuras eran tan caprichosas como las de los antiguos carros romanos, manejados por padres con los rostros inquietos. Y perros. Perros que se olisqueaban mutuamente, se ladraban y copulaban, cuyos dueños se mostraban bienhumorados y a la vez daban la impresión de pedir disculpas con sus miradas, resignados a la temporal intimidad con unos extraños cuyo único punto en común radicaba en que a su perro le había dado por lamer el impertérrito ojo del culo de tu perro.

Malditos domingos. Constance, la tardona. Este parque detestable de neutras geometrías, ideado para aplacar a unos seres —perros, niños pequeños, deportistas— que para empezar hacían mal en vivir en una ciudad.

Constance, una inglesa que vivía en Singapur, estaba alojada en el hotel Carlyle, a tres cuadras de allí. ¿Por qué no podían haberse citado en la planta baja del hotel, en el bar Bemelmans, aquella especie de oscuro confesionario en el que no estaba permitida la entrada a los animales, ni a quienes eran ya demasiado mayorcitos para andar sobre patines? Por si fuera poco, estaba a punto de llover a base de bien.

En ese momento, veintidós minutos después de la hora concertada, por fin llegaba Constance.

Gwen la divisó en lo alto de la loma y la contempló descender entre el gentío: con una larga trenza rubio-rojiza azotándole un hombro, vestida de manera informal al estilo de una colegiala, con holgados pantalones de pana blanca, provocadora en cierto modo indefinido, desdeñosa en el meneo de su trasero. Una despreocupación sonriente que afirmaba: Tan sólo me importan una docena de personas del universo…

Un largo beso, un abrazo estrecho, las caras sumergidas en los cabellos de la amiga, como si les fuera imperioso abstraerse de la tragedia que suponía vivir a doce mil kilómetros de distancia la una de la otra y no encontrarse más que tres veces al año.

—¿Cómo es que llegas tan tarde?

Constance se dejó caer a su lado.

—Cometí el error de llamar a los niños. Están en casa de mis padres. Ruby insistió en que le leyera un cuento de Noddy. Le dije: «Cariño, son cosas que pasan: me he olvidado traer los libros de Noddy a Nueva York». Y entonces ella respondió: «Pues aquí tienes el libro. Cógelo. Y léeme un cuento». Es difícil explicarle a una niña de dos años que el teléfono es un instrumento que te permite oír pero no ver. ¿Qué te apetece? ¿Otro café?

Las dos mujeres compraron capucemos en el kiosco y deambularon en torno al estanque en el sentido contrario al de las agujas del reloj. Hasta hacer alto frente a la estatua de Alicia en el País de las Maravillas, a la que Gwen y su hermano menor se habían subido de niños. Hacía unos veinte millones de años. La Gwen adulta contempló la Alicia de bronce, impresionada —a su pesar— por el porte colosal de aquella giganta con delantal. Una esfinge vertical, con los ojos del tamaño de pelotas de béisbol. Nuestra Alicia que estás en el País de las Maravillas, con niños aferrados a sus extremidades, cual efigies de condenados y salvados.

—¿Te parece que nos sentemos? —Constance, que a todas luces echaba de menos a sus pequeños, quería ver jugar a los niños ajenos.

Se sentaron. En el banco de al lado, un hombre barbado estaba tumbado durmiendo con un periódico sobre la cabeza. ¿Un vagabundo sin hogar o un juerguista que estaba durmiendo la resaca? Lo segundo, decidió Gwen. En la ciudad ya no se veían tantas personas sin techo. El alcalde Giuliani los había mandado a todos a… ¿adónde? A colonizar alguna nueva Australia, acaso.

—Así que mañana sales para Rusia. Me alegro de haberte pillado.

A medio sorbo, Gwen asintió con la cabeza.

—Yo también. Te echo de menos; se diría que ya no me quedan amigos. A veces me descubro hablándole en voz alta al ordenador.

—¿Cómo va el trabajo?

—De aquella manera. —Gwen era directora de un instituto establecido para ayudar a la democratización de la antigua Unión Soviética—. Acabamos de enterarnos de que nuestro contable de Moscú —a quien yo contraté personalmente, como es natural— lleva tiempo distrayendo fondos.

—Vaya rollo. ¿Hay forma de dar con el dinero?

—El dinero no lo vamos a recuperar. Pero el problema no es el dinero. El problema es que… ¿Qué otra cosa se puede esperar? Hace años que la sociedad entera es una verdadera cleptocracia. No es fácil convencer a la gente de que los tiempos han cambiado, de que se trata de su propio país, de que no hace falta que sigan violando a sus mujeres, de que a lo mejor sería buena idea intentar hacer el amor con ellas…

—¿Pero te sigue gustando?

—¿Rusia? ¿Mi trabajo? Sí, claro, las dos cosas. Ya sabes que me van los callejones sin salida. ¿Y tú qué tal, Constance? ¿Te has adaptado a la vida en Asia? ¿No echas en falta el trabajo?

Constance era una abogada que se había especializado en fusiones y adquisiciones en un bufete londinense de primerísimo orden. Durante años parecía cosa segura que iba a triunfar en lo suyo a lo grande, hasta que, quemada por las interminables jornadas al servicio de las grandes corporaciones, primero se pasó al campo de los derechos humanos, y después, tras tener el segundo hijo, lo dejó todo.

—Lo dirás en broma. El derecho me da una pereza tremenda; mucho mejor resulta quedarse en casa y cotillear con las niñeras. —Constance hizo una pausa—. La verdad, Singapur tiene muy poco de asiático. Es una pena. Los que formamos parte de la comunidad extranjera vivimos en una especie de cuarentena, como inmigrantes muy bien pagados… Como sabes, los chinos de Singapur detestan a todos los que no son como ellos. Pero Roger me ha jurado que dentro de un año estaremos otra vez en Londres…

Constance asomó el rostro; sus hombros estrechos se encogieron contra el viento. Con una benevolencia no dirigida a nadie en particular, sonrió a los niños y niñas que se arracimaban sobre el bruñido bestiario de Alicia.

—Echas de menos a tus hijos. —Gwen, celosa.

A modo de respuesta, Constance trasladó aquella sonrisa a su amiga.

—Tú no quieres tener hijos, ¿verdad? Te parece que todo eso de la maternidad es una chorrada y un aburrimiento tremendo, ¿no? —Sin acusar; por el contrario, contenta de que su amiga, contara con su propia, solitaria libertad, su licencia para disfrutar de la vida—. Los placeres que te procuran los niños pequeños —tus propios niños pequeños— son más bien imposibles de expresar.

Gwen meditó (brevemente) sobre la tiranía de los niños, sus voces cantarinas y demasiado altas, como si todos ellos fueran sordos. Lo tedioso que resultaba tener que fingir interés en Noddy cuando una lo que quería era que la dejaran leer el periódico en paz y hacer su vida.

—Eso supongo. —Al momento avergonzada, se aprestó a la defensa—: Ya sabes que me paso media vida de viaje. En lugares en los que no hay teléfonos o… O en cuyos aeropuertos no saben lo que son las normas de seguridad. Quiero decir que a una persona con familia ni se le ocurriría meterse en una de esas cafeteras volantes que despegan de… De Murmansk, por ejemplo. A veces me digo que todo sería más fácil si yo fuera el padre y me bastara con pasarme por casa de vez en cuando para darle un besito al niño acostado en la cama…

—Pero tú eres feliz…

—Oh, venga ya. La felicidad implica una ausencia de mala conciencia y de disgusto con una misma que yo estoy lejos de sentir, pero digamos que mi trabajo me gusta. A la vez, cuando no estoy trabajando me gusta tener tiempo para mí misma. Para leer un libro con calma y encender la lámpara cuando me apetece. La idea de estar en un cuarto de baño con otro a la vez, el uno cepillándose los dientes y el otro meando, me da verdadero…

—¿Y qué pasa con Campbell?

—Campbell es estupendo, pero…

—Qué apasionamiento, chica.

—¿Qué quieres que te diga? Me estoy convirtiendo en una solterona. ¿Que igual de aquí a diez o quince años me arrepiento de no haber tenido hijos? Es posible. Pero yo nunca hago planes a tan largo plazo… Ni tampoco descarto nada; igual soy de esas mujeres que a los setenta y tres años adoptan un niño por encargo.

Sin decir lo que era obvio. Que, a juzgar por lo que ella había visto, casi todos los matrimonios venían a traducirse en un compendio de mentiras, traiciones, destrucción. En el mejor de los casos, en la lenta erosión de aquello de lo que una antaño estuviera más orgullosa.

—¿Has tratado de imaginarte lo que sería pasar la vida con él?

—¿Con Campbell? Yo no me aguanto ni a mí misma, así que no veo cómo podría aguantar a otra persona. Supongo que llevo una vida demasiado ajetreada y complicada para hacer feliz a otro.

Mi marido… Gwen había oído a las mujeres de su edad pronunciar esta pomposa expresión como si el individuo así denominado midiera más de dos metros, se afeitara con navaja de barbero y aquella misma mañana les hubiera echado el polvo de sus vidas. Cuando, de hecho, la mayoría de los maridos que Gwen conocía eran unos mequetrefes infantiloides, caprichosos, tediosos, quejicas. ¿Mi marido? De eso, nada.

—¿Cómo le va a Roger? —De mala gana. El irredentismo aparecía de repente y por donde una menos se lo esperaba: oye guapo, yo compartía cama con tu mujer cuando ésta llevaba fijaciones en los dientes y me obligaba a escuchar el Heart of Glass de Blondie cinco veces antes del desayuno. Tengo fotografías suyas completamente espontáneas que te morirías por ver. A los quince años, a los diecisiete, a los veintiuno, en la playa, de hurto en una tienda, durante su primer viaje de ácido. Cuando Constance era una de las pocas alumnas extranjeras internas en los colegios de Nueva Inglaterra. Un patito feo, todo pecas y piernas escuchimizadas. Una cuasi-empollona, lo mismo que la propia Gwen.

—¿Roger? Es un cielo —dijo Constance con ironía—. Lo que cobra en incentivos al año supera el producto nacional bruto de la mayoría de los países del Tercer Mundo. Supongo que ésa es otra razón por la que no me apetece trabajar: ni siquiera puedo dármelas de que nos hace falta el dinero.

—Claro —dijo Gwen—. Y pensar que en los años ochenta la gente se lamentaba de la mucha codicia que había, del nuevo culto al dinero…

—Ja. Los ochenta fueron años de estrecheces y pobretonería en comparación con lo que hay ahora.

—¿Verdad que sí?

Los niños se arremolinan en torno a Alicia en el País de las Maravillas. Pisoteando al Dormouse, estrangulando al Sombrerero Loco y al Gato de Cheshire. En remolinos, en remolinos, arracimándose en torno a la estatua como los asaltantes a una fortaleza.

En el banco vecino a Gwen y Constance, el hombre dormido se giró en sueños y encogió las largas piernas bajo el trasero. Gwen reparó en que calzaba unas zapatillas deportivas rojas Converse All Stars y en que el dedo gordo le salía por el agujero de una de ellas. Gwen detectó la incomodidad de su amiga: el ojo avizor de la Constance-madraza ante peligros eventuales. ¿Qué hace aquí este posible pervertido? Yo pensaba que en los parques de juegos estaba prohibida la presencia de adultos sin acompañamiento. Quizá Constance llevaba demasiado tiempo viviendo en Singapur…

Gwen advirtió que Constance no era la única que estaba contemplando a su dormido vecino. Mientras escalaba el reluciente brazo de Alicia, un niño vestido con una camiseta de los Atlanta Braves asimismo lo espiaba de vez en cuando por el rabillo del ojo.

Un fuerte viento que alborota las hojas de los plátanos hacia arriba, unas nubes que se han vuelto oscuras y amenazadoras por efecto de su carga, un primer retumbar de tormenta.

Gwen se levantó.

—Mejor que nos vayamos.

Los padres asimismo empezaban a meterle prisa a los niños, a echar mano a los carritos de los bebés, a sacar impermeables de las mochilas.

Y en ese momento —como si las miradas de todos finalmente lo hubieran despertado— el hombre que estaba durmiendo se irguió en el banco y se desperezó. Miró a su alrededor y reparó en Constance y en Gwen, que tardaron un poco más de la cuenta en desviar la mirada.

El hombre bostezó, se levantó, miró a Alicia con gesto casual. Dirigiéndose al niño vestido con la camiseta de béisbol, indicó:

—Vámonos. Es hora de irse a casa.

Gwen lo vio tirar su periódico a una papelera, acercarse a la barandilla metálica y abrir el candado de una bicicleta grande y oxidada. Se montó en ella, ayudó al niño a subirse al cuadro y se marchó pedaleando, bamboleándose.

Por una u otra razón, Gwen de pronto vino a sentirse excluida. No estaba muy segura de qué era lo que envidiaba: la desenfadada maña del ciclista o la confianza que el niño le mostraba al sentarse encajonado entre sus rodillas pedaleantes.

Constance y ella se levantaron también, subieron ladera arriba a toda prisa y fueron a salir a la Quinta Avenida. La lluvia que caía a mares, inundando los huecos inscritos como nidadas en el pavimento octagonal. Relámpagos blanquísimos en la hosca oscuridad del cielo.

Gwen y Constance cruzaron Madison Avenue a paso rápido bajo el chaparrón purulento. A punto estuvieron de ser atropelladas por un autobús, y al llegar a la acera salpicaron del agua de los charcos a un grupo de personas que se habían cobijado bajo la marquesina del hotel Carlyle.

—¿Te apetece tomar un té en mi habitación? Roger debe de estar al caer.

—No puedo… Tengo que pasarme un momento por el despacho.

—¿Y qué haces por la noche? Tenemos previsto encontrarnos con Christopher y su nuevo…

—Ya lo sé. Es una lástima, pero he quedado con mi padre para cenar. Para nuestra cena de cada tres años. Mi padre sólo me llama cuando Jacey está fuera de la ciudad.

—Los hay peores.

—Eso supongo.

 

2

El Instituto Lavrinsky se encontraba en un palacio gótico construido durante el cambio de siglo y emplazado en la esquina sureste de la calle 79 con la Quinta Avenida. Gwen alguna vez se había preguntado si su jefe, Edward Lavrinsky, habría visto su rostro reflejado en alguna de las acuclilladas, simiescas figuras humanas en piedra caliza que chorreaban agua desde cada una de las esquinas del edificio. Lavrinsky era un inversor que había decidido traducir su fortuna personal en filantropía política. Como había tenido ocasión de conocer a los hijos del magnate, Gwen casi lo entendía.

Durante los últimos años setenta y primeros ochenta, Lavrinsky estuvo subvencionando con fondos propios la red neoyorquina de escuelas públicas, de la que él mismo era un producto graduado de forma estelar. Pero Lavrinsky a todas luces había terminado por aburrirse de la educación y sus teóricos: ahora estaba mucho más interesado en moldear la política exterior estadounidense, labor de la que en épocas más audaces se había ocupado el propio gobierno estadounidense. Al acabar la Guerra Fría, Lavrinsky fundó un instituto orientado a la rehabilitación de la antigua Unión Soviética, de cuyos confines meridionales él mismo había huido mucho tiempo atrás, siendo un niño pequeño.

Quinientos millones de dólares se gastaba Lavrinsky al año en la compra de transmisores para emisoras independientes de televisión en Bielorrusia; en el reciclaje profesional de los bioquímicos residentes en las ciudades en guerra del Kazajstán; en vacunar a los niños contra la tuberculosis; en devolver el agua al mar de Aral.

Gwen estaba al cargo de la carpeta de proyectos en Rusia. Se trataba de un trabajo divertido y estimulante, lo bastante subversivo para que ella gustara de él. Cada año, como un obispo medieval empeñado en la difusión del cristianismo, Gwen ponía en marcha un nuevo proyecto en Kazán, en Stavropol o Arjángelsk; cada pocos meses viajaba a inspeccionar el funcionamiento de sus antiguas parroquias, regidas por misioneros con cuentas bancarias. Era corriente que por la calle la siguieran desconocidos; en sus oficinas ponían micrófonos; a los empleados nativos a veces los detenían mientras que a los expatriados se les denegaba la renovación de sus visados. Por lo demás, Gwen de vez en cuando entendía con una lucidez fatal que el proyecto global no estaba funcionando en absoluto; que Rusia y sus retoños seguían siendo un mundo aparte. Pero aquello era mejor que su anterior empleo, en el Departamento de Estado.

Gwen hoy se quedó en la oficina hasta las siete, preparándolo todo para su inminente ausencia de tres semanas.

 

3

Clip, clip, clip.

Steve le estaba cortando el pelo a Martin Lewis. Sus dedos del color del té masajearon los músculos en tensión que Martin tenía en el cuello y los hombros. El crepitar del aparatito eléctrico con que le estaba chamuscando los pelos de las orejas y fosas nasales.

Fascinada a pesar suyo, Gwen contempló la pelusa rizada que crecía en las rosadas orejas de su padre. Los cabellos abundantes, ondulados y de un castaño rojizo que hoy se estaba tornando entre gris y óxido, el único rasgo físico atractivo de este hombre bajo y compacto como un toro, pecoso y rubicundo. Cabellos de chica, un pelo con pretensiones aristocrático-británicas, largo en exceso.

Estaban sentados en el nuevo vestidor que su padre tenía en casa.

Su mujer actual, Jacey, decoradora de profesión, había hecho construir el vestidor aprovechando el espacio sobrante del dormitorio vecino y lo había decorado al estilo de un club londinense tradicional: sillones de cuero, un tocador de caoba con un juego de cepillos de carey, paredes con unos espejos tan cubiertos de pátina instantánea que una apenas podía ver su imagen en ellos. Armarios grandes y nuevos, camuflados tras un trompe l’oeil que representaba una gran biblioteca con los estantes poblados de libracos encuadernados en añeja piel roja o dorada.

El padre de Gwen había dado al traste con el efecto de conjunto al meter en el vestidor su máquina StairMaster para fitness y musculación, así como un televisor de sesenta pulgadas y alta definición.

En el tocador, fotografías familiares en marcos de plata. Martin en la terraza de su casa en Connecticut. Jacey había escogido dicha imagen porque en ella aparecía bastante más delgado y con aspecto más relajado de lo habitual, sin merecer la descripción: Retrato de un plutócrata finisecular que ya lleva tres matrimonios y dos ataques al corazón.

Jacey y los dos hijos que había tenido con Martin, en una lancha rápida a motor en las islas griegas: Alexander al timón, Serena con pinta de estar a punto de vomitar.

Una descolorida polaroid de Gwen y Maddock, un cuarto de siglo atrás, asimismo de carácter náutico, tomada por el fotógrafo de a bordo en el comedor de un crucero en aguas del Caribe: los dos niños están mirando desde las faldas del mantel como sendos perrillos hambrientos. Gwen con minifalda, Maddock con blancos pantalones de campana y con el pelo cortado al estilo paje. Sendas sonrisas tristes que imploran cariño sin disimulo y sin obtener respuesta.

El recuerdo amargado de la propia niñez formaba parte del contemporáneo espíritu quejica que a Gwen tanto le fastidiaba. Su padre, que nunca hacía mención a la propia infancia y que consideraba una pérdida de tiempo retrotraerse a cuanto fuera más allá de la semana próxima, sin duda estaba de acuerdo. Los padres siempre hacían lo que podían; ¿qué sentido tenía darle vueltas y más vueltas a lo que estaba muerto y enterrado? Cuando Gwen y Maddock eran pequeños, él era un abogado joven y que empezaba a buscarse la vida, convencido de que sus hijos tenían que quererlo por el simple hecho de que él era su padre. Y cómo él creía en el progreso, era natural que Serena y Alexander disfrutaran de mayores privilegios: de vacaciones más molonas, de escuelas más elitistas, de un padre menos ocupado.

Astrólogo aficionado, Steve estaba leyéndole el signo a Lewis.

—Tu luna se traslada a Escorpio el veintiséis —decía—. Eso significa que durante las dos próximas semanas te vas a encontrar a tope, hecho un fiera de cuidado… Las personas con las que trates al momento detectarán tu carisma, tus vibraciones de lo más potente. Es una época propicia para disfrutar de una sensualidad sin límites…

Su padre captó la mirada de Gwen en el espejo.

—No sé para qué le pago a este tío. No hace más que venirme con pésimas noticias. Steve es famoso porque practica el sexo tántrico como nadie…

Con el móvil encajado entre la oreja y el hombro, Gwen estaba hojeando el Economist. Había un reportaje sobre Rusia que en principio tendría que interesarle lo bastante como para recortarlo. Las habituales estadísticas hechas con los pies… Como si alguien pudiera estimar el PNB de un país cuya economía estaba a medio camino entre el trueque y la servidumbre de la gleba. El blip-blip-blip del buzón del móvil. Tiene cuatro mensajes nuevos. El recuerdo de cómo la segunda mujer de su padre una vez le dijo, media borracha y como justificándose, que el matrimonio de los padres de Gwen había fracasado por la concreta razón de que la madre de Gwen no quería dormir más con Martin. Cuando ella a su vez se lo contó a Maddock, su hermano comentó:

—Yo tampoco dejaría que papá me follara. Huele que apesta y tiene la espalda cubierta de pelos.

—La verdad, no sé mucho sobre el sexo tántrico —dijo ella ahora a su padre.

—Creo que es cuando el tío se pasa horas y horas metido en faena pero sin llegar a correrse nunca… ¿No es eso, Steve? A mí me suena a sinónimo de viejo decrépito, pero Steve dice que a las mujeres les encanta y que los tíos que lo practican no se mueren nunca en la vida.

—La eyaculación del semen es lo peor que uno puede hacerle al cuerpo — confirmó Steve—. Peor que el tabaco, peor que comer carne, peor que el estrés. — Steve, un joven de origen chino que andaba vestido con un pijama negro de artes marciales, llevaba su propio pelo largo. Clip, clip, clip.

Steve, el del pijama negro y la trenza que le llegaba por los hombros, sostenía que la mayoría de los problemas de la humanidad tenían su origen en la dieta. En la actualidad era posible tropezarse con adultos con cabeza que suscribían semejante reduccionismo. ¿Es que el carácter personal ya no contaba para nada? Una ya nunca oía mencionar que una persona fuera débil o, mucho menos aún, perversa. ¿El troyano Paris acaso fue un adicto al sexo? ¿Era posible que Aquiles hubiera sufrido de un desorden de atención?

—Por cierto, hablando de cosas estresantes, esta noche teníamos previsto ir a una cena de caridad. —Lo de «teníamos» parecía designarle a él y a Jacey en exclusiva.

—¿Ah, sí? —Gwen estaba escuchando sus mensajes.

Campbell, desde Ginebra, diciéndole que la echaba de menos y que lo llamase si volvía a casa durante la próxima hora. Hotel Ambassade, habitación 401. Constance, para recordarle el nombre de cierto libro cuyo título se le había olvidado. Le Rivage de Syrtes. Su madre. Mijail Becker, que la semana que viene llegaba a Nueva York e iba a alojarse en el Helmsley Palace. ¿Le apetecería salir a cenar con él? Bip. No hay más mensajes. Borrar mensajes.

—…La idea de la cena era recaudar fondos para ese grupo teatral con el que Suzy Goldfarb anda involucrada. Le dije a Melanie que llamara para cancelar. A Jacey le chiflan estas galas de caridad, pero lo que soy yo prefiero comer en casa.

—¿Cuándo vuelve Jacey?

—¿Que cuándo vuelve? El miércoles pasado, en teoría. Pero parece que surgió un problema con la piscina. —Jacey, que había convertido su dúplex de Manhattan en una casa señorial de Wiltshire, ahora andaba ocupada en transformar su casa rural de Nueva Inglaterra en una villa toscana.

Aquello era lo que Gwen nunca terminaba de entender: que uno se pasara media vida rompiéndose los cuernos a fin de ganar una fortuna que luego otros dilapidaban en cosas que a uno le daban lo mismo.

—¿Qué problema hay con la piscina?

—Las baldosas —respondió él en tono sardónico—. Llegaron rotas de Italia, o eso dice ella. Los decoradores suelen decir cosas así para no reconocer que la culpa la tiene el constructor de turno. Gustave, en este caso. Por si las moscas, nunca en la vida se te ocurra hacer tratos comerciales con un sujeto que se llame Gustave…

—Hmm —musitó Gwen. Mientras se preguntaba cuál de los distintos árboles genealógicos con los números de las firmas de importación, los holdings empresariales y los teléfonos móviles de coche propiedad de Mijail Becker seguiría siendo operativo de cuantos almacenaba en su agenda de ejecutiva. Lo más seguro era que no llegase a ver a Mijail.

—Así que otra vez te marchas a Rusia. Tengo entendido que por allí uno tiene que hervir el agua antes de beberla. Cuando tiene que ir a Rusia, Chandler siempre lleva consigo un frasco de mantequilla de cacahuete y una tetera eléctrica. Pero luego vuelve cuatro o cinco kilos más delgado.

Steve ahora estaba ocupado en tareas de limpieza, en sacudir el polvo de los nudosos hombros de su padre.

—Pues yo no estoy para ir hirviendo el agua.

—Tienes que cuidarte, Chugga. Se te ve cansada.

Tal como su padre lo veía, las mujeres necesitaban tener maridos. Si una vivía sola, acababa por perder la salud. Gwen no dijo nada. Lo que su padre no quería admitir era que ella tenía treinta y un años (seis años menos que su madrastra actual) y los aparentaba. Cosa que a ella le parecía bien. No tenía ningún interés en contar con una cara juvenil, carente de las marcas dejadas por la experiencia. Su vida había sido intensa —complicada, por así decirlo—, y se alegraba de que su rostro indicara tal cosa.

—Oye, tengo entendido que vas a hablar en el Consejo de Relaciones Exteriores.

—Bueno, tanto como hablar… Voy a participar en una mesa redonda.

—Buena jugada por tu parte, Chugga. ¿Cuándo?

—En noviembre… El quince.

—Llama a Melanie y dale la fecha exacta. ¿Me harás ese favor?

¿Y esto? Como si se tratara de una función escolar.

—No es más que una mesa redonda.

—Me parece que esa semana tengo que estar en Los Ángeles. Pero no te olvides de que tengo previsto organizar ese almuerzo contigo y con Jim Lawrence.

—No creo que vaya a tener tiempo.

—¿Y por qué no? El dinero extra nunca está de más.

Si se hubiera decidido a estudiar derecho, ahora estaría forrándose. Las cosas como son: el trabajo para grupos sin ánimo de lucro era para los rentistas con el futuro asegurado o las mujeres casadas con maridos ricos. ¿Y cómo está Campbell? (en tono afectuoso).

Bien… Steve ahora moviéndole el sillón a su padre para que éste pudiera admirar la parte de atrás. El pelo todavía un poco demasiado largo para los gustos de hoy. Ricitos dorados. Ya de pie, Martin Lewis le apretó el brazo a Steve con afecto y le pasó un talón. Gwen admiró la coreografía empleada por su padre: con la izquierda acarició y apretó ligeramente el bíceps de Steve; con la derecha le metió el talón con habilidad en el bolsillo de la chaquetilla. Tras despedirse del peluquero con gesto afable, acompañó a su hija al despacho del piso inferior. Allí conectó el televisor, donde Joe Pepitone estaba preparándose para debatir el partido de la velada. Atlanta contra los Blue Jays. La melancolía contra la rabia.

—Estaba pensando que podríamos ver esta nueva película de Robin Williams que Billy Guttman me ha enviado. —Martin Lewis había formado parte del millón de abogados brevemente involucrados en la adquisición de Miramax por parte de Disney. Cogió el teléfono y pulsó la tecla del ama de llaves—. Sabine, ¿puede traernos la cena a la biblioteca?

Y Gwen, irritada (podría haberse ido a un restaurante con Constance) al descubrir que de nuevo la habían llamado para cenar ante el televisor. Porque Jacey estaba fuera de la ciudad, porque a su padre no le apetecía embutirse en un traje formal y arrastrarse por su cuenta a la cena de caridad organizada por Suzy Goldfarb. La irritación se veía atemperada por el alivio de que ella ahora también podía abstraerse del juego en el que los dos acostumbraban a enfrascarse, el juego de que ambos eran gente de mundo, triunfadores y felices, de que se llevaban estupendamente, de que la vida siempre les sonreía y de que de nada tenían que arrepentirse.

 

4

Gwen Lewis vivía en un alto y lujoso edificio del Upper West Side que tenía nombre propio, como si de un transatlántico se tratara.

El edificio de marras se llamaba el Vanderveer.

El Vanderveer contaba con puertas giratorias doradas, un vestíbulo de mármol pulimentado color verde oscuro, conserjes con galones dorados y un gimnasio de última tecnología en el sótano, en el que ella todavía no había puesto los pies. Gwen había comprado el apartamento cuando volvió a la ciudad tres años atrás, y el piso seguía teniendo aspecto de no haber sido nunca verdaderamente habitado.

Tras llegar al apartamento aquella noche, Gwen hizo los últimos preparativos para el vuelo de la mañana. Encargar que un coche pasara a recogerla para llevarla al aeropuerto, dejar dinero en efectivo para la mujer de la limpieza. Revisar los billetes: los de los vuelos internacionales y, encajados entre éstos, los de los mortíferos domésticos: vuelos de Aeroflot a San Petersburgo, Kazán, Novosibirsk.

Se preguntó si no estaría olvidándose de algo. ¿Había cancelado las suscripciones a los periódicos durante su último viaje? Por mucho que una viajara, cada nueva partida suponía una pequeña muerte. Se preguntó si algún día lograría encontrarse con su padre sin más tarde verse asaetada por la pena, la rabia, el dolor.

A la una, Gwen, que durante toda la noche no había bebido más que agua, se metió en la cama con un vaso corto de Jack Daniel’s. Una imagen, mientras se sumía en el sueño, de un hombre barbado en Central Park, pedaleando ladera arriba con su hijo entre las rodillas. Una figura desastrada y angulosa, como de eremita metropolitano: San Juan Bautista a lomos de una herrumbrosa bicicleta Raleigh. ¿Por qué se acordaba de él? Acaso porque su figura venía a apuntar que tener hijos podía implicar otras cosas que los libros de Noddy, las niñeras o el soborno de los remordimientos por medio de caros juguetes. Que en el fondo era posible disfrutar de cierta maliciosa soberanía dentro de los límites impuestos por la paternidad…