Giulietta
Mi madre
En cambio, mi madre y mis dos hermanas son muy guapas, sobre todo mi madre: aunque autoritaria, es muy elegante y de una gran belleza. Una noche (tendría yo más o menos siete años) me había levantado de la cama, y al asomarme al pasillo vi a mi madre con una corona cuajada de piedras preciosas en la cabeza y un gran manto bordado en oro que descendía hasta sus pies. Tal vez se disponía a ir a un baile con papá, pero a mí me pareció una reina, una emperatriz, y también ahora cualquier sombrero que se ponga en la cabeza sigue pareciéndome una corona, y siento la misma turbación paralizante que siempre me impidió hablar abiertamente con ella. Mi madre reina, mi madre emperatriz, mi madre en coche de caballos, mi madre en el palco de la ópera, mi madre ante el gran espejo de su dormitorio, con dos modistas arrodilladas ante ella, deslumbradas también por su belleza: «Es una reina, una estatua; qué guapa, qué belleza». En aquel gran espejo ovalado de marco dorado también estoy yo; soy esa niña que está en un rincón oscuro, al fondo de la habitación, mirando asombrada, maravillada. Más tarde, creyendo que no me veía nadie, volví a aquella habitación y traté de imitar los gestos de mi madre, me puse su sombrero en la cabeza y me cubrí la mitad del rostro con el abanico; y así me sorprendió mi padre, que apareció de pronto con el uniforme de fascista y me espetó:
—¿Has hecho la gimnasia esta mañana? Tórax erguido, hombros atrás, brazos extendidos. Flexiones: uno, dos.
La gimnasia era una de las manías de mi padre. A veces nos hacía salir sin abrigo en pleno invierno; decía que los niños italianos no deben tener miedo del frío y tampoco del fuego.
Papá era todo un jefe. Y estaba orgullosísimo de serlo, además. Yo sólo lo recuerdo así: con camisa negra y grandes botas; y también como le vi una vez: completamente desnudo y corriendo para esconderse detrás de un armario. Siempre hablaba del Duce, repetía en casa todo lo que había dicho el Duce y quería aplicarlo a la vida familiar. Cuando era pequeña me armaba un gran lío entre él, el Duce y Julio César; tenía la impresión de que los tres eran una misma persona. En esto influyó también el hecho de que, un año, en un libro del colegio pude leer: «El Duce es mi padre y mi madre». Se lo enseñé a mi padre para que me lo explicara, y me dijo que en efecto era así, que el Duce era el padre de todos nosotros, también el suyo, y que era aún más importante que la madre.