H. P. Lovecraft anotado. Más allá de Arkham
La casa evitada
La casa evitada[1]
Aunque a primera vista parezca una historia típica de casas embrujadas basada en ley endas vampíricas locales y ambientada en una vivienda real de Providence, «La casa evitada» descubre a Lovecraft inventando esencialmente su propia versión de dichas historias. En ella, al igual que en «El horror de Dunwich», «La llamada de Cthulhu» y En las montañas de la locura, se produce un cara a cara entre la ciencia y lo sobrenatural. Una narración meticulosa y detallada va desarrollándose in crescendo hasta alcanzar un clímax espantosamente verosímil. Aunque el relato fue rechazado inicialmente por Weird Tales, al final salió publicado en la revista varios años después de la muerte de Lovecraft.
«La casa evitada». Cubierta de Lovecraft Sludies 35 (otoño 1996) (ilustrador: Jason Eckhardt;
publicado con autorización).
I.
INCLUSO EL MAYOR de los horrores rara vez se encuentra falto de ironía.
En algunas ocasiones dicha ironía tiene que ver directamente con la propia
naturaleza de los hechos, mientras que en otras va unida solamente a la
relación fortuita de estos últimos con ciertas personas y lugares. Esta segunda
categoría se ve magníficamente ilustrada por un caso que tuvo lugar en la
anciana ciudad de Providence, donde a finales de los años cuarenta Edgar
Allan Poe pasó frecuentes temporadas durante su infructuoso cortejo de
aquella talentosa poetisa, la Sra. Whitman[2]. Poe paraba generalmente en la
Mansión House[3] de Benefit Street —la antigua Golden Ball Inn, una fonda
cuyo techo dio cobijo a Washington, Jefferson y Lafayette—, y su ruta de
paseo favorita llevaba hacia el norte por la misma calle hasta la casa de la Sra.
Whitman y el vecino jardín en pendiente de la Iglesia de St. John[4], cuya
escondida extensión de lápidas del siglo XVIII despertaba en él una peculiar
fascinación[5].
La ironía es la siguiente: durante este paseo, tantas veces repetido, el
maestro supremo de lo terrible y lo extraño se veía obligado a pasar por
delante de una casa en particular situada en el lado oriental de la calle: una
construcción lúgubre y anticuada encaramada en la empinada ladera de la
colina, con un gran jardín descuidado que se remontaba a una época en la cual
la zona era en parte campo abierto[6]. No parece que Poe escribiera ni hablara
nunca acerca de esta casa, ni existe tampoco prueba alguna de que llegara
siquiera a fijarse en ella. Y sin embargo, para dos personas en posesión de
cierta información, aquella casa iguala o supera en horror a las fantasías más
delirantes del genio que tantas veces pasó por delante de ella sin saberlo,
alzándose como un símbolo descamado y acechante de todo lo que es
indescriptiblemente horrible.
La casa era —y de hecho todavía es— de las que atraen la atención de los
curiosos. El edificio, que en un principio había sido de manera total o parcial
una casa de granja, se ajustaba al típico estilo colonial neoinglés de mediados
del siglo XVIII: esa arquitectura aburguesada que suele caracterizarse por un
tejado a dos aguas, dos pisos y un desván sin buhardillas, una puerta de tipo
georgiano y un panelado interior dictado por la evolución del gusto en la
época. La casa miraba al sur. con uno de sus hastiales enterrado hasta las
ventanas del primer piso en la ascendente ladera oriental de la colina y el otro
expuesto hasta los cimientos en el lado que daba a la calle. Había sido
construida, hacía más de siglo y medio, justo después de que el camino que
atravesaba esa zona en particular fuera sustituido por otro más recto y
nivelado, pues Benefit Street —o Back Street, como se llamaba originalmente — se trazó en un principio como un sendero que serpenteaba entre los
cementerios de los primeros colonos, y que fue arreglado para hacerlo más
recto únicamente cuando el traslado de los cuerpos al Cementerio del Norte[7]
posibilitó acortar el camino de un modo decente atravesando las antiguas
parcelas familiares.
Al principio, la pared oeste de la casa había estado situada a unos seis
metros de la vía. en lo alto de una escarpada pendiente cubierta de hierba; sin
embargo, un ensanchamiento de la calle llevado a cabo más o menos en época
de la guerra de Independencia eliminó la mayor parte del espacio de
separación, dejando los cimientos al descubierto de tal modo que hubo que
levantar una pared de ladrillo a la altura del sótano, dotando esta profunda
habitación de una fachada a la calle con una puerta y dos ventanas sobre el
nivel del suelo, cerca de la nueva vía de tránsito público. Cuando hace un
siglo se construyó la acera, desapareció el espacio de separación que aún
quedaba; y Poe, en sus paseos, debía de haber visto únicamente una pared
vertical de ladrillo de color gris apagado, alineada con la acera y coronada a
una altura de tres metros por la antigua mole revestida de tejuelas de la casa
propiamente dicha.
El rústico terreno de la propiedad se extendía de manera muy profunda
colina arriba, casi hasta Wheaton Street[8]. El espacio al sur de la casa,
lindante con Benefit Street, se encontraba naturalmente a una altura muy
superior al nivel de la acera, formando una terraza delimitada por un alto
muro de contención hecho de húmeda piedra musgosa y atravesado por un
empinado y estrecho tramo de escaleras que conducía entre dos paredes como
por un cañón hasta la parte superior, la cual se componía de una extensión de
césped llena de calvas, chorreantes tapias de ladrillo y un descuidado jardín,
cuyas desarmadas urnas de cemento, oxidadas teteras caídas de trípodes
hechos con palos nudosos y similar parafernalia realzaban la deteriorada
puerta principal con su montante roto, sus podridas pilastras jónicas y su
carcomido frontón triangular.
La catedral episcopal de St. John (n.° 271 de North Main Street, Providence), en 2012. Fotografía por
cortesía de Donovan K. Loucks.
El n.° 135 de Benefit Street (Providence), en 2010 (¿la auténtica «casa evitada»?). Fotografía por
cortesía de Donovan K. Loucks.
Lo que oía decir en mi juventud de la casa evitada era simplemente que la
gente que vivía en ella moría en alarmante número. Ese había sido el motivo,
según me contaron, por el cual los propietarios originales se habían ido de ella
unos veinte años después de haberla construido. Era una vivienda claramente
insalubre, quizá debido a la humedad y los hongos del sótano, al enfermizo
olor que reinaba en toda la casa, a las corrientes de aire de los pasillos o a la
calidad del agua que se extraía de su pozo. Todo esto ya era bastante
perjudicial de por sí. y lo único a lo cual se daba credibilidad entre las
personas a las que yo conocía. Sólo los cuadernos de notas de mi tío el Dr.
Elihu Whipple[9], un estudioso del pasado de la región, me revelaron
finalmente las conjeturas de tipo más vago y siniestro que habían dado forma
a un trasfondo de creencias populares entre la servidumbre y la gente humilde
de los tiempos de antaño; conjeturas que nunca llegaron a extenderse muy
lejos, y que fueron en gran medida olvidadas cuando Providence creció hasta
convertirse en una metrópoli de población cambiante y moderna.
El hecho general es que la parte sensata de la comunidad nunca creyó que
la casa estuviera realmente «embrujada» en modo alguno. No había historias
de ruidos de cadenas, corrientes de aire frío, luces que se apagaban solas o
caras en las ventanas circulando de forma generalizada. Los más extremistas
decían a veces que la casa «traía mala suerte», pero ni siquiera ellos pasaban
de ahí. Lo que realmente nadie podía discutir era que en ella moría una
proporción espantosamente elevada de gente; o, siendo más precisos, había
muerto una proporción espantosamente elevada de gente, dado que, después
de unos extraños sucesos que habían tenido lugar hacía más de sesenta años,
la vivienda había quedado abandonada debido a la pura imposibilidad de
encontrar a alguien que quisiera alquilarla. Aquellas personas no habían
fallecido todas de manera repentina por una causa concreta; más bien parecía
que su vitalidad había sido minada insidiosamente, de tal suerte que cada una
de ellas había sufrido una muerte prematura originada por cualquier
predisposición a la debilidad que pudiera haber tenido de forma natural. Y
aquellas que no habían muerto habían presentado en diverso grado una
especie de anemia o consunción, y en ocasiones un deterioro de las facultades
mentales, que no dejaba en buen lugar la salubridad de la vivienda. Las casas
vecinas, ha de añadirse, no parecían tener en absoluto aquel efecto pernicioso.
El Cementerio del Norte (North Burial Ground, Providence).
Fotografía de Kenneth C. Zirkel, CC-BY-S.A. 4.0.
Esto era lo que yo sabía antes de que mis insistentes preguntas llevaran a
mi tío a enseñarme las notas que finalmente nos embarcaron a ambos en
nuestra espantosa investigación. En mi niñez la casa evitada se encontraba
vacía, y en aquella eminente terraza ajardinada donde los pájaros nunca se
posaban mucho rato había viejos árboles estériles de aspecto retorcido y
sobrecogedor, una hierba alta y extrañamente pálida, y una maleza
horriblemente amorfa. Los chiquillos solíamos invadir el lugar, y aún puedo
recordar el terror juvenil que este me producía; no sólo por el carácter
malsanamente extraño de su siniestra vegetación, sino también por la
inquietante atmósfera y olor de la ruinosa casa, cuya abierta puerta principal
traspasábamos a menudo en busca de emociones fuertes. Las ventanas de
pequeños cuarterones estaban rotas en su mayoría, y un indescriptible aire de
desolación flotaba en tomo al precario panelado. las poco firmes
contraventanas interiores, el despegado papel pintado, el desconchado
enlucido, las desvencijadas escaleras y los pedazos de muebles rotos que aún
quedaban allí. El polvo y las telas de araña aportaban su propio toque
terrorífico; y valiente era sin duda el muchacho que subía voluntariamente la
escalera de mano que llevaba al desván. una enorme y alargada estancia de paredes enlistonadas, iluminada solamente por unas ventanitas parcialmente
cegadas y llena de un denso amasijo de arcones, sillas y ruecas que un sinfín
de años de acumulación de telarañas habían amortajado y festoneado hasta
transformarlos en unos monstruosos bultos de pesadilla.
Pero, a pesar de todo, el desván no era la parte más estremecedora de la
casa. Era el frío y húmedo sótano el que por alguna razón nos producía mayor
repulsión, aunque estuviera completamente por encima del nivel del suelo por
el lado de la calle y separado de la bulliciosa acera tan sólo por una delgada
puerta y un muro de ladrillo traspasado por ventanas. Apenas sabíamos si
visitarlo una y otra vez con fascinación espectral o si evitarlo por el bien de
nuestras almas y de nuestra cordura. En primer lugar, el mal olor de la casa
era allí más intenso que en cualquier otra parte, y en segundo, no nos gustaba
el aspecto de las masas de hongos blancos que algunas veces brotaban en los
días lluviosos de verano de su duro suelo de tierra. Dichos hongos,
grotescamente similares a la vegetación que crecía fuera en el jardín, tenían
unas formas verdaderamente horribles: parodias detestables de setas
venenosas y pipas de indio[10] como no habíamos visto jamás en ningún otro
sitio. Se pudrían con gran rapidez, y al llegar cierto momento se volvían
ligeramente fosforescentes, por lo que la gente que pasaba de noche junto a la
casa hablaba a veces de que se veían brillar luces fantasmagóricas tras los
rotos cristales de las malolientes ventanas del sótano.
Mis amigos y yo jamás pisábamos aquel sótano de noche —ni siquiera
cuando el espíritu de Halloween se apoderaba de nosotros de forma más
entusiasta—, pero podíamos detectar aquella fosforescencia en algunas de
nuestras visitas diurnas, especialmente cuando el día era oscuro y húmedo.
También había algo más sutil que a menudo creíamos percibir; una cosa muy
extraña que, con todo, era a lo sumo una insinuación. Me refiero a una especie
de dibujo blanquecino que aparecía vagamente perfilado en el suelo de tierra:
una difusa y cambiante capa de moho o nitro que en ocasiones creíamos
distinguir entre las dispersas masas de hongos, cerca de la enorme chimenea
de la cocina del sótano. A veces teníamos la impresión de que aquella mancha
presentaba un asombroso parecido con una silueta humana encogida sobre sí
misma, aunque generalmente no se daba tal parecido y muchas veces no había
ninguna capa blanquecina en absoluto. Una cierta tarde lluviosa en la que esta
ilusión había parecido increíblemente clara, y en la que. además, yo había
creído distinguir una especie de fina y rielante exhalación amarillenta
elevándose de la mancha nitrosa en dirección a la oscura chimenea, le hablé a
mi tío del asunto. Él sonrió al oír esta extraña ocurrencia, pero me dio la impresión de que su sonrisa traslucía una cierta familiaridad. Tiempo después
me enteré de que en algunas de las antiguas y disparatadas historias de la
gente vulgar figuraba una idea parecida; una idea que hablaba asimismo de
figuras macabras y amenazadoras que se aparecían en el humo de la gran
chimenea, y de raras formas adoptadas por algunas de las sinuosas raíces
arbóreas que se abrían paso entre los débiles cimientos de la casa hasta
alcanzar el sótano.
II.
MI TÍO NO me enseñó las notas y datos que había reunido acerca de la casa
evitada hasta que llegué a la edad adulta. El Dr. Whipple era un médico
sensato y conservador de la vieja escuela, y, pese a todo el interés que
albergaba hacia el lugar, no deseaba fomentar ideas de tipo antinatural en una
mente juvenil. Su propia opinión del caso, que sostenía simplemente que la
vivienda y su emplazamiento poseían características claramente insalubres, no
tenía nada de antinatural; pero el doctor se daba cuenta de que el mismo
carácter pintoresco que despertaba su propio interés haría aparecer en la
fantasiosa mente de un muchacho todo tipo de evocaciones horripilantes.
El doctor era un caballero soltero, de pelo cano, bien afeitado y chapado a
la antigua, así como un destacado historiador local, que en multitud de
ocasiones había quebrado lanzas con custodios de la tradición tan polémicos
como Sidney S. Rider[11] [12] y Thomas W. Bicknell. Vivía con un criado en
una casa de estilo georgiano, con aldaba y una escalera con barandilla de
hierro, que se erguía inquietantemente en equilibrio en la empinada cuesta de
North Court Street[13] junto al antiguo patio y edificio de ladrillo que había
sido sede de la asamblea colonial; aquel en el que su abuelo —un primo del
Cap. Whipple. el célebre corsario que prendió fuego a la goleta armada de Su
Majestad [14] Gaspée en 1772— había votado en sesión plenaria a favor de la
independencia de la colonia de Rhode Island el 4 de mayo de 1776[15]. Las
paredes de su húmeda biblioteca de techo bajo, provista de un panelado de
color blanco que olía a moho, un grueso panel decorativo tallado sobre la
chimena y ventanas de pequeños cuarterones ensombrecidas por enredaderas,
albergaban las reliquias y documentos de su añeja familia, entre los cuales
había un gran número de alusiones siniestras a la casa evitada de Benefit
Street. Ese lugar pestífero no queda lejos de allí, dado que Benefit pasa justo
por encima del viejo capitolio, extendiéndose como una cornisa por la ladera
de la escarpada colina en dirección a cuya cima fue creciendo el asentamiento
original.
Cuando mi insistente asedio y llegada a la madurez consiguieron
arrancarle por fin a mi tío la atesorada información que yo buscaba, se reveló
ante mí una crónica bastante extraña. A pesar del carácter prolijo, estadístico
y monótonamente genealógico de parte del material, todo él estaba
impregnado de principio a fin por un horror siniestro y persistente y una
malignidad preternatural, un denominador común que me causó una
impresión mayor aún que la que le había producido al buen doctor. Había
hechos aislados que guardaban entre sí asombrosos paralelismos, y detalles
aparentemente irrelevantes que encerraban un sinfín de posibilidades
aterradoras. Una nueva y ardiente curiosidad fue creciendo en mí, en
comparación con la cual la que había sentido en mi juventud resultaba pobre y
rudimentaria. La primera revelación me llevó a una investigación exhaustiva,
y a la postre a aquella búsqueda estremecedora que tan desastrosas
consecuencias tuvo para mí y los míos; dado que mi tío acabó insistiendo en
unirse a esta última, y después de una cierta noche en aquella casa no salió de
ella conmigo. Me siento solo sin ese hombre afable cuya larga existencia
estuvo llena únicamente de honor, virtud, buen gusto, benevolencia y
erudición. He levantado una urna de mármol en su memoria en el cementerio
de la Iglesia de St. John —el lugar que Poe adoraba—: ese escondido
bosquecillo de sauces gigantescos de la colina, donde las tumbas y las lápidas
se mantienen silenciosamente acurrucadas entre la vetusta mole de la iglesia y
las casas y los muros de contención de Benefit Street.
La historia de la casa, que se iniciaba en medio de un confuso mar de
fechas, no dejaba ver ningún indicio siniestro en tomo a su construcción ni
tampoco en relación con la próspera y honorable familia que la había
construido. No obstante, desde el primer momento quedó claro que se
encontraba tocada por el infortunio, hecho este que pronto adquiriría una
aciaga relevancia. Las cuidadosamente recopiladas anotaciones de mi tío
empezaban con la construcción de la vivienda en 1763, un punto central que
venía seguido de una insólita cantidad de detalles. Los primeros habitantes de
la casa evitada, al parecer, habían sido William Harris[16] y su mujer Rhoby
Dexter, junto con sus hijos Elkanah, nacido en 1755; Abigail, nacida en 1757;
William (hijo), nacido en 1759, y Ruth, nacida en 1761. Harris era un
acaudalado mercader y navegante, dedicado al comercio con las islas del
Caribe y vinculado a la firma de Obadiah Brown y sus sobrinos[17]. Tras la
muerte de Brown en 1761, la nueva compañía de Nicholas Brown y Cía. le
hizo capitán del bergantín Prudence -una nave de 120 toneladas construida en Providence—; empleo este que le permitió construir la nueva casa que había
deseado tener desde su casamiento.
El lugar que había elegido para ello —una parte recientemente arreglada
de la nueva y elegante Back Street, una calle que se extendía a lo largo de la
ladera de la colina por encima de la abarrotada zona de Cheapside[18]—
ofrecía todo lo que uno podía desear, y la casa estaba a la altura de lo que el
emplazamiento exigía. Harris no escatimó un solo centavo de sus moderados
recursos en su construcción, y, una vez terminada, se apresuró a instalarse en
ella antes del nacimiento de un quinto hijo que la familia esperaba. Dicho
hijo, un niño, llegó en diciembre; pero nació muerto. Y tampoco nacería
ningún niño vivo en esa casa durante un siglo y medio.
Cheapside (Providence), ca. 1903.
El abril siguiente los hijos del matrimonio contrajeron una enfermedad, y
Abigail y Ruth murieron antes de que terminara el mes. El Dr. Job Ives
determinó que el mal era algún tipo de fiebre infantil, si bien otros
manifestaron que se trataba más bien de una afección consuntiva o enervante.
En cualquier caso, parecía ser contagiosa; ya que Hannah Bowen, uno de los dos miembros del servicio, murió a causa de ella al junio siguiente. Eli
Liddeason, el otro criado, se quejaba constantemente de que se sentía falto de
fuerzas, y habría regresado a la granja de su padre en Rehoboth[19] de no ser
por su repentino apego hacia Mehitabel Pierce, la mujer que había sido
contratada en sustitución de Hannah. El hombre murió un año después; un
año ciertamente triste, pues fue también el de la muerte del propio William
Harris por culpa de una debilidad ocasionada por el clima de Martinica[20],
una isla en la cual su ocupación le había hecho pasar periodos considerables
de tiempo durante la década anterior.
La viuda Rhoby Harris nunca se recuperó del golpe que supuso para ella
la muerte de su esposo, y el fallecimiento de su primogénito Elkanah dos años
más tarde representó el golpe de gracia a su cordura. En 1768 fue víctima de
un tipo leve de demencia, y a partir de entonces quedó recluida en el piso
superior de la casa[21] después de que su hermana mayor soltera, Mercy
Dexter, se hubiera ido a vivir con ellos para hacerse cargo de la familia.
Mercy era una mujer huesuda y poco agraciada dotada de una gran fortaleza
física, pero aun así su salud empeoró visiblemente desde el momento de su
llegada. Sentía una gran devoción por su desdichada hermana, así como un
cariño especial por el único sobrino que le quedaba, William, el cual había
pasado de ser un bebé robusto a un muchacho larguirucho y enclenque. Aquel
mismo año murió Mehitabel, y el otro criado, Preserved Smith, se marchó sin
dar ninguna explicación coherente, o, por lo menos, aduciendo únicamente
unas historias disparatadas y la queja de que la casa tenía un olor
desagradable. Durante un tiempo Mercy no fue capaz de encontrar más
empleados domésticos, dado que las siete muertes y el caso de locura, todos
ellos ocurridos en un lapso de cinco años, habían hecho que empezaran a
circular por las casas esos rumores que tiempo después acabarían volviéndose
tan extraños. Aun así. al final la mujer consiguió contratar nuevos sirvientes
de fuera de la ciudad: Ann White. una mujer malhumorada natural de esa
parte de North Kingstown que hoy constituye el municipio independiente de
Exeter[22], y un competente hombre de Boston llamado Zenas Low.
La primera persona que dio forma definida a las siniestras habladurías de
la gente fue Ann White. Mercy debería haber sabido que no era conveniente
contratar a nadie de la zona de Nooseneck Hill[23]. pues aquel apartado
reducto rural era entonces, al igual que hoy. un foco de supersticiones
sumamente inquietantes. En una fecha tan reciente como 1892, una
comunidad de Exeter desenterró un cadáver y quemó ceremoniosamente su
corazón a fin de impedir una serie de presuntas visitas sobrenaturales que
estaban afectando a la salud pública y a la tranquilidad de la región[24], por lo
que es posible imaginar cómo se veían allí las cosas en 1768. La lengua de
Ann estuvo perniciosamente activa, y a los pocos meses Mercy la despidió y
cubrió su puesto con una fiable, agradable y robusta mujer de Newport, Maria
Robbins.
La pobre Rhoby Harris mientras tanto, sumida en su locura, verbalizaba
ensueños e imaginaciones de lo más espantoso. A veces sus gritos se volvían
insoportables, y durante largos periodos acostumbró a proferir estridentes
horrores que hacían necesario que su hijo se fuera a vivir un tiempo con un
primo del niño, Peleg Harris, en Presbyterian Lane[25], cerca del nuevo
edificio de la universidad. El estado del chico parecía mejorar después de
estas visitas, y si Mercy hubiera tenido tanta sensatez como buenas
intenciones, le habría dejado quedarse de forma permanente en casa de Peleg.
Qué cosas gritaba exactamente la Sra. Harris en sus violentos arrebatos es
algo que el acervo popular duda en decir; o, mejor dicho. que refiere a través
de unos testimonios de tal extravagancia que se invalidan a sí mismos en
virtud de su total absurdidad. Pues suena absurdo, desde luego, oír que una
mujer instruida meramente en los rudimentos de la lengua francesa vociferase
a menudo durante horas en una forma vulgar e idiomática de dicho idioma, o
que la misma persona, quien se encontraba aislada y vigilada. se quejara
desaforadamente de que un ser de mirada penetrante le clavaba los dientes y
la mordisqueaba. En 1772 murió Zenas, el criado, y cuando la Sra. Harris se
enteró de la noticia se echó a reír con un espantoso deleite completamente
impropio de ella. Al año siguiente ella misma falleció, y fue enterrada en el
Cementerio del Norte junto a su esposo.
North Kingstown (Rhode Island), ca. 1925-1930.
La vista desde College Hill en 1990, mirando hacia el este, con Last Providence al fondo. Fotografía
por cortesía de Will Hart.
Al estallar el conflicto con Gran Bretaña en 1775, William Harris, pese a
sus dieciséis años escasos y su débil constitución, consiguió alistarse en el
ejército de observación comandado por el general Greene[26], momento a
partir del cual disfrutaría de una progresiva mejora de su salud y aumento de
su prestigio. En 1780. siendo capitán de las fuerzas de Rhode Island
destacadas en Nueva Jersey bajo el mando del coronel Angell[27], William
conoció y se casó con Phebe Hetfield de Elizabethtown[28], a la cual trajo a
Providence después de haber sido licenciado de manera honrosa al año
siguiente.
El regreso del joven soldado no fue un acontecimiento plenamente feliz.
La casa, es cierto, se encontraba todavía en buenas condiciones, y la calle
había sido ensanchada y cambiada de nombre de Back Street a Benefit Street;
pero el cuerpo antaño recio de Mercy Dexter había sufrido un triste y curioso
deterioro, de tal suerte que ahora la mujer era una lastimosa figura encorvada
de voz apagada y desconcertante palidez: unos rasgos extrañamente
compartidos hasta cierto punto por la única criada que quedaba en la casa.
María. En el otoño de 1782 Phebe Harris dio a luz a una hija que nació
muerta, y el día 15 del mayo siguiente Mercy Dexter se despidió de una vida
provechosa, austera y virtuosa.
William Harris, completamente convencido al fin de la naturaleza
radicalmente malsana de su morada, tomó entonces medidas para abandonarla
y clausurarla de manera permanente. Tras procurarse un alojamiento
provisional para su esposa y él en la recién abierta Golden Ball Inn, dispuso la
construcción de una casa nueva y mejor en Westminster Street, en la parte de
la ciudad que estaba en plena expansión al otro lado del Gran Puente[29]. Allí,
en 1785. nació su hijo Dutee; y allí vivió la familia hasta que la invasión del
comercio los empujó a regresar otra vez al otro lado del río y la colina hasta
Angell Street[30], donde el difunto Archer Harris construyó su suntuosa pero
horrenda mansión de tejado amansardado[28‡] en 1876. William y Phebe
sucumbieron ambos a la epidemia de liebre amarilla de 1797, pero Dutee fue
criado por su primo Rathbone Harris, el hijo de Peleg.
El n.° 276 de Angell Street (Providence) en 2014, identificado por Philip A. Shreffler en su libro The
H. P Lovecraft Companion como la «suntuosa pero horrenda mansión de tejado amansardado».
Fotografía por cortesía de Donovan K. Loucks.
Rathbone era un hombre práctico, y alquiló la casa de Benefit Street pese
a los deseos de William de mantenerla desocupada. Consideraba que era su
obligación para con su pupilo el sacar el máximo provecho de todos los
bienes del muchacho, y no le preocupaban las muertes y enfermedades que
habían ocasionado tantos cambios de ocupantes en la casa, ni tampoco la cada
vez mayor aversión con la que la gente la veía en general. Es probable que
únicamente se sintiera irritado cuando, en 1804, el ayuntamiento le mandó
fumigar la vivienda con azufre, brea y goma alcanfor debido a la muerte de
cuatro personas; un suceso muy comentado, y causado presumiblemente por
los últimos coletazos de la epidemia de fiebre amarilla. Según alegó el
concejo, la construcción desprendía un olor enfermizo.
El propio Dutee tampoco se preocupó mucho por la casa, pues creció
hasta convertirse en corsario y sirvió con distinción en el Vigilant bajo el
mando del Cap. Cahoone[31] [32] en la guerra de 1812. Volvió de ella ileso, se
casó en 1814 y fue padre esa memorable noche del 23 de septiembre de 1815
en la que un gran temporal[33] hizo que las aguas de la bahía cubrieran media
ciudad y arrastrasen una alta balandra hasta la parte alta de Westminster
Street, de tal forma que sus mástiles casi llegaron a tocar las ventanas de la
casa de Harris en simbólico reconocimiento de que el recién nacido,
Welcome, era hijo de un hombre de mar.
Paisaje en los alrededores de Elizabethtown (N. J.), pintura al óleo de Régis François Gignoux
(1847).
El puente de Crawford Street, conocido también como el «Gran Puente» (Providence), en 1906. La
construcción fue eliminada en la década de 1990.
Welcome no sobrevivió a su padre, pero vivió lo suficiente como para
perecer de forma gloriosa en la batalla de Fredericksburg de 1862[34]. Para él
y para su hijo Archer la casa evitada no fue nada más que un incordio
prácticamente imposible de alquilar, quizá por culpa del malsano olor a
humedad generado por tantas décadas de abandono. De hecho, nunca más fue
posible hacerlo después de una serie de muertes que alcanzaron su punto
culminante en 1861; unos hechos que tendieron a caer en el olvido con el
revuelo de la guerra. Hasta que le conté mi experiencia, Carrington Harris. el
último heredero del apellido familiar, conocía la vivienda únicamente como
una construcción abandonada y un tanto pintoresca rodeada de leyendas.
Había pensado en tirarla abajo y construir un bloque de apartamentos en el
terreno, pero después de escuchar mi historia decidió dejarla en pie, instalar
cañerías para el agua y ponerla en alquiler. Y hasta la fecha no ha tenido
ningún problema para encontrar inquilinos. El horror ya no está.
La tormenta de 1815, en una ilustración del libro The Providence Plantations for 250 years (1886).
III.
BIEN PUEDE IMAGINARSE lo hondamente impactado que me dejó la historia
de la familia Harris. Me pareció que en aquella crónica continua anidaba un
mal persistente que no tenía parangón con nada que yo conociera en la
naturaleza; un mal claramente conectado con la casa y no con la familia. Esta
impresión se vio confirmada por la variada y menos sistemática colección de
documentos de mi tío: leyendas transcritas de habladurías que circulaban entre empleados domésticos, recortes de periódico. copias de certificados de
defunción expedidos por colegas médicos y cosas por el estilo. No espero
poder dar cuenta y razón de todo este material, pues mi tío era un investigador
incansable del pasado que albergaba un profundo interés por la casa evitada,
pero sí puedo mencionar varios aspectos prevalentes que llaman la atención
por su recurrencia en un gran número de testimonios de diversas fuentes. Por
ejemplo: prácticamente todas las habladurías de los sirvientes coincidían en
atribuir al fungoso y maloliente sótano de la casa una influencia maligna
absolutamente preeminente. Algunos de ellos se habían negado a utilizar la
cocina existente en dicho espacio —especialmente Ann White—, y por lo
menos tres leyendas bien detalladas hacían referencia a las extrañas formas de
aspecto cuasihumano o diabólico que adquirían las raíces de los árboles y las
manchas de moho en esa parte de la casa. Estos últimos relatos me
interesaban profundamente a consecuencia de lo que yo mismo había visto en
mi juventud, pero tenía la sensación de que casi todo su valor había quedado
enmascarado en cada caso por añadidos procedentes de historias locales de
fantasmas de tipo común y corriente.
Era Ann White, con sus supersticiones traídas de Exeter, quien había
propagado la leyenda más extravagante y al mismo tiempo más invariable:
aquella que decía que bajo la casa debía de encontrarse enterrado uno de esos
vampiros —los muertos que conservan su forma corporal y se alimentan de la
sangre o el aliento de los vivos— cuyas horrendas legiones mandan sus
cuerpos o espíritus a cazar por las noches. Para destruir a un vampiro, según
cuentan las abuelas, es necesario exhumarlo y quemar su corazón, o al menos
atravesarle dicho órgano con una estaca; y la obstinada insistencia de Ann en
que se llevara a cabo una búsqueda bajo el sótano había sido una de las
principales razones que habían conducido a su despido.
Así y todo, sus historias contaban con una amplia audiencia, y el hecho de
que la casa se levantara realmente sobre unos terrenos antaño dedicados a
fines funerarios hacía que la gente estuviera aún más dispuesta a aceptarlas.
Para mí su interés no dependía tanto de esta última circunstancia como de la
manera particularmente apropiada en que encajaban con ciertas otras cosas: la
queja del criado desertor Preserved Smith, quien había trabajado en la casa
antes que Ann y no había oído hablar nunca de ella, de que algo le
«succionaba el aliento» por las noches; los certificados de defunción de las
víctimas de fiebre amarilla de 1804, expedidos por el Dr. Chad Hopkins, que
señalaban que las cuatro personas fallecidas se habían encontrado
inexplicablemente exangües, y los crípticos pasajes de los delirios de la pobre Rhoby Harris en los que se quejaba de que una presencia semiinvisible de
ojos vidriosos la mordía con sus afilados dientes.
A pesar de que no albergo ninguna superstición infundada, estos hechos
despertaron en mí una sensación extraña, que se vio intensificada por un par
de recortes de periódico muy separados en el tiempo alusivos a unas muertes
que habían tenido lugar en la casa evitada —uno del Providence Gazette and
Country-Journal[35] del 12 de abril de 1815 y el otro del Daily Transcript and
Chronicle[36] del 27 de octubre de 1845—, cada uno de los cuales exponía en
detalle una circunstancia terriblemente espeluznante cuya duplicidad resultaba
pasmosa. Parece ser que en ambos casos la persona moribunda, en 1815 una
delicada anciana que se apellidaba Stafford y en 1845 una maestra de escuela
de mediana edad llamada Eleazar Durfee, experimentó una horrible
transformación que le hizo adquirir una mirada vidriosa y feroz e intentar
morder el cuello del médico que la atendía. Con todo, más desconcertante aún
era el suceso que había puesto fin al alquiler de la casa: una serie de muertes
por anemia precedidas de una locura progresiva durante la cual el enfermo
solía intentar acabar taimadamente con las vidas de sus parientes por medio
de incisiones en el cuello o en las muñecas.
Estos hechos habían tenido lugar entre 1860 y 1861, justo cuando mi tío
acababa de empezar a ejercer la medicina, y antes de partir para el frente oyó
hablar mucho del caso a algunos colegas de profesión más experimentados.
Lo realmente inexplicable era el modo en que las víctimas —gente ignorante,
pues era imposible ya alquilarle aquella casa hedionda y ampliamente evitada
a nadie más— solían farfullar maldiciones en francés, una lengua que no
podían haber estudiado en grado alguno. Aquello recordaba a lo que le había
ocurrido a la pobre Rhoby Harris casi un siglo antes, e impresionó a mi tío
hasta tal punto que comenzó a recabar información sobre la historia de la casa
tras haber escuchado, algún tiempo después de su regreso de la guerra, los
relatos de primera mano de los Dres. Chase y Whitmarsh. Yo alcanzaba a ver,
en verdad, que mi tío había dedicado profundas reflexiones al lema, y que se
alegraba de mi propio interés en él: un interés comprensivo y libre de
prejuicios que le permitía hablar conmigo de cuestiones ante las cuales otros
simplemente se habrían reído. Su imaginación no había volado tan lejos como
la mía, pero a mi tío le parecía que la casa resultaba excepcional por sus
posibilidades imaginativas y que constituía una notable fuente de inspiración
en el ámbito de lo grotesco y lo macabro.
Yo, por mi parte, estaba dispuesto a tomarme todo aquel tema con
profunda seriedad, y me puse de inmediato no sólo a examinar las pruebas de mi tío, sino también a acumular tantas otras como pudiera. Hablé con el
anciano Archer Harris, el propietario de la casa por aquel entonces, muchas
veces antes de su muerte en 1916; y obtuve de él y de su hermana soltera
Alice, que también seguía aún viva, una corroboración fidedigna de toda la
información que mi tío había reunido sobre su familia. No obstante, cuando
les pregunté qué relación podía tener la casa con Francia o su lengua,
confesaron hallarse tan francamente perplejos y desinformados como yo.
Archer no sabía nada de aquella cuestión, y el único aporte que pudo hacer la
Srta. Harris fue que una antigua alusión oída por su abuelo, Dutee Harris,
podría haber arrojado quizás un poco de luz sobre ella. El viejo marinero, que
había sobrevivido a la caída en combate de su hijo Welcome por dos años, no
había conocido personalmente la leyenda, pero recordaba que su primera
niñera, Maria Robbins, parecía haber estado enigmáticamente al tanto de algo
que podría haber conferido una inquietante importancia a los delirios en
francés de Rhoby Harris, esos que tantas veces había oído ella durante los
últimos días de esa desventurada mujer. María había vivido en la casa evitada
desde 1769 hasta la marcha de la familia en 1783, y había visto morir a Mercy
Dexter. En una ocasión la niñera le había hablado de manera vaga al pequeño
Dutee de una circunstancia un tanto peculiar relacionada con los últimos
momentos de vida de Mercy; pero el niño había olvidado enseguida todo el
asunto, excepto que se trataba de algo peculiar. La nieta, además, recordaba
incluso aquello con gran dificultad. Su hermano y ella no estaban tan
interesados en la casa como el hijo de Archer, Carrington, el actual
propietario, con quien hablé después de mi experiencia.
Una vez extraída toda la información posible de la familia Harris, centré
mi atención en los antiguos archivos y escrituras municipales con un afán más
intenso que el que mi tío había demostrado a veces en la misma tarea. Lo que
deseaba conseguir era una historia completa de los terrenos de la casa desde
los tiempos de sus primeros ocupantes en 1636; o incluso antes, si lograba
descubrir alguna leyenda india de los narragansett[37] que proporcionase tal
información. Encontré, en un primer momento, que el lugar había formado
parte de la larga franja de terreno que se le había concedido originalmente a
John Throckmorton[38] para construir su casa; una de muchas similares que
arrancaban junto al río en Town Street y se extendían colina arriba y más allá
de la cima hasta una linde que se corresponde aproximadamente con la actual
Hope Street. El terreno de Throckmorton, por supuesto, había sido dividido
posteriormente en muchas parcelas distintas; y dediqué diligentes esfuerzos a
localizar la parte de él a través de la cual se había hecho pasar tiempo después Back o Benefit Street. Un rumor decía, de hecho, que había sido el
cementerio de los Throckmorton; pero cuando examiné con más cuidado los
archivos descubrí que todas las tumbas de este último habían sido trasladadas
en una fecha muy temprana al Cementerio del Norte en el camino oeste a
Pawtucket.
Entonces me topé de repente —por una rara casualidad, pues no formaba
parte del conjunto principal de documentos y podría habérseme pasado
fácilmente por alto— con algo que suscitó en mí el más grande de los
entusiasmos, dado que cuadraba con varias de las partes más extrañas del
asunto. Era el registro del arrendamiento, en 1697, de una pequeña extensión
de terreno a un tal Etienne Roulet y su esposa. El eslabón francés había
aparecido al fin —eso, y un horror más sutil que aquel nombre evocó desde
las partes más recónditas de mis extrañas y heterogéneas lecturas—, así que
me puse a estudiar de manera febril el plano de la localidad tal como había
sido antes del acortamiento y transformación de Back Street en una calle
parcialmente recta entre 1747 y 1758. Descubrí algo que ya me esperaba hasta
cierto punto: que donde actualmente se levantaba la casa evitada los Roulet
habían tenido su cementerio, en la parte de atrás de una casita baja con
desván, y que no existía registro alguno de que aquellas tumbas se hubieran
trasladado a otra parte. El documento, de hecho, concluía de un modo muy
confuso, por lo que me vi obligado a registrar de arriba abajo tanto la
Sociedad Histórica de Rhode Island[39] [40] como la Biblioteca Shepley antes
de poder dar con alguna historia local a la cual el nombre de Etienne Roulet
me concediera acceso. Finalmente encontré algo: algo de una importancia tan
gigantesca —si bien imprecisa— que empecé inmediatamente a explorar el
sótano de la casa evitada con nueva y ansiosa minuciosidad.
La mansión Lippitt de Hope Street (Providence) en una ilustración de Welcome Arnold Greene para
The Providence Plantations for 250 Years (1886).
Al parecer, los Roulet habían llegado en 1696 desde East Greenwich [41],
subiendo por la costa oeste de la bahía de Narragansett. Eran hugonotes
procedentes de Caude[42], y habían encontrado mucha oposición antes de que
los concejales de Providence les permitieran establecerse en la localidad. La
impopularidad los había perseguido en East Greenwich, población a la que
habían viajado en 1686, tras la revocación del Edicto de Nantes, y se
rumoreaba que los motivos de la aversión hacia la familia iban más allá de los
simples prejuicios raciales y nacionales, o de las disputas por tierras que
involucraban a otros colonos franceses con los ingleses en rivalidades que ni
siquiera el gobernador Andros[43] era capaz de apaciguar. Pese a todo, su
ferviente protestantismo —demasiado ferviente, murmuraban algunos— y su
evidente situación de penuria al ser prácticamente expulsados del pueblo
bahía abajo habían suscitado la compasión de los líderes de la localidad,
donde finalmente se concedió refugio a los forasteros; y al atezado Etienne
Roulet, quien estaba menos capacitado para la agricultura que para la lectura
de libros extraños y el dibujo de raros diagramas, se le dio un empleo administrativo en el almacén que Pardon Tillinghast tenía en su muelle de
Town Street[44], en el extremo sur de la colonia. Con todo, tiempo después se
habían producido unos disturbios de algún tipo en la colonia —quizá cuarenta
años más tarde, tras la muerte del viejo Roulet—, y nadie parecía haber
sabido nada de la familia después de aquello.
Durante un siglo y más, parece ser, se había recordado perfectamente a los
Roulet y hablado a menudo de ellos como una fuerte alteración en la tranquila
vida de un puerto de Nueva Inglaterra. El hijo de Etienne, Paul, un tipo hosco
cuyo comportamiento imprevisible seguramente había provocado los
disturbios que borraron todo rastro de la familia, era motivo particular de
especulaciones; y, aunque Providence no llegó a experimentar nunca la
histeria contra la brujería de sus vecinos puritanos, las viejas del lugar
insinuaban sin reparo alguno que aquel hombre ni rezaba sus oraciones
cuando correspondía ni las dirigía al objetivo al que debían ir; lodo lo cual
había servido de base sin duda para la leyenda conocida por Maria Robbins.
Qué relación tenía esto con los delirios en francés de Rhoby Harris y de otros
habitantes de la casa evitada era algo que sólo la imaginación o un futuro
descubrimiento podía determinar. Me pregunté cuántos de aquellos que
habían conocido las leyendas eran conscientes de aquella otra conexión con lo
terrible que mis amplias lecturas me habían proporcionado; ese siniestro
episodio en los morbosos anales del horror que habla del infame Jacques
Roulet de Caude, quien fue condenado a muerte en 1598 por ser un
endemoniado, pero a quien después el Parlamento de París salvó de la
hoguera y encerró en una casa de locos. Lo habían encontrado cubierto de
sangre y despojos en medio de un bosque, poco después de que un niño
hubiera sido asesinado y despedazado por un par de lobos[45]; uno de los
cuales había sido visto alejándose de forma apresurada sin ninguna herida en
el cuerpo. Aquella era sin duda una historia interesante que contar junto al
fuego de la chimenea, con una insólita trascendencia en lo que respectaba a su
protagonista y su escenario; no obstante, concluí que los chismosos de
Providence no podían haber tenido conocimiento de ella en general. De lo
contrario, la coincidencia en los nombres habría suscitado una reacción
drástica y asustada; de hecho, el que hubiera circulado entre unos pocos ¿no
podría haber precipitado quizá esos disturbios que habían hecho desaparecer
finalmente a los Roulet de la localidad?
La bahía de Narragansett, en un mapa de Charles Blaskowitz (1777).
Empecé entonces a visitar la casa maldita con más frecuencia, estudiando
la malsana vegetación del jardín, inspeccionando todas las paredes de la
construcción y examinando minuciosamente cada centímetro del suelo de
tierra del sótano. Al final, con el permiso de Carrington Harris, mandé hacer
una llave para la desusada puerta del mismo que daba directamente a Benefit
Street, dado que prefería disponer de un acceso más inmediato al exterior que
el que las oscuras escaleras, el vestíbulo de entrada y la puerta principal
podían proporcionar. Allí, donde la morbosidad acechaba de manera más
sofocante, busqué y husmeé durante largas tardes en las que la luz del sol se
filtraba por las ventanas cubiertas de telarañas y la puerta desbloqueada —que
me situaba a apenas unos pocos metros de la plácida acera de la calle— me
transmitía una sensación de seguridad. Nada nuevo recompensó mis esfuerzos
—sólo el mismo olor deprimente a humedad y las mismas vagas impresiones
de hedores nocivos y manchas nitrosas en el suelo—, e imagino que muchos
transeúntes debieron de observarme con curiosidad a través de los rotos
cristales de las ventanas.
Finalmente, a sugerencia de mi tío. decidí probar a hacer una visita
nocturna al sitio; y una tormentosa medianoche barrí con el haz de una
linterna eléctrica el mohoso suelo, con sus extrañas manchas y sus hongos
deformes y parcialmente fosforescentes. El lugar había suscitado en mí un curioso desaliento esa misma tarde, y casi ni me sorprendí cuando vi definirse
de forma particularmente clara entre los depósitos blanquecinos —o eso me
pareció— la «figura encogida» cuya existencia había sospechado desde mi
niñez. Se distinguía con una nitidez asombrosa y nunca antes vista, y mientras
la observaba me pareció percibir de nuevo la fina y rielante exhalación
amarillenta que me había sobresaltado aquella tarde lluviosa de muchos años
atrás.
Esta se elevó sobre la mancha de moho antropomórfica junto a la
chimenea; un vapor sutil, ligeramente nauseabundo y casi luminiscente que
mientras flotaba de manera temblorosa en el húmedo aire del sótano pareció
adquirir vagos y sobrecogedores esbozos de forma, y que después,
gradualmente, se fue desdibujando en una masa nebulosa y ascendiendo por
el oscuro interior de la gran chimenea dejando un fuerte hedor tras de sí[46].
Fue algo verdaderamente horrible, y más aún en mi caso por lo que sabía del
lugar. Negándome a huir, me quedé mirando cómo se esfumaba, y mientras lo
hacía tuve la impresión de que aquel vapor estaba a su vez mirándome a mí
ávidamente con unos ojos más imaginados que visibles. Cuando le conté
aquello a mi tío, se entusiasmó mucho; y, tras una tensa hora de cavilaciones,
llegó a una firme y drástica decisión. Considerando la importancia del asunto
y la magnitud de nuestra relación con él, mi tío insistió en que ambos
pusiéramos a prueba —y destruyéramos si era posible— al horror de la casa
pasando juntos una o varias noches de tenaz vigilancia en aquel sótano
mohoso e infestado de hongos.
IV.
EL MIÉRCOLES 25 de junio de 1919, tras la debida notificación a
Carrington Harris —que no incluyó ninguna suposición sobre lo que
esperábamos encontrar—, mi tío y yo llevamos a la casa evitada dos sillas y
un catre plegables, junto con algunos aparatos científicos de mayor peso y
complejidad. Todo esto lo colocamos en el sótano durante el día y después
tapamos las ventanas con papel, teniendo pensado regresar a la caída de la
tarde para nuestra primera noche de vigilancia. Habíamos cerrado con llave la
puerta del sótano a la planta baja de la casa; y, dado que podíamos hacer lo
mismo con la que daba al exterior, estábamos preparados para dejar allí
nuestros caros y delicados aparatos —que habíamos obtenido en secreto y a
un precio muy elevado— tantos días como fuera necesario prolongar nuestras
vigilias. El plan era mantenemos despiertos los dos hasta muy tarde y después
hacer guardias individuales hasta el amanecer en tumos de dos horas, primero yo y luego mi compañero, mientras el miembro inactivo descansaba en el
catre.
La innata capacidad de liderazgo con la que mi tío obtuvo los
instrumentos de los laboratorios de la Universidad de Brown[47] y el Arsenal
de Cranston Street[48] y asumió de forma instintiva el mando de nuestra
empresa fue un magnífico ejemplo de la vitalidad y la resistencia que un
hombre de ochenta y un años es capaz de poseer. Elihu Whipple había vivido
su vida de acuerdo con los principios higiénicos que había preconizado como
médico, y de no ser por lo que ocurrió posteriormente seguiría estando aquí
hoy en la plenitud de sus fuerzas. Sólo dos personas se imaginan qué fue lo
que sucedió en realidad: Carrington Harris y yo. Se lo tuve que contar a
Harris porque era el dueño de la casa y merecía saber qué había salido de ella.
Además ya habíamos hablado con él antes de iniciar nuestra búsqueda, y
pensé que tras la desaparición de mi tío entendería la situación y colaboraría
conmigo para dar algunas inevitables explicaciones públicas. Se puso muy
pálido, pero accedió a ayudarme, y decidió que ya sería seguro alquilar la
casa.
El campus de la Universidad de Brown. Fotografía de Chensiyuan.
CC-BY-S.A 3.0.
Afirmar que no estábamos nerviosos aquella lluviosa noche de centinela
sería una exageración a la vez burda y ridícula. Si bien, como ya he dicho, no
éramos personas que albergaran en modo alguno supersticiones pueriles, el
estudio de la ciencia y la reflexión nos habían enseñado que el universo
tridimensional que conocemos comprende una mínima fracción de toda la
materia y energía que hay en el cosmos. En este caso una abrumadora
preponderancia de pruebas extraídas de numerosas fuentes fidedignas
apuntaban a la existencia persistente de ciertas fuerzas de gran poder y, por lo que a la perspectiva humana respecta, de excepcional malignidad. Decir que
creíamos realmente en vampiros u hombres lobo sería una afirmación
imprudentemente amplia. Más bien habría que decir que no estábamos
dispuestos a negar la posibilidad de que se dieran ciertas formas alteradas de
fuerza vital y de materia disgregada que resultan desconocidas y no están
identificadas, y que se presentan muy raramente en el espacio tridimensional
debido a su relación más estrecha con otros sectores espaciales; pero que, con
todo, se hallan lo bastante cerca de la frontera con el nuestro como para
permitirnos ser testigo de apariciones ocasionales que, al no disponer de una
percepción adecuada del universo, tal vez nunca podamos esperar
comprender.
En resumen, mi tío y yo teníamos la impresión de que una serie
incontrovertible de hechos señalaban la presencia de una influencia
persistente en la casa evitada; atribuible a uno u otro de los despreciados
colonos franceses de dos siglos atrás, y aún activa por obra de leyes extrañas
y desconocidas que rigen el movimiento atómico y electrónico[49]. Que la
familia de Roulet había poseído una afinidad antinatural con otros dominios
de la existencia —mundos oscuros que sólo inspiran repulsión y tenor a la
gente normal— era algo que su historia documentada parecía demostrar.
Entonces, ¿no habrían activado los disturbios de aquella pasada década de
1730 ciertos patrones cinéticos en el morboso cerebro de uno o más de ellos
—particularmente en el del siniestro Paul Roulet— que sobrevivieron de
forma misteriosa a los cuerpos asesinados y enterrados por la turba, y que
siguieron actuando en algún espacio multidimensional siguiendo las líneas de
fuerza originales determinadas por un odio exacerbado hacia la comunidad
circundante?
Sin duda, una cosa así no era imposible desde el punto de vista de la física
o la bioquímica, a la luz de una nueva ciencia moderna que incluye las teorías
de la relatividad y la acción intraatómica. Sería fácil imaginar un cúmulo de
materia o energía de otra dimensión, con forma definida o sin ella, que se
mantuviera vivo mediante substracciones imperceptibles o inmateriales de la
fuerza vital o los tejidos y fluidos corporales de otros seres más tangiblemente
vivos en los cuales penetra y con cuyo organismo se funde completamente en
algunas ocasiones. Podría ser activamente hostil, o podría estar gobernado
simplemente por un instinto irracional de supervivencia. En cualquier caso,
un monstruo así ha de ser a la fuerza desde nuestra perspectiva una aberración
y un intruso, cuya extirpación constituye un deber primordial para cualquier
hombre que no sea un enemigo de la vida, la salud y la cordura del mundo.
Lo que nos tenía desconcertados era nuestro total desconocimiento del
aspecto con el que podríamos encontrar a aquel ser. Ninguna persona cuerda
la había visto jamás, y pocos habían llegado a sentir su presencia de manera
clara. Podía estar hecho de energía pura —una forma etérea que habitara fuera
del mundo material—, o ser quizá parcialmente corpóreo: una extraña masa
plástica de contornos imprecisos capaz de cambiar a voluntad a vagas
aproximaciones de los estados sólido, líquido y gaseoso, así como de otro
estado de tipo insustancial no formado por partículas. Tanto la mancha de
moho antropomórfica del suelo como la forma del vapor amarillento y la
curvatura de las raíces de los árboles apuntaban cuando menos hacia una vaga
conexión reminiscente con la forma humana; pero cuán representativa o
permanente podía ser aquella similitud era algo imposible de decir con certeza
alguna.
Habíamos ideado dos armas para combatirlo; un gran tubo de Crookes[50]
especialmente adaptado que funcionaba con una potente batería eléctrica y
que estaba provisto de unas curiosas pantallas y reflectores, en caso de que el
ente resultara ser intangible y sólo fuera posible hacerle frente con radiaciones
etéreas fuertemente destructivas, y un par de lanzallamas militares del tipo
empleado en la guerra mundial[51], por si se comprobaba que era parcialmente
corpóreo y susceptible de destrucción mecánica; puesto que, al igual que los
supersticiosos pueblerinos de Exeter, estábamos dispuestos a calcinar el
corazón de aquel ser, si es que tenía corazón alguno que calcinar. Instalamos
todo este agresivo aparataje en el sótano, en posiciones cuidadosamente
elegidas con respecto al catre, las sillas y el punto frente a la chimenea donde
el moho había adoptado formas extrañas. Aquella evocadora mancha, por
cierto, era sólo levemente apreciable cuando colocamos nuestro mobiliario e
instrumental, y también cuando regresamos a última hora de la tarde para
comenzar de manera propiamente dicha la vigilancia. Por un momento, dudé
ligeramente de que la hubiera visto alguna vez en su forma más clara y
definida; pero entonces recordé las leyendas.
Nuestra noche de vigilancia en el sótano comenzó a las 10 p. m., hora de
verano[52], y a medida que fue avanzando no vimos indicio alguno de que
fueran a producirse acontecimientos relevantes. El tenue brillo de las farolas
azotadas por la lluvia que se filtraba desde el exterior, sumado a una débil
fosforescencia irradiada por los aborrecibles hongos del interior, permitía ver
la chorreante piedra de las paredes, de la cual había desaparecido todo rastro
del encalado; la húmeda, fétida y dura tierra manchada de moho del suelo con
sus hongos obscenos; los podridos restos de lo que en su día habían sido taburetes, sillas y mesas, así como otros muebles de formas menos
reconocibles; las gruesas tablas y sólidas vigas del entarimado del piso
superior; la vieja y deteriorada puerta de listones que conducía a la leñera y
cámaras similares bajo otras partes de la casa; la ruinosa escalera de piedra
con su destrozado pasamanos de madera, y la tosca y cavernosa chimenea de
ladrillos ennegrecidos en la que unos pedazos de hierro oxidado revelaban la
presencia en otros tiempos de ganchos, morillos, un asador, un aguilón y una
portezuela para el horno empotrado[29‡]; todas estas cosas, nuestro austero
catre y sillas plegables, y la pesada y compleja maquinaria de destrucción que
habíamos traído.
Al igual que en mis propias exploraciones anteriores, habíamos dejado la
puerta a la calle cerrada sin llave, de modo que dispusiéramos de una
conveniente vía de escape directa en caso de que las apariciones fueran
demasiado poderosas como para poder hacerles frente. La convicción que
teníamos era que nuestra presencia continuada durante la noche haría
manifestarse a cualquier entidad maligna que allí se escondiera, y que,
estando preparados, podríamos deshacemos de ella con uno u otro de los
medios con que nos habíamos provisto en cuanto la hubiéramos identificado y
observado lo suficiente. Cuánto tiempo podría requerir hacerla salir y acabar
con ella, no teníamos ni idea. Se nos pasó por la cabeza, asimismo, que
nuestra empresa distaba mucho de ser segura, dado que nadie era capaz de
decir con qué fuerza podía aparecer el ser. Pero los dos consideramos que
valía la pena correr el riesgo, así que nos embarcamos en aquella caza solos y
sin vacilación, conscientes de que el buscar ayuda de otras personas
únicamente nos expondría al ridículo y frustraría quizá por completo nuestro
propósito. Tal era nuestra disposición de ánimo mientras hablábamos; cosa
que hicimos hasta bien entrada la noche, cuando la creciente somnolencia de
mi tío me hizo recordarle que se echara a dormir durante las dos horas que le
correspondían.
Algo parecido al miedo enfrió mi optimismo mientras estaba sentado allí a
solas en plena madrugada; y digo a solas porque alguien que vela junto a una
persona dormida está ciertamente sola, quizá más de lo que es capaz de
comprender. Mi tío respiraba muy fuerte, con hondas inhalaciones y
exhalaciones acompañadas por el rumor de la lluvia de afuera y salpicadas
por otro lejano y desesperante ruido de goteras dentro de la casa —pues esta
era repulsivamente húmeda incluso en los días de tiempo seco, y, con aquella
tormenta, parecería un auténtico pantano—. A la luz de los hongos y de los
mortecinos rayos que se colaban desde la calle a través de las ventanas tapadas, examiné con detenimiento la antigua y floja mampostería de las
paredes; y en un momento dado en que la maloliente atmósfera del lugar
parecía estar a punto de ponerme enfermo, abrí la puerta y miré a un extremo
y otro de la calle, regalándome los ojos con sus familiares vistas y las narices
con su saludable aire. Pese a todo, no ocurrió nada que premiara mi
vigilancia, y bostecé reiteradamente conforme la fatiga fue imponiéndose a la
aprensión.
Entonces me llamaron la atención los agitados movimientos de mi tío
mientras dormía. Durante la última mitad de la primera hora, se había dado la
vuelta en el catre varias veces de manera inquieta, pero ahora respiraba de un
modo curiosamente irregular, exhalando de vez en cuando suspiros que
recordaban en no pocos aspectos a gemidos de asfixia. Lo enfoqué con el haz
de mi linterna y vi que tenía la cara vuelta hacia el lado contrario del catre, así
que, tras levantarme e ir hasta allí, volví a encender la linterna para
comprobar si parecía estar sintiendo algún dolor. Lo que vi me puso
sorprendentemente nervioso, teniendo en cuenta su relativa trivialidad. Debió
de ser simplemente por la asociación de cualquier tipo de circunstancia
extraña con la siniestra naturaleza del lugar en el que estábamos y nuestra
misión, ya que la circunstancia no era en sí aterradora ni antinatural. Era
solamente que la expresión facial de mi tío, turbada sin duda por los extraños
sueños que nuestra situación inducía, revelaba una considerable agitación y
resultaba completamente atípica en él. Por lo común solía presentar un
semblante afable y educadamente tranquilo, en tanto que ahora parecía haber
toda una variedad de emociones luchando en su interior. Creo, en general, que
fue aquella variedad lo que más me inquietó. Mi tío, mientras jadeaba y se
revolvía de forma cada vez más alterada en el catre con unos ojos que ahora
se habían abierto súbitamente, daba la impresión de ser no un solo hombre
sino muchos, y hacía pensar que había algo curiosamente ajeno en él.
De repente empezó a musitar cosas de manera confusa, y no me gustó el
aspecto de su boca y sus dientes mientras lo hacía. Sus palabras eran al
principio indistinguibles. y entonces —con un tremendo respingo— reconocí
algo en ellas que me llenó de un miedo helador hasta que recordé la amplia
educación de mi tío y el sinfín de traducciones que había hecho de artículos
de antropología y folclore aparecidos en la [53] Revue des Deux Mondes. Pues
el anciano y venerable Elihu Whipple estaba murmurando en francés, y las
pocas frases que alcancé a distinguir parecían estar relacionadas con los mitos
más siniestros que había llegado a adaptar de la famosa revista parisina.
De pronto la frente de mi tío se perló de sudor, y entonces el anciano se
levantó bruscamente del catre, medio despierto. El galimatías en francés se
transformó en un grito en inglés, y la ronca voz profirió con estentórea
agitación: «¡Me ahogo, me ahogo!». En ese instante mi tío despertó del todo,
y, al tiempo que su expresión facial se relajaba hasta recuperar la normalidad,
me cogió de la mano y empezó a contarme un sueño cuyo significado esencial
sólo fui capaz de conjeturar con cierto sobrecogimiento.
Según me dijo, se había alejado flotando de una serie de escenas oníricas
muy normales hasta otra cuyo carácter extraño no había estado relacionado
con nada que hubiera leído jamás. Era de este mundo, y al mismo tiempo no
lo era: una borrosa confusión geométrica en la que podían verse elementos de
cosas familiares en combinaciones tremendamente insólitas y perturbadoras.
Había algo que recordaba de manera vaga a una serie de imágenes
extrañamente desordenadas y superpuestas unas con otras: una amalgama en
la que los principios fundamentales del tiempo y del espacio parecían haberse
diluido y entremezclado de una forma sumamente ilógica. En aquel
caleidoscópico vórtice de imágenes fantasmales se veían a veces instantáneas
—si cabe utilizar el término— particularmente nítidas pero inexplicablemente
heterogéneas.
En un momento dado a mi tío le pareció estar tendido dentro de una fosa
abierta que había sido cavada sin cuidado, mientras una muchedumbre de
rostros enmarcados por mechones de cabello lacio y sombreros de tres picos
lo miraba desde lo alto con gesto ceñudo e iracundo. Después le pareció estar
otra vez en el interior de una casa —aparentemente antigua—, pero los
detalles y los habitantes de la misma no paraban de cambiar, de modo que en
ningún momento podía estar seguro de las caras ni de los muebles, o ni
siquiera de la habitación en sí. dado que las puertas y las ventanas parecían
cambiar continuamente con la misma rapidez que los objetos de tipo
supuestamente más móvil. Era un sueño raro —terriblemente raro—, y mi tío
pareció casi avergonzado, como si esperase hasta cierto punto que no le
creyera, cuando afirmó que de las extrañas caras muchas habían tenido de
manera inequívoca los rasgos de la familia Harris. Además, mientras todo
esto ocurría, mi lío había experimentado una sensación personal de ahogo,
como si una presencia ubicua se hubiera extendido por su cuerpo y hubiera
intentado apoderarse de sus procesos vitales. Me estremecí al pensar que estos
últimos, con todo el deterioro de ochenta y un años de funcionamiento
ininterrumpido, hubieran entrado en conflicto con fuerzas desconocidas que
podrían haber amedrentado perfectamente al organismo más joven y fuerte; pero un instante después reflexioné que los sueños son sólo sueños, y que
aquellas desagradables visiones sólo podían ser, como mucho, la reacción de
mi tío a las investigaciones y expectativas que habían ocupado últimamente
nuestros pensamientos de manera exclusiva.
La conversación, asimismo, tendió enseguida a disipar mi sensación de
extrañeza, y al final me rendí ante los bostezos e hice uso de mi tumo en el
catre. Mi tío parecía ahora muy desvelado, y acogió con agrado aquel periodo
de vigilancia aunque la pesadilla lo hubiera despertado mucho antes del fin de
las dos horas que le correspondían. El sueño no tardó en vencerme, y me vi
inmediatamente atormentado por sueños de un tipo sumamente perturbador.
Sentí, en mis visiones, una soledad infinita y abismal, acompañada por una
hostilidad que llegaba en oleada de todas partes y se abatía sobre algún tipo
de prisión en el que me hallaba confinado en postura yacente. Parecía estar
atado y amordazado, y ser objeto de escarnio por parte de los reverberantes
gritos de una distante multitud que se encontraba sedienta de mi sangre. El
rostro de mi tío se me apareció evocando en mí impresiones menos
agradables que en la vida real, y recuerdo haber hecho vanos y numerosos
esfuerzos por liberarme e intentos de gritar. No fue un sueño agradable, y
durante un segundo no lamenté el resonante alarido que se abrió camino a
través de las barreras del reino de Morfeo y me hizo despertar de golpe
completamente sobresaltado y espabilado de tal modo que todos los objetos
ante mi vista se destacaron con más claridad y realismo de lo normal.
V.
HABÍA ESTADO ACOSTADO con la cara vuelta en dirección contraria a la
silla de mi tío. de tal forma que en el instante de mi súbito despertar
solamente vi la puerta a la calle, la ventana que quedaba más al norte y la
pared, el suelo y el techo de la parte septentrional de la estancia, todo ello
fotografiado con malsana viveza en mi cerebro con una luz más brillante que
el resplandor que emitían los hongos o los rayos que se filtraban desde la
calle. No era una luz intensa, ni siquiera medianamente fuerte; desde luego no
lo suficiente, ni de lejos, para leer un libro normal. Aun así proyectaba en el
suelo una sombra de mí y de mi catre, y poseía una claridad amarillenta y
penetrante que apuntaba a algo más potente que la simple luminosidad: algo
que advertí con malsana nitidez pese a que dos de mis otros sentidos se
estaban viendo violentamente asaltados; pues en mis oídos reverberaban los
ecos de aquel espantoso grito, al tiempo que mis fosas nasales se revolvían
contra el hedor que llenaba la habitación. Mi mente, igual de alerta que mis sentidos, reconoció la grave anomalía, y de manera prácticamente automática
me levanté de un salto y me giré para asir los destructivos instrumentos que
habíamos dejado apuntando a la mancha de moho frente a la chimenea.
Mientras lo hacía, me daba pavor lo que habría de ver, ya que el grito había
salido de la garganta de mi lío y no sabía contra qué amenaza tendría que
defenderle a él y a mí mismo.
Sin embargo, al final la visión fue más terrible de lo que había temido.
Hay horrores que superan a todos los demás, y este fue uno de esos epítomes
del reino de las pesadillas que el cosmos se reserva para destruir a unos pocos
condenados y desgraciados. De la tierra infestada de hongos se elevaba una
vaporosa luz cadavérica, amarilla y enfermiza, que burbujeaba y se enroscaba
hasta una altura gigantesca con vagos contornos parcialmente humanos y
parcialmente monstruosos, a través de los cuales yo podía ver la chimenea y
el hogar que estaban detrás. Era toda ojos —voraces y burlones—, y la rugosa
cabeza insectoide terminaba en lo alto en un fino hilillo de vapor que
describía unas cuantas volutas repulsivas y acababa desapareciendo por el
hueco de la chimenea. Digo que vi esa cosa, pero sólo a través de una
retrospección consciente llegué a distinguir de un modo preciso su aborrecible
esbozo de forma. En el momento sólo era para mí una nube bullente y
tenuemente fosforescente de repugnancia fungosa que se encontraba
envolviendo y deshaciendo en una abominable masa plástica la única cosa en
que estaba centrada toda mi atención. Esa cosa era mi tío —el anciano Elihu
Whipple—, quien con facciones cada vez más ennegrecidas y descompuestas
me miraba de soslayo y farfullaba incoherencias mientras extendía hacia mí
unas garras chorreantes que buscaban despedazarme, movidas por la furia que
aquel horror había despertado.
El instinto que confiere la rutina fue lo único que evitó que me volviera
loco. Había estado practicando a fin de estar preparado para el momento
crucial, y ese entrenamiento mecánico me salvó. Identificando que aquel
burbujeante ente maligno no era ningún tipo de sustancia a la cual pudiera
afectar la materia o la química material, e ignorando por consiguiente el
lanzallamas que asomaba su enorme y borrosa silueta a mi izquierda, le di al
interruptor de encendido del aparato con el tubo de Crook.es y concentré
sobre aquella escena de inmortal blasfemia las radiaciones etéreas más
potentes que la habilidad del hombre es capaz de extraer de los espacios y
fluidos de la naturaleza. Se produjo entonces una neblina azulada y un
frenético chisporroteo, y me pareció percibir una atenuación de la
fosforescencia amarillenta. Pero advertí que dicha atenuación se debía únicamente al contraste, y que las ondas de la máquina no estaban teniendo
ningún efecto en absoluto.
Entonces, en medio de aquel espectáculo demoníaco, presencié un nuevo
horror que me hizo dar varios gritos y buscar de manera torpe y tambaleante
aquella puerta a la silenciosa calle, sin importarme qué terroríficas
aberraciones liberase con ello ni qué opiniones o juicios negativos atrajera
sobre mi persona. En el interior de aquella difusa mezcla amarilloazulada, la
figura de mi tío había iniciado un nauseabundo derretimiento cuya naturaleza
escapa a toda descripción, y durante el cual se sucedieron velozmente en su
rostro en desaparición unos cambios de identidad como sólo una mente
enloquecida alcanzaría a imaginar. Era al mismo tiempo un demonio y una
muchedumbre, un osario y un desfile de época. Iluminada por los variados y
cambiantes haces de luz, aquella cara gelatinosa adquirió una decena, una
veintena, una centena de aspectos; sonriendo sardónicamente, mientras
descendía hasta el suelo encima de un cuerpo que se derretía como una vela,
con la caricaturizada fisonomía de una legión de extraños que no lo eran
tanto.
Distinguí los rasgos característicos de la familia Harris, masculinos y
femeninos, adultos e infantiles, así como también otros viejos y jóvenes,
toscos y finos, familiares y desconocidos. Durante un segundo apareció
fugazmente una deteriorada reproducción de una miniatura de la pobre y
enloquecida Rhoby Harris que había visto en el Museo de la Escuela de
Diseño[54], y en otro momento creí percibir la huesuda efigie de Mercy Dexter
tal como la recordaba de un retrato en la casa de Carrington Harris. Fue algo
inconcebiblemente espantoso. Hacia el final, cuando un curioso amasijo de
semblantes de criados y bebés bullía intermitentemente cerca del suelo
plagado de hongos en el que había un charco de grasa verdosa extendiéndose,
me pareció como si las proteicas facciones lucharan entre sí y estuvieran
tratando de formar contornos semejantes a los de la afable cara de mi tío.
Quiero pensar que existió en ese instante, y que trató de despedirse de mí.
Creo que mi propia garganta reseca logró articular una despedida entrecortada
en el momento en que salí tambaleándome a la calle; a continuación de lo
cual un fino reguero de grasa me siguió a través de la puerta hasta la mojada
acera.
Una paronámica del centro de Providence hasta College Hill, en 1990.
Fotografía por cortesía de Will Hart.
El resto es un horrible borrón en mi memoria. No había nadie en la
empapada calle, ni persona alguna en todo el mundo a la cual me atreviera a
contar le lo sucedido. Eché a caminar sin rumbo, primero hacia el sur pasando
por delante de College Hill[55] [56] y el Ateneo; después bajando por Hopkins
Street, y luego cruzando el puente hasta el distrito comercial, donde los altos
edificios parecían protegerme del mismo modo que las cosas materiales
modernas protegen al mundo de antiguos y malsanos prodigios. Entonces la
gris luz del alba fue despuntando húmedamente por el este, haciendo que la
arcaica colina y las venerables agujas de sus iglesias se recortaran en el cielo,
y llamándome al lugar donde mi terrible trabajo seguía aún inconcluso. Y
finalmente fui, empapado, sin sombrero y aturdido a la luz del amanecer, y
entre por aquella terrible puerta de Benefit Street que había dejado
entreabierta y que aún se mecía misteriosamente a plena vista de los vecinos
más madrugadores. con los cuales no me atreví a hablar.
La grasa había desaparecido, dado que el mohoso suelo era poroso. Y
delante de la chimenea no quedaba ningún rastro de la gigantesca figura de
nitro encogida sobre sí misma. Miré el catre, las sillas, los aparatos, mi
abandonado sombrero y el amarilleado canotier de mi tío. Mi aturdimiento era
máximo, y apenas era capaz de discernir cuáles de mis recuerdos eran reales y
cuáles ensueños. Entonces empecé a hacer memoria poco a poco, y tuve claro
que había presenciado cosas más horribles que las que había soñado. Tras
sentarme, traté de conjeturar hasta donde la cordura me lo permitía qué había
ocurrido exactamente, y cómo podría poner fin a aquel horror en caso de que
hubiera sido verdaderamente real. No había dado la impresión de estar hecho
de materia ni de éter ni de ninguna otra cosa concebible por la mente humana.
¿Qué otra cosa podía ser, pues, sino alguna clase de emanación exótica; un
vapor vampiresco como los que las rústicas gentes de Exeter dicen que
acechan en ciertos cementerios? Tuve el presentimiento de que aquella era la
clave, y miré otra vez el suelo frente a la chimenea donde el moho y el nitro habían adoptado formas extrañas. Diez minutos después ya había tomado una
decisión, y tras coger mi sombrero me fui a casa, donde me di un baño, comí
y encargué por teléfono un pico, una pala, una máscara antigás del ejército y
seis garrafas[57] [58] de ácido sulfúrico, todo lo cual habría de ser entregado a la
mañana siguiente en la puerta al sótano de la casa evitada de Benefit Street.
Después intenté dormir, pero, al no conseguirlo, pasé las horas leyendo y
componiendo versos inanes para contrarrestar mi estado de ánimo.
«Aquella terrible puerta de Benefit Street que había dejado entreabierta». Weird Tales 30, 4 (octubre
1937) (ilustrador, Virgil Finlay).
A las 11 de la mañana del día siguiente comencé a cavar. El día estaba
soleado, de lo cual me alegré. Seguía solo, dado que, por mucho miedo que le
tuviera al horror desconocido que buscaba, me asustaba más la idea de decírselo a nadie. Posteriormente se lo contaría a Harris sólo por pura
necesidad, y porque este había oído historias extrañas de gente mayor que le
hacían estar muy poco predispuesto a creerme. Mientras levantaba la
hedionda tierra negra frente a la chimenea, haciendo que un viscoso icor
amarillo rezumara de los hongos blancos que iba cortando con la pala, me
estremecí al pensar con recelo en lo que podría dejar al descubierto. Algunos
secretos de las entrañas de la tierra no traen nada bueno a la humanidad, y
tenía la impresión de que aquel era uno de ellos.
La mano me temblaba perceptiblemente, pero seguí cavando, de tal forma
que al cabo de un rato me hallé dentro de un enorme hoyo hecho por mí
mismo. Al ir ahondando el hoyo, que tenía algo menos de dos por dos metros
de lado, el repulsivo hedor se intensificó; hecho que me convenció de la
inminencia de mi encuentro con el diabólico ser cuyas emanaciones habían
maldecido la casa durante más de un siglo y medio. Me pregunté qué aspecto
tendría, cuál sería su forma y de qué estaría hecho. y cuánto habría podido
crecer en el largo tiempo que llevaba succionando energía vital. Finalmente
salí del hoyo y dispersé la tierra amontonada, y luego coloqué las grandes
garrafas de ácido bordeando dos de sus lados, de tal modo que cuando fuera
necesario pudiese vaciarlas todas en el interior del hueco en rápida sucesión.
Después fui echando la tierra fuera sólo por los otros dos lados, trabajando
más despacio y poniéndome la máscara antigás cuando el hedor se volvió más
fuerte. Pensar que me encontraba tan cerca de un ser indescriptible en el
fondo de un hoyo me tenía prácticamente frenético.
De pronto la pala dio con algo más blando que la tierra. Yo sentí un
escalofrío, e hice ademán de trepar fuera del hoyo, el cual era ya tan profundo
que tenía el borde a la altura del cuello. Pero entonces recobré la valentía, y
seguí retirando más tierra a la luz de la linterna eléctrica de la que me había
provisto. La superficie que dejé al descubierto era mórbida y vítrea como la
carne de pescado: una especie de gelatina cuajada y semipútrida con atisbos
de traslucidez. Continué escarbando, y vi que tenía forma. Había una
hendidura en una zona donde una parte de la sustancia se encontraba plegada
sobre sí misma. El área expuesta era enorme y aproximadamente cilindrica;
como un colosal tubo de estufa blancoazulado doblado por la mitad, cuya
parte más grande tenía unos sesenta centímetros de diámetro. Seguí
escarbando un poco más, y entonces, de repente, salí del hoyo de un salto para
alejarme de aquella cosa repugnante, abriendo y tumbando con frenesí las
pesadas garrafas y vertiendo una por una su corrosivo contenido en el interior de aquella fosa y sobre la inconcebible aberración cuyo gigantesco codo había
visto.
Nunca olvidaré el cegador remolino de vapor amarilloverdoso que se
levantó tempestuosamente de aquel hoyo mientras caían los chorros de ácido.
Todos los vecinos de la colina hablan del «día amarillo», cuando aparecieron
unos horribles gases ponzoñosos generados por los desechos industriales que
se vierten al río Providence, pero sé lo equivocados que están respecto a su
origen. También hablan del espantoso rugido que se oyó al mismo tiempo
proveniente de alguna tubería de agua o conducto principal del gas bajo tierra;
mas de nuevo podría corregirlos si me atreviera. Fue una experiencia
inenarrablemente sobrecogedora, y no comprendo cómo logré sobrevivir a
ella. Lo cierto es que me desmayé tras vaciar la cuarta garrafa, la cual tuve
que manipular después de que los gases hubieran empezado a filtrarse dentro
de mi máscara; pero cuando me recuperé vi que el hoyo ya no despedía más
vapores.
El río Providence, en 2013. El edificio Industrial Trust es visible a la izquierda. Fotografía de
boliyou, CC-BY-S.A. 2.0.
Vacié las dos garrafas restantes dentro de él sin ningún resultado especial,
y pasado un rato me pareció que ya era prudente volver a rellenar el hoyo con
la pala. Se hizo de noche antes de que hubiera terminado, pero el lugar había
dejado de dar miedo. La humedad era menos fétida, y todos aquellos extraños
hongos se habían marchitado hasta convertirse en una especie de inofensivo
polvo grisáceo que volaba por el suelo como si fuera ceniza. Uno de los
horrores que moran en las profundidades de la tierra había muerto
definitivamente; y el alma demoníaca de un ser impío había ido a parar al fin
al infierno, si es que hay uno. Y mientras aplanaba la última palada de tierra
mohosa, derramé la primera de las muchas lágrimas con las que he rendido
sincero tributo a la memoria de mi querido tío.
A la primavera siguiente ya no brotó más hierba pálida ni maleza extraña
en el jardín en terraza de la casa evitada, y Carrington Harris alquiló la
vivienda poco después. Aún resulta fantasmagórica, pero su carácter fuera de
lo común me fascina; y sentiré un curioso pesar, además de alivio, cuando la
tiren abajo para construir en su lugar una tienda ramplona o un vulgar bloque
de apartamentos. Los viejos árboles del jardín han empezado a dar pequeñas
manzanas dulces, y el año pasado los pájaros anidaron en sus retorcidas
ramas.