Hades
Hades
Candice Fox
Archer y Bennett - 1
ePub r1.0
Titivillus 16.11.2021
Título original: Hades
Candice Fox, 2014
Traducción: Inés Belaustegui Trías
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Índice de contenido
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Epílogo
Agradecimientos
Sobre el autor
Para mis padres
En cuanto el desconocido dejó el fardo en el suelo, Hades supo que se trataba del cuerpo de un niño. Estaba de lado, acurrucado, envuelto en una raída sábana azul, sujeta para mayor seguridad con cinta adhesiva alrededor del cuello, la cintura y las rodillas. Un piececito blanco como una perla asomó por el borde y quedó sobre el linóleo pegajoso del suelo, inerte. Hades se apoyó en la encimera de su cocina, siempre abarrotada de cachivaches, y se quedó mirando el pequeño pie. El desconocido, en la puerta, cambió el peso de su cuerpo de una pierna a otra, sacó un cigarrillo de un paquete y se dispuso a prender varias cerillas. El hombre al que llamaban Hades levantó la vista para mirar brevemente el rostro anguloso y enjuto del desconocido.
—No fume en mi casa.
Al tipo le habían explicado cómo llegar adonde vivía Hades, pero no le habían contado que era un lugar desconcertante que ponía los pelos de punta. Pasadas las puertas de hierro del vertedero de Utulla, en los irregulares confines de los barrios del oeste, empezaba una pista de grava que discurría entre montañas de basura hasta un cerro negro e imponente que, rodeado de estrellas, tapaba el cielo. En lo alto del cerro un rodal de árboles y maleza ocultaba totalmente a la vista la casucha de madera. El desconocido había conducido su coche con sumo cuidado entre montones de basura altos como bloques de pisos y por los que se movía toda clase de bichos nocturnos: búhos, gatos, roedores, entretenidos en buscar alimento entre viejos cartones de leche y bolsas de carne en estado de putrefacción. Ojos luminiscentes le siguieron con atención desde el interior de carcasas calcinadas de coches o desde debajo de láminas dobladas de hierro corrugado.
Siguiendo por la pista de grava, el desconocido empezó a toparse con una especie nueva de bestia observadora. Criaturas hechas con retales de metal doblados y máquinas inservibles flanqueaban la carretera: una lavadora rota que, golpeada y retorcida, había quedado convertida en un león con las fauces abiertas, o unas bicicletas enganchadas entre sí, enroscadas y estiradas, formaban el cuerpo de un flamenco que parecía estar pastando entre los juncos. A la luz de la luna, aquellas figuras, con su plumaje hecho de utensilios de cocina y sus ojos de botellas de Coca-Cola, parecían animales tensos y alertas. Cuando el desconocido entró en la casa, sintió cierto alivio al hallarse a resguardo de ellos y de sus miradas. Pero la sensación de alivio desapareció en cuanto posó la mirada en el hombre al que llamaban «el Señor del Inframundo».
Cuando el desconocido entró, se había encontrado a Hades de pie en un rincón de la cocina como si hubiese estado esperándole. Y de allí no se había movido. Con los brazos velludos cruzados sobre el pecho anchísimo, clavó sus ojos de pesados párpados en el fardo que el desconocido traía en brazos. A su lado, en el banco lleno de cosas revueltas, había una Walther PP con silenciador junto a un vaso medio vacío de whisky escocés. Hades tenía el cráneo ancho, rematado con una pulcra mata de cabellos grises. Era un hombre no muy alto, fornido como un toro, con una fuerza y una ira que aquella cocina insoportablemente angosta apenas lograba contener.
Dentro de la casita daba la impresión de que faltaba el aire, como si los árboles que la rodeaban formasen una especie de negra cúpula que lamía y acariciaba el aire caliente a través de las ventanas. La cocina de Hades estaba adornada con trastos que había rescatado del vertedero. Botellas y frascos ornamentados, de todos los colores imaginables, pendían del techo agarrados con trozos de sedal, y en las paredes había extraños artilugios para cortar o para rebanar, sujetos con escarpias como si fuesen armas. Había peces de porcelana, frutas de plástico, un hurón amarillo disecado durmiendo hecho un ovillo en un cesto, junto a la puerta; tarros llenos de cosas que parecía no tener ningún sentido conservar: canicas de colores, gafas sin lentes, tapones de botellas por millares. En el alféizar de la ventana había hileras de cabezas de muñecas, unas con ojos, otras sin ellos, con las boquitas abiertas sonriendo, aullando, sollozando. Por la puerta que comunicaba con la minúscula sala de estar se veía una pared repleta a más no poder, desde el suelo de madera desgastada hasta el techo manchado de moho, de libros de bolsillo estropeados y colocados en todas las posiciones posibles, unos tumbados, otros de pie.
El desconocido se retorcía en aquel silencio. Se moría de ganas de mirarlo todo, pero temía lo que pudiera ver. Unos pájaros nocturnos emitieron sus graznidos en los árboles, al otro lado de las disparejas vidrieras de colores.
—¿Quiere que…? Mmm… —El desconocido se rascó la nuca—. ¿Quiere que vaya a por el otro?
Hades no dijo nada hasta pasado un buen rato. No le quitaba ojo al cuerpo de niño envuelto en la raída sábana azul.
—Cuéntame cómo se llegó a esto.
El desconocido notó en las sienes el picor de unas gotitas nuevas de sudor.
—Mire —suspiró—, me dijeron que no habría preguntas. Que podía venir a dejárselos aquí y…
—Pues te lo dijeron mal.
Uno de los dedos rollizos de Hades se puso a dar golpecitos lentamente en su bíceps izquierdo, como si estuviera contando los segundos. El desconocido cogió entre sus dedos el cigarrillo que antes no había encendido, se lo llevó a los labios y recordó la advertencia. Se lo guardó en el bolsillo y se quedó mirando el bulto tirado en el suelo, y la forma de la cabecita de la niña encorvada hacia el pecho.
—En teoría tenía que haber salido todo a pedir de boca —dijo el desconocido, meneando la cabeza sin dejar de mirar el cuerpo—. Fue todo idea de Benny. Él vio una noticia en un periódico sobre el tío ese, Tenor creo que se llamaba, un científico chiflado. Acababa de pillar un fajo bien gordo de pasta contante y sonante por un tema en el que estaba trabajando sobre cáncer de piel o quemaduras de sol o una mierda de esas. Benny se obsesionó con el tío y no paraba de traernos recortes de periódico. Nos enseñó una foto del tío con su mujercita y sus dos nenes y dijo que la familia estaba forrada ya de antes y que simplemente estaba añadiendo ese nuevo pastón a su pastizal apestoso.
El desconocido tomó aire, una inhalación profunda que le infló el estrecho pecho. Hades le observaba impasible.
—Nos enteramos de que la familia iba a estar a solas en su choza de vacaciones, en Long Jetty. Así que subimos todos para allá en coche, los seis, con idea de darles un meneo y llevarnos a los críos. Pero solo un tiempito, ya me entiende, no mucho. Se suponía que iba a ser pan comido, tío. Entrar, salir, quedarnos con ellos un par de días y organizar un trueque. No íbamos a hacer nada con ellos. Hasta me llevé unos juegos para que pudiesen jugar mientras estaban con nosotros.
Hades abrió uno de los cajones que tenía al lado y sacó un cuaderno y un lápiz. Desde donde estaba, los lanzó al tablero de la mesita que había junto a la pared lateral.
—Esos otros —dijo—, escribe ahí cómo se llaman. Y tu nombre también.
El desconocido fue a rechistar, pero Hades no dijo nada más. El desconocido se sentó en la silla de plástico delante de la mesa y, con dedos temblorosos, se puso a escribir nombres en el papel. Tenía una letra infantil, torcida, emborronada.
—La cosa empezó a torcerse a toda leche —murmuró mientras escribía; sujetaba el papel con los dedos, largos, blancos, para que no se le moviese—. A Benny le dio por decir que el tío le miraba como si estuviese pensando en hacer alguna estupidez. Yo no me fijé. La mujer chillaba y lloraba y no paraba y uno le largó un manotazo y los niños intentaron soltarse. Benny se cargó a los padres a balazos. Se… se puso a disparar, pum, pum, pum, sin parar hasta que se le vació la pistola. Siempre fue un gilipollas con el gatillo flojo. Siempre listo para la bronca.
Parecía que la emoción embargaba al desconocido, que se había puesto a respirar soltando lentamente el aire del pecho entre los dientes. Miraba fijamente los nombres que había escrito en el papel. Hades observaba.
—Todo estaba yendo bien y, de golpe, sin comerlo ni beberlo, estábamos en la carretera con los críos en el maletero y nadie a quien poder pedir un rescate. Empezamos a hablar de librarnos de ellos, entonces uno dijo que le conocía a usted y que… —El desconocido se encogió de hombros y se secó la nariz con la mano.
Por primera vez desde la aparición del desconocido, Hades abandonó su rincón de la cocina. Parecía más corpulento y de alguna manera más amenazador, con el diminuto cuaderno cogido en la palma de una de sus manos encallecidas de gigante. Arrancó la hojita con los nombres. El desconocido, derrotado, no se movió de la silla de plástico ni levantó la mirada cuando Hades dobló el cuadradito de papel y se lo metió en un bolsillo. Y no prestó atención tampoco cuando ese hombre mayor que él cogió el revólver, lo empuñó y le quitó el seguro.
—Fue un accidente —murmuró el desconocido. Miraba fijamente, con los labios separados y los ojos enrojecidos, llenos de lágrimas, el cuerpo envuelto en la sábana—. Todo iba sobre ruedas.
El hombre al que llamaban Hades le descerrajó dos tiros. Él, confundido, clavó la mirada en Hades mientras se llevaba las manos a los boquetes que se le habían abierto en el cuerpo. Hades dejó el arma en la encimera y levantó el vaso de whisky hasta los labios. Las aves de la noche habían dejado de graznar y solo el sonido de la muerte del desconocido llenó el aire.
Hades dejó el vaso soltando un suspiro y se puso a repasar mentalmente los metros cuadrados de desperdicios que rodeaban la colina en busca del mejor sitio para el cuerpo del desconocido y de otro, en algún rincón apartado y apropiado para enterrar los cuerpos de los pequeños. Había un lugar que él conocía, detrás de la nave de clasificación, en el que había crecido un árbol entre los montículos de basura; a veces a esa cosa retorcida y nudosa le salían unas florecillas de color rosa. Enterraría allí a los dos niños, juntos, y cavaría un hoyo en otra parte, en cualquier otro sitio, para enterrar al desconocido con todos los violadores, asesinos y ladrones que poblaban el subsuelo del vertedero. Hades cerró los ojos. Esas noches acudían a su vertedero demasiados desconocidos con sus fardos de vidas segadas. Tendría que empezar a correr la voz de que no se aceptaban más clientes. Los viejos conocidos, los clientes habituales, le llevaban cadáveres de malhechores. Pero esos desconocidos… Meneó la cabeza. Esos desconocidos no paraban de llevarle inocentes.
Hades dejó el vaso vacío en la encimera, al lado de su pistola. Sus ojos recorrieron el suelo agrietado hasta detenerse en el piececito blanco de la niña muerta.
Fue entonces cuando se fijó en que tenía los deditos agarrotados.