Hades

Candice Fox · Capítulo 3 de 30

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Hades

Capítulo 2

2

 

Me enteré de que Eric era el hermano de Eden unos minutos antes de que nos llamasen de comisaría para acudir a un lugar de los hechos. No sé por qué no me había dado cuenta antes de su parecido físico. Tenían la misma fisonomía: rasgos morenos, marcados, la misma fuerza contenida y la misma malicia. Aburridos y poderosos a la vez… Dos hermanos inadaptados. Eric tenía pinta de ser más bestia que Eden. En cuanto a cuál de los dos era el mayor, no sabía decir. Eden iba en el asiento del conductor, a mi lado, con las manos en el volante, y se mordía el labio inferior como si tuviese la cabeza cargada de graves pensamientos. Parecía una persona obsesionada con algún trauma terrible, algo que la persiguiese de día y la reconcomiese de noche. Secretos y mentiras. En cuanto a Eric, me pareció el típico tío que se hacía el alma de la fiesta, unas veces incontrolable y otras impredecible.

El tráfico en dirección entrada, el que discurría hacia el lejano perfil azul de la gran urbe, estaba detenido en Parramatta Road casi nada más salir del edificio de la Policía, en Little Street. Avanzamos muy lentamente por una intersección y volvimos a detenernos, frente a un restaurante griego en el que un joven se dedicaba a rascar de las ventanas los copos de nieve pintados con espray, con varios meses de retraso. Un gigantesco letrero rojo y amarillo puesto encima de un local de alquiler de DVD preguntaba si quería que mis sesiones de sexo durasen más, en letra negrita iluminada por un sol que brillaba ya en todo su esplendor. El padre del chico griego salió a meterle prisa, gesticulando para que viera los restaurantes de comida tailandesa que se apelotonaban a un lado y otro del suyo y que lucían unas ventanas inmaculadas.

—Así pues, bebedor y marido en serie. —Eden sonrió repentinamente, como si acabase de acordarse—. No me extraña que tu compañera se colgara.

—Olvídame un rato.

—Que no te altere Eric. Solo estaba chinchándote.

Hice esfuerzos para no ponerme irreverente. Sabía que molestarme por lo que había hecho solo empeoraría la situación. Me habían multado por ir bebido al volante, ¿y? ¿A quién no le había pasado? Y de camino a la oficina. Un año duro para mí.

—Trabajar con tu hermano… Un pelín incestuoso, ¿no?

Ella sonrió. Yo me esperaba una carcajada. Cambió de carril activando el intermitente con el meñique, como si fuese la dueña del coche desde hacía años.

—Nunca nos han puesto juntos —aclaró—. Conflicto de intereses, ya sabes.

 

Paramos en un pequeño puerto deportivo de Watsons Bay, al este del puerto de Sídney y entre la base naval y el parque nacional. A ambos lados de la calle había bloques de pisos con la fachada enlucida, pintada de tonos pastel, con las imprescindibles tumbonas en los balcones y toallas de playa, de rayas, tendidas estéticamente en tendederos cromados. En la pizarra de la carnicería del barrio se anunciaban salchichas con ajo y romero, a dieciocho pavos el kilo. Daba la impresión de que allí todo el mundo estaba al tanto del código de vestimenta: tanto para ellos como para ellas, zapatos náuticos y pantalones multibolsillos. El cambio de escena resultaba impactante. Solo unos minutos antes atravesábamos North Strathfield, con sus locales de servicios de masajes encima de las tiendas, y las arboladas calles comerciales de Edgecliff. Por alguna razón, ahora las salchichas eran diez dólares más caras. Unas plantas exóticas cubiertas de humedad rozaron las ventanillas del coche al estacionarlo. Suspiré y salí, con la sensación de que no éramos bienvenidos allí.

Eden se quedó junto al coche. Se limpió las Ray-Ban con la punta de la blusa y miró con actitud fría la enorme cantidad de apartamentos que flanqueaban la carretera. Los forofos de lo náutico que habían bajado a tierra de sus yates y los mirones llegados de las zonas verdes cercanas se habían subido a mirar desde el altozano, protegiéndose los ojos del resplandor blanco de la mañana con las manos e ignorando los tirones insistentes de toda una serie de perros pequeños atados con correa. De los llaveros colgaban bolsas para los excrementos de los canes. Divisaron a un par de agentes de Homicidios que se daban codazos y señalaban algo a lo lejos. «Sí, la cosa se pone interesante. Cógete un café con leche y ponte cómodo, que va para largo». Unos reporteros hicieron fotos a Eden mientras hablaba con un guardia de seguridad. Yo debía de ser invisible.

En el epicentro de los vehículos policiales y de las ambulancias se hallaba un joven, solo, envuelto en una manta gris, sentado en el filo de una ambulancia con el portón abierto. Todo aquel revuelo quería decir que el chico había sufrido algún percance terrible. Me quedé a un lado y observé con atención el semblante cabizbajo del joven, su mirada de desesperación, mientras Eden se metía entre la gente, que se apartó para dejarla pasar. Me sorprendió ver que nadie aprovechaba para rozarla accidentalmente, para tratar de absorber algo de su poderío y de su belleza. Daba la impresión de que la conocían ya, de que tenían alguna noción previa sobre su naturaleza peligrosa.

—Hable. —Hizo un leve movimiento con el mentón hacia el hombre envuelto en la manta.

—Ya le he dicho a ese poli de la gorra que no quería hacer una declaración —replicó el joven, tembloroso, y señaló con la cabeza a un tipo con grado de jefe que estaba fumando al lado de la cancela—. Ya tienen lo que necesitan. Ahora quiero irme. Quiero salir de aquí.

Empecé a distinguir en él algunas magulladuras y arañazos, y vi que tenía el pelo apelmazado de sangre, los tobillos en carne viva y el pie izquierdo entablillado. Movía arriba y abajo el pie derecho, respiraba sorbiendo por la nariz y miraba en derredor sin fijar la mirada en ningún punto fijo.

—Pues nos lo cuenta una vez más. —Eden sacó su libreta del bolsillo—. Y luego podemos plantearnos lo de que se marche.

Tenía los brazos llenos de marcas de pinchazos, unas marcas amoratadas, húmedas, que quedaron a la vista cuando levantó una mano para pasarse los dedos por el pelo mojado. Luego se tocó el pómulo izquierdo, como queriendo rascarse una vieja herida que no se curaba nunca. Me lanzó una mirada. Yo me apoyé en la ambulancia con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Pues estaba en la carretera. —El yonqui se estremeció, al tiempo que señalaba con la cabeza la grada del puerto deportivo—. Estaba viendo si pillaba a alguien para volverme a Bondi, donde estoy en casa de unos colegas. Pero ninguno de estos gilipollas pijos paraba. Puede que fueran las… tres de la madrugada. Vi a un tío metiendo una furgoneta de culo por la cancela y aparcando al lado de un barco. Como la verja estaba abierta, se me ocurrió, bueno, pues acercarme a ver si conseguía colarme sin que se diera cuenta, ¿entiende? Estaba a punto de tirar para el puerto deportivo, pero antes decidí quedarme a observar al tío.

—¿Pensaba desplumarle? —pregunté yo.

—Pues a lo mejor. Era una idea. Quería ver lo que llevaba. Pensé que lo que venía a repartir aquí podría venirme bien a mí. Lo que traía estaba guardado y bien guardado en uno de esos preciosos maletines relucientes de acero que llevan los hombres de negocios en el coche. Tenía como un metro de largo. El tío debía de estar como un toro, porque lo llevaba cogido a la altura del pecho, con una mano a cada lado. Lo dejó en el barco y luego rodeó la furgoneta. Esperé para verle aparecer por el otro lado, pero no salió. Esperé siglos y nada, no aparecía. Justo iba a meterme por detrás de los árboles para ver dónde estaba, cuando oí un «catacrac» tremendo y luego ya la nada más absoluta.

El yonqui se echó un brazo por detrás de la cabeza para tocarse la nuca y palparse los puntos. Eden había apoyado la bota en la rampa plegada de la trasera de la ambulancia y observaba los ojos del joven.

—Me desperté en la cubierta del barco con una cadena enorme alrededor de los tobillos. —El yonqui se estremeció con un espasmo y se rascó la barba de tres días—. No pensé que nos hubiésemos ido del puerto deportivo, porque el barco estaba superquieto. Empezaba a clarear, con lo que debía de llevar siglos inconsciente. Por todas partes había sangre. Rodé sobre mí mismo y le vi empujando la caja de herramientas hacia el borde de la cubierta. Seguí la cadena atada a mis tobillos y vi que estaba enganchada a la caja.

—Joder. —Uno de los agentes que tenía detrás de mí se rio. Le miré por encima del hombro. Me había olvidado de toda la gente que nos rodeaba, de todos los agentes de calle que nos observaban de brazos cruzados, con un cigarrillo entre los dientes. El agua, pasado el muelle, brillaba entre ellos. Entorné los ojos.

—Caí por la borda —el yonqui tembló. Su pierna derecha subía y bajaba más deprisa, como un pistón—, al agua.

El yonqui, envuelto en su manta, rompió a llorar. Los agentes que me rodeaban se rebulleron y se miraron, meneando la cabeza, mofándose y riéndose. Eden estaba impertérrita, su cara de rasgos angulosos apoyada en la palma de la mano, el codo en la rodilla de sus vaqueros. Hacía respiraciones lentas, largas. El yonqui se enjugó los ojos con una mano esquelética. Uñas largas. Cuando iba a reanudar el relato, uno de los agentes saltó con la preguntita:

—¿Entonces cómo coño es que estás aquí sentado, Houdini?

El yonqui lanzó una mirada asesina a la gente que tenía alrededor.

—Me rompí el pie cuando era un renacuajo —murmuró—. Limpiamente, justo por el centro. Bailando.

—¿Bailando?

—Sí, bailando —repitió el yonqui con sorna—. Estaba bailando en uno de esos putos espectáculos de talentos del cole. Salté desde el escenario y caí mal, y me lo partí en dos justo por debajo de los dedos. Desde entonces lo he tenido renqueante. Mientras me hundía, intenté soltarme de la cadena, tirando, estirando. Y en estas que choqué con el fondo y volví a partírmelo.

Todos miraron la tablilla que le habían puesto en un lado del tobillo. A mi alrededor los demás gimieron a una, en voz baja, en señal de valoración.

—Pues debes de ser el cabrón más escurridizo que está vivito y coleando.

—Aleluya, hijo. Caray, te ha tocado un ángel.

—Para pasarte el día chutándote sustancias mortíferas, tienes muchas ganas de vivir —apuntó otro de los polis.

El yonqui se limpió un rastro de sangre seca de la nariz con el dorso de la mano.

—Gracias, macho. —Le miró ceñudo—. Gracias por el comentario.

—No hay de qué.

—Vale, vale —intervine yo—. Vuelve al tema. ¿Te vio cuando saliste a flote?

El yonqui se irritó. Eden estaba mirándome con el semblante totalmente inexpresivo.

—Cuando salí, él hacía rato que se había largado —dijo él, clavando los ojos en el cemento, delante de sus narices—. Me rescataron un par de tíos en una barquita metálica, y una hora más tarde, más o menos, me devolvían aquí. Estaba demasiado lejos para volver nadando y no podía usar el pie. Pensé que algún bicho iba a morderme el trasero. Pensé que de verdad me había llegado la hora, ¿saben?

Sollozó y se tapó la cara con el puño. Alrededor de nosotros se había hecho el silencio.

—Bueno, entonces ¿qué buscamos? —pregunté con un suspiro, y saqué yo también mi libreta—. Un hombre, un barco, una caja plateada.

—Con las descripciones no le puedo ayudar —dijo el yonqui—. Ya lo intenté antes. Llevaba una chaqueta con la cremallera subida hasta la nariz y un puto gorro en el coco. El barco era blanco. Más no sé. Grande. Blanco. Con forma de barco. ¿Insisten en que les dé más detalles? Adelante. Ese poli de la gorra ya lo ha intentado.

—¿Y qué hay de la caja plateada? —pregunté, y subí el pie a la rampa para poder apoyar la libreta en la rodilla—. ¿Tenía algún nombre escrito? ¿Alguna palabra en el lateral?

—No —respondió el yonqui, meneando la cabeza—. No tenía nada. Como todas las demás.

—¿Todas las demás? —preguntó Eden. Su voz sonó mucho más fina y aterciopelada que la de quienes estaban a su alrededor, como un trino de pájaro—. ¿Qué quiere decir con «como todas las demás»?

El yonqui se abrazó a sí mismo y miró fijamente al suelo. El labio le temblaba como si quisiera echarse a llorar otra vez.

—Pues que cuando estaba yéndome para el fondo, me dio tiempo a echar un vistazo a mi alrededor. —Contuvo el aliento, a la vez que cerraba los ojos con fuerza—. La luz de la mañana traspasaba el agua. Allá abajo, en el fondo del océano, había más cajas. Montones de cajas.

Alrededor de la cabeza de la niña, la sangre había traspasado la sábana y además la tela de algodón se veía manchada de huellas dactilares ensangrentadas. Hades despegó la cinta de embalar que sellaba la sábana y tiró de la tela, de modo que la niña rodó y quedó tendida directamente en el suelo. Tenía cinta adhesiva en las muñecas y en la cara, y pegada en el pelo. Al arrancarle la tira que le tapaba la boca, la niña lanzó un aullido de dolor, un aullido largo, fuerte, cargado de miedo.

 

—Y hay otro —dijo él para sí, y se dio cuenta de que la voz le había temblado como nunca. Con gran esfuerzo, fue despegándole la cinta que le tapaba los ojos—. Dijo que había otro más.

Hades dejó a la cría en el suelo y salió corriendo de la casa. Llevaba los dedos pegajosos, manchados de la sangre que la niña tenía por toda la cara. Al sacar las llaves del contacto del maltrecho Ford rojo se le pringaron de aquella sangre, y cuando metió a toda prisa la llave en la cerradura de atrás manchó también el maletero. La pequeña salió a la puerta tambaleándose como beoda; su larga melena negra, iluminada por la luz de la cocina, parecía de oro. Se quedó mirándole sin hacer el más mínimo ruido, mientras él abría el maletero y sacaba de la oscuridad el otro fardo envuelto en sábanas. Los ojos, en la máscara roja que era La cara, eran dos bolitas sin vida.

—Por favor —se oyó murmurar Hades a sí mismo—. Vamos. Por favor.

La cabeza de ese segundo cuerpo estaba completamente empapada de una sustancia negra. Apartó las sábanas mojadas y sostuvo con los dedos el cráneo partido. Una carita tallada en ónice. La boca abierta, los ojos hundidos. El hombre presionó con los dedos el cuello pegajoso del crío. No había pulso. Solo calor tibio e inmovilidad.

—Vamos, niño. Vamos.

Hades no suplicaba jamás. O no suplicaba a los hombres, en todo caso. En sus tiempos había suplicado a infinidad de caballos de carreras. Había suplicado a galgos que cruzaban como flechas la pantalla llena de estática. Ahora le estaba suplicando a un niño. Le suplicaba para que viviera. Acercó la boca, con su barba de tres días, a los labios húmedos del niño. La niña observaba; con las manos se agarraba fuertemente la parte delantera del vestido. Hades cogió con sus dedos de gigante la naricilla del niño y su pequeño mentón, y miró el pechito que se inflaba y se desinflaba como un balón mojado. Luego, mientras bombeaba con las palmas de las manos la jaulita de pájaros que era la diminuta caja torácica, levantó la vista hacia la niña y, temblando a la luz de la cocina, la miró sin verla realmente. Pasaron unos segundos eternos. Unos pavos reales hechos con las piezas retorcidas de un coche viejo contemplaban erguidos la escena que tenía lugar delante de la casa. Un lobo de bronce aulló en silencio. En la cocina, la sangre del desconocido formaba un oscuro charco denso sobre el linóleo.

El cuerpo entre sus manos corcoveó y tosió. Hades zarandeó al niño con brusquedad y le dio unas fuertes palmadas en la espalda.

—Eso es —gruñó—. Vuelve ya. Vamos, vuelve.

El crío vomitó, dio arcadas y otra vez se quedó flácido. Hades se arrodilló en el suelo de grava y tierra, muy cerca de él. Hacía tiempo que el corazón no le latía a tanta velocidad. Estiró los brazos sobre el cuerpo del niño y fue limpiándole los mechones de pelo negro apelmazado, apartándoselos de la enorme brecha que tenía en un lado de la cabeza. La carne, abierta, estaba bordeada de coágulos, tenía la piel desgarrada y se le veía el hueso. Hades levantó la vista hacia el firmamento y odió a aquel desconocido. Con el niño dormido delante, odió a ese hombre desde lo más profundo de su ser.

Hades llevó al crío a la cocina seguido por la niña. Visto a la luz, era mucho más pequeño que ella. En su piel blanca se veían algunas zonas negrísimas y manchas y vetas de color rojo intenso. Hades tendió aquel muñeco roto encima la mesa. Le miró desde arriba, inspeccionándole como un carnicero con un tajo de carne, y se fijó en las articulaciones abultadas, cuyos cartílagos habían sufrido contracturas y torceduras, y en los pies flácidos y en las manos medio cerradas. Entonces se volvió para contemplar el cuerpo inerte del desconocido, arrugado en su silla, y a continuación su mirada se posó en la niña, que estaba de pie muy cerca de él con los brazos colgando a los costados, mirándole fijamente. Hades se limitó a respirar, a pensar, a tratar de abrirse paso entre el loco torbellino de voces que gritaban dentro de su cabeza. Por unos instantes, el hombre y la niña se miraron, simplemente, como preguntándose qué pasaría a continuación. Hades pareció decidirlo. Tendió la mano y rodeó el bracito de ella con sus dedos enormes.

—Ven conmigo —murmuró, y tiró de ella. La niña se dejó guiar. En el pasillo abarrotado de cosas, entre el dormitorio y el salón, Hades se puso de puntillas y, estirando mucho el brazo para llegar a la moldura de escayola que bordeaba la pared, apretó un botón oculto. La pared se desplazó un poco hacia abajo y, deslizándose, fue plegándose sobre sí sin que se viese ninguna juntura. Entonces, empujó a la niña para que entrase en la minúscula habitación. Ella fue mirando una por una las estanterías que tapaban las tres paredes, donde se almacenaban fajos de billetes, armas desmontadas, cajas con cerrojo, cajas de caudales y una gran cantidad de pasaportes y de partidas de nacimiento falsificadas, todo ordenado en montones perfectamente colocados.

Entonces, se volvió hacia él. Hades estiró el brazo y de nuevo pulsó el botón.

—¡No! —exclamó la niña con un hilo de voz, tendiendo al frente las manos mientras la puerta camuflada volvía a cerrarse—. ¡No! ¡No!

Chilló. Hades notó que le ardía la cara mientras la puerta se cerraba y que ella se ponía a golpear con los puños desde el otro lado.

—Solo será de momento —dijo, con una mueca—. Perdóname. Solo será de momento.

Se lo decía a sí mismo más que a la niña. Pero casi no podía oírse con los gritos de ella.