Hedy

Jenny Lecoat · Capítulo 9 de 16

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Hedy

Capítulo 6

 

1942

 

H abía aguanieve en el aire. Finas motas plumosas giraban en tirabuzón, hasta desvanecerse formando manchas oscuras cuando caían en el pavimento. Todas las personas que andaban por la calle, protegidas contra el viento con viejos abrigos andrajosos, buscaban altillos llenos de telarañas para refugiarse, mantenían el mentón contra el pecho y los codos cerca del cuerpo, y ocasionalmente liberaban una mano para sacarse de encima las motas heladas. Qué triste, pensó Hedy, que algo tan frágil y hermoso pudiera causar tanto dolor; sus dedos, aferrados a las manijas de su bolso destartalado, estaban ahora de color violeta lívido, y le pinchaban como si la piel se les hubiera desgarrado.

Dudó en la esquina, considerando hacer un desvío por Rimington’s, el frutero que estaba en la parte alta de la calle King: la noche anterior se había corrido el rumor en su edificio de que habían detectado ruibarbo temprano en la ciudad. Pero un desvío en ese sentido significaría pasar por la Oficina de Extranjeros y, después del encuentro del último mes, Hedy decidió que prefería no pasar por allí en lugar de cerrar los ojos ante ese odiado lugar. Siguió caminando, tratando de eliminar el recuerdo de esa reunión de su mente, pero el enojo no hacía más que hacérselo revivir. La oficiosidad del asistente de registro, y su inmunidad ante la obvia angustia que sentía al mostrarle la breve nota oficial que le había entregado el Feldwebel Schulz el día anterior.

Se instruye que a todos los judíos registrados se les requiera asistir a una entrevista con el comandante de campo alemán en la Casa de la Universidad. Los judíos deben presentarse en la dirección que aparece abajo lo antes posible.

Sin razón, sin explicación. Hedy se había apurado a ir a la oficina con la leve esperanza de que pudieran ofrecerle algún tipo de estrategia o información. Pero el jefe del registro apenas había asomado la cabeza, se encogió de hombros y dijo que, si los alemanes deseaban verla, le aconsejaba que se presentara. Hedy le agradeció en un tono que buscaba ocultar el sarcasmo y salió, ya resuelta a que no lo haría. Trató de calmar su ansiedad diciéndose que, dada la cantidad de judíos involucrados, la implementación de la orden podía posponerse, quizás hasta dejarse de lado. Pero la esperanza y el optimismo eran bienes escasos en este momento. Desde la boda de Anton, cada día se había convertido en un túnel de lodo que debía atravesar; cada amanecer, una nueva caída en el entumecimiento. La mayoría de las mañanas, el mero esfuerzo de salir de la cama le parecía insuperable.

Ya habían pasado tres meses, trece semanas enteras desde que había hablado con Kurt por última vez. Había visto su desgarbada figura una o dos veces en el complejo, conversando con mecánicos o llevando cajas de repuestos de una barraca a otra, pero nunca se había acercado lo suficiente para verle la cara o escuchar su voz. Probablemente estaba evitándola, manteniéndose cerca del bloque de los motores y comiendo solo en el casino de los oficiales. Se dijo que era lo mejor para los dos, pero su cuerpo se resistía violentamente cada noche, y se despertaba con los brazos envueltos alrededor de una almohada mojada. Se había sentido sola, desesperadamente sola, en ese primer año de ocupación, pero esto… esto nunca lo había experimentado. Ahora entendía lo que querían decir cuando hablaban de un corazón roto.

Había intentado, en los primeros días, deshacerse de la culpa. Kurt, Clifford Orange, Hitler, todos tenían la culpa, menos ella. Pero, acurrucada llorando sobre el piso de su apartamento, la verdad se había abierto paso a través de cada argumento penoso y había ahogado ese sinsentido. Kurt tenía razón. Cuando se trataba de decisiones difíciles, era una cobarde.

Había tenido cientos de oportunidades de decírselo en los primeros días, pero encontró mil y una razones para evitarlo. Lo había decepcionado no solo a él, sino también a su familia, a toda su fe. Y ahora estaba pagando el precio. Pasaba los días en la máquina de escribir, produciendo informes sin sentido, evitando el contacto visual con todos los que la rodeaban, y sus noches, sola, leyendo cualquier libro que dejaran en los escasos estantes de la biblioteca, y observando que las ventanas de sus vecinos se oscurecieran una a una hasta que la ciudad quedara en penumbras. Una o dos veces se preguntó si importaba lo que le sucediera a ella; si deseaban ponerla en prisión o fusilarla, que lo hicieran. Pero pensar en su familia distante, dispersa, la mantenía en pie. Y hoy, al menos, tenía un claro sentido de propósito. Se ajustó un poco más la bufanda alrededor del cuello y giró hacia el puerto y las multitudes distantes.

El barco estaba lleno. Cada metro de riel, cada pequeña porción de cubierta contenía cuatro o cinco soldados apretados, como sardinas en una lata, inclinándose, no haciendo nada o saludando a otros en el muelle. Otros seguían subiendo por la rampa, un ciempiés interminable de hombres encorvados, reticentes. El muelle también hervía de gente: oficiales de la Wehrmacht se rozaban los hombros con los guardias locales, los estibadores de Jersey, la policía secreta. Allá arriba, las caras pálidas contrastaban con los uniformes color verde lodo, la mayoría fumaba o miraba el mar. Unos pocos estaban visiblemente angustiados, no tenían duda acerca de adónde se dirigían ahora. A pesar de los mejores intentos de la máquina de propaganda nazi, los hechos se habían filtrado hasta, incluso, las tropas más bajas, a través de cartas en código, fragmentos de las noticias de la BBC, rumores del personal militar desde Francia. Las historias se habían abierto camino a través de las tropas como un repentino incendio: el desastre de la batalla de Moscú, divisiones enteras aniquiladas por el Ejército Rojo y las tormentas de nieve. Ahora estos hombres jóvenes sabían que estaban siendo arrancados del puesto más cómodo en Europa Occidental para hundirse en un infierno helado. Se decía que algunos jóvenes alemanes se habían suicidado al recibir sus nuevas órdenes.

Hedy divisó a Dorothea primero, no lejos de la rampa, y se abrió paso hasta ella. Dorothea estaba vestida con un elegante abrigo negro de su abuela que, aunque había tenido mejores días, se adecuaba al drama de la ocasión, y una bufanda azul marino atada sobre su pelo corto hacía que su piel se viera más blanca que lo habitual. Estaba de pie delante de Anton, con los ojos inyectados en sangre y llorosos, mirándolo como si tratara de grabar a fuego cada detalle de él en su memoria. Anton se veía alto y con los hombros cuadrados en su uniforme, mostrando cierto orgulloso desafío al mundo. Era la primera vez que Hedy lo veía con su uniforme completo de la Wehrmacht, y eso la hizo transpirar.

Anton notó su presencia y apretó los labios en un intento por sonreír.

—Pudiste llegar. Me alegra.

—Por supuesto. Así que… esto es todo. —La banalidad de su comentario la avergonzó, pero su mente estaba nublada, desprovista de cualquier cosa útil —. ¿Sabes cuánto tarda el cruce?

Anton se encogió de hombros.

—No tengo idea.

Hedy pudo ver que Dorothea estaba temblando. Su respiración era fuerte y jadeante; Hedy se preguntaba qué harían si tenía un ataque de asma ahí mismo.

—¿Cómo te sientes, Dorothea?

La joven trató de sonreír, pero sus labios temblorosos la delataban. Anton la besó en la mejilla y le apretó el brazo.

—Querida, ¿nos darías un momento? Te prometo que no será mucho tiempo.

Dorothea asintió con resignación y se alejó hacia el espolón, aprovechando la oportunidad para limpiarse los ojos con un pañuelo de encaje. Hedy se quedó en silencio, esperando, sabiendo ya lo que iba a oír.

—Hedy, necesito que me prometas que la vas a cuidar. —Estaba buscando su mano para tomársela y apretarla entre las suyas—. Su abuela es tan frágil que quizá no pase de este año, y no hay señales de que los padres de Dory acepten este matrimonio. Ella es más fuerte de lo que parece, pero tampoco puede soportar tanto. —Hedy abrió y cerró la boca, buscando las palabras correctas.

—Lo intentaré, Anton, de verdad. Pero no estoy segura de que…

—No te estoy pidiendo que la quieras como yo, solo que la cuides. No estás lejos, puedes pasar cuando vuelves a casa del trabajo, solo para ver cómo está, ¿sabes? —El apretón en su mano aumentó—. Ella te cuidará también, por supuesto. Ambas están solas ahora. —Se mordió tan fuerte el labio que se le puso blanco—. Si hubiera algo que pudiera hacer para cambiar esto…

Hedy cerró los ojos. Era demasiado triste. ¿Cómo podría alguien soportar este peso, esta interminable avalancha de miserias? Sintió la desesperación del apretón de Anton, y supo que había solo una respuesta que podía dar.

—Por supuesto, me ocuparé de Dorothea, Anton. Lo prometo.

Sus palabras parecieron aliviarlo y, con un último apretón, le soltó la mano.

—¿Nada de Kurt, supongo?

—No habrá nada. Eso terminó. —Decir las palabras en voz alta abrió puertas peligrosas, y ella tragó fuerte. No era el momento para desmoronarse, se lo debía a Anton, y no quería darles la satisfacción a los alemanes. Levantó el mentón—. No te preocupes, estaremos bien. Tú ocúpate de cuidarte.

Anton llamó a Dorothea, que voló de vuelta a su lado y hundió la cara en su hombro. Solo entonces un grito ronco provino del muelle: «Letzter Aufruf! Alle an Bord! Schnell!». Tras este llamado a abordar, hubo un empujón de gente hacia la rampa y, por un momento, los tres fueron arrastrados con él. Hedy tomó a Anton del brazo y lo besó en la mejilla, luego Dorothea presionó sus labios sobre los de él mientras lo abrazaba con una fuerza mayor de la que parecía capaz. Luego, Anton se perdió en medio del ciempiés verde lodo, el gran flujo de desesperación que serpenteaba hacia la cubierta, y Hedy y Dorothea quedaron de pie en el muelle, saludando a un punto de color durazno que sabían que era la cara de Anton, sus propios rasgos torcidos en una parodia de sonrisa. Se quedaron allí, temblando en los adoquines, mientras desataban las sogas y arrojaban pesadas cadenas; observaron cuando el barco maniobraba lentamente fuera de su amarre hacia la boca del puerto y el mar abierto y, por una vez, Dorothea no dijo nada.

Cuando al fin ya no había nada para ver, se miraron entre sí. Hedy se estiró y colocó una mano en el brazo de Dorothea, sabiendo que esta era la primera llamada del deber.

—¿Te gustaría ir a algún lugar cálido para tomar una taza de algo?

Dorothea se frotó los ojos con su pañuelo empapado.

—Gracias, Hedy, eres muy dulce. Pero no, solo quiero ir a casa. —Se dio vuelta, luego giró abruptamente, buscando algo en su bolsillo—. Lo siento, casi me olvido. Esto llegó ayer para ti. —Presionó el sobre en la mano de Hedy y luego emprendió su camino por el muelle, su abrigo negro sacudiéndose en el viento, con el aire de una heroína trágica en la escena final de una película romántica.

 

Manteniendo la nota fuera de la vista, debajo del escritorio, Hedy la volvió a leer. Era una hoja pequeña de color crema, más pequeña que una carta regular, ya arrugada por el constante manoseo. En la esquina superior, un sello redondo de goma decía «Le Comité international de la Croix-Rouge, Genève». Y allí, en la parte inferior estaban las permitidas veinticinco palabras que se habían impreso en la mente de Hedy para siempre.

Espero todos bien. Tu madre y padre partieron enero, vacaciones. Fecha de regreso incierta. Enviaron cariños. Sin noticias de Roda. Mudanza, no más cartas. Elke.

Hedy se recostó en su silla, dejó que los ojos vagaran por la oficina. La suerte estaba de su lado esta mañana; la supervisora Vogt estaba ocupada en su escritorio con alguna catástrofe administrativa, real o imaginada. Y el golpeteo de los mecanógrafos —ese exasperante sonido que le generaba tantos dolores de cabeza persistentes— hoy se convirtió en un sonido consolador que la ayudaba a acallar el resto del mundo. Con movimientos silenciosos, sordos, Hedy volvió a doblar la carta y la colocó en su bolso en el respaldo de la silla, y puso una traducción sobre calidad de los materiales delante de su cara, frunciendo el entrecejo para dar la impresión de que estaba lidiando con algo de gran complejidad e importancia.

Había sido una gran apuesta escribirle a Elke. Hacía años desde que se habían visto —Hedy no estaba siquiera segura de que la familia siguiera viviendo en la misma dirección— e implicaba un enorme riesgo de que su antigua compañera de escuela los traicionara a ella o a sus padres. Habían sido cercanas en otro tiempo, pero ¿quién sabía qué transformaciones habían sufrido las personas desde el comienzo de esta locura? Elke podría haber estado en la Bund Deutscher Mädel, la Liga de Muchachas Alemanas. Pero, de algún modo, la carta de Hedy le había llegado, y Elke había encontrado el valor y los medios para responder.

Vacaciones. Su madre debió, en algún punto, haber usado esa palabra con Elke para describir la deportación, y Elke la repitió, sabiendo que Hedy entendería. Ahora, cada vez que cerraba los ojos, veía un camión abierto, multitudes de judíos empujados en su interior, las culatas de los rifles golpeando en la carne blanda de sus espaldas. Veía a sus padres, agotados y aterrados, acurrucados junto a la caja de equipaje de algún otro, abrazando las posesiones que pudieron llevar en sus brazos. Y luego el largo viaje paralizante a… En ese punto, su mente se cerraba. Había solo una cantidad limitada de horror que una mente podía absorber y ella había llegado a su límite.

El reloj indicaba que era casi la hora del almuerzo. Hedy no había desayunado, pero, en su estado, no podía pensar en comer. Desde el momento en que había abierto los ojos esa mañana, sabiendo lo que tenía que hacer, le habían subido a la garganta los ácidos del estómago generándole oleadas de náuseas. Pero habían pasado semanas desde que Dorothea le había entregado el sobre en el muelle, y en muchas noches de insomnio había agotado todas las otras opciones. Al ver que Vogt seguía inclinada sobre su escritorio, Hedy colocó su bolso en el brazo y se deslizó en silencio de la sala como si fuera temprano hacia el comedor, ignorando las miradas irritadas de las bávaras que seguían golpeando las teclas en sus escritorios.

Afuera, a la fresca luz del sol de primavera, caminó rápido por los senderos desparejos, polvorientos, hacia el sitio de reunión de los oficiales. Cincuenta metros antes de la entrada había un pequeño cantero de césped cubierto de malezas, que permitía una clara visión del patio de mecánicos. Simulando anudarse el cordón de su zapato, esperó allí un rato, rogando que no se hubiera ido, deseando al mismo tiempo que no apareciera en absoluto. Entonces, lo vio. Esa figura inconfundible, ese caminar y esa risa que conocía tan bien. No tan profunda y grave como la había escuchado en el pasado — esta era pequeña, aguda, en respuesta cortés a la broma de un colega—, pero el recuerdo la hizo sonreír. En ese momento, él la vio y ella observó cómo todo el cuerpo de él reaccionó: un pequeño movimiento hacia atrás como haría un caballo con un mal jinete. Ella se quedó de pie, mirándolo, esperando que él comprendiera por su sola expresión. Y, por supuesto, un segundo después, Kurt balbuceó algunas excusas a los hombres con los que estaba y comenzó a caminar hacia ella.

Al principio, la proximidad de él casi eliminó de su mente la misión que traía. En todo caso, él se veía más alto, más guapo; había perdido un poco de peso, pero ese débil olor a sudor y aceite de motores la remontó al pasado, y esos ojos la clavaron en el lugar. Kurt no dijo nada, pero se quedó ante ella expectante. Era imposible adivinar qué estaba pensando.

—Tengo que pedirte un favor. —Las palabras salieron finalmente, y ella mantuvo los ojos fijos en los de él, anticipando un rechazo. Pero lo que llegó fue un gesto amistoso con la cabeza, un aliento a continuar; debía de saber que esto era importante para que ella se acercara a él así—. Recibí esto.

Tomó la carta de la Cruz Roja de su bolso y se la entregó, con cuidado de no rozarlo con la mano. Los caminos estaban ahora llenos de gente que iba a almorzar, y Hedy miraba ansiosa mientras Kurt leía, preguntándose si no debería haber elegido un lugar más privado. Pero la mayoría de las personas parecían concentradas en llegar al comedor, ansiosas de obtener su única comida confiable del día, y pasaban al lado de los dos sin ningún interés. Kurt le devolvió la carta.

—¿Piensas que fueron llevados a un gueto o a prisión?

—Creo que no hay ninguna duda. Puede que ya los hayan fusilado.

—Lo siento, Hedy, de verdad. —La amabilidad de su voz destruyó sus defensas y tuvo que incrustarse las uñas en la palma de la mano para concentrarse—. Pero ¿qué quieres que haga?

—Solo quiero saber… —Su voz era endeble; podía oír cómo se resquebrajaba—. Solo quiero saber adónde los llevaron, qué ocurrió con ellos.

—Pero ¿cómo puedo ayudar?

—Pensé que, quizá, podrías tener algunos contactos en el este, tal vez alguien en Berlín que pudiera mirar los registros… —Ahora que sus pensamientos se habían convertido en palabras, de pronto, parecían ridículos. Era obvio que Kurt no sabía más que ella. Temerosa de que él pudiera pensar que todo esto era una excusa para hablar con él, o quizás algo más, agregó—: Sé que es poco probable, pero estoy desesperada. Y no tengo a nadie más.

La vio entonces: esa antigua mirada de afecto, la mirada que alguna vez había calmado sus miedos y había hecho que todo el mundo pareciera tolerable. Para su vergüenza, sintió que una lágrima rodaba hacia su boca. Para peor, él estiró la mano y, con el dedo índice, se la secó suavemente.

—No te puedo garantizar nada, y quizá me lleve un tiempo. Pero haré todo lo posible. Lo prometo. —El afecto se desvaneció entonces, y fue reemplazado por algo entre la tristeza y la decepción.

Hedy se secó otra lágrima y trató de mantenerse erguida.

—Gracias. Todavía estoy en el Bloque Siete. Puedes encontrarme allí cualquier día.

Se dio vuelta y caminó apurada de regreso a su bloque, incapaz de soportar la idea de sentarse en ese comedor rodeada de gente. Trabajaría durante la hora del almuerzo, tecleando esos informes hasta las seis, los dedos golpeando las teclas, la cabeza llena de nada excepto cantidades de cemento y direcciones de corralones. No haría contacto visual con Vogt o su vecino Derek ni les daría la oportunidad de que notaran su presencia. Después se iría rápido a casa, apuraría la magra cena y se metería en la cama no bien pudiera. Allí, enterraría la cabeza en la almohada para que nadie en los apartamentos vecinos la escuchara. Y entonces lloraría y aullaría como un animal herido hasta las primeras horas de la mañana.

 

—Pero ¿por qué? ¿Por qué nos hacen hacer esto?

La voz de Dorothea se escuchaba por encima del golpeteo y el alboroto de la sala. Sus ojos estaban muy abiertos con una inocente confusión. Hedy le echó una mirada nerviosa al soldado alemán detrás de la mesa improvisada, mientras tomaba el equipo inalámbrico Bush de Dorothea y lo empujaba por la superficie hacia el banco de equipos de radio que crecía en un extremo. Por un momento, Hedy temió que el soldado pudiera tomar represalias, pero comprendió que la mirada en su cara no era de agresión sino de incomprensión. El hombre no hablaba inglés.

—Vámonos, Dorothea —murmuró Hedy, al mismo tiempo que verificaba la cantidad de alemanes armados en la sala y la posición de las salidas—. No te entiende. Y quiero que salgamos de aquí.

De hecho, Hedy no había querido siquiera ir al salón parroquial. Era un nido de soldados alemanes, adornado con esvásticas, y estar en medio de eso le ponía la piel de gallina. Pero cuando los anuncios de la confiscación de radios habían aparecido la semana anterior en los diarios vespertinos, Dorothea había ido a verla, para rogarle que la ayudara a entregar el pesado aparato con su carcasa de madera. Recordando la promesa que le había hecho a Anton, Hedy no tuvo más opción que aceptar.

Miró a su alrededor. El salón estaba atestado de furiosos habitantes de Jersey que murmuraban y arrojaban su amado equipo familiar sobre la mesa, arrancando de las manos de los alemanes sus recibos con las caras coloradas de indignación. La idea de que se lo devolverían al final de la guerra era una mentira tan lastimosa que era casi graciosa, todos sabían que estos ítems muy deseables serían metidos en un barco hacia el continente esa misma tarde, y que todos ellos terminarían en los salones de los oficiales del Partido Nazi para comienzos de la semana siguiente. Mientras tanto, los locales estarían ahora desconectados de la guerra real, dependiendo exclusivamente de la risible desinformación de la prensa controlada por los alemanes. Hedy, ya sin su equipo por más de un año, se había acostumbrado al silencio apremiante de las largas noches sin música ni voces humanas. Pero las visitas regulares a casa de Dorothea para escuchar la BBC eran un nexo vital con el mundo, aun cuando tuviera que pasar gran parte del tiempo señalando los lugares en el antiguo atlas de Dorothea. Este nuevo nivel de aislamiento la asustaba como a todos los demás.

Ansiosa por volver al anonimato de la calle, Hedy tomó a Dorothea del brazo. Pero Dorothea seguía enfrentando al soldado.

—Creo que usted entiende bastante —le estaba diciendo—. Solo quisiera saber qué bien piensan que puede hacer esto.

Hedy miró a su acompañante, desconcertada. La mujer nunca había contradicho a Anton en público… ni en privado, sospechaba Hedy. Sin embargo, ahí estaba, abordando sin miedo a un soldado enemigo. Hedy miró alrededor y vio a un segundo alemán, robusto, con un rifle colgado a la altura del pecho, estirando el cuello para observar el intercambio desde el extremo opuesto del salón. Una seña del primero, y ambas serían arrestadas. Al llegar por la mañana, ya habían visto a un hombre local arrastrado después de una discusión en la fila y luego arrojado sobre el pavimento. Esta vez el apretón de Hedy fue más fuerte.

—Hablo en serio, tenemos que irnos ahora.

Su corazón dio un salto cuando sintió una mano en su espalda que la empujaba hacia la salida. Vio que Dorothea era tratada de la misma manera. Había una buena carga de fuerza detrás de la presión, tanta que ya estaba a mitad de camino hacia el piso antes de poder darse vuelta y ver la causa. Para su alivio, era un hombre de aspecto cansado, escaso pelo gris y gafas con montura de metal, que tenía una sonrisa fija pero beatífica.

—Puedo responder sus preguntas, señoritas, pero sugiero que no sigan el tema aquí.

Su voz sonaba tan cansada como su apariencia sugería, pero Hedy reconoció las inflexiones de un acento de Jersey, similar al del doctor Maine. Siguió llevándolas hacia adelante hasta que estuvieron de pie en el pavimento, parpadeando bajo la brillante luz del sol después de la penumbra del salón parroquial. Allí, el hombre se dirigió a ellas y le ofreció la mano.

—Diputado Ned Le Quesne, encantado.

Hedy y Dorothea devolvieron el gesto. El nombre no significaba nada para Hedy, pero Dorothea lo miraba con curiosidad.

—¿De los Estados? —preguntó Dorothea.

—Comisión de trabajo de los Estados, por mis pecados. —Sonrió, pero Hedy percibió que había algo de verdad en su disculpa—. Lamento si parezco poco caballero, pero no quería que se metieran en problemas. Me temo que Jerry ha estado bastante enérgico respecto de este último sinsentido; ya ha habido una serie de arrestos.

—Solo quiero saber por qué. ¿Por qué nos están quitando nuestras radios? —presionó Dorothea.

Le Quesne miró sobre su hombro y las alentó a avanzar un poco por el camino.

—Simple venganza, me temo. La marea de la guerra se ha dado vuelta en las últimas semanas. De modo que esperan castigarnos y, al mismo tiempo, mantenernos lejos de la verdad para destruir nuestro ánimo. Pero no dejaremos que eso suceda, ¿verdad?

Hedy echó una mirada al salón parroquial, donde dos jóvenes discutían con un soldado alemán, atrayendo la atención de otros alemanes. Una mujer de unos sesenta años salía al pavimento llorando en el hombro de su marido.

—¡Por supuesto que no! —Dorothea estaba estrechando la mano del hombre mayor.

—Y yo digo mis oraciones por nuestras tropas todas las noches. —Hedy respiró profundo ante la falsa ironía de este comentario, pero el diputado ya estaba deseándoles un buen día y regresando al salón parroquial. Dorothea se dirigió a Hedy.

—Muchas gracias por tu ayuda. No podría haber traído esto hasta aquí sola. ¿Te gustaría venir esta noche? Tengo suficientes papas para hacer croquetas de verdura, si tienes un par de zanahorias que puedas compartir.

Hedy dudó. Las noticias de la BBC y las discusiones posteriores eran lo único que había hecho que sus recientes visitas a la avenida West Park fueran soportables, ya que mantenían a Dorothea alejada del tema de las estrellas de cine, o peor, de cuánto extrañaba a Anton. La idea de una noche sin nada más que la conversación entre ellas era una perspectiva deprimente. Pero debía honrar la promesa a su viejo amigo.

—Gracias…, quizá por una hora. —Se protegió los ojos con la mano mientras miraba hacia arriba, hacia el cielo, sintiendo el calor del sol que le quemaba la piel—. Es difícil, la primera noche sin la radio. Me acuerdo.

—Pero podemos seguir escuchando las noticias. —El tono de Dorothea era brillante.

—¿No entiendo?

—Les entregué mi equipo, como me pidieron. Pero no les di el que está en el altillo. —Relucía mientras caminaba ligera por el camino en dirección del parque, seguida por la mirada atónita de Hedy.

 

—Lo mismo de nuevo. —Kurt, con una amplia sonrisa, levantó dos dedos hacia la delgada mesera aburrida—. Este brandy es excelente. Tendría que ver si puedo conseguir una botella en las tiendas.

Wildgrube bajó los restos de su gran vaso, el cuarto de esa noche, según la cuenta de Kurt, y se lamió los labios en señal de acuerdo. Aun en la débil luz del club, Kurt podía ver que su cara estaba comenzando a enrojecer; las marcas de color morado se parecían al grueso lápiz labial que usaban las prostitutas del club. Ya sus gestos se estaban volviendo expansivos y sus ojos acuosos se movían de un lado para otro, apuntando a la última tanda de prostitutas normandas, para aumentar su sensación de bienestar. Kurt sospechaba que no recibía muchas invitaciones sociales.

—Mi padre —Wildgrube echó una pitada a su cigarrillo y continuó como si Kurt no hubiera hablado— trabajaba en una fábrica. No tenía interés en su apariencia. Solía agarrarme de las orejas cuando gastaba mi dinero en camisas de calidad y zapatos decentes, me llamaba «mariposita». —Tiró la cabeza hacia atrás y rio ferozmente. Kurt replicó la risa de manera precisa, al mismo tiempo que usaba el momento para vaciar la mayor parte de su brandy en la planta que estaba en el estante detrás de su hombro—. Pero ¡míreme ahora! Solo estos puños… —Le mostró los impecables puños blancos de su camisa como si los modelara para la venta—. Siempre planchados a la perfección. Déjeme decirle, el ama de llaves en nuestro alojamiento es fea como un bulldog, pero, por Dios, ¡cómo plancha las camisas! ¡Y sus guisos son bastante buenos, también! —Se palmeó el estómago y rio de nuevo.

Kurt simuló tomar un sorbo de su vaso casi vacío, pensando que la mujer probablemente orinaba con ganas en cada plato que le servía. Miró el reloj: las siete y media. Era la cuarta vez que llevaba a Wildgrube al club en tres semanas y la experiencia le decía que para las ocho debía de poder empujarlo en la dirección que quisiera. Lo dificultoso era atraparlo en los momentos ideales entre la discreción profesional y el desmayo.

La primera invitación de Kurt a que lo acompañara en una «salida de muchachos» —una frase que Kurt eligió deliberadamente sabiendo que apelaría al ego del espía— había sido recibida con escepticismo. Wildgrube poseía el instinto del niño abusado para saber cuándo alguien lo despreciaba, y Kurt tuvo que trabajar mucho para convencerlo de que no era una broma. Pero Kurt sabía que, más allá de las reservas o sospechas que Wildgrube podía tener con respecto a él, las ahogaría con el peso de la curiosidad y la desesperación por ser aprobado. En las primeras tres ocasiones, Kurt había ido sobre seguro, manteniendo la conversación en la arquitectura alemana y qué tamaño de taza de sostén creaba la mejor figura femenina, mientras que también introducía chismes inofensivos sobre él u otros que compartían su alojamiento. Pero Kurt estaba comenzando a evaluar la impotencia y la indiscreción de Wildgrube cuando se trataba de bebida. Cómo este hombre había ascendido hasta ese rango con un defecto tan obvio, era sorprendente, pero, bueno, pensó Kurt, ¿sobre qué base se podía explicar al propio Göring? En todo caso, Kurt percibió esa noche que, si conseguía llegar a los niveles justos de diversión, podría conseguir lo que buscaba. Y Wildgrube parecía estar pasándola muy bien.

—Esto es fantástico. Me encanta este lugar.

Kurt asintió.

—Es bueno alejarse de la chusma, pasar tiempo con los de su clase. No es que yo esté en su estrato, Erich. Acceso a todas las áreas, charlas íntimas con los tipos grandes…, ¿verdad?

Wildgrube se encogió de hombre, dando algunas vueltas.

—Conozco a mucha gente. No solo aquí.

Kurt hizo girar su vaso en sus dedos.

—¿Quiere decir en Berlín?

—Ah, sí. Tengo amigos allí a los que les ha ido muy bien. Círculo interno, ¿sabe? —Luego, su mano arreglada por una manicura desdeñó el tema como una mosca imaginaria—. ¿Con qué frecuencia viene aquí en una semana promedio?

Kurt pensó con rapidez, consciente de que la respuesta bien podía después ser verificada en busca de precisión.

—No muy seguido. ¡No me quiero convertir en un cerdo!

Wildgrube se echó a reír y se palmeó el muslo.

—¿Ve a esa? —Señaló a una joven rubia de unos diecisiete años, que tenía un vestido ajustado y sacudía el pelo en una evidente oferta de servicios. Kurt se preguntó si su madre sabía dónde estaba y qué estaba haciendo—. Esa es la que voy a tener después. Un trasero pequeño, fantástico, ¿no le parece? —Se inclinó hacia Kurt, como si estuviera conspirando—. Aunque escuché que algunas de las nuevas no están tan limpias. Podría solo masturbarme en sus pechos para estar a salvo… No quisiera agarrarme nada.

La mesera puso dos nuevos vasos sobre la mesa con una sonrisa amplia, artificial. Kurt levantó el suyo hacia el de Wildgrube para brindar, y oyó que el vidrio casi se rompía por lo fuerte que lo había chocado el policía.

Kurt decidió que era tiempo de cambiar de estrategia.

—Entonces, dígame, Erich, ¿cómo van las cosas en su departamento? — Dejó la palabra colgando en el aire, suficientemente vaga como para ser interpretada como ignorancia—. ¿Quién le está dando problemas en este momento?

Wildgrube resopló despectivo a través de sus labios delgados.

—Ya sabe. Los sospechosos de siempre. Los del mercado negro. Los tontos Einheimische, los locales que piensan que son Rosa Luxemburgo. ¿Sabe que algunos de los trabajadores que trajimos se han escapado de sus complejos? ¡Resulta que algunos de los locales los están escondiendo en sus casas! —De un solo sorbo bebió la mitad del brandy—. Bien merecido tienen si los violan o les roban, malditos estúpidos.

—¿Y cómo andan las cosas por casa? ¿Es verdad que el Führer está planeando una nueva ofensiva contra los soviéticos?

Wildgrube se palmeó el costado de la nariz para indicar que Kurt se había pasado de la raya. Kurt, al darse cuenta de su error, levantó una mano y alejó la cabeza, como si se sometiera a un poder mayor. Pero al momento siguiente, Wildgrube estaba volviendo al camino prohibido, dejando la prudencia en el fondo de su vaso.

—El gran hombre está haciendo un gran trabajo. Por supuesto, las mejores cosas son secretas.

—Brindo por eso. —Kurt levantó su vaso de nuevo y, una vez más, Wildgrube vació el suyo de un golpe. Kurt se inclinó y miró con ostentación alrededor de él, generando una sensación de drama—. Pero, vamos, ¿deme al menos una pista? Algo que ver con los judíos, ¿verdad?

Wildgrube movió el índice, mirándolo como un padre a un niño travieso al que está a punto de perdonar.

—¡Usted es un pendejo, Neumann! Por supuesto que son los malditos judíos. Finalmente encontró una solución. Muy inteligente, también. Pero… —todos los dedos fueron hacia arriba ahora, sugiriendo una barrera que no podía cruzarse— no puedo decir nada más. Dígame… —hizo una seña para que Kurt se acercara—, de estas pequeñas perras, ¿cuál es la suya?

Kurt sonrió, simulando estar fascinado con el juego, y echó una mirada lenta, considerada alrededor de la sala.

La decoración del club era chabacana, una colección de piezas livianas doradas y sillones de terciopelo rojo que probablemente se veían espantosos a la luz del día. Por todas partes, había oficiales borrachos y con cara amargada, mujeres mal nutridas desparramadas. En un rincón alejado, Fischer estaba sentado con algunos de sus amigotes más duros, jugando algún tipo de juego de cartas y alcohol. Dios, pensó Kurt, ¿por qué se ponía en esta posición por una mujer a la que había jurado no volver a ver? Las imágenes de Hedy flotaron por su mente. Esa boca suave y esos ojos color verde mar; su expresión asombrada cuando él entraba a una habitación; la sonrisa que se hundía suavemente en una almohada. Los últimos meses sin ella habían sido los más tristes que podía recordar. Una docena de veces había caminado desde su alojamiento hasta la calle New y se quedaba fuera del edificio, esperando poder ver algo de piel pálida o de cabello rubio oscuro en la ventana. Una vez había llegado justo hasta la puerta. Cada vez, una resistencia punzante —orgullo, quizás una sensación de traición— lo retuvo. Pero la idea de estar con otra mujer lo dejaba sin fuerzas y desanimado.

Wildgrube estaba esperando su respuesta, la lengua le colgaba al costado de la boca como una almeja cruda. Al azar, Kurt eligió una morena alta, espigada, acomodada en el extremo de la barra.

—Esa. —Wildgrube se echó a reír después. Se reiría de cualquier cosa en este momento.

—Ah, ¿le gustan las altas y morochas? Para mí, tiene que ser rubia. Una linda muchacha aria. —Tomó el brandy de Kurt confundiéndolo con el suyo y lo terminó también—. ¡Pronto será lo único que quede, ya verá! Llegarán hasta el final de la escoria. Agarrarán a cada uno de ellos.

Kurt sintió que la puerta se estaba abriendo y se contuvo de no empujarla demasiado para que no volviera a cerrarse. Al mismo tiempo, sabía que no tenía demasiado tiempo… Wildgrube estaba tan borracho que apenas podía pasar de una oración a otra.

—Ojalá, ¿no? No será fácil, igual.

Wildgrube se echó a reír.

—Como dispararle a un pez en un barril. No lo saben. No tienen idea de adónde van, en qué se están metiendo. —Su discurso se arrastraba ahora—. Los camaradas de las SS me mostraron algunas fotos la última vez que estuve en casa. Genial… la forma en que los arrean, fácil y simple.

Kurt mantuvo el cuerpo perfectamente inmóvil.

—¿Los arrean?

Wildgrube le dedicó una sonrisa que Kurt recordaría durante años.

—Esa es su belleza. —Inclinó la cabeza hacia Kurt indicándole que se acercara un poco—. Guárdese esto para usted…, esto es solo entre nosotros, ¿comprende?

 

Hedy estaba completamente dormida cuando empezaron los golpes en la puerta. Su primera respuesta fue de furia. Tantas noches que había pasado despierta hasta que el coro de la madrugada comenzaba alrededor de las cuatro, arrastrándose al trabajo en estado de agotamiento. Esta noche había logrado dormirse a una hora razonable y ahora algún idiota… Por unos segundos pensó que venía de otro de los apartamentos. Luego se dio cuenta de que venía de la puerta común que daba a la calle. Alguien estaba pidiendo entrar y alguien —probablemente la señora Le Couteur— estaba abriéndole. Hedy dio vuelta el reloj: casi las tres. Ahora estaba erguida en la cama, con los oídos atentos como un animal salvaje. Imágenes de soldados alemanes con órdenes de arresto inundaron su mente. Tomó su cárdigan de lana de la silla, saltó de la cama y corrió hacia la puerta del apartamento, presionando el oído contra ella. Fue entonces cuando oyó las pisadas en las escaleras y la voz familiar:

—¿Hedy? Hedy, por favor, sé que estás allí.

Con el corazón casi saltándole fuera del pecho, Hedy sacó los pasadores y abrió la puerta. Afuera, el pasillo asombrosamente negro parecía atravesado por corrientes de aire. Kurt estaba de pie balanceándose en el rellano, con el cabello despeinado formando extraños ángulos y una expresión feroz en la cara. No bien la vio se arrojó a sus brazos, haciéndola bajar varios escalones. Con cautela, ella colocó los brazos alrededor de él y, de algún modo, lo guio hasta el umbral.

—Kurt, ¿qué pasó? ¿Qué estás haciendo aquí? —La cara de él estaba enterrada en el cuello de ella y parecía como si estuviera llorando.

Hedy se alejó un poco y logró sujetarlo fuertemente del brazo. Lo hizo entrar al apartamento y lo condujo hacia la silla que estaba junto a la mesa, donde se desplomó como si no se hubiera sentado por una semana. Podía percibir su olor a alcohol, fuerte y agrio. Levantó la cortina para aliviar la intensidad de la oscuridad, y luego se sentó a su lado.

—Dime qué ha ocurrido.

Kurt levantó la vista hacia ella, la luz de la luna que entraba por la ventana iluminaba un lado de sus rasgos. Hedy pudo ver que estaba loco por la emoción incrementada por el alcohol, pero, mientras la miraba, pareció recuperar la sobriedad y con una mano gentil le quitó el pelo de la cara de la forma en que hacía cuando eran amantes.

—Hedy, lo siento tanto.

—¿Por qué? —Su mente giraba con horribles posibilidades.

—No te creí, no creí nada. Pensé que eran solo historias. No creí que la gente pudiera comportarse realmente así.

—¿Así cómo? ¿De qué estás hablando?

—Honestamente pensaba…, decían que eran granjas. Solo reubicación. No sabía. Te juro que no lo sabía.

Y entonces comenzaron a aflorar… los hechos que Wildgrube le había confiado y las conexiones que Kurt había podido reunir por su cuenta. Los planes secretos, la aniquilación de los guetos, la quema de sinagogas con judíos encerrados dentro, las redadas, los camiones de ganado «especiales», los campos de exterminio. La separación de hombres y mujeres en las puertas, la clasificación de los prisioneros, el robo de sus pertenencias, los mamelucos, el trabajo forzado, el engaño de las falsas duchas, las cámaras llenas de cuerpos apilados.

Hedy estaba en silencio sentada al lado de él mientras las frases seguían saliendo, a veces ahogándolo, a veces escupidas en un flujo de bilis. Las palabras aterrizaban en ella como insectos ardientes, ampollándole la piel. Crematorios…, chimeneas…, gas… Cuando las palabras se convirtieron en imágenes y las imágenes en una realidad, comenzó a alejarse de él. Quería golpearlo en la boca para que se callara, impedir que esa información llegara a su cerebro, castigarlo por ser uno de ellos. Y al mismo tiempo quería abrazarlo y decirle que no podía haberlo sabido… ¿Quién podía siquiera imaginar algo tan inhumano, tan incomprensible? Mientras Kurt continuaba, se sintió cada vez más pequeña, encogiéndose como Alicia en el País de las Maravillas. Para cuando llegó a sus padres y confesó que, si habían sido transportados, probablemente ya estuvieran muertos, era una partícula de humanidad en la vasta expansión de la tierra, diminuta e insignificante.

Lento y balbuceante, llegó al final de su historia y cayó en un profundo silencio. Hedy se incorporó, caminó tambaleándose hasta el fregadero y vomitó durante varios minutos, aferrada a la porcelana, sintiendo los mechones húmedos en su cara, pero demasiado entumecida para moverse. Finalmente, se enjuagó la boca y fue hasta la cama. Kurt se sentó allí junto a ella, sin decir palabra, mirando la nada excepto los rayos de luz de luna que caían en las almohadas. Entonces, según recordaba Hedy, debió de haberse quedado dormida por unos momentos, porque cuando se estiró los rayos de luna habían sido reemplazados por una apagada luz plomiza en el cielo distante, devolviéndole el contorno a los muebles del cuarto e indicios de color a su piel. Afuera, en alguna parte, los primeros pájaros comenzaban a cantar.

Kurt apoyó su mano en la rodilla de ella.

—Mañana voy a ir a la Casa de la Universidad con mi Walther P38 y buscaré al comandante de campo.

—No seas estúpido.

—Lo digo en serio. Tengo que hacer algo. Tenías razón: he sido parte de esto, soy responsable. Tengo que encontrar la forma de expiar lo que hemos hecho.

—Estarías muerto antes de que él llegara al piso.

Kurt sacudió la cabeza.

—No me importa lo que me ocurra.

—No harías ningún bien. Berlín mandaría a otro.

—Entonces iré a Berlín y mataré a unos cuantos de ellos. Tengo que hacer algo, tengo que enmendar esto. Y de algún modo tengo que obtener tu perdón.

Hedy sintió una descarga de ternura. Le tomó la cara entre las manos.

—Kurt, escucha. Lo que dije hace meses…, estaba enojada. Tú no eres responsable de lo que están haciendo. Tú mismo lo dijiste, no tuviste opción, no más que Anton. Y tienes que dejar de hablar así. Ningún motín suicida en esta pequeña isla va a salvar a un solo judío.

—Pero tengo que hacer algo… —Su voz se debilitaba, como si fuera la de un niño.

—Ya lo hiciste, Kurt, ¿no lo ves? ¡Me salvaste! Si no fuera por ti, ¡yo habría sido enviada a uno de esos campos! —Lo sostuvo más fuerte—. Eso no es guerra, eso no es odio…, es bondad, ¡es amor! ¡Eso es lo que eres!

Él colocó las manos en los hombros de ella y sintió que se calmaba.

—¡Luchemos contra ellos, nosotros dos! No sé cómo exactamente, pero podemos intentarlo, ¿no? Si nos tenemos uno al otro, tenemos una oportunidad. Quizá podamos salir de esto vivos, juntos. ¡Por favor, Hedy!

Ella lo miró, sabiendo lo que quería decir, y dentro de sí sintió que algo se levantaba. Era esperanza, y posibilidad. Respiró profundamente y susurró:

—Nunca he dejado de robar los cupones de gasolina.

Él la miró un momento, como si hubiera hablado en otro idioma, sin poder comprender. Luego comenzó a reír.

—¿Nunca dejaste de robar cupones? ¿Nunca…? —Hedy podía sentir la tensión que emitía el cuerpo de Kurt, hasta que se quedó sin más risas y cayó de espaldas, empujándola a ella sobre él—. ¡Ay, Hedy, estoy tan orgulloso de ti! ¡Te amo tanto!

La abrazó más fuerte y la besó con una intensidad que la derritió y estimuló una sensación de vida en medio de toda esa destrucción. Pronto sus dos cuerpos se fusionaron, rodando hacia un lado y hacia otro por el colchón mientras el amanecer se imponía a través de la pequeña ventana del altillo.