Heidegger. El nazismo, las mujeres, la filosofía
3. Acerca del nazismo
En lo que concierne al nazismo, no nos enteramos de nada que no sepamos ya desde mucho tiempo atrás: esto es, que los nazis —aun cuando bastante sostenidos por Heidegger y Elfride, desde comienzos de los años treinta, merced a un conservadurismo antisocialista y un limitado nacionalismo provinciano— no dejaban de ser considerados incultos, gente indigna de las alturas en que se juega el destino del Espíritu; que hubo a continuación un intenso entusiasmo por la «revolución alemana» (expresión utilizada por Heidegger en una de sus cartas) y por el pequeño poder académico y social que ella le confería a la pareja; y que, por último, puede barruntarse una prudente política de espera, respecto de la cual diríamos que es sobre todo un indicio, entre otros, del escaso coraje del pensador desde el abandono de su Retiro.
La cuestión reside, más bien, en saber qué papel le cabe en esas tres etapas a una convicción real, cuyo eco y horizonte hallaríamos a la vez en el texto propiamente filosófico, y la parte que en ellas juegan las determinaciones sociales, los cálculos de oportunidad y el conservadurismo dominante. En síntesis, cuál es en este punto la relación entre lo Grande y lo Pequeño. También aquí, lo que tienen en común los campos extremistas del «caso Heidegger» es, a nuestro juicio, una sobrestimación, en los compromisos y en las retiradas de Heidegger, de la «gran» visión, del compromiso radical, de una relación patente entre lo que para él es historial y la forma que asume su vida concreta. Por el lado de sus defensores incondicionales se sostendrá que ni en la determinación de la Historia por el olvido inaugural del ser, ni en el lugar que Heidegger quiere ocupar en el punto de inversión de ese destino, hay rastro alguno de antisemitismo ni, más en general, de toda la mitología racialista de los nazis. Se olvida, así, que en ese grandioso panorama tampoco hay nada que incluya directamente los cálculos para conseguir un cargo en la universidad, los pequeños arreglos conyugales o el amorío apasionado, pero también infinitamente prudente por parte del filósofo, con Hannah Arendt, cuestiones, todas ellas, cuya existencia conocemos. Es pues perfectamente posible que, con respecto a los textos que testimonian un esencial por-venir, se infiltren pequeñas pulsiones personales, en ocasiones de gran bajeza, con la ayuda interesada de un entorno que, a diferencia del envío destinal del ser, se mueve muy cerca todos los días. En cuanto a los fiscales encarnizados, son especialistas en una lectura de segundo grado tan retorcida y frágil como la que Pascal propone para demostrar que la verdad del Antiguo Testamento se halla íntegra en el Nuevo. Para ellos, la «gran» filosofía es el documento cifrado de una inmensa y convulsiva adhesión al nazismo. Según estos exégetas incansables — carguemos apenas las tintas—, es «evidente» que, si en tal o cual texto Heidegger habla de encender el fuego, hay que comprender que se trata del valor purificador de los hornos crematorios. Al margen de la ridiculez del método, esa interpretación implica olvidar que, después de todo, un texto filosófico, aun de Heidegger, no dice jamás otra cosa que lo que dice, en un vasto contexto empírico que siempre se puede reconstruir, pero al cual es totalmente imposible reducir el alcance de lo que se lee. En verdad, contra esas operaciones, que equivalen a postular un dudoso isomorfismo entre la grandeza (o la hipocresía calculada) de los textos y la pequeñez (o la abyección total) de algunos compromisos, sostendremos la autonomía, relativa pero crucial, de los órdenes, que permite la coexistencia de la potencia universal de una obra y la mediocridad de etapas enteras de una vida, sin que ninguno de esos dos órdenes pueda aspirar a ser la verdad del otro. Nietzsche tiene quizá razón al afirmar que una filosofía es la biografía de su autor, pero con la condición de dar a la palabra «biografía» un sentido tal que sea simétricamente falso que la biografía de un autor pueda ser su filosofía.
De hecho, es imposible leer esas cartas como documentos de un proceso. La razón más importante es, acaso, que ya no hay, en el fondo, nada interesante que decir sobre el antisemitismo y el nazismo de Heidegger, si nos atenemos a las dos posiciones dominantes que recordábamos al principio de este texto: por el lado de los censores demócratas, la convicción de que, porque fue nazi, Heidegger queda descalificado como filósofo y debe ser retirado de las bibliotecas, donde podría corromper a la juventud, y por el lado de los heideggerianos devotos, la convicción de que, porque es un filósofo muy grande, es imposible que Heidegger haya sido verdaderamente nazi. Acerca de ese combate —para mantenernos en la lógica del boxeo, donde el nombre de los campeones importa—, el de Faye contra Fédier, es poco decir que la lectura de las cartas del filósofo a su mujer difícilmente llegue a resolverlo. Es mejor decir que establece su impostura, dado que la verdadera cuestión, plenamente expresada por la vida de la pareja tal y como nos la muestran dichas cartas, es la siguiente: Heidegger es, por cierto, un gran filósofo, que fue también, y al mismo tiempo, un nazi absolutamente común y corriente. Es así. ¡Que la filosofía se las arregle! No saldrá bien librada ni con la negación de los hechos ni con la excomunión. Estamos aquí en la linde dialéctica, que puede calificarse de existencial, entre la grandeza de pensamiento y la pequeñez de convicción, entre la capacidad creadora de dimensiones universales y la particularidad corta de miras de un profesor de provincias.