Historia Secreta de Isabel de Baviera

Marques de Sade · Capítulo 5 de 6 · parte 1/4

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Historia Secreta de Isabel de Baviera

Tercera Parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

lugar de servirse de estas riquezas para reparar los males que había causado su adquisición, los empleó para favorecer sus desenfrenos y asalariar a sus favoritos. Relegó a su joven esposa a Saint-Germain y acabó de perder por este último rasgo el afecto público, que no conquistó de nuevo sin duda declarando que quería apoderarse de todas las finanzas, y sobre todo, cuando reconoció que este proyecto destructor tenía como único fin proveer dinero para sus inmoralidades de todo género.

Padre de la joven delfina, era difícil que el duque de Bourgogne pudiese aprobar una conducta semejante; envió embajadores a su yerno, primero para sondear el terreno, luego para invitarle a llamar de nuevo a su mujer a su lado. Estos enviados aseguraron incluso al delfín que, sin su adhesión a los deseos de su señor, nunca accedería el duque al tratado de Arras. El delfín lo prometió todo y no concedió nada.

Es esencial observar aquí que tres partidos dividían entonces Francia: el de Armagnac, el de Bourgogne y el del delfín. Únicamente el rey no tenía ninguno: ¡qué amigos podían quedarle a un desgraciado príncipe a quien su mujer, sus tíos y sus hijos dejaban que le faltasen incluso las cosas más elementales para vivir!

El verdadero patriotismo tenía aún menos partidarios; y en efecto,

¡quién puede amar a su patria, cuando todo tiende a desgarrarla! Un reducido número de hombres virtuosos sin duda; pero éstos no maquinan, éstos no pertenecen a ninguna facción; los signos de la suya están en el fondo de su alma, y no se atreven a comunicárselos.

TERCERA PARTE

…¿Existen, pues, crímenes que la ira de Dios no perdona nunca?

VOLTAIRE.

Todos conocen las quiméricas pretensiones de Eduardo III a la corona de Francia; sin embargo, tales fueron los únicos derechos que Enrique V

alegó para apoderarse de esta corona; pero ¿por muy emprendedor que fuese este príncipe, se hubiera atrevido a hacer valer unos derechos semejantes sin el apoyo de la reina, que, para animarle, sólo podía ofrecerle la facción de Bourgogne? De este modo toda su conducta con el único príncipe que podía hacerle alcanzar este fin se explica por el inmenso deseo que tenía de lograrlo.

En 1415 se realizaron las primeras tentativas: ¡Qué atrevimiento, no obstante, y qué inconsecuencia!, ¡qué!, ¡el hijo de un usurpador, no aposentado del todo aún en el trono de Inglaterra, se atrevía a pretender el de Carlos VI! Se precisaba una mujer como Isabel para concebir un proyecto parecido, y un hombre tan ambicioso como Enrique para ejecutarlo. Cuantos más diques coloca la justicia y la sabiduría a la ambición, más se empeña esta terrible pasión en romperlos. Enrique comprendió, sin embargo, que necesitaba en este caso tanta diplomacia como valentía; en consecuencia, sólo pidió la cesión repentina de la mayor parte de Francia.

Isabel era el alma de todas estas deliberaciones secretas; las dirigía, rectificaba sus bases. Solo dictaba a los embajadores de Enrique V los medios más factibles para dividir a Francia o, mejor, para envilecerla colocándola en segundo rango en la proyectada unión, al mismo tiempo que cubría de humillación a sus hijos y a su desgraciado esposo. ¿Pero por qué miras -no cesan de preguntarse- obraba la reina así? Vamos a responder una vez más a esta objeción, aunque lo hayamos hecho ya varias veces, y principalmente en una conversación entre la reina y De Arundel, donde esta princesa explicó sus motivos.

¿Con el extravío perpetuo de la salud de Carlos, la reina podía estar orgullosa de conservarle? Desde el momento en que este príncipe expirase,

¿qué puesto ocuparía en la corte una reina viuda absolutamente abandonada a la esposa que se escogería para su hijo? ¿Podía esperar alimentar en un segundo plano todas las pasiones que saciaba en el primero? Era preciso renunciar a todo, retirarse incluso de la corte sin ocuparse ya de lo que sucedía allí, sin participar de ninguna manera en ello, y mirar como simple particular lo que antes miraba como una reina. ¿Podía -lo preguntamos- la mujer más altiva, más ambiciosa de su siglo someterse a este estado subalterno?

Pero, por el contrario, ¿no conservaba todos sus derechos con un príncipe que ella misma había conducido a Francia y que era el esposo de su hija preferida, hija que secundaría siempre las voluntades y las pasiones de su madre? Esto era preferible seguramente y ofrecía muchas más ventajas que ser una soberana sin poderes, cuyos errores se recordarían cada día, y de la que terminarían quizá por deshacerse, si reconocían en ella aún alguna inclinación a estos mismos errores. Por medio de su hija, conservaría

sobre este nuevo rey de Francia todo el imperio que tenía que acabar perdiendo infaliblemente, siendo viuda o esposa de un loco.

El tiempo apremiaba. Carlos, que no gozaba sino de unos ligeros intervalos de razón, tenía que apartarse necesariamente de los asuntos de estado tan pronto como el delfín, una vez casado, sería obligado a remplazar a su padre. Isabel, desde este momento, tenía pues que concebir el plan que le vemos adoptar e incluso apresurar su ejecución.

El sello del tratado, como se ve, tenía que ser pues el matrimonio de Catalina, hija de Isabel, con Enrique V; pero los embajadores no pudiendo vencer esta vez las dificultades que se les presentaban se reembarcaron algún tiempo después en Calais cuyas fortificaciones visitaron.

Poderosamente excitado por las dos mayores plagas de Francia, y encontrando en el Parlamento todos los recursos que podía necesitar, Enrique se decidió a la guerra y a la cabeza de sesenta mil hombres de armas y de cuatro mil arqueros transportados por mil seiscientos bajeles desembarcó en el mismo lugar donde se construyó después Havre-de-Grâce.

El cerco de Harfleur fue la primera hazaña de esta famosa expedición; pero las enfermedades sobrevenidas a causa de la escasez de víveres impidieron al inglés gozar de su triunfo; se embarcó de nuevo sin atreverse este año a llevar sus conquistas más lejos. Mientras estaban en vísperas de ver que el enemigo se apoderaba, a pesar de sus pérdidas, de una parte de Francia, el indolente y débil delfín deliberaba en París sobre la elección de una de las dos facciones que se enviaría en socorro del estado. Podemos imaginar fácilmente hasta qué punto la reina deseaba que esta elección recayese sobre el duque de Bourgogne. En efecto, dejando crímenes y traiciones aparte, ¿existía un general mejor? ¿Pero hubiese servido los intereses de Francia? No, sin duda, los de la reina y los suyos eran los únicos que valoraba y por los que lo hubiese sacrificado todo. Tuvieron razón pues, en no elegir a quién, sin embargo, parecía tan apropiado y principalmente a los ojos de aquellos que eran extraños a los misterios de este gabinete donde se extraviaban todas las combinaciones, incluso las más sensatas.

Sin embargo, las fuerzas tan considerables que oponían a los ingleses les impidieron proseguir la marcha que se habían propuesto para regresar a sus costas. La reina, que veía que todo estaba perdido si Enrique

abandonaba Francia, se inclinó destacadamente en favor del proyecto de aventurarse a una batalla que, cualquiera que fuese su resultado, equilibraría al menos las circunstancias y le permitiría aún albergar esperanzas; decidieron, pues que lucharían, y en los campos de Azincourt, en Artois, el inglés, más venturoso de lo que se había atrevido a esperar, deshizo enteramente nuestro ejército.

Como el mando había sido cedido a los jefes de los orleanistas, el duque de Bourgogne no compareció.

Remitimos a los historiadores a aquellos que querrán instruirse sobre las particularidades de esta batalla tan funesta para Francia, y cuyo triunfo los ingleses no se esperaban. Los límites de nuestra obra nos obligan a desarrollar solamente las causas que la hicieron posible, y la participación que nuestra heroína tuvo en las desgraciadas consecuencias de este asunto, de las que una de las más destacadas fue la inmensidad de prisioneros que hicieron los ingleses, entre los cuales se encontraba el joven duque de Orléans que quiso dejarse morir de hambre por desesperación y quien, ciertamente, se hubiese desembarazado de la vida por este medio si el rey de Inglaterra no hubiese ido en persona a suplicarle que renunciase a un proyecto que no remediaba nada.

Al abrir esta victoria a Enrique la ruta que deseaba para embarcarse, este príncipe llevó sus laureles a Londres, mientras que la corte de Francia regresó vergonzosamente a colgar sus cipreses en los muros de su capital.

La inquietud en que estas molestas noticias sumergían a la reina la puso enferma en Melun. La derrota de Azincourt no le desagradaba sin duda; pero estaba desolada porque el inglés no aprovechaba esta ventaja para marchar directamente hacia París. Aunque enferma, se hizo trasladar allí desde Melun en una camilla, con el fin de asistir al Consejo que el rey sostuvo en esta ciudad, relativo a estos acontecimientos desastrosos.

Existía aún otra causa de las tristezas de Isabel: desde que el delfín era lugarteniente general del reino obraba siempre impulsado por los consejos del obispo de Chartres y por los del señor de Montauban, ambos enemigos del duque de Bourgogne.

La decisión del Consejo no fue un medio para calmar a la princesa, puesto que colocaron al conde de Armagnac a la cabeza del gobierno. Sin embargo, cuando Bois-Bourdon fue a testimoniarle la tristeza que sentía por el cariz que habían tomado las cosas, lo que Isabel respondió fue tanto más

sorprendente cuanto parecía que no era demasiado ajena a las resoluciones del Consejo.

«Lo que yo quería[39] -dijo a su favorito- era que el delfín no

conservase una autoridad que hubiese usado tarde o temprano contra

nuestros intereses. En las circunstancias actuales, era imposible que se

nombrase al duque de Bourgogne y, no pudiendo tenerle para sostener

nuestra causa, no me molesta que parezca nuestro enemigo. Esto va a

reanudar las perturbaciones: si no defendió a Francia en Azincourt, se

convertirá en su dueño en París; y todos mis deseos se cumplirán entonces.

Nuestra nación precisa otro orden de cosas; el monarca que acaba de

cubrirse de gloria es el único que tiene que reinar en ella y yo seré siempre

mucho más dueña del trono de Francia que él se sentirá del que ocupa un

esposo imbécil y que podría heredar un delfín indeciso y titubeante que no

tuvo nunca otra opinión sino la de los viles cortesanos que le rodean.

Francia está cansada de estar gobernada por unos idiotas; precisa un rey

como Enrique que, extremadamente dichoso por apoyarse en el duque de

Bourgogne y en mí, hará siempre todo cuanto podrá complacer al uno y al

otro. Se casa con mi hija, se lo dije ya, Bois-Bourdon, prefiero que sostenga

el cetro un yermo mío que no mi marido.»

Cuando el duque de Bourgogne se enteró del favor que acababa de recibir el conde de Armagnac, se quejó de ello abiertamente:

¿Cómo -decía el duque- en su cualidad de príncipe de sangre real y del más gran señor de Francia no habían reparado en él? ¿Y quién mejor que él podía estar en estado de defender o de socorrer a la patria?

Sólo respondieron a sus quejas mediante una prohibición expresa de acercarse a la corte, añadiendo a esto que, si quería probar su celo a esta patria de la que hablaba, le bastaba enviar sus tropas contra los enemigos que la amenazaban.

El duque tenía todas las fuerzas necesarias para el triunfo que deseaban de él, y aceptando borraría todos los errores de su vida. Pero él se guardó muy bien de hacerlo. Los que querrán consultar las actas de Inglaterra encontrarán en ellas los motivos de su negativa y se convencerán de su estrecha unión con Isabel, que estaba muy lejos de darle consejos contrarios a la conducta que le vemos mantener. Verán allí también que este duque no había cesado después de la batalla de Azincourt de sostener íntimas relaciones con el rey de Inglaterra y que existía entre ellos un tratado en

virtud del cual ambos se debían recíprocamente socorros y protección. Estas eran las razones que motivaban la ausencia del duque Juan en la batalla que Enrique acababa de ganar, y las que le obligaban a rehusar la reparación que se le ofrecía de sus crímenes. Según esta manera de obrar tan conforme a las miras de Isabel, o él mismo se colocaba en el trono, o hacia subir a él a aquel cuya culpable ambición servía, según el tratado. La existencia del delfín obstaculizaba un poco unos proyectos tan vastos: era, pues, útil desembarazarse de él. ¿Pero a quién confiar este nuevo crimen?

«El duque de Bourgogne -dijo Isabel a Bois-Bourdon-[40] no está tan

convencido como yo de la necesidad de que este niño perezca. Se equivoca

mucho al creer que debido a que es el esposo de Margarita, su hija, podría

convertirse en una máquina que movería a su gusto. Nunca Luis ha tenido

un hijo de la hija del duque; sus costumbres contrarias a la naturaleza se lo

impedirán siempre y desgraciadamente estas vergonzosas costumbres le

convierten en esclavo de sus favoritos. Desde este momento, no existe

ningún lazo que pueda unirle al duque y, lejos de seguir los impulsos del

padre de una mujer que no quiere, se inclinaría por los de sus cortesanos a

los que quiere y que son muy contrarios a nuestros deseos. Por otra parte es

para Francia una débil pérdida la de un príncipe que no tiene ninguna virtud

que disculpe sus vicios. Todo esto no os haga temer nada, ni para vos ni

para mí, de aquel al que vamos a privar de un yerno que tiene que serle muy

indiferente; a pesar de que tuve alguna dificultad en convencerle, me parece

ahora muy cercano a la rendición, y cuando sabrá que hemos tomado todas

las medidas necesarias para alejar para siempre a un niño que sólo puede

perjudicarnos, terminará de persuadirse. Bourdon, no lo digo más; pero es

preciso que dentro de poco Luis haya abandonado esta existencia.»

Bourdon quiso replicar; Isabel le amenazó, se calló Bourdon. El crimen se cometió.

El duque Juan pidió a la delfina la dote y la viudedad; le respondieron que le devolverían de buena gana a su hija, pero que el rey estaba sumido en una tal miseria que le era imposible satisfacer otras demandas.

Durante este tiempo, ansioso de aprovechar los favores que acababan de serle concedidos, el conde de Armagnac se apresuró a venir a París. Aceptó la espada del condestable y tan pronto como se vio revestido de la autoridad que le confiaba el cariz de los acontecimientos se mostró bajo formas más repugnantes aún: las delaciones, los encarcelamientos, los mismos suplicios

consternaron de nuevo a los ciudadanos. Unas lágrimas, cuya fuente no estaba aún secada, se derramaron con más abundancia que amargura.

Únicamente Isabel encontró en estas desgracias públicas todo cuanto podía alimentar mejor su esperanza:

«Esto es lo que quise -decía a Bois-Bourdon- esto es lo que va a

preparar mi triunfo[41]: costará sollozos y sangre, lo sé: ¿Qué le importa a

mi ambición? Ningún obstáculo se opondrá a mis deseos cualesquiera que

sea su naturaleza ahora. Parece horrible, sin duda, lograr la felicidad a costa

de la desgracia de los demás; pero esta felicidad, sea cual sea su naturaleza,

no deja por ello de existir.»

Todos aquellos que estaban descontentos con el nuevo orden de cosas se reunieron para suplicar al duque Juan que viniese a ponerse a su cabeza, asegurándole que la capital estaba llena de personas que pensaban como ellos; pero este príncipe no estaba todavía demasiado seguro de lo que se le prometía para arriesgarse a tal empresa, y por otra parte sus negociaciones con Enrique no estaban suficientemente consolidadas para emprender en seguida lo que prometió ejecutar, sin embargo, cuando podría hacerlo con provecho.

Se habían enviado embajadores a Hainaut, con el fin de llevar a la corte al delfín Juan, hermano del que acababa de morir y que siendo yerno del soberano de esta comarca permanecía con su suegro; pero era ya una pieza importante en los intereses del duque de Bourgogne, su tío, cuyas intenciones no eran que regresase a París. Apenas el joven príncipe escuchó las proposiciones que se le hacían, animando el mismo conde de Hainaut la negativa de su yerno, pareció imposible decidir a este heredero de la corona ir a exponerse a los peligros de todo género que tenían necesariamente que aguardarle en París. Despidieron, pues, a los embajadores con la única respuesta de que la conducta del delfín se determinaría a la vista de los acontecimientos. Esta negativa disgustó mucho al de Armagnac, y sólo pensó en fortificarse contra un príncipe cuyas intenciones parecía que no eran someterse a su autoridad.

Desde este momento, la reina se dio cuenta de que, según el gran deseo que tenían de poseer a este hijo, había tanto peligro en conservar a éste como al otro, y de que un crimen más para una mujer como ella no tenía que impedirle alcanzar su fin. Sabremos demasiado pronto el desenlace de

este nuevo horror. Sin embargo, los dos partidos se median siempre y algunas escaramuzas eran los resultados de estos desafíos.

Entretanto, el nuevo delfín prohibió a ambos rivales que llegasen durante más tiempo a las arenas, y de acuerdo con el duque de Bourgogne, ordenó al condestable que se retirase.

Esta política del duque Juan, que ningún historiador nos explica, era debida a la imposibilidad en que se veía de atacar al condestable antes de estar seguro de Inglaterra.

Se daba cuenta de que no se podía lograr el triunfo si las cosas no iban juntas; pero su inactividad le ponía en ridículo, por eso creyó que era más conveniente hacerse licenciar, y mucho más porque su enemigo no podría aprovecharse de esta retirada, pues todos los caminos hostiles le estaban igualmente prohibidos. De esta manera, nada detenía ni los esfuerzos ni las esperanzas del duque y de sus aliados y ambos presumían siempre de recuperar muy pronto la autoridad que les había arrebatado el condestable.

Mientras el de Armagnac se ocupaba de echar a los ingleses de Harfleur, Isabel encontró el medio de urdir una espantosa conspiración en París, pero con tal misterio que nadie lo sospechó: en efecto, ningún historiador la acusa de ella, y nosotros la ignoraríamos también sin los documentos del proceso de Bois-Bourdon, el único hombre al que confió este importante

proyecto y el único que utilizó en su servicio[42].

Esta conspiración apoyada por las tropas que el duque de Bourgogne tenía acantonadas en los alrededores de París y por los numerosos partidarios que continuaba teniendo en el interior de esta ciudad tenía que estallar el Viernes Santo, pero se aplazó para el día de Pascua. El proyecto

era degollar sin distinción a todos los armagnacs[43], encerrar

provisionalmente al rey y al canciller, cargar de cadenas al rey de Sicilia y

al duque de Berri, raparlos, pasearlos en este estado sobre dos bueyes por

todos los barrios de París y asesinarlos después, así como a todos los

príncipes a incluso al desgraciado monarca, hasta el presente conservado

por su criminal esposa como un pelele necesario, pero que ahora dedicado

por entero al condestable sólo podía ser muy peligroso.

«He diferido hasta este momento la muerte de este hombre -dijo a su favorito-; ya no es preciso guardarle más, esta tibieza nos sería funesta.»

Pero existe un Dios que permite que designios tan monstruosos se descubran, para que el castigo de los culpables sirva de ejemplo a aquellos

que querrían imitarles.

La mujer de Miguel Lallier, cambista, tras enterarse de este horrible complot, dio parte de él inmediatamente al señor Bureau de Dammartin, quién sin perder un minuto lo comunicó en seguida a la reina; pero la hábil y perspicaz criatura dándose cuenta muy pronto del papel que las circunstancias le imponían se convirtió en la égida de aquellos en cuyo seno iba a hundir el puñal.

La corte se retiró al Louvre y Tannegy Duchâtel reunió en seguida cuantos guerreros pudo encontrar. No debemos sorprendernos si este bravo señor, creyendo adivinar el misterio, se convirtió, desde este momento, en el mayor enemigo de la reina.

Severas búsquedas, algunos suplicios y muchas detenciones restablecieron al fin el orden que había sido turbado por aquella que tenía que mantenerlo.

¡Hasta qué punto de perversidad esta multitud de conspiraciones, siempre renacientes, prueba que habían llegado los espíritus! ¡Y qué mujer era aquella que las fomentaba todas: aquella a quien las más infames traiciones, el infanticidio, el sacrilegio, la depravación, el incesto, el adulterio, el asesinato parecían costar tan poco! ¿Y por qué, pues, la pluma de los historiadores se paraliza ante las atrocidades de este monstruo? Cómo si no fuese prestar un servicio a los hombres presentarles el cuadro repugnante de los crímenes de sus antiguos jefes, sea para enseñarles a protegerse de ellos, sea para hacerles gozar mejor de la calma que sigue a la tempestad.

Al regreso del condestable todos los crímenes de su facción reaparecieron; las proscripciones, las confiscaciones, los arrestos se redoblaron y, desde este momento, ningún ciudadano se encontraba al abrigo de las trampas de sus enemigos: en los rostros sólo se leía una especie de apatía sombría y silenciosa… triste y molesto resultado del terror y de la desconfianza que se concebía incluso de sus familiares y de sus mejores amigos. No se atrevían a visitarse: si se encontraban por las calles, apenas se interrogaban; se creía percibir en los ojos de aquel al que se dirigían las delaciones o las detenciones mortales. El padre evitaba a su hijo, el hijo temía a su madre, los hermanos se miraban con esta especie de contrariedad con la que dos enemigos se miden. El terror rompía incluso los lazos del amor, en el temor de que estuviesen tejidos para perderse y

engañarse recíprocamente. Incluso el pecador viendo a un traidor en el ministro santo que tenía que reconciliarle con Dios, no se atrevía a acercarse ya al tribunal de la penitencia. Para redoblar este temor universal, se sobornaban a los delatores. ¿Quién podía resistir entonces a la seducción de una mujer hermosa halagando a la vez la venganza y la ambición, mientras excitaba los deseos de las mismas?

¡Al no tener que probar lo que se decía, qué campo más vasto para las calumnias más infames! Por unos medios peligrosos y feroces, sólo se encontraban, en una palabra, acusadores sin probidad y víctimas sin defensa, y como consecuencia, todos los horrores que nacen de una depravación tan completa. ¿Qué pueblo abandonado a semejantes vicios no perdería para siempre todas las antiguas virtudes de sus padres?

Nos damos cuenta de que la animosidad tenía que aumentarse cuando la discordia con tanto arte destilaba sus venenos. Se redoblaron las precauciones: se cerró el gran matadero, pero el hogar de la conspiración estaba con más seguridad establecido en el gabinete de la reina.

La corte quiso entablar nuevas negociaciones con Inglaterra; pero lo que es muy singular, es que por motivos muy diferentes, aunque unidos a la ambición y a la avaricia, ambos contendientes se opusieron igualmente al triunfo de estas negociaciones, y si el inglés no emprendía nada es que todavía no veía claro de qué manera podría aprovecharse mejor de nuestras perturbaciones; así que propuso una tregua de tres años esperando que pudiese trabajar con provecho en favor de una paz general. Pero el condestable no quiso atender a razones. Desde este momento Enrique reunió todas sus fuerzas y concertándose con el duque de Bedford, su hermano, avanzó hacia Harfleur que sitiaba el condestable.

Entonces el duque de Bourgogne ya no disfrazó sus relaciones con el rey de Inglaterra. Sostuvieron juntos una conferencia en Calais donde la corte quiso enviar representantes; pero todo se tramó tan secretamente que los embajadores de Carlos no descubrieron nada, y no pudieron jamás presumir que las cláusulas del tratado que Juan firmaba con Enrique, de acuerdo con Isabel, revelaban el odio más arraigado de estos poderosos enemigos de Francia, contra esta nación que hubiesen tenido que sostener y proteger, si el menor sentimiento del honor les hubiese animado todavía.

El duque de Bourgogne, excusándose en este tratado de desconocer hasta entonces las pretensiones del rey de Inglaterra sobre Francia,

aseguraba que, estando ahora en conocimiento de tales pretensiones, con todas sus fuerzas y hasta la muerte sostendría los derechos de Enrique, al que como consecuencia rindió pleitesía como a su único y verdadero soberano, asegurando en seguida que cuando su nuevo dueño gustase enviar ejército a Francia, cumpliría respecto a él todos los deberes de un buen y fiel vasallo ayudándole con sus tropas, con sus tesoros y combatiendo hasta el último trance a sus enemigos, así como a todos aquellos que querrían oponerse a sus miras «perfectamente legítimas». Para consolidar este juramento, renegó de cuantos tratados pudiese firmar o haber firmado con el rey Carlos VI, o con el delfín, declarando que si existían semejantes tratados, sólo los habría firmado para engañar más fácilmente, o para perder con más seguridad a los enemigos de Inglaterra.

Cuando estarán bien convencidos, como deben estarlo, de la íntima relación del duque Juan con Isabel. ¿Quién se atreverá a dudar que esta astuta y pérfida mujer dictara la mayor parte de estos vergonzosos artículos? Ciertamente, uno mismo se extraviaría al leer la historia con tales prejuicios; renunciaría a todo el provecho que podría sacar de su lectura.

Poco tiempo después de este tratado, el duque de Bourgogne se dirigió a Valenciennes para -decían- atraer a su causa al delfín Juan, su sobrino, casado con Jacqueline de Baviera, y yerno del conde de Hainaut.

Este proceder parece extraordinario, pues si esperaban en París al delfín Carlos, yerno del duque de Anjou, rey de Nápoles, ¿qué necesidad había de que el duque fuese a seducir al delfín Juan? ¿Lo hacía por qué temía estar mal con él?, esto no puede suponerse, cuando se ve afirmar al conde de Hainaut, suegro del delfín Juan, que este delfín, su yerno, no consentirá en ir a la corte hasta que el duque de Bourgogne se encuentre en ella. Desde este momento. ¿Por qué quiere probar de seducir este duque a alguien del que tiene que estar seguro? ¿Y qué necesidad tiene, por otra parte, de Juan?

Era más bien para engañarle, para seducirle, que se dirigía a11í. En conocimiento de las voluntades de Isabel, tan conformes a las suyas, y sabiendo que este joven príncipe no estaría mucho tiempo con vida, consentía en compartir el crimen de su muerte, pero no quería que se sospechase de él: este viaje del duque Juan a Valenciennes no puede explicarse de otra manera. Bourgogne necesitaba un delfín, pero el carácter de Juan no le gustaba, había convenido con la reina deshacerse de él y servirse del otro, que les parecía más fácil de manejar. En consecuencia si el

duque Juan iba a ver a este joven príncipe, era, como acabamos de decir, para engañarle y para disfrazar mejor los infames proyectos que albergaba respecto a su persona. Sin embargo se había convenido sondear al delfín Juan y si no se adaptaba mejor que Luis a las intenciones deseadas, le tratarían como a este último; y en este caso, nos preguntamos. ¿Otro pretexto al viaje a Valeciennes era admisible? ¿Podía creer el de Bourgogne en la posibilidad de atraer a sus miras a un príncipe cuya perdición acababa de jurar por medio del ignominioso tratado hecho con el rey de Inglaterra, precisamente porque el joven delfín no se conformaba con lo que esperaban de él? Ciertamente, es necesario tener muchas ganas de cegarse o muy pocos deseos de aclarar la verdad, para permanecer un momento en el error con respecto a unos hechos cuya causa no puede ser obscura sino para aquellos que no quieren profundizar en nada. ¿ Cómo se atreven a decir, como lo hacen la mayor parte de nuestros historiadores, que la reina cansada de los Armagnac sólo deseaba, para recobrar su autoridad, la presencia de su hijo, mientras que este hijo, llamado por los armagnacs, pronunciándose en su favor, tenía que convertirse en extremadamente peligroso para su madre? No era, pues, a su hijo a quién necesitaba, sino al duque de Bourgogne, y ambos, en este momento al menos, parecían tener muchas más razones para apropiarse de Carlos que para conservar a Juan.

Esta combinación por sí sola se convertía en la detención de este último príncipe, pues no podían dejar subsistir juntos a dos delfines de opinión tan diferente y reclamados ambos por los jefes de su partido. Juan tenía que perecer, y pereció. Esta cruel misión fue la obra todavía de una madre bárbara, que sacrificaba a su ambición los más dulces sentimientos de la vida. ¿Puede producir la naturaleza monstruos parecidos, y su perniciosa existencia no es una calamidad pública…?

El descontento que excitó este príncipe decidió su suerte: Juan recibió de su madre -dicen los historiadores una cadena de oro que hizo caer la piel de sus manos, tan pronto como la tocó, y que le dio muerte en el mismo momento en que la colocó en su cuello. Se atribuyó también este accidente a un absceso en la garganta; pero fuese lo que fuese, murió, y el cielo dejó viva a Isabel. Ni siquiera sospecharon de ella al hablar de este crimen, generalmente atribuido al duque de Anjou, suegro del delfín Carlos, quien tenía el mayor interés en sacrificar al rival de su yerno, naturalmente excluido del trono por la existencia de Juan.

Pero en este caso, podrán objetar a los historiadores, ¿por qué, pues, cargar con este horror la memoria de Isabel? Porque creemos poder aventurarlo sin terror, y esto por la razón de que, cuando un crimen se comete y dos interesados parecen ser sospechosos en gran manera, el deber de la justicia que se pronuncia y del público que augura es examinar imparcialmente cual es aquel de los dos acusados que tuvo más interés en la consumación de este crimen. Ahora bien, aquí, está claro que el interés del duque de Anjou, que sólo quería asegurar el trono a su yerno, era muy inferior al de Isabel que se veía excluida del suyo si no inmolaba inmediatamente al que minaba sus fundamentos. Es doloroso sin duda sospechar de una madre un crimen tan monstruoso; pero Isabel, ¿no había ejecutado ya el mismo crimen en la persona de otro de sus hijos? ¿No acostumbraba esta mujer atroz a cometer los crímenes más graves, tantas veces como sus pasiones se lo ordenaban?

Por lo demás, no apoyaremos este último hecho sino con las pruebas que nos han dado los historiadores y que acabamos de citar. Nada referente a este último crimen se encuentra en el proceso de Bois-Bourdon, al que es verosímil que Isabel no confiase nada: que el lector ilustrado se pronuncie ahora y su opinión prevaldrá.

Sintiéndose Enrique V fuertemente arropado por el tratado concluido con el duque de Bourgogne y mas aun por el apoyo de todos los príncipes de Alemania, de Italia y principalmente del emperador Segismundo, pareció ocuparse seriamente de realizar sus proyectos en Francia, sobre la que persistía suponiéndose unos derechos. Esperando su ejecución tan deseada, Isabel disfrazó su ambición y su perfidia bajo las apariencias de una vida muelle y voluptuosa, a 1a que, con un marido como el suyo, creía que podía abandonarse tanto por diplomacia como por gusto.

Mantenía su «corte amorosa» en Vincennes[44], y nada -dicen los

contemporáneos-, igualaba la magnificencia que desplegaba; todos los días

se consagraban a nuevas fiestas. Los tocados de las damas de la corte -dice

Juvenal des Ursins- eran muy singulares: llevaban a ambos lados de la

cabeza una especie de rodetes tan enormes que no podían entrar de frente en

ninguna estancia[45].

Con frecuencia se abandonaban estos grandes tocados, bajo el vil disfraz de las prostitutas, Isabel se abandonaba con todas las mujeres de su séquito, vestidas como ella, a los deseos impuros de todo lo que París

guardaba como más crapuloso. Premios proporcionados a la multitud y a la especie de las ofrendas se convertían en motivos de estímulo para nuevos desenfrenos, y era así como esta mujer perversa desmoralizaba en detalle a una nación que después degollaba en masa.

El condestable, uno de los hombres más diplomáticos de su siglo, descubrió muy pronto a esta mujer artificiosa. Tan pronto como la conoció la temió; de a11í a la necesidad de perderla sólo había un paso para un hombre de carácter.

Investigando, pues, misteriosamente las acciones de Isabel, descubrió que el hombre al que ella quería más, el instrumento y agente de todos sus placeres, el hombre en una palabra que deshonraba a la vez al monarca y a esta indigna esposa, era este Bois-Bourdon, a cuyos interrogatorios hemos remitido con tanta frecuencia a nuestros lectores.

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«Señor -dijo entonces el condestable a Carlos- os engañan "vilmente"; venid a convenceros de ello con vuestros propios ojos: reconoceréis hasta qué punto se abusa de vuestra confianza.» El rey, muy sorprendido, molesto quizá por la pérdida de su ilusión, se decidió sin embargo, a seguir al de Armagnac. Ambos corrieron a Vincennes, y se deslizan junto a la antigua chimenea que se ve aún hoy en el gran salón que precedía alas estancias de

la reina[46].

Apenas nuestros dos observadores están en su puesto, ven salir a Bois-Bourdon, que no pudiendo por menos que ver al rey, colocado en la parte izquierda del salón a cuya puerta se dirigía, le saluda desapareciendo con terror. Le dejan escapar, pero se dan órdenes en seguida de que el culpable no puede entrar en París sin ser al instante conducido a prisión. Carlos regresa sin dignarse a entrar en las habitaciones de su mujer, quién al conocer lo que ha sucedido, regresa a París con la muerte en el corazón.

El proceso de Bois-Bourdon se sigue; varias veces le interrogan; pero la gravedad de las cosas que tenía que decir no permitía la publicidad, y todo se realizó por una comisión, y allí -dicen los historiadores- Carlos se enteró de «mucho más de lo que quería saber».

De estas importantes declaraciones hemos sacado una parte de los hechos que citamos, y que otros hubiesen podido mostrar igualmente a la luz del día si se hubiesen preocupado por conocerlos[47].

Los interrogatorios hechos a este infortunado fueron tan capciosos, los tormentos a que fue sometido tan dolorosos, que dijo cuanto sabía y todo lo referente a sus relaciones con la reina, cuya existencia después de esto prueba muy bien la bondad de su esposo. Carlos se contentó con relegar a esta Mesalina a Tours, y con confiscar los inmensos tesoros que escondió en diferentes lugares con el fin de ocultar mejor su existencia.

Con respecto a Bois-Bourdon, gran mayordomo de la reina y uno de los hombres más hermosos y más espirituales de su siglo, cuando hubieron sacado de él todo cuanto querían le precipitaron al fondo del río, cosido en un saco de cuero en el que habían escrito: «Dejad paso a la justicia del rey».

Excepto matar a la reina, era difícil que el condestable pudiese obtener una venganza más ruidosa contra la enemiga de su facción. Tenían que quedarse aquí; toda publicidad en torno a este asunto lo convertía en muy peligroso.

A partir del mismo día, Isabel se vio obligada a dirigirse al lugar de su exilio; la acompañaron tres vigilantes, encargados de responder de su

conducta. El delfín Carlos[48] había participado demasiado en todo lo que

acababa de pasar y principalmente en la substracción de los tesoros para no

convertirse desde este momento en el objeto del odio y de la venganza de su

madre, y cuando experimentaron las desgracias que resultaron de esta

escisión, se dieron cuenta de la gran inconveniencia del estallido que se

había producido.

Sin duda los crímenes tienen que ser castigados, y sobre todo unos crímenes de esta naturaleza; pero existen circunstancias en que la ostentación que se pone en el castigo del culpable es más perjudicial que sus crímenes, y entonces, por un momento al menos, la justicia tiene que ceder ante la prudencia.

Ciertamente, Bois-Bourdon tenía que ser castigado; Isabel tenía que serlo igualmente; pero si el rey y el condestable hubiesen escuchado más a su diplomacia que a su venganza, ¿hubieran dado uno y otro tanta publicidad a esta aventura? ¿No era presumible que el duque de Bourgogne, acercándose entonces a la reina, la vengara tarde o temprano, y este proceder demasiado natural para no ser presumido, no encendería de nuevo el fuego de las facciones? Ahora bien, no tenían que mesurar los inconvenientes que iban a resultar de este incendio y aquellos infinitamente menos peligrosos de esconder los libertinajes de la reina.

No se conformaron con las confiscaciones de los tesoros escondidos por Isabel; el condestable, que multiplicaba los impuestos, y que lo ponía todo en juego para conseguir dinero, vendió hasta los efectos particulares de la princesa; sus muebles, sus joyas, todo desapareció y, por un justo castigo de la Providencia, esta desgraciada mujer se encontraba en vísperas de caer en la misma miseria en que había dejado languidecer al rey y a sus hijos.

La falta de sagacidad del condestable se probó todavía en ocasiones más serias y más funestas a sus propios intereses: maltrataba a todos, aplastaba al pueblo con impuestos y daba a los militares unos disgustos capaces de hacerles abandonar su partido. Entre estos se contaron La Trémouille y Isle-Adam, de cuya deserción tuvo que arrepentirse muy pronto.

Bourgogne se enriquecía con todas estas pérdidas: abandonaban al de Armagnac para volar bajo las banderas del duque, cuyo partido crecía todos

los días, y durante este tiempo los muros se tapizaban de escritos injuriosos que se dirigían recíprocamente uno y otro partido.

Sin embargo, Enrique V, secundado por sus aliados, hizo un desembarco en las costas de Normandía donde el duque de Bourgogne se unió muy pronto a él. Enrique, acercándose entonces a la capital, hizo ratificar al rey que tenía que cederle una corona sobre la que se creía con más derechos que él. Carlos, viendo que el duque de Bourgogne levantado en armas sostenía esta ridícula pretensión, comenzó por decirle que abandonase el aparato de guerra que no convenía en absoluto a una negociación. El duque respondió al embajador que sólo se había armado en favor de la causa del rey y que sólo sus contrarios se encargaban de hacer decir unas cosas tan contrarias a los verdaderos intereses de Francia. ¿Qué podían objetar a unas mentiras de esta clase?

La audacia del rey de la Gran Bretaña aumentaba a medida que avanzaba por territorio francés: reclamando siempre la corona, quería sin embargo, decía, dejarle los honores de la misma a Carlos, pero con la condición de que primeramente él, rey de Inglaterra, se intitularía también rey de Francia, de que durante toda su vida Carlos sería llamado regente del reino, y en segundo lugar de que la mano de Catalina, sexta hija de Isabel, se convertiría en el sello del tratado.

Mientras se reflexionaba sobre estas proposiciones, las fuerzas del duque de Bourgogne crecían, y los dos príncipes confederados se encontrarían muy pronto en estado de emprenderlo todo.

Entonces el duque de Bourgogne entró en Senlis, que le fue entregada por Isle-Adam que se paso en el acto al partido de este príncipe para vengarse de los agravios que había recibido del condestable. Hemos creído que teníamos que citar este hecho, dado el importante papel que desempeñará este guerrero a continuación.

El duque, envalentonado, se encontró muy pronto bajo los muros de París. Remitimos a la historia a aquellos que quieran conocer la respuesta altiva y llena de energía que le fue hecha por el delfín a quien la Providencia llamaba al restablecimiento de la monarquía.

Las rápidas conquistas del duque de Bourgogne aumentaban cada día, y por ello sus ojos se fijaron muy pronto en la ciudad que encerraba a la cómplice de todos sus crímenes, aquella que los había secundado tan bien y a quien desesperaba la inactividad en que su detención la hacia languidecer.

Isabel, muy irritada contra el condestable que acababa de privarla a la vez de su libertad y de su amante, furiosa contra un hijo que secundaba las pasiones de su más mortal enemigo y que acababa de quitarle sus riquezas, llena de desprecio por el monarca imbécil que le había sido dado como esposo, Isabel, en fin, devorada por el deseo de vengarse, sólo se ocupaba en los medios de romper sus cadenas cuando se enteró de que el duque se acercaba a ella para liberarla. Le escribió al instante por medio de Le Clerc, ayuda de cámara de Bois-Bourdon, que encontró el secreto de conservar.

Suplicaba al duque, en nombre de lo que podía serle más querido, que viniese a ponerla en disposición de continuar sirviendo eficazmente a una facción por la que estaría siempre dispuesta a sacrificar hasta su vida. El duque, presuroso por responder a una mujer tan importante para él, dejó el cerco de Corbel, que realizaba entonces, para volar hacia ella. Se dirige a Tours, escoltado únicamente por ochocientos hombres, de los que sesenta rodearon la abadía de Noirmoutier donde la reina se había dirigido con el pretexto de unos santos deberes. Faveuse, que manda esta pequeña tropa, entra precipitadamente en la iglesia, coge a la reina, carga de cadenas a dos de sus vigilantes; el tercero se escapa felizmente por la sacristía. Llega el duque, Tours se somete y la reina toma con él la ruta de Chartres.

El primer use que hizo de su libertad fue crear un parlamento cuya residencia fijó en Amiens. Escogió a Morvilliers para sellar las actas de esta nueva corte. El sello grabado en esta ocasión representaba a la reina con un brazo tendido hacia la tierra; en el reverso estaban las armas de Francia y de Baviera; y, en todas las actas de este tribunal, Isabel se intitulaba ‹c Reina de Francia, teniendo por ocupación de Monseñor el Rey el gobierno y la administración del reino por la concesión irrevocable hecha a nos por mi dicho señor Carlos y su Consejo.»

Había entonces en el reino dos cortes soberanas, cuatro facciones[49] y

dos reyes.

¡Oh, Francia!, lanza miradas sobre estos tiempos de anarquía para detestarlos, represéntatelos para agradecer al cielo los consuelos que lo da por medio de la feliz y dulce equidad de la que tus dueños lo hacen gozar hoy.

Tras terminar su expedición, el duque se acercó a París con la esperanza de penetrar allí con el favor de una nueva conspiración que acababa de tramarse y que falló por la traición de uno de los conjurados.

Perdónennos que pasemos tan ligeramente sobre esta multitud de tramas recíprocamente urdidas unas contra otras y de las que sólo hablaremos en razón de la parte activa que nuestra heroína puede tener en ellas.

El partido de los descontentos aumentaba. Las crueldades del condestable llenaban París de horrores y de crímenes, haciendo acudir a la facción borgoñona a todos aquellos que semejantes atrocidades fatigaban.

Quisiéramos a veces descansar bajo el pórtico del templo de las virtudes, pero se cubre de nubes al oír el relato de las execraciones que tenemos que describir aún, y la fuerza de la verdad nos arranca de allí a pesar nuestro.

A la entrada del invierno, el duque Juan fue a Troyes donde estaba la reina, y allí crearon todavía un parlamento que establecía la misma autoridad soberana a la vez en París, Amiens y Troyes.

El duque de Lorraine fue a rendir sus respetos a Isabel cuando supo que estaba en esta última ciudad y recibió de ella la espada del condestable.

Eustacha de l'Astre fue nombrado canciller.

Durante este tiempo, el príncipe de Orange se apoderaba del Mediodía y por todas partes hacía reconocer el poder de la reina, así como el del duque de Bourgogne: no se veía, o no se quería ver, que todas estas escisiones cubrían a Francia de luto.

«Parecía -dijo uno de nuestros más juiciosos escritores- que nuestros dueños hubiesen resuelto enterrarse bajo las ruinas de nuestra desgraciada patria.»

Las cosas, bajo la anarquía del conde de Armagnac, habían llegado a tal punto que los franceses, obligados a escoger entre dos partidos igualmente criminales, deseaban unánimemente que si no se podía obtener una reconciliación general, la victoria recayese al menos en la facción borgoñona.

A1 fin se trató de esta reconciliación tan deseada, y que ambos partidos tenían que firmar igualmente. El resultado era que la reina regresaría a París y que el delfín gobernaría el estado conjuntamente con el duque Juan.

Desde entonces, la alegría reapareció en todos los rostros y la tranquilidad pareció renacer.

Pero el condestable previniendo las consecuencias de una pacificación que no era en absoluto de su gusto se apresuró a venir a París. ¿No tenía que temerlo todo, en efecto, si el partido borgoñón, aprovechándose de su

ausencia, o le subyugaba a su regreso o le impedía incluso llegar a la capital? ¿Qué confianza podía tener en un rey siempre dispuesto a entregarse al más fuerte o en un delfín demasiado indeciso aún para serle útil? Compareció, y todo proyecto de pacificación desapareció: la corte, los ministros, todo se pronunció en su favor y sin pesar hizo rechazar un proyecto que parecía igualarle a unos rivales por encima de los que no cesaba de creerse; pero lo que hubiera podido quizá conservar, su inflexibilidad se lo hizo perder: le quitó a gran parte de los que componían su facción; varios de entre ellos se convirtieron en borgoñones; desde este momento hubiese tenido que presentir su suerte si la felicidad no cegase a los hombres.

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