Historia y utopia
Capítulo 5
sin el recuerdo o el presentimiento del paraíso, objeto supremo —y no obstante inconsciente— de nuestros deseos, esencia no formulada de nuestra memoria y de nuestra espera. Los modernos, incapaces de discernir en el fondo de su naturaleza y demasiado apresurados para poder extraerlo de ella, han proyectado el paraíso hacia el futuro, y ello constituye un escorzo de todas sus ilusiones descrito por el epígrafe del diario de Saint-Simon, Le Producteur: «La edad de oro, que una ciega tradición situó en el pasado, está ante nosotros». Por ello es importante apresurar su advenimiento, instaurarlo para la eternidad, según una escatología que surge, no de la ansiedad, sino de la exaltación y de la euforia, de una avidez de felicidad sospechosa y casi mórbida. El revolucionario piensa que el cambio que él prepara será el último; lo mismo pensamos todos en la esfera de nuestras actividades: el último es la obsesión del ser vivo. Nos agitamos porque creemos que nos corresponde dar término a la historia, cerrarla, porque la creemos nuestro dominio, al igual que «la verdad», que saldrá finalmente de su reserva para revelarse a nosotros. El error será del dominio de los otros; sólo nosotros habremos comprendido. Triunfar sobre nuestros semejantes, después sobre Dios, querer recomponer su obra, corregir sus imperfecciones: quien no lo intenta, quien no piensa que ése es su deber, renuncia, ya sea por sensatez o por falta de energía, a su propio destino. Prometeo quiso hacer las cosas mejor que Zeus; demiurgos improvisados, nosotros también queremos hacerlo mejor que Dios, infligirle la humillación de un paraíso superior al suyo, suprimir lo irreparable, o, para utilizar un término de la jerga de Proudhon, «desfatalizar» el mundo. En su designio general, la utopía es un sueño cosmogónico al nivel de la historia.
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No se erigirá el paraíso aquí abajo mientras los hombres estén marcados por el Pecado; se trata, pues, de sustraerlos a él, de liberarlos. Los sistemas que a ello se han abocado participan de un pelagianismo más o menos disfrazado. Sabemos que Pelagio (un celta, un ingenuo), al negar los efectos de la caída, quitaba a la prevaricación de Adán todo poder de afectar a la posteridad. Según él, nuestro primer ancestro vivió un drama estrictamente personal, padeció una desgracia que sólo le atañía a él, sin conocer de ninguna manera el placer de legarnos sus taras y sus desgracias. Nacidos buenos y libres, no hay en nosotros ninguna huella de una corrupción original.
Difícilmente imaginamos doctrina más generosa y más falsa; es una herejía de tipo utópico, fecunda por sus mismas exageraciones, por su absurdo rico en perspectivas. Y no porque los autores de utopías se hayan inspirado en ella directamente; pero no se negará que existe en el pensamiento moderno, hostil al agustinismo y al jansenismo, toda una corriente pelagiana —el idólatra del progreso y ebookelo.com - Página 64
de las ideologías revolucionarias sería su conclusión— según la cual formaríamos una masa de elegidos virtuales, emancipados del pecado original, modelables a placer, predestinados al bien, susceptibles a todas las perfecciones. El manifiesto de Robert Owen nos promete un sistema propio para crear «un nuevo espíritu y una nueva voluntad en todo el género humano, y para conducir a cada uno, a través de una necesidad irresistible a tornarse consecuente, racional, sano de juicio y de comportamiento».
Pelagio, como sus lejanos discípulos, parte de una visión ferozmente optimista de nuestra naturaleza. Pero de ninguna manera está comprobado que la voluntad sea buena; incluso lo que sí es seguro es que de ninguna manera lo ha sido, ni la nueva ni la antigua. Sólo los hombres de disposición deficiente son espontáneamente buenos; los otros lo son a costa de grandes esfuerzos que los amargan. Siendo el mal inseparable del acto, resulta que nuestras empresas se dirigen necesariamente contra alguien o contra alguna cosa; en última instancia, contra nosotros mismos. Pero de ordinario, insistimos, nuestra voluntad no quiere más que a expensas de los demás.
Lejos de ser más o menos unos elegidos, somos más o menos unos réprobos.
¿Quieres construir una sociedad en la que los hombres no se dañen unos a otros? Haz participar sólo a los abúlicos.
En realidad no tenemos opción más que entre una enferma voluntad o una mala voluntad; la primera, excelente por estar golpeada, inmovilizada, por ser ineficaz; la otra, dañina, es decir movilizadora, investida de un principio dinámico: la misma que mantiene la fiebre del devenir y suscita los acontecimientos. Y ésta es la voluntad que habría que quitarle al hombre si se piensa en una edad de oro. Pero sería tanto como despojarlo de su ser, cuyo secreto reside en esa propensión a dañar, sin la cual no sabríamos imaginarlo. Reacio a su felicidad y a la de los demás, actúa como si deseara la instauración de una sociedad ideal; pero si ésta llegara a realizarse, se ahogaría en ella, pues los inconvenientes de la saciedad son incomparablemente más grandes que los de la miseria. El hombre ama la tensión, el perpetuo encaminarse:
¿hacia dónde iría en el interior de la perfección? Inepto para el eterno presente, teme cada vez más a su monotonía, escollo del paraíso en su doble forma: religiosa y utópica. ¿No sería la historia en última instancia el resultado de nuestro temor al aburrimiento, ese temor que nos hará siempre amar lo picante y lo novedoso del desastre, y preferir cualquier desgracia al estancamiento? La obsesión por lo inédito es el principio destructor de nuestra salvación. Nos encaminamos hacia el infierno en la medida en que nos alejamos de la vida vegetativa cuya pasividad debería constituir la clave de todo, la respuesta suprema a todas nuestras interrogaciones; pero el horror que nos inspira ha hecho de nosotros esa horda de civilizados, de monstruos omniscientes ignorantes de lo esencial. Consumirse en cámara lenta, respirar sin más, padecer dignamente la injusticia de ser, sustraerse a la espera, a la opresión de la esperanza, buscar un término medio entre la carroña y el aliento: estamos demasiado corruptos y demasiado jadeantes como para lograrlo. Decididamente nada nos ebookelo.com - Página 65