Huellas

Ida Fink · Capítulo 4 de 20

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Huellas

Zygmunt

ERA EL AÑO 1941, principios de junio. El sol reverberaba en el agua clorada de la piscina que había junto al parque. El mundo era verde y soleado. Nos preguntábamos: ¿qué tonos musicales le corresponden al color verde? Por las mañanas, a las ocho, nos dirigíamos allí con el fin de resolver tareas de contrapunto y armonía —ya había empezado el tiempo de exámenes—, y en las carpetas, además de notas y libros, llevábamos bañadores.

Estaban Franka, Rysiek y Ala, que morirían algunos meses después. Franka, con su cara ancha y plana y unas estupendas piernas, admiradora de Bach y del jazz; Rysiek, compositor, esbelto y delicado. Pero todo esto no va con ellos. Tiene que ver con Zygmunt, un muchacho de una lejana provincia, pequeño y discreto, algo arrogante, diríase malquerido. A veces me hacía una visita y la señora H., que me alquilaba la habitación, decía que estaba prendado de mí. No creo que fuese verdad. Creo, en cambio, que Zygmunt buscaba desesperadamente la amistad y que, dado su carácter seco, cada vez que intentaba agarrarla, se le escapaba de las manos. Estaba en un curso superior de la carrera y era sabido que trabajaba mucho, se pasaba días enteros tocando. Estaba preparando un programa amplio y difícil para el examen. Más de una vez le prometí que pasaría por su casa para escucharle —se le veía ávido de alabanzas y elogios—, pero, enfrascada como estaba en los exámenes y, sobre todo, en el amor, aplazaba la visita día tras día.

Cuando por fin me decidí estábamos ya a mediados de junio, pasado el día quince. Ya se hablaba de la guerra abiertamente y con temor.

Zygmunt tenía una habitación arreglada con gusto: libros, cuadros, flores. Era un perfeccionista con un sentido de la estética fuertemente desarrollado. Me senté en el sofá y escuché el tercer concierto de Beethoven. Tocaba muy bien: seguridad, fuerza y una técnica infalible, que conseguía gracias a sus largos y elásticos dedos. Pero, como dicen, sin corazón. Cuando terminó le dije que todo estaba bien «encajado». Parecía contento.

Pocos días después llegó la guerra. En los primeros días conocí el miedo de las bombas, un miedo infantil y ridículo en comparación con aquél de los días venideros: el miedo de la gente.

Los camiones cubiertos con lona recorrían las calles de la ciudad llevándose a los judíos a destinos desconocidos. La muerte se convirtió en el pan de cada día, se hablaba de ella con total naturalidad, en la cola de la panadería; el miedo se tornó una circunstancia natural. En las casas sonaban las primeras, elementales palabras del

nuevo idioma: [7] aufmachen, raus, los. El aspecto de la gente no era el mismo: otra expresión en los ojos, otras miradas, otra manera de andar, un nuevo rictus en los labios.

Me encontré con Zygmunt. También él me pareció cambiado. Dijo que hacía tres semanas que le habían sacado de su casa. Pensó que aquello era el fin, pero no, ahora estaba trabajando en las afueras de la ciudad, en la nivelación de un terreno destinado al aeropuerto. Le contesté que tenía mucha suerte, a lo que sonrió ligeramente y de modo extraño.

Nos despedimos rápidamente. ¿Quién, en esos tiempos, tenía paciencia para amistosas charlas, para interesarse por el destino ajeno? Éramos egoístas.

Giré en una callejuela lateral, poco frecuentada —es decir: segura—, y sólo entonces recordé un detalle del rostro de Zygmunt. Parecía macilento, cubierto de manchas.

Algún tiempo después, pasé por los alrededores de su casa. Estaba totalmente agotada por la tarea de abrillantar los suelos del ayuntamiento —el final feliz de una redada callejera—, y sentí el deseo de escuchar música.

Pasé por la casa de Zygmunt. Nadie contestaba a mis llamadas. Grité:

—¡Abre, que soy yo! —y presioné la manivela.

En la habitación reinaba la penumbra, los visillos estaban corridos. Zygmunt yacía en el sofá. No se levantó para recibirme, ni tampoco se movió. Dijo con voz sorda:

—Pasa, pasa… —y seguía inmóvil, sin decir ni una palabra más.

—¿Te he despertado?

—No estaba dormido.

—Pasaba por aquí y pensé que quizá me tocarías algo… Pero no te molesto, vendré otro día…

Ya daba la vuelta para alcanzar la puerta cuando él, de un movimiento repentino, se levantó del sofá, se sentó ante el piano, abrió el teclado y sin el instante de vacilación ni concentración que suele preceder a la interpretación, tocó con impaciencia dos breves pasajes en do menor. ¡Sonaron como un grito! Sentí un estremecimiento, un escalofrío. Su modo de tocar no era seco en absoluto, nada artificial, era música pura que llegaba hasta el fondo del corazón. El tercer concierto de Beethoven me hizo olvidarme de todo.

Zygmunt finalizó la primera parte, esperó a que se apagara el último sonido (era un perfeccionista) y, en vez de retomar el calmado acorde en mi mayor que daba inicio a la segunda parte, tal como era de esperar, dijo:

—¿Sabes? Allí nos pegan terriblemente.

Lo comprendí pasado un instante, sin saber qué contestar. El miedo se apoderó de mí.

—Terriblemente —repitió—. Nos dan patadas. Mira…

Se desabrochó la camisa a la altura del pecho. En la penumbra poco pude apreciar, me acordé de su cara.

—Entonces, ¿por qué sigues yendo?

Callaba. Estaba sentado, encorvado, sujetándose la cabeza con ambas manos.

—Al principio éramos unos veinte —dijo pasado un instante—. Quedan catorce.

—¿Y a los demás?

—Sí… sí… A todos…

—¡No vayas más!

—Apuntaron nuestras direcciones, vendrán a por mí…

—Quizá no vengan… No vuelvas.

—Cada mañana me digo: «No vayas, arriésgate…». Y cada día vuelvo. Antes de que vinieras estaba tumbado pensando en cómo me pegarían mañana.

—¡Zygmunt! —grité—. ¿Qué pasa contigo? Reacciona… Eso no puede ser… ¡Estás enfermo!

—Sé que no puede ser, tienes razón… Pero no puedo. No soy capaz.

—Zygmunt —dije ya en voz baja y calmada—. Haz algo, defiéndete, ¿me oyes? Debes hacer algo… Debes, de alguna manera…

Sonrió. Y me di cuenta de que era la sonrisa benévola con la que un hombre responde a las tonterías de un niño.

Zygmunt murió. No sé cuándo, no sé cómo. Nunca perteneció al círculo de mis más allegados y reconozco que recibí la noticia sobre su muerte —que me llegó una vez terminada la guerra— con una clase de tristeza indiferente. ¡Había que llorar por tanta gente cercana y querida!