Humanidad - (Lágrima de ángel 2)
CAPÍTULO 1. Dos años después
Me desperté con el primer sol de la mañana, el despertador aún no había sonado. Bostecé varias veces sin poder evitarlo y estiré los brazos y las piernas, sentí como todos mis músculos se tensaban y se volvían a relajar.
Miré la hora, me había despertado quince minutos antes. Respiré hondo y me di media vuelta en la cama, dejando una pierna fuera de las sábanas y toda mi espalda descubierta, me entró un pequeño escalofrío y me recliné para coger la manta y echármela por encima. La cama estaba vacía, como casi todos los días, pocas veces traía a mi novio a dormir a casa, sentía que si lo hacía nuestra relación sería más seria, casi como si perdiera parte de mi libertad. Me gustaba estar sola en casa, notar que podía hacer cualquier cosa sin que nadie me mirara o me juzgara, supongo que en parte me seguía sintiendo una extraña ante los demás, como si hubiera algo en mí que no estaba del todo bien, pero bueno, me había sentido así toda mi vida.
Los quince minutos pasaron rápido y me tuve que levantar de la cama.
Entraba a trabajar en una hora. El colegio donde trabajaba se encontraba a diez minutos en coche de mi piso. Me gustaría decir que me apasionaba mi trabajo, pero pasión no sería la palabra exacta, me gustaba, eso desde luego, había estudiado y me había esforzado para conseguir estar con niños, pero cuando lo conseguí sentí que me había perdido algo en el transcurso de mi vida. Como siempre, no estaba contenta con las decisiones que tomaba, pero me conformaba, al menos aquello me permitía pagar las facturas.
Lo único que puedo sacar de bueno de mi decisión de trabajar en aquel colegio era haber conocido a Arón, era el chico más guapo que había visto nunca y le encantaban los niños, cuando le miraba a los ojos podía entender
lo que es que te apasione tu trabajo, a él desde luego le apasionaba. Me acuerdo de la primera vez que le vi, entró a mi clase como si estuviera en su propia casa, sin tan siquiera llamar a la puerta, seguro de sí mismo, me miró y me sonrió de oreja a oreja. Yo me quedé parada sin comprender que ocurría y no pude evitar soltar un comentario cortante por haber interrumpido en mi clase, él en cambio, no se mostró ofendido y siguió mirándome con esa amabilidad que tanto le caracterizaba. Al salir aquel día me preguntó si quería ir a tomar un café con él, y ahí empezó mi gran historia de amor.
Me vestí con lo primero que encontré en el armario y fui directa a la cocina para prepararme un café con leche. Me encantaban los cafés calientes de buena mañana, era mi momento de paz y tranquilidad mientras la cafeína hacía efecto en mi sistema.
Salí de casa después de hacerme una coleta deprisa. Aquel día estaba más contenta de lo habitual ya que era el último día de clases del año. Por fin llegaban las vacaciones de verano y los niños desaparecerían de los pasillos, tendríamos un poco de tranquilidad las siguientes semanas para preparar el curso siguiente. Había profesores que decidían trabajar en el mismo colegio, como Arón, a él le encantaba caminar por los pasillos y las aulas y charlaba con todos los profesores, se llevaba bien con todo el mundo. En cambio, yo prefería trabajar en casa, en la comodidad y la soledad de mi hogar. No me relacionaba demasiado con los demás, no es que no me cayeran bien, pero no encontraba la necesidad de explicarles mi vida y mis intimidades a los compañeros de trabajo. Por suerte, Arón nunca hablaba de nuestra relación y mantenía aquello en rigurosa intimidad, aunque todos nuestros compañeros sabían que estábamos juntos.
Llegué al colegio puntual y Arón ya se encontraba allí en la sala de profesores junto a varios compañeros más. Saludé al entrar y Arón no tardó en saludarme con una sonrisa que me hizo derretir al instante. En el trabajo no mostrábamos nuestro cariño, aquello lo hacíamos en la intimidad, pero no hacia falta mostrar nada, las miradas y las sonrisas lo decían todo.
La mañana transcurrió más rápido de lo que pensaba y cuanto antes me quise dar cuenta ya estaba saliendo por la puerta del colegio y no volvería a entrar en los próximos tres meses. Salí antes que Arón aunque habíamos quedado para comer, pero habíamos decidido quedar directamente en el restaurante, así que me dirigí inmediatamente hacía allí. Habíamos quedado
en el restaurante donde habíamos ido en nuestra primera cita, uno cerca del colegio.
Cuando llegué me senté en la misma mesa de siempre, una apartada justo al lado del gran ventanal que daba al parque lleno de palmeras y al pequeño lago que había en el centro. Me senté de espaldas al paisaje y esperé a ver a Arón entrar por la puerta. Llevaba una camisa a rayas de color azul y unos pantalones tejanos negros, casual pero encantador, como siempre. Su pelo negro y liso al natural se le movía con cada paso que daba, venía sonriendo de oreja a oreja con sus dientes blancos que iluminaban toda la estancia. Algunas chicas que estaban sentadas en las diferentes mesas se giraron al verle entrar, pero él no les prestaba atención, tenía sus ojos posados en mí, y aunque no era la primera vez que nos veíamos el corazón me dio un vuelco, siempre tenía toda su atención.
-Buenos medio días princesa – me dijo justo después de darme un beso corto y cálido.
-Buenos medio días – le dije con una sonrisa mientras se sentaba en frente de mí.
-¿Ya te has mirado la carta? - me preguntó cogiéndola de su derecha.
-No hace falta, cogeré lo mismo de siempre – le dije sencillamente.
-Podrías cambiar, los calamares a la romana están muy buenos y el entrecot con salsa roquefort también lo hacen muy bueno – me dijo mientras repasaba la carta.
-Sabes que no me gusta arriesgarme, el pollo en salsa me gusta.
-Lo sé – me dijo levantando la vista de la carta y sonriéndome.
El camarero no tardó en venir a recoger la comanda. Mientras esperábamos a que nos trajeran la comida no pude evitar percatarme de que las chicas que antes se habían quedado mirando a Arón cuchicheaban mientras nos observaban de reojo. Nuestra relación solía provocar ese tipo de situaciones, supongo que debido a que yo era una chica delgada sin muchas curvas, con el pelo pelirrojo, pero prácticamente descolorido y los ojos verdes que ocupaban gran parte de mi globo ocular. Arón en cambio era moreno con unos ojos marrones pequeños y su pelo negro como la noche, tenía la sonrisa más encantadora que hubiera visto nunca y unos músculos que se le marcaban por debajo de la camiseta. La gente debía de pensar que hacía un chico como él con alguien como yo, pero para mi
sorpresa a Arón nunca parecía importarle lo más mínimo que opinara el resto y hacía caso omiso a los comentarios.
No tardaron en traer nuestros platos y comimos en silencio. Disfrutando del sonido de la comida al ser masticada por nuestras mandíbulas.
Al salir del restaurante Arón y yo nos despedimos con otro beso corto y él se fue para el lado contrario al mío, en dirección a su piso, yo le observé unos segundos mientras se alejaba con aire despreocupado, pero luego me giré para dirigirme a mi hogar.
Aquella misma noche había quedado con Carol, mi mejor amiga, para ir a una fiesta que hacían en una discoteca de las afueras. Yo no estaba excesivamente motivada para salir, pero había insistido tanto que no me había podido negar. En realidad, casi nunca me podía negar a nada de lo que me pidiera, ella tenía esa habilidad innata de convencer a quien fuera de cualquier locura.
Decidí ponerme un vestido dorado que me llegaba por la rodilla y me dejaba gran parte de la espalda descubierta, el escote era bastante pronunciado pero sin exagerar. Aquel vestido me lo había regalado Carol y nunca me lo había puesto, por ello estaba convencida de que le gustaría vérmelo puesto por primera vez. Como complemento me decanté por unos zapatos negros de tacón fino, no demasiado altos, no se me daba bien caminar con los taconazos que solían llevar las chicas jóvenes.
Carol no tardó en pitar mientras paraba en mitad de la carretera sin tan siquiera poner los intermitentes, la gente protestaba mientras pasaba por su lado adelantándola, pero ella ni se inmutaba, llevaba la música a todo trapo y las ventanillas bajadas mientras movía la cabeza de un lado al otro. No pude evitar reírme mientras me acercaba al todo-terreno negro y me subí en el lado del copiloto. Ella me miró de hito a hito con una sonrisa que destacaba con su piel morena.
-Por fin te dignas a ponértelo – me dijo – me encanta.
-Alguna vez tendría que ser la primera – le dije sonriéndole.
Ella conseguía ese efecto, siempre positiva y alegre, que me sacaba una sonrisa en cualquier circunstancia. Carol llevaba puesto un vestido rojo de tirantes sencillo y unos tacones el doble de altos que los míos, su pelo rizado y corto se le iba de un lado al otro como si tuviera vida propia.
Puso el coche en marcha y no tardamos en llegar a la discoteca, el aparcamiento estaba a reventar, tuvimos que esperar algunos minutos tan
solo para entrar y después encontrar sitio, pero al final lo conseguimos.
Cuando bajamos del coche algunos chicos ya vomitaban al lado de las ruedas de los vehículos y eso que la discoteca acababa de abrir sus puertas.
Se podía escuchar la música desde el aparcamiento y algunas personas hacían cola en taquilla. Nosotras nos pusimos las últimas y un par de chicos de los que acababan de vomitar se pusieron detrás nuestro. Empezaron a decir cosas sin sentido a las que intentaba no prestar demasiada atención, escuché alguna queja de una pareja que se había puesto más atrás, pero no quise girarme. Entonces uno de ellos me empujó e hizo que me chocara con un chico corpulento que tenia delante de mí.
-Oye, ten cuidado – me dijo el chico corpulento de malas maneras.
-Lo siento, me han empujado – me disculpé.
-Sois unos imbéciles – decía mi amiga a los chicos que me habían empujado.
-Y tú una chica muy guapa – decía uno intentando rodearla con su brazo.
Sin pensármelo dos veces aparté al chico que intentaba tocar a Carol de un manotazo en su brazo, había sido más rápida de lo que yo misma me había imaginado.
-Ni se te ocurra tocarla – le dije seria.
-Tenemos a una chica guerrera – dijo el otro chico.
-Vete a la mierda – le espeté.
En ese momento se acercó un hombre trajeado que supuse que era el personal de seguridad que les obligó a marcharse y les prohibió la entrada para lo que quedaba de noche. Realmente dudé de si se encararían al de seguridad que era un hombre alto pero delgado, aun que con cara de pocos amigos. Los chicos no dijeron nada y se marcharon por donde habían venido. Nosotras entramos al poco rato al recinto. Era una sala grande con un montón de luces de colores que iluminaban las paredes y el tejado, e incluso algunas caras de la multitud que se apelotonaba en el centro de la pista bailando. Carol se acercó a la barra y sin tan siquiera preguntarme pidió un gintonic para las dos. Ella se lo tomó de un sorbo y yo ni tan siquiera pude tomarme una tercera parte. Era increíble lo que llegaba a tragar aquella mujer.
-Vamos a bailar – me dijo tendiéndome la mano después de dejar la copa sobre la barra.
-Aún estoy bebiendo – le dije, pero no me dio tiempo a dar otra escusa que me estaba arrastrando al centro de la pista.
Carol se puso a bailar al ritmo de lo nuevo de David Guetta y yo intenté seguirla el ritmo. Al poco rato ya estaba sintiendo como mi cuerpo se relajaba y seguía el ritmo compasado de la música, casi como si llevara el baile en la sangre, Carol y yo nos compenetrábamos bailando como si lo hubiéramos estado ensayando, noté como algunas personas se apartaban y nos miraban, mientras nosotras hacíamos caso omiso a las miradas y comentarios. De repente noté como alguien se había puesto detrás de mi y vi a un chico detrás de Carol, ambos chicos se pusieron a bailar con nosotras. Yo me giré y le miré, era un chico más alto que yo con el pelo rizado y moreno, me cogió la mano y me giró, haciendo que yo diera la vuelta y que mi vestido se levantara un poco, me aparté de él algo ruborizada y seguí bailando dándole la espalda, pero él siguió insistiendo.
Carol había conseguido deshacerse del chico y me cogió los brazos para bailar pegada a mí. El chico del pelo rizado se apartó y buscó con la mirada a su amigo mientras Carol y yo bailábamos otra canción.
Después de un rato me acerqué de nuevo a la barra para beberme mi gintonic y esta vez me lo acabé de un sorbo. Noté rápidamente como me hacía efecto el alcohol y me tambaleé un poco. Vi como Carol se reía al fondo mientras me miraba entre la multitud.
-No estás hecha para beber – me dijo levantando la voz para que la oyera por encima de la música.
-Hace tiempo que no bebo – le contesté excusándome.
-Eso es porque no quieres salir de fiesta, tanto trabajar, hay que vivir más – me dijo mientras movía sus caderas invitándome a bailar.
-Ya, y tu lo que necesitas es trabajar más y divertirte menos – le dije, y me puse a bailar de nuevo.
Al cabo de tras horas en la discoteca nos dirigimos para casa. Carol me dejó enfrente de mi portal. Me bajé del coche tambaleándome un poco, aun podía sentir el pitido en mis oídos. Ella arrancó el motor y desapareció por la calle. Yo me acerqué a mi portal a duras penas, me dolían los pies y aunque estaba justo al lado de casa no pude más y me dispuse a quitarme los tacones. Mientras me quitaba el zapato izquierdo sentí una presencia detrás de mí, me lo acabé de quitar y me giré. Justo en frente de mi, en un
callejón, pude ver una sombra de un hombre con dos ojos azules que me observaban detenidamente. El corazón se me paró de golpe y por unos segundos dejé de respirar. Me sentí mareada de repente y di algunos traspiés hacia atrás, pero conseguí sostenerme contra la pared del edificio, me froté los ojos y cuando volví a mirar para el callejón ya no había nadie. Miré varias veces de un lado al otro de la calle, pero estaba completamente sola.
Supuse que había sido imaginación mía a causa del alcohol, así que decidí no darle mayor importancia y subir de una vez por todas a mi piso a dormir.
Al día siguiente tenía comida familiar y desde luego tendría que descansar.