Ilusiones
Capítulo 18
Captaba las vibraciones de ira de los interlocutores, temerosos por la moral de sus hijos y por el futuro del modo de vida norteamericano, y nada de eso me hacía feliz.
Faltaba media hora para que terminara el programa y las cosas iban de mal en peor. – ¿Sabe una cosa? Creo que usted es un farsante – dijo el autor de la llamada siguiente.
–Claro que lo soy. Todos somos farsantes en este mundo, todos fingimos ser algo que no somos. No somos organismos que nos movemos de un lado a otro, no somos átomos y moléculas. Somos ideas inmortales e indestructibles de lo que Es, aunque estemos convencidos de otra cosa…
El habría sido el primero en recordarme que yo era libre de irme, si no me gustaba lo que decía, y se habría reído de mi temor de que una turba de linchadores nos estuviera esperando con antorchas junto a los aviones.
18
No te dejes abatir por las despedidas.
Son indispensables como preparación para el reencuentro.
Y es seguro que los amigos se reencontrarán, después de algunos momentos o de todo un ciclo vital.
Al mediodía siguiente, antes de que la gente llegara, se detuvo junto al ala de mi avión. – ¿ Recuerdas lo que dijiste cuando descubriste mi problema? ¿Qué nadie me escucharía, por muchos milagros que hiciera?
–No. – ¿No recuerdas en absoluto es circunstancia?
–Sí, recuerdo la circunstancia. De pronto me pareció que estabas muy solo.
No recuerdo lo que dije.
–Dijiste que depender de que a los demás les interese lo que digo equivale a depender de los demás para ser feliz.
Eso es lo que vine a aprender aquí: el comunicarme o no, es indiferente. Elegí este ciclo vital íntegro para explicarle a alguien la forma en que está organizado el mundo, y lo
mismo me habría valido elegirlo para no decir absolutamente nada. Lo que es no necesita que yo me ocupe de propalar cómo funciona.
–Eso es evidente, Don. Podría habértelo dicho yo.
–Muchas gracias. Descubro la única idea que me propuse encontrar al vivir esta vida, concluyo el trabajo de toda una existencia, y me dices: "Es evidente, Don".
Reía, pero también estaba triste, y en ese momento no pude saber por qué.
19
Tu ignorancia es directamente proporcional a la medida en que crees en la injusticia y la tragedia.
Lo que la oruga interpreta como el fin del mundo es lo que su dueño denomina mariposa.
Las palabras que había leído el día anterior en el manual fueron la única advertencia que recibí. Había un grupito en espera de turno, y su avión avanzó rodando y se detuvo junto a él, azotándolo con el torbellino de la hélice.
Yo observaba la escena, plácida e informal, desde el área superior del Fleet mientras vertía gasolina en el depósito.
Un segundo después se oyó un estampido como el que habría producido un neumático al estallar, y el público también hizo explosión y se disperso. Los neumáticos del Travel Air estaban intactos el motor traqueteaba tan perezosamente como antes pero debajo de la carlinga del piloto había, en la tela del fuselaje, un boquete de treinta centímetros. Shimoda estaba ladeado, con la cabeza tumbada y el cuerpo tan inmóvil como la muerte súbita.
Tardé milésimas de segundo en darme cuenta de que le había pegado un tiro a Donald Shimoda y otro tanto en dejar caer el bidón de gasolina, saltar al suelo y echar a correr.
Fue como el guión de una película, de una pieza teatral interpretada por aficionados: un hombre armado con una escopeta escapaba con los demás y pasó tan cerca de mí
que hubiera podido abatirlo con un sable. Ahora recuerdo que no me preocupé por él.
No estaba furioso, ni conmocionado, ni horrorizado. Lo único que me importaba era llegar lo antes posible a la carlinga del Travel Air y hablar con mi amigo.
Era como si le hubiera alcanzado una granada. La mitad izquierda de su cuerpo era un montón informe de cuero y tela y de carne desgarrados, ensangrentados. Un picadillo viscoso de color escarlata.
Su cabeza descansaba sobre la palanca de bomba de mano de gasolina, en el extremo inferior derecho del tablero de instrumentos, y pensé que si se hubiera ceñido el correaje no habría sido arrojado hacia delante de esa manera. – ¡ Don! ¿Estás bien? ¡ Qué necedad!
Abrió los ojos y sonrió. Tenía el rostro humedecido por las salpicaduras de su propia sangre. – ¿ Qué te parece Richard?
Me produjo un inmenso alivio el oírle hablar. Si podía hablar, si podía pensar, se salvaría.
–Si no te conociera tan bien, diría que estás en un aprieto.
Sólo su cabeza se movió, apenas unos milímetros y de pronto me sentí nuevamente asustado, más por su quietud que por la confusión y la sangre.
–No sabía que tenías enemigos.
–No los tengo. Ha sido… un amigo. Es mejor evitar… que un fanático lleno de odio se complique… la vida…
asesinándome.
La sangre chorreaba por el asiento y por los paneles laterales de la carlinga. Habría que trabajar a fondo para limpiar el Travel Air, aunque el avión en sí no estaba dañado. – ¿ Tenía que ocurrir, Don?
–No…- respondió con voz desfalleciente, casi sin respirar
-. Pero creo… que me gusta dramatizar… – ¡ Bueno, manos a la obra! ¡ Cúrate sólo! ¡ Tendremos que volar mucho, con toda la multitud que se avecina!
Pero mientras bromeaba con él, y a pesar de todo lo que sabía y comprendía acerca de la realidad, mi amigo Donald Shimoda terminó de doblarse, recorriendo los pocos centímetros que lo separaban de la palanca de la bomba de mano, y murió.
Oí un rugido, el mundo se ladeó, y resbalé por el costado del fuselaje roto hasta la hierba húmeda, roja. Me pareció que el peso del manual que llevaba metido en el bolsillo me hacía caer de lado, y cuando dí contra el suelo se desprendió y el viento agitó lentamente las hojas.
Lo recogí torpemente. ¿ así termina?, pensé. Todo lo que dice un maestro no es más que palabrería que no basta para salvarle del primer ataque de un perro rabioso en un campo roturado?
Tuve que leer tres veces antes de convencerme de que esas eran las palabras estampadas sobre la página.
Todo lo que dice este libro puede ser una falacia fin Epílogo En el otoño, volé rumbo al sur en pos del aire cálido.
Había pocos campos adecuados, pero las multitudes eran cada vez más numerosas. A la gente le seguía gustando volar en el biplano y en esos días eran muchos los que se quedaban a conversar y a tostar marshmallows sobre la fogata de mi campamento.
Alguna que otra vez, alguien que no habías estado realmente muy enfermo decía que se sentía más aliviado después de la conversación, y al día siguiente los espectadores me miraban con expresión extraña y se acercaban más a mí, llenos de curiosidad. En más de una oportunidad levanté vuelo temprano.
No se produjeron milagros, a pesar de que el Fleet funcionaba mejor que nunca, y con menos gasolina. Había dejado de despedir aceite y no mataba insectos con la hélice ni con el parabrisas. Indudablemente era debido al aire más frío, o a que los bichitos se estaban espabilando y habían aprendido a esquivar el avión.
A partir de aquel mediodía de verano en que mataron a Shimoda, me sentí además como si un río de tiempo hubiera dejado de fluir para mí. Era un desenlace que no podía creer ni entender. Había quedado fijo, y yo lo reviví un millar de veces con la esperanza de que algo cambiara. No cambió nunca. ¿ Qué era lo que debía haber aprendido aquél día?
Una noche, a fines de octubre, después de recibir un susto y eludir una muchedumbre en Mississippi, aterricé en una reducida parcela que tenía las dimensiones justas para posar el Fleet.
Nuevamente, antes de dormirme, evoqué aquel último momento…¿ Por qué había muerto? Algo no cuadraba. Si lo que decía era cierto…
No tenía con quién hablar, como antes hablaba con él, nadie de quién aprender, nadie a quién acechar y agredir con palabras, nadie que aguzara con su roce mi mente recién esclarecida. ¿ Yo mismo? Sí, pero no era ni remotamente tan entretenido como Shimoda, quien, para educarme, me había tenido siempre en equilibrio inestable con su Karate espiritual.
Me dormí pensando en eso, y mientras dormía, soñé.
Estaba arrodillado sobre la hierba, de espalda a mí, reparando el boquete que el escopetazo había abierto en el costado del Travel Air. Junto a su rodilla había un rollo de tela para aviones de primera calidad y un bote de pegamento.
Sabía que soñaba, y sabía también que era real. – ¡DON!
Se levantó lentamente y se volvió para mirarme, sonriendo al observar mi pena y mi alegría.
–Hola, amigo – dijo.
Las lágrimas me impedían ver. La muerte no existe, la muerte no existe en absoluto, y aquel hombre era mi amigo.
– ¡Donald!… ¡ Estás vivo! ¿ Qué tratas de hacer?
Corrí hacia él. Le rodee con los brazos y era real. Palpé el cuero de su chaqueta de aviador, estrujé sus brazos.
–Hola – repitió -. ¿No te molesta? Lo que intentó hacer es remendar este agujero.
Estaba tan contento de verle, que nada era imposible. – ¿
Con pegamento y tela? – exclamé -. Con pegamento y tela tratas de reparar… No se hace así. Aquí lo tienes, perfectamente terminado… – y mientras pronunciaba estas palabras deslicé la mano como si fuera una pantalla frente al boquete desgarrado y ensangrentado. Cuando la mano pasó de largo, el agujero había desaparecido. Sólo se veía la superficie del avión, pulida como un espejo, sin un sólo remiendo desde la nariz hasta la cola. – ¡ De modo que así es como lo haces! – exclamó, y sus ojos oscuros reflejaban orgullo por el alumno torpe que al fin triunfa como mecánico dental.
No me pareció raro. En sueños, esa era la forma de hacer el trabajo.
Junto al ala ardía una fogata matutina y sobre ella se balanceaba un sartén. – ¡ Estás haciendo algo, Don! Nunca te había visto cocinar. ¿ Qué es?
–Pan frito – dijo con la mayor naturalidad -. Lo único que deseo hacer contigo es enseñarte a prepararlo.
Cortó dos rebanadas con su navaja de bolsillo y me pasó una. Mientras escribo esto, aún recuerdo ese sabor… el sabor de serrín y cola de encuadernación rancia, recalentados en grasa. – ¿Qué te parece? – preguntó.
–Don…
–La Venganza de Fantomas – me dijo, sonriendo. Lo preparé con yeso – volvió a depositar su parte sobre la sartén -. Para recordarte que, si alguna vez deseas instigar a alguien al estudio, debes hacerlo con tu conocimiento y no con tu pan frito. ¿ Entendido? – ¡ NO! ¡ Quién me ama, ama mi pan! ¡ Es la esencia de la vida, Don!
–Muy bien. Pero te garantizo… que tu primera cena con un discípulo será la última si le sirves esta bazofia.
Reímos y luego nos quedamos callados. Yo lo miré en medio del silencio. – ¿Estás bien, verdad, Don? – ¿
Esperabas que estuviera muerto? Vamos, Richard. – ¿ Y esto no es un sueño? ¿ No olvidaré que te he visto ahora?
–No. Esto es un sueño. Es otro espacio – tiempo y en cualquier espacio – tiempo distinto es un sueño para un buen terráqueo cuerdo, cosa que tú serás todavía durante una temporada. Pero lo recordarás y eso cambiará tu manera de pensar y tu vida. – ¿ Volveré a verte? ¿
Regresarás?
–No lo creo. Quiero trascender los tiempos y los espacios… De hecho, ya los he trascendido. Pero existe este vínculo entre nosotros, entre tú y yo y los otros de nuestra familia. Si te paraliza un problema, grábatelo en la cabeza y échate a dormir y nos encontraremos aquí junto al avión y lo discutiremos, si lo deseas.
–Don… – ¿ Qué? – ¿ Cuál es la explicación de la escopeta? ¿ Por qué sucedió? El hecho de que te volaran el corazón con una escopeta no justifica tu poder y tu gloria.
Se sentó en la hierba, junto al ala.
–Como no era un mesías famoso, Richard, no tenía que demostrarle nada a nadie. Y como tú necesitas práctica para no dejarte conmover por las apariencias y para regocijarte con ellas – agregó lentamente -, te hacían falta algunos simulacros para tu adiestramiento. Además, a mí me divirtió.
Morir es como zambullirse en un lago profundo en un día caluroso.
Sientes la conmoción del frío, del cambio brusco, del dolor que te produce durante un segundo, y luego la aceptación es como nadar en la realidad.
Pero al cabo de muchas experiencias, incluso la conmoción desaparece – transcurrió un largo rato y luego se puso en pie -. Sólo a unas pocas personas les interesa tu mensaje, pero no te preocupes. Recuerda que la calidad del maestro no se mide por la magnitud de sus auditorios.
–Don, te prometo que lo intentaré. Pero apenas deje de interesarme en este trabajo, huiré definitivamente.
Nadie tocó el Travel Air, pero la hélice giró, el motor despidió un humo azul y frío, y su potente ronquido pobló la pradera.
–Acepto la promesa, pero… – me miró y sonrió como si no me entendiera. – ¿ Aceptas pero qué? Habla. Con palabras. Dímelo. ¿ Qué es lo que a tu juicio falla?
–No te gustan las muchedumbres – respondió.
–No, cuando tiran de mí. Me gusta conversar e intercambiar ideas, pero esa veneración que te tributaron a ti y la dependencia… confío en que no me pidas… ya he escapado…
–Quizás sea sencillamente un estúpido, Richard, y no vea algo evidente que tu ves con mucha nitidez. Si es así, te agradecerá que me lo digas, ¿ pero que tiene de malo ponerlo por escrito? ¿ Existe alguna regla en virtud de la cual se prohiba a un mesías escribir lo que considera cierto, lo que le ha producido placer, lo que le estimula? Así, si a la gente no le gusta lo que dice, en lugar de matarle podrá quemar sus palabras, o apalear las cenizas con una vara. Y
si le gusta, podrá releer su verbo, o estamparlo en la puerta de una nevera, o jugar con las ideas que entiende. ¿ Hay algo malo en escribir? Quizá sea sencillamente un estúpido.
– ¿ En un libro? – ¿ Por qué no? – ¿ Sabes cuanto trabajo…?
Me prometí no volver a escribir otra palabra en toda mi vida.
–Vaya, lo siento – dijo -. Ahí tienes. No lo sabía – subió al ala inferior del avión y luego se introdujo en la carlinga -.
Bueno, volveré a verte. Ten paciencia, y todo lo demás. No permitas que las multitudes te alcancen. ¿ Estás seguro de que no quieres escribirlo?
–Jamás – respondí -. Ni una palabra más.
Se encogió de hombros y se calzó los guantes de vuelo.
Accionó la palanca de gases y el ruido del motor retumbó y revoloteó a mi alrededor hasta que desperté bajo el ala del Fleet con lo ecos del sueño aún en mis oídos.