Impar y rojo

Oscar Urra · Capítulo 28 de 32

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Impar y rojo

Capítulo XXVIII

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XXVIII

 

Sentado en un banco de la Plaza de Matute, con muy pocas horas de sueño y un maletín entre las piernas, encogido en su abrigo y pensando en íncubos y en súcubos, tuvo que esperar Cabria a que la mañana clarease y el estanco abriese para comprar dos paquetes de ducados y un mechero. Aún debía hacer tiempo antes de ir a la iglesia de San Sebastián, y eligió un bar esquinado para tomarse un café y hojear la prensa deportiva. Le dolían el brazo y los riñones solo con pasar las páginas.

Fuera, las palomas descendían en tropel y desplegaban su errático baile sobre los adoquines de la plaza, que se desperezaba encantadora y fresca tras una noche de farra. Era la de Matute, a pesar del nombre rotundo y lleno de sombras, una plaza virtuosa, burguesa y elegante como una muchachita de familia bien, solo que frecuentaba las malas compañías de sus vecinas Antón Martín y Santa Ana. Y adiós reputación, pensó Cabria, hundiendo un cruasán en la taza y recreándose en la sugerente evocación fonética de los nombres: «Antón Martín, chulo, cabrón y cantarín; Santa Ana, dulce, blanca y casquivana», y así habría podido seguir con gran parte de su callejero sentimental.

Pero el As le arrojó a la cara la realidad de un Madrid desconocido y errático en el arranque de Liga, y cuando, con un gesto de desgana, quiso cerrar el periódico, le deprimió la foto en contraportada de la chica en bikini, novia o exnovia de algún jugador famoso, o que pasaba a serlo, siquiera por un día, gracias a las tetas y el desenfado ajenos.

Acabó el café, pagó y subió por Huertas, esquivando a algún ciclista madrugador que se despeñaba buscando el Retiro. Torció por la calle de San Sebastián dejando a su izquierda la floristería donde un día estuvo el cementerio en el que, se cuenta, una noche al parecer lúgubre, atroz y bañada de luna, el escritor José de Cadalso desenterró el cadáver de su amada ante el horror y lástima de los guardias que le sorprendieron. ¿Qué le dirían? ¿Qué se dice a un hombre que hace eso? ¿Algo práctico?; «¡Pero hombre, Don José, déjelo ya!, ¿no ve que de nada sirve?»; o tomándolo por la tremenda: «¡En el nombre de Dios, detenga esa pala! ¡Esto es profanación!»; o condescendiente: «Si yo le entiendo; pero estas no son formas. ¡Ea, bueno está ya!; a tomar un orujo, y que se vaya el berrinche». Cuando pasaba por allí, no podía evitar Cabria especular con la escena, recrear los diálogos.

Y cuando entró en la quietud de la iglesia oía aún la piqueta de hierro abriéndose paso en la tierra, buscando el encuentro con la madera, levantando raíces, matojos, guijarros y lombrices en el aire que cayeran luego como velos de gasa negra al suelo; y los pasos de los guardias haciendo crujir sus botas en el camposanto (que sigue ahí, a pesar de la historia: los cementerios nunca desaparecen); y las voces en susurros apremiantes diciéndole algo al ilustrado Cadalso, blanco como una lápida, abierta la casaca militar, sucia la camisa y extraviado el gesto que muestra confusión, o rabia, o ira, o tal vez agradecimiento de que alguien le haya impedido consumar la horrible visión de su amada cadavérica.

—Ave María Purísima.

Le sobresalta la voz de su hermano. Acomoda Cabria su cuerpo y su mente a la conversación.

—Sin pecado concebida.

Dos genuflexiones morosas, concienzudas.

Una bolsita de plástico que, indiferente, se deja comprimir y pasar de un lado a otro de la celosía. Un pequeño revuelo de sotana que llena un silencio largo.

—Mucho que contarte, hermano, sobre Don Basilio.

Nada comenta Cabria.

Que cuente.

—Poquedad de corazón, terrible existencia. Basilio Andrés, dominico, tenía razones para temer que el Diablo en persona viniera a por él.

Asiente el detective.

Que cuente.

—Ni que decir tiene…

Se interrumpe el cura, pero no completa la frase. No le hace falta, porque sabe que su hermano será discreto. Y a Cabria no le hace falta recordarle que siempre lo es.

Y entonces cuenta.

Después le confiesa.

Luego le da su bendición.

—Hermano, una cosa más. Quería confiarte un secreto, como tú me los confías a mí.

Contrito, expectante, su hermano aguarda lo que Julio le tenga que decir.

—Te dejo bajo el asiento un maletín. Contiene sobre todo material informático.

—Sí, pero: ¿qué contiene el material informático? — interrumpe el cura, jesuítico a su pesar.

En alguna parte del templo unos goznes claman su chirrido antiguo, y un flis-flis de faldas apresuradas pasa junto al confesionario.

—No lo sé con certeza. Te pido que lo averigües y, después, que hagas lo que tengas que hacer.

Tarda en responder el cura.

—¿Lo que tenga que hacer? Si yo…

Tintineos en el trascoro, cuchicheos en la sacristía.

Sombras ajedrezadas caen de la celosía.

—… Si yo solo soy un pecador.

La calle Atocha le recibió con estruendo e indiferencia, pero Cabria se había quitado un peso del alma y del brazo, y bajó por Doctor Cortezo aliviado, casi contento. Eran las diez menos diez de una mañana que se anunciaba fresca y antipática. Llegó al portal. Cuando se iba a meter en el ascensor, Matías salió de su chiscón arrastrando una caja de cartón.

—Es para usted, Don Julio.

Levantó las cejas el detective.

—¿Quién…?

—Una chavala —resopló el portero —. Estaba bien buena. Y arriba hay un individuo que le espera.

Le sujetó la puerta del ascensor Matías y, cuando llegó a su piso, Cabria, inhábil para doblarse y levantar semejante peso, comenzó a sacar a pataditas la caja. Pero dos manos redondas y carnosas como dos tortas de pan agarraron de pronto el paquete y lo izaron del suelo.

—Buenos días.

—Hola, Belmonte. Y gracias.

Entraron en el despacho. Había que arreglar el tirador de la persiana, pelón y desahuciado, relevar a la alfombra, moribunda, alopécica, tristona, y cambiar la bombilla que zumbaba como un insecto burlón y obseso.

Dejó la caja Belmonte sobre la mesa.

—¿Qué contiene? —preguntó, curioso, el policía, mientras se sentaba.

Sensación de déjà vu y ganas de fumarse un cigarrillo.

—No lo sé exactamente. Lo averiguaré y después haré lo que tenga que hacer.

Asintió Belmonte, aceptando el pitillo que Cabria le lanzó desde el otro lado de la mesa. También el mechero conoció su viaje de ida y vuelta, y después, haciendo crujir sus respaldos, detective y policía fumaron sin prestar mucha atención el uno al otro.

Cuando a Belmonte le pareció que había suficiente humo en la estancia, abrió la boca.

—¿Sabe qué? Este es mi último cigarrillo. Hoy dejo de fumar. Nueva vida, nuevos retos, nuevos desafíos.

Cabria miró su reloj y respondió sin apartar su mirada de la colilla que aplastaba en el cenicero.

—Se ha equivocado de consultorio sentimental.

Insistió Belmonte:

—Es que mi existencia va a dar un cambio drástico. Mi futuro profesional va a mejorar. Y mucho.

Bostezó Cabria procurando mostrar el titilar de su campanilla.

—La echadora de cartas vive en el tercero. Y por cierto — añadió sacando una de la chaqueta y dejándola sobre la mesa —: para la próxima cita, especifique la hora. Es muy fácil: se pone «pm» o «am», y ya está.

Belmonte miró la carta y asintió, pero no agradeció el consejo.

—Precisamente venía a hablar de cartas…

De pronto Cabria intuyó que ante él se iba a revelar algo de cierta importancia, y logró centrar su atención en lo que aquel personaje fuera a decir.

—… De una carta en concreto.

El amante de los cambios vitales drásticos se rascó la oreja, y soltó con naturalidad, elevando tal vez un poco el tono de voz:

—Tengo al Arlequín. Aquí —mostró su mano cerrada como un martillo pilón —: en mi puño.

Señaló el detective hacia abajo.

—El mago vive en el segundo — le espetó.

—No me canse, Cabria: no me refiero a la carta. Me refiero a él, en carne y hueso.

—Enhorabuena.

—No todavía. Ya me las dará luego.

—¿Luego?

—Hoy volverá a matar. Sé dónde, cuándo y a quién. Por eso le dejé el naipe en su casa.

—Pues informe a su jefe.

Brilló en su sonrisa una gozosa astucia.

—Ya lo he hecho. Y me ha dado permiso para que yo en persona me encargue del caso. Yo estoy ahora al mando, y usted, Cabria — un índice-butifarra le apuntó, para que no quedara duda de que se refería al detective —, usted se viene esta noche conmigo.

—A dónde. ¿Al cine?

El dedo cayó de canto sobre la tabla de la mesa, que se estremeció.

—A cazar al Arlequín. No lo digo yo: lo dice Subirats. El comisario.

Ya, ya sé que es el comisario, pensó Cabria. En la frente de Belmonte temblaban dos gotitas de sudor, y todo su rostro denotaba hastío, esperanza y asco: la expresión que tienen los jugadores de póquer cuando llevan toda la partida perdiendo y vislumbran al fin la oportunidad de ganar algo, aunque sea haciendo trampas.

Por eso Cabria encendió otro cigarrillo y comenzó a jugar su farol.

—Muy bien, Belmonte. Tres preguntas antes. Uno: ¿qué pasa si no me da la gana de ir? Dos: ¿no se encargaba del «caso Arlequín» Eme-Eme? Tres: ¿cómo está tan seguro de que esta vez van a atraparle?

Había que hacerlo así: camuflando la única cuestión que le interesaba entre dos inofensivos placebos, y preguntando despacio, lento, desagradable, enumerando las preguntas, subrayando el «esta vez» con una casi despectiva media sonrisa para que el otro la malinterpretara como quisiera.

Desquiciándole. Y dejando resbalar lentamente en la boca y en cada sílaba el verdoso humo de la nicotina.

Belmonte pestañeó. Su cabeza retrocedió unos centímetros, como si presintiera un peligro enfrente de él. Se acarició la barba con los nudillos, se rascó el cogote y se miró las manos. Por un momento Cabria pensó que no picaría, que su jugada se perdería en el limbo de los faroles perdidos, que acabaría en polvo, en aire, en sombra, en nada.

Pero Belmonte iba de sobrado, y el espectro de la desconfianza se alejó de él en silencio y para siempre.

—Sé contar, y se lo demostraré. Uno: tendrá que venir porque ese es el pacto que hizo con nosotros, con la policía, y porque es lo que quiere Subirats. Dos: Eme-Eme hace su investigación, y yo hago la mía. Tres: mire.

Del abrigo sacó Belmonte un papelajo que desplegó sobre la mesa.

—Los tres asesinados participaron en una timba de póquer, no hace mucho tiempo. En la partida entraron dos tipos más: el que está aún vivo, y el que yo llamo el quinto jugador.

Incluso esta última obviedad la dijo con voz de ultratumba, como si le estuviera contando una fantasmagórica leyenda urbana. Cabria estaba impresionado.

—Mi teoría es que el quinto jugador, que sería el Arlequín, ha ido eliminando a los otros cuatro uno detrás de otro. Tal vez le estafaron, tal vez se rieron de él, tal vez las dos cosas. Sea como sea, bien lo están pagando.

Era una explicación decorosa, y ya Cabria iba a preguntar cómo era posible saber el lugar y la hora del próximo crimen cuando la mano del oráculo se levantó reclamando atención y silencio.

—Si colocamos un dibujo del comodín de la baraja así — estiró el papel en el que, en efecto, aparecía una copia de un naipe con comodín danzante —, y añadimos un mapa de Madrid más o menos a determinada escala — sacó otro papel del bolsillo y lo colocó encima —, ¿qué encontramos?

No osó el detective abrir el pico.

—Encontramos que la punta de cada mano y de cada pie de El Arlequín señalan una parte de la ciudad: centro, mano derecha en la cadera; este, mano izquierda; sur y suroeste, los dos pies, el que está levantado, y el que se apoya en el suelo. Los cuatro lugares del crimen se han cometido en el orden de las agujas del reloj: centro de Madrid, Carabanchel, Casa de Campo y, ahora… la Sierra de Guadarrama. ¿Cuándo? Siempre el mismo día de la semana: o sea, mañana mismo. ¿A qué hora? Siempre al caer la tarde. Supongo que para recordarles a sus víctimas el día y la hora en que se inició o se terminó la partida: aunque eso último es solo una especulación mía.

El cigarrillo se le había quedado a Cabria lacio, abstraído en el labio: ni siquiera sabía si estaba encendido o apagado, y no lo pensaba averiguar hasta que aquel bestseller policiaco tocara a su fin.

—Todo investigador tiene sus fuentes de información, o debería. Por unas fuentes que no voy a citar, pero que forman parte del mundo del hampa, he averiguado quién es el cuarto hombre, cuyas iniciales son L. T. R. Sus negocios, ¡qué casualidad!, se sitúan cerca de la Sierra, en Collado Villalba. Siempre según mis cálculos, allí y mañana por la tarde irá a buscarle El Arlequín. Allí intentará cobrarse una nueva víctima y dejarnos un naipe-pista sobre su cuerpo. Por supuesto, le estaremos esperando. Usted y yo, Cabria: usted y yo.

El detective reaccionó al oír su propio nombre: si aquello terminaba bien, escribiría El código Arlequín, sería un bestseller, se forraría y al fin podría arruinarse como Dios manda en algún casino de la Costa Azul.

Belmonte volvió a doblar sus papeles y los guardó grave, ceremonioso, satisfecho.

Se levantó y caminó hacia la puerta. De pronto se volvió y, con rápido gesto de pistolero country and western, flexionando las rodillas, sacó algo crujiente y brillante del bolsillo y lo arrojó hacia Cabria, que convocó todos sus reflejos para atraparlo en el aire.

—Quédese con mis cigarrillos. Habanos sin filtro: malos para la salud.

Cabria no se aturdió por el golpe de efecto.

—¿Cómo se le ha ocurrido todo esto, Belmonte?

Se enderezó orgulloso el policía.

—Tomándome una cerveza en una taberna. Había un dibujo en la pared en el que unos tipos jugaban a las cartas. Tuve una inspiración.

Belmonte se dispuso a salir del despacho.

—Una cosa más, Cabria —dijo, en el umbral de la puerta, más fuera que dentro del despacho —: ¿qué hay en la caja? Es simple curiosidad.

—¿Me guardará el secreto?

Abrió los brazos Belmonte y sonrió.

—Palabra de policía.

—Esta caja —golpeó Cabria el cartón — contiene las obras completas de Nostradamus, un facsímil de la primera edición de Basilea, en letra gótica. Si coges el volumen seis, capítulo seis, línea seis, y le aplicas encima la plantilla de una quiniela de la sexta jornada de liga de un año bisiesto, te sale un mensaje en latín vulgar, cuyas letras iniciales leídas al revés forman un acróstico: el nombre del lugar donde se encuentra ahora mismo El Solitario.

Belmonte encajó el golpe con una sonrisa asqueada y triste.

Luego una bruma rojiza atravesó su mirada entornada, resentida, resuelta.

—Le paso a buscar en coche hoy a las ocho — masticó.

Y justo antes de cerrar con suavidad la puerta, apostilló:

—A las ocho pe eme en punto.

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