Ines y la alegria

Janet Berliner · Capítulo 5 de 12 · parte 1/8

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Ines y la alegria

Capítulo I

Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.

Aquí, Radio España Independiente...

Harina, la que admita.

Cuando entré en la cocina, me encontré los mármoles relucientes, el suelo recién fregado y ningún cacharro a la vista. Todavía no eran las ocho de la mañana, pero la cocinera y su ayudante se habían marchado ya.

Respiré hondo, apoyé las manos en la tabla de amasar y cerré los ojos.

Mi corazón latía a un ritmo descompensado, frenético, como el mecanismo de un juguete de cuerda a punto de romperse, de saltar alegremente por los aires en una cascada de muelles y tornillos diminutos para no volver a funcionar nunca más, pero mi cuerpo, mi rostro, mis manos mantenían el control, una apariencia de normalidad que me resultaba imprescindible aunque no hubiera nadie cerca para mirarme. Tardé unos segundos en percibir los olores propios de una cocina recogida, lejía y jabón, humedad y limpieza, un aroma humilde, doméstico, que me serenó como si pudiera acariciarme con sus dedos.

A pesar de que nadie me había adiestrado, ni siquiera educado para trabajar en una cocina, algunos de los grandes momentos de mi vida habían sucedido en habitaciones despejadas, luminosas, de paredes revestidas de azulejos y superficies de mármol impoluto, pequeños mundos blancos, tan ordenados como aquel donde acababa de quedarme sola. Quizás por eso, mientras los últimos habitantes de aquella casa se preparaban para abandonarla, yo decidí ponerme un delantal y hacer rosquillas.

Harina, la que admita, recordé, y abrí los ojos, levanté las manos de la tabla, sacudí los hombros para ponerme en marcha. En la despensa encontré tres paquetes de un kilo, y calculé el resto de los ingredientes sin dificultad, tantas veces había hecho la misma receta. Aparté nueve huevos, un kilo de azúcar y la leche que había sobrado del desayuno, casi un litro.

Alguien debía de haber avisado al lechero de que no pasara aquella mañana, pero con eso tenía suficiente. Mantequilla no. El 20 de octubre de 1944, medio kilo de mantequilla era demasiado hasta para la cocina de un delegado provincial de Falange Española, pero la hermana Anunciación usaba manteca de cerdo cuando no había otra cosa, y eso mismo iba a hacer yo.

Cuando empecé a rallar los limones, las manos me temblaban. Me raspé la yema del dedo índice un par de veces y tuve que hacer una pausa para advertirme a mí misma que no podía permitirme el menor accidente, en la mano derecha no, y en aquel dedo menos. Seguí rallando más despacio, y al terminar, comprendí que lo mejor sería amasar por tandas, porque yo no era una repostera tan experta como la hermana Anunciación y quería que aquellas rosquillas me salieran muy buenas, tanto como las mejores que hubiera hecho en mi vida.

Reuní la tercera parte de los ingredientes en una artesa, metí en ella las dos manos hasta las muñecas, y mientras movía la masa con todos los dedos me fui sintiendo mejor, más segura. La textura aceitosa, suave y blanda, en la que iban disolviéndose los granos de azúcar, los grumos arenosos de la harina, al mezclarse con los huevos, con la leche, la manteca derretida y el licor que decidí incorporar en una dosis que doblaba la habitual, para convencerme a mí misma de que estaba cocinando sólo para hombres, relajó mis músculos y refrescó mi cabeza con ese don ligero y húmedo, fresco y esponjoso, que las masas dulces, y hasta las saladas, sabían contagiar a mis dedos. Desde que desperté bruscamente del sueño donde había sucedido lo mejor de mi vida, la cocina era el único lugar donde aún sentía que tenía una piel, donde la piel aún me daba alegrías.

—Señorita, quería pedirle un favor...

Aquel día de septiembre de 1936, todo había empezado ya, y sin embargo, fue entonces cuando empezó todo.

—Es que la reunión de esta tarde, ¿te acuerdas de que te dije que iba a salir? Bueno, pues nos acabamos de enterar de que el gobierno ha militarizado el local, y yo he pensado... Como esto es tan grande y nos

hemos quedado las dos solas... ¿A usted le importaría que nos reuniéramos en la cocina?

Virtudes y yo llevábamos un mes y medio viviendo solas en casa de mis padres, y aunque le había pedido muchas veces que volviera a tratarme de tú, como cuando éramos pequeñas, se dirigía a mí con una desconcertante mezcla de intimidad y respeto, como si ella tampoco acabara de creerse lo que nos estaba pasando. Las dos teníamos la misma edad y nos conocíamos desde siempre, porque era la nieta del ama de llaves de la casa, y de pequeña vivía con nosotros, en el cuarto de su abuela. En aquella época, estábamos siempre juntas, pero cuando cumplió siete años, su madre la reclamó, se la llevó a Carabanchel, y no regresó hasta que las dos ya habíamos cumplido quince, con una cofia almidonada y un uniforme de doncella. Mientras lo llevó puesto, nunca supimos muy bien cómo tratarnos. Yo le tenía demasiado cariño como para darle órdenes, y ella parecía tener siempre miedo de dirigirse a mí con menos respeto del debido, así que al principio, las dos nos poníamos coloradas cada vez que nos cruzábamos por el pasillo, y después tampoco fuimos capaces de encontrar una manera de hablar. Hasta que llegó un día en el que todas aquellas cosas dejaron de tener importancia.

—¡Inés...! —el 19 de julio no había amanecido aún cuando alguien, algo que al principio no supe identificar, me arrebató bruscamente del sueño—. ¡Inés, por favor, despiértate!

La noche anterior no me había resultado fácil dormirme. Pocos españoles, si es que lo logró alguno, durmieron bien el 18 de julio de 1936.

Yo no fui una excepción aunque, de esa extraña manera en que a veces descubrimos que sabíamos de antemano algo que acaba de suceder, sin haber sabido que lo sabíamos, la verdad es que de alguna manera estaba al corriente de la situación. Mi hermano Ricardo llevaba meses conspirando, y yo no sabía exactamente cómo, ni para qué, pero sí sabía con y contra quién. No hacía falta demasiada imaginación para encontrar la pieza que faltaba en aquel rompecabezas.

—Anoche, en el baile del Casino... ¡Qué pena que no estuvierais allí!

Fue estupendo...

Mi prima Carmencita había venido una tarde de mayo a tomar café con su novio, uno de esos amigos con los que mi hermano se encerraba algunas tardes en el despacho de papá. Los ojos le brillaban de emoción mientras contaba su gran aventura del día anterior, cómo había ido con

unas amigas, por la mañana, a un almacén de semillas de la calle Hortaleza, a comprar dos kilos de alpiste, cómo lo habían repartido en unos saquitos que se cosieron al forro de sus vestidos de noche, cómo entraron en el baile como si tal cosa, y mientras bailaban, fueron esparciendo el grano a los pies de los oficiales del Ejército que bailaban a su vez con sus novias, hasta que dejaron el suelo del salón hecho un gallinero, que era exactamente lo que pretendían.

—A buen entendedor... —remató Carmencita, mientras su novio, mi hermano, mi madre, mi hermana Matilde y mi cuñado José Luis se reían, celebrando la brillantez de la estratagema.

Yo no me reí. Quizás, todo empezó en realidad en aquel instante, porque no me reí, a mí no me hizo gracia la hazaña de mi prima.

Carmencita tenía casi dos años más que yo, y una singular especie de éxito congénito que multiplicaba nuestra diferencia de edad por varias cifras en el mismo instante en que abría la boca. Cuando estábamos quietas y calladas, yo parecía la mayor de las dos, porque era más alta, demasiado para el gusto de la época, y tenía los hombros, el pecho, las caderas más pronunciadas, demasiado para el gusto de la burguesía de la época, y músculos de amazona, demasiado deportivos para el gusto de las madres casamenteras de la burguesía de la época. Tenía además una cara alargada, de rasgos marcados, los pómulos salientes y la boca muy grande, que era demasiado distinta a las de las muñecas que proclamaban desde los escaparates de las jugueterías un canon de belleza en el que el rostro de Carmencita encajaba como un guante. Quizás por eso, a mí nadie me había llamado nunca Inesita, pero el espejismo de mi superioridad se desvanecía en el instante en que mi prima empezaba a asentir con la cabeza, para darse la razón a sí misma, mientras murmuraba, sí, sí, sí, sí, sí, con los labios fruncidos.

Todo lo que ella decía, todo lo que pensaba o hacía, revelaba la inexpugnable seguridad en sí misma de quien no sólo no duda de llevar siempre razón, sino que carece además, no ya de respeto, sino hasta de curiosidad por las opiniones de los demás, que nunca le parecerán dignas de llamarse razones. Carmencita era un prototipo de fascista española antes de que el fascismo español existiera. Cuando éramos niñas, ese aplomo me acomplejaba, me empequeñecía hasta lograr el prodigio de borrarme en su presencia, pero a aquellas alturas me producía un efecto muy distinto. En mayo de 1936 ya había descubierto que, en realidad, lo que pasaba era que

Carmencita me caía gorda, aunque tal vez nunca habría llegado a una conclusión tan sencilla, tan confortable al mismo tiempo, si otra de mis primas no me la hubiera puesto en bandeja.

Yo era la pequeña de todos los nietos de mi abuelo, y Florencia, a la que siempre habíamos llamado María, la mayor de los sobrinos de mi padre. El suyo había muerto cuando era una niña. Al llegar a la adolescencia, mi tía Maruja decidió que no podía con aquella muchacha rebelde, indisciplinada y peleona, que no parecía hija suya, y por eso la envió, sin demasiadas lágrimas, a estudiar al extranjero, Francia primero, Inglaterra después. Durante largos años no volvimos a verla, pero en las apuestas que mis tíos y mis padres cruzaban en voz baja en las fiestas familiares, ninguna palabra se repetía tanto como perdida, o su variante, aún más siniestra, echada a perder. En el invierno de 1933, casi les fastidió comprobar hasta qué punto se habían equivocado.

Mi prima volvió a Madrid acompañando a un pianista uruguayo, de piel muy blanca y pelo muy negro, largo como el de los trovadores medievales, a quien presentó como su prometido. En aquel calificativo se agotó su cautela. Enseguida se corrió la voz de que él nunca la llamaba María, sino Florencia, porque ella había decidido renunciar a su primer nombre y usar solamente el segundo, pero esa, con ser llamativa, no fue la única novedad. La hija pródiga de mi tía Maruja, que era tan alta, tan ancha de hombros como yo, llevaba vestidos de satén y de raso, tejidos livianos, brillantes, que le sentaban estupendamente, aunque, o quizás porque, se le pegaban a las caderas cuando andaba y dejaban ver sus piernas, la falda justo por debajo de la rodilla. Había quien juraba que la había visto con pantalones, y todos pudimos ver que llevaba el pelo más corto que su novio, la nuca al aire, que se pintaba los ojos con un lápiz negro y cremoso, como los que usaban las mujeres árabes, que fumaba con boquilla y hasta que se tragaba el humo. Sin embargo, este completo catálogo de horrores no encajaba en absoluto con la imagen de la desgraciada tirada en el arroyo que las autoridades de mi familia le habían asignado tantas veces. Mi prima estaba guapísima, bien alimentada, bien vestida, y cargada de sortijas en todos los dedos, aunque ninguna relucía tanto como sus ojos de persona feliz, de esas que no necesitan la aprobación de nadie para disfrutar de su suerte.

El novio de Florencia, Osvaldo, había venido a Madrid para dar un concierto en el Teatro Real, pero en realidad fueron tres los espectáculos

que dieron juntos. Al primero no pude asistir, porque todavía tenía dieciséis años y mi madre era muy conservadora al respecto, pero escuché la crónica de Carmencita, que ya frecuentaba los bailes del Ritz y hallaba un oscuro placer en repasar en público el escándalo que Florencia había formado al bailar un tango con el uruguayo.

—Pegados, pegados, pero pegados como lapas —y juntaba las palmas de las manos para dar más énfasis a su descripción—, acoplados como animales, de verdad, ¡qué vergüenza! La gente les hacía corro, claro, porque ella... ¡Venga a meter la pierna entre las piernas de él! Y él... ¡Venga a tirarla al suelo para levantarla después! Yo ya no sabía dónde meterme, en serio.

—No seas tonta, Carmencita —mi hermano Ricardo, que también había estado allí, intervino para defender la modernidad, como hacía siempre por aquel entonces—. Les hacían corro porque bailan muy bien.

Los tangos se bailan así.

—¿Sí? Pues yo no bailo así, desde luego. Y no creo que ninguna mujer decente tenga que despatarrarse de esa manera para bailar ninguna pieza.

El segundo espectáculo, el concierto del Real, sí tuve la suerte de verlo, y sobre todo, la de escucharlo. A mamá, a quien pude acompañar sólo porque mi padre me cedió su entrada en el último momento, diciendo que se lo veía venir, no le gustó el repertorio, pero tuvo que reconocer que Osvaldo era un pianista admirable, y hasta lamentó que no hubiera escogido para la ocasión música de verdad. Lo que mi madre entendía por

«música de verdad» se reducía al barroco alemán y la ópera italiana. Los románticos ya le parecían estridentes, y de la arrebatada modernidad de las piruetas que Prokofiev y Stravinsky habían compuesto para los Ballets Russes de París, habría preferido ni oír hablar, pero tuvo que escucharlas, porque eso fue lo que tocó Osvaldo aquella noche, fragmentos de Romeo y Julieta, de Petruschka y de El pájaro de fuego, que provocaron una reacción furibunda en el auditorio. A los diez minutos, la mitad de los abonados del patio de butacas empezaron a levantarse, estrellando los asientos de sus butacas contra el respaldo para hacer ruido, antes de salir taconeando por el pasillo con la barbilla tan alta como si les hubieran lanzado un guante.

Parecía que el teatro se había quedado vacío, pero cuando sonó la última nota, el público del Paraíso, donde se agolpaban los músicos sin dinero y los estudiantes del Conservatorio, y los melómanos de los palcos más altos,

más baratos también, desencadenaron una ovación interminable, salpicada de unos ¡bravos! tan fervientes que obligaron a Osvaldo a hacer dos bises, entre ellos una pieza de la Iberia de Albéniz que, bajo todos los arpegios y virtuosismos imaginables, no era ni más ni menos que la Tarara sí, la Tarara no, la Tarara, madre, que la bailo yo.

—¡Qué barbaridad! —y esa melodía, que por fortuna dejó para el último lugar, acabó de provocar la indignación de la mía—. Esto ya es el colmo, vamos, ¡qué falta de respeto! ¿Pero qué se habrá creído que es este teatro, para venir a insultarnos a todos con semejante cencerrada?

Sin embargo, las críticas fueron excelentes, tan entusiastas las de esos periodicuchos modernos como El Sol y El Heraldo, de los que no se fiaba ningún miembro de mi familia, como la del Abc, que era el único diario respetable para su gusto. Envalentonada quizás por la unanimidad de aquel éxito, la tía Maruja convenció a Florencia para que asistiera con su pianista a la fiesta de cumpleaños de su cuñada Carmen. Aquel fue el tercer espectáculo que dieron en Madrid, y para mi gusto, el mejor de todos.

—¡María! —dijo la homenajeada al verla entrar, fingiendo que se alegraba mucho de tenerla en su salón—. ¡Qué alegría!

—Llámame Florencia, tía —respondió su sobrina con suavidad, después de plantarle dos besos tan falsos como los que había recibido de ella—. Me gusta más.

—¡Desde luego, a quien se lo cuentes...! —entonces, Carmencita, con la dosis suplementaria de seguridad que le daba estar en el salón de su casa, se atrevió a pronunciar una sentencia condenatoria sin dejar de darse la razón con la cabeza—. Mira que te ha servido a ti de mucho conocer mundo, sí, sí, sí, sí, sí, para volver con ese nombre pueblerino, que huele a vacas, y que llevamos todas como una cruz...

Y en ese instante, Florencia, que había sido bautizada como María Florencia, igual que Carmencita era Carmen Florencia, mi hermana, Matilde Florencia, y yo, Inés Florencia, todo en honor a una tradición ancestral, que había sido escrupulosamente respetada hasta que la generación anterior a la nuestra la relegó al segundo lugar de todas las partidas de nacimiento, se paró en seco, se volvió a mirarla, y habló desde lo alto de una torre imaginaria, tan alta como si entre ella y nosotros hubiera espacio de sobra para un mar de nubes.

—¡Qué gusto oler a vacas, a campo, a aire fresco! —y, por si fuera poco, sonreía—. Cualquier cosa mejor que el olor a brasero, a rebotica y a sacristía, de una familia tan orgullosa de no haber salido nunca de este país inculto de conquistadores de pacotilla. Lo mejor de España son los establos, querida. Los establos, y la gente que vive en ellos. Ya os gustaría a vosotros ser tan elegantes.

Eso dijo, y después, mientras mi tía Maruja fingía un desmayo para no tener que enfrentarse a su primogénita, y el rostro de los demás iba pasando del blanco del asombro al rojo de la indignación, sin hallar palabras para expresar ni el uno ni la otra, María, ya para siempre sólo Florencia, cogió del brazo a su novio y se marchó con él para no saber jamás cómo la recordaría su prima Inés, con la que no había llegado a hablar ni una docena de veces en toda su vida. Nunca tanto como en la primavera de 1936, cuando todo cuanto ocurría a mi alrededor, el suelo del salón de baile del Casino rebosando alpiste, parecía suceder sin otro objeto que darle siempre la razón.

—¿No lo entiendes, Inés? —porque cuando recobraron la serenidad suficiente para analizar aquel imperdonable exabrupto, concluyeron que Florencia se había pasado al enemigo, que hasta aquel momento había sido cualquiera que osara llevarles la contraria pero, desde su victoria electoral de febrero de aquel mismo año, no era más que el gobierno del Frente Popular—. Les estábamos llamando cobardes, cobardes gallinas, por no poner coto a esta vergüenza, ¿no lo...?

—Sí, sí, Carmencita —la interrumpí—. Lo he entendido.

—¿Y no te divierte?

—Pues... —y busqué una fórmula para esquivar la respuesta que buscaba, aunque siguió sin parecerme divertido—. Ingenioso sí es.

En aquella época, yo ya había empezado a pensar por mi cuenta, aunque eso aún no lo sabía nadie, quizás ni siquiera yo misma, en la inmejorable familia de gente de orden en la que había nacido. Mi infancia, plácida y confortable, almidonada como las sábanas de hilo entre las que dormía, transcurrió en un país de puntillas blancas, donde todo cuanto existía, mi ropa y la de mis muñecas, las cortinas de mi habitación y las de su casita, la colcha de mi cama, las colchas de sus cunas, mis pañuelos y hasta las repisas de mi cocina de juguete, estaba rematado con una monótona variedad de primorosas tiras de encaje. Cuando cumplí trece años, miré a mi alrededor y decidí que las puntillas no me gustaban, pero

nadie tuvo en cuenta mi opinión. Tampoco la escucharon un par de años más tarde, cuando me obligaron a renunciar a la equitación, quizás porque los caballos eran el único elemento de mi vida que no podía adornarse con puntillas.

Mi hermana mayor, que había estudiado inglés y francés, música y dibujo, literatura, historia y matemáticas, igual que yo, se casó a los dieciocho años con un vestido bordado de arriba abajo y una cola de tul de varios metros, y a los tres meses ya estaba embarazada. Para eso se estaba preparando Carmencita, eso era lo que se esperaba de mí, y sin embargo, en junio de 1933, cuando el rumor de los escándalos de Florencia no se había apagado todavía, la muerte de mi padre, que cayó fulminado en plena calle, víctima de una dolencia cardiaca que él mismo ignoraba, abrió en aquella estructura poderosa, indeformable en apariencia, una grieta que no cesaría de agrandarse.

Mi madre se hundió de tal manera que llegamos a creer que nunca se recuperaría de aquella desgracia. Postrada por una melancolía que iba más allá de cualquier tristeza razonable, empezó a pasarse los días enteros en la cama mientras su primogénito, Ricardo, asumía el papel de padre de familia para decidir que yo me ocuparía de cuidar a mamá hasta que se repusiera. Aquel encargo, por un lado, me pesó por lo que tenía de encierro, pero por otro me liberó de encontrar pronto marido, un tesoro que no tenía el menor deseo de poseer. Salía de vez en cuando, eso sí, con una carabina distinta en cada ocasión, para que no se olvidaran de mí y preparar mi definitiva incursión en el mercado de las solteras disponibles, el supuesto debut en la felicidad adulta, que consistía en soportar los pisotones de un montón de jovencitos granujientos sin dejar de ponerle buena cara a sus mamas, hasta que lograra alzarme con el premio gordo de un buen partido, del que nadie me preguntaría jamás si me gustaba, o no, tanto como a Florencia su pianista uruguayo. Esa era la prolongación natural del mundo de puntillas en el que había vivido durante tantos años, y por eso, a pesar del aislamiento que me iba rezagando de los compromisos de mis primas, de sus amigas y de las mías, nunca me quejé de quedarme en casa, cuidando a mamá, un empeño por el que pronto me recompensó ella misma, abandonando la cama por las mañanas para permanecer sentada en una butaca durante las horas de luz.

Pero si con la muerte de mi padre todo había cambiado muy deprisa, sin él, las cosas siguieron cambiando al mismo ritmo. Al principio, Ricardo

se propuso ocuparse de mí con la misma severidad que había padecido a mi edad, pero a principios de 1934, cuando llevaba menos de un año desempeñando ese papel, se afilió al partido que acababa de fundar uno de los hijos de Primo de Rivera, y ya no tuvo tiempo, ni ganas, de vivir para otra cosa.

—¿Qué? —tampoco dejó de ponerse la camisa de mahón azul oscuro que estrenó una tarde, en casa, para que mi madre y yo la viéramos antes que nadie—. ¿Os gusta?

Yo me asusté tanto que ni siquiera despegué los labios, pero ella le dedicó una expresiva mueca de desagrado.

—Pshhh... Muy elegante no es, desde luego. Me alegro de que tu padre no haya llegado a verte con esa pinta, porque... la verdad es que pareces un obrero, hijo mío.

—De eso se trata, mamá —mi hermano se acercó a ella y la besó en la frente—. De que todos seamos obreros en la construcción de una nueva España fuerte y social.

—Paparruchas —respondió nuestra madre—. Yo he sido monárquica toda la vida y seguiré siéndolo hasta que me muera.

—La monarquía es un estado hembra, un estado débil, madre...

—Paparruchas —repitió ella—. Siendo hembra, bastante fuerte he sido yo como para pariros a todos vosotros, así que...

Ricardo volvió a besarla y se echó a reír. Luego cogió el sombrero, el abrigo, y vino a besarme a mí.

—Espera, que voy contigo —cuando estuvimos solos, en el pasillo, le cogí del brazo y le hablé en un susurro—. Pero tú... ¿te has hecho comunista?

—¿Comunista? —él repitió mi pregunta en voz alta, echándose a reír después—. ¡Pues claro que no, Inés! ¿Cómo voy a hacerme comunista? Me he hecho falangista.

—¿Sí? Pues siento decirte que así es como van vestidos los comunistas. Los veo todos los días, vendiendo su periódico, cuando paso por delante del mercado de García de Paredes, y siempre llevan esas mismas camisas.

—Ya... —Ricardo asintió, sonriendo todavía—. Pero dejarán pronto de llevarlas, no te preocupes.

En eso acertó, y cuando los comunistas les cedieron el monopolio de las camisas azules, estaba ya tan metido en política que la mitad de los días ni siquiera cenaba con nosotras. Pero la Falange no le cambió sólo el horario.

Yo quería mucho a Ricardo, más que a Matilde, y que a Juan, porque la temprana boda de la primera, la carrera militar del segundo y la muerte de nuestro padre nos habían dejado tan solos como a dos hijos únicos, el primero demasiado mayor, la segunda demasiado pequeña, en el piso familiar de la calle Montesquinza. Durante la primera etapa de los tres últimos años que vivimos juntos en aquella casa, yo cuidando de mamá, él cuidando de nosotras dos, Ricardo fue para mí mucho más que un hermano mayor. El era mi compañero y mi referencia, los ojos que miraban el mundo por mí, los labios que me contaban lo que habían visto. Y al brotar de ellos, el mundo era divertido porque él era divertido, noctámbulo, ingenioso, y tan moderno como a mí me habría gustado ser alguna vez. Por eso, no le di importancia a su filiación política, quizás porque en aquella época, en Madrid todo el mundo militaba, los patronos y los obreros, los señores y los muertos de hambre, las señoras y sus doncellas, todos pertenecían a este partido o al contrario, todos contribuían a sus causas, y asistían a los mítines, y hacían proselitismo entre sus amistades, y convocaban a sus correligionarios hasta para ir de verbena los domingos.

Todos menos yo, que ni siquiera salía de casa los días que mamá no se encontraba con ánimos para pasear.

—Me preocupan mucho las nuevas amistades de tu hermano —me decía ella, de vez en cuando—. El otro día le escuché hablar de no sé qué revolución social, y ya se lo dije. ¡Con los pies por delante! Así me verás salir de esta casa antes de consentir que te conviertas en un revolucionario...

Yo sonreía y procuraba no llevarle la contraria, pero aunque no lo dijera en voz alta, siempre me ponía de parte de mi hermano. Ricardo era joven, estaba soltero, y me parecía natural que se hiciera revolucionario, como antes se había hecho republicano. Yo no sabía nada de política, sólo un poco de inglés y otro tanto de francés, nociones de música y dibujo, un pálido barniz de literatura, historia y matemáticas, los brochazos de cultura general que me habían dado por encima hacía tanto tiempo que ya se estaban cuarteando sin haberme servido nunca para nada, pero Ricardo había ido a la universidad, y tenía amigos poetas, se reunía con ellos por las

noches, y todos llevaban esas camisas azules, de obreros, y cantaban, y se emborrachaban, y cortejaban a las muchachas, nada que no hicieran otros chicos de su edad... Eso era lo que él me contaba, y yo me lo creía, porque mi hermano seguía siendo muy simpático, muy moderno, y aún se reía por cualquier cosa, sin tomarse nada en serio.

—España lleva la falda demasiado larga, mamá. Hay que acortársela...

Un palmo, por lo menos.

Entonces, ella se enfadaba, yo me reía, y todo seguía igual, hasta que ese todo integrado por la presencia de mi hermano, por su compañía y su conversación, sus chistes y sus carcajadas, empezó a adelgazar, a perder espesor, consistencia, en la misma medida en que se iba debilitando el gobierno Lerroux, o quizás, mejor aún, en la proporción en que la izquierda veía crecer su fe de recuperar pronto el poder.

A medida que avanzaba 1935, Ricardo empezó a faltarme también en los desayunos, al principio, sólo de vez en cuando, después con más frecuencia, hasta que dejó de venir a dormir a casa la mitad de las noches.

De día, aún le veía, pero casi siempre como a una sombra imprevista, un fantasma apresurado, fugaz, que había perdido las ganas de hablar conmigo, de contarme chismes y hacerme carantoñas, porque apenas tenía tiempo para ducharse, para ponerse una camisa limpia y comer algo de pie, en la cocina, antes de salir otra vez o de encerrarse en el despacho de papá, donde se tiraba las horas muertas conspirando con sus amigos, aquellos chicos tan divertidos, modernos y noctámbulos, a quienes yo creía conocer de toda la vida hasta que, poco a poco, se fueron volviendo tan extraños como él.

—¡Inés! —la única vez que mi hermano me franqueó la puerta de aquella fortaleza, no fue para preguntarme cómo estaba, ni para charlar un rato—. Ven. Cierra la puerta y echa el cerrojo, anda.

Después, con el gesto grave al que recurría desde hacía algún tiempo, como si le complaciera echarse diez años encima, se sentó en la butaca de nuestro padre y cogió un cuaderno de tapas de piel muy desgastadas, la agenda en la que todos habíamos ido apuntando durante años los números de teléfono que no convenía que se perdieran. La abrió por la R y me miró.

—¿Cómo te apellidas? —me preguntó.

—¿Pues cómo quieres que me apellide? —protesté, porque no entendía aquella comedia—. Igual que tú. Es que estás rarísimo, Ricardo...

—Bueno, pero dime tu primer apellido —y antes de que volviera a protestar, insistió—. Dímelo, y no hagas el tonto, que esto es importante.

—Ruiz —contesté—, me apellido Ruiz.

—Muy bien —y señaló aquella misma palabra, cuatro letras que no iban unidas a ningún nombre propio sino a una simple abreviatura, en la página por la que había abierto la agenda—. Aquí está, Sr. Ruiz, ¿lo ves?

—asentí con la cabeza, lo veía—. ¿Y tu segundo apellido?

—Maldonado —él pasó páginas hasta encontrar, en la M, una entrada similar, y volvió a mirarme—. Castro... —proseguí—. Soto... Suárez.

—Muy bien —repitió, muy satisfecho—. Pues ya está. Los cuatro primeros números de los teléfonos que coinciden con tus cinco primeros apellidos, escritos en ese mismo orden, son la combinación de la caja fuerte.

—¿La caja fuerte? —en ese instante sentí un escalofrío que me recorrió de arriba abajo, dejando un rastro helado y sucio, desagradable, en el centro de mi espalda—. ¿Y para qué quiero yo saber la combinación de la caja fuerte? ¿Qué está pasando, Ricardo?

—Nada —aún estaba serio—. No pasa nada. Pero si algún día llegara a pasar... —entonces se levantó, me abrazó con fuerza, y me besó como si fuera mi hermano de antes, de siempre—. Pero tienes que prometerme que no vas a dejamos sin un céntimo para fugarte a América con ningún novio,

¿eh?

—¿Un novio? —puse los ojos en blanco—. Pues ya me dirás tú de dónde lo voy a sacar... —y como antes, como siempre, nos reímos juntos de mi respuesta, pero nunca volvimos a hablar de la caja fuerte.

Durante la campaña electoral de 1936 la situación en mi casa volvió a cambiar, pero en una dirección distinta, y en primer lugar, porque mi madre se recobró tan veloz como milagrosamente de todos sus melancólicos dolores. Cuando estábamos solas, seguía diciéndome que le preocupaban los amigos de mi hermano, y sin embargo corría a abrir la puerta para recibirlos con grandes abrazos, miradas intensas que parecían revelar la intensidad de las palabras que pronunciaría si yo no estuviera delante. Ellos sonreían, asentían en silencio, y pasaban por mi lado como si no me vieran, las solapas subidas, un gesto torvo, teatral, de conspiradores de opereta suspendido entre las cejas, pero el bulto de unas pistolas de verdad deformando sus americanas. Desde que iban armados, ellos tampoco tenían

un segundo para perderlo conmigo, alabando mi pelo o mis vestidos, ni siquiera quejándose en voz alta de que Ricardo me tuviera encerrada en casa, sin dejarles llevarme a bailar por ahí. Aquellas galanterías, que durante años habían aliviado la rocosa monotonía de mi vida sin haber sido nunca otra cosa que un gesto cortés, también se habían vuelto incompatibles con su nueva personalidad, la metamorfosis que había endurecido la expresión de sus rostros, afilando sus rasgos para sembrar en los ojos un temblor violento, oscuramente brillante, que no impedía que se parecieran cada vez más a sus propios padres. Aquella pandilla de muchachos alegres e irresponsables se había convertido en una cofradía de señores serios, taciturnos, que ya no parecían partidarios de acortarle la falda a nadie, y mucho menos a España.

—¡Pobres muchachos! —y cuando la puerta del despacho se cerraba, mi madre se volvía a mirarme, en sus labios una advertencia que desmentía su manso, compasivo cabeceo—. Pero, en fin, la situación es gravísima. En estos momentos, más que nunca, cada uno debe ser consciente de cuál es su sitio, y cuál es su deber.

Yo también asentía sin decir nada, pero me había vuelto inmune al mordisco del arrepentimiento que aquellos comentarios pretendían convocar en vano. No era culpa mía, yo no tenía la culpa de haberme aburrido tanto, durante tanto tiempo, sin que a nadie pareciera importarle.

Mientras mi hermano conspiraba, mientras mi madre se quejaba y se metía en la cama a media tarde, yo me aburría, y ni siquiera tenía una amiga cerca para contárselo, me aburría yendo a misa por las mañanas, me aburría rezando el rosario al atardecer, y al día siguiente, volvía a aburrirme mientras escogía entre regar las plantas o ir a la pastelería, a comprar unas pastas para merendar. Esas fueron las decisiones más difíciles que tuve que tomar, hasta que me aburrí tanto que una tarde, cuando ni mi madre, ni mi hermano, ni sus amigos se preocupaban aún por mi destino, me atreví a aceptar la invitación de la vecina del tercero, la única que parecía vislumbrar la profundidad del pozo de tedio en el que me iba quedando sin aire poco a poco.

Aurora no se parecía a mí, ni a ninguna de las mujeres que yo conocía.

Más allá de los veinticinco, seguía soltera y encantada de estarlo, quizás porque perseveraba en el modo de vida que Ricardo había abandonado, y seguía saliendo todas las noches para volver de madrugada en coches llenos de hombres y mujeres ruidosos, tan borrachos que casi podía oler su

aliento desde mi dormitorio, pero muy divertidos siempre. Eso la distinguía de Carmencita, aunque en todo lo demás, el aplomo con el que hablaba, la seguridad que infundía a cada uno de sus gestos, la apasionada certeza de sus afirmaciones, ambas se parecían tanto como dos almas gemelas, forzadas a darse la espalda en las dos riberas de un océano congelado con la silueta, la forma, el nombre de España. Sin embargo, Aurora me caía bien, porque cuando subía a ponerle alguna inyección a mi madre, sonreía antes de mirarme con una cara de lástima que mi situación no parecía inspirar en nadie más.

—¿Y tú no te aburres, Inés? Todo el día aquí metida, sin tomar el aire...

—Bueno, ahora que mamá está mejor, salimos todas las mañanas, no creas.

—Ya, pero eso... —y cabeceaba con una expresión de desaliento—.

Yo me refiero a otro tipo de salidas, no sé, ir al teatro, al cine, a algún concierto... ¿Cuántos años tienes ya, dieciocho, diecinueve? No puedes vivir como una anciana, a tu edad. Una de estas tardes, cuando encuentre algo interesante que hacer, voy a avisarte para que salgas conmigo.

Cumplió su palabra, y me fue proponiendo planes que yo fui rechazando, uno tras otro, con más miedo que prudencia.

Conocía a Aurora desde que éramos niñas, pero apenas sabía nada de ella, de su vida, de sus amigos, de los lugares que frecuentaba. Yo sólo salía de casa para pasear con mi madre o asistir con alguno de mis hermanos a fiestas de gente muy formal, en las que muchas veces ni siquiera llegaba a hablar con nadie que no fuera de mi familia, porque todavía no había aprendido a bailar y porque, hasta en aquellos salones, lo único que les interesaba a todos era hablar de política. Con aquel equipaje, no podía ir a ninguna parte, y la verdad era que tenía miedo de hacer el ridículo, de no resultar lo suficientemente brillante, o mordaz, o atractiva, o moderna, en un mundo donde las solteras salían solas por la noche para volver de madrugada con algunas copas de sobra. Pero, más allá de mi inseguridad, sus ofertas me tentaban como si presintiera que su interés y los desplantes de Florencia estaban unidos por un invisible y poderoso cordón umbilical. Y a veces, un presentimiento sin forma me insinuaba que, desde el otro lado, el brumoso paisaje que nunca había visto y ni siquiera me atrevía a imaginar, una voz me llamaba por mi nombre, como si me estuviera esperando.

Hasta que un día Aurora me propuso un plan al que no pude resistirme. Sentía tanta curiosidad por escuchar a aquellos poetas jóvenes que pululaban alrededor de la Residencia de Estudiantes de los Altos del Hipódromo como para no intentarlo, y me resultó asombrosamente fácil conseguirlo, porque en septiembre de 1935, mi madre, postrada todavía por aquella dolencia sin nombre ni síntomas cuya naturaleza escapaba a los conocimientos de todos los médicos, estaba aún mucho más desconectada de la realidad que yo, tan lejos de todo que no tenía una idea ni siquiera aproximada del lugar al que me dejó acompañar a nuestra vecina cuando parecía que su primogénito ya no vivía con nosotras.

—¿María de Maeztu? —comentó solamente—. Pues no la conozco pero, por el apellido, será hermana de Ramiro, ¿no? Un hombre admirable desde luego, de una familia muy respetable...

Cuando mi hermano Ricardo se llevó las manos a la cabeza, ya era tarde. Cuando me prohibió tajantemente volver a poner un pie en el Lyceum Club, ya había visto una película que no se parecía a ninguna que hubiera visto antes de entonces, a ninguna de las que vería después.

Era un documental, y sus imágenes habían sido rodadas en un prado con montes al fondo de un pueblo cualquiera, con casas de piedra y calles torcidas, y cercas, y corrales para el ganado, Castilla la Vieja seguramente, quizás León, el interior de Galicia, Asturias o la falda de los Picos de Europa, cerca del norte, y del invierno, porque hacía tanto frío que un viento cruel, helado, parecía a punto de escarchar la cámara, para traspasar la pantalla y congelarme en mi asiento. Los niños que jugaban en la calle no lo sentían, como si supieran que muy pronto lograrían contagiarme su calor. Todos eran pequeños, más de cinco y menos de diez años, y todos muy morenos, con la piel curtida por el sol y la intemperie, el pelo muy corto, algunas cabezas casi rapadas, otras con calvas. Mal abrigados, peor calzados, muy delgados, muy sucios, deberían dar pena, pero se estaban riendo, transmitían esa tristeza de los objetos, de las ropas y las uñas negras, que germina en la pobreza, pero se estaban riendo, no paraban de reírse, porque estaban contentos y jugaban al corro. Con ellos jugaba un adulto, un hombre todavía joven, bien peinado, bien vestido, elegante en su rostro y en sus ademanes, un hombre de ciudad, culto, próspero, Un señor cuya presencia parecía errónea, como si fuera un actor atrapado en una película equivocada, o una burda manipulación del fotograma. Sin embargo, él jugaba al corro con aquellos niños sucios y tiñosos y se reía

con ellos, como ellos, rió para mí hasta convencerme de que su presencia en aquella escena no era un error, sino un milagro. Eso sentí cuando se encendieron las luces y, entre los aplausos enfervorecidos de un auditorio entregado, el hombre al que acababa de ver en la pantalla se levantó y subió al escenario.

Soy Alejandro Casona, dijo, y era verdad. Era Alejandro Casona, un dramaturgo acostumbrado a triunfar, a estrenar en los mejores teatros de Madrid, a ganar dinero con sus obras, un hombre mimado por la suerte, por el éxito, que se había dedicado últimamente a viajar por las zonas más pobres, las comarcas más deprimidas y remotas de España, pueblos donde jamás habían visto teatro, donde ni siquiera sabían qué significaba esa palabra. Y allí, mientras los actores ensayaban y los técnicos levantaban el escenario donde iba a representarse alguna de sus obras, él jugaba al corro con los niños. Eso era lo que quería contarnos aquella tarde, por eso había venido hasta el salón de actos del Lyceum Club, no para hablarnos de sus éxitos, sino de su experiencia en las Misiones Pedagógicas. Porque podéis estar seguras de que no estoy orgulloso de nada de cuanto he hecho en mi vida, añadió, y marcó una pausa para dar más énfasis a su siguiente afirmación, de nada, excepto de ser misionero. Eso dijo, y al escucharlo, sentí en mis ojos la emoción que tembló en los suyos durante un segundo tan largo como una vida entera.

En el salón se instaló un silencio absoluto, casi litúrgico, durante ese segundo que Casona necesitó para que sus ojos absorbieran las lágrimas que no quiso derramar ante nosotras. Luego sonrió, señaló a la pantalla, blanca como un mundo recién nacido, y nos explicó que le gustaba jugar con los niños porque ellos le enseñaban canciones maravillosas, tan hermosas que él nunca sería capaz de escribirlas. Voy a intentar cantaros alguna, dijo, y cantó, con una voz no demasiado bonita, pero bien entonada, él cantó y yo le escuché, aunque lo logré solamente a medias.

Las lágrimas que él no había querido llorar permanecieron dentro de mis ojos hasta que se terminó el acto y aun después, como un tesoro raro y precioso, en el que estaba escrita la suerte de mi vida. Y seguía teniéndolas allí, al abrigo de mis párpados, puras, calientes, cristalinas, tan definitivamente mías como dos ojos nuevos a través de los que podía mirarlo todo, mi rostro en el espejo y las caras de la gente que andaba por la calle, mis actos y mis pensamientos, pero también las acciones y las ideas de los demás, el día que mi hermano Ricardo madrugó para pedirle a

mamá que me dejara a solas con él. Aquella mañana, aunque él no lo supiera, dos lágrimas de Alejandro Casona se sentaron conmigo, y me hicieron compañía en la mesa del desayuno.

—No voy a consentir que vuelvas a poner un pie en ese club, Inés —y mientras lo decía, me cogió de las manos y las apretó con las suyas sobre el mantel—. Prométemelo, porque nunca te he prohibido nada, ya lo sabes, pero si no me obedeces, no me va a quedar más remedio que prohibirte esto.

—¿Por qué? —le pregunté—. Si allí no hago nada malo. Sólo voy a exposiciones, a conferencias, hay lecturas de poemas, conciertos...

—Sí, ya sé de quién —y su tono de voz se endureció—. Y a cuento de qué, eso también lo sé. El otro día, para celebrar la victoria del Frente Popular, cancioncitas, pianitos, poemitas, y tú allí, con una copa en la mano.

—Pero yo no lo sabía, Ricardo —me pareció extraño defender mi inocencia sin haber llegado a ser consciente de la naturaleza de mi delito, pero insistí de todas formas—. Aurora me dijo que íbamos a una fiesta, y yo...

—No quiero que vuelvas a ver a Aurora, Inés. No sigas por ese camino, en serio. Es... peligroso —volvió a apretar mis manos con sus dedos, se las llevó a la boca, las besó, y recuperó el tono cómplice, familiar, del principio—. Eres muy joven, hermanita. Has vivido muy poco, te has pasado la vida aquí encerrada, lo sé, lo he pensado muchas veces, no creas que no. Y yo he estado muy ocupado últimamente, me he volcado en la campaña porque era importante, muy importante, y no he estado pendiente de ti. Ahora me doy cuenta de que no he tenido en cuenta que tú... Tú no sabes nada de la vida, Inés, no podrías defenderte... Esa gente es peligrosa, tan corrosiva como el aguarrás, aunque te cueste creerlo. Pueden parecerte muy divertidos, pero no respetan nada, ni a Dios ni a nadie. Hazme caso, te lo digo por tu bien. Y además... —hizo una pausa, miró sus manos, las mías, frunció el ceño—. Esto no va a durar mucho más. Cuando España vuelva a ser libre, podrás ir a todas las exposiciones y los conciertos que quieras, te lo prometo.

Podría haberle preguntado muchas cosas, pero asentí con la cabeza y renuncié a decirle lo que pensaba. Podría haberle preguntado qué, quiénes eran en su opinión los que privaban a España de libertad justo entonces, cuando a mí me parecía más libre que nunca. Podría haberle preguntado

qué sabía él, qué iba a hacer para borrar de mi camino a la gente peligrosa, y qué peligros me acechaban en un lugar como el Lyceum Club, el club femenino más moderno de Europa, tanto que María de Maeztu había batallado durante meses para intentar que fuera mixto, sin convencer a la organización internacional que había fundado el modelo original. Allí, donde ya estaban volviendo del lugar al que todavía no habían llegado los demás, había aprendido verdades sencillas, tan inofensivas, como que la última declaración de mi prima Florencia —lo mejor de España es la gente que vive en los establos, ya os gustaría a vosotros ser tan elegantes como ellos— no era una estupidez, sino la expresión de una idea que compartía mucha gente muy culta, muy cosmopolita, muy brillante, y tan poderosa que sabía aguantarse las lágrimas que a mí me picaban en los ojos, aunque no llevaran una pistola escondida dentro de la americana.

Esa era la clase de corrosión que imperaba en aquel lugar al que Conchita Méndez llegaba conduciendo su propio coche, y donde otras señoritas, de excelentes familias, fumaban, bebían champán, hacían juegos de doble intención sobre su vida íntima y se esforzaban por tener una opinión sobre todas las cosas. De ellas, y de los hombres que circulaban a su alrededor a despecho de los estatutos, había empezado a aprender lo que eran el fascismo y el socialismo, el progreso y la reacción, el machismo y el feminismo. Pero, sobre todo, gracias a ellas, a ellos, había descubierto que al otro lado de la puerta de mi casa, existía un lugar que se llamaba el mundo, y que me gustaba mucho más de lo que había podido sospechar mientras lo miraba con el melancólico anhelo de la favorita de un sultán, privilegiada y cautiva al mismo tiempo, a través de unos visillos rematados con puntillas.

Aquella mañana, podría haberle hecho muchas preguntas a Ricardo, pero callé, porque sin haberlas escuchado nunca, ya conocía sus respuestas.

Por eso, el 18 de julio de 1936, cuando me enteré de que el Ejército de África se había sublevado, volví a escuchar, una por una, las palabras que me había dirigido sólo unos meses antes, y comprendí que sabía mucho más de lo que me habría gustado saber.

Sabía que mi prima Carmencita y sus amigas habían sembrado aquella sublevación con alpiste en los bailes del Casino.

Sabía que Ricardo y sus amigos la habían organizado en el despacho de mi padre. Sabía que, si triunfaba, se acabarían las mujeres que fumaban y conducían sus propios coches, los poetas guapos y rubios que besaban en

la boca a escritoras rubias y guapísimas delante de todo el mundo, los poetas morenos que tocaban el piano, y los dramaturgos de éxito que se emocionaban jugando con unos niños rotos y tiñosos mientras contagiaban sus sonrisas a una cámara. Lo único que no sabía era por qué me encontraba yo tan bien entre ellos, por qué sentía que aquel lugar me pertenecía, por qué aquellas costumbres, aquellas palabras, aquella manera de entender el mundo, la vida, todas las cosas, que repugnaban a mi familia, me atraían y me reconfortaban al mismo tiempo. No sabía por qué, cuándo, cómo había logrado mudarme al otro lado, acogerme a la hospitalidad de una orilla donde la oscuridad y la luz viajaban en dirección contraria a las que había conocido siempre, pero estaba segura de que, si los generales triunfaban, se acabaría el Lyceum Club, y ese mundo que aún no había logrado hacer completamente mío, se desharía entre mis dedos como una nube de polvo dorado, un espejismo tan bello y mentiroso como las caricias de un amante infiel, una trampa en la que yo ni siquiera había podido medirme todavía. Entonces, las lágrimas que temblaban en mis ojos, esas lágrimas que me acompañaban a todas partes como la promesa de una emoción que aún desconocía, se secarían para siempre, y nunca volvería a haber teatro en los pueblos que acababan de descubrir lo que era el teatro. Sabía que eso sería terrible, y que, a la vez, sería lo de menos, y que mis dos hermanos, tal vez también mi cuñado, estaban pringados hasta el cuello en aquel intento de acabar con la alegría de unos niños que jugaban al corro, porque sólo eso explicaba que estuviera sola, con Ricardo, en Madrid.

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