Jinetes en la tormenta
Prólogo
Diego Manrique
Jinetes en la tormenta
ePub r1.2
SoporAeternus 04.06.15
Título original: Jinetes en la tormenta
Diego Manrique, 2013
Editor digital: SoporAeternus
ePub base r1.2
Il tuo bacio è como un rock.
PRÓLOGO
Llegué de noche a Los Ángeles, tras cambiar de avión en Nueva York. Alguien me iba a recoger, pero no vi ningún cartel con mi nombre. En pocos minutos, me quedé solo en aquella sala del aeropuerto. Me acerqué cauteloso a la salida. Ni taxis ni nadie a quién preguntar.
Uno de los síntomas de la enfermedad del musiquero es la recurrencia de canciones, como si tuvieras en la cabeza un juke box caprichoso. Enmarcas lo que está ocurriendo en algo que descubriste muchos años antes. Aquella noche, no podía dejar de evocar el «Riders on the storm». Y no la versión canónica, de los Doors. Lo que sonaba era la incluida en un disco de recitados de Jim Morrison. Se escucha a Morrison hacer una llamada. Usa la jerga hippy pero no transmite paz + amor. Explica sucintamente que acaba de volver a la ciudad. Ninguna novedad. Bueno, sí: hizo autostop y subió al coche de un desconocido. El tipo se propasó y tuvo que matarle. Nada importante.
De repente, un coche quemando llanta. No tuve tiempo ni de asustarme: «¿Diego, no? ¡Bienvenido a Los Ángeles! Disculpa el retraso, he tenido un día del carajo». Al volante estaba José Menéndez, nacido en Cuba y directivo de RCA Records, la discográfica que organizaba el viaje.
Un inciso. En aquellos años, no era demasiado habitual que un periodista europeo viajara hasta California simplemente para entrevistar a un cantante (un grupo, en mi caso). Así que los disqueros estadounidenses se esforzaban por hacerte agradable la estancia. Muy diferente de lo que vivías —y vives— en Londres, por ejemplo. Te podías pasar todo un día en unas oficinas, esperando la llegada de alguna estrella, y a los británicos jamás se les ocurría que conservabas el saludable hábito de comer. Mínimo contacto humano.
¡Qué diferencia! José Menéndez me había seleccionado un buen hotel y, una vez me cambié de ropa, insistió en llevarme a un diner. Estaba dispuesto a acompañarme a diversas atracciones turísticas y se decepcionó cuando le di las gracias y expliqué que no era precisamente mi primera visita a California. De todas formas, insistió, una vez hubiéramos resuelto el asunto de la entrevista, quería que cenara con su familia.
Finalmente, tuve que renunciar a la invitación: no se lo expliqué —mejor no confesar los vicios—, pero prefería husmear entre las tiendas de discos y librerías de la ciudad, abiertas hasta bien entrada la noche. No volví a saber de José Menéndez hasta bastantes años después. Desde la RCA española, la persona que había coordinado mi viaje me comentó que Menéndez había sido asesinado.
Sí, exactamente, era el protagonista de aquel caso que fascinaba a los periódicos. Ay, no me había fijado en el nombre; además, le describían como un ejecutivo del negocio del vídeo. Menéndez, me explicó, tras abandonar RCA, se enriqueció con el fenómeno del VHS. Disfrutaba de una mansión en Beverly Hills hasta la noche del domingo 20 de agosto de 1989, cuando él y su mujer fueron tiroteados.
Durante unos meses, se habló de asesinatos mafiosos (ya saben, el mundo de la farándula y sus amistades peligrosas). Hasta que se destapó que los autores fueron Lyle y Eric, los hijos de la pareja. Dos descerebrados que ansiaban gastarse los ahorros familiares, algo que hicieron con deleite. Hasta que Eric, el pequeño, confesó la verdad a su psicólogo; Lyle amenazó al profesional y este acudió a la policía.
Los Menéndez están condenados a cadena perpetua. Cuando me encuentro con su nombre (leo que atraen a mujeres fantasiosas), retrocedo a aquella noche en el LAX, tan desierto y tan inhóspito. Yo temía al asesino en serie que se menciona en la letra de «Riders on the storm», pero la realidad es, simultáneamente, más prosaica y más terrorífica.
Las canciones, saben ustedes, son mentira. Pero se trata de una mentira dulce. Así que vale la pena seguir su pista. Y la de sus creadores.