Juego mortal
Capítulo 8
A Kathleen Melody Dungan no le ha gustado mi carta. Ha estado
llorando y contándoselo a su hermana en Great Neck, Míchigan. También se lo ha contado a la policía. Les ha dicho que temía que alguien quisiera hacerle daño a Fiona. No lo entiendo. Yo solo he dicho que esperaba que no estuviera triste.
He observado a Kathleen y a Fiona unos segundos y he descubierto que
la gente tiene ojos de más. A veces los llaman cristales y a veces los llaman visores. A veces sacan imágenes de sus visores y puedo verlas. Pero puedo ver las imágenes incluso aunque no las saquen. Puedo ver las imágenes todo el tiempo. Al principio, no comprendía las imágenes, pero ahora sí. He visto a Fiona y a Kathleen llorar mucho y estar tristes. He dejado de observarlas.
Mark estaba durmiendo cuando la alarma de su visor lo despertó. Una luz titilando en el borde de su visión le indicó que tenía un mensaje urgente.
—Reproducir mensaje —ordenó Mark.
Oyó una agitada voz de mujer.
—Tu amigo necesita ayuda. Por favor, ven a la iglesia de las Siete Virtudes. Rápido.
Nervioso, Mark se vistió, bajó las escaleras de puntillas y salió a la cálida noche. Una rápida búsqueda en red le indicó la ubicación de la iglesia, que estaba situada justo por encima de la línea de la inundación. ¿Sería Darin? ¿Quién era la chica? Vio que el mensaje provenía de un nodo público del interior de la iglesia. Mark lo eliminó para borrar así el registro de su fuente. Esa chica no sabía lo que era la seguridad. Por lo menos, no había mencionado el nombre de Darin.
Utilizando su visión nocturna para navegar, Mark anduvo por las calles más pequeñas y recónditas. Mientras caminaba, buscó nodos de alerta de los Ejecutores de la Seguridad y pronto descubrió lo que había sucedido en La Corteza aquella noche, al menos la versión de los soldados.
Encontró la iglesia, pero en lugar de entrar por la puerta delantera sin estar preparado, prefirió rodear el edificio. Nada de luces. Finalmente, eligió una pequeña puerta lateral, la encontró abierta y accedió al interior. Se encontró en una alcoba que se abría hacia un santuario principal que no tenía bancos pero sí hileras de catres improvisados que la hacía parecer más un hospital de campaña que una iglesia.
Darin yacía inmóvil en uno de los catres que tenía cerca. Una joven estaba inclinada sobre él.
—¿Quién eres? —preguntó Mark.
La joven se sobresaltó y miró hacia la oscuridad.
—¿Mark? —preguntó ella.
Él se acercó.
—Sí, soy Mark. ¿Quién eres tú?
—Lydia Stoltzfus. Te lo explicaré todo después. —Miró a Darin—. Necesita ayuda. Pensé que era solo una nariz rota, pero ha perdido la consciencia mientras subíamos la colina. No sé si por la pérdida de sangre o si se trata de algo peor.
Mark miró a Darin y tragó saliva con dificultad. Tenía toda la cara aplastada, como hundida. Se preguntó qué había tenido que ver Lydia con esas lesiones y cómo habían llegado hasta allí, pero no quería perder tiempo haciendo preguntas.
—Bueno, no podemos llevarlo a mi casa; mi padre quiere verlo en la cárcel. Y todos los artistas modis que conozco lo delatarían y se lo dirían a mi padre.
—¿Y si les pagaras a cambio de su discreción?
El tono de Lydia era apremiante, pero controlado, y eso impresionó a Mark. Quienquiera que fuera, estaba claro que había llevado a Darin hasta allí sin llamar la atención de los guardias, y que no podía haber sido fácil.
—Podría intentarlo —convino Mark—, pero sería un riesgo. Podrían llevarse mi dinero y decírselo a mi padre de todos modos.
—Tiene que verlo alguien.
—Ya lo sé. De acuerdo, llamaré a Whitson Hughes. Es un médico muy respetable y, hasta donde yo sé, nunca se ha metido en política. Dudo que aceptara un chantaje, pero seguro que tampoco contará nada.
Mark hizo la llamada.
—Doctor Hughes, soy Mark McGovern. Hay una emergencia, ¿puede ayudarme?
—¿Dónde estás, chico? ¿Estás herido?
—Estoy en la iglesia de las Siete Virtudes, en la Treinta y cuatro con Water, y señor, por favor, sea discreto.
Hubo una larga pausa y entonces se escuchó:
—Allí estaré.
Mark se giró hacia Lydia.
—Viene de camino. Aunque, por lo que sé, también viene una brigada de soldados.
—Has hecho lo que has podido. Gracias. No sabía en quién más confiar.
—Hablando de confianza, me has dado tu nombre, pero ¿quién eres? ¿De qué conoces a Darin?
—No hay mucho que contar. Nos conocimos hace unos días. Estaba en un club con él cuando... —Se aclaró la voz—. ¿Crees que sobrevivirá?
—No lo sé, Lydia.
Ella era otro misterio. ¿Era una novia? ¿Por qué no la había mencionado Darin? Vestía más a la moda de lo que se esperaría de una chica comber, pero no tenía modificaciones que él pudiera ver, ni siquiera un visor. Se quedaron en silencio observando a Darin hasta que alguien llamó a la puerta y los sobresaltó.
Mark la abrió y condujo a su interior a un sorprendido Whitson Hughes. Hughes era un hombre grande y brusco, con un rojizo cabello leonino y sutiles modificaciones. Sin colores chillones, ni brillos ni elegancias, pero sí con un segundo pulgar en cada mano y pliegues de piel en el cuello que permitían que su cabeza girara trescientos sesenta grados. Cuando vio a Darin en el catre, apretó los labios formando una fina línea.
—No participaré en ninguna actividad criminal —advirtió—. Tengo un canal abierto con el cuartel general de los ejecutores; por favor, dame una razón por la que no debería usarlo.
—Señor, Darin es inocente. Es una cabeza de turco. Mi padre quiere culparlo de los recientes crímenes para limpiar su imagen política.
—Me inclino a permitir que sean los tribunales los que decidan eso.
—Pero está herido. Si tiene que delatarlo, al menos ayúdelo primero. Es un comber. Ya sabe la amabilidad que le mostrarían los mercs.
Hughes pensó en ello.
—Haré lo que pueda por ayudarlo —cedió—, y después decidiré. Ahora, por favor, dejadme algo de privacidad con el paciente.
Mark y Lydia se dirigieron a la antesala de la iglesia y se sentaron juntos bajo la casi total oscuridad que reinaba en la estancia.
—¿Estás bien? —le preguntó Mark.
Lydia soltó una breve carcajada.
—No estoy herida, si te refieres a eso. Pero unos hombres con pistola acaban de interrumpirme una cita. —Se detuvo—. Nunca había visto asesinar a nadie.
—¿Asesinar? ¿A quién han asesinado?
—Al hermano de Darin, entre otros.
—¿A Vic? ¿Por qué?
Lydia le narró lo sucedido.
Durante unos momentos, con la mirada perdida, Mark no pudo decir nada, pero finalmente preguntó:
—¿Lo sabe Darin? ¿Sabe que está muerto?
Lydia asintió.
—No había duda.
—Ya estaba furioso —dijo Mark—. No puedo imaginar lo que le supondrá esto. —Le dio un golpe al banco en el que estaban sentados—. ¿Por qué no han podido dejarlo tranquilo?
—¿Vic y él estaban muy unidos?
—Darin ha estado luchando contra la desigualdad de clases desde que Vic enfermó; eso es lo que lo ha empujado a actuar. Y esto... creo que lo pondrá al límite.
—Pero ¿por qué siguen detrás de él? A ti te han soltado.
—A mí me han soltado porque mi padre ha utilizado su influencia. Darin y yo somos igual de culpables.
—¿Culpables? Pero acabas de decirle a ese artista modi que Darin era inocente.
—Es inocente de los cargos que le imputan. Inocente de asesinato intencionado. Pero los dos somos responsables de lo que sucedió. Nuestra gamberrada permitió que un programa malicioso se colara en la red y, como resultado, ha muerto mucha gente.
—¿Cuánta?
Mark soltó un suspiro. Conocía la respuesta, pero nunca la había dicho en voz alta. Era demasiado horrible, y escucharlo lo haría real. Finalmente, dijo:
—Trescientas veintisiete personas.
La oyó contener un grito ahogado en la oscuridad.
—No puedo imaginarme tantas muertes —dijo él—. Cuesta creer que haya pasado algo así.
Mark se preguntó por qué estaba contándole todo eso en la oscuridad a una completa desconocida. Tal vez se debiera precisamente a eso; era una extraña, una anónima en la oscuridad, como si se tratara de una confesión católica. Pero ella no era un sacerdote y no ofrecía absolución.
El silencio se prolongó. Se dio cuenta de que la chica no sabía qué más decir, así que era el momento de cambiar de tema.
—Entonces, ¿Darin y tú...?
—No. No lo sé. Tal vez. Acabo de conocerlo.
—¿Te había pedido salir antes de hoy?
—Sí, pero estaba demasiado ocupado escapando del arresto como para quedar conmigo.
—¿Qué piensas de él?
Ella se quedó en silencio un momento y después dijo:
—Se preocupa.
—¿Por ti?
—Por todo. Por la ciudad en la que vive, por la injusticia y por la opresión. No se queda sentado sin hacer nada mientras hay tantas cosas que están mal en el mundo.
—Es verdad —reconoció Mark—. Una vez me dijo que Vic era un ciudadano más productivo que yo porque, aunque ninguno de los dos desempeñaba ninguna función útil, al menos Vic no derrochaba más que sus recursos.
Unas pisadas anunciaron el regreso de Whitson Hughes.
—Seguirá inconsciente unas horas —dijo Hughes—. Se le ha metido una astilla de hueso en el cerebro. No creo que tenga daños permanentes, pero he tenido que regenerarle bastante carne.
Siguieron a Hughes hasta el interior del santuario. Fuera, el cielo comenzaba a iluminarse y salpicaba una tenue luz a través de las hileras de ventanales góticos. Mark vio a Darin aún tendido en el mismo catre; su cara estaba reestablecida. Pero pasaba algo. Se acercó y se detuvo, impactado. La nueva cara no era la de Darin.
—¿Qué le ha hecho?
—No cuestiones mi trabajo, muchacho —respondió Hughes—. Era el único modo. Las caras son delicadas, más un producto del estrés y práctica que de ADN. No he podido reproducir el original. Además, por lo que sé, un rostro anónimo podría venirle mejor.
—No le va a gustar —dijo Mark.
Hughes frunció el ceño.
—Está vivo. Ahora, me voy a casa a dormir un poco. Volveré en una hora o dos para ver cómo evoluciona.
Se marchó. Mark escrutó de nuevo el rostro de Darin. Era mejor que la muerte, claro, o que la desfiguración, pero a Darin no le haría ninguna gracia. El nuevo rostro era atractivo, con una nueva y suave piel y rasgos afilados, pero no era la clase de cara que uno veía por debajo de la línea de la inundación, sino una de esas por las que los ricos pagaban. Era una cara de rimmer.
—Podría ser peor —dijo Lydia.
—Espero que él piense lo mismo.
Se sentaron juntos en un banco adosado a un muro. De pronto, Mark sintió la incómoda sensación de estar solo en la oscuridad con una chica a la que apenas conocía. ¿Debería marcharse? Probablemente no; ella no querría ser la única persona despierta en ese inmenso y viejo santuario.
Tras un instante de silencio, Lydia dijo:
—No esperaba verme en una iglesia de nuevo tan pronto.
Mark intentó distinguir su expresión en la penumbra.
—¿Una mala experiencia?
—Podría decirse. Me echaron de la Iglesia en la que crecí.
—¿Por qué?
—Me vieron con un hombre. —Se rió amargamente—. Seguro que esto te resulta ridículo, ni siquiera estábamos haciendo nada. Estábamos besándonos. Bueno, fue un poco más que eso, pero no mucho.
—¿Te echaron de la Iglesia por besarte?
—Querían que nos casáramos, pero yo no quería.
—¿Por besarte?
—Se toman sus leyes muy en serio. Es lo que evita que queden «contaminados» por los ingleses, por los de fuera. Cuando era pequeña, apenas sabía que había un mundo fuera de Lancaster.
—¿Entonces creciste sin modis y sin electricidad?
—Sin electricidad, sin fontanería, sin herramientas mecánicas, sin imágenes en las paredes. Ni encaje, ni sombreros, ni cinturones o botones. Todo según se ha hecho durante siglos.
—Entonces todo esto es... —Mark arrastró la mano como si estuviera refiriéndose a la ciudad.
—Bastante sobrecogedor.
El sol empezaba a alzarse y luces de colores reptaron lentamente por el suelo. Lydia bostezó y se rascó la nuca mientras giraba la cabeza de un lado a otro.
—¿Dónde te alojas? —preguntó Mark.
—Con mi tía. Es la oveja negra de la familia. Se marchó de casa cuando mi madre era pequeña y se casó con un rico empresario. Mi familia habla de ella como si estuviera muerta.
—¿Y de ti?
Lydia vaciló.
—Sí, supongo que dicen lo mismo de mí. Mi padre lo hará, seguro. Mi madre por lo menos escribió a la tía Jessie y me buscó un sitio al que ir. —Suspiró—. Ahora mi hogar es Filadelfia.
—¿Qué le pasó al chico?
—¿Qué chico?
—El chico por cuyo beso arriesgaste toda tu vida. ¿Qué le pasó? ¿Cogió lo que quería y te dejó enfrentándote sola a las consecuencias?
—La culpa fue mía. Supongo que estaba tan prohibido que me pregunté a qué venía darle tanta importancia. Él era inglés, el hijo de un granjero que comerciaba con nosotros. Vino a casa una mañana; mis padres estaban ayudando a un vecino enfermo a ordeñar sus vacas.
—¿Entonces lo besaste así, sin más? ¿De pronto?
Lydia lo miró y, por primera vez, Mark advirtió un brillo de flirteo en ellos.
—A él no es que le importara, precisamente. Entramos en casa, empezamos a... bueno, y entonces llegó mi padre.
A medida que la luz aumentaba, Mark podía ver mejor: un rostro anguloso y un cabello largo y natural que caía sobre sus hombros proyectando una línea de sombra sobre su cuello. Entendía por qué Darin se había sentido atraído por ella. Poseía una belleza natural, intensa, que no tenía nada que ver con la belleza de las chicas rimmer de su edad.
Lydia lo miró a los ojos y echó la cabeza atrás un centímetro, con un gesto más serio y cauteloso. Pero Mark no tuvo oportunidad de llegar a comprender esa nueva reacción ya que Ridley Reese entró por la puerta hablando casi a gritos.
—No hay tiempo que perder —les decía a las chicas que la iban siguiendo—. Vamos a vernos desbordadas en cualquier momento. ¿No ha llegado ningún médico aún? Veronica, empieza a hacer llamadas; y, Savannah, pon rectas esas filas, si eres tan amable. Ah, hola, Lydia, tienes que contarme cómo te ha ido con míster...
Enmudeció al advertir la presencia de Mark.
Lydia la miró y se encogió de hombros.
—Ha pasado por aquí para ayudar con la clínica.
Pero Ridley seguía mirando, de arriba abajo.
—Quiero que me lo cuentes todo después, ¿prometido? —Al instante, se puso manos a la obra y comenzó a señalar los bancos que quería que se apartaran.
Mark entró en la estancia donde Darin seguía tendido inmóvil. Lydia lo siguió.
—Hay mucho que hacer —dijo—. Debería ayudar a Ridley a preparar las cosas.
—¿De qué va todo esto?
—Es una clínica de modis gratuita para la gente que no puede permitírselo. Esas chicas y yo la hemos fundado. Por eso se me ha ocurrido traer aquí a Darin. No podía llevarlo a casa de la tía Jessie.
—Ve tú —dijo Mark—. Yo me quedo con él. No quiero que se despierte sin tener a un amigo cerca.
—Gracias. Y gracias por venir.
Le tendió una mano y él la estrechó.
—Me alegro de haberte conocido.
Formaban una divertida pareja, pensó Lydia. Mark era tan amable y modesto como enérgico y apasionado era su amigo. No le había contado a Darin ni la mitad sobre sí misma de lo que acababa de contarle a Mark; la conversación con Darin había sido sobre ideas y filosofía. Mark se limitaba a hacer preguntas y a escuchar las respuestas.
Bordeó el santuario intentando aclarar su mente. No era momento de estar pensando en chicos; había trabajo que hacer. Mientras preparaba las cosas, afuera la multitud iba en aumento, hasta el punto de que se asomó por la ventana y no pudo distinguir los límites. Los escalones estaban abarrotados y la gente comenzaba a hacinarse por todas partes. Por el momento estaban siendo civilizados, pero eso no podría durar.
—¿Estamos listas? —gritó Lydia.
—¡Que pasen! —respondió Ridley, y Lydia abrió la puerta.
Entraron en el nártex, lo llenaron y accedieron al santuario. Había cientos de ellos, pero las chicas lo habían previsto y estaban preparadas. Colocaron a la multitud en una fila que rodeaba el santuario e indicaron a los primeros que ocuparan los catres. Los médicos modi comenzaron a hacer su trabajo.
Al fin regresó Whitson Hughes, sacudiendo su mata de pelo con frustración, y pidió un hueco para él. Los médicos extendían y aplicaban celgel con una velocidad profesional. La mayoría de los tratamientos eran mera rutina, secuencias precodificadas, y por razones médicas más que estéticas, por lo cual no requerían ni creatividad ni un cuidado especial. Aun así, los procedimientos llevaban su tiempo y el puñado de médicos con el que contaban no podía hacer más.
Lydia observaba a la muchedumbre que esperaba en el exterior; la mayoría todavía no podía entrar en el edificio, pero se mantenía calmada. Pasó una hora y la fila avanzó, aunque lentamente. Lydia se encontró con poco que hacer más que observar.
Darin seguía sin mostrar señales de que fuera a despertarse. Ella acudía con regularidad a ver cómo se encontraba, pero cada vez que lo hacía, Mark negaba con la cabeza. No había cambios.
Un grito desde el extremo norte del santuario la llevó hacia allí, pero no era más que Ridley hablando furiosa con alguien por un canal de red, sin molestarse en hacer que fuera una llamada privada.
—¡No! No iré a casa. Esta gente necesita ayuda y voy a ayudarlos. Son personas, madre, no animales. Iré a casa cuando los haya ayudado a todos, y no, un momento... ¿qué? No puedes hacer eso. Dile que no puede. Esto es una reunión pacífica, no es nada ilegal. ¡Habla con él, por favor!
De pronto, Ridley estaba llorando.
—¡Te odio! —gritaba—. ¡Te odio!
Alzó la mirada, vio a Lydia y, bruscamente, se secó las lágrimas con una manga.
—Vamos a tener compañía.
—¿Quién?
—Mercs. Mi padre tiene contactos en el Consejo de Justicia. Les ha dicho que hay una manifestación aquí.
Una chica comber tiró de la manga de Lydia.
—¿Señorita Stoltzfus?
Lydia la ignoró.
—Seguro que cuando vengan verán que no es cierto.
—No. Nos harán cerrar y echarán a todo el mundo. ¡Tenemos que hacer algo!
—No sé qué podemos hacer.
—¡Fíjate en toda esa gente! Estamos haciéndolo, Lydia, ¡estamos cambiando las cosas! —Las lágrimas brillaban en sus ojos—. No dejaré que nos paren.
—Pero están armados, Ridley, y toda esta gente... —Lydia se giró exasperada hacia la chica comber, que seguía tirándole de la manga y diciendo su nombre—. ¿Qué quieres?
—Señorita Stoltzfus, es Mark McGovern; me ha dicho que venga a buscarla. Su amigo ha despertado.
Alastair no esperaba encontrarse a Marie Coleson en la puerta de su consulta. Ni siquiera la reconoció hasta que ella le estrechó la mano, se presentó y le presentó a su amiga. ¿Cómo lo habría encontrado? Sonrió, intentando actuar con naturalidad.
—¿Puedo ayudarlas, señoras?
—Conoció a mi marido, Keith Coleson. Trabajó para usted en Norfolk.
Control. No pierdas el control. No puede saberlo.
—Coleson. Sí, lo recuerdo. Por favor, pasen. Siéntense.
Se acomodaron en las sillas de su sala de espera.
Marie Coleson. La había visto en persona únicamente en una o dos ocasiones, aunque había visto su fotografía en el escritorio de Keith incontables veces. Una marine, al parecer. El uniforme le sentaba bien, aunque ni la mitad de lo bien que le sentaba a su amiga. Alastair se giró hacia Pamela Rider y arrastró la mirada sobre sus botones, costuras e insignias. El adusto exterior no podía ocultar su cuerpo, y esas suaves curvas aprisionadas en una áspera tela no hacían más que aumentar el efecto. A algunas mujeres les ponía nerviosas que las admiraran abiertamente, así que él no lo hizo con discreción. Se humedeció los labios mientras la observaba de arriba abajo y, a cambio, recibió una fría mirada.
—Señor Tremayne —dijo Marie—, estoy segura de que recuerda que mi marido murió hace unos dos años, poco antes de que su laboratorio cerrara.
Muy a su pesar, Alastair volvió a centrar su atención en ella.
—Sí, fue un accidente de flier, ¿verdad? Muy triste.
—¿Sabe...? —comenzó a decir, y volvió a intentarlo—: Esto puede parecer extraño, pero intento descubrir si Keith tuvo alguna relación con otra mujer antes de morir.
—Señora Coleson —dijo Alastair intentando parecer compasivo—. Yo era su jefe, no su confidente. Si su marido le era infiel, yo no tenía conocimiento de ello. Nuestra relación era estrictamente profesional.
—Pero trabajaba con él cada día. ¿Mencionó a otras mujeres? ¿Se marchaba a horas extrañas? En ese laboratorio trabajaban menos de una docena de personas; ¿quién estaba cerca de Keith? ¿En quién podría haber confiado?
Alastair buscó una respuesta adecuada. Lo último que quería hacer era remitirla a los demás empleados, empleados que podrían olvidar las grandes recompensas que recibieron a cambio de su discreción.
—Lo lamento, señora Coleson, pero no lo sé. La idea general del negocio fue mía, y también el patronazgo, pero no la implementación diaria. Tenía otros intereses comerciales que dirigir y pasaba poco tiempo en el laboratorio.
Marie se apocó y él pudo verlo. Se habría marchado en ese mismo momento, estaba seguro, pero la guapa insistió:
—¿En qué estaban trabajando en ese laboratorio?
—En una quimera —respondió—. Una apuesta noble, que al final resultó fallida, por la inmortalidad.
—¿Empleando qué tecnología?
—Mentes virtuales, personalidades digitales; se las ha llamado de muchas formas. Teníamos ideas para resolver algunos de los problemas de este campo, pero la tecnología modi evolucionaba demasiado deprisa y nosotros nos quedamos sin fondos.
—Entonces, ¿el cierre no tuvo nada que ver con la muerte de Keith?
—No, en absoluto. Habríamos cerrado ese mes de todos modos.
—Y ahora se ha unido a la competencia.
Alastair esbozó una sonrisa de nuevo, aunque cada vez era más fina.
—La tecnología modi es el campo donde se producen todos los avances actualmente. Ahora, a menos que puedan interesarles algunos de mis servicios...
—Una pregunta más —dijo Marie—. En Norfolk, subcontrató los empleados de su laboratorio a Industrias Lakeland.
—Sí, creo que sí. —¿Adónde querían llegar?
—Según sus informes, les pagó unas cuantiosas pagas extraordinarias por fin de año a sus empleados antes de que cerrara el laboratorio.
—Esos son informes privados, señora Coleson. Podría hacer que presentaran cargos contra usted.
—A todos los empleados menos a mi esposo.
—Naturalmente. Estaba muerto. Lo lamento, pero no hay razón para pensar que él pudiera recibir una compensación adicional. Si ha venido aquí esperando que le dé dinero...
—Eso es lo curioso. Los cheques fueron redactados y firmados el diez de diciembre, más de dos semanas antes de su muerte. Aun así, su nombre no aparecía.
Alastair se quedó impactado. No podía haber sido tan tonto. Pero entonces lo recordó.
—Su marido rechazó el bono.
—¿Por qué haría algo así?
—Le importaba el proyecto. Sabía que estábamos pasando por una situación económica complicada y quería colaborar de ese modo.
—¿Y cómo podía un proyecto en una situación económica complicada permitirse pagar tales gratificaciones?
Alastair se levantó, ahora furioso, utilizando su estatura para eclipsarlas a las dos.
—Señora Coleson, si tiene alegaciones que hacer sobre el manejo de mi empresa, puede presentarlas ante el Consejo de Negocios de Norfolk. De lo contrario, no tengo nada más que decir.
Las miró. Sin palabras, las mujeres se levantaron y salieron. Alastair tuvo que contenerse para no dar un portazo.
Pero lo más descabellado de la cuestión era que era cierto. Keith había rechazado aquella paga. Siempre había creído en la causa, había sido un trabajador apasionado y, precisamente por ello, había sido tan fácil de manipular. Se había imaginado en el umbral del mayor adelanto de la historia humana y ningún sacrificio le había parecido demasiado grande.
Ahora estas mujeres habían husmeado y habían encontrado una incoherencia, algo suficientemente sospechoso como para garantizar una investigación. Por mucho que pudiera explicarlo, no podía permitir que investigaran los informes del laboratorio. Tendría que hacer algo...
El rostro del espejo no era el suyo. Una cara inmaculada se reflejaba infaliblemente en el inmaculado espejo, pero no era la suya. Sus esperanzas se habían venido abajo. Sus sueños se habían derrumbado. En un día había perdido a Vic... ¡y ahora su cara! ¿Quién iba a seguirlo ahora? ¿Cómo podría aunar apoyos para su causa? Parecía un rimmer.
Darin se puso de pie y apartó la mano de Mark de un golpe cuando este intentó ayudarlo.
—No me toques. ¿Dónde está Lydia?
La chica apareció, con los ojos bien abiertos, tan preciosa como siempre, y él se estremeció, queriendo ocultar su rostro en un saco.
—Lydia. Ayúdame a salir de aquí.
—Deberías quedarte a descansar —dijo ella.
—No necesito descansar. Mira lo que me ha hecho. No me quedaré aquí, no con él.
Lydia y Mark se miraron. Darin percibió la expresión que compartieron y de pronto lo entendió. Miró a Lydia.
—Se lo has dicho.
Ella arqueó las cejas.
—¿Qué?
—Les has dicho dónde encontrarme. Te reuniste conmigo en el club y después me delataste.
—No digas tonterías —lo reprendió Mark—. Casi se ha matado trayéndote hasta aquí.
Darin dio un paso atrás mirándolos como lo que eran: rimmers, los dos.
—Estabais metidos en esto juntos —los acusó. Ahora lo veía muy claro—. Claro que sí.
—No es una conspiración —dijo Mark.
—¿Y cómo, si no, han sabido que estaba aquí? ¡Se lo has dicho tú! —Avanzó hacia Lydia—. ¿Ya estás contenta? ¿Ves lo que has conseguido? Vic está... —Su voz se apagó al intentar contener las emociones—. Lo has matado.
—Ella te ha ayudado —dijo Mark—. El club se enfrentó a los mercs; si no te hubiera traído aquí, también podrías haber muerto tú.
Darin vio sus expresiones de compasión y se fijó en la escena que lo rodeaba: la multitud de combers, los catres, los médicos modi. Así que eso era para ellos: una causa benéfica. Lo delatan, lo rehabilitan y lo convierten en un buen ciudadano.
—Oh, claro —dijo—. Los dos me habéis ayudado mucho. Como Dios desde su cielo. Dadme algo de dinero y así podréis solucionar todos mis problemas.
—No ha sido así —intervino de nuevo Lydia—. Estabas herido. No tiene nada que ver con lo pobre que eres.
—Vic está muerto por lo pobre que soy. Todo lo que me ha sucedido ha sido por lo pobre que soy. Habláis sobre las difíciles condiciones de los trabajadores, organizáis colectas de comida para los pobres y después os sentís bien con vosotros mismos. Pero no sois como nosotros. No son vuestros seres queridos los que están muriendo para que los rimmers puedan vivir.
Darin empujó el catre y el armazón de metal chocó contra el suelo de piedra.
—Siento lo de tu hermano —dijo Lydia—. Lo siento mucho.
—¡No quiero tu compasión!
Intercambiaron miradas de nuevo: preocupadas, compasivas.
—Rimmer. Hasta la médula. Debería haberlo visto antes.
Fue tambaleándose hasta la puerta y la abrió. Caía una fina lluvia. Para su alivio, no lo siguieron. Encontró su jetvac tirado en la puerta y le dio una patada para arrancarlo. Delante de la iglesia, una multitud se daba empujones para cobijarse de la lluvia, pero él se abrió paso y bajó la ladera en diagonal.
De vuelta a los Combs. De vuelta con su propia gente, con su propia clase. Allí no tenía amigos.
Lydia gruñó de frustración.
—¡Menudo orgulloso...! —No sabía cómo terminar.
A su lado, Mark sacudió la cabeza.
—Me siento fatal por él.
—Yo no. —Le habían hecho daño, sí, y había perdido a su hermano, pero Mark, ella e incluso el doctor Hughes habían arriesgado su vida por él, y él los había tratado como si fueran enemigos—. Lo he arrastrado hasta aquí, esperando en cualquier momento que un merc me atravesara la espalda con un proyectil. Si no lo valora y no lo agradece, que se quede solo.
—No podemos juzgarlo por lo de hoy. Quien hablaba era su dolor y el impacto que le ha producido la muerte de su hermano.
—No estoy segura —dijo Lydia. Ahora estaba enfadada con los dos; con Darin, por ser tan cabezota, y con Mark, por excusarlo. Pero un estallido amortiguado, seguido por gritos de la multitud, interrumpió sus ideas.
El bullicio dentro del santuario se paralizó; podía escucharse un sonido como de burbujeo y pisadas. Después, se abrieron las puertas principales, y una masa de gente aterrada entró a empujones, volcando mesas y catres y haciendo que las chicas que habían estado gestionando a los pacientes se dispersaran.
—Rápido —dijo Mark—. Arriba.
Al otro lado de la alcoba donde había dormido Darin había un tramo de escaleras de piedra que se retorcía hacia la parte más alta de la iglesia. Un campanario clásico coronaba el edificio, recordó, aunque no había campana. Siguió a Mark por las escaleras y después otro tramo más hasta que llegaron a la torre. Ahora la lluvia caía con más fuerza y el viento sacudía sus rostros. Miró hacia abajo.
Un grupo de mercs hizo que la multitud se dispersara, algunos lograron entrar en la iglesia, pero la mayoría no pudo. Bolas de espuma chisporroteaban en vano, ya que la lluvia evitó que se expandieran. Uno de los mercs habló a la multitud; su voz amplificada resultaba perfectamente nítida incluso para Lydia y Mark, que estaban tres pisos más arriba.
—Esta clínica queda cerrada por orden del colectivo de los consejos de la ciudad de Filadelfia. Se pide a todos los ciudadanos que se retiren.
Nadie se movió. La gente, malhumorada y empapada, no empujó hacia delante, pero tampoco se marchó. Los soldados apuntaron sus armas.
—No son letales —dijo Mark—. Sirven para detener a la muchedumbre, pero no matarán a nadie.
Lydia lo miró sorprendida.
—¿Cómo puedes verlo desde aquí?
En respuesta, él se señaló el extremo de un ojo y ella cayó en la cuenta: modis.
—¿Crees que lucharán?
Mark sacudió la cabeza.
—Son pistolas térmicas de microondas. Pueden cocerte la piel si estás cerca, pero no lo harán. Se dispersarán. La clínica está cerrada.
Lydia se alegró. Odiaba ver todo ese trabajo interrumpido, pero tampoco quería violencia. Ya había visto bastante en ese club la noche anterior.
Un ruido que venía de abajo hizo que volviese a mirar. Ridley Reese, gritando, estaba golpeando con los puños a uno de los mercs. Solo unas cuantas palabras de su acalorada perorata llegó hasta la torre:
—Nos quedaremos aquí hasta que... tenemos todo el derecho a... cobardes...
Para horror de Lydia, Ridley sacó una pistola táser del cinturón del sorprendido guardia y le disparó a la cara. El arma no producía ninguna descarga eléctrica a menos que la manipularan las manos de su propietario, así que el ataque no hirió al hombre. Pero, en respuesta, él disparó su pistola araña a una distancia muy corta, apuntándole al abdomen, y la hizo caer al suelo.
Después, Lydia no vio nada más que un embarrado caos y a cada merc rodeado por una burbuja de humanidad y disparando, hasta que esas burbujas los engulleron. La multitud corrió hacia la iglesia. Al momento, una jadeante Veronica se reunió con ellos en la torre seguida por más chicas y varios médicos, Whitson Hughes entre ellos.
—Cerrad las puertas —dijo él—. Bloqueadlas con todo lo que podáis.
—¿Por qué? —preguntó Lydia—. No somos enemigos.
—La multitud no lo diferenciará. Los combers que hay abajo les revelarán nuestro escondite. Representamos al Gobierno, a los ricos... todo lo que odian. Si cruzan esas puertas, no nos libraremos.
Otro doctor cerró los ojos, murmuró algo por un canal de comunicación y después dijo:
—Viene ayuda de camino.
La torre tenía poco con lo que bloquear las puertas. Mark hizo una cuerda de un tapiz y la ató a los tiradores de la puerta. Había dos sillas, el único mobiliario, pero eran de fabrique y no se podían romper, así que las colocaron bajo los tiradores lo mejor que pudieron.
Unos hombres subieron las escaleras gritando y empujaron las puertas maldiciendo. Los atacantes se lanzaron contra la barrera una y otra vez, y consiguieron abrir un pequeño hueco. Un cuchillo se coló por él y comenzó a rajar el tapiz.
Y entonces llegó la caballería. Un flier rugía desde el norte y disparaba a la multitud que seguía en los escalones. Voló directo hacia la torre y se quedó suspendido mientras comenzaba a escupir soldados. La mayoría cayó seis metros hasta el suelo sin resultar herida, pero tres de ellos saltaron sobre la torre y se aferraron a la piedra con manos adhesivas. Entraron trepando y, de una patada, apartaron las sillas de fabrique justo cuando se soltó el tapiz. Las puertas se abrieron.
Los combers entraron en la sala directos hacia una descarga de proyectiles inteligentes que los hicieron pedazos. Los mercs bajaron las escaleras disparando y Lydia oyó cómo los gritos de rabia se convertían en gritos de pavor.
Minutos después, todo acabó. Un merc bajó por la escalera para guiarlos. Lydia lo siguió apoyándose en el hombro de Mark mientras se abría paso entre los muertos.
Las escaleras, pasillos, alcobas, el santuario, el nártex e incluso los escalones de piedra estaban cubiertos de cuerpos. Habían sido asesinados limpiamente, sin causar más daño al edificio de la iglesia que unas manchas de sangre en la alfombra.
Hemos venido para ayudar a esta gente, pensó Lydia, y ahora todos están muertos. Cuando estaba atrapada en la torre, apenas había tenido tiempo de tener miedo, pero entonces pudo sentirlo, como unas enormes y frías pinzas pellizcándole el estómago. Se dio cuenta, por primera vez, del frágil control que los consejos ejercían sobre la ciudad. Como la gran presa que frenaba al Delaware: dañada, parcheada, conteniendo apenas una oleada de violencia que podía arrasar la ciudad.
Y Darin estaba ahí afuera en alguna parte. Al otro lado.