La Agencia
El pelo oscuro se mantenía intacto y…
El pelo oscuro se mantenía intacto y brillante, tal como se lo había arreglado una hora antes. Para lo corto que lo tenía, le dedicaba un tiempo exagerado. Se sentía capaz de matar a quien le despeinara. Era probable que lo hubiera hecho, en otra época de recuerdos difusos. Las cejas arregladas al milímetro también seguían en su sitio. El rímel ultrafino potenciaba sus pestañas tal como esperaba y esas arruguitas en los ojos no se marcaban demasiado. El tiempo le estaba alcanzando, no cabía duda. Se observó la nariz y le pareció bellísima, luego el perfil de los labios, truncado levemente por una cicatriz de la infancia. Se preguntaba a menudo si sería posible borrarla con cirugía. La edad no perdona, pero aún es pronto para cirugías, se dijo a sí mismo. Comprobó su dentadura perfecta, se hidrató los labios y volvió a la fiesta. Paulo le agasajó al verlo:
—A veces creo que no soy el más elegante.
Siracusa, agradecido, le lanzó un beso.
—Sí, muy elegante —concedió Mario, indulgente—. Como todo un señor maduro.
—Te odio —lanzó Siracusa.
Mario se acercó hasta su oído para susurrarle:
—Mi señor maduro… —dijo, y le besó levemente el lóbulo.
—Lo que no esperaba, Siracusa —intervino Paulo— es que Mario lanzara el cuchillo mejor que tú.
—Será que Sergey no ha medido bien, o que yo le quiero más…
—Eso me ha encantado, moreno —reconoció Mario—. Te has ganado una copa.
—Pero cortita. Nenad no controla las medidas.
—Desde luego —confirmó Paulo mirando su caipiriña con suspicacia—. Mañana todos desearemos que hubierais perdido vosotros.
El brasileño no se equivocaba. Por buena que fuera la cachaza, los efectos de su ingesta fueron dolorosos. Mario se alegró de no haber vuelto a su cama a dormir, con suerte podía convencer a su amante de que fuera a por aspirinas.
—Sir… Siiiiir… ¿Sir?
—¿Mmm? —ronroneó a su lado.
—Me muero. Necesito una aspirina —dijo en tono lastimero.
—Pues tendrás que ir hasta el almacén. Me tomé la última antes de dormir.
—No jodas. Podrías haberme dado un trozo al menos, ¿no?
—Ya roncabas.
—Te recuerdo que eres tú el que ronca.
—Lo que tú digas —contestó Siracusa, y se puso de lado, dándole la espalda.
—Me cago en la puta. ¡Me recago en la puta! —gruñó Mario, malhumorado.
Se levantó y fue a su habitación. En su lavabo tampoco quedaban pastillas.
—¡Me recago en todas las putas!
Esa maldición le despejó un poco. La resaca era de las gordas, y antes de la tarde necesitaba estar en plenas facultades: había reunión. Se puso algo encima y fue donde Siracusa le había sugerido. Al pasar frente a la enfermería oyó un grito, entró sin pensárselo y se encontró con Lander, que le miró sorprendido. A su lado, Layla escupía sangre sobre el lavatorio.
—Buenos días, Mario. Tu compañera acaba de romper la funda de prueba, ahora ya sabe cuánto apretar para morir, o matar.
—¡Aj! ¡Es superdesagradable!
—Y que lo digas —gruñó Layla.
—Recuerda que el veneno se encuentra en estado gaseoso —explicó Lander—, en cuanto partas el diente aspira para un final instantáneo o expira para cargarte a quien tengas delante, aún te quedarán unos treinta segundos para verle la cara de susto. Luego caerás tú por culpa de los residuos. Tardarás más en morir, pero no será doloroso.
—¿Cómo lo sabes, jefe? —preguntó Mario alegremente—. ¿Lo has probado?
—No. Me lo confesaron en una sesión de espiritismo.
Una risa amortiguada se adivinó tras las gasas que tapaban la boca de Layla.
—No te rías. Tengo contactos en el otro mundo.
—No me extraña —dijo Mario—, con la cantidad de clientes que les enviamos…
—Puede que exista —farfulló Layla—. Algún día te explicaré la historia de Houdini.
—Pero antes será mejor que el jefe te complete la dentadura, bonita. Ese hueco en tu sonrisa me da escalofríos.
Ambos rieron. Lander permaneció serio contemplando el instrumental.
—Otra cosa que has de saber —enfatizó— es que no hay más antídoto que ese — dijo, y señaló un inhalador que colgaba junto a la vitrina de medicamentos—. Introduces el tubo en tu boca, o en la boca del eventual accidentado, y aprietas para que salga la carga. Entonces a esperar. Es útil hasta tres minutos después de haber respirado el veneno. Espero sinceramente que nadie tenga que utilizarlo jamás. Solo yo conozco la fórmula y es bastante difícil de elaborar. El primero que necesite esa dosis se va a pasar un año sirviendo copas.
»Muy bien, siéntate en el sillón camilla. Es hora de colocarte el “seguro antitortura”.
—Según dicen, Layla, eres quien más lo necesita —comentó el italiano—. Se rumorea que sabes más de la Agencia que el ordenador de Sergey.
La chica no contestó, alzó un poco las cejas como disculpándose, luego cerró los ojos y abrió la boca para que Lander ejerciera de dentista.
—Os dejo solos. Esto es muy duro para mí.
Y con estas palabras se fue hacia el almacén.
Media hora antes de la reunión, Mario ya estaba preparado. Vestía ropa italiana de arriba abajo excepto por la camisa Paul Smith que le había regalado Siracusa. Su dolor de cabeza había desaparecido por completo. Suerte que se había limitado al alcohol, si hubiera tomado algo más habría necesitado una inyección de Lander para recuperarse y solo su mirada reprobatoria ya le habría dolido más que el pinchazo. Con el tiempo se había apoyado en él como la figura paterna que necesitaba, una figura paterna escogida libremente. Salió de su cuarto y golpeó en la puerta de delante. Siracusa le abrió semidesnudo; le saludó, contento de verle:
—¿Cómo te encuentras, querido?
—Vestido —respondió con sequedad bien fingida—. No como tú. ¿No sabes qué ponerte?
—Estás enfadado. Mira… esta mañana estaba muerto de sueño y…
—¡Calla, idiota! —dijo, y le dio un besazo en la boca.
Siracusa le abrazó y alzó un palmo del suelo; sin despegar los labios, cayeron sobre la cama, aún deshecha.
—Eres idiota, ¿lo sabes? —dijo riendo—. Y muy guapo.
Empezó a besarle la cara hasta que Mario le frenó:
—No te animes, no tenemos tanto tiempo.
Siracusa le dio la razón y se levantó. Sacó dos camisas del armario para que su pareja escogiera desde la cama. Una vez vestido del todo, empezó a retocarse el pelo.
—No te esfuerces —dijo Mario—. Al acabar la reunión pienso despeinarte.
—De acuerdo, entonces lo dejo. Espero que no sea muy larga —comentó mientras salían de la habitación.
—Larga o no, me da que será importante. Bill y el jefe estuvieron muy serios anoche. Creo que pasa algo.
—¿Como qué?
—No sé. Solo espero que no cancelen las vacaciones. Tengo unas ganas locas de desaparecer. —Siracusa torció microscópicamente el gesto, Mario lo detectó—. Ya sabes a qué me refiero. Necesito un poco de marcha. Tú deberías hacer lo mismo.
Yo ya he hecho todo lo que tenía que hacer, se dijo el mayor. En esa respuesta yacía implícita la diferencia de edad, no había día en que no lo recordara al menos una vez. Se quitó el tema de la cabeza al llegar a la sala. Era el momento de escuchar.
Mientras esperaban a Paulo, el resto comentaba el poder devastador de Nenad como barman y apostaba por quién seleccionaría tema para la siguiente misión. Lander sonreía, era el único que lo sabía. Llegó el que faltaba, se sentaron y con su voz grave el director inició la junta:
—Buenas tardes a todos. En la última acción nos llevamos una sorpresa. Aún es pronto para asegurarlo, pero puede que poseamos algo extremadamente valioso, y peligroso. La… espontánea tortura a la que nuestra pareja italiana sometió al objetivo dio un fruto inesperado. —Lander miró fijamente a los dos—. Que conste que se os permitió ese retraso estúpido porque ibais muy bien de tiempo. Quiero confiar en que ya lo sabíais. —Siracusa asintió como responsable—. El caso es que los planos que los Krkic localizaron son cuando menos un misterio, pertenecen a un arma que ni siquiera sabemos si funcionaría. Bill y yo vamos a estudiarlos y en los próximos meses trataremos de construir un prototipo; no será hasta entonces cuando podamos determinar su efectividad.
»Lo que sospechamos es importante, por eso ya hay proyectada una nueva misión. Las vacaciones se posponen hasta que concluya. —Excepto por un parpadeo de Mario, nadie pareció inmutarse, no obstante Lander concedió una pausa para que digirieran la noticia—. Ahora bien, durante la próxima semana puedo prescindir de Yukio, Mario y Siracusa. A los demás os necesito en mayor o menor medida. ¿Preguntas?
El joven calabrés estaba esperando ese pie:
—¿Eso significa que podemos desaparecer?
—Sí. Pero volved en siete días.
Siracusa preparaba el equipaje. Su maleta abierta describía unos planes que entendió tristes. Se iba a ver a sus padres, solo. Pasaría unos días en el lugar donde creció, recordaría la cantidad de años transcurridos y haría balance. Se sintió anciano y estúpido. Más de doscientas muertes en su haber y aún no se había atrevido a explicar en su casa que era gay. Le daba un miedo atroz. Quería tanto a esos viejos que se pasaban el día discutiendo… no se veía dándoles esa noticia, no lo entenderían. Y sin embargo, fantaseaba con un día en el que poder presentarles a Mario y ver a su madre atiborrándole de gnocchi hasta hacerlo vomitar. Pero eso no iba a ocurrir. Los enterraría sin haberles dicho nada sobre su amor.
Mario lo tenía claro: Londres. Tres días de MDMA, dos de tripi y uno de coca. No había quedado con nadie, esperaba que todo fuera nuevo: camellos, amigos y polvos. Tan solo pretendía repetir locales; había dos que eran sus preferidos tanto por la música como por los lavabos, amplios y cómodos para lo que se terciase. Deseó con fuerza que no hubieran cambiado de estilo, hacía un año y medio de la última visita. Calculó que, cogiendo el primer vuelo de la mañana, llegaría al after sobre las once de la mañana. A las dos de la tarde ya debería haber conseguido drogas para toda la semana. Y luego, a disfrutarlas. Pero antes le esperaba otra noche con Siracusa. Una de las malas.
Su novio le había hecho pasar momentos inigualables. Cuando se soltaba era el único que le hacía sentir como siempre había soñado, le dejaba temblando durante horas. Ese estremecimiento definitivo solo lo conseguía él. Pero las noches de despedida, llenas de caricias y ternura, se le hacían larguísimas. Con un poco de suerte, pensó, estará depre y se dormirá rápido.
Era la quinta vez ese día que el señor Siracusa le explicaba a su hijo lo bien que iba el nuevo coche.
—¡Y casi no gasta! ¡Un litro a los cien! ¿Te lo puedes creer, hijo? ¡Un litro!
—Es por el motor, padre —explicó aburrido—. Es un motor híbrido.
—¡Será de la marca que tú digas, pero gasta muy poco!
—¡Déjalo en paz, viejo chocho! ¿No ves que está harto de oírte? —le reprendió su madre, que entraba en el salón con una bandeja—. Mira, Luigi: galletas.
Ese olor, esas pastas, ese mantel… nada había cambiado. Nada iba a cambiar. A veces le parecía exasperante, pero no le quedaba otra que rendirse y tratar de superar los días con tranquilidad monacal. El mero hecho de que lo llamaran Luigi le encerraba aún más en ese refugio de amor agobiante. Extramuros siempre fue Siracusa; en el barrio no había posibilidad de confusión, era hijo único. Ya lo llamaban así en el colegio y la academia acabó de cimentar el nombre. No se reconocía de otra manera. «Luigi» le hacía sentirse… pequeño.
—¡Come, Luigi, que estás en los huesos!
—¡Tu madre tiene razón! ¡Seguro que trabajas demasiado y no te alimentas!
—¡Lo que necesitas es una chica que te cuide, hijo!
Calma. Respira. Asiente. Sonríe. Si al menos hablaran más bajo… Iban a ser unos días muy largos.
—¡Me encantan los italianos! —gritaba al oído de Mario un chulazo inglés bastante masculino con marcas en la cara que le conferían un aspecto fiero.
Le dio el visto bueno y continuó el juego. También gritó para hacerse oír sobre la música de la discoteca.
—¡A mí me encantan los ingleses! ¡Sois muy divertidos!
—¡¿Te apetece divertirte?! —preguntó mostrando discretamente un minúsculo hatillo de plástico.
Mario señaló con la cabeza el lavabo y se dirigieron hacia él. El inglés preparó dos rayas cortitas. Mario se metió ambas con decisión. Al escocerle tanto el tabique, entendió que no era coca, era speed. Ya podía olvidarse de dormir en muchas horas. La confusión le dio risa. Besó a su anfitrión y se largó a bailar sobre un podio.
El tiempo se hizo elástico y las pocas veces que salió al exterior un cielo encapotado a perpetuidad le negó cualquier referencia. La semana fue pasando como el efecto de las drogas. Por el camino dejó besos, mamadas y dos polvos con preservativo; el morbo extremo del sexo a oscuras sin protección se lo reservaba ya únicamente a Siracusa. También había rechazado una orgía que prometía. Les había cogido miedo desde que en Málaga, dos años antes, acabara con un desgarro que le hizo pasar por el hospital. Escuchar a los médicos españoles hablar entre ellos sobre su ano le pareció frustrante, y aún más intentar explicar lo sucedido mediante signos. Por momentos creyó que se reían de él, y no era para menos. Lo peor fue la intervención, muy dolorosa. Lo mejor, la acogida de su novio. No le culpó, ni le recriminó nada, simplemente le cuidó hasta que estuvo del todo curado.
Salió del último garito con una idea clara: no podía más. La llovizna que caía y el frío intenso le despejaron medianamente. La mejor opción era recoger sus cosas y volver a la base. Iba a llegar con casi un día de adelanto, así podría pedirle a Lander una de sus inyecciones reconstituyentes y pasar las siguientes veinte horas durmiendo.
El jefe, al verlo, le recibió con un lacónico «Vaya pupilas». Mario le siguió hasta el laboratorio y se sentó en un taburete. Delante de él, Lander, de espaldas, seleccionaba ingredientes para el compuesto a medida que recibía respuestas:
—¿Speed?
—El primer día.
—¿Popper?
—Claro.
—¿Éxtasis?
—Tres días.
—¿Tripis?
—Medio, anteayer.
—Nexus.
—No. Creo que no. Una puntilla máximo.
—¿PCP?
—No, no, no. Nada de PCP, ni keta, ni éxtasis líquido ni nada más duro. Solo lo que ya he dicho. ¡Ah! Y el gramo de coca de ayer. Bastante decente, por cierto.
El comentario no le hizo gracia a Lander, que se giró de golpe.
—¡«Bastante decente»! ¿Cómo lo sabes? ¿Venía con el sello del Ministerio de Sanidad?
—Lo siento —admitió Mario con la vista baja.
Lander retomó la alquimia. Al cabo de unos segundos volvió a hablar:
—A veces creo que sería mejor que te preparara yo mismo las drogas. Te juro que me quedaría más tranquilo.
Y a mí me saldría más barato, pensó Mario, pero aún estaba lo suficientemente cuerdo como para no tentar la ira de su jefe, que se giró blandiendo una jeringuilla pequeña y le dijo, afable:
—Además, te saldría más barato.
Mario le dedicó una sonrisa emocionada y le ofreció el brazo.
Siracusa buscaba una frase final con la que poder separarse finalmente de sus padres. Odiaba las despedidas, odiaba las conversaciones repetidas y odiaba el aeropuerto de Malpensa.
—Pero, hijo —preguntaba por enésima vez su madre—, ¿no sabes cuándo volverás?
—No, mamá, ya te lo he dicho. Creo que pronto, pero no lo sé.
—Es que, hijo, te echamos de menos —dijo acariciándole la mejilla.
Siracusa trató de alejarse sin parecer grosero.
—Tu madre tiene razón. ¿No podrías pedir un traslado, o algo?
—Ya sabéis que tengo que viajar todo el año. Es mi trabajo.
—Si estamos muy contentos por ti, Luigi. Estamos orgullosos de que te vayan tan bien las cosas, pero con todo lo que sabes de armas, ¿no podrías buscar algo aquí? ¿En una tienda, quizás?
—Mamá, en una tienda no os podría comprar el coche, o la casa en la Toscana, o…
—¡Si no es eso, hijo! —le cortó su padre—. Es solo que te añoramos. La casa y el coche están muy bien, pero estarían mejor si vinieras a vernos más a menudo.
—Vale, papá, pero no pongas esa cara. Me haces sentir fatal.
—Es la mía, hijo, es la mía. Venga, prométenos que lo pensarás. Llevas años en esa empresa de las pistolas. Seguro que con tu experiencia hasta podrías reclamar tu puesto en los Carabinieri.
—Es verdad —le apoyó su madre—. Aún no sé por qué lo dejaste. Con lo bien que estabas.
Llegados a ese punto, Siracusa hijo llegaba al límite de su paciencia, les daba dos besos a cada uno y decía sencillamente «adiós».
Sentado en la zona de embarque siempre se sentía idiota; no soportaba a ese par y ya les echaba de menos. Quería a toda costa mantenerlos felices y en pos de eso no había dejado de acumular mentiras.
De los Carabinieri no se fue, lo expulsaron, y con toda la razón del mundo. Había entrado en la academia rebotado, fue lo único que se le ocurrió tras quedarse a años luz de la nota mínima para estudiar Medicina. A sus padres solo les dijo que había cambiado de idea. Ellos le apoyaron sin ambages, como en todo lo que se había propuesto hasta entonces (fútbol, teatro, guitarra y, desgraciadamente, etcétera).
Rebuscando en su interior, lo único que le atraía de ser policía era la posibilidad de enseñarle la placa al primer portero de discoteca que no le permitiese entrar. Con una vocación tan nimia tardó poco en desviarse. Pero antes descubrió su talento, posiblemente el único: la puntería.
Gracias a unas extraordinarias marcas de tiro consiguió licenciarse sin demasiados apuros. Durante el periodo de prácticas vislumbró las posibilidades que le otorgaba el uniforme; como agente no tardó en aprovecharlas. Empezó con las apuestas ilegales cuando recibía un soplo; era un sobresueldo inocente, se convencía a sí mismo, y no hacía daño a nadie. Su colección de camisas se amplió de manera escandalosa, así como la de zapatos. Al año necesitó un piso mayor para que le cupiera el armario, y ya puestos, escogió uno con vistas. Los gastos de comunidad los cubría con un impuesto a los camellos del parque Sempione; gas, luz y agua con su mísero sueldo; vestuario y regalos a sus padres con las apuestas de toda la vida; el alquiler iba a cargo de los proxenetas del barrio viejo.
Algunos días todo su trabajo consistía en recoger sobres. Y aun así no era el peor poli de su comisaría, los había malos de verdad, aquellos que participaban activamente en extorsiones, secuestros y tráfico de drogas, pero esos no se aventuraban tan alto sin cubrirse las espaldas, tenían contactos en cada esfera. Luigi Siracusa no era más que un basurero que recogía la mierda que sobresalía del cubo. Por eso cayó en la clásica redada anticorrupción quinquenal. Como no tenía amigos, no se sintió traidor al soltar algunos nombres; con ello logró una expulsión discreta y evitar la cárcel. En comparación con el resto que pringaron, salió muy bien parado.
Perdió el piso. Se mudó a un cuchitril infecto, era lo único que se podía permitir con sus escasos ahorros. No se atrevió a explicar nada a sus padres, antes esperaba encontrar otro empleo para decirles que había cambiado voluntariamente. Probó suerte en las agencias de escoltas; le rechazaron al instante, tenían acceso a su expediente. En las empresas de seguridad ocurrió exactamente lo mismo. Siracusa se hundió. Era un expolicía entrenado que conocía la calle y con una puntería exquisita y aun así no podía ni aspirar a ser vigilante de párking.
Se estaba mirando las manos, esas manos cuidadas y bonitas que podrían haber sido de pianista si no hubiera fracasado también en eso, preguntándose qué tipo de callos se avecinaban, cuando alguien llamó a su puerta. Su experiencia, milagrosamente, había sido valorada en positivo. El tipo, Yago, se presentó como director de recursos humanos de una empresa familiar. Siracusa captó enseguida que quien venía a ofrecerle trabajo era la mafia. El tal Yago llevaba su discurso muy bien preparado. Las palabras «ilegal», «amenaza» o «cárcel» no aparecieron ni de cerca, todo versaba sobre «protección», «confianza» y «seriedad» aderezado con un sueldo suculento.
—¿Solo proteger?
—Solo proteger —aseveró Yago, convincente.
Y, sin pensárselo demasiado, Siracusa se dejó llevar.
Lo primero que agradeció de su nueva empresa fue el cambio de arma. Estaba cansado de esas mundanas Berettas que siempre se encasquillaban en tiro automático, ahora disponía de un arsenal completísimo donde elegir. Se agenció dos SIG Sauer P-226 que solo permitían llevar a inspectores de policía y a guardaespaldas de celebridades. Su jefe era de los segundos. O lo había sido.
Giuseppe Marangi, otrora mandamás de la Sacra Corona Unita, fue perdiendo poder durante la última década. Un negocio ruinoso en la costa valenciana le había dejado en números rojos. Más hundidos se encontraban los políticos españoles que le convencieron para invertir en ese parque temático, todos yacían enterrados bajo una mítica montaña rusa a la que casi nadie subía. No obstante, conservaba suficientes recursos como para ser respetado, y envidiado. Nuevos halcones ambicionaban esa parcela que aún era suya, y ahí entraba Siracusa junto al resto de escoltas. Era un pequeño ejército de matones bocazas y supermusculados en el que Luigi destacaba por elegante y educado. No hizo falta más para que il capo le cogiera cierto cariño. Dos meses después de entrar en la nueva compañía, se sentaba con el jefe a comer y dormía en la habitación más próxima.
Los responsables de seguridad habían ido retirándose, despidiéndose o simplemente desapareciendo, conscientes de estar en el bando perdedor. Casi sin darse cuenta, Siracusa se vio diseñando perímetros de defensa e itinerarios de viaje con excelente criterio. Para su sorpresa, los años en la policía le habían dejado un bagaje práctico. Lejos de amedrentarse ante inequívocos indicios de fatalidad, Luigi se sintió despejado, más vivo que nunca. Iba a quedarse allí, protegiendo a ese abuelo con el que pasaba las horas, esa primera persona a la que no tenía que ocultar nada, esa especie de padre distópico. Además, el hecho de encarar un final, aunque fuera incierto, le sumía en un estado de liberación.
Como don Marangi resultaba inaccesible e ilocalizable durante salidas y trayectos, sus impacientes enemigos decidieron irlo a buscar a casa. Una noche de agosto aconteció la gran ofensiva.
El milanés vestía un traje de color blanco roto y falso corte informal sacado de la última pasarela de su ciudad. Patillas, barba y bigote delineados a la perfección decoraban un rostro tostado bajo el sol de Otranto. Se sentía bello, perfectamente preparado para la velada decisiva.
El repiqueteo lejano de dos helicópteros le avisó con tiempo de sobra para llevar al don a las bodegas. Luego fue a la armería, cogió todos los cargadores que pudo y se apostó tras las jardineras de la entrada principal a esperar. Desde allí vio cómo morían estúpidamente muchos de sus compañeros. Esos gigantones sobredimensionados salían al patio creyéndose dioses con la única protección de un fusil automático y dos bíceps enormes. Su cerebro, tan minúsculo como unos testículos encogidos a base de nandrolona, no concebía que los proyectiles del ataque aéreo iban a perforar sus pechos de toro como si fueran de mantequilla. Así se perdieron la mitad de las fuerzas defensoras, la otra mitad se dispersó sin orden alguno. Seis rancheras, con ametralladoras al descubierto montadas sobre las cajas, entraron en la villa y arrasaron el exterior. A excepción de la casa, todo parecía conquistado. Los helicópteros aterrizaron a las puertas de la hacienda, a ochocientos metros de la edificación. El grueso de los invasores se dispuso en formación de cuña inversa, caminando hacia la posición del lombardo; este trató de distribuir a los cuatro compañeros que se habían refugiado junto a él, pero no le entendieron. Dos saltaron al encuentro del enemigo disparando a lo loco y fueron abatidos sin problemas. Los otros dos salieron de su escondite con las manos en alto. Con menos problemas aún, fueron también abatidos.
Siracusa se retiró unos pasos. Ya bajo techo, colocó unos pocos muebles a modo de trinchera frente a los enormes portones de madera abiertos de par en par. Respiró hondo y se dispuso a matar. Nunca antes tuvo necesidad.
Un espejo de pie colocado junto a una columna lateral le llamó la atención; comprobó la imagen reflejada: su aspecto seguía siendo impecable; lo curioso era esa sonrisa que cruzaba su cara. No entendía muy bien por qué, pero ese era sin duda el mejor momento de su vida.
El grupo invasor se abalanzó tan apiñado que Siracusa pudo disparar a bulto. Su confianza aumentó tras quemar dos cargadores, a partir de entonces solo apuntó a la cabeza. Los asaltantes vieron reducido su número drásticamente y no acertaban a comprender lo que estaba sucediendo. Estaban habituados a tiroteos cegados donde había más ruido que disparos precisos; si alguien hacía blanco a media distancia era más por acumulación de intentos que por técnica. Se enfrentaban a un rival desconocido que tenía la sangre fría de alinear punto de mira y visor y, para su desgracia, condenadamente rápido.
Siracusa mantuvo una calma suicida hasta que se dio cuenta de sus posibilidades: sobrevivir era factible, solo tenía que cuidar sus pasos y cargarse a los diez que faltaban. Se habían distribuido al azar. Tres de ellos habían desaparecido, seguramente en busca de la puerta trasera. Siracusa recargó y fue a su encuentro. Desde una ventana los observó acribillar un cerrojo inocente y entrar envalentonados, copiando posturas aprendidas en la tele. Parecían tan poco entrenados como sus colegas caídos. Si al menos hubieran echado un vistazo a los planos, se dijo, sabrían que van de cabeza a un callejón sin salida. Y allí los esperó, agazapado en la parte alta de una estrecha escalera lateral que subía en dirección opuesta a la puerta. Pasaron frente a él y descerrajó treinta y cuatro balas en tres espaldas. Fue un gasto excesivo de munición pero valió la pena, ese festival de impactos le provocó un placer primitivo e infantil.
El escándalo atrajo nuevas dianas. Las escuchó acercarse a toda prisa mientras recargaba. Apuntó con cuidado sus armas allí donde deberían aparecer los primeros incautos, mantuvo el pulso y esperó. Pocos segundos después tenía un par de cogotes a tiro. Mientras los recién llegados se percataban de que ese distribuidor era una trampa, Siracusa corrigió levemente su postura y apretó ambos gatillos. Dos cuerpos más se acumularon sobre los anteriores.
Descubierta su posición, decidió perderse por el entramado de habitaciones del primer piso. Tras de sí escuchó cómo una granada de fragmentación estallaba. Sus perseguidores le habían cogido miedo.
Se imaginó el destrozo que habría sufrido el suelo, precioso mármol de Carrara que, según él, no merecía tal suerte. Lo que habían hecho era un delito. Se sorprendió a sí mismo por esos pensamientos de interiorista vengador. La situación era crítica y él se preocupaba por el destino de unas piedras rosáceas. No pudo evitar sonreír.
De unas fundas colgadas de su cinturón sacó los silenciadores. Los montó para dejar sus pistolas completamente mudas: el estrépito de la explosión anterior retumbando en los oídos cercanos cubriría sus silbidos amortiguados. Se acurrucó en un dormitorio con dos salidas. Los cinco supervivientes no se decidían a subir. Eran conscientes de que se enfrentaban a uno solo, pero con cada baja, más les seducía la idea de retirarse. Por fin trazaron un plan medianamente digno: lanzarían dos granadas y, amparándose en la destrucción producida, subirían al piso y se dispersarían por los pasillos. Siracusa oyó cómo los metales caían al suelo y rodaban hasta frenar a unos metros de su puerta. Se le pasó una idea por la cabeza, una de esas iluminaciones que debes llevar a cabo si no quieres arrepentirte de por vida. Lo vio tan claro como el piloto de un Zero lanzándose contra un buque americano. Se asomó al pasillo y disparó contra las piñas metálicas. Una quedó rebotando entre la pared y la balaustrada que daba al atrio. La otra volvió rapidísima escaleras abajo para explosionar junto a sus lanzadores. Los que no murieron quedaron tan malheridos que Siracusa les hizo un favor al rematarlos.
Seguro de que lo peor había pasado, se propuso acabar la limpieza. Se dirigió a la armería de la planta baja, cogió un fusil de francotirador con mira de precisión y visión nocturna, un trípode y varias cajas de cartuchos de largo alcance. Subió con todo a la estancia que ofrecía mejor perspectiva sobre los jardines. Empezó por los pilotos de los helicópteros por ser los objetivos más difíciles. Estaban fumando delante de los aparatos. A ochocientos metros y con viento lateral, compensar la desviación resultó un reto atractivo. Cuatro disparos bastaron. En segundo lugar fue a por los conductores de las rancheras; estaban mucho más cerca, pero empezaban a moverse con rapidez, conscientes de que algo pasaba. Por último, liquidó a aquellos espabilados que habían optado por hacer guardia en vez de jugársela en el asalto a la casa. Corrieron como pollos sin cabeza hasta que los liquidó a todos. Tras una hora y media sin advertir movimiento, Siracusa bajó a las bodegas a sacar a su jefe de la barrica vacía donde lo había escondido. Nada más abrir la puerta, una bala fue a incrustarse en el quicio de madera, apenas a un palmo de su corazón. Se puso a cubierto y gritó mientras sacaba el arma:
—¡Don Giuseppe! ¡¿Está usted ahí?!
—¡Ah, hijo! ¡Eres tú!
El capo había estado a punto de acabar con su último escolta, que atónito se dejaba abrazar.
—Le dije que no saliera, que yo vendría a buscarle.
—¡Ay, hijo! ¡Pensé que estaba todo perdido! Solo quería llevarme a alguno por delante antes de que me tocara a mí. Pero si tú estás aquí… ¿es que hemos ganado?
Siracusa puso la cara más inexpresiva de la historia al responder: «Técnicamente».
Durante el paseo por su propiedad el viejo napolitano meneaba la cabeza sin parar. Las estrellas techaban decenas de cuerpos que se sucedían por el inmenso jardín. La quietud era asombrosa y antinatural. Al final se dio por vencido, recogió una silla tumbada y se sentó en ella.
—Ya está, hijo. Todo ha terminado.
—Pero señor…
—No digas nada. No digas nada. Yo me quedo aquí, mi querido Siracusa. Ya no tengo fuerzas.
Calló unos segundos; con la vista fija en el suelo, continuó:
—En cierto modo, estaba esperando que llegara un día como este. Si te he de ser franco, lo deseaba. Mi hijos, mi hermanos, mi mujer, mis amigos… todos muertos. Todos. Poco a poco me he ido quedando solo.
El viejo, con parsimonia, tomó aire y lo soltó un par de veces antes de su última confesión:
—Hace años que estoy acabado, y hace aún más que quiero acabar.
Despidió a su fiel guardaespaldas con afecto, dinero y un consejo que seguiría hasta entrar en la Agencia: «No te cases con nadie, hijo. Al final todos perdemos».
El anciano retomó la silla en el jardín y allí permaneció, a la espera de un nuevo verdugo.
El pronóstico del don Marangi no iba camino de cumplirse. Según el informe sobre los planos de Jin Won, su actual equipo no tenía visos de perder. Eran los potenciales dueños de un arma nueva que les iba a abrir muchas puertas, o a desconectarlas, para ser exactos. Se trataba de un artefacto capaz de provocar un pulso electromagnético direccional a escala reducida sin necesidad de fusión nuclear. No hacía falta ser un genio para saber que aquel era un hallazgo excepcional, uno de esos inventos que se dan de siglo en siglo. Llegó a la última página y volvió a empezar por tercera vez. Estaba claro que lo había redactado Bill: su denso lenguaje técnico le delataba. Lander era mucho más literario, y Sergey, escueto. Lo que estaba leyendo se le antojaba a ratos incomprensible para alguien sin una diplomatura en Física. Capituló al poco rato y se conformó con apuntar las preguntas que necesitaba formular.
Mario había hecho lo mismo, pero al primer intento. Esas palabras compuestas de remotas raíces griegas y quince letras le mareaban desde lejos. Ni se atrevió a acercarse.
Desde pequeño había evitado sobreesfuerzos intelectuales. En el colegio nadie le censuró por ello, su apellido era sinónimo de aprobado. Los Bandettini, aparte de ser la familia mafiosa más importante de la región, eran los mayores benefactores de esa escuela religiosa. Mario solo destacaba para bien en gimnasia, dibujo y expresión corporal, una optativa en la que era el único chico. A su padre no pareció importarle. Massimo Bandettini era el menor de los cuatro hijos del gran padrino; ese ordinal agradecido le daba tiempo y relativa seguridad para disfrutar de sus propios hijos. Los mimaba y consentía hasta lo indecible, era incapaz de ver algo malo en ellos. Los dos hermanos mayores de Mario, por tradición, estaban destinados al «negocio» y a la política consecutivamente, a él le esperaba el Derecho o en su defecto, la Iglesia. La segunda opción ganaba enteros a medida que crecía: ya tenía doce años y era prácticamente analfabeto. Con toda la fe del mundo, don Massimo lo metió a monaguillo. Eran tres tardes por semana que pronto pasaron voluntariamente a cinco, y luego a siete. Orgulloso de tal devoción, don Massimo, henchido, anunciaba a sus amigos: «Va para papa». Cierto que con los contactos de que disponía el chico podría haber llegado fácilmente a obispo, cardenal con algo de suerte. Pero su hijo no iba tan a menudo a la iglesia para servir a Dios. Lo que Mario iba a buscar era otra cosa.
Todo sucedió de manera natural, nadie le engañó, nadie le forzó, de siempre supo lo que quería. Su comportamiento afeminado nunca fue censurado. Sus padres lo ignoraban, convencidos de que cambiaría con la edad. A sus hermanos les parecía gracioso y en clase ningún alumno iba a jugarse el cuello llamando «maricón» a un Bandettini. Rodeado de chicas, entendió rápido su diferencia y, consentido por todos, la desarrolló. Se empezó a tocar a los diez años y no tardó en buscar compañía. Su instinto le guio de manera discreta, con mucho tiento. Esa sensibilidad innata le señalaría siempre la inminencia del peligro, y en esa delicada franja, colindante con el desastre, estableció su destino.
Las primeras jornadas con el padre Vincenzo no hicieron más que confirmar su primera impresión; ese cura joven y callado era el cómplice con el que compartir sus deseos. El pobre sacerdote no tenía nada que hacer, había reprimido sus impulsos fácilmente durante años, pero su nuevo monaguillo le turbaba; cada vez que le miraba, descubría en él sus peores fantasías y moría de arrepentimiento. Se enfrentaba a un monstruo de la seducción con un apellido que lo hacía intocable. Ese candor adolescente le perseguía en sueños; despierto, solo aguardaba la tarde. Cada día que pasaba se convencía más de que el chico estaba jugando con él, tratando de decirle algo; una mezcla maldita de inocencia y atrevimiento presidía cada uno de sus gestos, cada palabra. Se guardó de confesar el pecado de sus sentimientos y así empezaron a crecer.
A esas alturas, Mario conocía su cuerpo a la perfección y había experimentado introduciéndose objetos por el ano con desigual fortuna. Tenía ganas de probar el contacto humano. Cercó a su presa con más insistencia, aumentó gradualmente el número de roces, el descaro en sus ojos. El final se intuía y el proceso, aunque largo, le excitaba sobremanera.
El padre Vincenzo también advertía su caída. Varias veces se había acercado a su niño y, tras permitirse un abrazo de amor puro, había sentido en la sangre un hervor demoníaco que le cegaba. A duras penas conseguía huir y encerrarse en su celda hasta recuperar el habla. Durante estas espantadas, Mario daba rienda suelta a su imaginación y jugaba con las velas que atestaban el pequeño templo. Las muestras de flaqueza del cura parecían relajarle el esfínter y ensancharle el pene. Con las manos bajo el hábito, arrodillado en un banco del ala más oscura, jugaba a masturbarse mientras se penetraba lentamente, cada vez más adentro, con cirios cada vez más anchos. Hasta que se pasó. Notó algo raro y retiró el cilindro de cera con cuidado y angustia. En la punta había algunas manchas marrones de origen obvio y en la mecha, sangre. Se dirigió a la pira bautismal a lavarla antes de que volviera el padre, pero este regresaba entonces. Con rapidez, reaccionó colocando el cirio en contacto con una vela viva. Afortunadamente, tras un breve chisporroteo, prendió sin problemas y acto seguido lo plantó a los pies de una imagen de san Sebastián que caía cerca. El cura le preguntó qué hacía. El niño, listísimo, apoyó la cabeza en su pecho y le rodeó la cintura con los brazos.
—Quería pedir ayuda —musitó—. Siento cosas, cosas bonitas que no sé si están bien.
Luego alzó la vista para mirar a su víctima de la manera más tierna. El sacerdote quedó petrificado. Esos ojazos, esos labios temblorosos, ese cutis virgen… era Dios con doce años rogándole un beso. Y accedió.
Mario pretendía entregarse a una vorágine de experiencias mientras que el padre Vincenzo luchaba por refrenarse con la voluntad masacrada. Ese niño le estaba mostrando el cielo en la tierra, y era delicioso. Sus besos, sus caricias, todo fue cada vez más explícito. Mario disfrutó tanto como esperaba al hacerle la primera paja. Luego fueron mutuas. Cuando se familiarizó con la envergadura del sexo del padre se atrevió a ofrecer su culo. Ante una perspectiva tan exquisita, el cura se corrió solo con verlo. Mario, sin girarse, arrastró el semen repartido entre sus glúteos hasta su ano, era algo que ya había probado en solitario y le gustaba. Esa gloriosa visión mantuvo erecta la polla que acababa de eyacular, y su dueño, dispuesto a aprovechar el milagro, penetró ese culo recién lubricado.
En los meses que siguieron profanaron todo lo profanable, desde el altar y su sacristía hasta el confesionario. Incluso las amplias casullas camuflaron escenarios de sexo, a Mario le encantaba colarse por debajo y chupársela con dulzura hasta dejarlo seco. Fray Vincenzo ni se molestó en resistirse, estaba perdido y lo asumía sin más; por eterna que fuera la condenación que le esperaba, el precio era bajo. La rutina les llevó a cometer pequeños descuidos que se convirtieron en rumores. Don Massimo actuó con diligencia e hizo sustituir al joven sacerdote por el cura más putero de Italia. A Mario ese viejo verde no le inspiraba lo mismo, y así perdió la fe.
De vuelta con los civiles pasó unos años terribles. Mientras al resto de adolescentes se les despertaba la libido, Mario se vio castrado y solo. Lo que buscaba no iba a encontrarlo en ese pueblo, no sin que lo supiesen todos. A los quince años suplicó un trabajo a su tío para escapar de ahí. Su padre, para variar, consintió, lo único que le pidió fue que no se mostrara «demasiado jovial»; la espontaneidad de su pequeño le hacía temblar. En un mundo de hombres cortados por el mismo patrón, temía que Mario destacara para mal. Pero el chico era listo y se desenvolvió con soltura, interpretar un mafioso de pacotilla le resultó pan comido: una pose ridícula, un ego subido y un puñado de amenazas contra las faltas al respeto.
No era más que un peón, pero en la gran ciudad. Ahí conseguía el anonimato necesario para desahogarse. Su pasión por el sexo era tan grande, su actitud tan generosa y su cuerpo tan deseado que en más de una ocasión sus amantes le pagaron, convencidos de que ese chaval era un profesional. Poco a poco, lo que eran pequeñas decepciones se convirtieron en hastío. Lo compensó con prácticas más salvajes que le satisficieron mientras fueron novedad. A los diecinueve lo había probado todo y se sentía frustrado. Si no iba a sentir la euforia desbocada de su primera relación, casi prefería no haberla vivido. Gracias a su trabajo no cayó en la tentación del abuso de drogas. Había visto cómo tipos sanos y con futuro se convertían en imbéciles con depresión crónica, esquizofrénicos bipolares o esqueletos con sida. Si bien no sentía pena alguna por sus clientes, sí les agradecía el contraejemplo. Con conocimiento de causa basó su propio consumo en dos premisas: sin agujas y en vacaciones.
Ante la falta de estímulos se volcó en el trabajo. Fue igualmente frustrante: en su puesto, un mono autista sería igualmente efectivo, y encima su contrato era irrescindible y vitalicio. Aunque eso era lo de menos, ya que tampoco habría sabido qué empleo buscar. Releyendo albaranes, confirmando envíos, contando cajas y pagando a camioneros se sucedían los meses. Sentía que se le ajaba el alma. Él había nacido para algo más. Su padre, al contrario, estaba contento de ver a su hijo tan centrado. «Has madurado, has madurado», sentenciaba. Si madurar era darse cuenta de que la vida es una mierda, ciertamente, lo había hecho. Y aún le quedaban sesenta años para quejarse. A menos que ocurriera un milagro: una guerra entre familias.
Todo el mundo estaba muerto de miedo, los chicos se habían encogido en sus trajes a rayas, a excepción de Mario, que caminaba por el pasillo calmo y erguido, dispuesto a suplicar, como a los quince años, un poco de acción. En el despacho de su tío, cuatro de sus primos discutían a voz en grito. Tras un gesto de su padre, callaron. Ese señor de sesenta años parecía llevar una carga invisible y dolorosa a sus espaldas.
—Mira quién ha venido, el pequeño de Massimo —dijo en tono amable como bienvenida. Ofreció su mano y Mario se adelantó para besarle el anillo de su meñique y, a continuación, retirarse a la distancia correcta—. Te llamabas…
—Mario, señor.
—Ah, sí, Mario… Pues dime, Mario, ¿qué te trae por aquí?
—El ataque de los Rossi. Quiero participar en… la respuesta.
Sus primos le miraron con desdén.
—No es tan fácil, joven. Tu padre no lo aprobaría, no… Además, ya tenemos gente para eso. No obstante, gracias por ofrecer…
Antes de que cerrara esa frase de despedida Mario dio un paso adelante y se plantó rotundo:
—No. No, padrino, no.
Uno de sus primos le increpó:
—¡¿Pero cómo te atreves?! Sal de a…
Calló al instante a petición de su padre, que había alzado unos centímetros la mano. Mario aprovechó para enunciar su ultimátum:
—No me iré de aquí hasta pertenecer a la brigada de castigo.
El padrino mantuvo el pulso con esa mirada irreverente y sincera. Respiró con pesadez y esculpió un atisbo de sonrisa.
—Pequeño Mario… tienes más agallas que estos cuatro juntos. Y no te pareces tampoco a tu padre, no… Baja y únete al grupo de Malatesta.
—Pero, padre —protestó uno—, si ni siquiera debe saber disparar. A ver, chaval, ¿me puedes decir al menos qué arma es esta?
Desafiante, le mostró una pistola preciosa y alargada que sacó de una cartuchera lateral. Mario la cogió, la miró un segundo y sentenció: «Es el arma que acabará con Franco Rossi». Dio media vuelta y se fue con ella. «A ver si aprendéis…», dijo el padrino, atajando cualquier represalia.
Era una Colt Python de cachas nacaradas con el nombre de su primo en letras eduardianas grabado en el cañón. Teniendo en cuenta a qué se dedicaba, no era muy inteligente haberla personalizado; en cualquier caso, la jerarquía lo situaba lejos de cualquier situación de riesgo. Esa pistola, condenada a vagar entre puros y audiencias, acababa de ser llamada a filas. Ya en el pasillo, Mario se la quedó mirando y la palpó con fruición. El solo tacto contrajo sus venas, aumentando la presión sanguínea. Se sentía como un atleta tras una transfusión de su propio plasma, poderoso y sobreoxigenado.
Se había internado en un camino tan incierto como atrayente. Estaba convencido de haber obrado bien. Lo que aconteció esa noche no hizo más que confirmarlo. Él y tres pistoleros más entraron en un garito disparando a quemarropa. A sus compañeros no les sorprendió lo mucho que falló, pero sí su desparpajo. Si era valentía o temeridad les importó poco, acogieron cálidamente a ese novato con cojones y apellido ilustre. A la vuelta, el padrino reclamó su presencia.
—¿Cómo ha ido, hijo? Me han dicho que has estado muy bien.
—Exageran. Malatesta hizo casi todo el trabajo. Yo solo hice ruido.
Algo parecido a una risa brotó del don Bandettini.
—Sí, ese Malatesta es un demonio, pero tú… tú demostraste coraje, algo que falta en este despacho —dijo, repasando a sus herederos, que parecían parte del mobiliario, y como tal, ni se inmutaron—. Me gustaría… recompensarte. ¿Hay algo que desees?
—Una pistola, padrino. Quisiera devolverle esta a mi primo —contestó ofreciéndosela a su legítimo—. Gracias por prestármela —apuntó con neutralidad.
—Quédatela —graznó el dueño con desprecio mal disimulado—. Está quemada.
Y como dicen todos, parece que te la has ganado.
Si esa frase la hubiera pronunciado una serpiente, hubiera sonado más amistosa. Por primera vez Mario tenía un enemigo declarado. Lo miró y asintió en señal de aceptación.
—No hagas caso a mi hijo y deshazte de ese hierro fichado. Mañana pídele a Malatesta un arma limpia. La que tú quieras.
—Gracias, padrino.
El viejo meneó la cabeza y le mandó marchar.
Tuvo que practicar duro para no seguir siendo el peor tirador. Cada semana mejoraba ostensiblemente. Esas ganas fueron muy valoradas entre sus compañeros. A menudo, durante la guerra contra los Rossi, habían tenido que cubrirle. Unos meses más tarde se las arreglaba solo de maravilla. Al año ya era el mejor de la familia, un ambidiestro que aún no había desarrollado todo su potencial. Lo alcanzaría en la Agencia, años más tarde y bajo la tutela de Lander, formando pareja con Siracusa.
—¿Un «tecnomito»? ¿A qué te refieres? —preguntó el lombardo.
—A algo que se dice que existe, pero que nadie ha visto. Una especie de leyenda urbana aplicada a la ciencia.
—¿Como el motor de hidrógeno?
—Exacto.
—¿Y eso es lo que tenemos?
—Sus planos, al menos —intervino Lander—. Tardaremos en construir el prototipo algunos meses.
—¿Y funcionará?
—Creemos que sí.
—No quiero parecer tonto… —se excusó Mario; en esa reunión a cinco era el último que faltaba por hablar, ya que de Yukio nadie esperaba una palabra—. Pero no me ha quedado claro si ese… «minipulso» servirá para apagar una bombilla o una central eléctrica.
—Dependerá de su potencia —respondió Bill—. Y esta va ligada a su consumo energético, pero es pronto para aventurar cálculos. Es algo que se nos escapa y que solo dilucidaremos experimentando.
—Vamos, que a lo mejor ni funciona.
—Sí —le concedió Lander—, pero si lo hace debemos estar preparados. Con Checky hemos detectado un mínimo de tres ofertas que creemos tienen que ver con los planos del… como tú dices, minipulso. Y sería ingenuo pensar que nuestro último objetivo los tenía por azar. Hay gente que sabe o sospecha que existen, y si no pueden poseerlos intentarán evitar que otros los consigan. Estamos seguros de que esa fue una de las razones por las que nos contrataron los asiáticos. Hablamos de un arma que podría desestabilizar el mundo, subyugarlo incluso.
—¿Y eso en qué posición nos deja? —preguntó Siracusa.
—En aquella que da sentido a la Agencia, la de garante del equilibrio. Tenemos la responsabilidad de evitar su venta en exclusiva, algo que su creador va camino de intentar por segunda vez. Empezó a buscar comprador desde que se enteró de la muerte de Jin Won. Suponemos que nuestra actuación le liberó para revender su idea.
—Entonces, ¿se conoce al inventor? ¿Cómo es posible? —inquirió el lombardo.
—Por el rastro de transacciones y sus recientes contactos comerciales.
—Sin olvidar —añadió Bill— que es el único hombre vivo capaz de inventar algo así.
Gonzalo Manzotti acumulaba tres premios Nobel y más patentes que Edison. Le llamaban «el Leonardo del nuevo milenio», un apodo camino de quedarse corto. Tenía cincuenta y tres años y ya había, cuando menos, igualado al barbudo toscano. Su genio no tenía mesura, ni su desapego por la raza humana. Podría haber elaborado vacunas para la mitad de las enfermedades conocidas, pero le era más provechosa la venta de retrovirales. Si la gente se curaba, él dejaba de cobrar, y necesitaba el dinero para su gran obra, aquella que le abriera las puertas del cosmos. Estaba asqueado hasta el tuétano de compartir planeta con esa especie mediocre basada en la duplicación deficiente de sus células. Él merecía salir de ahí y a esas alturas nadie en la Tierra dudaba de que pudiera hacerlo. Por eso llevaba años construyendo centrales nucleares alrededor de su laboratorio, donde se escondía la máquina con el encendido más caro de la historia: la máquina del tiempo. O del tiempo futuro, para ser más exactos, puesto que ese transportador era unidireccional. Y ahí es donde soñaba dirigirse Manzotti, a un futuro donde sus congéneres hubieran evolucionado hasta parecerse a él y en el que la muerte fuera un obstáculo superado. Por alguna razón que se le escapaba, no conseguía dar con un remedio eficaz para el paso de los años; en terapia génica siempre acababa fallando algo. Por eso buscó otra solución, que además de acercarle a la inmortalidad, le alejaría para siempre de esa chusma simiesca con la que compartía el aire. Solo faltaban unos cuantos trillones de voltios que, al paso que iba, podría costear en un lustro. También podía ir por la vía rápida y chantajear al mundo con una pandemia del ébola mutado y duradero que había desarrollado, pero temía las repercusiones de algo tan mal visto en aquellos que debían darle la bienvenida en el futuro. Era más seguro emular a los colonos que cambiaban a indios ilusos whisky adulterado por tierras con oro; en su caso eran armas modernas por plutonio.
Siracusa entró en su cuarto un poco atribulado: sus padres, esa misión atípica y urgente, apenas haber hablado con Mario… y en su pantalla un mensaje de Nenad. Por ser los que encontraron los planos, los serbios escogían tema. Marko había delegado en su padre y este ya se había decidido. En una grabación sugería buscar nombres entre canciones olvidadas «pero buenas», puntualizaba, algo que acabó definiendo como «clásicos impopulares». Este Nenad, pensó, cada día está más raro. La pantalla volvió a avisar, esta vez de una llamada entrante: Mario. Al milanés le hizo ilusión, pero se propuso no demostrarlo. Indiferente, contestó:
—Ah, hola. ¿Qué tal por Londres?
—Ven.
—¿Qué dices?
—Ven a verme.
Y colgó.
Siracusa fue a la habitación de enfrente, la puerta estaba ajustada. Entró y no vio a nadie. Desde el lavabo Mario le pidió que cerrara la puerta. Obedeció y fue a su encuentro. De algún modo muy mañoso había conseguido atarse las muñecas al toallero con el cable de la depiladora, que pendía centrada entre sus manos atrapadas. Estaba desnudo e indefenso. Miró a su amante a través del espejo y con voz solícita confesó: «He sido malo».
El lombardo sintió una erección instantánea. A sus cuarenta y dos años aquel que la motivara tenía su mérito. Iba a recompensarle con un castigo delicioso.
No fue consciente de su sadismo hasta entrar en la policía. Le gustaba observar los interrogatorios más exigentes, en algunos cooperaba, pero siempre los dejaba a medias, perdía todo interés si aparecían sangre o electricidad. Sentía aversión por esta última, le parecía sucia, traidora por invisible. No toleraba atacar todos los nervios del cuerpo de manera indiscriminada, a Siracusa le gustaba ir por partes, apretar y soltar y volver a apretar. Los vídeos snuff a los que tuvo acceso en comisaría tampoco le engancharon; los rusos eran acelerados y chapuceros, los japoneses, crueles en demasía. Lo que a él le atraía era un punto delicado y fugaz. El problema no era alcanzarlo, sino mantenerlo. Cuando fue consciente y aceptó su afición, ya era un hombre maduro, más por experiencia que por edad. Tras una vida regalada, le habían echado de la policía, había entrado en la mafia y se había quedado sin ella.
Sobrevivía como un perfecto hedonista gracias al finiquito de Marangi, abocado a un vacío insuperable. Las prostitutas con las que trataba no le inspiraban lo que los detenidos del pasado, así que un día probó con hombres. El resultado fue tan inesperado como inadmisible. En su casa, donde siempre se votó fascista, la homosexualidad no era una desviación, era una lacra. No es que simpatizara con su padre, es que escuchar su ideario en cada comida había horadado su juicio como una gota china. Ni se planteaba que ser gay pudiera ser bueno o malo, simplemente no era una opción. Pero ese chapero atado a la silla le excitaba de manera real, no supuesta ni imaginada ni forzada como esas chicas a las que obligaba a chupársela para conseguir un miembro duro. Su primer impulso fue de negación, despidió al chico y se encerró en sí mismo. Semanas más tarde, hastiado de la depresión, fue a un bar de ambiente. Repitió el experimento en diferentes ciudades y el resultado fue el mismo: se veía uniendo su cuerpo a algunos de los presentes en unas condiciones poco populares. Por un lado, se alegraba de no ser ese impotente de facto que había aceptado ser. Por otro, casi prefería continuar con su polla inútil.
Con el bolsillo solvente y nada más que hacer que escucharse a sí mismo, decidió probarlo. Para reunir valor no dudó en beber y drogarse hasta las cejas, así se dejó llevar. La primera vez no fue desastrosa, se atrevió con una segunda y una tercera que llevaría a una cuarta y así hasta perder quince kilos y una cifra en la cuenta corriente. Los chulos que precisaba eran caros, y la heroína que fumaba, cara y laxante. En ocasiones se despertaba vestido, con manchas de sangre ajena; otras encontraba su pistola tirada por el suelo y a duras penas recordaba cómo había llegado ahí. No fue consciente de su estado hasta verse temblando con síndrome de abstinencia sin otra salida lúcida que llamar a sus padres o suicidarse.
De vuelta a casa no le reprocharon nada, ni fue juzgado, ni siquiera se avergonzaron de él frente a un vecindario que cuchicheaba. Lo achacaron todo a una mala época, y con su ayuda mejoró paulatinamente. Hubo conatos de recaída, episodios violentos y vigilias interminables. Tardó lo indecible, pero se rehízo. Siracusa era consciente de lo cerca que había estado de un final, cuando menos, paupérrimo. No temía a la muerte, la vacuidad de su vida se lo impedía; lo que no soportaba era la idea de acabar sus días sin el mínimo decoro estético, y no se le ocurría imagen peor que la de un expolicía yonqui. Consideraba un milagro no haberse infectado de nada durante ese periodo borroso. Se sabía idiota por lo cerca que había estado y afortunado por no sufrir secuelas. Hasta sus dientes permanecían sanos.
Por otra parte, estaba arruinado. Se miraba las manos intentando dilucidar qué tipo de trabajo penoso les aguardaba. Nada que le gustara, intuía. Confirmada su recuperación, su madre le entregó una tarjeta.
—La dejó un señor muy elegante que quería hablar contigo —explicó—. Cuando vino, no sabíamos cómo contactar contigo, y cuando volviste… pues pensé que era mejor esperar a que estuvieras bien.
—¿Vino hace dos años?
—Sí, hijo, ¿cómo lo sabes?
—Creo que sé quién es…
Yago. El cartón lo completaba un número de teléfono y el nombre de su departamento: «Recursos Humanos». Nadie más iba a llamar a su puerta, eso lo tenía claro, solo quedaba resolver la conveniencia de jugarse el cuello por dinero. Su corazón latió con fuerza en señal afirmativa.
Durante su segundo encuentro, Yago varió ostensiblemente su discurso, ya no pertenecía al cuerpo administrativo de una empresa familiar, era un agente de asesinos a sueldo radicados en seis países diferentes. No negaba la realidad e invitaba a Siracusa a entrar en ella. Dejó muy claro en qué consistía el trabajo, simplemente evitaba palabras demasiado negativas como «eliminación», que sustituía hábilmente por «quiebra» y similares. Le explicó que tras la «debacle Marangi» decidió hacerse autónomo y representar a agentes libres. «No te cases con nadie», le soltó, parafraseando a su pretérito patrón. Lo mejor era que Yago había alcanzado un acuerdo tácito con las autoridades que le mantenía lejos de investigaciones embarazosas: sus chicos se abstenían de «silenciar» civiles, políticos y policías y estos se encargaban de enterrar el informe pertinente bajo montañas de expedientes por estudiar.
A Luigi le turbaba sobremanera la posibilidad de tener que disparar a alguien inocente, y entendía prácticamente imposible conseguir otra plaza tan limpia como con don Giuseppe. Aceptaba que su existencia no aportaba demasiado a la humanidad, pero al menos no quería contarse entre los hijos de Satanás. A esos era a los que podía liquidar. Le dio el «sí» a Yago y pronto empezó a hacerlo.
La frialdad con que actuaba era proporcional al placer que le impelía a reclamar otra actuación. Cuando no trabajaba, mejoraba. Como diestro, entrenó su mano izquierda obsesivamente hasta conseguir doblar su potencia de fuego. Yago le aumentó el sueldo y el peligro. Siracusa disfrutó el primero y se enganchó al segundo. Esta vez fue consciente de su adicción, así ponderó sus dosis para no caer en algún despiste fatal. Preparaba cada acción con rigor y sometimiento, su profesionalidad extrema era impropia de alguien que jamás peleó por nada. Y cuando llegaba el momento de la ejecución… su cuerpo era una pieza encajada con gracia en el universo, una halo indefinible envolvía su figura confiriéndole un estatus de celeste inmortalidad.
Cada vez fue más solicitado, hasta darse el caso en que trabajó alternativamente para dos bandos enfrentados. Le sobró cerebro para rechazar propuestas de riesgo intolerable. Con el tiempo su nombre se convirtió en un referente por toda Italia. El prestigio que se había ganado le permitió aumentar exageradamente su tarifa; ya no solo vendía calidad de servicio, su nombre también representaba moral para la parte contratante y temor entre los adversarios de esta. En el cénit de su carrera le bastaban un par de encargos para costearse el año entero. Tenía de sobra para unas necesidades de vestuario que aumentaban, a la vez que disminuía su apetito sexual, limitado en ese entonces a algún capricho puntual. Llevaba acumulados ciento cuarenta pares de zapatos, sesenta y dos trajes y más de trescientas camisas cuando Yago le ofertó un encargo de los Bandettini.
Tras la terapia sexual, los dos italianos se encontraban más unidos que nunca. Estaban en el Patio como el resto de la tropa, con sus copas. Se mantuvieron alejados de todos un buen rato, para poder criticar sin ofender. Era la guinda perfecta en una jornada de libres instintos.
Acabar con Manzotti era una emergencia. En los tres días siguientes marcharían a San Petersburgo, donde planearían y ejecutarían el ataque. En esas circunstancias, la velada de despedida era poco común, y la presencia de Layla la hacía más inusual si cabe. La palestina catalizaba sin esfuerzo la atención de la sala entera. Mario le hacía notar a su amante cómo cambiaba Checky en cuanto se acercaba a ella: de bajita pasaba a enana, de llevar media melena a semirapada bollera, de pelirroja a mal teñida, de usar una 80 a tabla de planchar…
—¡Calla, por favor! —rogaba Siracusa entre risas—. ¡Eres malísimo!
—¡Mira quién habla! Lo que me has hecho en el lavabo no es que sea un ejemplo de bondad, que digamos… Te juro que como me queden marcas…
Siracusa lo miró encantado. Mario se quejaba por gusto, su media sonrisa indicaba que seguía excitado y que esa noche esperaba más. El lombardo se levantó a por bebida, guiñándole un ojo. Se cruzó con Lander y Bill, que seguían hablando de los minipulsos, pasó entre ellos para interrumpir y sugerirles: «No os obsesionéis…». Ellos sonrieron y siguieron el consejo durante dos segundos. «Y tú tampoco», le advirtió a Marko con segundas; se encontraba cerca fingiendo escuchar, con la vista fija en la palestina. Pasó junto a Yukio, concentrado en las recreativas.
—Mátalos a todos —le ordenó.
—Sí —zanjó el nipón sin inmutarse.
Llegó a la barra, donde Paulo y Nenad competían a chistes malos para captar la atención de las chicas. Estas se reían ante la grata demostración de patetismo.
—Sergey —musitó con tiento—, ¿me harías dos mojitos?
—¡Mojitos! ¡Sabes que odio hacer mojitos!
—Ya, pero como he visto que a ellas se los has hecho…
—Pero ellas son… —Y por no delatarse como sexista acabó con un—: Está bien.
—Gracias.
—… y ahora nos vamos a Rusia —se oyó decir a Layla, alzando lo justo la voz para integrar al secretario—. Tú eres de ahí, ¿no, Sergey?
El Patio quedó en silencio a la espera de una respuesta ya conocida.
—No. Yo soy zulú.
El consenso de la carcajada pilló a Layla desprevenida, pero rápidamente se unió a ella.
—No lo conseguirás —le explicó Siracusa—. No te dirá de dónde es.
—¡Pero si ya lo he dicho! —se quejó Sergey, mientras machacaba menta con una expresión satisfecha que no le cabía en la cara.
Cuando el pistolero volvió con los cócteles, Mario le miraba inquieto. Siracusa temió que hubiera retomado el enfado por haber compartido tan tarde la información sobre Jin Won. Se sabía con la razón: si le hubiera dicho antes que ese coreano les había jodido el Mundial, Mario podría haber cometido algún error impulsado por la ilusión de matarlo. Sin contar el cabreo mayúsculo que habría sobrevenido de haberlo encontrado los serbios primero.
—¿Qué te pasa? —preguntó en guardia.
—Estaba pensando… qué tipo de maravilla me prepara tu cabecita malvada. ¿Sabes? No puedo bailar. Todavía tiemblo.
Siracusa, desarmado por la emoción, exhaló amoroso: «Te quiero». Mario negó con la cabeza y abrió mucho los ojos, como un fanático frente a su ídolo.
—Yo lo que quiero —confesó— es morir entre tus brazos.
Pasaron tres días de sexo extremo y continuado, no frenaron ni en el avión a Reikiavik ni en el tren a San Petersburgo. Cuando llegaron al piso franco, en el degradado barrio de Kupchino, era evidente la conexión que compartían. Lander les bajó a la Tierra de un plumazo.
—Vosotros dos, a trabajar. Se acabó la luna de miel.
Paulo les acompañó a una sala repleta de armas y en voz baja les advirtió:
—El jefe está que muerde desde que llegamos. No le tentéis.
Los italianos asintieron y empezaron a examinar sus futuras herramientas.
Esa noche de bautizo se presentaba poco animada; Lander, como moderador, podía contagiar su humor huraño.
—Ahora que estamos todos —inició—, quiero disculparme. Me doy cuenta de que en los últimos días he estado un tanto… hosco. Debo reconocer que no estoy cómodo. Las razones son obvias: estamos actuando de oficio y a contrarreloj; no es nuestro estilo, la situación se pasa de irregular.
»La inexistencia de quejas me da a entender que veis la misión tan necesaria como yo. Me alegro, porque lo que vamos a hacer aparecerá en los libros de historia.
Un estremecimiento recorrió la sala. Tras unos segundos, Lander se relajó visiblemente.
—¡Bueno, bueno! ¡No por eso perderemos las buenas costumbres! ¿Habéis escogido nombre?
La Agencia en pleno soltó aire y destensó músculos. Nenad se adelantó al resto:
—Yo quería llamarme Groovin’ with Mr. Bloe. ¿Demasiado largo?
—Sí, Nenad, seis sílabas es excesivo. ¿Cómo se llama el grupo que la canta?
—No la canta, es una instrumental de los años setenta… perdón: Mr. Bloe.
—Si te gusta, adjudicado. —Nenad asintió—. Perfecto. ¿Bill?
—Otra instrumental: Cantina Band.
—Eres un friki —le acusó Checky, sonriente—. Yo sigo con instrumentales: This is a Seagull.
—Buenísima, Check, pero se abreviará a Seagull —estipuló Lander.
—¡¿La conoces?! —preguntó anonadada.
—¡Oh, sí! Yo lo sé todo, ¡ja, ja, ja!
—Entonces —intervino Marko—, también conocerás Process.
—Por supuesto, de Elegant Machinery. No te lo esperabas, ¿eh?
—No, te aseguro que no. Estoy alucinado.
—Así pues, te quedas con Process… ¿Siracusa?
—Un espagueti clásico: Tarzan Boy.
—Y tan clásico… ¿Mario?
—Algo bailongo y hortera: Despre Tine.
—No la recuerdo —se extrañó Lander.
—Sí, hombre, salió cuando yo era pequeño; la cantaban unos rumanos, creo.
—¡Ah, sí! ¡Los rumanos de «nunca más se supo»! Ya caigo, aunque diría que eran eslovenos… da igual. ¿Layla?
—Yo no sé mucho de música, pero hace tiempo conocí a un grupo que tenía una canción que me gustaba… Roller Disco Combo se llamaba.
—Roller Disco me parece un gran nombre para tu primer bautizo. —La gente se mostró de acuerdo—. ¿Paulo?
—En honor a mi adorado Prince, seré Electric Chair.
—Me parece genial. Faltas tú, Yukio.
—Flash Gordon, de Queen.
No había acabado la frase cuando Bill y Checky ya cantaban «¡Flash! ¡Ah-aa!» muertos de risa. Yukio les miró impertérrito y ambos, en son de paz, alzaron los pulgares para demostrar que bendecían su elección.
—Y tras Flash —continuó Lander—, voy yo: The Robots, de Kraftwerk.
Durante la hora siguiente empezaron a entrenar la nueva nomenclatura. Al mismo tiempo, un terminal reproducía los temas escogidos. Bill y Lander fueron los que recibieron más burlas. Casi nadie bebió, y quien lo hizo se moderó a la fuerza: solo había vodka, y agua para rebajarlo. Por otra parte, la exposición del director había calado. Cuanto antes empezaran a trabajar, más tiempo para advertir imprevistos, y la única manera de acelerar el proceso era yéndose pronto a dormir.
A la mañana siguiente Layla presentaba una exposición sobre la escolta de Manzotti. El público se sentía algo desubicado escuchando a la novata en lugar de a Checky o a Lander. Las novedades en esa misión atípica se sucedían sin pausa. Tras unas horas desmembrando cada círculo de protección, llegó hasta el protegido en sí.
—Y he aquí la razón de que sea yo quien os esté dando la charla. Quiero mostraros algo. —Con un gesto, se proyectó en la pared una foto del objetivo acompañado de una chica—. Fijaos en ella. —Más imágenes se sucedieron, alternadas con algunos vídeos; al final su cara quedó fija en una ampliación suficientemente nítida como para advertir cada una de sus facciones, a excepción de sus ojos, ocultos bajo gafas de sol.
»Se llama Reffa Corà, es argentina, como Manzotti. Fue la mejor en las fuerzas especiales, llegó a jefa de seguridad de Bastanzo, el último dictador. Con el retorno de la democracia se pasó al sector privado e hizo… cursos de perfeccionamiento. No es extraño que Manzotti la escogiera como guardaespaldas personal, no hay muchas como ella. Es una beata.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Marko—. Tenía entendido que en la Kasbah las alumnas aprenden aisladas unas de otras.
—Porque me reconocí en ella. Fijaos bien en los vídeos. —Estos se sucedían en una esquina de la pantalla gigante. Allí, Reffa caminaba, paraba, vigilante… En alguna ocasión se la veía diciendo algo escueto a Bastanzo o a Manzotti. Su figura era perfecta, no cabía duda. Las piernas largas, el vientre planísimo que realzaba el volumen de sus pechos, los hombros inmejorables, el cuello seductor, el rostro bello y el pelo brillante y cuidado de colores cambiantes, entre el negro y el rojo.
—Yo solo veo un bombón —dijo Paulo.
—¡Exacto! Y si es un bombón ahora, con el uniforme militar, los trajes sobrios, de lejos, desenfocada y pixelada, al acercaros tendréis una diosa.
—De acuerdo —aceptó Nenad—, pues será una diosa fiambre.
—Me parece que ignoráis mucho sobre las Beatas. Nuestro poder no se ciñe a la cama.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Bill.
—Quiero decir esto…
Se le acercó como levitando, adoptó una postura frágil, delicada; la expresión en su rostro se tornó suplicante y su voz entregaba un pedazo de alma:
—Dime una cosa: ¿te gustan mis ojos verdes?
Bill, atolondrado e inseguro, reconoció algo obvio:
—Sí, claro.
Sin cambiar de tono ni dejar de mirarle, la palestina le corrigió:
—Pero si son azules…
—Sí, perdón —admitió el irlandés—. Me gustan tus ojos azules.
Layla se giró bruscamente y volvió al centro de la sala. Todos estaban asombrados, salvo Lander y Checky, que sonreían. Bill, a los pocos segundos, exclamó:
—¡Joder! ¡No me lo puedo creer!
—Pues créetelo. Lo que has sentido es tan cierto como que tengo los ojos marrones.
Tras demostrar la peligrosidad de la señorita Corà, Layla sugirió que fueran los italianos los ejecutores. No era seguro, pero sí posible que con esa medida minimizaran riesgos. Checky compartió la idea.
Lander enumeró ese día las quinientas dificultades de la misión y las consecuencias prácticas a la hora de abordarlas. El equipo, abrumado por la avalancha de datos, tuvo que esforzarse como nunca. En cierto momento, mientras Lander señalaba posiciones sobre un mapa, Siracusa le envió a su amante una mirada de soslayo que le puso los pelos de punta. En ese segundo cómplice se habían citado el día clave para compartir sensaciones que solo ellos conocían. Con la esperanza del cielo, ambos se pusieron a preparar el acto.
En lo referente a emboscadas, Malatesta les había enseñado mucho a los dos, a Mario prácticamente todo. Ese «demonio», como lo llamaba don Bandettini, era innovador y eficaz, dominaba aspectos que a otros profesionales les pasaban desapercibidos, como adónde apuntar para bloquear el motor de un coche. Era la enésima guerra contra los Rossi; Siracusa se veía más como un fichaje mediático que como refuerzo efectivo: con elementos como Malatesta su colaboración era, cuando menos, prescindible.
Mario sí que lo necesitaba. Desde que le presentaron al famoso pistolero milanés moría porque coincidieran. Su porte taimado y elegante, su cuerpo cultivado con mimo, su historial de asesino… todo le seducía, pero lo que de veras le subyugaba era el desapego por la vida que transmitía, ese aire de peligro absoluto. No había conocido a una víctima tan deseada desde el padre Vincenzo, solo que esta vez se sentía a la par cazado. Siracusa, consciente del acoso disimulado, alzó todas las barreras que supo. Su única meta era sobrevivir a sus padres, algo que no iba a conseguir flirteando con el sobrino del don.
El contrato del lombardo expiraba y este no daba muestras de flaqueza. Mario lo encontró cenando en el restaurante de la familia más cercano. Se sentó frente a él, con una botella de grapa. Siracusa terminaba sus bucattini alla matriciana cuando el joven le ofreció su licor.
—¿Te apetece?
—Después de la zuppa inglese, quizás.
—No, no, no. Tienes que combinarlo. Un sorbito de fuego seguido de un bocado dulce. El contraste mejora los sabores. Pensaba que lo sabías.
—Y lo sé. Pero ahora solo quiero zuppa inglese.
—Entiendo. Si no te importa, yo sí beberé.
Se quedó con él mientras tomaba su postre. Mario varió la táctica y relajó el ambiente con temas nada sospechosos. Siracusa agradeció el cambio de tercio y en cuanto acabó de comer aceptó el aguardiente. Como solo discutían sobre cuestiones laborales, se permitió un segundo y un tercer trago. Se sentía a gusto con ese chico al que había conseguido lidiar. Debatieron sobre la conveniencia de los guantes, las gafas de sol, las culatas de goma y las balas de punta roma. Estuvieron de acuerdo en casi todo; Siracusa completó la sabiduría instintiva de Mario. Al final de la botella llegaron a confesiones más íntimas.
—¿El mejor momento? —preguntó Mario.
—Oh, lo tengo claro… —Vaciló un momento antes de confesar—: Cuando el marco está limpio, tienes el blanco cerca…
—Y puedes vaciar el cargador —completó Mario con la sonrisa perfecta.
Siracusa se sintió indefenso y con la mente desnuda. Se supo tan desprotegido que huyó a su habitación tras presentar una excusa apresurada y burda. Subrepticiamente, ese chico precioso acababa de sembrar en su corazón.
Una vez encerrado, trató de recuperar el juicio. Solo quedaban dos días para la batalla final, era cuestión de evitar el riesgo hasta entonces. La solución era esa, pero su cabeza volaba. Una cuña, una simple cuña le habían clavado, una cuña hueca rellena de grano, de las utilizadas en otros milenios para abrir los portones más reacios, una cuña enana e invencible capaz de separar las traviesas mejor soldadas. Y el grano creció con la humedad de unas lágrimas enamoradas.
La grieta era un hecho. En las horas siguientes no hizo más que ampliarse. El golpe de gracia para Siracusa llegó en forma de nota deslizada bajo la puerta. «Sé lo que piensas, y me gusta.» Enclaustrado en diez metros cuadrados, el pistolero fue Dios. Y luego humano. Y así alternativamente, mecido por un caudal desbocado de dopamina y serotonina.
Mario olía el triunfo pese a la falta de pruebas. Estaba ansioso por ver al milanés, quería descubrir en sus ojos algún signo de aceptación de promesa. Ardía por someterse a esa mente refinada cuajada de maravillas oscuras, pero no se encontraron hasta la noche señalada.
Siracusa se mostró distante y concentrado. Mario temió por momentos haberse equivocado, tal era la seguridad del lombardo. Este temblaba por dentro, muerto de incertidumbre por lo que pudiera suceder. Malatesta templó ánimos y los puso en grupos diferentes. Ambos compartieron decepción pese a que la orden era lógica y predecible: no iban a estar las cuatro mejores manos en el mismo flanco. «Un golpe decisivo», había ordenado el padrino, cansado ya de trifulcas periódicas. Para acabar con Franco Rossi hacía falta llegar al cuarto piso de un edificio plagado de siervos. Se había sobornado millonariamente al general adversario para que programara una razzia que mantendría alejado al grueso de sus tropas. En esas circunstancias, el cuartel general de los Rossi no podría rechazar un ataque a gran escala.
Mario se santiguó tres veces, sacó sus armas y las besó. «¡Vamos!», animó a su grupo, e inició el fuego por la entrada principal; eso permitió a Siracusa y los suyos entrar por detrás sin encontrar casi resistencia en la escalera, y así alcanzar el primer piso. La defensa se dividió mal y Mario continuó hasta el segundo por los accesos principales, su grupo volvió a tomar por la retaguardia a los enemigos que mantenían a raya a Siracusa. Con este nuevo relevo, el lombardo llegó al tercero. Todo salía rodado.
En ese momento, Malatesta, que se había adelantado, retrocedió gritando: «¡Retirada! ¡Es una trampa!». Siracusa le cubrió desde la boca de las escaleras, pero este llegó malherido y cayó escalones abajo, ya muerto. De las habitaciones reservadas a la familia salían hombres sin parar, hombres que teóricamente no debían estar ahí. Siracusa bajó al segundo y cruzó el piso para avisar al otro equipo. Al final del pasillo vio a Mario mirando por la ventana.
—No hay escapatoria —le dijo—. Esos coches que acaban de llegar… nos fusilarán si salimos.
Los compañeros de Siracusa, pese al aviso, siguieron hacia abajo, arrastrando consigo al grupo de Mario. Olvidados, el chico y Siracusa se miraron fijamente.
—Solo podemos hacer una cosa —dijo el joven.
—Sí. Cargarnos al máximo posible.
Mario se deshizo por dentro y le regaló al lombardo otra sonrisa perfecta. Este le guiñó un ojo. Se pusieron a cubierto y escucharon pasos perseguidores. Una vez los creyeron cerca, se descubrieron disparando a bocajarro. Diez caídos en cinco segundos frenaron la contraofensiva. De nuevo a cubierto, tras recargar, Siracusa le hizo a Mario la señal de un bucle. Este asintió y bajaron aprisa, atravesaron el primero hacia las escaleras traseras sin dejar de correr. Mario se movía como un fauno, saltando entre cadáveres, silencioso, con una gracia imposible. Siracusa no había visto cosa más bella en su vida y le siguió sin miedo con las pistolas en alto.
El tiroteo en la entrada acababa de empezar. Los chicos de Rossi en el segundo piso fueron a mirar por la ventana. A sus espaldas llegaba la pareja resistente. Se atrevieron a acercarse para asegurar más blancos. Gastaron sesenta y ocho balas en nueve cuerpos. La secuencia de movimientos espasmódicos, el tintineo de casquillos ardientes cayendo al suelo y el penetrante olor a pólvora creaban un cuadro que nunca esperaron compartir y que ahora pintaban con una sola mano despiadada y maestra. Se separaron para entrar al tercer piso. Los cráneos que asomaban eran indefectiblemente perforados por detrás. Acabaron con todos. En las habitaciones no hallaron rastro de la familia, la imaginaron de viaje para no estorbar. Solo les faltaba un nivel por conquistar. En ese punto las palabras sobraban, su coordinación era total, representaban el binomio perfecto, la unidad mínima de combate en grado ejemplar, como miembros del Batallón Sagrado, heniochoi y paraibatai.
Mario se preparó tras una de las puertas que daba acceso a la cuarta planta. Siracusa envió un ascensor cebo. Al llegar a destino, justo tras la campanita, se llenó de proyectiles. La explosión de los cartuchos dio idea a Mario de la ubicación de los causantes; aprovechando el estrépito subió a saltos el último tramo de escalera y abatió a unos cuantos cuando advertían su error. Los últimos hombres de Rossi acorralaron al recién llegado. Siracusa tomó el segundo ascensor, pulsó el cuatro y se arrimó al ángulo ciego del interior, frente al panel de botones. Al sonar el timbre de llegada, el escolta más cercano retrocedió un par de pasos para comprobar quién llegaba. Lo supuso vacío, esperó a que las puertas empezaran a cerrarse y volvió a su anterior puesto. En el último instante, por un hueco estrechísimo, Siracusa se coló con agilidad, quedando a la espalda de los sitiadores de Mario. Lo liberó del acoso con tres disparos mortales. Este no necesitó ningún aviso, salió de detrás de los muebles que lo parapetaban, sabedor de lo ocurrido. Él y Siracusa eran uno.
Entraron en el despacho de don Franco con las armas por delante. El capo se encontraba de pie, tras su escritorio, intentando cargar un revólver con los nervios sacudiéndole las manos. Al ver a la pareja cejó en su intento. Balbució una súplica inútil. Lombardo y calabrés lo dejaron como un colador. Impelido por la cinética, fue a chocar contra el cristal blindado que daba a la calle. Allí abajo debieron ver los destellos y la sangre, porque la banda decapitada entendió que habían perdido al firmante de sus cheques.
Enseguida desaparecieron los coches de la entrada principal. Los vencedores, antes acorralados en la planta baja, salieron raudos a dar la noticia y celebrarlo. Mario y Siracusa se dedicaron únicamente a lo último, evitaron la algarabía de las zonas comunales del edificio Bandettini y se colaron sin ser vistos en la habitación del milanés.
Al día siguiente fueron citados para hablar con el padrino. Llegaron por separado pero los hicieron entrar juntos. Había algo en el ambiente que prometía encerrona, el peligro se podía mascar y ya era tarde para evitarlo. Don Bandettini comenzó:
—Ayer no vinisteis con el resto a dar parte. Lo atribuí al cansancio. Esta mañana he conocido las auténticas razones. Esto no lo puedo perdonar —anunció enseñándoles un minidisco. A través de sus reflejos arcoíris podían deducir su contenido. Mario se sintió airado y estúpido. Su primo se la tenía jurada desde que se conocieron y había intentado joderle con tretas evidentes a las que siempre se adelantó. No pensó que habría instalado una cámara en el cuarto de Siracusa, y debería haberlo hecho—. La… zafiedad de vuestros actos es indescriptible. Ese comportamiento degenerado un Bandettini no lo puede tolerar. Eso lo sabíais.
»Alguno de mis hijos aboga por haceros desaparecer ya mismo, y creo que tiene razón. —Los condenados ni pestañearon, acataban la pena con valor tebano—. Pero… me considero un hombre justo, y tras el trabajo de anoche… os daré una hora de vida. Tras esa hora, para mí estaréis muertos. Si algún día me llegan noticias de que estoy equivocado, usaré todos los medios a mi alcance para borraros del mapa de forma definitiva.
»Desapareced. El tiempo corre.
Hasta el aeropuerto no se dijeron nada. Fue Mario quien se atrevió:
—¿Sabes lo que me da más rabia? —Siracusa negó con la cabeza—. Que mi tío no nos haya pasado una copia.
Desde ese momento compartieron rumbo. Lander los encontró en Mikonos, fundiéndose los últimos ahorros de Siracusa. Les advirtió que tendrían que adecuar sus métodos a cierto tipo de ideología. El lombardo aceptó sin reservas, el calabrés a su modo: «Será divertido seleccionar blancos, ya me aburre tirar a todo lo que se mueve».
De acuerdo con esa frase, se preveía un aburrimiento total entre los emboscados. Difícilmente habría bajas entre el séquito ultraprofesional de Manzotti. Lander se había ausentado varios días y alguna noche durante la semana previa al golpe, todo para localizar el escenario óptimo. Una vez elegido, todos refunfuñaron salvo Checky, la táctica seguiría la acción bajo techo a más de cien kilómetros de distancia.
El lugar era una aislada sección de carretera flanqueada por dos pequeñas colinas, en el camino privado hacia un palacio decimonónico propiedad de un magnate del petróleo. Lander había hecho caminar a los suyos a través de cincuenta kilómetros de estepa nevada, cargando veinte kilos de material por espalda, tapados con mantas de camuflaje térmico, de noche y a menos veinticinco grados. Por buenas que fueran las prendas técnicas que vestían, el frío calaba. Llevaban horas preparados, a la espera de una comitiva poderosa.
Al vehículo de Manzotti lo protegían cinco todoterrenos blindados por delante y cuatro por detrás. Seis motocicletas trail peinaban los laterales del camino y un helicóptero Black Hawk MH-60L DAP supervisaba el conjunto desde el aire. La caravana era digna de un jefe de Estado y su dueño la merecía. Como Bill había señalado: «Manzotti es el único argentino con cierto derecho a creerse Dios». La primera adversidad había sido tener que prescindir de circuitos eléctricos, lo cual incluía detonadores y, por extensión, explosivo plástico. Cabía suponer que el inventor, con medios ilimitados, ya habría producido su arma y se habría equipado con ella; de igual modo, Bill apostaba a que poseería un escudo que la hiciera inútil, aunque este extremo faltaba probarlo.
Mario se desesperaba, aterido por el viento. Lo más emocionante que le había pasado en las últimas seis horas había sido ver a Layla y Bill colocando a paso de babosa cargas de nitroglicerina y mecha ultrarrápida. Tumbado sobre el arcén helado, bajo una capa mimética, solo deseaba tomar la pastilla especial de Lander. Todos debían hacerlo en cuanto oyeran el helicóptero. Su organismo recuperaría una temperatura ideal y sus músculos se reactivarían.
Al otro lado de la carretera, el bulto que era Siracusa compartía pensamiento. El tiempo les dio un respiro, el viento cesó pero al rato empezó a nevar. Bello, se dijo el milanés; si debía caer, que fuera en aquella bella estampa con su amante y compañero.
Un ventilador gigante se aproximaba. Era la señal. Todos ingirieron su dosis. Segundos más tarde aparecieron los coches. Bill se encargó de volar los tres de cabeza, Layla encendió mechas que neutralizaron tres más de cola. Los cuatro restantes maniobraron con pericia para huir colinas arriba. Sobre un promontorio, Paulo descabalgaba con su fusil a los tres motoristas de su lado. Yukio hacía lo mismo en posición simétrica, tumbándolos con pistola y rematándolos veloz con la espada. Nenad y Marko, levemente alejados, habían disparado con lanzagranadas al coche del objetivo. La primera vez el proyectil resbaló sobre la carrocería gracias a un movimiento maestro del chófer, la segunda ni lo tocó debido a una maniobra aún mejor. Marko respiró hondo y le pidió a su padre que lo municionara. En una secuencia entrenada, Nenad recargó tres veces para tres impactos sobre el resto de vehículos escolta. Con una agilidad de espanto, Yukio y Paulo introdujeron granadas en las aberturas creadas por las anticarro. Mientras, Mario y Siracusa sentenciaban a aquellos que intentaban salir de los coches explosionados. Bill observó cómo el objetivo se zafaba del caos y se disponía a escapar, y estuvo a punto de romper el silencio por radio para dar la alarma, o de intentarlo, en caso de que hubieran inutilizado su transmisor con minipulsos. Entonces vio a Layla plantarse como una loba sobre la cima de una colina. El helicóptero, tras entender que los únicos supervivientes eran enemigos, se dispuso a ametrallar, empezando por esa chica inconsciente que se ponía a tiro. La palestina preparó el arco que llevaba cruzado y armó la única flecha que había subido. Desde su posición podía ver el minitanque que se daba a la fuga, a un lado escuchaba el helicóptero y al otro, a más de cien metros, suponía a aquellos que debían salvarle la vida. Los serbios entendieron su papel. Nenad cargó una tierra-tierra de las antiguas, sin sensor de calor o movimiento, imposible de anular magnéticamente y poco fiable. Marko recibió una palmada en la cabeza, su turno. En apnea calculó la distancia, la parábola y se concentró para mantener el pulso para no malograr su único intento. Suavemente, apretó el gatillo.
El Black Hawk encaró a esa mujer que tensaba el arco. El copiloto se disponía a disparar cuando advirtió una bola negra que se acercaba de cara atravesando la nevada. Instintivamente, lanzó unas contramedidas que se mostraron inútiles. La granada atravesó el cristal y explosionó en el interior. Al instante, los depósitos de combustible ampliaban la burbuja de fuego.
Layla soltó la cuerda. Sin pararse a mirar la trayectoria de su flecha, saltó colina abajo para evitar las aspas rotatorias que le venían encima. Se salvó por centímetros. A lo lejos, una cabeza de trilita surcaba el aire hasta encontrar freno en el culo de la berlina blindada. Esta dio una vuelta de campana y quedó con las ruedas mirando el cielo.
Los italianos saltaron de la moto con la que lo perseguían. Las puertas delanteras se abrieron. Por el lado del conductor salió una chica ágilmente; por el lado del copiloto, un señor renqueante. Reffa Corà se encontró con Siracusa; Manzotti con Mario. La primera le dedicó la mirada más poderosa de su vida, seductora e inocente, capaz de infiltrarse en cualquier corazón humano; para su desgracia, topó con uno ya enamorado. El objetivo se quedó boquiabierto, incapaz de entender que ese era su final. Sincronizados, Mario y Siracusa vaciaron al unísono sus cargadores.
Lander apareció como por arte de magia, se subió a una moto, recogió a Bill y lo llevó primero hasta los restos del helicóptero y luego al tanque de diseño que usaba Manzotti. Eran los únicos transportes susceptibles de llevar la novedosa arma. El irlandés repartió entre ambos el resto de sus explosivos, nadie podría recomponer esa pieza inigualable de ingeniería. Le dolió en el alma destruir lo que él creía una obra maestra antes siquiera de echarle un vistazo. Pero el tiempo apremiaba, la fuerza de salvamento llegaría en breve. Se repartieron entre todos las trail enemigas y partieron a campo través, acelerando al máximo.
—¡Vacaciones! —gritaba Paulo—. ¡Vacaciones! ¡No sabéis cuánto las necesito! Los tres disparos de la última misión me han dejado agotado…
—¡Qué valor tienes! —le censuró Mario, que justo entraba en el Patio—. ¡Nosotros sí que las necesitamos! ¡Llevamos un par de trabajos que ni te cuento! La próxima vez me cambio por ti, Checky.
—Pero si te encanta el jaleo —respondió la texana—. Además, no sabrías ni encender el ordenador.
—Pues también es verdad —aceptó riendo—. Y dime, ¿te vuelves con los palurdos?
—Esos palurdos son mis paisanos. Y sí, me vuelvo con ellos.
—Y en tres meses, ¿no te entrarán ganas de suicidarte?
—Probablemente. Pero entonces recordaré a cierto tortellini incordio con el que trabajo y valoraré mi descanso.
—¡Calla, perra! ¡Y vamos a bailar!
La pequeña americana se dejó arrastrar alegremente.
—¿Y tú, Bill? ¿Qué harás? —preguntó Siracusa.
—Me quedo a montar el prototipo.
—¡Vaya putada! ¿No te puedes marchar ni unos días?
—¡Qué va! ¡Si es que aunque pudiera, me quedaría! ¡Lo que tengo entre manos es el sueño de cualquier físico! ¡De cualquier ingeniero!
—¿Te quedas solo?
—No. Layla se queda también. Dice que quiere ponerse al día sobre la Agencia. Y Yukio creo que también, pero ya sabes cómo es: aparece y desaparece. Bueno, y Lander, y Sergey, supongo.
—¿Los serbios?
—¿No lo sabes? Se van a los Andes, su último viaje juntos.
—¿Por qué? —se preocupó el lombardo—. ¿Se han enfadado?
—Al contrario, creo que se llevan mejor que nunca.
Ambos se los quedaron mirando, padre e hijo estaban frente a la barra, entusiasmados, explicándole a Sergey cómo derribaron el helicóptero. Siracusa sacó conclusiones:
—Desde luego, alguien capaz de ese disparo merece viajar solo.
—Pero creo que no lo hará. Me parece que en las próximas vacaciones se apuntará con Paulo.
—No es mala idea. ¿Qué hace él? ¿A Brasil, como siempre?
—Dice que es el paraíso, que para qué cambiar.
—Habrá que probarlo.
—¿Y vosotros? —se interesó el irlandés.
—Nos encontraremos en Cuba de aquí a dos meses.
—¿Y antes? ¿Qué haréis?
—Yo visitar a mis padres y comprarme camisas.
—¿Y Mario?
—Lo que ahora: bailar.
Siracusa se quedó mirando a su compañero, a su mitad. Cayó de tal modo embelesado que ni oyó a Bill excusarse para ir al baño. Sus movimientos, su ritmo, su felicidad contagiosa… era perfecto, todo lo que deseaba.
—¡Ven a bailar! —le voceó el calabrés—. ¡Es mi canción!
Una melodía pegadiza cantada en rumano sonaba alto. Siracusa gesticuló que después, que prefería mirar… mirar y pensar en todo aquello que le haría esa noche para que le echara de menos. Mario atendió a su admirador con las sonrisas que le gustaban. Era un seductor irredento, un devorador de corazones, pero había uno que deseaba mantener con vida, el de ese milanés que podía transportarlo al cielo, o al infierno, o como quiera que se llamara ese lugar absoluto donde llegar es difícil y permanecer, imposible.