La Alianza del Génesis
Capítulo 5
5
Los ojos de Nina lloraban a causa del humo, pero por fin empezó a divisar la luz del día.
También podía oír disparos, y gritos. Contuvo la tos mientras miraba afuera con cautela.
Había varios hombres en el costado de estribor; algunos descendían a toda prisa la pasarela que conducía a cubierta, mientras que otros disparaban al mar. El líder de los piratas gritó una orden. Sus hombres dejaron de disparar y corrieron tras sus compañeros. El líder fue el último en marchar, y contempló con gesto de satisfacción la humeante superestructura antes de seguir a sus hombres a cubierta.
Nina salió a la luz del día y se dirigió en cuclillas hacia el elevador mecánico que sostenía el bote vacío de babor. Cuando estuvo segura de que los piratas se habían marchado, se puso en pie.
Grave error.
Llegó un grito de su izquierda. Giró sobre sus pies y vio un yate a motor a babor. Un hombre de pie sobre él la señalaba, y un segundo pirata giraba sobre su eje una enorme ametralladora.
—¡Mierda! —Se tiró a cubierta, arrastrándose al costado de estribor justo cuando la ametralladora abría fuego…
Los estallidos de los disparos, que asolaron el costado del casco hasta llegar a la cubierta, eran casi ensordecedores. Escombros cayeron sobre ella, restos de maquinaria y accesorios de cubierta que habían quedado arrasados. Un orificio del tamaño de su puño apareció en el suelo pintado apenas a treinta centímetros de su cabeza, y otra bala acertó a una viga metálica transversal situada bajo cubierta con un estrépito lacerante. Nina gritó y corrió hacia el elevador de estribor, cuyo bote se sacudía sin cesar bajo las ráfagas de fuego de artillería.
Los disparos cesaron. Puede que el artillero la creyera muerta, o que se hubiera quedado sin munición. A Nina no le importaba; le bastó el alivio que sintió al alcanzar el costado de estribor de cubierta.
No duró mucho. Desde allí, tenía una visión elevada de toda la cubierta. El hidroavión del extremo opuesto había perdido la mayor parte de un ala; el bote de la Pianosa había volcado, y estaba rodeado de escombros. Dos cuerpos yacían en cubierta: uno era un miembro de la tripulación del barco, pero el otro no le resultaba familiar. Era uno de los piratas, con un proyectil clavado en un costado del torso.
Eddie, pensó. Era el único miembro de la expedición que podía haber disparado ese proyectil. ¿Seguía con vida? Y si así era, ¿dónde estaba?
Los demás piratas le proporcionaron la respuesta. Algunos de los hombres en cubierta comenzaron a disparar al mar, y pronto les imitaron otros sobre una motora. Docenas de pequeños surtidores saltaron por los aires allí donde acertaron las balas. El líder gritó de nuevo; parecía enojado. Los piratas dejaron de disparar, pero no había ni rastro de nadie bajo las olas.
El líder de los piratas ascendió a la mayor de las dos motoras fondeadas, y los demás se dividieron para repartirse entre ambas. Los motores se encendieron. Se marchaban.
Desde su posición, Nina ya sabía que no iban a retirarse sin más. La lancha rígida inflable disponía de lanzacohetes a bordo; las cabezas explosivas de color verde oscuro estaban ya cargadas.
No habían venido tan solo a saquear el barco. Iban a hundirlo, a eliminar todo rastro de la expedición.
Uno de los hombres que estaban en la motora más pequeña, casi justo por debajo de ella, alzó la vista… y la vio. Gritó algo, alzó su arma…
Nina retrocedió bruscamente. Los controles del elevador estaban apenas a unos metros de distancia. Sobre su cabeza, la barca cubierta de agujeros de bala se mecía por encima del costado del barco.
Aguardó a que la barca alcanzara el punto más alejado de su balanceo y golpeó la palanca de abertura de emergencia.
La barca cayó pesadamente con un estruendo de cadenas. Los piratas apenas tuvieron tiempo de gritar antes de que media tonelada de acero, madera y fibra de vidrio cayera sobre ellos, aplastándolos dentro de su propia embarcación. Su sangre se derramó por la cubierta.
Los hombres que quedaban en las dos embarcaciones restantes contemplaron la escena, boquiabiertos. Solo su líder, a los mandos de la lancha inflable, fue capaz de sobreponerse al shock de inmediato y maniobró con la motora para alejarla de la Pianosa.
Chase emergió bajo la sección más larga de cubierta cuando vio que la lancha inflable se alejaba. Comprobó, atónito, que la otra embarcación pirata fondeada se había convertido en la rebanada inferior de un sándwich de barcas, y sus ocupantes habían quedado reducidos a una mermelada rojiza.
—Precioso —murmuró, y alzó la vista en busca del responsable. Su rostro se llenó de aliviada alegría cuando vio una cara muy familiar mirándolo desde cubierta.
Su sonrisa se desvaneció cuando la lancha inflable reapareció, y dos hombres en su interior levantaron sendos lanzacohetes RPG-7 rusos, apuntándolos hacia la Pianosa.
El primer proyectil atravesó las olas y golpeó uno de los tanques de combustible situados bajo la pasarela. La explosión consumió de inmediato los demás, y una gigantesca bola de fuego y sucio humo negro se alzó al cielo. La pesada pasarela se soltó, y se incendió sobre la cubierta en llamas, destruyendo varias secciones del pontón.
Y los piratas aún no habían terminado.
El segundo misil golpeó la embarcación en la cota del agua, dibujando un orificio de treinta centímetros en el casco de acero. El mar ocupó el orificio de inmediato, llenando avariciosamente cada centímetro del espacio recién creado. Una tercera detonación, desde el otro costado de la Pianosa: el yate había disparado también.
Con dos orificios abiertos, y sin tripulación capaz de contener la inundación, la embarcación estaba condenada.
Y Nina seguía a bordo.
El líder de los piratas señaló al noroeste, lejos del barco que se hundía. La motora superviviente viró y se dirigió hacia allí. La lancha inflable la siguió. El rugido más grave del motor del yate se elevó cuando se unió al resto de embarcaciones menores en su huida.
Chase subió a lo que quedaba de cubierta. Estaba separada del resto de la embarcación, y flotaba a la deriva.
—¡Nina! —gritó hacia la Pianosa—. ¿Estás bien?
Nina caminó a gatas sobre la cubierta, con el pelo enmarañado ondeando al viento, y miró a Chase.
—¡Eddie! Dios mío, ¿estás bien?
—Más o menos. ¿Queda alguien vivo por ahí?
—No lo creo —replicó Nina apesadumbrada. De todas las entradas de la superestructura salía un tóxico humo negro.
Chase contempló la superficie del mar. El orificio que había creado el lanzacohetes estaba sumergido casi por entero, y se hundía con cada vez mayor velocidad a medida que la proa se llenaba de agua.
—El barco se está hundiendo. Tienes que salir de ahí.
—¿Cómo? ¡La pasarela ha desaparecido!
—¡Busca un chaleco salvavidas, y salta!
Nina pareció consternada.
—¿Saltar?
—¡Más te vale! —Chase centró su atención en la barca volcada—. ¡Bejo!
Bejo emergió junto a la barca volcada.
—¡Señor Eddie! ¿Está bien?
—Sí —le dijo Chase, señalando a Nina—. Prepárate para ayudarla cuando salte. Luego tráela aquí.
—¡No quiero saltar! —protestó Nina, mientras se ponía un chaleco salvavidas—. ¡Está demasiado alto!
—Si lo prefieres puedes esperar un par de minutos, estarás al nivel del mar y podrás bajarte sin saltar, pero no creo que esperar sea una buena idea. —Señaló las llamas que escapaban del interior del barco.
Nina trepó de mala gana sobre la barandilla.
—¡Mierdaaa…! —gritó, al mismo tiempo que cerraba los ojos y saltaba al mar. Bejo llegó hasta ella de inmediato y la sostuvo por los hombros mientras Nina jadeaba y agitaba la cabeza. La llevó a la cubierta.
Chase sacó a su empapada prometida del agua y después ayudó a salir a Bejo antes de dirigirse al extremo opuesto de la cubierta.
—¿Adónde vas? —preguntó Nina.
—Si la radio del hidroavión sigue funcionando, podemos enviar una llamada de auxilio. —Corrió hacia la Otter dañada. Hubo un momento francamente desagradable, cuando tuvo que empujar el cadáver hinchado de metralla de Ranauld a un lado para alcanzar el panel de instrumentos, pero las luces de la carcasa le indicaron que la radio seguía funcionando.
Cogió el micrófono portátil situado bajo el panel y buscó en la radio el canal 16 de VHF, la frecuencia de auxilio internacional.
—Mayday, mayday, mayday. Llamando desde la embarcación científica Pianosa…
El líder de los piratas bajó la mirada bruscamente hacia la radio cuando empezó a crepitar. Estaba sintonizada para recibir el canal 16 y de ese modo interceptar cualquier llamada de auxilio procedente de la embarcación científica. Ninguna había llegado; el primer disparo, el que arrasó el puente de mando del barco y los postes de radio, se había asegurado de que así fuera.
Ahora, sin embargo, un superviviente estaba haciendo una llamada, y, peor aún, alguien estaba respondiendo. Alguien a bordo de una embarcación de la guardia costera indonesia respondía en un inglés vacilante, solicitando la posición del barco.
El avión, comprendió. Solo había resultado dañado, no destruido por completo. Su radio seguía intacta.
No podía quedar ningún testigo con vida. Su patrón lo había dejado muy claro.
La lancha motora era la embarcación más veloz de las tres que quedaban. Cedió los controles de la lancha inflable a uno de sus hombres y ordenó con un gesto que la motora se acercara.
—¡Queda gente con vida! —gritó a sus tres ocupantes—. ¡Volved y matadlos!
El que manejaba los controles de la fueraborda se bajó el pañuelo rojo que le ocultaba a medias el rostro y esbozó una sonrisa malévola. Después, viró la lancha.
—Mierda —murmuró Chase cuando dio por finalizada la llamada de auxilio y vio que una de las lanchas viraba bruscamente.
Habían oído el mensaje.
Encallados en lo que quedaba de la cubierta del pontón, Nina, Bejo y él mismo no tenían adónde ir. Aunque se sumergieran, los piratas podían limitarse a esperar a que emergieran y disparar cuando lo hicieran. Y no tenían armas.
A excepción de…
—¿Qué estás haciendo? —gritó Nina mientras Chase se metía en la cabina.
—Voy a reunirme con ellos.
—¿Que qué?
Chase no respondió; en lugar de eso, apartó el cadáver de Ranauld y lo tiró al mar.
—Perdona, Hervé —dijo mientras el difunto caía al agua. Se deslizó al asiento del piloto e inspeccionó el panel de instrumentos. La mayor parte de los diales y medidores eran un completo misterio, pero poco importaba. Con media ala destrozada, el Otter no iba a volar a ningún sitio. Los únicos controles que necesitaba eran los pedales del timón y el acelerador.
Este último era una gran palanca situada en la consola central; había visto a Ranauld operarla el día anterior. La empujó a modo de prueba, alejándola de la posición marcada como «ralentí». El rumor del motor se intensificó ostensiblemente, y el fuselaje vibró a medida que el acelerador incrementaba la velocidad. Buen comienzo. Estiró el cuerpo hacia atrás y desató la cuerda de amarre. Después, empujó la palanca aún más.
Un viento cortante silbó por el parabrisas roto, y el rugido de la hélice llegó a ser ensordecedor. Chase trató de no prestar atención al estrépito y pisó uno de los pedales para alejar el Otter de cubierta. El hidroavión comenzó a ganar velocidad, y dio tumbos al chocar con las olas, magnificadas por la inercia de la aeronave.
Aceleró aún más. Se afianzaba el control del timón a medida que el Otter aumentaba su velocidad, pero la aeronave seguía siendo francamente inestable. El ala arrasada de babor hacía que el avión entero virara a la derecha, puesto que el peso de la otra ala hacía que ese costado se venciese. Sin embargo, si aplicaba un exceso de timón a la izquierda para compensar, el avión volcaría.
Con ambos pies en los pedales, tratando de mantener un precario equilibrio, miró adelante. A través de la nube de aire turbio creada por la hélice, vio el yate y la lancha inflable retrocediendo a lo lejos, mientras que la motora se acercaba a él.
Más velocidad. No podía permitir que los piratas se acercasen a la cubierta. El Otter se abalanzó sobre las olas. El agua entró por el orificio del fuselaje, empapándolo. Iba a treinta nudos, y subiendo.
La motora se aproximaba rápidamente. Uno de los piratas se puso en pie, con el arma en alto. El piloto cambió el rumbo, virando para pasar junto al costado de babor del hidroavión.
El hecho de que por ese lado faltara un ala les permitía acercarse mucho más. Y sin duda también apuntar mejor.
Chase se giró para encararlos. El hidroavión comenzaba a inclinarse, y Chase experimentó una sensación mareante de cámara lenta, a medida que la aeronave se aproximaba al punto de no retorno… pero enseguida se equilibró, ayudada por el impacto de una ola. La motora viró de nuevo, más bruscamente, al comprender el piloto lo que Chase trataba de hacer, tratando de evitar la colisión…
Chase se agachó cuando el artillero abrió fuego. Los disparos golpearon el morro del Otter y atravesaron la cabina. Uno de los pedazos del parabrisas que quedaban en pie se despedazó, y una ráfaga de viento arrastró los fragmentos de cristal hacia Chase.
Entonces la motora pasó de largo.
Chase pisó con todas sus fuerzas el pedal del timón.
El avión se inclinó, pero esta vez eso era justamente lo que él pretendía. La punta del ala de estribor se sumergió en el agua. La repentina ausencia de inercia hizo virar la aeronave entera mucho más rápidamente de lo que hubiera sido posible tan solo con el timón. Luego, la fuerza centrífuga del brusco viraje enderezó el Otter de nuevo… y Chase se envaró, apuntando el morro directamente hacia la motora mientras apretaba al máximo el acelerador.
El ruido del motor se convirtió en un aullido; la sacudida de la hélice casi lo cegó. Sin embargo, aún podía ver lo bastante para distinguir a la motora casi emparejada costado con costado con el avión, mientras el piloto trataba desesperadamente de cambiar de rumbo, pero demasiado tarde…
El torso del artillero desapareció en un surtidor de sangre cuando la hélice lo alcanzó, y sus piernas y abdomen permanecieron unos segundos de pie antes de que los flotadores del hidroavión golpearan el costado de la motora y lanzaran al mar lo que quedaba del fallecido. Otro de los piratas fue golpeado de refilón por las puntas de las hélices y fue impulsado diez metros en el aire. Un arco de sangre dibujó su vuelo en el cielo hasta que cayó al mar a lo lejos.
El piloto logró por muy poco agacharse antes del impacto. La hélice pasó justo sobre él, sin rozarle por centímetros, pero la fuerza del golpe hizo que su cabeza chocara contra un asiento.
Aunque estaba preparado para el impacto, Chase recibió un fuerte golpe que lo empujó contra los mandos de control. Llevándose las manos al torso herido, tiró de la palanca del acelerador, y el ruido del motor se atenuó hasta convertirse en un leve rumor.
Se incorporó y miró afuera. La motora había quedado empalada en los flotadores del Otter. Salió de la cabina; encontró un lugar donde colocar el pie en el flotador de ese lado y se dirigió hacia el morro del avión. La hélice seguía girando, de modo que saltó a la proa de la motora y se agachó para pasar bajo ella. El piloto estaba tendido en popa, y comenzaba a recuperarse.
—Vamos, número siete —dijo Chase, al tiempo que lo cogía de la cabeza y se la estampaba de nuevo contra el asiento—. ¡Se acabó el tiempo!
El pirata golpeó con la mano el rostro de Chase, que respondió con un potente cabezazo que rompió la nariz del indonesio. El piloto gimió, escupiendo sangre.
Chase aferró el pañuelo que rodeaba el cuello del pirata.
—¿Hablas inglés? —preguntó. El gruñido que obtuvo en respuesta no le pareció especialmente obsequioso—. Vamos a probar otra vez —dijo, al tiempo que lo alzaba y le daba la vuelta de modo que su cabeza quedó a apenas centímetros de las afiladas hélices—. ¿Hablas inglés, capullo?
—¡Sí! —gritó el pirata, con ojos aterrorizados. Trató de liberarse, pero Chase lo acercó aún más a la hélice.
—¿Por qué nos habéis atacado?
—¡No lo sé! ¡Era un trabajo!
—¿Quién os contrató?
A pesar de su temor, el pirata guardó silencio. Chase frunció el ceño y lo empujó un poco más. La mayor parte de la oreja derecha del pirata desapareció en una mancha escarlata cuando la hélice le golpeó. El indonesio chilló mientras Chase lo apartaba.
—¿Quién os contrató? —repitió Chase, a gritos—. Solo te queda una oreja, y después pasaremos a otras partes más blandas. —Miró hacia la entrepierna del pirata para ilustrar su comentario.
—¡No lo sé! —gimió el pirata—. ¡Solo Latan lo sabe!
—¿Quién es Latan?
—¡El jefe, nuestro jefe!
Chase recordó al que vio liderando a los piratas, aquel que parecía un exmilitar. Miró hacia la lancha flotante que se alejaba a toda velocidad.
—¿Adónde va?
El pirata se sacudió en un intento por liberarse. Chase le propinó un puñetazo en el estómago y después lo sostuvo de nuevo con ambas manos.
—¿Todavía puedes oírme? —dijo Chase mientras su prisionero, con las dos sienes ya cubiertas de sangre, chillaba de nuevo—. ¿Dónde está vuestra base? ¿Adónde va Latan?
—¡La isla Mankun! ¡Mankun!
El nombre no le decía nada a Chase, pero resultaba evidente por la desesperación del pirata que estaba diciendo la verdad. Lo apartó lejos de la hélice y lo lanzó hacia popa.
—Vale, Van Gogh —gruñó—, quédate ahí bien calladito. —Se sentó, con un pie sobre el pecho del pirata, mientras trataba de reflexionar acerca de todo lo que había ocurrido. Fuera quien fuera el que había contratado a ese tal Latan para atacar la expedición, buscaba algo muy concreto, algo tan valioso, o tan peligroso, que todos los que estaban a bordo de la Pianosa debían morir para silenciarlo.
Debía de tratarse de alguno de los objetos que Nina había encontrado, pero ¿cómo podía merecer tanta sangre una vieja reliquia?
Vio la cámara del laboratorio de Nina bajo el asiento trasero. Fuera lo que fuera lo que buscaban, puede que aún quedara una fotografía en la tarjeta de memoria…
Un movimiento llamó su atención, y giró la cabeza de inmediato; vio la aleta amenazante de un tiburón salir brevemente a la superficie antes de sumergirse de nuevo entre las olas. La sangre en el mar debía de haberlo atraído…
El pirata giró sobre su costado bajo el pie de Chase, tratando de aferrar algo a su espalda, aprovechándose de la momentánea distracción de Chase. Se incorporó sosteniendo una pistola que llevaba oculta en su pretina.
Chase giró hacia atrás, y le propinó una tremenda patada al pirata en la mandíbula; el indonesio salió despedido hacia atrás por la fuerza del golpe y disparó al aire mientras caía de la embarcación al mar.
El corazón le latía a toda velocidad; Chase se puso en pie rápidamente y vio al pirata emerger. Con el rostro empapado en sangre, alzó el arma de nuevo…
Y fue arrastrado el fondo tan rápidamente que el arma estuvo sumergida de nuevo antes de que pudiera apretar el gatillo. Un penacho de espuma sangrienta se elevó a la superficie cuando el tiburón tigre que acababa de envolver en sus fauces el torso del pirata se sumergió hacia las profundidades con su almuerzo entre los dientes.
Chase soltó una risilla de sorpresa cuando vio a depredador y presa desaparecer. Recuperó el aliento y tarareó unas cuantas notas de la banda sonora de Tiburón, mientras miraba hacia la Pianosa, que yacía medio hundida en el mar, y se preguntó cuánto tiempo tardaría en llegar hasta Nina con una motora destrozada pegada al morro del hidroavión.
Después de todo, nadar no parecía la mejor opción.