La Atenas de Pericles

C. M. Bowra · Capítulo 4 de 13

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La Atenas de Pericles

3. El gran cambio

 

Cuando los espartanos despidieron a Cimón y a su ejército en 462,

concluyeron el período durante el cual Esparta y Atenas aún se proclamaban

en buenas relaciones y dispuestas a compartir el mando de Grecia. Ahora era

realmente evidente que Esparta aborrecía y temía a Atenas, y se alegraba de

humillarla ante el mundo. Esta afrenta enfurecería a todo el pueblo ateniense

y especialmente a los que no estaban de acuerdo con Cimón o con su política.

Desacreditaba la confianza en Esparta de los partidos oligárquicos atenienses

y la política exterior sobre ella basada y revalorizaba sus primitivos

principios. Al rechazar la política proespartana, se rechazaban paralelamente

los puntos de vista aristocráticos sobre los que se basaba; si la política exterior

experimentó un cambio, lo mismo sucedió en política interior. Personaje

capital en este cambio fue Efialtes, hijo de Sofónides. Al principio de su

carrera se había destacado mandando una flota en la costa sur de Asia Menor.

Pertenecía, como otros líderes políticos, a una buena familia, mas no era rico.

Asumió la política de Temístocles, sin lograr ocupar un puesto sobresaliente,

mientras que Cimón estaba en su apogeo. Sin embargo, se opuso a conceder

ayuda a Esparta cuando ésta, en 463, la solicitó, y las únicas palabras que de

él nos han llegado son que «los atenienses no deberían intentar liberar o

restaurar a una ciudad que es su rival, antes al contrario, dejar que se hunda el

orgullo espartano»[1]. Era la herencia directa de Tetnístocles, quien había

decidido que, tras la derrota de Persia, Esparta era el más temible enemigo de

Atenas. Las consecuencias de haber desatendido su consejo mostraron que

Efialtes estaba en lo cierto. El comportamiento de Esparta provocó una

violenta reacción y acrecentó considerablemente la influencia de Efialtes y

sus amigos. Fueron ellos los que lograron la desgracia de Cimón a su regreso

y su ostracismo en 461. Pero antes de esto, quizás incluso mientras que

Cimón estaba en Mesenia, Efialtes fue el jefe de un poderoso movimiento que preconizaba reformas internas y apareció como el primer reformador

auténticamente democrático desde los tiempos de Temístocles.

Efialtes y sus compañeros pensaban que el estado ateniense seguía

estando excesivamente en manos de las familias ricas y que los pobres

carecían de posibilidades para incrementar su participación en la dirección de

los asuntos. Vieron que el último baluarte contra una auténtica democracia era

el Tribunal del Areópago, que había sobrevivido a las reformas de Clístenes,

posiblemente porque entonces parecía bastante inocuo. Pero ahora había

aumentado su poder y se había convertido casi en una Cámara de los Lores

(House of Lords) capaz de frenar las medidas populares y desconcentrar la

autoridad en manos de los ricos. Efialtes comenzó sus ataques tratando de

desacreditar a miembros individuales del Areópago, acusándolos de

corrupción, probablemente en relación con diversos cargos menores para los

que se nombraban entre sí. Luego pasó a privar al Areópago de sus funciones

legislativas y judiciales y a reducirlo a un tribunal que trataba principalmente

los casos de homicidio. Hizo aprobar su moción y el Areópago dejó de

castigar a los funcionarios públicos si quebrantaban la ley o a ejercer una

supervisión general para comprobar que las leyes se guardaban o investigar en

las vidas de los ciudadanos privados. Ahora, además de los casos de

homicidio, cuidaban del olivo sagrado de Atenea y supervisaban la propiedad

de los dioses venerada en Eleusis. Sus restantes atribuciones pasaron al

Consejo, a la Asamblea y a los tribunales de justicia. Estos cambios no eran,

realmente, muy radicales, pero allanaron el terreno para otras reformas al

abolir una autoridad que las entorpecía. Con esto confirmaron a los

demócratas en su confianza del poder y abolieron la discriminación por la

cual únicamente los más ricos ciudadanos tenían cabida en los cargos

supremos del gobierno. Desgraciadamente, nuestro conocimiento dé Efialtes

es muy reducido. Lo que sabemos nos hace suponer que era un hombre

extraordinariamente inteligente, a la altura de los movimientos intelectuales

de su tiempo, y también que, a diferencia de Temístocles, era

escrupulosamente honrado y, por lo tanto, se hallaba en buena posición para

atacar a los miembros del Areópago, que se habían aprovechado de su

situación para hacer dinero.

Reformas de este tipo eran fáciles de deformar y, si no se tomaban

medidas para evitarlo, el poder recaería de nuevo únicamente sobre los ricos.

Este problema se planteó con el asunto de los jurados. Una vez que el

Areópago hubo perdido su relevancia dentro del sistema legal ateniense, una

mayor responsabilidad recaía sobre los jurados y el gran aumento del trabajo legal supuso que sus tareas excediesen lo que podían hacer unos cuantos

aficionados entusiastas. Pata que los jurados pudiesen reclutarse en todas las

clases sociales, era necesario que gozasen de una situación económica

relativamente holgada y la solución fue pagarles por su asistencia. En 462-

461 se aprobó una medida a este respecto. Los atenienses recibieron con

entusiasmo el participar en los jurados una vez que su retribución lo hizo

posible y, de hecho, parece que les gustaba el trabajo por sí mismo.

Aristófanes a menudo se burlaba de sus aficiones jurídicas y pretende que la

participación en los jurados era su distracción favorita. En las Avispas (422)

muestra cómo el trabajo en litigios y jurados se creaba adictos y cómo esto

proporcionaba un buen entretenimiento al hombre de la calle. Esto sucedía

unos cuarenta años después de las reformas, mas descubre una inclinación

característica de la democracia ateniense y muestra hasta qué punto una tarea

pública tenía atractivo popular.

Con estas reformas Efialtes desafiaba a las clases dirigentes, y a pesar de

tener a la plebe de su parte levantó violentas hostilidades. En 461 fue

asesinado por un asesino nunca identificado, probablemente porque otros

conspiradores ocultaron su pista. En Atenas no era el crimen un arma usual en

la lucha política, puesto que tenían la posibilidad, mucho más clemente, del

ostracismo. Pero los conservadores pueden haber visto que Efialtes gozaba de

un apoyo demasiado fuerte para ser condenado al ostracismo, por lo que

decidieron matarlo en vez de exiliarlo. Dejaba un sucesor. En el proceso

contra Cimón por haberse dejado sobornar en el sitio de Tasos, en la reforma

del Areópago y en la implantación de una remuneración en los jurados,

Pericles jugó un papel importante aunque secundario. Fueron sus primeras

apariciones en la escena política, y podemos sospechar que tenía grandes

afinidades con Efialtes —sus aficiones culturales, su incorruptibilidad, sus

fuertes preferencias democráticas, su oposición a la política proespartana de

Cimón. A través de Efialtes se entroncaba con Temístocles, quien había

anticipado los principales cambios en política exterior. Pericles no consiguió

inmediatamente el gran poder que posteriormente sustentaría. Trabajó con

Efialtes y estuvo asociado a otros líderes después del crimen. Pero aún no era

ni siquiera primus ínter pares. Su ascensión decisiva empezó en 454, al ser

elegido general. Sin embargo, entretanto, se iniciaron ciertos cambios

característicos de su política ulterior y le proporcionaron un entrenamiento

para lo que después sería.

Una vez que la aparente amistad entre Esparta y Atenas se vio

comprometida, la guerra era inevitable; estalló en 459, terminando insatisfactoriamente mediante la tregua de 451 y la paz de 446-445. Comenzó

poco después de la extensión de la democracia en Atenas, lo que acentuaba

las profundas divergencias entre ambos estados. Persia no parece haber

supuesto un peligro en estos momentos. La liga había crecido

considerablemente en poder, riqueza y experiencia, y podía ahora volverse

contra Esparta, lo que no podía haber sucedido en sus comienzos. Los nuevos

gobernantes de Atenas, incluido Pericles, consideraban a Esparta su verdadero

enemigo. Había mostrado intermitentes hostilidades desde el final de las

guerras médicas; había humillado a Atenas al rechazar su ejército después de

Itome; se pronunciaba por un sistema de gobierno que los atenienses

rechazaban. Puede que los jefes atenienses sintiesen también que la

repartición de Grecia en zonas de influencia ateniense y espartana no podía

durar y estaba, por el contrario, predestinada a desembocar en un violento

conflicto. En tal caso era prudente estar preparado. Ciertamente, ambas

potencias habían coexistido, mas nunca habían sido fáciles sus relaciones y

ahora se habían roto totalmente. No sabemos hasta qué punto los líderes

atenienses Tolmides, Mirónides y otros, que dirigían la política en la

Asamblea y ostentaban el mando en el ejército, juzgaron posible humillar a

Esparta con las armas, pero sin duda pensaron que Atenas podía resistir.

Incluso si no lograban aniquilar a Esparta, Atenas le sucedería posiblemente

como principal potencia de Grecia, y la derrota de Esparta les reportaría una

gloria inestimable. No era un propósito innoble compaginar la seguridad con

el honor. Esto debieron de pensar los atenienses cuando pasaron de apoyar la

política de Cimón a sostener la de Temístocles. La guerra estalló no bajo la

forma de un conflicto abierto entre las dos grandes potencias, sino por unos

ataques de Atenas a lugares que Esparta consideraba dentro de su órbita

particular.

La política ateniense tendía a fortificarse en regiones cercanas al Atica. En

460 ó 459 ocupó Naupacto, en las costas norte del Golfo de Corinto, y pactó

con los mesenios que habían escapado de las garras de Esparta y eran ahora

capaces de acosarlos desde una base poderosa. El mismo año, los megarios,

tras una disputa fronteriza con Corinto, abandonaron la liga del Peloponeso y

se pusieron bajo la protección de Atenas. Esto le proporcionó una frontera

oeste mucho más segura. Emprendió la construcción de una línea de dobles

murallas desde la ciudad de Mégara al puerto de Nicea en el golfo de

Sarónica. Los corintios protestaron y se produjeron escaramuzas de poca

importancia. Un escuadrón ateniense fracasó en Halieis, en el golfo de Argos,

pero poco más sucedió. El verdadero choque se produjo poco después, cuando la flota ateniense encontró a la peloponesa cerca de la pequeña isla de

Cecrifalea, al oeste de Egina. Egina era una vieja amiga de Esparta y un

antiguo enemigo de Atenas. Comprendiendo que la situación era crítica, los

eginetas entraron en guerra, llevándola hasta aguas atenienses.

Egina estaba lo suficientemente cerca de Atenas como para ser una

amenaza permanente. Mantenía una potente flota, que se había distinguido en

Salamina, y durante mucho tiempo había protegido un vigoroso comercio

marítimo. Las monedas de Egina, con su imagen de una tortuga marítima, y

las monedas de Corinto, adornadas de la imagen del caballo alado Pegaso,

eran las únicas monedas griegas cuya circulación podía parangonarse con la

de las lechuzas atenienses. Durante mucho tiempo había desagradado a

Atenas la incómoda presencia de Egina a plena vista de la Acrópolis. Ya en el

siglo vil Atenas había desembarcado fuerzas en Egina, que habían sido

contundentemente derrotadas. En los primeros años de la democracia

ateniense el conflicto se había acrecentado, alcanzando su punto máximo en

487, cuando los atenienses intentaron lograr un apoyo a través de

colaboradores locales y fracasó. Los eginetas siguieron devastando los

puertos áticos hasta que ambas ciudades se encontraron del mismo lado en

Salamina y compartieron los honores de la victoria.

Algunos círculos atenienses tenían amigos en Egina, como los tenían en

Esparta. Entre ellos se hallaba Melesias, un pariente de Cimón y padre del

otro Tucídides (no del historiador), el que sería el más temible contrincante de

Pericles. Melesias era un famoso entrenador de atletas, muy admirado por

Píndaro por el éxito de sus alumnos, aunque puede comprobarse un creciente

prejuicio contra él por su origen ateniense cuando, en 460, el beocio Píndaro,

escribiendo para un egineta, dice bruscamente:

 

Si por Melesias he vuelto en mi canción

A la fama que ganó con los jóvenes atletas

Que la puntiaguda piedra del odio me golpee[2].

 

En sus apegos, la aristocracia griega aficionada a los juegos era ampliamente

internacional, pero cuando la guerra se dibujaba en el horizonte estas ataduras

se quebraban. Píndaro lo sabía y se mantuvo valientemente contra ello.

Entonces escribió diversos poemas para eginetas en los que, aunque

implícitamente vaticina que todo irá bien, apenas si lo manifiesta

abiertamente. En sus alusiones míticas, que sugieren una atmósfera de crisis,

alude a las inicuas difamaciones que sufre Egina y traza un paralelo con Ajax,

que se suicidó por haber sido deshonrado por historias mentirosas:

Demasiado viejo era el engaño odioso;

Caminaba con engatusadoras palabras y maquinada muerte,

Difama al que obra mal;

Violenta la gloria.

Y establece una fútil fama para el desconocido [3].

 

Había, sin duda, una campaña de propaganda contra Egina que Píndaro

comprendió. De hecho, si día provocó d conflicto, Atenas lo recibió con

entusiasmo y no retrocedió ante sus plenas consecuencias.

Frente a Egina se entabló una batalla naval en la que cada bando contaba

con sus aliados. Los atenienses capturaron setenta naves, desembarcaron con

éxito y bloquearon la ciudad de Argos, que resistió virilmente. La guerra se

extendió como si otros peloponesios quisiesen unirse para asestar un golpe

mortal a Atenas. Los corintios avanzaron por las faldas montañosas de

Geranea y cayeron sobre Megáride, confiando en que Atenas estuviese

demasiado ocupada para detenerlos. Pero los atenienses estuvieron

admirablemente a la altura de las circunstancias. Bajo el mando de Mirónides,

hombres que no habían alcanzado o sobrepasaban la edad militar, marcharon

hacía Megara y lucharon contra los corintios. Al principio obtuvieron

victorias más nominales que efectivas; luego, por un súbito motín en la ciudad

de Megara, ganaron una arrogante batalla. El año 459 fue un año cargado de

incidentes para los atenienses, que salieron airosos de todos ellos, pero

además de estas tareas habían asumido otra más arriesgada que ofrecía

deslumbradoras recompensas. Antes de que, en 457-456, tras dos años de

sitio, venciesen a Egina y la obligasen a pagar tributo al mismo nivel que

Tasos, habían puesto los ojos en una presa más lejana.

En 459, cuando los atenienses y sus aliados conducían empresas menores

alrededor de Chipre, recibieron una invitación para navegar rumbo a Egipto.

Venía de Inaro, príncipe libio y probablemente de estirpe egipcia, que había

aprovechado la confusión que siguió al asesinato de Jerjes en 464 para

sublevarse contra Persia. No sabemos quién recibió la invitación —realmente

nuestra información sobre este apasionante episodio es escasa—, pero

quienquiera que recibiese el mensaje decidió que era demasiado tentador para

rechazarlo. Si los atenienses establecían una base en el delta del Nilo, podrían

no solamente acosar a Persia en un punto neurálgico de su vasto imperio, sino

también abrirse nuevos y ricos dominios para la explotación comercial. Esto

los convertiría en la más rica ciudad de Grecia y los capacitaría para aventajar

y reducir a todos sus rivales. En el siglo VII, mercenarios griegos habían

prestado una valiosa ayuda a Psamético cuando se sublevó contra los asirios y

fundó una nueva dinastía sobre un Egipto independiente. Si los griegos lo habían hecho antes, ¿por qué no repetirlo, sobre todo siendo Inaro un líder

con cualidades y proyectos semejantes a los de Psamético?

La expedición a Egipto ocupaba una posición ambigua en el cambio que

la política exterior ateniense había experimentado después del ostracismo de

Cimón. A primera vista parece como si se hubiese llegado a una avenencia

por la cual los antiguos amigos de Cimón proseguían, bajo nuevas

circunstancias, su ofensiva contra Persia, mientras que el grupo estrictamente

antiespartano continuaba su ofensiva contra Esparta. Pero es posible que

Egipto llegase, incluso, a atraer la atención de este último grupo. Si se lograba

allí una potente base, Atenas controlaría el este del Mediterráneo y siempre se

podía objetar que la expansión por ultramar era parte del programa político de

Temístocles. Para él las estrechas tierras de Grecia eran insuficientes para sus

ambiciones y miraba más allá de ellas con ojos de hombre acostumbrado a

pensar en términos navales. Temístocles acariciaba proyectos de expansión al

oeste de Italia y Sicilia y se dice que llamó a una de sus hijas Italia y a la otra

Síbaris. Ignoramos la opinión de Pericles acerca de la aventura de Egipto,

pero en cuanto nueva aplicación de la estrategia de Temístocles es probable

que la aprobase. Ciertamente, en años posteriores, al evocar el pasado no

condenó esas aventuras lejanas, aunque tampoco las alentase mucho

personalmente. Seguramente piensa en hechos de este tipo cuando dice en su

Discurso Fúnebre:

 

Nuestro espíritu aventurero nos llevó a diversos mares y tierras; y en todas partes dejamos tras

nosotros la memoria perdurable del bien hecho a nuestros amigos y de los sufrimientos infligidos a

nuestros enemigos[4].

 

En 459, momento de grandes esperanzas, los amigos de Pericles pueden

haberse llegado a convencer de que era posible compaginar la expedición a

Egipto con la continuación de la guerra contra Esparta.

Todo empezó bien. Inaro había derrotado a los persas en el delta y allí lo

hallaron los atenienses bien asentado. Remontaron por mar triunfalmente el

Nilo y tomaron la ciudad de Menfis, salvo la ciudadela, el «Castillo Blanco».

Sombras se cernían sobre su hazaña; los atenienses, al parecer, cercaron sin

éxito el Castillo Blanco. Su plan era, sin duda, controlar Egipto, con la ayuda

de Inaro, desde Menfis. Era perfectamente factible contando con un número

suficiente de tropas; pero Atenas tenía demasiados frentes abiertos y no pudo

enviarlas. El tiempo perdido permitió a los persas despachar un gran ejército

bajo Megabizo, apoyado por mar con una flota fenicia. Los atenienses se

vieron expulsados de Menfis y acorralados en Prosopitis, una isla entre el Canopico y la desembocadura Sebenítica del Nilo. Ahora eran ellos los

bloqueados. Megabizo drenó la región, con lo que dejó los barcos griegos

varados sobre la plaza y estableció sus tropas en la isla. Los griegos quemaron

sus barcos, ya sin utilidad, y se rindieron a Megabizo, quien les permitió

retirarse a Cirene y de allí volver a su país. Inaro, a pesar de que los persas

habían prometido respetar su vida, fue crucificado. Poco después, ignorando

lo ocurrido, llegó de Atenas un escuadrón de cincuenta trirremes. La flota

fenicia lo atacó en la desembocadura Mendesiana del Nilo y únicamente

algunos barcos lograron escapar. El dominio persa quedaba restaurado sobre

todo Egipto. Así, después de cinco años, la expedición ateniense terminó con

un rotundo fracaso, presagiando el desastre aún mayor ocurrido en Siracusa

cuarenta años después.

El gasto en barcos y hombres era ruinoso; sin embargo, Atenas siguió

impertérrita y no se desalentó. Había rechazado a sus enemigos, que

intentaban sacar partido de sus dificultades. Estos cinco años fueron una

época de agotador y tenso esfuerzo. Una losa conmemorativa de los caídos en

459 de la tribu Erecteida nos permite apreciar la magnitud de sus

intervenciones y esfuerzos. Las palabras que preceden la lista de muertos nos

lo dice:

 

De la tribu erecteida, estos son los que murieron en la guerra en Chipre, Egipto, Fenicia, Halieis,

Egina, Mégara, en el mismo año[5].

 

Otro eco de estos acontecimientos nos viene de Esquilo, quien en 458

representó las Euménides, haciendo a Orestes interpelar a Atenea, divina

protectora de Atenas y de él mismo:

 

Si en los lejanos puertos de Libia,

Por las aguas de Tritón, donde nació,

Su pie plantó, cubrió o irguió

Defendiendo a los que amaba, con sus ojos

Como los de algunos bravos capitanes, observando las alturas de Flegra. Ojalá venga —desde lejos puede seguir oyéndome—

Y de estas miserias me libre[6].

 

Flegra es el escenario de la lucha entre los dioses y los gigantes, y su alusión

asocia a Atenea con el trascendental campo de batalla. Esquilo juzga la actual

lucha en África comparable a las legendarias luchas de los dioses.

La participación de Esparta en estas campañas no fue evidente. Por un

resquemor de anticuado honor o, sencillamente, por precaución suspicaz, se

negó a ayudar al rey persa Artajerjes invadiendo el Atica. Lo hicieron sus aliados, que presentaron batalla a Atenas en sus fronteras mientras que los

espartanos permanecían en su ciudad. Pero en 457 se embarcó en un plan que

suponía una guerra abierta. Su objetivo era crear al norte de Atenas, en

Beocia, una potencia lo suficientemente fuerte como para tener en jaque a

Atenas. El ejército espartano evitó la flota ateniense y atravesó el golfo de

Corinto. Hizo de Tebas la cabeza de una confederación beocia en la que

Esparta obligó a todas las ciudades beocias a entrar. Los espartanos no podían

regresar por el camino por el que habían venido por temor a que las galeras

atenienses, ahora totalmente alertadas, hundiesen sus transportes, por lo que

decidieron marchar hacia Atenas, luchando en su camino. Alcanzaron

Tanagra, cerca de la frontera beocia, donde, antes de que pudiesen atravesarla,

un ejército ateniense, apoyado por algunos argivos y la caballería tesalia, salió

a su encuentro. La lucha fue violenta y mortal. En mitad de la batalla los

tesalios desertaron y los espartanos vencieron. A pesar de ello, la batalla salvó

a Atenas, pues aunque la ciudad estaba peligrosamente desguarnecida al estar

entonces ocupada en construir sus grandes murallas hasta el Pireo, los

espartanos quedaron lo suficientemente desalentados por sus pérdidas como

para no atacar a Atenas y volver por la Megáride. Su extraordinario espíritu,

incluso en la derrota, la salvó aun cuando parecía estar a merced de un

poderoso enemigo.

El ejército espartano, al menos, había ganado una indiscutible victoria y

conservaba su reputación de mejor potencia terrestre de Grecia. Sin duda sus

líderes estaban satisfechos de haber hecho, como proyectaban, de la Beocia

un estado unido bajo la dirección oligárquica de Tebas. Pero dos meses

después de su retirada, un ejército ateniense mandado por Mirónidas invadió

la Beocia y ganó la batalla decisiva de Enofita, por la que. Atenas se adueñó

de toda la región, con la única excepción de la ciudad de Tebas. No se enroló

a los beocios, malos marineros, en la Liga de Delos, pero se les obligó a

proporcionar suministros al ejército ateniense. Un eco de lo que supuso la

batalla de Enofita para los beocios puede escucharse en un poema de Píndaro,

escrito poco después para un joven atleta cuya familia había sufrido

duramente en ella. Aunque tebano, el propio Píndaro puede no haber sufrido

tanto como otros beocios, pero siente que los que han muerto por su patria son

semejantes a los héroes legendarios del pasado:

 

El honor se guarda para los valientes

Hacédselo saber claramente, a quienquiera que sea

En esa nube no deja entrar el granizo de sangre

Del país que ama,

Y devuelve destrucción a la hueste de enemigos,

Y aumenta la inmensa gloria para la raza de sus conciudadanos,

En la vida y en la muerte.

Tú, hijo de Diodoto, que rivalizas con

El guerrero Meleagar, y rivalizabas

Con Héctor y Anfiaros,

Cuando sacrificaste su juventud en plena flor de la vida.

En el primer empujón de los combatientes, cuando el más bravo se mantenía firme en la batalla con

desesperadas esperanzas[7].

 

El resultado de la provocación de Esparta había sido la anexión por Atenas de

gran parte del territorio continental de Beocia. Era una novedad en su política

que sobrepasaba lo que una confederación, principalmente naval, como la que

dirigía, podía sostener. Para esto, el poder naval era prácticamente inútil y

carecía de suficientes tropas terrestres para una ocupación total. Tenía que

contar esencialmente con la cooperación de los habitantes locales que la

preferían a sus propios gobernantes. De estos, algunos, aunque poco

numerosos y poco dignos de confianza, eran miembros descontentos de la

antigua oligarquía. Otros eran demócratas locales que anhelaban el poder y no

desdeñaban la ayuda ateniense para lograrlo. Atenas parece haberlo intentado

con ambos grupos. A propósito del primero, un amargo panfletario conocido

como el Viejo Oligarca comenta: «Siempre que intentaban elegir al mejor

hombre, no tenía éxito, sino que al poco tiempo el pueblo de Beocia estaba

esclavizado»[8]. Acerca del segundo, Aristóteles dice que, después de Enofita,

la recién establecida democracia estaba destrozada a causa del mal

gobierno[9]. Anteriormente, nunca habían estado en el poder los demócratas

beocios, y su inexperiencia los hacía víctimas fáciles de los aristócratas

deseosos de recobrar la autoridad perdida. Atenas fue lenta en percatarse de la

enorme dificultad que suponía gobernar un vasto imperio y nunca lo hizo con

éxito.

La conquista de Beocia fue el punto culminante de la guerra; Atenas

habría sacado mejor partido de ella si hubiese podido firmar entonces la paz y

conservar sus ganancias. Dominaba a los estados vecinos de Mégara y Beocia

y la isla cercana de Egina. Estaba poderosamente asentada en el golfo de

Corinto. Pero había sufrido duras pérdidas, especialmente en Egipto, y los

peloponesios, y sobre todo Corinto, no deseaban hacerle ninguna concesión.

En el primer año de la guerra Pericles no había representado un papel

importante, pero en 454 fue elegido general y al año siguiente mandó una

flota en el golfo de Corinto, donde, dos años antes, Tolmides había preparado

el terreno, y tomó la ciudad corintia de Calcis, frente a Patras. No logró tomar ni Sición ni Eniade, pero su flota supuso una ostentación de fuerzas tan

valiente que las ciudades aqueas de la costa sur prudentemente se adhirieron a

Atenas. Atenas obtuvo en 451 un respiro con una tregua de cinco años,

negociada por Cimón, al que se había hecho volver del exilio y procedía con

lealtad e inteligencia. Entretanto, la reorganizada flota persa, envalentonada

por su éxito en Egipto, zarpó hacia Chipre, donde se envió a Cimón a

combatirla y donde éste murió en 449. Pronto se firmó la paz con Persia,

sacrificando Chipre, tal vez para facilitar concentrarse sobre el Peloponeso.

Su política fracasó. Atenas tropezó con una serie de desastres. En 447 los

aristócratas beocios exiliados se adueñaron de algunas ciudades en Beocia, y

el general ateniense Tolmides marchó contra ellos con un pequeño ejército.

Pericles advirtió las dificultades de esta expedición, claramente abocada al

fracaso, pero Tolmides, no obstante, siguió adelante. Tomó y guarneció

Cotonea, pero a la vuelta los exiliados lo atacaron y derrotaron. El mismo

resultó muerto y muchos de su reducido ejército cayeron prisioneros. Atenas

no podía sino aceptar la derrota y suscribir los acuerdos posibles. A cambio

de la restitución de los prisioneros perdió todos sus derechos sobre Beocia. El

golpe fue desastroso para su prestigio. Sus enemigos vieron que, aunque

poderosa en el mar, su poder terrestre era muy inferior. Otras pérdidas

siguieron. Fue asesinada la guarnición ateniense de Mégara; perdió la Aquea;

un ejército peloponeso amenazaba al Atica. Entretanto Eubea se sublevó y

Pericles se dirigió inmediatamente allí con un ejército. Debía de parecer como

si Atenas estuviese a punto de ser aplastada, pero supo estar admirablemente a

la altura de las circunstancias. Pericles volvió y sus tropas se sumaron a las

que se hallaban en el Megáride.

El rey de Esparta, Plistoanacte, aun contando con que fuese falso el rumor

de que se había dejado sobornar por Pericles, se acobardó y volvió. Entonces

Pericles regresó para asegurar Eubea. Histiea, que había sido más tenaz en su

resistencia, fue tratada más duramente; se expulsó a sus gentes y Atenas

anexionó su territorio. En cada caso se hizo un convenio independiente,

adaptado a las condiciones particulares; pervive, grabado en piedra, el que se

hizo con Caléis. Al mismo tiempo Atenas obtuvo una mayor ayuda militar de

sus aliados que habían luchado con ella en Tanagra y habían sufrido grandes

pérdidas en Egipto.

Todos estos peligros y derrotas dispusieron a Atenas a firmar la paz, y en

446-445 firmó con sus aliados una paz de treinta años con los miembros de la

Liga Peloponesa. En conjunto, era una confesión del fracaso de Atenas.

Desde el punto de vista económico, Egina siguió pagando tributo, pero garantizó su autonomía. Atenas entregó todos sus puestos en la Aquea, la

Megáride y toda la Beocia. Ya había, por otras causas, abandonado Chipre.

Así concluía la primera guerra entre Atenas y el Peloponeso. Ambos bandos

tenían algo que aprender. A Atenas le demostraba, lo cual era importante

política y militarmente, que no estaba preparada para sostener un imperio

terrestre. Podía realmente conquistar Beocia, pero no mantenerla, ya que

carecía de tropas suficientes para guarnicionarla y de agentes y colaboradores

beocios aptos para gobernarla. Con su gran armada y la demanda de hombres

y dinero que ésta suponía, era punto menos que imposible mantener además

un gran ejército, especialmente si tenía que combatir fuera de sus fronteras.

Su ejército se componía de ciudadanos que tenían otra actividad en su patria.

Aunque en momentos de intensa crisis, como en 458, toda la población

masculina se hallaba fuera de sus fronteras, esto no podía repetirse con

frecuencia. También es posible que, incluso cuando estaba en posesión de un

imperio terrestre, careciese de habilidad y tacto para gobernarlo. Era difícil

hallar hombres que vigilasen, sin exacerbarlos, a los recalcitrantes beocios.

Tampoco había logrado retener a Beocia dividiendo y dominando. Aprendió

con su fracaso. Durante varios años no repitió la experiencia de intentar ganar

un imperio terrestre, y luego no logró ni siquiera ganarlo, habiéndose quedado

sola para hacerlo.

Atenas, ciertamente, sobrevivió en gran parte gracias al espíritu

combativo de sus tropas, que cuando se trataba de defender su propio

territorio desplegaban un arrojo incomparable. Pero su moral heroica y su

confianza en sí misma tenían una vertiente peligrosa. Los atenienses eran

dados a pensar que no podían fracasar, por lo que no siempre se prepararon

adecuadamente o dispusieron tropas suficientes. Esto perdió la expedición de

Tolmides a Cotonea en 447. Unos nueve años antes había logrado éxitos

notables en el golfo de Corinto, y es posible que se formase una opinión

demasiado elevada de su habilidad y la de sus tropas. Con mil atenienses

solamente y algunos aliados esperaba contener la rebelión en Beocia, pero fue

irremisiblemente derrotado. Algo semejante podría explicar otros fracasos,

especialmente cuando en 453 Pericles no logró tomar ni Sición ni Eniade en

su intento de asegurar la ruta marítima hacia el Oeste. El desbordante ardor

ateniense podía valer por muchos batallones, pero en ocasiones no bastaba y

un mayor cuidado y tropas más numerosas habrían dado mejor resultado.

Atenas lo había comprendido y esto influenciaría su estrategia al volverse a

encontrar en guerra contra Esparta.

También Esparta tenía lecciones que aprender. La primera era que sin su

ayuda sus aliados no eran suficientemente fuertes para resistir a Atenas. Al

final, Esparta tenía que intervenir directamente, pero en general se demoraba

demasiado, lo que acarreaba grandes pérdidas. Podía haber atacado a Atenas

mientras Pericles estaba en Eubea, pero lo dejó a sus aliados, y cuando se

ocupó dé ello personalmente, Pericles ya había vuelto al Atica y podía librarse

de los invasores. Habría que buscar las causas de su vacilación en los extraños

repliegues del carácter espartano. En parte no era sino la habitual prudencia

de un pueblo excepcionalmente conservador. A esto se añadía el temor a que

los jefes espartanos, liberados de las trabas que los retenían en su país,

acariciasen peligrosas ambiciones, como había hecho Pausanias, o aceptasen

el soborno, como había ocurrido con Leotíquidas, uno de sus reyes, o temores

de otro tipo, que con el ejército en el extranjero las clases sometidas de los

ilotas y mesenios se sublevasen. Es incluso posible que Esparta no fuese

plenamente consciente del peligro ateniense sino que se aferrase a la ilusión

de que la mayoría de los atenienses se parecían realmente a Cimón. Entre sus

aliados los espartanos tenían fama de lentos. El historiador Tucídides lo da a

entender cuando, narrando acontecimientos posteriores, hace a los corintios

decir de los espartanos:

 

Sólo vosotros no hacéis nada en los primeros momentos para evitar la expansión del enemigo, sino

que esperáis hasta que haya doblado sus fuerzas[10].

 

y poco después, en el mismo contexto:

 

Vuestra manera de ser consiste en hacer siempre menos de lo que podíais hacer; desconfiar de

vuestro juicio, por sensato que sea, y considerar que los peligros van a durar para siempre (en las

situaciones difíciles pensar que nunca saldréis de ellas)[11].

 

Esta era la opinión corriente de Esparta. Primero era lenta en emprender algo.

Luego, después de haber emprendido acciones acertadas, no las continuaba

hasta alcanzar todos los beneficios que de su éxito podían derivarse. Así

sucedió en Tanagra en 457. Los espartanos habían ganado una victoria

decisiva contra un valiente enemigo. Parece que consideraron que, en vista de

sus grandes pérdidas, era suficiente y decidieron retirarse sin tomar medidas

para apoyar el inseguro gobierno de Beocia. Las consecuencias de esto fueron

la victoria ateniense de Enofita, en el otoño siguiente, y la dominación de

Beocia. Los espartanos continuaron siendo cautelosos en su política general,

pero aprendieron que era provechoso actuar con mayor rapidez y llevar hasta

el final una estrategia.

Aunque Atenas y Esparta eran los principales antagonistas en esta guerra,

en escasas ocasiones se encontraron en el campo de batalla y la única ocasión

importante en la que sucedió fue en Tanagra, donde venció Esparta. Aun

entonces los espartanos fracasaron o se negaron a atacar a Atenas. No

obstante, la guerra era esencialmente entre Atenas y Esparta, y en último

término se debatía el control de Grecia. Se iba comprendiendo que no había

cabida para ambas dentro de Grecia, o más bien que si Atenas intentaba

extender su dominio, Esparta tenía que impedírselo. Ninguna de las dos tenía

una idea clara de cómo lograr una victoria definitiva o, caso de ganarse, de

cómo explotarla. Ambos bandos carecían de tropas suficientes para conservar

las posesiones del otro si llegaban a apoderarse de ellas, y carecían de una

experiencia comparable a la de los sátrapas persas, en el gobierno de amplios

territorios poblados por sujetos extranjeros. En esta etapa, tanto el deseo de

una solución final como las ideas acerca de su acertada utilización deben de

haber sido vagas. Puede que los atenienses pensasen que habían hecho un

gran progreso al conquistar Egina; puede que los espartanos pensasen algo

semejante después de Tanagra. Sin embargo, Atenas no sacó todo el provecho

posible de Egina como tampoco Esparta de Tanagra. En los años siguientes,

el deseo de una solución definitiva se hizo más insistente, estando siempre

presente en algunas mentes, incluso si no tenía un perfil firme.

Militarmente, las diferencias entre ambos estados eran enormes. Esparta

se vanagloriaba de educar a sus ciudadanos para la guerra. Eran soldados

profesionales, severamente adiestrados, disciplinados y dispuestos a cualquier

sacrificio. En esto los atenienses, voluntarios o aficionados, nunca podían

competir en condiciones. Es posible que Temístocles forzase la verdad con

vistas a conseguir una flota cuando dijo que el ejército ateniense nada tenía

que hacer ni siquiera contra los beocios, pero puede haber cierta parte de

razón en la opinión del Viejo Oligarca de que «la infantería ateniense tenía

fama de ser muy débil»[12]. Además el ejército ateniense era desigual.

Mientras que en Esparta los reyes guiaban el ejército a la batalla, en Atenas lo

hacían generales elegidos por la Asamblea. Los reyes espartanos tenían la

ventaja de haber sido entrenados para la guerra desde su infancia. El precio de

esto era que, en ocasiones, reaccionaban contra la disciplina, causando temor

y ansiedad en el país. Los generales atenienses se elegían por votación libre y,

en conjunto, fueron bien elegidos. Los votantes eran a menudo soldados o ex

soldados que sabían muy bien lo que requería un general. Las elecciones

populares de Temístocles para Salamina y después de Cimón estaban

suficientemente justificadas. Pero incluso los generales atenienses con experiencia resultaban aficionados comparados con los correspondientes

espartanos. En líneas generales podemos decir que los espartanos confiaban a

la disciplina y al entrenamiento lo que los atenienses hacían por

improvisación y alta moral. Ambos estilos militares tenían sus defectos. Los

espartanos, probablemente, eran excesivamente cautelosos y toscos en sus

métodos; los atenienses, demasiado precipitados y propensos a hacer planes

insuficientes. Los espartanos eran superiores en tierra pero los atenienses

dominaban ahora, como antes lo había hecho Egina, el mar y su control les

daba acceso a cualquier lugar que quisiesen. Sólo con muy mala suerte, otra

flota, como la de Corinto, podía derrotarles, y esto raras veces sucedía. Con

todo, una flota sólo podía asegurar el imperio por mar pero de poco podía

servirle por tierra. Los atenienses podían ser, con mucho, los mejores

marineros de la época, pero no los mejores soldados. Cuando en 446-445

Atenas hizo la paz con Esparta, no se había resuelto nada. Ambos bandos se

concedían una tregua para restablecer sus recursos y entrenar a sus hombres

para una próxima guerra.

En su proceso de expansión imperial desarrolló una nueva manera de

fortalecerse en el exterior. Al llegar al poder, Pericles decidió que para tener

seguros ciertos lugares de capital importancia para Atenas era necesario que

los ocupasen ciudadanos atenienses. De este modo promovió estos

establecimientos en el extranjero. Ayudaban, sin duda, a solucionar el

problema del exceso de población dé Atenas, pero esto era secundario. Lo

esencial era que estos hombres, enviados a diferentes lugares, servían de

guarnición entre los aliados sometidos. En 447, bajo la supervisión personal

de Pericles, se estableció una de estas cleruquías, como se les llamaba, en el

Quersoneso tracio —la costa oeste de los Dardanelos—. Se adquirieron tierras

de los indígenas y se adjudicaron haciendas a mil ciudadanos atenienses, en

su mayoría pobres y desempleados, asignándolos a las diversas ciudades.

Pagaron las tierras mediante una reducción tributaria en los lugares afectados.

El país era peligroso, por lo que se construyó una muralla en el istmo para

mantener alejados a los bárbaros tracios.

Otros movimientos análogos se sucedieron, aunque no siempre con el

mismo propósito. En el establecimiento de cleruquías en las islas norteñas de

Lemnos e Imbros podía aducirse el pretexto de que ayudaban también a

proteger las rutas comerciales que atravesaban los Dardanelos. Pero el

pretexto ya no era válido para las cleruquías establecidas poco después en

Eubea, Histiea y en las islas cíclades de Naxos y Andros. Se seguía en ellos

un procedimiento muy semejante al utilizado en el Quersoneso, pero el número de colonos en cada lugar no sobrepasaba los quinientos. En las

Cíclades existía el pretexto de que estas colonias ayudaban a los barcos a su

paso directo por el Egeo, pero era difícil decir otro tanto de una cleruquía en

Eubea. Esta se había sublevado contra Atenas, y la tarea de la nueva colonia

era vigilar contra otra nueva sublevación. Los métodos de establecimiento no

eran humanos. Los propietarios desposeídos tenían que enfrentarse con la

miseria o la emigración, mientras que los nuevos colonos poseían tierras tres

o cuatro veces mayores que las de los anteriores dueños, lo que hace pensar

que no siempre eran los ricos los que lo sufrían. La creación de cleruquías fue

una de las más aborrecidas actividades del imperio ateniense e indica que no

sólo Atenas era consciente de la necesidad de puestos avanzados militares,

sino que además no era muy escrupulosa al establecerlos. Los colonos eran

atenienses establecidos fuera de Atenas. A veces obligaban a los indígenas a

trabajar para ellos. En general, conservaban su ciudadanía ateniense y estaban

ligados a su nueva patria por obligaciones militares. Cada comunidad poseía

cierta autonomía con un consejo, una asamblea y magistrados, según el

modelo ateniense. El número total de colonos no podía sobrepasar nunca los

diez mil, de modo que las cleruquías se asemejaban más a una guarnición que

a una colonia. Esto era lo que las hacía odiosas a los ojos de los aliados.

La vida en una cleruchía no debe de haber sido fácil. Los colonos tenían

que estar en vigilancia continua y sus improvisadas vidas eran, sin duda,

mucho menos confortables y seguras que la vida en su país. Pero la lejanía de

su patria los hacía más apegados a ella y orgullosos de pertenecer a ella. Un

ejemplo nos permite ver cómo su lealtad tomaba una forma práctica, incluso

visible. Entre las principales obras de Fidias figuraba la llamada Atenea

lemnia. Hecha en bronce, fue colocada en el Acrópolis de Atenas por los

colonos atenienses de lemnos. El satirista Luciano la considera la más

hermosa de las obras de Fidias, y aunque sólo tenemos copias tardías de ella,

una cabeza, hoy en Boloña, capta la magia de Fidias mejor que ninguna de

sus restantes obras. Los atenienses establecidos allende los mares no se

sentían inclinados a renegar de sus derechos de nacimiento.

La guerra del Peloponeso que, al principio, parecía prometer a Atenas

enormes beneficios, terminó con pocas ganancias sólidas. A pesar de ello era

en sí mismo sorprendente por los prodigiosos esfuerzos que inspiró a los

atenienses. Ante el impacto de estos ataques, casi todos los demás estados

griegos se habrían rendido; por el contrario, Atenas lo sobrellevó con

incomparable resolución. En ningún otro período de su historia desplegó tales

recursos ni tanto ardor, y aunque consiguió poco de lo que deseaba, al terminar no estaba peor que al principio. Sus ciudadanos no podían evitar

pensar que la próxima vez serían un poco mas afortunados y, por tanto,

saldrían victoriosos. El inmenso esfuerzo desplegado le hizo valorar más

realistamente sus poderes y limitaciones, sin disminuir su confianza en sí

misma y su vigor. Entre las duras lecciones que había aprendido y que había

de recordar estaba que era difícil conquistar Grecia y más difícil aún

controlarla desde un único centro. Con todo, para los atenienses, que entonces

gozaban de una época de esplendor, este derroche de hombres y dinero no

supuso una pérdida irreparable. Los primeros años del mando de Pericles

fueron el cénit de una edad espléndida en la que se sentaron las bases de gran

parte de lo que perduraría en los cuarenta años siguientes. Al rechazar a sus

enemigos, Atenas se hizo mucho más consciente de sus propias posibilidades

y más deseosa de desplegarlas totalmente.