La batalla

Patrick Rambaud · Capítulo 4 de 10 · parte 1/2

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La batalla

Capítulo tercero

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

–¡Ven!

Esta vez la obedeció.

Napoleón fue al encuentro de Masséna, que vigilaba en el campanario de Aspern.

–Se aprestan, Sire -dijo el mariscal.

El emperador no respondió nada, tomó el anteojo de manos de Masséna y miró, apoyado en la espalda de un dragón: los vivaques salpicaban el horizonte de puntos rojos y vacilantes. Imaginaba la batalla en los campos, oía los cañonazos, los gritos, aquel estruendo que aterraba a Europa. «Una gran reputación es un gran ruido -pensaba-. Cuanto más ruido haces, más lejos te lleva. Las leyes, las instituciones, los monumentos, las naciones, los hombres, todo desaparece, pero el ruido sigue resonando a lo largo de los siglos…» Napoleón sabía que en aquella planicie de Marchfeld que se extendía ante él, Marco Aurelio había aplastado a los marcomanos del rey Vadomar como él iba a aplastar a los austríacos del archiduque. La evocación le satisfacía. En la época de los romanos no había trigales sino pantanos, cañizares, garzas, taludes cubiertos de brezo. Las legiones bajaban de los bosques de Bohemia donde se habían abierto una vía a hachazos, aniquilando de ordinario osos y bisontes. Ya no se trataba de aquel famoso ejército de campesinos del Lacio, pesado, ordenado, sino de centurias heteróclitas que avanzaban detrás de los hombres que tocaban trompas, con el torso semicubierto por pieles de fieras, jinetes marroquíes, ballesteros galos, bretones, iberos dispuestos a elegir entre sus prisioneros a los que enviarían a cavar en sus minas de plata de Asturias, griegos, árabes, sirios malos como hienas, getas con greñas color de paja y llenas de piojos, tracios con faldas de cáñamo. Y Marco Aurelio en esa riada, sin armas, sin coraza, reconocible de lejos por su manto púrpura…

Capítulo tercero

PRIMERA JORNADA

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Al amanecer, una bruma de calor velaba la planicie. Ni un soplo de aire agitaba los trigales. Delante de los pueblos donde su ejército se preparaba, encor vado sobre su caballo de color claro, Napoleón, rodeado por sus mariscales, oficiales, ordenanzas y caballerizos, contemplaba aquel paisaje demasiado tranquilo. Los jefes reagrupados formaban un buen blanco, Berthier, Masséna, Lannes, Bessiéres, llegado de Viena, y los generales engalanados como para una revista, Espagne con la mandíbula apretada, Lasalle, de mostacho retorcido y mascando su pipa apagada, Boudet, Claparéde, Mouton, Saint-Hilaire, con el cuello de la guerrera subido, Oudinot, su expresión porfiada, el cabello cortado al rape pero las cejas pobladas, Molitor, de pelo áspero incluso en las mejillas y con la nariz delgada como una hoja de cuchillo, el imponente Marulaz, el vientre embutido en una faja de color amapola. La fuerte tensión impedía los gestos y las palabras. Inmóviles sobre los caballos de patas rectas que agitaban suavemente las crines, todo plumas y colores, festoneados, bordados, dorados hasta las botas cuya cera brillaba, aquellos héroes componían un cuadro anacrónico que Lejeune lamentaba no estar en condiciones de representar, aunque fuese a lápiz, a toda prisa, tanto le excitaba el desfase tan vivo que percibía entre la naturaleza y los soldados, la serenidad de una y la impaciencia de los otros. No ocurría nada. Lejeune meditaba sobre el poderío del decorado, capaz de modificar el sentido y el juego de los personajes que se le incorporaban. Pasó por su mente una de sus amantes provisionales, una alemana rosada que se bañaba en un torrente en Baviera: natural en la naturaleza, era hermosa, pero por la noche, cuando se quitaba de nuevo la falda en un salón cargado de colgaduras, fruslerías, muebles oscuros, también desnuda pero más seria, resultaba inquietante. Su abandono, su ligereza, sus trapos sobre la alfombra contrastaban con la decoración severa. «Es curioso -se dijo Lejeune-, pienso en el amor mientras espero la guerra…» Sonrió. La voz del emperador le trajo a esta última realidad.

–¡Pero están dormidos! ¡Mierda de austríacos! Mascalzoni!

Nadie hizo ningún comentario ni mostró su aprobación. No era momento para servilismos, y probablemente, antes de que finalizara el día, algunos de aquellos príncipes, barones, condes y generales estarían muertos. La bruma se disipaba, ya sólo flotaba en franjas por encima de los campos. El azul del cielo era más profundo, los trigales más verdes. En el

horizonte, sobre las pendientes de Gerasdorf, los austríacos habían formado pirámides de fusiles apoyándolos unos contra otros.

–¿Qué es lo que esperan? – gritó el emperador.

–La sopa-dijo Berthier, mirando a través del anteojo de largo alcance.

–No es más que una retaguardia, Síre -refunfuñó Lannes-. ¡Vamos a derrotarlos!

–Mis jinetes no han encontrado nada en esos lugares -observó Bessiéres.

–No -repitió Masséna-, el ejército austríaco está ahí, muy cerca.

–Sesenta mil hombres por lo menos -dijo Berthier-, si mis informes son exactos.

–¡Tus informes! – gruñó Lannes-: ¡Los prisioneros te han contado sandeces! Estaban sacrificados en esta dichosa isla, ¿qué saben ellos de las intenciones del archiduque Carlos?

–Esta noche los francotiradores han degollado a uno de mis hombres -

intervino Espagne en un tono inexpresivo.

–¡Eso es! – siguió diciendo Lannes-. ¡Francotiradores, merodeadores, y el grueso de los regimientos descansan en Bohemia!

–Sin duda esperan el refuerzo de su ejército de Italia… -añadió Bessiéres.

–Basta!

El emperador había gritado con irritación. Estaba cansado de oírles cotorrear. No tenía ninguna necesidad de sus consejos. Hizo un ligero gesto con la mano a Berthier y se alejó en compañía de su caballerizo Caulaincourt, del joven conde Anatole de Montesquiou, su ordenanza de cara fofa, los inevitables mamelucos traídos de Egipto que se las daban de importantes, con turbantes encopetados, pantalones turcos escarlata y lujosos puñales bajo el cinto. Entonces Berthier tomó la palabra en voz recia, sin mirar siquiera a los mariscales.

–Su Majestad ha ideado un dispositivo que debéis poner en marcha al instante. No debe haber ningún fallo. Estamos de espaldas al río, de donde llegarán tropas de refresco, el revituallamiento y las municiones. Se trata de oponer al enemigo una línea continua de un pueblo al otro. Masséna se apoderará de Aspern, con Molitor, Legrand y Saint-Cyr. Lannes ocupará Essling con las divisiones Boudet y Saint-Hilaire. Hay que bloquear el terreno desguarnecido entre los pueblos: los coraceros de Espagne y la

caballería ligera de Lasalle se desplegarán bajo el mando de Bessiéres.

¡Manos a la obra!

No había nada que discutir. El grupo se disgregó y cada uno fue a incorporarse al puesto previsto. Berthier, pensativo, se dirigió al campamento. Lejeune y Périgord le flanqueaban.

–¿Qué opináis, Lejeune? – preguntó el jefe de estado mayor.

–Nada, monseñor, nada.

–Decídmelo de veras.

–Esta luz me da ganas de pintar.

–¿Y vos, Périgord?

–¿Yo? Yo obedezco.

–Todos nos vemos reducidos a obedecer, hijos míos -suspiró Berthier.

Cruzaron en fila el puente pequeño que oscilaba por encima de la corriente. En la isla, Périgord colocó su caballo a la altura del de Lejeune y le susurró en un tono confidencial:

–Qué sombrío es nuestro mayor general.

–Debe de ser por la incertidumbre. El emperador parece elegir la defensiva, nos parapetamos, aguardamos. ¿Atacarán los austríacos? El emperador así lo cree. Debe de tener sus razones.

–¡Señor! – exclamó Périgord, alzando los ojos al cielo-. ¡Ojalá sepa adónde nos lleva! Sin embargo, mi querido amigo, estaríamos mejor en París, o en Viena, ¡y nuestro mayor general en sus tierras con sus dos mujeres! Mirad, estoy seguro de que piensa en la Visconti…

Lejeune no le respondió. Todo el mundo estaba enterado del triángulo amoroso de Berthier y los tormentos que éste sufría. Desde hacía trece años estaba locamente enamorado de una mi lanesa de ojos grises, casada por desgracia con el marqués Visconti, un diplomático bueno, anciano y muy discreto, poco afectado por las incesantes infidelidades de su esposa demasiado bella y ardiente. Cuando Berthier resolvió seguir a Bonaparte a Egipto, abandonando a su querida, lo hizo lleno de aflicción. En medio del desierto, bajo la tienda, levantó una especie de altar a su Giuseppa, a quien escribía sin cesar cartas alocadas y salaces. Y esto duró largo tiempo. A la larga, esta pasión interminable le pareció a Napoleón ridícula. Berthier, nombrado príncipe de Neuchátel, se vio entonces obligado a elegir una auténtica princesa para fundar una apariencia de dinastía. Dócil, desgraciado y entre lágrimas se decidió por Elisabeth de Baviera, quien

tenía el morro picudo y carecía de mentón, por lo que Giuseppa Visconti no estaría celosa. ¿Y qué sucedió dos semanas después de esta ceremonia obligatoria? El marqués murió en su lecho y Berthier no podía casarse con la viuda. Tuvo accesos de fiebre, estuvo al borde de la crisis nerviosa y fue preciso consolarle, sostenerle, recompensarle, aunque sus dos mujeres tuvieran que tolerarse mutuamente, se viesen con frecuencia y jugasen juntas al whist. Aquel domingo, al de mayo de 18o9, cuando se oía el fuego de los cañones austríacos, ése era el motivo de los suspiros de Berthier.

El mariscal Bessiéres suspiraba por motivos parecidos pero secretos.

Era un hombre frío, de una cortesía excepcional, poco locuaz, sin emociones aparentes, de quien no se podía sospechar el menor extravío amoroso, pero que había sabido llevar una doble vida a resguardo de los cotilleos. En realidad, debajo de su chaqueta azul y dorada llevaba dos medallones. Uno evocaba a su esposa Marie Jeanne, piadosa, muy dulce y considerada en la corte, y en el otro figuraba su amante, una bailarina de la ópera con la que gastaba millones, Virginie Oreille, llamada Letellier.

Bajo su aspecto de Antiguo Régimen, con los cabellos largos y empolvados que formaban alas de cuervo en las sienes, Bessiéres no permitía jamás que traslucieran los pensamientos poco militares que a menudo le pasaban por la cabeza. Cuando entró por primera vez en Essling al lado del general Espagne, lo primero que hizo fue mirar el campanario.

¡Menudo Pentecostés! No era el Espíritu Santo quien hoy iba a caerles sobre la cabeza, sino otras lenguas de fuego, los obuses y las balas del archiduque. En la plaza, los caballos ya ensillados comían la cebada amontonada. Los jinetes se ayudaban mutuamente a cerrar las corazas, y algunos limpiaban sus armas con cortinas arrancadas de las ventanas.

Espagne, informad a los oficiales de los deseos de Su Majestad-dijo Bessiéres mientras desmontaba.

Entonces se dirigió pensativo a la iglesia, en la que entró. El coro había sido transformado en campamento y dos reclinatorios acababan de consumirse en una fogata ante el altar despoja do de sus adornos. Bessiéres permaneció en pie ante el crucifijo que habían intentado en vano arrancar, inclinó la cabeza, buscó en el interior de su guerrera y contempló los medallones que representaban a sus amadas, uno en cada palma.

MarieJeanne debía de estar en misa, en la capilla de su castillo de Grignon; Virginie, a esa hora, dormía en el magnífico piso que él le había comprado

cerca del palacio real. ¿Y qué hacía él en aquella iglesia austríaca semiderruida? Era mariscal del Imperio, tenía cuarenta y tres años. Hasta entonces las circunstancias le habían sido favorables. ¡Tanto camino recorrido en tan poco tiempo! Muy joven, cuando pertenecía a la guardia de Luis XVI, había intentado proteger a la familia real durante el motín del 10

de agosto. Nunca había aprobado la vulgaridad de la Revolución ni el avasallamiento de los sacerdotes. En cierta ocasión fue sospechoso y tuvo que ocultarse en el campo, en casa del duque de La Rochefoucauld, antes de integrarse en el ejército de los Pirineos y luego el de Italia, en el entorno de aquel Bonaparte a cuyo golpe de Estado prestó su ayuda y para quien inventó un cuerpo de pretorianos que se convertiría en la Guardia Imperial… Dentro de una hora estaría a caballo. Los soldados le querían.

Los enemigos también, como aquellos monjes de Zaragoza a los que había protegido de sus propios regimientos. ¿Había nacido para mandar?

Bessiéres no lo sabía.

En el exterior, Espagne ya había entrado en acción. Distribuía órdenes, activaba los preparativos, inspeccionaba los caballos y las armas. Observó que unos coraceros cavaban una tumba bajo los olmos, al final de la calle principal, y envió un capitán para que apresurase al máximo aquel entierro.

El capitán SaintDidier fue a pie, sin darse demasiada prisa.

Tres coraceros, con palas robadas en un cobertizo, cavaban la fosa, ya casi terminada. En la hierba, el soldado Pacotte estaba blanco y rígido.

–Hay que espabilarse, muchachos -dijo el capitán Saint-Didier.

–Lo primero es lo primero, mi capitán -se limitó a decir Fayolle, clavando la pala en el montón de tierra que rodeaba la fosa. – ¡Nos vamos de este maldito pueblo!

–Enterramos a nuestro hermano, mi capitán -replicó Fayolle-, para que no lo devoren los zorros.

–Tenemos principios -añadió uno de los coraceros, un herrero forzudo que se llama Verzieux.

–¿Y no enterráis al tipo que destripasteis anoche en la casa?

–¡Ah, ése! – dijo Fayolle-. Es austriaco.

–Si los zorros se lo comen, que les aproveche -dijo el tercer soldado, un hombre bajo y moreno que se reía burlonamente y a quien el capitán reconvino:

–¡Basta, Brunel!

–¿Es que no sois religioso, mi capitán? – preguntó un Fayolle socarrón, el cual acariciaba los tirantes negros que había encontrado en el bolsillo de Pacotte y que llevaba alrededor del cuello como una corbata, a modo de recuerdo o trofeo.

–¡Dentro de un cuarto de hora quiero veros a los tres en vuestro pelotón!

– les ordenó el capitán Saint-Didier antes de girar sobre sus talones, disgustado por tener que dirigir a unos brutos.

Cuando estuvo a cien pasos, Brunel preguntó a los otros dos:

–Saint-Didier… es un apellido de aristócrata, si no me equivoco.

–Quizá nos evitará lo peor -dijo Fayolle-. Le he visto actuar delante de Ratisbona, y conoce su oficio.

–¡Ya, ya! – dijo Verzieux, poniéndose a cavar-. Estoy harto de esos oficialillos caguetas que recogen a la salida de los colegios y que nos forman en quince días porque saben latín.

Allá abajo, cerca de la ribera del Danubio, las gaviotas emitían unos chillidos que parecían risas. Fayolle se echó el manto pardo sobre el hombro e hizo una mueca.

–Si hasta los pájaros se burlan de nosotros, esto empieza mal…

Todos los regimientos de caballería acantonados en Viena salieron a primera hora de la mañana, y el suelo temblaba bajo los cascos de los caballos. Friedrich Staps se puso al lado de un muro para que pasaran los dragones al galope, que le habrían pisoteado sin consideración, y se adentró en las viejas calles alrededor de la catedral de San Esteban. Empujó la puerta vidriera de una ferretería que acababa de abrir y tenía ya un cliente, un señor corpulento vestido de oscuro, con los cabellos grises, ralos y largos, tanto que le rozaban el cuello de la chaqueta. El cliente hablaba francés y el comerciante, con los ojos muy abiertos, trataba de explicarle en vienés, ese alemán cantado, que no le entendía. El francés se sacó del bolsillo un trozo de tiza y dibujó algo en el mostrador. Lo había hecho mal, sin duda, porque el comerciante seguía perplejo. Staps se acercó y le ofreció su ayuda.

–Conozco un poco vuestra lengua, señor, y si puedo seros de utilidad…

–¡Aj, joven, vos me salváis! – ¿Qué habéis dibujado? – Una sierra.

–¿Queréis comprar una sierra?

–Sí, bastante larga y resistente, no demasiado flexible, con los dientes finos.

Informado por Staps, el comerciante sacó de sus cajas varios modelos que el francés tomó en sus manos. Staps le miraba con curiosidad.

–No os imagino en absoluto como carpintero, señor.

–¡Y tenéis razón! Perdonadme, esta mañana tengo demasiada prisa y ni siquiera me he presentado. Soy el doctor Percy, cirujano en jefe del gran ejército.

–¿Necesitáis una sierra para cuidar a vuestros enfermos?

–¡Cuidar! Nada me gustaría más, pero en las batallas no se cuida, se repara, se acorrala a la muerte, se cortan brazos y piernas antes de que comience la gangrena. Gangrena… ¿conocéis esa palabra?

–Me temo que no.

–Con este calor, joven -dijo Percy, sacudiendo la cabeza-, los miembros heridos se pudren, y es mejor amputarlos antes de que todo el cuerpo se deshaga por dentro.

El doctor Percy eligió la sierra que le convenía y el tendero se la envolvió. Pagó con uno de los billetes de un fajo de florines que había sacado de su maletín, se embolsó el cambio, dio las gracias y se caló un tricornio negro con escarapela. A través de la ventana, Staps le vio alejarse hacia la calle de Carintia, donde saltó a una calesa.

–¿En qué puedo serviros, señor? – le preguntó el tendero. Staps se volvió hacia él.

–Necesito un cuchillo largo y afilado. – ¿Para cortar carne?

–Exactamente -respondió el joven, con una sonrisa apenas marcada.

Al salir de la ferretería, Friedrich Staps se guardó el cuchillo de cocina, envuelto en papel gris, en el bolsillo interior de la levita arrugada, y echó a andar con rapidez por la ciudad en efer vescencia. Los escuadrones seguían confluyendo hacia las puertas de Viena para tomar la ruta de Ebersdorf, el Danubio y el gran puente flotante. Al llegar a la casa pintada de rosa de la Jordangasse, Staps se encontró con unos hombres de torso desnudo y gorra de cuartel en la cabeza, que descargaban un furgón de intendencia cubierto con una lona. Sin preguntarles nada, siguió a dos de ellos. Sudaban al transportar una gran cesta hacia la cocina, en la que el joven entró también.

Sobre la larga mesa parda se amontonaban pollos, frascos, hogazas de pan y verduras. Las hermanas Krauss y su ama de llaves desplumaban, cortaban, mondaban y lavaban, mientras Henri Beyle, a pesar de su mala cara,

regresaba de la bomba con dos cubos de agua que Staps le quitó de las manos.

–Descansad, estáis enfermo.

–Muy amable, señor Staps.

Entonces, indicando los víveres con un gesto del brazo, Henri le explicó:

–Ya veis, mis colegas de la intendencia se ocupan también de mi salud.

–Y la de estas señoritas.

Henri miró a Staps, con su aire angélico, su sonrisa ambigua. Aquel muchacho demasiado cortés le irritaba. Cabía dar un doble sentido a cada una de sus palabras. ¿Debía desconfiar? ¿Por qué? Henri olvidó sus sospechas al oír a Anna Krauss que bromeaba con sus hermanas menores, sin que él comprendiera a propósito de qué o de quién. Staps no tardó en intervenir en la conversación, en alemán, lo cual acabó por hacerle odioso a Henri. Éste, en el extremo de la mesa, los veía reír sin poder participar del jolgorio. Palideció y apretó los dientes, intentó levantarse y sintió malestar, un escalofrío. Inquieta de repente, Anna se apresuró a sostenerle. Como le tomaba del brazo y él notaba el calor de su cuerpo, Henri enrojeció como un tomate.

–¡Le vuelven los colores! – exclamó Friedrich Staps en francés.

Henri habría querido morder a aquel pequeño imbécil.

Con la chaqueta desabrochada y las perneras del pantalón remangadas sobre los zuecos embarrados, Vincent Paradis no parecía un tirador y menos todavía un explorador. Se habría dicho que era un civil disfrazado. El ordenanza del coronel Lejeune había tenido que sacudirle para que se despertara. Bostezó, estirándose ante el Danubio amarillento, un río como no había visto otro jamás, ancho como un brazo de mar e inestable como un torrente, con caprichos y súbitas violencias. El sol empezaba a caldear y Paradis recogió su casco, se lo puso y ajustó el barboquejo de cuero bajo el mentón. ¿Quién habría inventado unos sombreros tan altos? Protegido por un oficial del estado mayor, se creía al abrigo en la isla de Lobau, y le divertía el trajín que distinguía a lo lejos, en la otra orilla, hacia las casas apretujadas y las granjas de Ebersdorf. Entonces oyó una música. Los clarinetes de la Guardia Imperial, en cabeza de las tropas que avanzaban ahora por el puente grande lleno de baches, tocaban una marcha de Cherubini compuesta para ellos. Seguían las banderas a rombos tricolores

coronadas por un águila con las alas desplegadas y, a continuación, los impecables granaderos. A éstos no los soportaba nadie en el ejército, pues tenían todos los derechos y lo demostraban. El emperador los mimaba, por lo que eran arrogantes. Sólo montaban en primera linea al final de las batallas, para desfilar entre los cadáveres de hombres y caballos, comían en escudillas personales y, en general, viajaban en coches guarnecidos de paja o en simón, para reducir al mínimo las molestias. En Schónbrunn, donde habían acampado, la intendencia les había ofrecido calderadas de vino azucarado. Al igual que el emperador, usaban calzones de casimir debajo de las polainas de tela blanca. Dorsenne, su jefe, elegante hasta el exceso, con el cabello negro rizado con tenacillas y el semblante altivo de un habitual de los salones, comprobaba los botones de los uniformes, los pliegues falsos, la limpieza de las bayonetas por las que pasaba un dedo enguantado.

Los granaderos de la Guardia se aproximaban en tres filas, atravesando aquel interminable puente de tablones que descansaba sobre barcas de tamaños y formas desiguales y balanceadas por la corriente. A medida que avanzaban de una manera lenta y compasada, arrojaban al agua sus bicornios, y cada uno desanudaba de la mochila de quien le precedía aquel famoso gorro de piel de oso, metido en un estuche, antes de ponérselo.

–¡Qué espectáculo! – exclamó el ordenanza de Lejeune, que presenciaba la escena detrás de Paradis.

–Sí, mi teniente.

–¡Eso reconforta el corazón!

–Sí, mi teniente -repitió el tirador Paradis para no contradecir a sus bienhechores que le alejaban del frente, pero aquel ceremonial afectado le irritaba.

Tenían menos miramientos con los soldados de infantería, siempre en marcha, siempre encorvados bajo el peso de las armas, las piernas y los brazos destrozados, que dormían en el sue lo incluso bajo la lluvia, que reñían por ocupar un sitio cálido no demasiado lejos del fuego de los vivaques.

Llegó Lejeune, con las manos a la espalda y un aspecto huraño, lo cual no presagiaba nada agradable. Cogió a Paradis del hombro, con demasiado afecto, y se lo llevó hacia los ribazos. De repente Lejeune saltó hacia atrás, pues acababa de pisar una serpiente que se escurría entre las matas de hierba.

–No temáis -le dijo Paradis, sonriente-, es una culebra de agua y sólo come ranas y tritones.

–Sabes muchas cosas.

–Vos también, mi coronel, pero no son las mismas.

–Me has sido útil.

–Digo lo que sé, eso es todo.

–Oye…

–Parecéis molesto.

–Lo estoy.

–¡Bien, ya está, lo he comprendido!

–¿Qué es lo que has comprendido?

–Ya no tenéis necesidad de mí.

–Sí, hombre…

–¿Y entonces?

–Los austríacos van a atacar, ya que el emperador así lo cree, y a partir de ahora serás más útil en tu división.

–Eso es precisamente lo que había comprendido, mi coronel.

–No soy yo quien decide.

–Lo sé. Nadie decide.

–Coge tus cosas…

El tirador regresó al campamento de oficiales, recogió su equipo, examinó sus armas y cartuchos y partió hacia el puente pequeño que unía la isla a la orilla izquierda, sin volverse. Lejeune habría querido gritarle que él no tenía nada que ver con aquello, pero eso no era del todo cierto, por lo que se calló, desolado, como si hubiera traicionado la confianza de un buen muchacho. Sin embargo, tanto allí como en la espesura de Aspern, donde Paradis iba a reunirse con la división Molitor, todos arriesgaban la piel.

–¡Ah, se mueven! ¡Por fin! ¡Id terminando!

Inquieto y satisfecho a la vez, con esa excitación que precede a los combates antes de que corra la sangre, Berthier prestó su anteojo a Lejeune para asegurarse de que no tenía telarañas en los ojos. Estaban en lo alto del campanario de Essling, desde donde se abarcaba toda la planicie. Lejeune lo constató: el ejército austriaco recorría la planicie al paso, en una línea de arco de círculo.

–¡Avisad de inmediato a Su Majestad!

Lejeune bajó corriendo los peldaños de madera de la escalera de caracol, corriendo el riesgo de golpearse contra una viga y engancharse los pies con las espuelas, cruzó la iglesia corriendo, salió por el gran pórtico abierto y encontró al emperador en la plaza, sentado en un sillón, los codos sobre una mesa en la que había desplegado un mapa preciso de la región que indicaba el menor relieve y casi los senderos ocultos por las mieses demasiado altas.

–Síre!-gritó Lejeune-.

–¿Qué hora es?

–Mediodía.

–¿Dónde están?

–¡En las colinas!-¡Bravo! No estarán ahí antes de una hora.

El emperador se levantó frotándose las manos y, de buen humor, pidió su sopa con macarrones proporcionada por una cantina ambulante. Los marmitones avivaron el fuego de los braseros para recalentar el caldo y echaron la pasta ya cocida, aguijoneados por el emperador porque la comida no estaba lista. Berthier se presentó a su vez para confirmar la noticia.

¡Los austríacos avanzan!

–¿Todo está en su lugar? – preguntó Napoleón.

–Sí, Síre.

Entonces se tomó la sopa, soltó un juramento porque quemaba, se vertió un poco en el mentón, reclamó a gritos el parmesano que se habían olvidado de servirle y entrecerró los ojos para saborear mejor, no el plato, sino sus pensamientos. A su alrededor, los oficiales le contemplaban, de repente tan tranquilo, y la sangre fría de su señor les devolvía la confianza, aunque tuvieran un nudo en la garganta antes de entrar en combate. Habían recibido unas órdenes claras, y tenían que cumplirlas al pie de la letra porque todo parecía previsto, incluso la victoria. El emperador conocía la habilidad estratégica del archiduque Carlos, su talento de organizador y sus vacilaciones, y por lo tanto sabría aprovecharse de todo ello. Obedeciendo a una señal, Berthier vertió chambertin en el vaso. En aquel momento Périgord llegó a la plaza, extenuado, saltó del caballo humeante y anunció: -

Síre, el puente grande acaba de soltarse.

El emperador barrió con la manga la sopa y el vino, y se levantó enfurecido.

–¿Quién me ha endilgado semejantes majaderos? ¡A esos pontoneros hay que fusilarlos por deserción delante del enemigo, eso es lo que se merecen!

–Sed más preciso -pidió Berthier a su edecán.

–Veréis -dijo Périgord, recobrando el aliento-, ha habido una crecida repentina, el agua ha subido demasiado rápido…

–¿Y eso no estaba previsto? – rugió el emperador.

–Sí, Majestad, pero lo que no estaba previsto es que los austríacos, apostados lejos, corriente arriba, en un meandro del río, lanzaran contra nuestro puente barcas cargadas de piedras que han destrozado los maderos, roto las amarras…

–Incapaci! ¡Incapaces!

El emperador iba de un lado a otro, vociferando. Se detuvo y agarró a Lejeune por el dormán de piel.

–¡Vos habéis pertenecido al cuerpo de ingenieros! ¡Id a colocar de nuevo ese puente!

Los oficiales tradujeron la situación: más puente practicable significaba más contacto con la orilla derecha, el revituallamiento, las municiones, las tropas que llegarían de Viena y el ejército de Davout. Lejeune saludó, montó en el primer caballo a mano, el de Périgord, quien ante la urgencia no osó protestar, y se alejó, apretando el paso de la montura. El emperador deslizó una mirada circular y aviesa a los presentes y dijo en un tono helado:

–¿Por qué os quedáis clavados en el suelo como espantapájaros? ¡Este contratiempo no cambia nada! ¡Volved a vuestros puestos, massa d i cretíni!

¡No servís para nada!

Luego conversó en privado con Berthier, súbitamente aplacado, como si hubiera fingido su cólera, y le dijo:

–Si han advertido al archiduque del accidente, y deben de haberlo hecho, querrá aprovecharse. Va a precipitar el movimiento y atacarnos en masa, porque imagina que estamos bloqueados en la orilla izquierda.

–Le recibiremos, Sire.

–¡Los muy idiotas! ¡El Danubio está de nuestra parte!

–Ojalá pudiera oíros, Síre -masculló el jefe de estado mayor.

–¡Périgord! – llamó el emperador-. Avisad al señor duque de Rivoli que los austriacos pueden aparecer a lo largo de ese meandro del Danubio que

termina en Aspern…

Périgord también tomó prestado el primer caballo disponible, que por suerte estaba más fresco que el suyo, y partió para comunicar la orden al mariscal Masséna. El emperador le vio alejarse entre los bosquecillos, sonrió y murmuró a Berthier:

–Si lanzan embarcaciones para destrozar nuestro puente grande, Alexandre, es que ya se han instalado junto al Danubio. – Por lo menos una vanguardia…

–¡No! Venid.

Napoleón empujó a su jefe de estado mayor hacia la mesa, dio la vuelta al mapa y, en el reverso, garabateó un plano a lápiz. Berthier miraba y escuchaba.

–Carlos envía tropas a través de la planicie, es la flecha A. – Sólo se les ve a ellos.

–¡Exactamente! Entretanto, desde el Bisamberg, ahí, arriba y a la izquierda de mi plano, donde sabemos que los austriacos acampan desde hace días, envía otro ejército, sin duda más imponente, con cañones, que avanza a lo largo del Danubio: es la flecha B. Esperan llegar detrás de Aspern, atacar por sorpresa cuando les esperamos en otra parte, precipitarse detrás de nuestras líneas, rodearnos…

El emperador siguió garabateando con el lápiz y su plano se iba convirtiendo en un embrollo indescifrable, pero Berthier había comprendido.

Cuando cabalgaba rodeando un bosquecillo, Lejeune reconoció por sus penachos a los tiradores de Molitor. No quería retrasarse, pues en primer lugar no tenía tiempo que perder, y luego no quena encontrarse cara a cara, por un azar desagradable, con el soldado Paradis, quien tanto había esperado permanecer al lado del estado mayor y lejos del fuego. ¿Cómo explicarle que Berthier se había mostrado muy firme?: «Nada de favoritismos, Lejeme, y cada uno en su puesto. Enviad a su regimiento a vuestro cazador de conejos. ¡Nada de malos ejemplos!». Lejeune no había sabido responderle. En aquella fase de los acontecimientos, ¿para qué diablos podía servir un explorador? Había necesidad de artilleros y tiradores. Cierto que obedecer no borraba los remordimientos, pero la acción iba a barrerlo todo.

El coronel franqueó al paso el puente pequeño batido por el oleaje. El Danubio había crecido mucho, los tablones vacilaban y su caballo metía los cascos en los charcos. En la isla pudo seguir de nuevo el curso del río, y descubrió la catástrofe en el otro lado. El gran puente flotante estaba abierto por el medio y las fuertes olas que penetraban por la brecha seguían arrancando vigas. Las amarras se rompían una tras otra, demasiado tensas, y una parte de la obra corría el riesgo de ir a la deriva, pese a los esfuerzos de los pontoneros y los zapadores requeridos. Por medio de varas, bicheros, hachas y mangos de piqueta intentaban apartar las barcas lastradas con cascotes que los austríacos lanzaban a la corriente. Una de esas embarcaciones había encallado en la ribera de la isla y Lejeune la examinó.

Era una barca pequeña, triangular y de bastante calado, que habían llenado de voluminosos pedruscos. Debido a su forma, había navegado dando vueltas y chocó a gran velocidad, por todos sus ángulos, con las embarcaciones encadenadas que sostenían el puente grande en la superficie del Danubio. Lejeune se dijo que había sido una locura tender a toda prisa un puente flotante sobre un río en crecida. Ahora el enemigo se aprovechaba, y con razón, pues era fácil. Echó pestes contra aquella chapuza por falta de tiempo, pero jamás se habría atrevido a decírselo a alguien. Habrían debido esperar a que el Danubio se apaciguara y volviera a encontrar su curso, dos semanas, un mes como mucho, y tender un puente sólido con postes clavados en el fondo. Estas especulaciones no servían para nada. Tenía que dirigir los trabajos de reparación, encontrar el medio de dispersar en las riberas las barcas y los troncos de árbol que enviaban los austríacos para destruir el frágil puente.

Con cierto cansancio, Lejeune se quitó los adornos del uniforme que podían ser un estorbo, y los dejó caer sobre la hierba: el sable, el casco, el portapliegos. Divisó a un oficial de ingenieros que se afanaba en desviar una de aquellas terribles barcas triangulares, con diez hombres que sostenían un grueso madero para detenerla, y aguardaban el choque. La veloz embarcación chocó con aquella especie de ariete improvisado, los hombres soltaron su presa, cuatro de ellos cayeron tumultuosamente al agua, pero lograron aferrarse a los postes y pontones todavía sujetos, golpeándose, gritando, tragando el agua fangosa, pero el proyectil derivó y volcó en la isla.

–¡Capitán!

El oficial de ingenieros, empapado, con el mostacho goteante, tomó la mano que Lejeune le tendía y se alzó sobre el puente. No pidió nada y se puso a las órdenes del enviado del estado mayor con pantalones rojos. Eso le aliviaba.

–¿Cuántas de nuestras barcas de sostén se han llevado, capitán?

–Una decena, mi coronel, y no hay manera de encontrar otras.

–Lo sé. Vamos a construir balsas.

–¿Balsas? ¡Para eso se necesitan horas!

–¿Tenéis otra solución?

–No.

–Reunid a vuestros hombres.

–¿Todos?

–Todos. Van a cortar esos árboles, prepararlos, unirlos, clavarles tablas, asegurarlos con cuerdas, lo que os plazca, pero debemos disponer de las balsas lo antes posible, tantas como barcas desaparecidas.

–De acuerdo.

–Mirad, no todas las tablas del suelo se han perdido. Desde aquí veo que han quedado en la orilla de la isla. Que vayan a buscarlas.

–No hay tantas…

–¡Son suficientes! ¡Restablezcamos el enlace con la orilla derecha a toda costa, y rápido!

–Rápido, lo que se dice rápido, mi coronel…

–Capitán -replicó Lejeune, manteniendo la calma-, los austríacos van a atacar de un momento a otro. Espero que alrededor de Ebersdorf, ahí delante, lo sepan y actúen.

Los soldados de Molitor se apretaban en un largo camino encajonado que enlazaba la zona trasera de Aspern con uno de los numerosos brazos muertos del Danubio. Habían cargado los fusiles y aguardaban en cierto modo como si estuvieran en una trinchera, al abrigo de aquel parapeto natural coronado de maleza. Creían que estaban en reserva, ya que los austríacos marchaban por la planicie, ante los pueblos, y tropezarían primero con la caballería o los cañones de Masséna. Inquietos, pero seguros de que no iban a sufrir el primer choque, algunos escuchaban para distraerse los relatos del brigada Roussillon, aunque se los sabían de memoria. Se había batido en todas partes, y haber sobrevivido le llenaba de orgullo, de modo que por enésima vez hablaba de sus heridas o de horrores que ponían

los pelos de punta, por ejemplo, que en El Cairo un solo verdugo había decapitado a dos mil rebeldes turcos en cinco horas sin torcerse la muñeca.

Vincent Paradis estaba separado de ese grupo. Temía estar viviendo su última jornada, y para no pensar en nada más que en lo inmediato, importunaba con una caña a una voluminosa tortuga, la cual se debatía con el caparazón en el fango y las patas al aire.

–Tu bicho nunca logrará volver a su posición normal -comentó otro tirador-. Tiene las patas demasiado cortas, como nosotros. ¡Si tuviera unas piernas más largas y que no me flaquearan, te juro que me largaría, y a toda prisa!

–¿Y adónde irías, Rondelet?

–A meterme en un agujero, naturalmente, y esperar que pase todo esto.

Envidio a los topos.

–Calla…

Paradis aguzó el oído. – ¿Oyes, Rondelet? – Oigo los cuentos del brigada, pero no le escucho. – Los pájaros…

–¿Qué? ¿Los pájaros?

–Han dejado de cantar.

Al tirador Rondelet lo mismo le daba. Mordió una galleta tan dura que estuvo a punto de romperse los dientes, y canturreó con la boca llena: Viva, viva, Napoleón,

que nos da pato y pollo asado,

pan y vino a discreción.

Viva, viva Napoleón…

Paradis se levantó hasta el borde del camino encajonado que disimulaba a su compañía. Vio una bandera de fondo amarillo que rebasaba un otero, y luego cascos de hierro negro, destellos luminosos en las hojas puntiagudas de las bayonetas y pronto una columna de uniformes blancos, luego otra y otra más, sin tambores, sin ruido. Paradis se dejó caer sentado al fondo del camino y logró articular:

–¡Ahí están!

–Ahí están, por nuestro lado -repitió el tirador Rondelet a su vecino, el cual se lo dijo al siguiente, y la noticia corrió hasta Aspern, cuchicheada por los jóvenes soldados.

Se dispusieron en una decena de líneas, dispuestos a trepar a las praderas y las colinas de donde procedía el peligro. Sin alzar el tono, con

voz firme, los oficiales ordenaron a las tres primeras lí neas que ocuparan su posición de tiro para cerrar el paso a los austríacos. Cerca de quinientos tiradores escalaron en silencio las paredes de tierra y grava. Con una rodilla en la hierba, detrás de los matorrales que bordeaban su reducto, apoyaron el arma en el hombro, apuntando hacia las colinas. A sus espaldas, sus camaradas se preparaban para sustituir a los que hubieran disparado, a fin de darles tiempo para recargar y asegurar la continuidad del fuego.

–¡Sin impaciencia! – gruñó el brigada Roussillon-. Dejad que se acerquen…

Los tiradores bajaron sus fusiles.

–Cuando hayan llegado a ese arbolito esmirriado (¿lo veis? A ciento cincuenta metros…), ¡entonces será el momento!

Más lejos, a su derecha, a la mitad de la distancia hasta el pueblo, se veían los cascos empenachados de otra compañía, detrás de las tapias bajas y bajo el granero de una granja, un edificio de mampostería muy grande.

Molitor había dispuesto sus tropas aprovechando todos los accidentes del terreno, incluso las elevaciones de barro seco que los campesinos habían colocado para protegerse de las inundaciones. De improviso, Paradis se sintió muy sereno. Se sumió en la observación de aquellas columnas blancas, ordenadas, lentas, casi inmateriales que, no obstante, avanzaban en línea recta hacia él y que desaparecieron al rodear un otero, como si se los hubiera tragado la tierra. El suelo atormentado, cerca del Danubio, obstaculizaba las perspectivas, y aquellos austríacos bribones lo sabían.

Era la una de la tarde calurosa cuando resonaron unos disparos de fusil aislados por el lado de la granja. Los soldados permanecían tensos, con las armas hacia el suelo, la mirada fija en un horizonte móvil y aquella última colina de donde podían surgir en cualquier momento los tiradores del archiduque. ¿Dónde se habían quedado, por todos los santos? Aparecieron bruscamente en la alta hierba, en líneas oblicuas y ordenadas a la perfección, con sus largas polainas grises, los uniformes limpios y todos iguales, apuntando las bayonetas con un mismo movimiento, como en un desfile, y Paradis se miró los pantalones desgarrados ya por las zarzas.

Rondelet llevaba una chaqueta de civil bajo el tahalí blanqueado con creta.

El oficial que los mandaba no tenía sombrero y sus mejillas estaban ensombrecidas por una barba de dos días. Delante, los austriacos avanzaban sin cesar, en filas interminables. ¿Cuántos podrían ser?

–Nos superan diez veces en número -masculló Rondelet. – Exageras -le respondió Paradis, para que no le flaqueara el valor.

El enemigo iba a franquear el límite del árbol esmirriado, y todos encararon los fusiles, el dedo febril en el gatillo.

–¡Fuego! – ordenó el oficial que había desenvainado el sable, cuya vaina vacía sostenía en la mano izquierda.

Paradis disparó y el retroceso fue tan violento que creyó que se había arrancado el hombro. Se puso en cuclillas para dejar que le sustituyeran sus compañeros de la segunda línea. Había disparado delante de él, a la altura del pecho, a ojo de buen cubero, e ignoraba si había alcanzado a algún enemigo.

–¡Fuego!

Oyó la andanada siguiente, sin ver nada más, al abrigo del camino encajonado donde recargaba. Tomó un cartucho, lo desgarró con los dientes, vertió la pólvora en el cañón caliente, atacó con la baqueta y deslizó la bala. La operación duraba tres minutos cada vez, y él se tomaba ese tiempo como un respiro. Por encima del camino no dejaban de disparar.

¿Y los austríacos? Paradis aún no había visto heridos. Cuando le tocó el turno de subir, una vez disipada la humareda, los austriacos habían vuelto a desaparecer al otro lado de las colinas.

En vez de desaparecer como Vincent Paradis estaba seguro de que lo hacían, los austríacos se agrupaban según un plan estudiado. Lo que el soldado de infantería ignoraba cuando disparaba al azar en el campo, el mariscal Masséna lo había descubierto. Desde lo alto del campanario de Aspern gozaba de una visión panorámica de todo el campo de batalla. Se volvió, rozando la campana de bronce, fue de una ventana a otra, unas aberturas estrechas pero altas, terminadas en ojiva, y entonces adivinó los movimientos de las tropas contrarias, tres enormes masas de hombres disciplinados que envolvían el pueblo desde las ciénagas en el meandro del Danubio hasta la mitad de la planicie de Marchfeld, y tal vez incluso más allá de Essling, en el otro extremo del frente. Aquí y allá los regimientos se abrían para que avanzaran decenas de cañones tirados por caballos y arcones con sus artilleros sentados a horcajadas. Masséna, pálido y silencioso, golpeaba los muros con la fusta anudada en la mano derecha. Se maldecía por no haber almenado los edificios ni ordenado que cavaran grandes trincheras para retrasar el avance inevitable de los ejércitos del

archiduque. Comprendía que éste quería rodear los pueblos, destruir los puentes, encerrar a los treinta mil soldados que ya habían pasado a la orilla izquierda, privarlos de refuerzos y aniquilarlos con unos efectivos tres veces superiores. Se daba cuenta de que a partir de ahora la situación dependía de sus propias decisiones. En la escalera del campanario, seguido por su edecán Sainte-Croix, gritaba:

–¡Van a asediarnos y hacernos trizas!

–Sin duda -dijo Sainte-Croix.

–¡Con toda seguridad! Tenéis dos ojos, ¿no? ¿Qué haríais vos en este caso?

–Daría prioridad a la protección de los puentes, señor duque. – ¡Eso no basta! ¿Qué más?

–Pues…

–¿Habéis visto osos en Baviera?

–¿Osos? De lejos.

–Cuando un oso está herido, ¿se lame y se echa a dormir?

–No lo sé, señor duque.

–¡Ataca! ¡Vamos a hacer lo mismo! ¡Nuestros pordioseros van a abrir una brecha en esos bonitos batallones bien uniformados! ¡Vamos a sorprenderlos! ¡Vamos a desorganizarlos! ¡Vamos a cortarlos en pedazos, señor Sainte-Croix!

Masséna cogió de la sacristía una espléndida estola bordada con hilo de oro y se la echó a los hombros, diciendo:

–Esto vale una fortuna, Sainte-Croix, sería estúpido que pisotearan este chal de cura. Vos, que tenéis ese apellido sospechoso, ¿creéis en las iglesias?

–Creo en vos, señor duque.

–Buena respuesta -dijo Masséna, echándose a reír.

Iba a tomar la iniciativa del ataque y estaba radiante. Bajo los olmos de la plaza, dijo a los oficiales reunidos que esperaban sus órdenes:

–Hemos de mantener dos kilómetros de frente antes de que lleguen nuestros ejércitos de la orilla derecha. Ahí delante nos triplican en número, y tienen por lo menos doscientos cañones que están situando. ¡Tenemos que lanzar el primer asalto!

–El puente grande aún no está reparado…

–¡Precisamente! Ya no tenemos tiempo.

Masséna montó de un salto el caballo que le presentaba, sujeto por la brida, uno de sus caballerizos, se puso los guantes blancos, dio un golpe de fusta y fue a reunirse con los artilleros que había desplegado en el perímetro de Aspern, ocultos bajo los árboles o en las esquinas de los caserones. Todo estaba preparado. Los servidores permanecían en pie detrás de una veintena de cañones ya cargados. A una señal de Masséna, encendieron las mechas de los botafuegos. Bien visibles en la planicie, las tropas del 6.° cuerpo del ejército austríaco, al mando del barón Hiller, hábil pero entrado en años, permanecían en descanso, apretadas, compactas.

–¡Apuntad justo por encima de los trigales! – ordenó el mariscal.

Entonces tomó el botafuego de un artillero y, sin descabalgar, con una mirada feroz, dio sus instrucciones.

–Cuando encienda la carga del primer cañón, esperad el tiempo que se tarda en aspirar y exhalar el aire y disparad el cañón número cuatro, luego el siete, el diez, el trece, a continua ción el dos, el cinco, el nueve, y así sucesivamente. ¡Quiero una línea de fuego! ¡Esos perros están a nuestro alcance!

Tras decir estas palabras, bajó el botafuego que sostenía en la mano y encendió la carga que disparó el proyectil con estrépito, seguido por el cuarto y los demás cañones a intervalos iguales, mientras que los artilleros recargaban a toda prisa bajo una nube de humo.

Esta batalla aún no tenía nombre. Cada uno la imaginaba, la temía o pensaba en ella desde hacía una semana, pero acababa de dar comienzo realmente.

A las tres de la tarde, los habitantes de Viena oyeron retumbar los cañones. Los más curiosos se precipitaron en masa hacia todos los observatorios posibles para asistir al espectáculo. Subieron a los tejados, los campanarios, las antiguas almenas de las murallas, disputándose las mejores plazas, como en el teatro. Henri Beyle, acompañado por su médico alemán, Carino, quien había cedido, autorizándole a tomar el aire, se había instalado en la punta de un bastión desde donde se veían los meandros del Danubio y la amplia y verde planicie. Le habían llevado allí las hermanas Krauss y, por suerte, el irritante señor Staps no les había seguido. Muy lejos, en la llanura de Marchfeld, los batallones en marcha parecían miniaturas inofensivas, y el humo de los cañones bolas de algodón. Henri tenía la impresión de hallarse en un palco de proscenio, y se sentía turbado. Las llamas que

surgían ahora de las casas incendiadas de Aspern no le regocijaban. Anna se arropó con el chal de Egipto como si hiciera frío, y temblaba ligeramente, con los labios apretados. Desde luego, preveía lo peor para Louis-François, en aquella contienda lejana, pero Henri, carente de celos, sólo admiraba en ella la imagen del dolor impotente.

Un óptico de la ciudad vieja alquilaba anteojos de largo alcance por un tiempo determinado, que él controlaba sin cesar consultando su reloj. Por medio del doctor Carino, Henri pidió uno, pero habían desvalijado al buen hombre y respondió que aquel señor gordo que estaba allí, a la izquierda, pronto habría terminado su tiempo de alquiler, que costaba diez florines, una miseria por una representación de calidad que no volvería a verse tan pronto. Cuando Henri pudo disponer por fin del anteojo, lo dirigió hacia Aspern, donde un granero estaba envuelto en llamas. Ascendía una columna de humo negro, la casa vecina se abrasaba y el techo iba a venirse abajo, pero ¿sobre quién caería? Entonces dirigió el instrumento hacia el puente donde se afanaban los hombres diminutos como hormigas. Circulaba un rumor en el que Henri no creía: el emperador había destrozado el gran puente flotante para impedir la retirada y obligar a sus soldados a vencer.

Anna tendió la mano con una sonrisa triste. Henri le dio el anteojo y ella miró a su través, inquieta, pero a tanta distancia que incluso con el instrumento no se distinguía más que movimientos, nada preciso, y ni rostros ni siquiera siluetas conocidas. El óptico protestaba. No tenían derecho a utilizar sus aparatos entre varios, y reclamaba otros diez florines.

Cuando el doctor Carino hubo traducido sus recriminaciones a Henri, éste acercó la cara a la del comerciante y bramó un «¡No!» que le hizo retroceder. En aquel momento se oyó una voz femenina:

–¡Henri!

El soltó un juramento entre dientes. Era Valentine. Llegaba a las murallas para mostrarse, con la compañía teatral que se disponía a representar el Don Juan de Moliére a la moda vienesa. Todos vestían con mucha elegancia, las mujeres con túnicas de percal y los hombres con trajes ajustados, los calzones de pana metidos en las botas de vueltas amarillas.

Tenían sus gemelos de teatro y comentaban la batalla que, para su gusto, estaba demasiado alejada, por lo que no podían sacarle provecho. Hablaban del Conde Waltron, una obra de gran aparato, con multitudes de comparsas debidamente vestidos y cargas de caballería que rozaban a los espectadores.

–Di a tus amigos que pueden acercarse a las balas de cañón -le dijo Henri a Valentine.

–¡Siempre tan amable! – replicó ella, molesta.

–Allá abajo verán muertos auténticos, sangre de veras y, quién sabe, quizá tendrán la suerte de recibir una viga calcinada en la cabeza.

–¡No tienes ninguna gracia, Henri!

–Es verdad, no tengo ninguna gracia porque me falta motivo para tenerla.

Regresó al extremo del bastión, donde Anna debía de estar inquieta, pero el doctor Carino le explicó que se había marchado con sus hermanas.

–Y haríais bien en imitarlas, mi pobre amigo. Si os viérais la cara…

Tenéis fiebre alta, y os aconsejo que volváis a la cama y os toméis un caldo.

Así pues, Henri se marchó sin despedirse de Valentine, cuyos amigos seguían perorando sobre la calidad de los incendios que surgían por el lado de Aspern. Les parecían menos realistas que la tormenta de La flauta mágica que habían visto en el gran teatro al aire libre del célebre Schikaneder.

El cañoneo de Masséna había causado estragos en las filas austriacas, pero tras un momento de peligroso desorden y un breve repliegue, su artillería había entrado en acción. Un granero de madera había ardido, y luego, bajo el fuego permanente de doscientas piezas, los techos se habían hundido, los incendios brotaban por doquier en el pueblo y no había ni tiempo ni medios para extinguirlos. Los primeros muertos habían ardido como antorchas, y en vano rodaron por la arena. Los tiradores cubrían a distancia la izquierda del pueblo, pero notaban el calor de los incendios y les caían encima pavesas que apagaban golpeándose las ropas. Un viento ligero lanzaba hacia ellos una humareda negra y espesa que irritaba la garganta. El soldado Rondelet escupió en el suelo y se quejó sin convicción:

–Esto apenas ha empezado y ya estamos cocidos.

Paradis puso mala cara mientras manoseaba el acero de su fusil. Los hombres de la división Molitor no habían cambiado de posición y, tras algunos intercambios de disparos que no habían alcanzado a nadie, se habían quedado ociosos y rompieron filas. El capitán había vuelto a envainar el sable, pero sacó un par de pistolas de los faldones de su uniforme. El brigada Roussillon, sin emoción alguna, hizo formar de nuevo a la compañía:

–¡Bueno, muchachos, vamos a barrer el terreno! ¡En abanico! Pasamos al ataque.

–¿Qué es lo que atacamos? – se atrevió a preguntar Paradis.

–La infantería austríaca se concentra en Aspern -explicó el capitán-.

Hay que atacarlos de costado.

El oficial, pensativo, amartilló sus pistolas y avanzó a grandes zancadas por la hierba. Tres mil hombres se desparramaron entonces por campos y pequeños valles, ascendiendo por la ribera del Danubio, con una apariencia de orden, ojo avizor, pero la crepitación del incendio tan cercano, el estruendo de los cañones, el crujido de los maderajes que se derrumbaban les impidió oír a un escuadrón de húsares austríacos con guerreras verdes que apareció por su flanco al trote largo. Los húsares se abalanzaron gritando, blandiendo el sable con el brazo extendido, el lomo curvo de la hoja hacia él cielo para hundirlo mejor y clavar a los soldados de infantería en el suelo.

La tierra vibraba bajo aquel galope, y el sonido de una trompeta se mezcló con el griterío de los húsares. Paradis y sus compañeros, sorprendidos, dan media vuelta y encaran los fusiles ins tintivamente. Con ambos brazos paralelos al suelo, su capitán descarga al mismo tiempo las dos pistolas, las tira y se lleva la mano a la empuñadura del sable. Entonces los tiradores disparan a la altura del cuello de los caballos, sin apuntar y sin orden. Entre la horda que avanza y se dispone a atropellarlos, Paradis ve un caballo que se encabrita. El jinete cae entre las patas de un caballo vecino, al que desequilibra. Un tercer austríaco ha recibido una bala en la frente, pero su montura, arrastrada por el movimiento, sigue adelante, con el jinete en la silla boca arriba. Es imposible recargar. Paradis fija la culata del fusil en un montículo de tierra blanda y lo sujeta con ambas manos, bajando los hombros y la cabeza, como si sujetara una lanza, y nota en los hombros los de sus compañeros para formar un rastrillo. Cierra los ojos. El choque se produce en seguida. Los caballos en cabeza se desgarran con las bayonetas erectas, pero las vuelcan, y Paradis, acurrucado en la hierba, con los brazos magullados, medio muerto, nota que un líquido cálido y viscoso se le pega a los dedos. Piensa que seguramente está herido, se alza apoyándose en las manos y contempla a su alrededor una mezcolanza de tiradores y húsares.

Seguir: parte 2 de 2