La batalla del Ebro
Prefacio
Han tenido que soportar en su vida cotidiana mi carácter obsesivo, esta vez aplicado al Ebro, y lo han hecho con gallardía, Miguel Gómez, Cristina Solares, Pilar Barinaga, Maribel González, Agapito Ramos y Carlos Arenillas. Muy especialmente, Mercedes Fonseca y Mario Martínez Zauner, mi hijo.
A todos ellos, y a todos los que han escrito los libros y artículos que llenan las notas, muchas gracias.
Prefacio
LA Terra Alta es una pequeña porción de Cataluña, circundada a medias por el Ebro, un poderoso curso de agua que discurre somnoliento por sus confines orientales hasta llegar completamente dormido al delta, donde sus aguas fangosas se sumergen en cultivos de arroz que parecen absorber su caudal. El interior de esta tierra está repleto de sierras imponentes, poderosas, con picos desnudos de piedra que son perfectos observatorios naturales, y terraplenes vertiginosos a los que se aferran con dificultad los pinos carrascos, unos árboles que fueron creados para medrar en cualquier sitio.
Donde se acaba cada sierra se abren engañosos valles, cruzados por numerosas escarpaduras y ríos que son torrenteras ocasionales, recogedores de aguas que las laderas del monte no fijan. En los valles se agrupan con orden geométrico olivos que cuentan por cientos los años en sus troncos enmarañados, capaces de dar un aceite de los que compiten con ventaja con cualquier salazón; es un aceite de denominación Ciurana; también hay almendros y frutales en grandes cantidades y, desde luego, viñas que prometen y cumplen un vino negro más que rojo de garnacha que se desborda en grados al menor descuido en la recolección; de eso les gusta presumir a quienes lo cultivan.
La arquitectura de los pueblos de la Terra Alta está salpicada de algunos restos románicos, de robustas murallas castellanas, tejas árabes, torres rotundas con campanarios que se ven desde kilómetros, y un par de ejemplos de bodegas modernistas que avisan de que el vino no falta y de que, allí, eso tiene que ver con el comercio y la cooperación. En verano, el calor desalienta a los pájaros, y en invierno las nieblas acentúan un frío devastador, que ayuda a comprender el lugar común de que «cala hasta los huesos».
Casi no hay primavera en la Terra Alta. Por eso, cada día, y generación tras generación, al oscurecer, las calles de sus pueblos se vacían y las casas se llenan de gentes que han visto, desde las angostas ventanas que agujerean los muros, pasar por allí muchas banderas distintas y demasiados sables desenvainados. La historia de este somero territorio abunda en nombres de moros, caballeros templarios y valentones carlistas.
Más recientemente, de anarquistas chulos, broncos y de gatillo fácil a los que han sucedido fascistas broncos, chulos y de tiro fácil. La capital de la comarca es Gandesa, un pueblo sin murallas que, sin embargo, ha sabido resistir muchos asedios a lo largo del tiempo.
La Terra Alta se inmiscuye sin negociar transiciones entre las desoladas llanuras de Lleida, las serranías de Albarracín; el Maestrazgo de las leyendas, que describen interminables marchas a caballo de generales locos, y las suaves condiciones de las riberas que, desde Tortosa hasta Amposta, anuncian la tolerancia geográfica del Mediterráneo.
El escenario siempre ha sido un buen anfitrión de guerras civiles.
Desde el 25 de julio hasta el 13 de noviembre de 1938, dos ejércitos poderosos van a librar aquí la mayor batalla que nunca haya tenido lugar en España. Hace dos años que el general Francisco Franco ha dado un golpe militar contra la República, que parece casi vencida pero ha sido capaz de renacer de sus cenizas. Sus dirigentes han puesto en pie un ejército nuevo y vigoroso para enfrentarse al eficiente aparato militar de los golpistas. La primera misión consiste en cruzar el Ebro y apoderarse de una extensa zona, la Terra Alta.
Ésta es una historia de esa batalla.