La casa vacía

Rosamunde Pilcher · Capítulo 1 de 5 · parte 1/3

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La casa vacía

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Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

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Rosamunde Pilcher

La casa vacía

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Capítulo 1

Eran las tres de la tarde de un cálido y soleado lunes de julio en el que una norteña brisa marina había enfriado el aire perfumado por el heno. Desde lo alto de la colina se veía la carretera rodear la ladera del Carn Edvor y la campiña se extendía hasta el distante acantilado; eran unas tierras de cultivo bordeadas de amarillos tojos, quebradas por formaciones de granito y subdivididas en docenas de pequeñas parcelas. «Igual que una colcha», pensó Virginia, imaginando los pastos como retales de terciopelo verde, el amarillo dorado del heno recién segado como brillante raso y el oro rosado del trigo como un tejido suave y delicado que invita a tocarlo y acariciarlo.

Todo estaba en silencio. Sin embargo, cuando cerró los ojos, percibió los sonidos de la tarde estival destacándose uno a uno como si quisieran llamar su atención. El suave susurro de la brisa agitó los helechos mientras un automóvil que subía por la colina desde Porthkerris cambiaba de marcha al acentuarse la cuesta de la carretera. A lo lejos se oía el sonido de las máquinas segadoras, semejante al zumbido de las abejas. Abrió los ojos y contó en la distancia tres segadoras tan minúsculas como los modelos de juguete que Nicholas empujaba de acá para allá sobre la alfombra del cuarto de los niños.

El vehículo coronó muy despacio la cima de la colina y sus ocupantes, incluido el conductor, contemplaron el maravilloso panorama a través de las ventanillas abiertas. En el interior del automóvil se veían rostros enrojecidos por el sol, gafas reflectantes, brazos morenos y blusas sin mangas. Al pasar junto al área de descanso donde Virginia había dejado aparcado su coche, una de las mujeres del asiento trasero levantó la vista y la vio observándolos desde la ladera de la colina. Durante un sorprendente segundo se cruzaron sus miradas, antes de que el automóvil siguiera

adelante y tomara una curva, perdiéndose de vista en dirección a Land's End.

Virginia consultó su reloj. Eran las tres y cuarto. Lanzó un suspiro, se levantó, se sacudió la briznas de hierba y las hojas de helecho de los fondillos de los vaqueros blancos y bajó por la ladera hacia su automóvil. El sol había calentado el asiento de cuero y ardía como si fuera una parrilla.

Dio la vuelta para regresar a Porthkerris con la mente llena de imágenes dispersas. De Nicholas y Cara, encarcelados en un desconocido cuarto infantil de Londres y llevados cada semana por la niñera a Kensington Gardens; y por su abuela al zoo y al Museo de la Indumentaria y a películas aptas para menores. Se preguntó si le habrían cortado el cabello a Nicholas y si convendría que le comprara al niño una segadora de juguete y se la enviara junto con una breve y maternal carta: «Hoy he visto tres iguales funcionando en los campos de Lanyon y he pensado que te gustaría tener un modelo para ver cómo son.»

Una carta que lady Keile, rebosante de satisfacción, leería en voz alta porque Nicholas, que era un machista en ciernes, no veía ninguna razón para molestarse en descifrar la escritura de su madre, teniendo a su lado a una abuela dispuesta a leérsela. Virginia pensó en otra carta, la que guardaba en su corazón: «Mi querido niño, lejos de ti y de Cara vago sin rumbo por la vida. Circulo por ahí en mi automóvil porque no se me ocurre ninguna otra cosa que hacer y el automóvil me conduce a lugares conocidos, donde me pregunto quién será el conductor de la gigantesca segadora que hace compactas y cuadradas balas de heno semejantes a paquetes perfectamente atados.»

A lo largo de los ocho kilómetros de costa, las viejas alquerías con sus enormes graneros y edificios anexos semejaban las piedras preciosas de un tosco collar cuya sucesión no permitía distinguir dónde terminaban los campos de Penfolda y dónde empezaban los de la finca colindante. Las segadoras estaban tan lejos que no se podía adivinar la identidad de sus conductores ni las de las minúsculas figuras que las seguían, ensartando con sus horcas las balas y juntándolas en fajinas para que se secaran al sol de la canícula.

Ni siquiera estaba segura de que él viviera todavía en Penfolda y, sin embargo, no se lo podía imaginar viviendo en ningún otro lugar del mundo.

Dejó que su ojo mental, al igual que la lente de una potente cámara, enfocara la animada escena. Las figuras se perfilaron con toda claridad y lo vio, sentado al volante de la enorme segadora con las mangas de la camisa remangadas dejando al descubierto sus bronceados antebrazos mientras el viento le alborotaba el cabello. Para evitar el peligro de la proximidad, Virginia se imaginó de inmediato a una esposa vestida con una bata de color rosa y un delantal azul, cruzando los campos con sus largas y bronceadas piernas y llevando un cesto lleno de termos de té y tal vez de pasteles de fruta. La esposa del señor Eustace Philips de Penfolda.

Llegó en coche a la cima de la colina y ante sus ojos aparecieron la bahía, las blancas playas y los lejanos promontorios y, abajo, rodeando el puerto, las casas arracimadas y la torre normanda de la iglesia de Porthkerris.

Wheal House, donde vivían sus anfitriones los Lingard, se levantaba en el otro extremo de Porthkerris. De haber sido una desconocida visitante de aquel lugar, hubiera seguido la carretera principal que conducía al centro de la ciudad y llegaba hasta el otro lado y se habría visto irremediablemente atrapada en los embotellamientos de tráfico y las hordas de visitantes que recorrían al azar las angostas aceras de las callejuelas o permanecían de pie en las esquinas estratégicas, tomando cucuruchos de helados, eligiendo postales o contemplando los escaparates llenos de recipientes de cobre, sirenas de barro cocido y otros recuerdos análogamente espantosos.

Pero, como no era una desconocida, Virginia salió de la carretera mucho antes de llegar a las casas y enfiló la angosta callejuela bordeada de altos setos que serpenteaba por la colina del otro lado. No era un atajo sino el camino más largo para regresar a casa, pero, un poco más allá, volvió a adentrarse en la carretera a través de un silvestre túnel de rododendros que discurría a menos de cincuenta metros de la entrada principal de Wheal House.

A la entrada había una verja blanca y más allá un camino particular bordeado de setos de flores de color rosa. La casa, de agradables proporciones, era de estilo neogeorgiano con un porche provisto de frontón delante de la puerta principal. El camino atravesaba cuidados y verdes céspedes y perfumados parterres de alelíes. Cuando Virginia aparcó el coche a la sombra de la casa, se oyó una aguda cacofonía de ladridos y de la puerta abierta salió Dora, la vieja perra spaniel de Alice Lingard que solía tenderse a tomar el fresco en el reluciente suelo del vestíbulo.

Virginia se agachó para acariciarla y decirle unas palabras antes de entrar en la casa y quitarse las gafas de sol porque, en comparación con la claridad del exterior, el interior de la casa estaba tan oscuro como una cueva.

Al otro lado del vestíbulo, la puerta del jardín estaba abierta a un patio orientado al sur que recibía todo el sol y era el lugar preferido de Alice en todas las estaciones del año menos en pleno invierno. Aquel día, debido al calor, Alice había desplegado los toldos de caña partida cuya sombra dibujaba rayas en las sillas de lona de vivos colores y las mesas ya preparadas para el té.

En la mesa del centro del pasillo estaba la correspondencia de la tarde.

Había dos cartas para Virginia, ambas con matasellos de Londres. Esta dejó el bolso y las gafas y las cogió. Una era de lady Keile y la otra… de Cara.

La letra, aprendida en el colegio y cuidadosamente trazada, le resultaba extremadamente familiar.

Sra. A. Keile,

c/o Sra. Lingard, Wheal House,

Porthkerris,

Cornualles.

Sin ningún error de ortografía. Virginia se preguntó si la niña lo habría escrito ella sola o si la habría ayudado la niñera. Con las cartas en la mano, cruzó el vestíbulo y salió al patio donde su anfitriona se hallaba reclinada en una tumbona con una labor de costura sobre el regazo. Estaba haciendo una funda de almohadón con una trencilla de seda alrededor del cuadrado de terciopelo de color coral y la tela descansaba sobre su regazo como un enorme pétalo de rosa.

–¡Ah, ya estás aquí! – exclamó Alice, levantando la vista-. Me preguntaba qué te habría ocurrido. Pensé que quizá te habías quedado atascada en un embotellamiento de tráfico.

Alice Lingard era una mujer alta y morena, de unos cuarenta años, cuya corpulenta figura quedaba disimulada por unas largas y bien torneadas piernas y unos brazos muy bien formados. Era lo que Virginia consideraba una buena amiga de mediana edad, no exactamente por los años que tenía sino por el hecho de pertenecer a la generación intermedia entre la suya propia y la de su madre. En realidad, era una amiga de toda la vida de la familia y en la boda de su madre había sido una de las pequeñas damas de honor.

Unos dieciocho años atrás, Alice se había casado con Tom Lingard, un joven que se disponía a tomar las riendas del negocio familiar Lingard Sons, una empresa especializada en la fabricación de maquinaria pesada de ingeniería que se levantaba en la cercana localidad de Fourbourne. Bajo la presidencia de Tom la empresa había prosperado y, tras una serie de acertadas adquisiciones, controlaba en aquellos momentos unos intereses que se extendían desde Bristol a St. Just e incluían explotaciones mineras, una pequeña compañía de transportes y otra de maquinaria agrícola.

No habían tenido hijos, pero Alice había volcado sus naturales talentos domésticos en la casa y el jardín consiguiendo, a lo largo de los años, crear un hogar encantador y un jardín que era constantemente fotografiado y solía mencionarse en las secciones de jardinería de las lujosas revistas especializadas. Diez años atrás, cuando Virginia y su madre pasaron las vacaciones de Pascua en Cornualles con los Lingard, las obras se acababan

de iniciar. Esta vez, como no había vuelto a visitar Wheal House en todos aquellos años, Virginia apenas había reconocido la casa. Todo había sido sutilmente modificado, las líneas rectas eran ahora curvas y los obstáculos habían desaparecido como por arte de ensalmo. Los árboles habían crecido y proyectaban sus alargadas sombras sobre la interminable explanada de césped. El viejo huerto se había transformado en un hermoso jardín lleno de perfumadas rosas y, donde antes crecían las alubias y las frambuesas, ahora se veían magnolias de suaves pétalos y arbustos de azaleas de altura superior a la de un hombre.

Pero, desde el punto de vista doméstico, el patio era el proyecto más logrado de Alice pues, no siendo ni una casa ni un jardín, combinaba los encantos de ambos. Los geranios se derramaban desde las macetas y en un espaldar estaba empezando a trepar una clemátide de oscuras flores purpúreas. La dueña de la casa tenía previsto plantar también una enredadera, pero antes quería leer toda clase de libros especializados y pedir la opinión de sus amigos. Su energía era, por lo visto, inagotable.

Virginia acercó una tumbona y se dejó caer en ella, percatándose de pronto de lo cansada y acalorada que estaba. Se quitó las sandalias y apoyó los pies descalzos en un taburete que tenía a mano.

–No he ido a Porthkerris -dijo.

–Ah, ¿no? Pues yo creía que habías ido a la oficina de correos.

–Quería simplemente unos sellos. Los puedo comprar en otro momento.

Había tanta gente, tantos autocares y tantos apretujones de sudorosa humanidad que me ha entrado claustrofobia y no me he detenido.

–Yo te puedo prestar unos cuantos sellos -dijo Alice-. Deja que te sirva un poco de té. – Apartó a un lado su labor de costura y se incorporó para alargar la mano hacia la humeante tetera-. ¿Leche o limón?

–Con limón estará estupendo.

–Y es mucho más refrescante en un día caluroso. – Alice le ofreció la taza a Virginia y volvió a recostarse en su tumbona-. ¿Adonde has ido?

–¿Cómo? Ah, por el otro lado…

–¿Hasta Land's End?

–No tan lejos. Sólo he llegado hasta Lanyon. Aparqué el coche en un área de descanso, subí un poco por la colina y me senté entre los helechos para admirar el panorama.

–Es precioso -dijo Alice, enhebrando la aguja.

–En las granjas están segando el heno.

–Eso no varía jamás, ¿verdad? Me refiero a Lanyon. No se han construido casas ni nuevas carreteras y no hay tiendas ni campings. – Virginia ingirió un sorbo de té chino y después dejó cuidadosamente la taza y el platito en las baldosas del suelo al lado de su silla-. Oye, Alice, ¿sabes si Eustace Philips aún tiene la finca de Penfolda?

Alice interrumpió su labor y levantó una mano para quitarse las gafas de sol y mirar a Virginia, frunciendo las oscuras cejas.

–¿Qué sabes tú de Eustace Philips? ¿De qué lo conoces?

–Alice, tienes una pésima memoria. Fuisteis tú y Tom quienes me llevasteis allí para asistir a una gran barbacoa en las rocas de Penfolda. Debía de haber por lo menos treinta invitados y no sé quién la organizó, pero recuerdo que asamos unas salchichas a la brasa y bebimos cerveza de barril.

No es posible que lo hayas olvidado. ¡Más tarde, la señora Philips nos ofreció té en la cocina!

–Pues claro que me acuerdo, ahora que lo dices. Hacía un frío tremendo, pero todo estaba muy bonito y contemplamos la salida de la luna por detrás de Boscovey Head. Lo recuerdo muy bien. Pero ¿quién organizó la fiesta?

Por supuesto que no fue Eustace, pues éste anda siempre ocupado ordeñando sus vacas. Debieron de ser los Barnet… Él era escultor y tuvo durante un par de años un estudio en Porthkerris antes de regresar a Londres. Su mujer tejía cestos o cinturones de estilo popular y tenían un montón de hijos que iban siempre descalzos. Eran muy aficionados a las fiestas extravagantes y debieron de ser ellos… ¡Qué curioso! Llevaba años sin recordarlos. Después nos fuimos todos a Penfolda. – Aquí la memoria de Alice empezó a fallar-. Pero no me acuerdo muy bien. ¿Quién asistió a aquella fiesta?

–Mi madre no fue. Dijo que no le apetecía…

–Hizo muy bien.

–Pero, en cambio, tú, Tom y yo sí fuimos.

–Por supuesto. Abrigados con jerseys y gruesos calcetines de lana. No sé si yo me puse una chaqueta de piel. Pero estábamos hablando de Eustace.

¿Cuántos años tenías tú entonces, Virginia? ¿Diecisiete? Es curioso que recuerdes a Eustace Philips después de tanto tiempo.

–No has contestado a mi pregunta. ¿Sigue viviendo en Penfolda?

–La granja ya pertenecía, que yo sepa, a su padre, a su abuelo y a su tatarabuelo. ¿Te parece probable que Eustace liara el petate y se largara?

–Supongo que no. Es que resulta que esta tarde vi que estaban segando el heno y me pregunté quién sería el conductor de una de las segadoras. ¿Tú le sueles ver, Alice?

–Casi nunca. Y no porque nosotros no queramos, entiéndeme, sino porque él es un agricultor muy atareado y Tom está tan ocupado en ser un magnate que raras veces se cruzan sus caminos. A no ser que coincidan en la caza de la liebre o en la competición de atletismo de Navidad… ya sabes.

Virginia cogió la taza de té con su platito y estudió detenidamente la rosa

pintada en su costado.

–Se ha casado.

–Lo dices como si afirmaras un hecho irrefutable.

–¿Y acaso no lo es?

–No. No se ha casado y sólo Dios sabe por qué. Siempre me pareció un moreno muy atractivo, con su aire a lo D. H. Lawrence. Tiene que haber habido muchas chicas coladitas por sus huesos en Lanyon, pero él las ha esquivado a todas. Debe de gustarle la vida que lleva.

La mujer de Eustace, que tan rápidamente había imaginado, se desvaneció como una guirnalda de flores azotada por el frío viento de la realidad. En su lugar, Virginia se imaginó la cocina de Penfolda, triste y desordenada, con los restos de la última comida abandonados en la mesa, los platos amontonados en el fregadero y un cenicero lleno de colillas.

–¿Quién le cuida?

–No lo sé. Creo que su madre murió hace un par de años… No sé cómo se las arregla. A lo mejor tiene un ama de llaves muy guapa o una amante domesticada. No tengo ni idea.

«Y me importa un bledo», dio a entender Alice con su indiferente tono de voz. Había terminado de coser la trencilla de seda, por lo que dio un par de fuertes puntadas y después rompió el hilo, dándole un leve tirón.

–Ya está. ¿No te parece un color divino? Pero la verdad es que hace mucho calor para coser aquí fuera -añadió, dejando la labor a un lado-. Me parece que tendré que ir a ver qué es lo que tenemos para la cena. ¿Qué le dirías a una deliciosa langosta fresca?

–Le diría: «Encantada de conocerte.»

Alice se levantó y se situó con su impresionante estatura al lado de Virginia.

–¿Has visto tus cartas? – le preguntó.

–Sí, aquí las tengo.

Alice se inclinó para recoger la bandeja.

–Te dejo para que las leas en paz -dijo.

Guardando lo mejor para el final, Virginia abrió primero la carta de su suegra. El sobre era de color azul oscuro con un ribete azul marino. El papel era grueso y la dirección figuraba impresa en relieve en la parte superior.

«32 Welton Gardens, S.W.8

»Querida Virginia:

»Espero que estés disfrutando de este tiempo maravilloso. Menuda ola de calor tenemos; ayer estábamos a treinta y cinco grados. Supongo que te pasarás el día metida en la piscina de Alice. ¡Qué suerte no tener que coger el coche para ir a la playa cada vez que te apetece bañarte!

»Los niños están bien y te envían recuerdos. La niñera los acompaña al parque todos los días, se llevan un termo con el té y comen allí. Esta mañana he ido con Cara a los almacenes Harrods para comprarle unos vestidos, pues está creciendo mucho y los que tiene se le han quedado pequeños. Uno es azul con apliques de flores y el otro es rosa con un poco de punto de arroz. Espero que te gusten.

»Mañana irán a tomar el té en casa de los Manning-Preston. La niñera está deseando chismorrear con la niñera de Susan que tiene más o menos la edad de Cara y sería bonito que se hicieran amigas.

»Dale recuerdos de mi parte a Alice y ya me dirás cuándo tienes decidido regresar a Londres, aunque la verdad es que nos las estamos arreglando muy bien y no queremos que por nada del mundo acortes tus vacaciones.

Las necesitabas desde hace tiempo.

»Con todo mi cariño,

»Dorothea Keile.»

Virginia leyó la carta dos veces, debatiéndose entre sentimientos contradictorios. Saltaban a la vista los dobles significados entre las frases meticulosamente escritas. Se imaginó a sus hijos en el parque y la hierba de Londres agostada por el calor, pisoteada y marchita. Imaginó el claro cielo matinal por encima de los tejados de las casas y a su hijita vestida con unos modelos que ni quería ni le gustaban, pero no tenía el atrevimiento de rechazar. Imaginó la gran mansión de los Manning-Preston con su jardín embaldosado en la parte de atrás donde la señora Manning-Preston celebraba sus famosos cócteles y adonde serían enviadas Cara y Susan a jugar para que sus niñeras pudieran hablar tranquilamente de las distintas variedades de labores de punto y comentar lo traviesa que iba a ser la pequeña pupila de la niñera Brigg. Se imaginó a Cara, petrificada por la timidez y a Susan Manning-Preston, tratándola con desprecio porque llevaba gafas y parecía tonta.

«Nos las estamos arreglando muy bien.» La frase resultaba absolutamente ambigua. ¿A quién se refería el plural? ¿A la niñera y la abuela? ¿O acaso estaban también incluidos los niños, sus hijos? ¿Permitirían que Cara durmiera con el viejo oso de peluche, cosa que, según la niñera, era antihigiénica? ¿Se acordarían de dejar siempre la luz encendida para que Nicholas pudiera ir al cuarto de baño en mitad de la noche? ¿Los dejarían alguna vez solos, desorganizados, sucios y desarreglados para que jugaran a sus absurdos juegos secretos en apartados rincones del jardín con una simple baya o una hoja en las que volcaban toda la imaginación que albergaban sus pequeños, inteligentes y desconcertantes cerebros?

Observó que le temblaban las manos. Era una estúpida al preocuparse por semejantes cosas. La niñera cuidaba de sus hijos desde que éstos habían nacido, conocía su idiosincrasia y nadie mejor que ella hubiera podido hacer frente a los repentinos berrinches de Nicholas.

(Pero ¿era lógico que los tuviera? A los seis años ya hubiera debido superarlos. ¿Cuáles serían las frustraciones que los desencadenaban?) La niñera trataba a Cara con mucho cariño. Le hacía vestiditos para las muñecas, confeccionaba bufandas y jerseys para los ositos de peluche con restos de madejas de lana y permitía que Cara se llevara al parque el cochecito de su muñeca, pasando con él por delante del Albert Memorial.

(Pero ¿le leía a su hija los libros que a ésta tanto le gustaban? Los gorrones, Los niños del tren y El jardín secreto. ) ¿Quería a los niños o simplemente cuidaba de ellos?

Eran las consabidas preguntas que Virginia se planteaba cada vez con mayor frecuencia. Pero a las que nunca hallaba respuesta. Consciente de que, en realidad, estaba eludiendo la cuestión más esencial, procuraba dejar la solución para más tarde, buscando siempre alguna excusa. «Ahora no puedo pensar en eso, estoy demasiado cansada. A lo mejor, dentro de un par de años, cuando Nicholas vaya a la escuela primaria, le diré a mi suegra que ya no necesito a la niñera y le pediré a ésta que se busque a otro niño al que cuidar. Ahora estoy un poco desquiciada y eso no sería bueno para los niños; están mejor con la niñera. A fin de cuentas, lleva cuarenta años cuidando niños.»

Las excusas la tranquilizaban y actuaban como un sedante, borrando su mala conciencia. Guardó de nuevo la carta en el elegante sobre azul y pasó con alivio a la segunda. Cara había utilizado el mismo papel de cartas que su abuela, pero esta vez las frases no estaban tan bien escritas. Había algunos borrones de tinta y las líneas estaban inclinadas hacia abajo como si las palabras hubieran surgido atropelladamente y sin concierto.

«Querida mamá:

»Espero que lo estés pasando muy bien y que tengas buen tiempo. En Londres hace calor. Tengo que ir a tomar el té con Susan Manning-Preston y no sé a qué bamos a jugar. Anoche Nicholas gritó y la abuelita le tuvo que dar una pastilla. Se puso todo colorado. A una de mis muñecas se le a caído un ojo y no lo puedo encontrar. Por fabor, escríbeme pronto y dime cuándo bolveremos a Kirkton.

»Con todo cariño,

Cara.

»P.S. No olbides escribir.»

Virginia dobló la carta y la guardó. Al otro lado del jardín y del césped, el agua azul de la piscina de Alice resplandecía como una joya. Había refrescado un poco y el aire se llenó de cantos de pájaros y perfumes de flores. Oyó la voz de Alice en el interior de la casa, hablando seguramente con la señora Jilkes, la cocinera, a propósito de la langosta que iban a comer en la cena.

Se sintió desvalida y totalmente inepta. ¿Y si le pidiera permiso a Alice para llevar a sus hijos allí? Comprendió inmediatamente que tal cosa era imposible. La casa de Alice no estaba hecha para alojar niños y éstos no tenían cabida en su existencia. Su amiga se molestaría muchísimo si Cara olvidara cambiarse las botas de agua o Nicholas lanzara su balón de fútbol contra sus bien cuidados parterres o le ensuciara el papel de las paredes con

«dibujos». Sin la vigilancia de su niñera, Nicholas estaría inaguantable.

Sin la niñera. Ésas eran las palabras clave. Lo mejor hubiera sido tenerlos

consigo.

Sin embargo, la sola idea la llenaba de espanto ¿Qué haría con ellos?

¿Adónde irían? Su mente oteaba a su alrededor como si fuera una antena.

¿A un hotel? Pero los hoteles de la zona estarían llenos a rebosar de veraneantes y serían tremendamente caros. Además, Nicholas estaría tan insoportable en un hotel como en Wheal House. Pensó en la posibilidad de alquilar una caravana o irse con ellos a un camping de la playa como hacían los hippies, que en verano encendían sus hogueras con la leña arrojada a la orilla por el mar y dormían acurrucados sobre la fría arena.

Claro que también hubiera podido ir a Kirkton. Algún día tendría que volver. Pero todo su ser se estremecía ante la idea de regresar a la casa de Escocia donde vivió con Anthony y nacieron sus hijos, el único lugar que éstos consideraban su hogar. Pensando en Kirkton, evocó las sombras de los árboles proyectadas sobre las pálidas paredes, la fría luz norteña reflejada en los blancos techos y el rumor de sus propias pisadas subiendo por la reluciente escalinata sin alfombra. Evocó los claros atardeceres otoñales en que las primeras bandadas de gansos surcaban el cielo y el vasto jardín que bajaba hasta las orillas de la rápida corriente del río…

No. Todavía no. Cara tendría que esperar. Puede que más adelante volvieran a Kirkton pero, de momento, no era posible. A su espalda se cerró una puerta de golpe y el regreso de Tom Lingard del trabajo la devolvió bruscamente a la realidad. Lo oyó llamar a Alice, dejar su cartera en la mesa del vestíbulo y salir al patio en busca de su mujer.

–Hola, Virginia -dijo Tom, inclinándose para besarle el cabello-. ¿Estás sola? ¿Dónde se ha metido Alice?

–Está entrevistando a una langosta en la cocina.

–¿Cartas de tus hijos? ¿Están todos bien? Pues me alegro mucho… -Uno de los rasgos más típicos de Tom consistía en que nunca se molestaba en esperar las respuestas a sus preguntas. Virginia pensaba a veces que, a lo mejor, ése era el secreto de su éxito en los negocios-. ¿Qué has estado

haciendo todo el día? ¿Te has tumbado al sol? De eso se trata. ¿Te apetece venir a nadar un rato conmigo? El ejercicio te sentará bien después de tanto holgazanear. Conseguiremos que Alice también nos acompañe…

Tom entró de nuevo en la casa rebosante de energía y entusiasmo y recorrió el pasillo en dirección a la cocina, llamando a gritos a su mujer. Virginia, obedeciendo las instrucciones, se levantó, recogió las cartas y subió a su dormitorio para ponerse el bikini.

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Capítulo 2

Los abogados se llamaban Smart, Chirgwin y Williams. Por lo menos, ésos eran los nombres que figuraban en la placa de latón de la puerta, lustrada durante tanto tiempo y con tal fuerza que las letras habían perdido sus perfiles iniciales y resultaban bastante difíciles de leer. El picaporte también era de latón, lo mismo que el pomo, tan liso y resplandeciente como la placa. Virginia hizo girar el pomo, abrió la puerta y entró en un pequeño vestíbulo de brillante linóleo oscuro y paredes impecablemente pintadas de color marfil. La mujer de la limpieza debía de ser muy hacendosa y eficiente. Había una ventanilla como las de los organismos oficiales con un rótulo en el que se leía INVESTIGACIONES y un timbre para llamar. Virginia lo pulsó y se abrió la ventanilla.

–¿Sí?

Sorprendida, Virginia le dijo al rostro del otro lado de la ventanilla que deseaba hablar con el señor Williams.

–¿Ha concertado previamente la cita?

–Sí, soy la señora Keile.

–Un momento, por favor. La ventanilla se volvió a cerrar y el rostro se retiró.

Poco después se abrió una puerta y apareció nuevamente el rostro en compañía de un cuerpo un tanto voluminoso y un par de piernas que bajaban directamente hasta unos sólidos zapatos con cordones.

–¿Quiere acompañarme, señora Keile?

El edificio en el que se hallaba ubicado el bufete se levantaba en lo alto de la colina por la que discurría la carretera de Porthkerris, pero, aun así, Virginia no esperaba el impresionante panorama que la recibió al entrar en la estancia. El escritorio ocupaba el centro de la alfombra y el señor Williams se estaba levantando en aquellos momentos para saludarla. A su espalda, un enorme ventanal enmarcaba la deliciosa vista de la parte antigua de la ciudad como si de un hermoso cuadro se tratara. Los tejados de las casas, la descolorida pizarra y las chimeneas encaladas se amontonaban sin orden ni concierto por la ladera de la colina. El azul de una puerta contrastaba con el amarillo de una ventana, el vivo color de los geranios, una cuerda de tender la ropa llena de prendas multicolores o las hojas de un árbol insospechado que quedaba oculto desde la calle. Abajo, más allá de los tejados se extendían las aguas del puerto esplendorosamente iluminadas por el sol. Las pequeñas embarcaciones amarradas se balanceaban suavemente sobre la superficie y un blanco velero que acababa de abandonar el refugio del puerto se alejó de repente hacia la línea del horizonte en la que los dos azules se juntaban. Mientras Virginia contemplaba el espectáculo, unas chillonas gaviotas desplegaron sus alas en el aire, las campanas de la torre normanda de la iglesia empezaron a tocar y el carillón de un reloj dio las once de la mañana.

–Buenos días -dijo el señor Williams.

Virginia se dio cuenta de que ya lo había dicho dos veces y entonces apartó su atención del panorama y trató de concentrarla en el abogado.

–Ah, buenos días, señor Williams. Soy Virginia Keile y… -Le fue imposible continuar-. ¿Cómo puede usted trabajar con esta vista?

–Por eso me siento de espaldas a ella…

–Es impresionante.

–Sí, algo único. Muchos artistas nos piden permiso para pintar el puerto desde este ventanal. Se ve toda la estructura de la ciudad y los colores son auténticamente increíbles. Menos en los días de lluvia, claro. En fin… -El

señor Williams cambió bruscamente el tono de su voz como si estuviera deseando poner manos a la obra y no perder más el tiempo-. ¿En qué puedo servirla? – preguntó, acercándole una silla.

Procurando apartar los ojos del ventanal y concentrarse en el asunto que la había conducido hasta allí, Virginia se sentó.

–Mire, no sé si me equivoco de persona, pero resulta que no he podido encontrar en toda la ciudad un agente inmobiliario. He buscado en el periódico alguna casa para alquilar, pero parece que no hay ninguna.

Entonces vi su nombre en la guía telefónica y pensé que, a lo mejor, usted podría ayudarme.

–¿Ayudarla a encontrar una casa?

El señor Williams era un joven moreno cuyos ojos parecían sinceramente interesados en la atractiva mujer sentada ante su escritorio.

–La quiero para alquilar…

–¿Durante cuánto tiempo?

–Un mes… Mis hijos reanudarán las clases la primera semana de septiembre.

–Ya. Bueno, nosotros no trabajamos en este sector, pero podría pedirle a la señorita Leddra que nos echara una mano. De todos modos, tenga en cuenta que estamos en temporada alta y la ciudad está repleta de veraneantes. De encontrar algo, me temo que tendría que pagar un alquiler muy elevado.

–No me importa.

–Bueno pues, un momento…

En cuanto el abogado salió del despacho para hablar con la secretaria, Virginia se levantó y se acercó a la ventana. La abrió de par en par y vio que

una enfurecida gaviota levantaba bruscamente el vuelo desde el alféizar donde estaba posada.

La brisa marina era fresca y tonificante. Una embarcación de recreo repleta de pasajeros empezó a surcar las aguas del puerto y ella experimentó el súbito deseo de estar allí abajo con ellos, bronceada y libre de preocupaciones, luciendo una gorra en la que se leyera BÉSAME y riéndose como una loca cuando las primeras olas empezaran a romper contra el casco del buque.

El señor Williams entró de nuevo en el despacho.

–¿Puede esperar un momento? – preguntó-. La señorita Leddra está haciendo unas comprobaciones…

–Sí, por supuesto -contestó Virginia, regresando a su silla.

–¿Vive usted en Porthkerris? – preguntó afablemente el señor Williams.

–Sí, en casa de unos amigos. Los Lingard de Wheal House.

Hasta aquel momento, los modales del señor Williams no habían sido ni estirados ni familiares pero, de pronto, adquirieron un tono casi de servil deferencia.

–Ah, sí, claro. Es un lugar encantador.

–Sí. Alice lo ha convertido en una pura delicia.

–¿Había estado usted allí alguna vez?

–Sí, hace diez años. Pero no había vuelto desde entonces.

–¿Ha venido con sus hijos?

–No. Están en Londres con su abuela, pero me gustaría tenerlos aquí

conmigo, si fuera posible.

–¿Su domicilio está en Londres?

–No. Lo que ocurre es que mi suegra vive allí. – El señor Williams esperó sin decir nada-. Mi casa… Bueno, nosotros vivimos en Escocia.

El señor Williams pareció alegrarse sin que Virginia acertara a comprender por qué razón se alegraba de que ella viviera en Escocia.

–¡No me diga! ¿En qué parte?

–En el condado de Perth.

–El más bonito. Mi mujer y yo pasamos nuestras vacaciones allí el año pasado. Nos encantaron la paz, las desiertas carreteras y el sosiego. ¿Cómo es posible que haya dejado todo aquello?

Virginia estaba a punto de contestar cuando, por suerte para ella, fueron interrumpidos por la entrada de la señorita Leddra, que sostenía en la mano un montón de papeles.

–Aquí tiene, señor Williams. Bosithick. Y la carta del señor Kernow diciendo que, si pudiéramos encontrarle un inquilino para el mes de agosto, estaría dispuesto a alquilar la casa. Pero sólo si el inquilino fuera educado, señor Williams. Insiste mucho en este punto.

El señor Williams cogió los papeles y miró sonriendo a Virginia por encima de ellos.

–¿Es usted una inquilina educada, señora Keile?

–Depende de lo que usted me ofrezca.

–Bueno, eso no está exactamente en Porthkerris… Gracias, señorita Leddra… Aunque no queda muy lejos… En realidad, está en Lanyon…

–¡En Lanyon!

El tono de voz de Virginia debió de sonar consternado, porque el señor Williams se vio obligado a salir inmediatamente en defensa de Lanyon.

–Es un sitio encantador, la zona de costa más bonita que nos queda.

–No es que no me guste. Simplemente, me sorprende.

–¿De veras? ¿Y eso por qué? – preguntó el abogado con singular perspicacia.

–Pues por nada en particular. Hábleme de la casa.

Le habló. Era una vieja casa no demasiado bonita ni distinguida, pero famosa por haber sido ocupada entre los años veinte y treinta por un célebre escritor.

–¿Cuál?

–¿Cómo dice?

–¿Qué célebre escritor?

–Ah, perdón. Aubrey Crane. ¿No sabía usted que había pasado unos cuántos años en esta región?

Virginia no lo sabía. Aubrey Crane era uno de los muchos autores que su madre no aprobaba. Recordó la severa expresión de su rostro cada vez que alguien mencionaba su nombre y recordó la rapidez con la que se devolvían sus obras a la biblioteca para evitar que la pequeña Virginia les echara un vistazo. Esta circunstancia hizo que la casa llamada Bosithick le resultara todavía más deseable.

–Siga -dijo.

El señor Williams explicó que, a pesar de su antigüedad, Bosithick había sido ligeramente modernizada y ahora tenía un cuarto de baño, un aseo y una cocina eléctrica.

–¿Quién es el propietario? – preguntó Virginia.

–El señor Kernow es sobrino de la antigua propietaria, la cual se la dejó en herencia, aunque él vive en Plymouth y sólo la utiliza durante las vacaciones. Quería venir con su familia a pasar el verano, pero su mujer se ha puesto enferma y les ha sido imposible. Como nosotros somos sus abogados, el señor Kernow ha dejado el asunto en nuestras manos, con la condición de que alquiláramos la casa a una persona de confianza que la cuidara debidamente.

–¿Qué tamaño tiene?

El señor Williams examinó los papeles.

–Vamos a ver. Una cocina, una salita, un cuarto de baño y un salón en la planta baja, y tres dormitorios en el piso de arriba.

–¿Tiene jardín?

–Más bien no.

–¿Está muy lejos de la carretera?

–Si no recuerdo mal, se encuentra a unos cien metros de ella desde el camino de una granja.

–¿Y la podría ocupar ahora mismo?

–Creo que no habrá ningún inconveniente. Pero primero será mejor que la vea.

–Sí, claro… ¿Cuándo puedo visitarla?

–¿Hoy? ¿Mañana?

–Mañana por la mañana.

–Yo mismo la acompañaré.

–Gracias, señor Williams.

Virginia se levantó y se retiró con tal rapidez que el señor Williams tuvo que apresurarse para adelantarla y abrirle la puerta.

–Hay otra cosa, señora Keile.

–¿Cuál es?

–No ha preguntado usted el precio del alquiler.

–No, tiene usted razón -contestó Virginia sonriendo-. Adiós, señor Williams.

No les dijo nada a Alice y Tom. No quería expresar con palabras algo que, en el mejor de los casos, no era más que una vaga idea. No quería enzarzarse en una discusión sobre la conveniencia de que los niños se quedaran en Londres con su abuela ni oírle decir a Alice que no le importaban los posibles destrozos que éstos pudieran causar en Wheal House y que estaría encantada de tenerlos allí. Cuando encontrara algo, se lo plantearía a Alice como un hecho consumado. Y entonces puede que Alice la ayudara a superar el mayor de los obstáculos: convencer a la abuela para que ésta permitiera que los niños viajaran a Cornualles sin su niñera.

La perspectiva de aquella batalla la aterraba, pero antes tenía que superar otros obstáculos menores.

Alice era una anfitriona perfecta. Cuando Virginia le dijo que tenía que salir aquella mañana, no le preguntó adonde pensaba ir sino que se limitó a

preguntarle:

–¿Almorzarás en casa?

–No creo… Más vale que no…

–Entonces nos veremos a la hora del té y después nadaremos un poco en la piscina.

–Estupendo -dijo Virginia, despidiéndose con un beso de su amiga.

Subió a su automóvil y bajó por la carretera de la colina hasta Porthkerris.

Aparcó cerca de la estación y se dirigió a pie al despacho de los abogados para recoger al señor Williams.

–Señora Keile, no sabe usted cuánto lo siento, pero me es imposible acompañarla esta mañana a Bosithick. Una de nuestras clientes viene desde Truro y tengo que quedarme a esperarla. ¡Confío en que lo comprenda! Pero aquí tiene las llaves de la casa y, además, le he dibujado un mapa muy detallado para que no tenga dificultades… Creo que no tiene pérdida. ¿Le importa ir por su cuenta o prefiere que la acompañe la señorita Leddra?

Virginia evocó la imagen de la corpulenta Leddra y le aseguró al señor Willliams que se las arreglaría perfectamente por su cuenta. Éste le entregó un llavero, cada una de cuyas llaves tenía una chapa de madera: Puerta Principal, Carbonera, Habitación de la Torre.

–Cuidado con el camino -le advirtió el señor Williams, acompañándola a la puerta-. Tiene muchos baches y, aunque no hay espacio para girar delante de la entrada de Bosithick, no habrá problema si baja usted un poco más hasta llegar a una vieja granja donde podrá dar la vuelta con el coche…

Créame que lo siento, pero, de todos modos, espero que me llame para decirme qué le ha parecido. Ah, señora Keile…, la casa lleva varios meses vacía. Procure no llevarse una mala impresión si la ve un poco polvorienta.

Abra unas cuantas ventanas e imagínese una buena chimenea encendida.

Un tanto desanimada por los últimos comentarios, Virginia regresó a su automóvil. Las llaves de la casa desconocida le pesaban como el plomo en el interior del bolso. De repente, sintió el deseo de una compañía y, por un breve instante, consideró incluso la posibilidad de regresar a Wheal House, confesarle a Alice lo que había hecho y tratar de convencerla para que la acompañara a Lanyon y le prestara un poco de apoyo moral. Pero le pareció ridículo. Sólo tenía que ir a ver una casita y alquilarla o rechazarla.

Cualquier tonto hubiera sido capaz de hacerlo… incluso ella.

El tiempo era todavía muy bueno y había mucho tráfico. Cruzó a paso de tortuga la ciudad, pero finalmente consiguió llegar al otro lado. En lo alto de la colina donde las carreteras se bifurcaban, el tráfico ya no era tan denso y pudo adelantar a unos cuantos vehículos. Cuando subió a los páramos y vio el mar a sus pies, empezó a animarse un poco. La carretera serpenteaba como una cinta agresiva por la ladera de la colina cubierta de helechos; a su izquierda se elevaba el macizo del Carn Edvor teñido de púrpura por los brezales y, a su derecha, la campiña se extendía hacia el mar, mostrándole el mismo espectáculo de granjas y campos de cultivo que había contemplado dos días atrás.

El señor Williams le había dicho que estuviera atenta a unos arbustos de espinos que crecían al borde de la carretera. Un poco más allá se encontraba la pendiente del angosto camino de granja que conducía al mar. Virginia llegó al lugar indicado y se adentró por el pedregoso camino bordeado de zarzas. Cambió de marcha y bajó cuidadosamente por la cuesta, tratando de evitar los baches y de no pensar en los daños que las espinosas ramas estarían causando en la pintura de su automóvil.

No vio la casa hasta que tomó una curva cerrada y ésta apareció súbitamente ante sus ojos. Detuvo el vehículo, cogió el bolso y bajó.

Soplaba una fresca y salada brisa marina y se percibía el aroma de los tojos.

Intentó abrir la verja, pero los goznes estaban rotos y tuvo que levantarla para poder entrar. Un caminito bajaba hacia unos peldaños de piedra que conducían a una casa alargada con gabletes en el norte y en el sur, en cuyo lado norte, de cara al mar, se había añadido una habitación con una torre cuadrada encima. La torre confería a la casa un cierto aspecto de lugar

sagrado que a Virginia le pareció ligeramente siniestro. No había jardín propiamente dicho pero, en el lado sur, se veía una pequeña extensión de hierba sin cortar con dos postes que sostenían lo que antaño fuera una cuerda para tender la colada.

Bajó los peldaños y recorrió un caminito que rodeaba la casa y conducía a la puerta principal, pintada de rojo oscuro y llena de burbujas de aire provocadas por el calor del sol. Sacó la llave y la introdujo en la cerradura al tiempo que hacía girar el pomo, y la puerta se abrió silenciosamente hacia adentro. Vio unos peldaños y una raída alfombra sobre un suelo de madera y advirtió que olía a húmedo… ¿o tal vez a ratones? Tragó nerviosamente saliva. Los ratones le daban pánico, pero ahora que ya había llegado hasta allí, no tenía más remedio que subir los dos gastados peldaños y cruzar cautelosamente el umbral.

No tardó mucho en recorrer la parte más antigua de la casa y echar un vistazo a la pequeña cocina con sus viejos fogones y su manchado fregadero; en la salita había toda una serie de sillas desparejadas y una estufa eléctrica colocada en el hueco de una antigua chimenea como un animal salvaje que asomara la cabeza por la boca de su madriguera. De las ventanas colgaban unas viejas cortinas de algodón y en un aparador se podían ver montones de tazas, bandejas y platos de todas clases y tamaños en distintas fases de deterioro.

Virginia subió al piso de arriba dominada por una profunda decepción. Los dormitorios tenían una ventanas muy pequeñas y un mobiliario inadecuado.

Regresó a lo alto de la escalera y subió dos peldaños que conducían a una puerta cerrada. La abrió y, tras la lobreguez del resto de la casa, se vio inmediatamente asaltada por una deslumbradora ráfaga de luz norteña.

Aturdida, entró en una curiosa estancia cuadrada con ventanas en tres de sus cuatro paredes. Se elevaba sobre el mar como el puente de un barco y desde sus ventanas se abarcaba un trecho de por lo menos veinticinco kilómetros de costa.

Un banco cubierto con una desteñida funda de tela ocupaba toda la pared norte de la habitación. Había una mesa y una vieja alfombra de paja

trenzada; en el centro de la estancia destacaba la barandilla de hierro forjado de una escalera de caracol que conducía directamente a la habitación de abajo, denominada «salón» en el prospecto del señor Williams.

Virginia bajó cautelosamente a una habitación dominada por una enorme chimenea de estilo modernista. A su lado estaba el cuarto de baño y una puerta que daba acceso a la oscura y deprimente salita donde ella había iniciado el recorrido.

Era una casa increíble. La rodeaba como si estuviera esperando su decisión y parecía despreciar su cobardía. Para ganar tiempo, Virginia regresó a la habitación de la torre, se sentó en el banco y abrió el bolso para encender un cigarrillo. El último que le quedaba. Tendría que comprarse otra cajetilla.

Lo encendió y, mientras contemplaba la desnuda mesa y los desteñidos colores de la alfombra del suelo, comprendió que aquél habría sido el estudio de Aubrey Crane, el cuarto de trabajo donde éste había creado las atrevidas historias de amor que a ella no le habían permitido leer. Lo imaginó con barba, pantalones bombachos y un aspecto convencional que jamás hubiera permitido adivinar las pasiones que ardían en su rebelde corazón. A lo mejor, en verano abría aquellas ventanas para percibir los sonidos y las fragancias de la campiña, el rugido del mar y el rumor del viento. En invierno debía de hacer mucho frío y entonces el escritor seguramente se envolvía en una manta para escribir dolorosamente con sus dedos llenos de sabañones a pesar de los mitones de lana que llevaba…

En algún lugar de la estancia se oyó el zumbido de una mosca golpeando contra el cristal de la ventana. Virginia apoyó la frente en él y contempló el panorama con aire distraído al tiempo que iniciaba una de las interminables discusiones mentales que solía mantener consigo misma desde hacía muchos años.

«-No puedo venir aquí.

»-¿Por qué no?

»-Lo odio. Es fantasmagórico y me da miedo. Reina un ambiente muy

desagradable.

»-Eso son figuraciones tuyas.

»-Es una casa inadmisible. Jamás podría traer a mis hijos aquí. Nunca han vivido en un lugar semejante. Y además, no tendrían ningún sitio donde jugar.

»-Hay todo un mundo para que puedan jugar. Los campos, las rocas y el mar.

»-Pero tendría que vigilarlos constantemente… lavar, planchar y guisar. No hay frigorífico y no sé cómo podría calentar el agua.

»-Yo pensaba que lo que tú querías era llevarte a los niños contigo y sacarlos de Londres.

»-Estarán mejor en Londres con su niñera que viviendo en una casa como ésta.

»-Eso no es lo que pensabas ayer.

»-No los puedo traer aquí. No sabría por dónde empezar estando sola.

»-Pues entonces, ¿qué vas a hacer?

»-No lo sé. Hablar con Alice. Quizá hubiera debido hablar con ella antes de venir. Ella no tiene hijos, pero lo comprenderá. A lo mejor ella conoce otra casita. Estoy segura de que lo comprenderá y me ayudará. Me tiene que ayudar.»

–Ya estoy harta de mis férreas decisiones -dijo en voz alta.

Tiró al suelo el cigarrillo a medio fumar y lo aplastó con el tacón del zapato.

Luego se levantó, bajó las escaleras, cogió las llaves y salió, cerrando la puerta a su espalda. Desde las ventanas de los dormitorios, como si éstas

fueran unos ojos burlones, la casa la observaba. Se apartó de aquella mirada y regresó a la seguridad de su automóvil. Eran las doce y cuarto. Necesitaba cigarrillos y en Wheal House no la esperaban para el almuerzo. Por consiguiente, tras dar la vuelta con el coche y regresar a la carretera, no tomó la dirección de Porthkerris sino la del pueblo de Lanyon situado a dos kilómetros escasos de distancia. Allí recorrió la calle principal hasta llegar a una plaza adoquinada, flanqueada en uno de sus lados por el pórtico de una iglesia con un campanario cuadrado y en el otro por un pequeño pub de paredes encaladas llamado The Mermaid's Arms.

Debido al buen tiempo, el pub había instalado una terraza en el exterior con mesas y sillas, sombrillas de vivos colores y maceteros con capuchinas de color anaranjado. Sentados a una de las mesas, un hombre y una mujer con atuendos veraniegos estaban tomando unas cervezas mientras su hijo de corta edad jugaba con un cachorro. Al ver a Virginia, la saludaron con una sonrisa y ésta se la devolvió, pasando por su lado antes de entrar en el establecimiento donde agachó instintivamente la cabeza bajo el ennegrecido dintel.

El interior tenía las paredes revestidas de oscuros paneles de madera y estaba débilmente iluminado por unas pequeñas ventanas protegidas con visillos de encaje; se percibía un fresco olor a moho y, en medio de la penumbra, se veían unas cuantas figuras sentadas alrededor de unas tambaleantes mesitas mientras que, detrás de la barra, enmarcada por hileras de jarras de cerveza colgadas de ganchos, un camarero en mangas de camisa y jersey a cuadros secaba vasos con un paño.

–… no sé lo que pasa, William -le estaba diciendo el camarero a un parroquiano sentado en un alto taburete al otro extremo de la barra con un cigarrillo en una mano y un vaso de cerveza amarga en la otra-, pero pones los contenedores de basuras y nadie echa nada.

–Ya… -dijo William, asintiendo tristemente con la cabeza mientras la ceniza del cigarrillo le caía en el vaso sin que él se diera cuenta.

–Todo va a parar a las aceras y los del Consejo del Condado ni siquiera se

molestan en venir a limpiarlo. Y cuidado que son feos esos trastos. Nos las arreglábamos mejor sin ellos…

El camarero terminó de secar los vasos, dejó el trapo y se volvió para atender a Virginia. – Dígame, señora.

Por su aspecto, su voz y el color de su tez, era un típico ejemplar de Cornualles. Cara rubicunda y curtida por la intemperie, ojos azules y cabello negro. Virginia le pidió cigarrillos.

–Sólo tengo de veinte. ¿Le parece bien? – Se volvió para coger la cajetilla del estante y rasgó hábilmente el envoltorio con la uña del pulgar-. Precioso día, ¿verdad? ¿Está usted de vacaciones?

–Sí. – Hacía muchos años que Virginia no visitaba un pub. En Escocia a las mujeres no se las llevaba nunca a los pubs y ella ya casi había olvidado el agradable ambiente de compañerismo que allí se respiraba-. ¿Tiene Coca-Cola? – preguntó.

Seguir: parte 2 de 3