La cena de los infieles

Beryl Bainbridge · Capítulo 3 de 22

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La cena de los infieles

Capítulo 3

Edward quedó con el viejo Simpson para tomar una cerveza en el Hare and Hounds. El local estaba lleno de cansados hombres de negocios reuniendo fuerzas para volver a sus casas.

—No veo por qué no puedes tener derecho a desgravarte una parte en concepto de ocio —dijo Edward—. Siempre y cuando tengas facturas de los restaurantes.

—Exactamente —dijo Simpson.

—Lo que ya es más difícil es pasar los gastos de peluquería de tu mujer. Ni siquiera aunque fuera para la noche del golf y otros eventos sociales. Es que no se trata de negocios estrictamente hablando, ¿entiendes?

—Ya —dijo Simpson, algo decepcionado.

—Quiero decir que no es como si fuera una camarera de un club nocturno o una presentadora de televisión.

—Quizá no he sido muy claro con respecto a mi mujer —dijo Simpson—. No está precisamente a favor de la velada.

—Madre mía —exclamó Edward, repentinamente alarmado—. Pero ¿no me habías dicho que era una mujer de mundo?

—Sí, claro, pero de todas formas no le parece del todo bien.

—Pero ¿vendrá? —preguntó Edward. Tuvo ganas de pegarle un puñetazo a Simpson entre ceja y ceja. Todas esas fanfarronadas acerca de que se portaba como un don juan y que su mujer lo llevaba estupendamente.

—Pues tal y como lo ve, la cosa está peliaguda —explicó Simpson—. Hombre, ponte en su lugar. ¿Qué te parecería a ti que Helen se estuviera viendo con otro tipo y me pidiera que fuera a cenar con ellos?

A Edward eso le pareció una situación altamente improbable, sobre todo porque sabía lo que Helen opinaba de Simpson y de los hombres en general, pero asintió con la cabeza y fingió que a su amigo no le faltaba razón.

—Dicho de otro modo —prosiguió Simpson—. ¿Y si mi esposa os invitara a tu amiga y a ti a cenar un día, a mis espaldas? Confío en que te negarías.

—Pero ¿es que tienes que preguntármelo? —dijo Edward.

—No quiero que pienses que mi mujer es estrecha de miras. No lo es, créeme. Mira, te contaré una historia, pero tienes que prometerme que no dirás nada por ahí. Resulta que le hicieron una proposición deshonesta, una persona que los dos conocemos, en fin, la esposa de un amigo mío, de hecho. Digamos que se llama X. Pues la tal X telefoneó y le dijo que si podía pasar a visitarla para charlar y eso…

—¿A quién telefoneó? —preguntó Edward.

—Pues a mi esposa, claro. Y por supuesto, era de vital importancia que Y no se enterara.

—No te sigo del todo —dijo Edward, desconcertado por las amistades alfabéticas de Simpson—. ¿Te contó tu esposa que le habían hecho una proposición deshonesta?

—¡No seas estúpido! No se la hicieron a mi mujer, sino a X —exclamó Simpson.

—Ya, ya —asintió Edward. No quería irritar a Simpson, menos ahora que la cena de Binny pendía de un hilo. En ese momento, no le preocupaba la posibilidad de que le descubrieran. Sólo pensaba en Binny, doblando el espinazo para cocinar como una esclava para él. Añadió—: Soy tremendo. Es la costumbre, supongo. Asegurarme de que todo cuadra, ya sabes. Sigue, sigue.

—Pues parece que X estaba liada con Z —prosiguió Simpson—. Llevaban un tiempo. Le conoció en una tenida masónica o algo así, hacia un año casi. La cuestión es que X quería que le dejáramos la habitación de invitados para pasar la tarde.

—Dios mío —murmuró Edward. Aunque había perdido la pista de X y Z, y no tenía la menor idea de qué pintaba Y en todo este asunto, la situación en general le tocaba la fibra, y simpatizaba con todos ellos.

—Mi esposa lo llevó con bastante acierto, creo yo —dijo Simpson—. Les dijo que les prestábamos la habitación, pero que se ocuparan de dejar las sábanas limpias, o dinero para la lavandería. Y que dejaran la puerta y la ventana abiertas.

—¿La ventana? —exclamó Edward, pensando que la mujer de Simpson debía tener un sentido del humor de lo más peculiar y grueso. O eso, o era una voyeur como la copa de un pino.

—Le quitó todo el romanticismo a la cuestión —dijo Simpson, satisfecho—. Quedó claro que era lo que era. Vamos, que no pudieron disfrazarlo de amor y romance.

—Vaya por Dios —dijo Edward, aunque más bien pensaba que sólo habían aceptado que los espiaran, un precio relativamente bajo para poder gozar de toda una tarde de pasión.

Se abrió paso hasta la barra y allí pidió otras dos pintas de cerveza. Mientras esperaba, con la pipa encajada en la boca como si fuera un monigote, estiró el cuello para ver su reflejo en el espejo que había en el techo del bar. Tenía que cortarse el pelo; le colgaba un pálido mechón por encima de un ojo. Tendría que haber ido al barbero mucho antes —había notado alguna ceja enarcada en la oficina—, pero Binny había dicho una vez que le gustaban los hombres con melena desordenada. Pensó que su flequillo le hacía parecer más joven. Binny a veces solía referirse a él como su «flequillo fetiche». Y cuando llevaba dos copas de vino encima, lo llamaba su «prepucio». Tendría que vigilar lo que bebía esa noche. Presentía que la mujer de Simpson no estaría muy a gusto con ese tipo de ocurrencias, suponiendo que terminara por presentarse. ¿Qué demonios le diría a Binny si los Simpson se echaban atrás en el último momento? Parecía enfadada cuando habían hablado por teléfono, aunque, al terminar la conversación, le había dicho que era encantador. Le tenía cariño, eso seguro. La mayor parte del tiempo le brindaba su amor sin tratar de atarlo y sin poner en peligro su matrimonio. Cierto que habían tenido algunos tropiezos desafortunados, como el fin de semana en que Binny le había llamado a casa desde un ruidoso bar del Soho. Gracias a Dios, él había contestado el teléfono esa noche, pero no había sido fácil. Se había pasado un buen rato de pie en el vestíbulo, con el pijama puesto y utilizando términos fiscales para decirle disimuladamente que la quería, y temblando de miedo por si Helen le espiaba, oculta en el rellano. Y también había habido ese otro incidente, cuando no pudo verse con Binny porque él quería dedicarse a podar sus rosas, y ella le amenazó con prenderle fuego a su jardín en plena noche. Más tarde, un rincón del césped había aparecido misteriosamente chamuscado, pero no pudo probar nada. Al principio se había enamorado de ella porque le dijo que debían vivir la vida como si cada día fuera el último, conscientes de que en cualquier momento sonaría el pitido final y que era inútil estropear el tiempo que les quedaba pidiendo imposibles. «No quieres dejar a tu mujer —había dicho ella—, y yo tampoco quiero que lo hagas». Pero a medida que pasaron los meses, empezó a dejar caer alguna que otra observación sobre los hombres casados y su duplicidad, y a él se le ocurrió que quizá era precisamente lo que ella quería que hiciera. Se sintió muy incómodo y trató de abordar el tema abiertamente. «Podríamos ser muy felices —dijo él un día—. Si viviéramos juntos, beberíamos todo el día y nos iríamos a la cama al atardecer». (A Helen no le gustaba nada el atardecer). Binny le miró como si acabara de hacer un comentario racista y apretó su mandíbula, haciendo crujir sus grandes y blancos dientes. Chilló: «¡Estás loco! ¡Loco de atar!».

Él se quedó muy confundido. Era obvio que él servía a algún propósito en la vida de Binny. A veces pensaba que eran como uno de esos espectáculos de marionetas que solía ver en la playa de Eastbourne cuando era niño. Recordaba las voces nasales de los artistas pugnando por hacerse oír por encima del ruido de la marea, gritando «¿Quién ha sido un niño malo?». El pequeño Edward parpadeaba, asustado por el repetido golpear de los garrotes en la cabeza de las marionetas; no entendía qué esperaban de él.

Se agarraba a su cubo y a su pala de plástico, sin saber si reír o llorar.

Binny podía ser muy fría cuando discutían o le gritaba por teléfono y, en cambio, muy cálida y cariñosa cuando yacía en sus brazos. Al pensar en todos esos momentos sudorosos en el sofá, en el suelo del baño, o en la cama turca que había en la salita de su casa, sentía que podía perdonarle cualquier cosa, y soñaba con dedicar el resto de su vida a hacerla feliz.

Pagó las cervezas y volvió a la mesa. Miró la coronilla de Simpson, que empezaba a encalvecer, y dijo con firmeza:

—A ver, ¿cómo quedamos? ¿Vendréis, no?

—Hombre, pues claro —dijo Simpson—. No me lo perdería por nada del mundo.

—¿Y tu mujer?

—Vendremos los dos, cuenta con ello —dijo Simpson—. Pero te advierto que al principio la cosa quizá sea un poco delicada. Quiero decir que Muriel quizá esté tensa, pero ya se irá acostumbrando —dijo, dando palmaditas en la rodilla de Edward.

—Bueno, será una noche algo bohemia. Sólo un poco —dijo Edward.

—¡Jesús, lo sabía! ¡Me lo temía! —gritó Simpson—. A Muriel no le gustará.

—Quiero decir en el ámbito doméstico —explicó Edward—. El espacio, los platos y la cubertería… Ese tipo de cosas, ¿entiendes?

—Oh. ¿Descuidada pero directa, eh?

—Un poco —dijo Edward, sintiéndose un poco desleal—. A Binny no le importan demasiado las apariencias.

—No me digas más —asintió Simpson, comprensivo—. ¿Pasarás por tu casa para cambiarte?

—No. Sería un poco complicado volver a irme —dijo Edward—. Creo que regresaré a la oficina y terminaré con el correo de la tarde.

—Vente a mi casa y allí te arreglas un poco —dijo Simpson—. Así llegaremos todos juntos.

—¿Has avisado a tu mujer de que se supone que ella y yo nos conocemos? — preguntó Edward—. Binny insistió en que sólo quería que invitara a mis amigos íntimos.

—No te pases —dijo Simpson con un ligero tono de irritación—. Ya he hecho bastante convenciéndola para que viniera, encima no vamos a exagerar fingiendo que la conoces desde hace años. Por cierto, vigila con las manitas.

—¿Manitas?

—Caricias, besuqueos… Cualquier manifestación externa de toqueteo. A Muriel no le gustaría un pelo.

—Tengo que volver a casa antes de las once —dijo Edward—. No tendré mucho tiempo para toqueteos.

No volvió a mencionar el ofrecimiento de que fuera a arreglarse a su casa. Al cabo de un cuarto de hora, Simpson se levantó y dijo que se verían en las trincheras a las veinte cero cero. Le dio un codazo a Edward y dijo:

—Sincronizando los relojes… ¡Esto va a ser la bomba!

Edward se despidió de él riéndose a mandíbula batiente mientras pensaba que aquel hombre era un imbécil integral. Compró una bolsa de anacardos para matar el hambre hasta la hora de cenar, y cedió al desafortunado impulso de telefonear a Binny.

—¿Qué quieres? —dijo ella.

—Nada. He estado charlando con Simpson. Hoy tiene el día tonto.

—¡Qué sorpresa!

—Vaya, que no dijo más que tonterías. No es tan hombre de mundo como va diciendo por ahí.

—¿Qué es ese ruido? ¿Dónde estás? —dijo Binny.

—Estoy en la oficina —mintió—. Simpson me ha dicho que qué pensaría yo si Helen le pidiera que fuera a una cena con su mujer.

—Pero ¿qué dices? Creía que había estado docenas de veces en tu casa.

—No me estoy explicando bien. Me da la sensación de que no aprueba… Bueno, ya sabes.

—No, no lo sé. Suéltalo de una vez —escupió ella.

—Lo nuestro —dijo él débilmente—. Que estemos liados.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Edward sostenía el auricular tan pegado a su oreja, para que el ruido circundante del bar no se oyera, que se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Me dijiste que había estado ingresado en una clínica por una enfermedad venérea —dijo Binny al fin.

Dios mío, ¿realmente le había dicho eso? Si las cosas iban mal, probablemente lo soltaría durante la cena y se quedaría tan ancha.

—Bueno, sí. Pero al final resultó que no era eso —dijo.

—¿Quién demonios se cree que es? No tiene derecho a decirle a nadie con quién debe o no debe liarse.

—Creo que el problema es más bien su mujer —dijo Edward.

—Seguro que sí —graznó Binny—. Seguro que piensa que si nosotros lo estamos haciendo, su marido también le está poniendo los cuernos.

—Qué lista eres. Yo también te quiero —dijo Edward con ternura.

—A la mierda —dijo, y añadió que estaba ocupada y que tenía que colgar. Binny era un misterio para él: era completamente incapaz de mantener una conversación trivial.

Edward volvió a la oficina. Empezó a escribir una carta bastante resentida para Simpson, indicándole que no le parecía aconsejable ni creíble desgravarse tal y cual cantidad en concepto de limpieza de sus locales. «En las circunstancias, me parece una suma absurdamente alta, más propia del mantenimiento de los estándares higiénicos de un laboratorio de investigación que de una fábrica de repuestos; esa cifra atraería la atención de los inspectores de Hacienda, que, sin duda, observarían ese cargo con sospecha, por lo demás bien merecida…».