La curandera de Atenas

Isabel Martín · Capítulo 3 de 33

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La curandera de Atenas

Capítulo II

 

Al despertar, el olor a ajo seguía pegado a mi piel, y sentí la asfixia, como si la mano aún siguiera tapándome la boca. Asfixia, miedo, oscuridad y un movimiento de vaivén que mecía el suelo como si estuviera en una cuna oscura y gigantesca.

Qué extraña es la memoria. Esconde años enteros de recuerdos, los oculta tras un velo oscuro y tupido, los enmaraña hasta que se convierten en sueños fugaces, ajenos, en imágenes de otro mundo. Y, entonces, el olor difuso de un paño y la soledad despiertan esa memoria caprichosa y el velo se diluye, y el estómago se encoge y eres otra vez esa niña asustada que llama a su madre desde las sombras de un lugar desconocido. La pesadilla se hace real, presente, intensa, como si el tiempo no hubiera curado las heridas, como si siguieran tan abiertas como entonces, supurando aún sus miedos y preguntas.

Era la bodega de un barco. A la escasa luz que se filtraba por unos pequeños ventanucos, pude entrever fardos y ánforas y una complicada mezcla de olores salados, tan intensos que parecían salir de mi propio cuerpo. De varios clavos en las paredes colgaban cuerdas y aparejos que oscilaban y crujían con el movimiento. El agua golpeaba contra el casco con lenta cadencia.

Sentí arcadas y cuando acabé de vomitar miré alrededor. Junto a mí había un cuerpo y más allá varios bultos que apenas distinguí, arracimados en el escaso espacio que dejaban los embalajes. Me apoyé en el suelo de madera medio podrida, cubierto de una capa pegajosa y conseguí incorporarme a pesar de las manos atadas. Los olores de la bodega, a los que yo había contribuido con mi vómito, impedían que pudiera reponerme del mareo, y las arcadas seguían, secas, dolorosas, como una representación del miedo que mi cuerpo quería eliminar.

Mi movimiento despertó a la persona que estaba a mi lado, y oí una voz ronca, de viejo, protestando a gritos por el olor. Cuando se incorporó parecía incluso mayor que su voz; tenía las mejillas y los labios hundidos y barba de varios días, el pelo canoso y muy sucio y vestía un trapo informe, lleno de desgarros.

Siguió gritándome hasta que otra voz le hizo callar con una maldición. «¡Como no cierres esa bocaza, te arranco la lengua de un mordisco!», escuché, y el viejo se disculpó echándome la culpa de sus gritos. «Es esta idiota, que…»Las otras figuras se iban despertando y se incorporaban poco a poco. Conté seis, todos hombres, amarrados a la misma cuerda, muy interesados todos en aquella figura que había aparecido de forma misteriosa en la bodega.

Testigo mudo de mi llegada, el viejo contó que aquella noche había aparecido envuelta como un fardo y todos se burlaron con palabras que no entendí bien y el viejo soltó una carcajada que dejó ver unas encías enrojecidas, sin un solo diente.

Pensé que había muerto, que estaba camino del Hades, que aquella nave pestilente era la barca de Caronte con su mercancía de difuntos. Sentí la cabeza vacía y el cuerpo entumecido, como si no me perteneciera, como si de verdad estuviera muerta.

Lo último que recordaba era mi dormitorio alumbrado por una lucerna y que al entrar en él, cansada y triste, había pensado que a partir de aquel día sería solo mío. Y entonces, un movimiento, una mano que me había tapado la cara y el olor a ajo y el miedo. Nada más.

«Un bocado muy tierno para esa boca sin dientes», dijo alguien, y aquellos hombres, sucios y malolientes como carroña, me miraron como se mira un plato de cordero tras muchos días de vigilia. El viejo se acercó, me sobó todo el cuerpo con unas manos huesudas y ásperas, rápido/como una culebra.

—No tiene ni tetas.

—Así me gustan a mí —rio otra voz en la penumbra—. Lisas como un efebo.

Todos corearon aquella risa y se revolvieron como una masa de gusanos, hasta que se abrió la trampilla y la luz del sol entró como una espada en la bodega, perfilando una silueta enorme que hizo callar a los hombres bajo amenazas de arrancarles la piel a tiras con el látigo. «No es para vosotros», gritó. El hombre que había hablado bajó la escalera con andares pesados y se acercó a mí. Era gordo y resoplaba como las fumarolas del volcán. Dejó un cubo lleno de agua junto al viejo y unas cuantas tortas de mazé, me desató y me sacó a empujones de la bodega.

Cuando pude abrir los ojos cegados por tanta claridad, el mar y el cielo se confundían en un azul intenso y, aunque miré alrededor, no pude distinguir nada que se pareciera a tierra firme. No era un barco muy grande, era uno de tantos buques de mercancías que se podían ver en el puerto de Ákragas, un pequeño velero de un solo palo, que en aquel momento llevaba extendida una gran vela cuadrada, hinchada por el viento. En la cubierta había cuatro hombres con taparrabos sucios, ocupados en labores de marinería, que siguieron con sus tareas sin prestarme ninguna atención. Me quedé junto a la puerta, envuelta en mi olor a vómito y respirando el aire a bocanadas, temblando de miedo, sin capacidad para pensar, para intentar entender qué había pasado, pero enseguida el hombre gordo, que vestía un extraño atuendo de cuero que dejaba al descubierto la mayor parte de su enorme barriga, volvió a tirar de mí, me hizo sentar sobre un amasijo de cuerdas grasientas y sacó un cuchillo roñoso del cinturón.

Grité y me tapé la cara con las manos. Pensé que había llegado mi hora. Sollocé, encogida, intentando alejarme del filo de aquella daga. El hombre me agarró un mechón de pelo e intentó enderezarme.

—Buena mata… —murmuró.

—Por favor —atiné a decir cuando comprendí su propósito—. Por favor, no me cortes el pelo.

Lloré y grité y me retorcí tanto que logré que aquel hombre no consiguiera su propósito, hasta que alguien me rodeó el cuello con un brazo por detrás y apretó dejándome casi sin conocimiento, mientras me gritaba al oído que me estuviera quieta. Las fuerzas me abandonaron. No podía luchar contra aquellos desconocidos, estaba a su merced e invoqué a la diosa para que me ayudara en aquel trance mientras el hombre gordo me agarraba otra vez por el pelo y levantaba el cuchillo. «Mal color —masculló mientras empezaba a cortar—, tendré suerte si me lo compra alguna puta de gustos raros». Cuando acabó, el gordo guardó mi pelo en una bolsa y el hombre que me había sujetado por detrás me obligó a darme la vuelta. Vestía una túnica sujeta por un cinturón de cuero, llena de manchas y con un fuerte olor a sudor. Sus ojos, hundidos en las órbitas, despedían un brillo maligno, como dos ascuas de la misma fragua de Efesto. Era bajo y muy delgado, de piel oscura y llevaba el pelo largo, sujeto con una cinta en la frente. Fenicio.

—¿Dónde…?

La cara me estalló de repente y el hombre siguió hablando, impasible, mientras yo me tragaba el escozor de la bofetada.

—A partir de ahora solo harás lo que te diga sin decir ni una palabra.

Aguanté como pude las lágrimas mientras aquel hombre hablaba. Iba a ser una travesía muy larga, me dijo, y tendría que mantenerme callada. No podía lamentarme por mi suerte, ni pedir favores que nadie me iba a conceder. Cuando llegáramos a nuestro destino, continuó, tendríamos una última charla. No dije una palabra.

—Pareces lista. A lo mejor sigues viva cuando lleguemos a Atenas.

Lloraba por las noches, arropada por los ronquidos de los esclavos, pero durante el día aguantaba; no quería que aquel hombre cuyos ojos me seguían como los de un animal rabioso me viera llorar. Me preguntaba qué había pasado. Intentaba buscar una explicación y repasaba hasta la locura los acontecimientos que podrían haberme llevado hasta aquel barco de esclavos.

Me agarraba a los buenos recuerdos para soportar el presente y pensaba en la última clase de mi padre. «Pensad que Helena es mi hija, y por tanto, la hija de un dios». La hija de un dios.

Me habías dejado sola, padre, y yo no podía entender, atrapada en aquel barco, que un dios como tú careciera del poder para salvarme.

Mi cuerpo olía a salmuera. Un olor siempre presente, como el mar, como el miedo, como los delfines. Me trataban bien, salvo aquel primer día. Incluso dejaban que permaneciera en cubierta, pero por las noches tenía que volver a la bodega, donde al menos estaba caliente; unas noches largas y cuajadas de gruñidos, movimientos y olores extraños. No estaba unida al grupo de esclavos; me había confeccionado un pequeño camastro con sacos lo más lejos posible de donde ellos estaban atados. Pero escuchaba sus historias, historias terribles que hablaban de crueldad, dolor y miseria, de un mundo al que yo ahora pertenecía y que me iba envolviendo como una niebla espesa. Nombraban lugares sin esperanza donde los hombres disputaban a las bestias su condición; escenarios de muerte de los que se sentían orgullosos de haber escapado. Competían por la vida más injusta, por la más desgraciada.

Hablaban de las minas de plata de Laurion, las minas que habían magnificado el poder de Atenas, las minas donde morían centenares de hombres de agotamiento, de hambre y de sed.

—La comida era una bazofia que no querría ni un espartano —decía uno de pelos encrespados, apenas algo mayor que yo, de grandes dientes muy blancos—. Teníamos que cagar delante de los capataces y luego revolver la mierda para que vieran que no nos habíamos tragado ninguna pepita. Yo era todavía un niño y aguantaba, pero he visto a hombres como trirremes caer desplomados por el calor.

Hablaban también de la batalla de Salamina, donde los hombres se bebieron sus propios orines para sobrevivir.

—Todavía me acuerdo de aquel sol. Las moscas acudían a las heridas abiertas como a un tarro de miel y nos arrancábamos las uñas de tanto rascarnos. Pero conseguimos echar a los jodidos persas. Aún deben de estar corriendo.

Aquel viejo sin dientes había sido soldado, el orgullo de la Hélade, y, sin embargo, ahora era un esclavo a causa de unas deudas imposibles de pagar.

—Una cosecha mala y la dote de mi hija. La muy puta ni siquiera salió a despedirme cuando me llevaron atado ante el juez.

Esa era la realidad. No la fiesta de esponsales de mi hermana. No los comentarios de las amigas de mi madre sobre el color de mi pelo, ni las bromas de Laida, probando sus armas de adulta, y hablando de sus planes para escapar de un destino de matrona rica.

Todo aquello estaba tan lejano ya como los cánticos de himeneo, las danzas y la imagen de mi hermana, entrando con su esposo en el tálamo nupcial.

Me preguntaba qué nuevo mundo era aquel, quiénes aquellas personas que hablaban de terrores desconocidos, de maldad y sufrimiento, compañeros ahora de mi destino. Salvo cuando hacíamos escala para conseguir vituallas, y me mantenían atada junto a los demás, nadie parecía acordarse de mí. Y yo, la mayor parte del tiempo, me quedaba contemplando la costa que se recortaba en la lejanía, aferrada a la madera húmeda del pasamanos, como si quisiera asirme a una realidad que cada vez era más difusa, mientras recordaba mi vida pasada como si la hubiera perdido para siempre, porque algo me decía que así era, que Ákragas, mi familia, mis amigas y mi mundo habían quedado atrás, que nunca volvería a recuperarlos.

Contemplaba absorta el negro brillante del mar y el destello de plata de los delfines y trataba de atravesar la superficie para descubrir a los hijos de Poseidón, los monstruos que se esconden de la luz del sol en las profundidades. Apretaba los ojos; esperaba que al abrirlos aquellas terribles criaturas hubieran escapado de su prisión y, con el barco entre sus tentáculos, nos transportaran sobre las olas hasta el puerto de Ákragas. Buscaba en el horizonte a las sirenas que tentaron a Odiseo; rezaba a los dioses para que arrastraran con su influjo a aquellos hombres que me alejaban de mi hogar. Prefería morir estrellada contra las rocas que seguir aquel viaje que parecía no tener fin.

Solo una cosa vino a romper la rutina asfixiante de aquellos días. Una noche empezó a dolerme el vientre y las piernas con unos calambres que iban y venían y no me dejaban dormir. Así pasé la noche, encogida en un rincón, intentando calentarme con una manta agujereada. Por la mañana, el dolor se había suavizado un poco, y quise salir al exterior para respirar aire fresco. Entonces, al moverme, algo me detuvo, un líquido que salía de mi cuerpo sin mi voluntad y que empezó a resbalar por las piernas, un hilo denso de sangre oscura, casi marrón. Me asusté, quise gritar y pedir ayuda, pero entonces recordé. Recordé a mi hermana y sus secretos, recordé las charlas con mi madre y lloré por última vez por la ceremonia que nunca tendría, por las bromas de mis amigas, que ya no podría escuchar, por mi miserable destino. Cogí el trapo más limpio que encontré y, escondida de las miradas de los demás esclavos, intenté limpiar aquel reguero de sangre que me marcaba como a un novillo para el sacrificio. Doblé el trapo, me lo puse entre las piernas y me senté en un rincón, apretando con fuerza. Así, encogida y queriendo desaparecer, me fui quedando dormida.