La dama roja

Giada Trebeschi · Capítulo 6 de 49

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La dama roja

1 de diciembre de 1938. Poggio Catino (Rieti). Residencia Biraghi. 11:15

1 de diciembre de 1938

 

Poggio Catino (Rieti). Residencia Biraghi. 11:15

—¡Qué pareja más provocadora! —exclamó Alessandro mientras sus pasos se alejaban—. No creo haber conocido antes a nadie más irritante. ¡Hablar con esos dos es como caminar desnudo en un campo de ortigas!

La broma hizo sonreír a Letizia.

—Creo, de todos modos, que usted debería ser más prudente con esos hombres, señora. Gente como esa no sé de qué puede ser capaz —dijo Tucci con gesto paternal.

—¡Exacto! —exclamó De’ Risis, que hasta aquel momento no había dicho nada —. Y si se lo dice usted, quizás el consejo sea escuchado. Esos dos son peligrosos, señora Cantarini.

Letizia se asombró. Hasta entonces no le había molestado el comentario del capitán, es más, de su voz entendía que se encontraba sinceramente preocupado y que estaba intentando protegerla. Sin darse cuenta, se encontró perdida en sus ojos color cobalto. Casi conseguía sentir sus brazos fuertes que la abrazaban. Era una bella sensación. Enrojeció inmediatamente y apartó la mirada.

En ese momento el capitán entendió que ella le sentía cercano y, por ahora, era todo lo que deseaba.

—Bien, doctor Tucci, usted ha confirmado nuestras sospechas. El esqueleto es el de una mujer. Me preguntaba, ¿desde un punto de vista anatómico, hay grandes diferencias con el de un hombre? —preguntó Alessandro.

—Bueno, en efecto, no son muy evidentes, pero si se observa con atención se notan diferencias en los huesos del cráneo y sobre todo en la pelvis. Por ejemplo, la pelvis del hombre es normalmente mucho más robusta. En cambio, la de la mujer es más amplia.

—¿Y si se tratara de un joven?

—La pregunta es pertinente, pero tenéis que saber que el hueso del pubis se funde con el ilion y el isquion solo en edad adulta, formando así lo que comúnmente se llama hueso ilíaco. Me explico mejor. En torno a los diez o doce años el isquion se une al pubis, y alrededor de los trece al ilion y hacia los dieciséis al pubis. En este punto la pelvis está formada, y la de la mujer es mucho más oblicua. La parte superior forma, de hecho, un ángulo con el plano horizontal de unos 58º o 60º, mientras que el del hombre no supera los 54º o 55º.

—Me quedo con la boca abierta… También los huesos pueden contar sus historias ante los ojos de quien sabe leerlos —exclamó Alessandro.

—Usted no imagina cuánta verdad lleva lo que dice, señor Romei.

—En este caso, es seguro que se trate de una mujer.

—Sí.

—¿Y sabría definir la edad? —preguntó Letizia.

—Tras el estudio de la dentadura y de los huesos, el sujeto tenía que tener entre los veinticinco y los treinta y cinco años. Y creo que pertenecía a una clase más bien elevada por el hecho de que no parece que hubiera sufrido antes el hambre, e increíblemente para aquel periodo los dientes gozaban de una excelente salud. Significa que se ocupó siempre de ellos y que de pequeña no sufrió carencias alimentarias.

—¿Ha notado otra cosa que pueda ayudarnos a entender quién fue?

—Dos detalles, pero no sé hasta que punto pueden interesarles.

—Diga doctor, todo puede ser de ayuda —le animó Alessandro.

—Bueno, la baja temperatura y el justo nivel de humedad han hecho que se conserven incluso las uñas y algunos restos del pelo. Un pelo muy corto, que si no me equivoco no era usual en aquella época para una mujer de alto rango.

—A no ser que fuera una monja o que la hubieran castigado cortándole el pelo antes de dejarla morir de esa forma tan horrible —pensó Letizia barajando diferentes hipótesis.

—Y además, hay algo más… Esta mujer fue encadenada y luego emparedada viva. ¿No os parece raro que no intentara liberarse de alguna forma? Aún sabiendo que no tenía ninguna posibilidad de salvarse, el espíritu de supervivencia en un cierto punto se pone por encima de la razón y nos empuja a hacer de todo con tal de vivir. Pero esta mujer no hizo nada, ni siquiera una uña rota o partida. Y la posición en la que estaba… Es como si estuviera sentada en espera de que llegara la muerte, con los brazos alrededor de las piernas que estaban dobladas contra el pecho. Diríase que desde que tomó aquella posición no se volvió a mover.

—Me pregunto qué tuvo que hacer para padecer un suplicio tan atroz —dijo el capitán mirando a Letizia.

Se quedaron en silencio unos instantes, cada uno con sus propios pensamientos.

—Me gustaría preguntaros una última cosa, y no tiene que ver con el esqueleto. ¿Qué es la Guarida de Poggio Catino? —preguntó de repente Tucci.

—¿Cómo? —exclamaron a la vez Alessandro y Letizia.

—La Guarida de Poggio Catino.

—El señor Musone me ha preguntado a mí y al doctor si conocíamos el lugar llamado la Guarida de Poggio Catino. Ha insistido mucho en el argumento, pero no hemos sabido darle ninguna indicación sobre el tema —intervino el capitán.

—La Guarida de Poggio Catino no es nada más que una caverna muy profunda que, después de la cristianización de aquellos lugares, fue dedicada a san Miguel, de quien obtuvo el nombre posteriormente —explicó Alessandro.

—Ahora que me dice que es la gruta de San Miguel, creo que he escuchado hablar de ello —recordó el doctor—. Es una especie de santuario rupestre que, como el del arcángel san Gabriel en Gargano, esconde misterios esotéricos y simbología antigua que quieren situar en las bocas del reino inferior, ¿no?

—Efectivamente. En este caso se piensa que la gruta fue inicialmente dedicada a la diosa sabina de las aguas y de los bosques, llamada Vacuna. De hecho, hay una figura femenina esculpida en una de las grutas. Me gustaría saber por qué esos dos tienen tanto interés en el asunto.

—Quizás por amor a la investigación.

—¡No bromee doctor Tucci! Usted también ha visto qué clase de tipos son. De todos modos, de mí no obtendrán más información.

—Hasta que te ordenen que les acompañes a la gruta.

—¡Venga Letizia! ¿Por qué me lo van a pedir a mí y no a un guía de la zona? Y además, no estoy tan seguro de que consiguiera llegar. Solo he estado un par de veces.

—Ya veremos. De todos modos, no creo precisamente que esos dos estén muy interesados en la diosa de los sabinos, identificada como divinidad de los campos o de la naturaleza y personificación de la Victoria. Estoy convencida más bien de que están escondiendo algo.

—Señor Romei, perdone, ¿sería tan amable de acompañarme hasta el hotel que hay en el pueblo? Me han dicho que me han reservado allí una habitación. Van a necesitar al menos una hora antes de que muevan el esqueleto, y esta para mí ha sido una larga noche. Me gustaría descansar algo. Le prometo —añadió luego Tucci mirando a Letizia— que daré un vistazo al esqueleto antes de que se lo lleven a Roma, por si se me ha pasado por alto algo que pueda ser útil.

—Gracias, doctor.

—¿Tendremos el placer de disfrutar de su compañía durante la cena?

—Por supuesto.

—Hasta luego.

—Capitán, ¿por qué no ha dicho nada de la Guarida a Musone? Ya le habíamos dado algunas indicaciones a propósito de ello —preguntó Letizia en cuanto se quedaron a solas, asombrándose por su comportamiento tan repentino.

—No me parecía prudente. Y además, yo soy un militar no un historiador. Ni siquiera un guía turístico… —sonrió.

—Capitán, perdóneme, ahora debería volver a estudiar mis documentos y mis apuntes, pero le ruego… —Letizia se interrumpió mirando a la puerta.

—No se preocupe, no la dejaré sola. Y además, perdóneme, ¿no es acaso este mi encargo? Morelli me ha dicho que no la pierda de vista…

Letizia sonrió y se entregó a sus estudios con una agradable sensación en el corazón. El capitán se sentó cerca de la puerta poniéndose a leer un libro que había sacado de un bolsillo de la chaqueta.

—¿Qué lee? —preguntó llena de curiosidad Letizia.

—El retrato de Dorian Gray, de Wilde —respondió el capitán mostrando la cubierta.

—No se lo diga a Boriello, ¡lo consideraría un libro inmoral!

—No existen libros morales o inmorales… existen solo libros bien escritos y libros mal escritos —citó el capitán.

Letizia, sentada en su mesa de trabajo, comenzó a mirar algunas notas de los últimos días pero no conseguía apartar su mente de las hojas que había encontrado en el cuarto secreto, aquellas hojas que ahora sentía apretadas contra el vientre pero a las que, en aquel momento, no podía echar un vistazo. Tendría que esperar a que llegara la noche, una vez encerrada en su cuarto, para poder proceder con la lectura. No conseguía concentrarse, y el pensamiento de los documentos secretos se confundía con el malestar que le causaba la cercanía del capitán De’ Risis.

No, no podía haberse enamorado de un capitán fascista que tenía el encargo de vigilarla, de espiar su trabajo y contarle a sus superiores cualquier cosa. Y luego, ni siquiera lo conocía. ¡Lo había visto dos, tres veces como mucho!

Pero el capitán era guapo, muy guapo. Y vigoroso. La barbilla se veía dulcificada por los labios bien dibujados y por aquella nariz pequeña y armoniosa que suavizaba un rostro que, si bien era anguloso, evidenciaba rastros aristocráticos. Medía al menos un metro ochenta y cinco y llevaba el pelo muy claro peinado hacia atrás con fijador. No, no —intentaba convencerse Letizia—, es solo una sinrazón, eso es, el típico sentimiento que une a la víctima con su propio secuestrador. Pero el capitán no se había comportado mal con ella, es más, parecía querer protegerla. Y aquellos ojos que tenía con aquel color cobalto que parecían querer acariciarla cada vez que detenía su mirada en ella… Cómo habría querido que sus brazos la sujetaran… ¡Ah, y su colonia! El olor de su piel, mezclado con aquel aroma que tan bien conocía, le quitaba cualquier posibilidad de ser objetiva. Pero no podía ser, no podía ser…

¡Basta Letizia! —se gritó a sí misma—. ¡Basta! Intenta concentrarte, lee tus apuntes y deja de perderte en historias de romanticismo propias de una mujercita.

Mientras hablaba consigo misma, le saltó a los ojos aquel extraño soneto que aquella misma mañana había recogido en el cuarto secreto. Casi se había olvidado de él. Comenzó a leerlo, y su mente se perdió muy pronto en el misterio de aquellos catorce versos.

Si fuera fuego, fundiría el hierro. Si fuera Piedra, del mármol lo obtendría. Si fuera agua, me abriría. Si fuera Dios, daría a él toda la Tierra. Si fuera papa, entonces sería mi padre. Que el Rojo Fuego robó a mi madre. Si fuera emperador, ¿sabe lo que haría? Le daría una tregua a los padres judíos. Si fuera muerte, iría a mi enemigo. Si fuera vida, me reiría de él. Muy símil aire del amigo rival. Si fuera de los Abrabanel, como soy y fui, Obtendría el Fuego Rojo de sus ojos, Y el mármol viviente lo dejaría en otro lado. El soneto, obviamente, había sido escrito siguiendo el modelo del conocido poeta toscano Cecco Angiolieri. La métrica parecía en algunos puntos cojear, pero el esquema general quedaba respetado y se podía fácilmente reconocer la estructura original. Aparentemente, sin embargo, no tenía sentido. Aquel soneto, o mejor aquella especie de ejercicio poético que en otras circunstancias habría podido parecer una diversión, en aquel caso la molestaba. Y no poco. ¿Cómo podía una emparedada viva, en el poco tiempo que le quedaba, querer dejar a los que vendrían después aquello que tenía toda la pinta de ser un engaño?

Letizia no paraba de leer. «Si fuera muerte, iría a mi enemigo. Si fuera vida, me reiría de él». Parecía de verdad que el último acto de la condena hubiera sido el de reírse de sus verdugos.

Leyó de nuevo la hoja que la mujer que había sido enterrada viva había querido que llegara justo a sus manos, y sintió que aquellos versos tarde o temprano le revelarían el rostro de una mujer que se había mostrado libre e indomable incluso en la prisión que le había visto morir. Aquella voz del pasado gritaba tan fuerte que no habría sido posible no escucharla. Quizás encontrara alguna respuesta en los documentos que ahora parecían apretarle en el vientre casi queriendo gritar la verdad contenida en sus páginas.

Levantó la cabeza y la mirada del capitán fue como si le acariciara.

—Dorian Gray —le dijo de repente, hojeando el libro que estaba leyendo— esconde al mundo el cuadro que refleja su alma, y la fealdad de la pintura me sugiere de nuevo la palabra Guarida. No entiendo a dónde quieren llegar esos dos individuos. ¿Qué es lo que están buscando? ¿Qué puede haber tan importante en una gruta? ¿Cuál puede ser el misterio que se esconde detrás del esqueleto de una persona que ha sido emparedada viva?

—No tengo ni idea, capitán. Y no consigo unir las dos cosas. ¿Qué tiene que ver la enterrada viva con la Guarida? El único nexo es que se encuentran en lugares cercanos.

—Pero no puede ser el único. O no harían todo este teatrillo ante el descubrimiento de un esqueleto. Piénselo bien. Tiene que haber alguna otra conexión entre ambas cosas.

—Pero…

—El asombro es la clave para encontrar la pista que nos guía hasta lograr deshilachar la madeja. El asombro. Desde aquí es necesario proceder con las investigaciones.

—Explíquese mejor, capitán.

—Me he tenido que ocupar con frecuencia de casos delicados dentro del ejército, y cada vez que me ponía a investigar me volvían a la mente las palabras que un profesor que tuve, el padre Ignazio, me obligó a aprender de memoria cuando estaba en el liceo.

—¿Estuvo en un colegio católico? —preguntó Letizia.

—Sí. ¿Sorprendida? Tres de las hermanas de mi padre eran madres superiores en Brescia, Rodengo y Milán, así que… Pero volvamos a lo que estoy intentando explicarle. Santo Tomás decía que el asombro es el deseo de saber. Este nace en el hombre por el hecho de que este ve el efecto pero ignora la causa, o porque la causa de ese efecto trasciende del conocimiento y la capacidad del hombre. Es por lo tanto por ello que al asombro está unida la esperanza de poder llegar al conocimiento de lo que se desea saber.

—Usted me sorprende, capitán —dijo Letizia, sonriendo complacida—. No hubiera creído que un hombre del ejército pudiera citarme de memoria a santo Tomás.

—Los hombres a menudo no son lo que parecen.

—Así como los misterios. Creo que usted puede tener razón. Entonces, sigamos la sugerencia de santo Tomás y comencemos por el asombro.

El capitán cerró el libro y acercó la silla a la mesa de trabajo de Letizia. Tenían que hacer una lista de lo que les había desorientado desde ese momento. Si tenían bien claras las preguntas, quizás sería más fácil encontrar las respuestas.

Comenzaron discutiendo sobre todos los acontecimientos ocurridos desde que Letizia y su equipo habían descubierto el esqueleto. Luego pasaron al análisis de la leyenda relacionada con la llamada Guarida de Poggio Catino. Evidentemente el Horrible, luego caverna de San Miguel, se encontraba unida a la historia del dragón que, en un caso había sido derrotado por san Silvestre y en el otro precisamente por el arcángel, considerado el jefe supremo del ejército celeste. El mal, como se lee en el Apocalipsis, quedaba de hecho representado por un dragón que, batido en la lucha, fue expulsado de los cielos y se precipitó a las profundidades de la tierra. Así, el arcángel Miguel ha sido desde siempre venerado como el ángel guerrero de Dios, vestido con una espléndida armadura dorada, en continua lucha contra el demonio.

Pero, ¿qué tenía que ver todo aquello con el interés despertado hacia el interior de la gruta? Con toda probabilidad los funcionarios del Gobierno no estaban buscando la legendaria boca del infierno. ¿Qué pensaban entonces que se encontraba en el santuario rupestre?

—No creo que sea necesario ser muy listo para entender que están buscando algo que no tiene nada que ver con la leyenda del dragón o con el culto de san Miguel. Pienso más bien que su interés es mucho más prosaico. Un mapa, documentos importantes, un tesoro… —dijo de repente De’ Risis.

—¡Pues claro! —exclamó Letizia, iluminándosele el rostro—. ¡Un tesoro! Eso es lo que están buscando.

El capitán se la quedó mirando con aire interrogativo. Ella le sonrió y comenzó a hablar, eufórica.

—¿Cómo no me he dado cuenta antes? Era lo más sencillo, el huevo de Colón. Capitán, su intuición pragmática nos ha servido la solución en una bandeja de plata.

—Podría, se lo ruego, ser algo más clara.

—¡Están buscando un tesoro! Si no recuerdo mal, según un documento que se encuentra en los archivos de la abadía de Farfa, un cierto arcipreste de Salisano, de quien no recuerdo su nombre en estos momentos, afirmaba conocer la existencia de un tesoro escondido en un lugar secreto que aparece reflejado en un mapa —comenzó a explicar Letizia, bajando la voz y acercándose al oído del capitán—. El documento desapareció misteriosamente del archivo poco antes de que comenzáramos los trabajos de reestructuración aquí, en la residencia, y esto explicaría muchas cosas. El tesoro del que le estoy hablando parece que fue escondido en los alrededores del castillo de Poggio Catino y quizás el documento de Farfa hace referencia a la gruta de San Miguel. Escuché decir al señor Morelli la palabra Olgiati y probablemente se refería al famoso tesoro de los Olgiati. Me parece evidente que, al ser descubierta nuestra sala secreta, alguien pensó que quizás podía salir fuera algún indicio. Por eso se ha decidido cambiar a casi todos los hombres de mi equipo, para controlar mi trabajo, y llamar a los soldados y…

Letizia se detuvo de repente de forma brusca.

Estaba hablando precisamente con la persona que le habían puesto para que no la dejara ni a sol ni a sombra. El capitán le estaba espiando y tendría que contar luego todo a sus superiores, los que, en el supuesto de que se percataran de que ella sabía demasiado, encontrarían el modo de hacer que se callara. Había cometido una gravísima imprudencia y ahora no sabía cómo remediar la situación. ¡Todo por culpa de aquel maldito perfume y del rostro solar del capitán!

El hombre que tenía delante de ella quería solo engañarla y descubrir todo cuanto pudiera: esa era su misión. Letizia se sentía engañada y traicionada, si bien no lograba creer completamente que fuera de verdad así. De hecho, la parte más profunda y escondida de su alma parecía querer creer lo contrario, y las emociones contrastantes hacían que fuera incapaz de reaccionar.

Giulio de’ Risis estaba sentado a su lado y la observaba. Letizia mantenía su mirada clavada en los documentos y no movía ni un solo músculo, mientras su rostro se había ligeramente sonrojado y un mechón de pelo le resbalaba de forma sugestiva por el cuello. Él pensó que era todavía más bella que cuando la había conocido por primera vez y ella se le había acercado un poco. Había entendido el motivo de aquel malestar. Era como si los pensamientos de aquella joven le gritaran su miedo, su turbación, su incredulidad.

—Letizia, no es como piensas —le susurró.

Era la primera vez que la llamaba por su nombre y que la tuteaba.

Había pronunciado su nombre tan dulcemente que a Letizia le costó controlarse para no ponerse a llorar inmediatamente.

—No sé si esta historia del tesoro de los Olgiati es la respuesta a los interrogantes que se esconden detrás de lo que está ocurriendo aquí. No me han dicho por qué tengo que vigilar a una historiadora de arte durante sus investigaciones. Sencillamente he recibido órdenes, y las órdenes no se discuten.

—Entonces, ¿quieres decir que no te importa nada de lo que está ocurriendo? — casi le gritó Letizia, asombrándose por la facilidad con la que también ella había pasado a tutearlo—. ¿No te importa lo que me puedan hacer si llegara a descubrir cosas que no debería conocer? ¿No te importa nada de… mí?

Letizia había soltado aquellas palabras como si fueran bolas de fuego, y casi sin darse cuenta de lo que había dicho. Se encontraba aterrada por el pánico, le salía la rabia por sentirse engañada, pero lo único que deseaba era… El capitán pareció leerle sus pensamientos y la cogió entre sus brazos. La abrazó como nadie hasta entonces lo había hecho antes y ella, finalmente, se dejó llevar por las lágrimas.

—No dejaré que te hagan daño —le dijo dulcemente.

Letizia levantó la cabeza y le miró fijamente a los ojos. No tenía ya miedo. Y del mismo modo en que había comenzado, dejó de llorar. Sencillamente, igual que una niña.

—Ten —le dijo luego De’ Risis, alargándole un pañuelo—. No querrás que los dos simpáticos milicianos te vean así, ¿verdad?

Letizia cogió aquel pañuelo y movió la cabeza en señal de negativa. Quizás no tenía que fiarse del capitán, no era prudente por otro lado, pero no conseguía evitarlo.

De repente la puerta de la cocina se abrió dejando entrar un viento gélido junto a un alterado Alessandro que parecía haber acabado de discutir con el propio diablo en persona.

—No conseguiré soportarles durante mucho tiempo —dijo, apoyando furiosamente sobre la mesa un cesto de mimbre—. ¡Han registrado mi cuarto! Y también tus cosas, Letizia, se encuentran fuera de lugar. ¿Pero no se necesita una orden judicial para estas cosas, capitán?

—¿Ellos? ¿Quién? —preguntó Letizia, intentando mantener el control.

—¡Ellos! ¡Esas dos serpientes con el cascabel!

—Quieres decir que…

—Perdóneme señor Romei —le interrumpió el capitán, que ahora asumía una expresión de disgusto—. ¿Pretende decir que Boriello y Musone han registrado sus habitaciones sin una orden judicial?

—Exactamente. Los he encontrado con las manos dentro de mi ropa interior. Como sabéis, estaba acompañando al señor Tucci en busca de la señora Rosa, que le había preparado la habitación, la que está junto a la mía. Parece ser que otro de nuestros jóvenes estudiosos, Giulio Carlo Ragna, ha sido llamado urgentemente a casa y que justo esta mañana se marchó, dejando solo una nota para avisarnos. «Graves motivos familiares», estaba escrito. Tucci, decía, ha subido a su habitación para descansar y yo me he quedado charlando un poco con la señora Rosa, pidiéndole que nos preparara para comer unos bocadillos, que es lo que llevo aquí dentro. Me estaba contando sobre Ragna, así que me he ido detrás de ella hasta la cocina. Hemos estado allí al menos un cuarto de hora, y estaba regresando aquí cuando me he dado cuenta de que quería ver un par de notas con Letizia. Así que subí hacia mi cuarto, y los he encontrado mientras registraban en mis cosas.

—¡No me lo puedo creer!

—Y en cambio, ha sido así. Cuando me han visto entrar en mi habitación me han mirado como si no ocurriera nada. Pero Musone me ha dicho que aquella era su forma de trabajar y que tenían derecho para hacer esto. Si la señora Rosa no hubiera subido para recordarme que tenía que coger la tarta de manzana recién salida del horno… ¡nada que ver con la defenestración de Praga!

Alessandro estaba fuera de sí. Raramente Letizia lo había visto en aquellas condiciones. El capitán comenzó a caminar meditabundo de una punta a la otra de la sala, y quizás habría revelado a los otros dos sus preocupaciones si no se hubiera visto interrumpido por el ruido de unos pasos.

Musone entró en primer lugar, y detrás de él su compadre.

—Ah, estáis aquí señor Romei —comentó Musone con un tono falsamente obsequioso—. No os habéis despedido antes de marcharos. No es de buena educación, ¿no lo sabéis? ¡Recordad que siempre os conviene ser educado!

—Señor Musone, creo que no es momento de seguir molestando la paciencia del señor Romei. Me acaban de contar que habéis estado haciendo registros esta mañana. Habéis cometido un grave error, pues para esas funciones es necesario en primer lugar tener una autorización, y en segundo lugar un documento. Lo que habéis hecho es inaceptable y me veo obligado a ponerlo en conocimiento de sus superiores — replicó el capitán.

—Únicamente hemos acelerado los trámites, capitán. El señor Morelli nos habría dado la orden de hacerlo, de todos modos.

—El señor Morelli tiene el poder para tomar estas decisiones, ustedes no.

—De todos modos, no hemos encontrado nada de interesante —comentó ácido Boriello.

—Espero que no hayáis registrado nada y espero que episodios de este tipo no se vuelvan a repetir de nuevo.

—Cuántos problemas por una simple comprobación —dijo Musone haciendo un gesto decididamente fuera de contexto.

—Le ruego, señor Musone, que recuerde lo que usted mismo ha declarado: uno gana siempre siendo cortés —le contestó firmemente De’ Risis.

El control y la frialdad del capitán al tratar a aquellos individuos revelaba la fuerza de quien está acostumbrado a mandar, pero el garbo con el que era capaz de reprimir a sus interlocutores les dejaba estupefactos. Alessandro y Letizia no se atrevieron a abrir la boca.

Boriello, que parecía haber disminuido de estatura, se escudaba en el cuerpo y la prepotencia de Musone, y casi le costó moverse cuando, con un salto, este último lo cogió por un brazo, tirándole hacia la puerta.

—Vamos a comer, Gennà. Y en cuanto a vosotros, sabed que con el tiempo y la paja la fruta madura.

Salieron dando un portazo sonoro.

Hubo un instante de silencio. Luego, en voz baja, mientras el capitán controlaba la puerta, Letizia preguntó a Alessandro si sabía algo del tesoro de los Olgiati.

—Se dice que fue escondido en los alrededores de Poggio Catino, pero no se han encontrado nunca pruebas creíbles. Perdona, ¿pero por qué me lo preguntas?

—¿No has escuchado tú también a Morelli mientras pronunciaba las palabras Guarida y Olgiati?

—Sí, ¿y?

—Pues bien, creo que todo este interés hacia nuestro esqueleto es debido al hecho de que alguien piensa que pueda tener que ver con el legendario tesoro.

—En este caso todo comenzaría a tener un sentido pero, ¿qué tiene que ver esto con la Guarida?

—Quizás han encontrado una conexión entre las dos cosas…

—O quizás piensan que el dragón de jade tiene alguna relación con la Guarida.

—¿El dragón de jade? —exclamó Letizia.

—Nos faltaba solo el dragón de jade —comentó De’ Risis, alargando los brazos.

—Se trata de una antigua leyenda.

—¡Para variar!

—¡Capitán, se le ruego! —le contestó inmediatamente Letizia, sonriendo—. Deje que Alessandro nos lo explique.

—Perdone, perdone, no quería interrumpirle.

—Bueno, como decía, se trata de una antigua leyenda según la cual cuando Marco Polo volvió del Catay trajo consigo un precioso don que le había hecho el Gran Kan en persona.

—Un dragón de jade —sugirió divertido el capitán.

—Exactamente. Un espléndido dragón esculpido en una de las más preciosas piedras de jade proveniente de la mina de Hotan. Los ojos, al parecer, eran dos preciosos rubíes que brillaban. El don debió de ser un amuleto de la suerte para acompañar a Marco Polo durante su viaje de regreso, un objeto que él debía conservar siempre consigo, colgado del cuello con un cordoncito de seda roja, escondido entre la piel y la ropa. Por ello, parece que no medía más de quince centímetros.

—Muy interesante, pero perdone señor Romei, ¿qué tiene que ver esto con nuestro caso?

—Bueno, como le he dicho, capitán, la Guarida está unida con un doble hilo a la figura del dragón, ya sea en el caso de san Silvestre o en aquel del arcángel Miguel, y así…

—No estará intentando decirme que cree en la leyenda del dragón, espero.

—No, pero quizás alguien piensa que en la gruta sí que existe un dragón de verdad.

—¡El dragón de jade de Marco Polo! —exclamó Letizia.

—Todavía mejor, querida, el dragón de jade de Marco Polo parece que se trata de la pieza más famosa que componía el tesoro de los Olgiati.

Alessandro sonrió con fuerza a Letizia, y le dio una palmada en el hombro al capitán. Luego se dirigió hacia la cesta de mimbre de la señora Rosa.

—Me ha vuelto el buen humor y también el apetito. Diría que un bocadillo con queso me lo he ganado… y también un buen trozo de tarta. ¿No se os ha llenado la boca de saliva? Con todas estas revelaciones, uno debería tener de verdad un hambre de lobo. Por favor, por favor, ¡serviros vosotros!