La décima pista

Dashiell Hammett · Capítulo 1 de 2

Páginas del PDF

La décima pista

Start

La décima pista

Sobrecubierta

None

Tags: General Interest

OceanofPDF.com

Dashiell Hammett

La décima pista

OceanofPDF.com

Un relato de El Agente de la Continental

–Don Leopold Gantvoort no está en casa dijo el criado que me abrió la puerta-, pero está su hijo, el señorito Charles, si es que desea verle.

–No. El señor Gantvoort me dijo que me recibiría hacia las nueve. Son ahora las nueve en punto y estoy seguro de que no tardará. Le esperaré.

–Como quiera el señor.

Se apartó para dejarme pasar, se hizo cargo de mi abrigo y mi sombrero, me condujo a la biblioteca de Gantvoort situada en el segundo piso, y allí me dejó. Tomé una de las revistas que había sobre la mesa, coloqué a mi lado un cenicero, y me puse cómodo.

Pasó una hora. Dejé de leer y comencé a inquietarme. Pasó otra hora…

Yo estaba en ascuas.

Comenzaba a dar las once un reloj del piso bajo, cuando entró en la habitación un joven alto y delgado de unos veinticinco o veintiséis años de edad, piel muy blanca, y ojos y cabellos oscuros.

–Mi padre no ha vuelto todavía -me dijo-. Es una lástima que le haya estado esperando usted tanto tiempo. ¿Puedo ayudarle en algo? Soy Charles Gantvoort.

–No, gracias -me levanté del sillón encajando la cortés despedida-.

Llamaré mañana.

–Lo siento -murmuró, y juntos nos dirigimos hacia la puerta.

En el momento en que salíamos al pasillo, un teléfono supletorio situado en un rincón de la habitación que abandonábamos comenzó a sonar con un timbrazo amortiguado. Me detuve en el umbral de la puerta mientras Charles Gantvoort se acercaba a responder.

De espaldas a mí, habló en el aparato.

–Sí. Sí. Sí. – de pronto, bruscamente-. ¿Qué? Sí -y, luego, con desmayo-. Sí.

Muy lentamente se volvió hacia mí con el auricular aún en la mano.

Tenía el rostro grisáceo y contraído en un gesto de angustia, los ojos abiertos de par en par por la sorpresa y la boca entreabierta.

–Mi padre -balbuceó-. Ha muerto. Le han matado.

–¿Dónde? ¿Cómo?

–No lo sé. Era la policía. Quieren que vaya inmediatamente.

Se enderezó con un esfuerzo, recobró su compostura y colgó el teléfono.

Los músculos de su rostro se relajaron ligeramente.

–Perdone mi…

–Señor Gantvoort -le interrumpí-, trabajo para la Agencia de Detectives Continental. Su padre llamó a nuestras oficinas esta tarde y pidió que le enviaran un detective esta misma noche. Dijo que le habían amenazado de muerte. Pero teniendo en cuenta que aún no me había contratado, a menos que usted quiera…

–Desde luego. Está usted contratado. Si la policía no ha hallado al asesino, quiero que haga usted todo lo posible por encontrarlo.

–Bien. Vamos a la Jefatura.

Ninguno de los dos habló durante el camino. Gantvoort iba inclinado sobre el volante del automóvil que lanzaba a través de las calles a una increíble velocidad. Ardía en deseos de hacerle infinidad de preguntas, pero me di cuenta de que para mantener aquella velocidad sin estrellarnos era necesario que concentrara toda su atención en la conducción del automóvil.

Así pues, opté por no molestarle y guardé silencio.

En la Jefatura de Policía nos esperaban media docena de oficiales.

Estaba a cargo del caso el inspector O'Gar, un sargento de cabeza apepinada que viste como un sheriff de película, incluido el sombrero negro de ala ancha, pero que no por eso deja de disfrutar de toda mi consideración.

Habíamos trabajado ya juntos en dos o tres casos, y nos llevábamos de maravilla.

Nos condujo a uno de los despachos situados bajo la Sala de Juntas.

Diseminados sobre el escritorio había aproximadamente una docena de objetos.

–Quiero que mire estas cosas detenidamente -dijo el sargento a Gantvoort-, y elija las que pertenecieron a su padre.

–Pero, ¿dónde está?

–Haga esto primero -insistió O'Gar-, y luego le verá.

Miré los objetos que había sobre la mesa, mientras Charles Gantvoort hacía la selección. Un joyero vacío; una agenda; tres cartas en sendos sobres abiertos dirigidos a la víctima; varios documentos; un manojo de llaves; una pluma estilográfica; dos pañuelos de lino blanco; dos casquillos de pistola; una navaja y un lápiz de oro unidos a un reloj también de oro por una cadena de oro y platino; dos monederos de piel negra, uno de ellos

nuevo y el otro muy usado; cierta cantidad de dinero en billetes y monedas; y una máquina de escribir abollada y retorcida salpicada de amasijos de cabellos y sangre. Parte de los objetos estaban manchados de sangre, y parte estaban limpios.

Gantvoort seleccionó el reloj con sus aditamentos, las llaves, la agenda, los pañuelos, las cartas, los documentos y el monedero usado.

–Esto era de mi padre -nos dijo-. Las otras cosas no las he visto nunca.

Como no sé cuánto llevaba encima esa noche, no puedo decirles si ese dinero le pertenecía o no.

–¿Está seguro de que no eran suyos el resto de estos objetos? – le preguntó O'Gar.

–Creo que no, pero no estoy seguro, Whipple se lo podrá decir -se volvió hacia mí-. Es el criado que le abrió la puerta esta noche. Estaba al servicio de mi padre y él sabrá con seguridad si le pertenecían o no.

Uno de los policías fue a llamar a Whipple para decirle que viniera inmediatamente.

Yo continué el interrogatorio.

–¿Echa en falta algo que su padre llevara habitualmente? ¿Algo de valor?

–Nada que yo sepa. Todo lo que cabía esperar que llevara está aquí.

–¿A qué hora salió de casa esta noche?

–Antes de las siete y media. Puede que a las siete.

–¿Sabe adónde se dirigía?

–No me lo dijo, pero supuse que iba a visitar a la señorita Dexter.

Las caras de los policías se iluminaron y sus miradas se agudizaron.

Supongo que la mía también. Son muchos, muchísimos, los crímenes en que no hay faldas de por medio, pero es raro el asesinato notable en que no hay complicada una mujer.

–¿Quién es la señorita Dexter? – me relevó O'Gar.

–Es… -dijo Charles Gantvoort dudando-. Verá, mi padre tenía una relación muy cordial con ella y con su hermano. Solía visitarles, o mejor dicho visitarla, varias noches por semana. Yo sospechaba que quería casarse con ella.

–¿Qué clase de persona es?

–Mi padre les conoció hace seis o siete meses. Yo les he visto varias veces, pero no les conozco muy bien. La señorita Dexter, Creda de nombre,

tiene unos veintitrés años y su hermano Madden es cuatro o cinco años mayor. El debe estar ahora camino de Nueva York donde va a gestionar un asunto en nombre de mi padre.

–¿Le dijo su padre que iba a casarse con ella? – insistió O'Gar negándose a perder de vista la posibilidad de una intervención femenina.

–No, pero es evidente que estaba, ¿cómo le diría?, muy entusiasmado con ella. Tuvimos unas palabras sobre eso hace unos días, concretamente la semana pasada… Nada serio, entiéndame… Una discusión sin importancia.

Del modo en que me habló, me temí que pensaba casarse con ella.

–¿Por qué ha dicho «me temí»? – saltó O'Gar al oír estas palabras.

Charles Gantvoort se azaró un poco y carraspeó nerviosamente.

–No quiero darle una mala impresión de los Dexter. Creo, más aún, estoy seguro, que no tienen nada que ver en este asunto. Pero no les tengo ninguna simpatía, no me caen bien. Me parecen unos oportunistas. Mi padre no era fabulosamente rico, pero tenía una considerable fortuna. Y aunque se conservaba bien, tenía ya cincuenta y siete años, lo que me hace pensar que a Creda Dexter le interesaba más su dinero que él.

–¿Y el testamento de su padre?

–En el último de que yo tengo noticia, el que redactó hace dos o tres años, deja todo a mi mujer y a mí. Su abogado, Murray Abernathy, podrá decirle si hay un testamento posterior, pero no lo creo.

–Su padre se había retirado de los negocios, ¿verdad?

–Sí… Me traspasó su agencia de importación y exportación hace un año aproximadamente. Conservaba bastantes inversiones en diversos sitios, pero no participaba activamente en ninguna empresa.

O'Gar se ladeó el sombrero de sheriff, y durante unos segundos se rascó su cabeza apepinada con expresión meditabunda.

Después me miró.

–¿Tiene usted alguna pregunta más?

–Sí. Señor Gantvoort, ¿conoce usted a un tal Emil Bonfils? ¿Ha oído hablar de él a su padre o a cualquier otra persona?

–No.

–¿En alguna ocasión le dijo su padre que había recibido una carta en la cual se le amenazaba? ¿O que alguien le había disparado en la calle?

–No.

–¿Estuvo su padre en París en 1902?

–Es muy posible. Hasta que se retiró solía ir al extranjero todos los años.

Terminada la entrevista, O'Gar y yo acompañamos a Gantvoort al depósito de cadáveres para que identificara el de su padre. El espectáculo que ofrecía éste no era lo que se dice agradable, ni siquiera para O'Gar ni para mí, que sólo le conocíamos de vista. Yo le recordaba como un hombre bajo y enjuto, siempre elegantemente ataviado y dotado de una viveza que le hacía parecer mucho más joven de lo que era. Ahora yacía con el cráneo convertido en un amasijo de pulpa roja.

Dejamos a Gantvoort en el depósito de cadáveres y nos dirigimos a pie a la Jefatura.

–¿Qué secretos se trae usted sobre ese Emil Bonfils y París en 1902? –

me preguntó O'Gar en el momento en que salimos a la calle.

–La víctima telefoneó a la Agencia esta tarde diciendo que había recibido una carta amenazadora de un tal Emil Bonfils, con el que ya había tenido roces en París en 1902. Afirmó que Bonfils había disparado sobre él en la calle la noche anterior y pidió que le enviaran un detective esta misma noche. Rogó que bajo circunstancia alguna se informara de esto a la policía, añadiendo que prefería que Bonfils le matara a que el asunto se hiciera público. Eso es todo lo que dijo por teléfono. Por eso estaba yo presente cuando notificaron a Charles Gantvoort la muerte de su padre.

O'Gar se detuvo en medio de la acera y dejó escapar un silbido.

–Esta sí que es buena -exclamó-. Espere usted a que volvamos a la Jefatura. Le enseñaré una cosa.

Whipple nos esperaba ya en la Sala de Juntas. A primera vista su rostro tenía la misma expresión de máscara que cuando me había admitido pocas horas antes en la casa de Russian Hill. Pero por debajo de sus modales de sirviente perfecto se le notaba crispado y tembloroso. Le llevamos a la oficina donde habíamos interrogado a Charles Gantvoort.

Whipple corroboró todo lo que el hijo de la víctima nos había dicho.

Estaba seguro de que ni la máquina de escribir, ni el joyero, ni los dos casquillos, ni el monedero nuevo habían pertenecido al muerto. No conseguimos hacerle confesar lo que pensaba de los Dexter, pero era evidente que no les tenía ninguna simpatía. La señorita Dexter, nos dijo, había llamado tres veces aquella noche; hacia las ocho, a las nueve y a las nueve y media. En las tres ocasiones había preguntado por el señor

Gantvoort, pero no había dejado ningún recado. Whipple suponía que la señorita Dexter esperaba a su amo y que al ver que no llegaba se había inquietado por su tardanza.

Dijo no saber nada ni de Emil Bonfils ni de las cartas en que se amenazaba a Gantvoort. La noche anterior a su muerte, éste había salido desde las ocho hasta la medianoche. Whipple no se había fijado en él lo suficiente como para decir si a su vuelta estaba inquieto o no. Cuando salía llevaba encima, generalmente, unos cien dólares.

–¿Echa usted de menos algo de lo que Gantvoort llevaba encima esta noche? – preguntó O'Gar.

–No, señor. Creo que está todo aquí. El reloj y la cadena, el dinero, la agenda, el monedero, las llaves, los pañuelos, la pluma… Todo que yo sepa.

–¿Salió Charles Gantvoort esta noche?

–No, señor. El y su esposa estuvieron en casa toda la noche.

–¿Está seguro?

Whipple meditó un momento.

–Sí, señor. Casi seguro. Puedo decirle con absoluta certeza que la señorita Gantvoort no salió. La verdad es que al señorito Charles no le vi desde las ocho aproximadamente, hasta las once, hora en que bajó con este caballero -dijo señalándome-. Pero estoy casi seguro de que no salió. Creo recordar que la señorita Gantvoort me dijo que estaba en casa.

O'Gar le hizo entonces otra pregunta que en aquel momento me sorprendió.

–¿Qué clase de botonadura llevaba el señor Gantvoort?

–¿Se refiere usted a don Leopold?

–Sí.

–Era una botonadura lisa, de oro. Los botones estaban hechos de una pieza y llevaban el contraste de un joyero de Londres.

–¿Los reconocería si los viera?

–Sí, señor.

Acabado el interrogatorio, dejamos a Whipple regresar a casa.

–¿No cree -pregunté a O'Gar una vez que nos quedamos solos frente a aquel escritorio cubierto de pistas que aún no significaban absolutamente nada para mí- que es hora de que empiece a ponerme al día?

–Creo que sí. Escúcheme bien. Un hombre llamado Lagerquist, dueño de una tienda de ultramarinos, atravesaba en su automóvil esta noche el

parque de Golden Gate, cuando pasó junto a un coche estacionado con los faros apagados en una avenida oscura. La postura del hombre que había en el interior le pareció rara, e informó de ello al primer agente de policía que encontró.

–El agente halló a Gantvoort sentado al volante con la cabeza aplastada, y este cacharro continuó poniendo la mano sobre la máquina de escribir manchada de sangre- sobre el asiento de al lado. Eran las diez menos cuarto. El forense dice que le mataron machacándole el cráneo con esta máquina de escribir. Los bolsillos del traje de la víctima estaban vueltos hacia fuera, y sobre el suelo y los asientos del automóvil hallamos diseminados los objetos que ve sobre el escritorio, exceptuando el monedero nuevo. En el coche encontramos también este dinero, cerca de cien dólares. Entre los papeles hallamos éste.

Me alargó una hoja de papel blanco en la que alguien había escrito a máquina lo siguiente:

L. F. G.-

Quiero lo que es mío. Nueve mil kilómetros y veintiún años no te

bastarán para ocultarte a la víctima de tu traición. Estoy dispuesto a

quitarte lo que me robaste.