La edad de tiza

Álvaro Ceballos · Capítulo 3 de 44

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La edad de tiza

Capítulo 3

3

 

 

Los altos de Chamartín, la Guindalera, la Elipa, Moratalaz: barrios sin pasado que dos generaciones atrás eran aún quebradas y desmontes anónimos. Bajando la calle del Doctor Esquerdo desde el cruce de O’Donnell y mirando hacia el oriente se veían hondonadas abruptas y más allá las landas abrasadas, encinas ascéticas y pinos místicos. Así había sido toda esa periferia madrileña antes de que las migraciones nacionales del medio siglo la llenasen de ladrillo. No obstante, esos campos silvestres tenían su historia menuda de ventorrillos y merenderos, de hotelitos desvalijados, de caza menor, de asentamientos silvestres, de asesinatos impulsivos, de arrieros, de buhoneros, de cabras, de fábricas, de trabajos forzados y de ermitas. Algunos collados arrastraban incluso un pasado noble de cooperativa obrera y lucha antifascista. Pero todos esos seres y acontecimientos habían atravesado esos parajes sin dejar apenas rastro, y el poco que dejaron había sido borrado por las excavadoras mucho antes de que nadie pudiera interesarse por él.

Tampoco nuestro colegio tenía pasado; con él empezaba la Historia. No se asentaba sobre ruinas, fábricas ni cementerios. Quizá sí sobre alguna fosa común, porque eso en España no debe descartarse nunca y puede que alguno de los hechos que aún no sé explicarme los provocase el espíritu insidioso de un fusilado. Nuestro patio era un socavón fortificado que bostezaba interminablemente entre decenas de torres de pisos repetidas. Todas ellas habían sido levantadas a matacaballo para alojar a los primogénitos del agro. Durante algún tiempo, aquella ciudad los acogió a todos, hizo tintinear delante de sus ojos las llaves de un coche y les convenció de que habían llegado al futuro. Si en los sótanos de Gran Vía, la bolera Stella, el Rock-Ola, La Vía Láctea, Archy y el Pentagrama entraban punkis y glams y travelos y papelas, significaba que habíamos llegado al futuro. Lo malo era que ese país que había llegado al futuro y que decían que era el nuestro lo conocíamos solo gracias a la televisión. Y que, según decía mi padre con la boca llena, estaba hasta arriba de julandrones.

Desde la zanja que era nuestro cuartel general, al pie de los cipreses que flanqueaban la entrada del colegio, los cuatro detectives de la agencia Mascarada nos sentíamos confusamente encerrados dentro de otra Historia.

La Historia no es un ángel que se vaya posando aquí o allá como una abeja caprichosa. La Historia está encima, debajo, delante y detrás de nosotros. Es todo lo que pasa e incluso lo que no pasa pero creemos que pasa, y lo que esperamos que pase y lo que tememos que pase. Aun así, me pregunto si en caso de que la Historia fuera ese ángel o esa abeja, habría aleteado más tiempo en los garitos de la Movida o en mi colegio y en todos los demás colegios que la democracia había devuelto a las órdenes religiosas para que los españoles decentes, hechos y derechos no tuvieran que confiar a sus hijos a los antros sin dios ni ley que eran los institutos públicos, a esos Archys, Stellas y Rock-Olas infantiles que solo podían fabricar marimachos, travelos y punkarras.

De nuestro colegio no saldría siquiera un mal rockero. De nuestro colegio y de otros colegios como el nuestro íbamos a salir solo buenos cristianos. La mitad de la España del futuro —la mitad de lo que viene siendo la España del futuro— no salió del Pentagrama ni de la Vía Láctea ni de la sala El Sol, sino de nuestro colegio.

Los cuatro investigadores de la agencia Mascarada discutíamos, reconstruíamos y sobre todo inventábamos la refriega de la tarde anterior. A Quique le habían hecho una autorización para venir en deportivas, a José Luis le había salido un chichón detrás de la oreja y todos teníamos las espinillas llenas de mataduras. Supongo que aquella mañana estuvimos a punto de preguntarnos por qué alguien guardaba tanto dinero en efectivo en su casa, y por qué pondría tanto empeño en que nadie anduviese haciendo preguntas sobre su sustracción, pero aquel caso salió de nuestra mente de manera súbita y definitiva, no por la pelea ni por las amenazas, sino porque los sucesos incomprensibles que estaban a punto de ocurrir exigirían toda nuestra atención.

—Son la polla estos caramelos Drácula —dijo Quique.

—Ya te digo —dijo Indiana Mínguez—, tírate el rollo.

—No tengo más. ¿Quieres este?

Quique se sacó el caramelo de la boca con dos dedos y se lo ofreció.

—¡Quita, tío! ¡Joder, qué asco!

Se lo metió de nuevo en la boca y explicó que no le veía nada de asqueroso, que era como pasarse un fiti.

—Se te pira la olla, chaval —dijo Mínguez.

Entonces Quique se dirigió a mí y me dijo «a ti no te dará asco, ¿no?». «No», dije para no parecer una niñita. Él se sacó el Drácula de la boca y yo lo metí en la mía. Lo chupé dos o tres veces y se lo devolví. Aquello que debía ser una prueba de virilidad me produjo un placer sensual inconfundible. Casi podría decirse que fue mi primer beso. Mínguez gritó que éramos unos cerdos y que estábamos majaras, pero sus protestas fueron ahogadas por la sirena que nos conminaba a formar en el patio a fila por clase. Quique se levantó de un salto y salió corriendo.

—Joder, tío —dije—, ni que te hubieran metido un cohete por el culo.

Él volvió la cabeza y, sin dejar de correr, gritó:

—Qué más quisieras.

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