La excursión de la fábrica de botellas
Capítulo 3
Brenda cogió dos botellas de brandy y murmuró por lo bajo emitiendo sonidos de desaprobación.
—Cielos —exclamó—, estas dos están terriblemente pringosas.
Excepto por el viejo Luigi, que trabajaba sin parar como una cinta transportadora, estaba sola. Rossi había ido a la ciudad con el señor Paganotti, los hombres se habían reunido en el búnker de cemento del fondo del edificio y María estaba comiendo sus bocadillos de salame sobre un montón de sacos junto al galpón de carga y descarga. Brenda cogió las botellas entre sus brazos y se fue al lavabo chasqueando la lengua al andar. El carrito de la compra de Freda estaba apoyado contra la pared, cargado de ropa sucia. Brenda depositó las botellas en el suelo de piedra y comenzó a arrastrar el armario del señor Paganotti para apartarlo de la puerta del primer lavabo. Cuando consiguió dejar un espacio suficiente para deslizarse por él, agarró una botella de brandy por el cuello, arrimó la espalda contra la puerta y empujó. Estaba atascada. Dio media vuelta en el reducido espacio, se apoyó contra el armario y dio un violento puntapié con el zapato. La puerta se abrió de golpe y fue a chocar contra la pared; el ruido retumbó en todo el lavabo. Brenda escondió el brandy detrás del váter, cerró la puerta y arrastró otra vez el armario hasta su sitio. Temblando, se llevó la otra botella hasta la pila y la restregó con la esponja.
—Nunca más, Dios mío —murmuró—. Nunca más.
Freda lo había planeado. Dijo que sería preferible que permaneciera algunos días en casa ya que estaba de luto. Lo contrario les parecería una insensibilidad, ahora que estaban enterados de su duelo. Apostaba cualquier cosa a que el viejo Piggynotty no le pagaría los días de baja. Era prudente coger una muestra de los productos de la empresa en sustitución del salario.
—No puedo hacerlo —dijo desesperadamente Brenda—. Tendré un ataque al corazón.
—Lo tendrás si no lo haces —le advirtió amenazadora Freda. Tal como estaba el coste de la vida y con la crisis del petróleo, sin duda se merecían algo que les hiciera más soportable la existencia.
—Fíjate en nosotras —le dijo brutalmente—, cuánto nos cuesta salir adelante. Nunca nos sobra ni un penique al final de la semana. No podemos permitirnos ni un respiro.
—Nunca hemos podido —dijo Brenda—. Nunca ha sido de otro modo.
Se agachó y acomodó una chaqueta que se había descolgado sobre las paredes del carrito. Estaba perfectamente limpia. Freda había metido simplemente cualquier cosa, sobre todo ropas del cajón de Brenda. La puerta se abrió a sus espaldas y entró el hombre del papel higiénico con los brazos cargados de periódicos. Teóricamente no debía acercarse a los lavabos hasta pasadas las cuatro, cuando todas las mujeres se habían marchado a sus casas. Era bajo y grueso con un fino bigotito, como una línea trazada a lápiz sobre el labio.
—Vengo a colocar los rollos en los lavabos —dijo él mirándola con descaro y entreteniéndose en el abultado delantero de su abrigo de tweed—. No hay papel higiénico —siguió diciendo—. Hay escasez.
—Esta botella estaba terriblemente sucia —explicó Brenda mientras daba una última pasada con la esponja a la reluciente botella de brandy antes de dirigirse a la puerta.
Él extendió ambos brazos para atraparla, estrechándola contra su mono verde. Olía a vino y a ajo y a limpiador Jeyes.
—¿Quieres darme un besito?
—No, creo que no —dijo ella con una sonrisa y meneó la cabeza, con lo cual las cerdas de su barbilla le rascaron la mejilla.
Se desasió y salió del lavabo dando traspiés para volver corriendo a su caja de cervezas y sus etiquetas. Suponía que los vapores del vino eran lo que los mantenían en un estado de constante lujuria. No era que ella se propusiera resultar deseable.
María apareció por el lado del galpón de carga y descarga con una jarrita en la mano, caminando muy deprisa y a pasitos cortos como si todavía estuviera enfundada en su saca de correos.
—Vienes pronto —le dijo Brenda—. Todavía te quedan diez minutos hasta que suene la sirena.
—Voy a mirar en la caja —le dijo María, agitando el brazo en el aire y derramando el Beaujolais por el suelo—. Necesito unos zapatos.
En el rincón, debajo de la alarma antirrobo, había dos grandes cajas llenas de prendas de vestir de todo tipo. El señor Paganotti tenía un gran número de parientes de edad avanzada viviendo y muriendo en Inglaterra y prácticamente no transcurría un mes sin que pasara a ser principal beneficiario de aún otro testamento. Conservaba algunas piezas escogidas de mobiliario para su mansión cercana a Windsor. Enviaba algunas cosas a las casas de subastas; otras las almacenaba en el lavabo o arriba, en el primer piso. El resto, los despojos de toda una vida, lo depositaba en unas cajas en la nave de la fábrica, a disposición de sus trabajadores. Había numerosos pijamas y camisones, zapatos de golf bicolores, corsés amarillentos y pantalones de franela blanca y chalecos a rayas enmohecidos por la humedad. Un cartel colgado en la pared declaraba en italiano que el señor Paganotti estaría encantado si sus empleados podían aprovechar el contenido de las cajas… «Por favor dejen 2 peniques en la bandeja dispuesta para tal fin». Rossi vaciaba la bandeja cada dos días a fin de evitar que Patrick, el chófer de la camioneta, sintiera tentaciones de echar mano a la recaudación.
Brenda tenía sed. Intentó beber un sorbo del vino de María, pero le provocó una punzada de dolor en el fondo de la mandíbula.
—Oooh —gimoteó—, es horrible.
María, todavía hurgando en busca de los zapatos, cloqueaba de risa mientras iba desparramando por el suelo lazos y prendas de increíbles dimensiones.
La máquina de bebidas calientes instalada por el señor Paganotti estaba estropeada. Cuando Brenda introdujo su ficha metálica y apretó el botón marcado «Chocolate», un fino chorro de sopa goteó en su vaso. Patrick, que había entrado de la calle para protegerse del viento, le sonrió con simpatía. Nunca sabía qué hacer durante la hora del almuerzo; los hombres con quienes trabajaba no entendían ni una palabra de lo que decía y Rossi le trataba con suspicacia por ser irlandés y le seguía por la fábrica, no fuera a deslizar una bomba bajo las cajas de cartón haciéndolos volar a todos en pedazos.
—Habráse visto —dijo Brenda—. Nunca sale chocolate.
—Esta máquina está escacharrada —dijo él y le dio una enorme sacudida con el puño. Tenía unas grandes manazas descoloridas, con pecas oscuras y las uñas terriblemente roídas. Presentaba una oreja ligeramente hinchada en el lugar donde se la había golpeado al caer por las escaleras del «Princesa Beatrice» la noche anterior, y tenía un corte en el labio.
—Todo se rompe —dijo Brenda—. Ahora todas las cosas se estropean. Las teteras eléctricas y las lavadoras y los teléfonos.
—En eso tiene razón —convino él haciendo sonar las monedas en el bolsillo de su mono e inclinando la cabeza con el pelo muy corto. Brenda pensó que le habría sentado bien el pelo largo. Habría disimulado sus orejas y le habría cubierto el cuello, que era ancho y estaba cubierto de señales de viejas cicatrices de la adolescencia.
—Hace tres semanas que no funciona el váter —le dijo—. No conseguimos encontrar un fontanero. La patrona lo ha intentado.
—¿En serio? ¿Está estropeado?
—Aquí ya no vive ningún fontanero —le explicó Brenda, repitiendo lo que le había dicho Freda—. Los alquileres son demasiado altos. Los fontaneros no pueden vivir. Lo mismo sucede con los limpiaventanas —añadió.
—Yo se lo arreglaré —dijo él. Y ella advirtió demasiado tarde lo que acababa de hacer.
—Oh no, francamente no vale la pena —protestó.
Pero él no se dejó disuadir.
—Será un placer. Se me da bien la fontanería. ¿Qué tal si me paso con las herramientas a la salida del trabajo?
—El lavabo no es mío —dijo Brenda—. No sé si la patrona…
—Iré a buscar todo lo necesario a mi casa y estaré allí en cuanto salga.
—Es muy amable —dijo débilmente Brenda y regresó a su banco con su vaso de sopa. Se quedó mirando la botella de Chateau Neuf du Pape y pensó con temor qué diría Freda. Casi podía oírla: «¿Qué dices que has hecho? ¿Le has pedido a ese patán de las marismas de Tipperary que nos arregle el retrete?». Consideró la posibilidad de hacerlo subir disimuladamente sin que se enterara Freda, ni tampoco la patrona, por cierto. Quizás podría persuadirle para que atara un trapo alrededor de la cabeza del martillo.
Freda no estaba disfrutando su baja del trabajo. No tenía dinero para irse al centro y gozar de su ocio. Enceró los rebordes visibles del suelo y abrió la ventana utilizando la raqueta de tenis de Brenda como palanca. La habitación no tenía personalidad, pensó examinando con ojo crítico los amarillentos muebles utilitarios y las damiselas vestidas de crinolina que se paseaban de dos en dos por el papel de pared. Los colores no estaban combinados, nada hacía juego: faltaba una unidad de diseño. Cada vez que introducía una pequeña mejora, como colgar una cortina alrededor de la pica contigua a la puerta, sólo servía para destacar las baldosas resquebrajadas y los metros de anticuada tubería que ascendían por la pared en tortuosos meandros. En la repisa que había improvisado encima de la chimenea había algunos libros de bolsillo, dos ejemplares de la biblioteca y una botella de salsa H. P. que Brenda había dejado descuidadamente allí. Insatisfecha con todo lo que veía, Freda salió molesta al descansillo de la escalera y bajó las botellas de la leche. En la alfombrilla había un sobre dirigido a ella. Cuando lo abrió, creyó desmayarse. Fue como si hasta ese momento su vida hubiera transcurrido bajo tierra o bajo las aguas mansas de un río. Ahora, al leer las palabras que él había escrito, subió proyectada a la superficie, emergió a la cegadora luz del sol y el aire dulce:
Querida Freda,
Si me lo permite quisiera visitarla después del trabajo para ofrecerle mis respetos.
Su amigo,
Vittorio.
Freda apretó la nota contra su pecho y subió velozmente las escaleras en sus plumosas zapatillas. Por qué no puede ser siempre así la vida, pensó, sonriendo y sonriendo a la preciosa habitación con su alegre papel de pared y la graciosa cortina que ocultaba el desagüe de la pila. Evolucionó lentamente en círculo delante de la ventana abierta y la calle dio vueltas con ella: los relucientes capós de los coches junto a la acera, las puntas de lanza de las rejas pintadas, los finos árboles negros que se agitaban bajo el viento. Sobre los jardines desprovistos de hojas, a excepción de las matas de laurel y los setos de aligustre, se elevaban y se zambullían y se elevaban otra vez para subir hasta la cima de los tejados las palomas. Una mujer con una larga falda escocesa avanzó por la acera empujada por el viento, como un barco de papel.
Freda no podía dejar de sonreír. Cerró la ventana e hirvió una tetera de agua al tiempo que cogía de la repisa más alta de la cocina un necessaire con su jabón especial y su toallita de franela personales. Tenía que esconder sus cosas de Brenda, que era menos que meticulosa —que era capaz de frotarse el cuello o los zapatos con el trapo de secar los platos o con su ropa interior, todo ello con absoluta imparcialidad como si no tuviera nada más a mano. Tendría que pedirle que pasara la tarde fuera. Podía ir a cualquier parte: en el «Odeón» ponían una nueva película titulada Super Polla. Se llevó la palangana de plástico azul llena de agua caliente a la salita y se arrodilló delante de la chimenea de gas. Con la cara ahora solemne y un poquito demacrada, desaparecida de su boca la tierna sonrisa sensual, arqueó los dedos gordinflones de los pies sobre la gastada alfombrilla y empezó a lavarse. Sería simpático comprarle un bisté a Vittorio. No podía permitirse comprarse otro para ella, pero él comprendería que tuviera poco apetito el día después del funeral de su madre. Y le ofrecería una ensalada de lechuga y pimientos verdes, y prepararía un verdadero aliño de ajo y zumo de limón como los que él estaba acostumbrado a comer. En cuanto a Brenda, podía ir a cenar al «fish’n chips». Siempre estaba diciendo que no le interesaba la comida, que era una total afectación ponerles hierbas a las cosas. Decía que la gente que asaba las cosas al horno era boba; se podía freír todo en una sartén en la mitad de tiempo. A pesar de su educación privada y de sus ventajas, la habían criado a base de embutidos y patatas fritas y huevos triturados, y no era de extrañar que su marido Stanley se fuera a la «Little Legion» todas las noches. No comprendía por qué de pronto abrigaba tanto resentimiento contra Brenda; pensar en ella le estaba estropeando la expectación ante la noche que la aguardaba. Frunció el entrecejo y se palmeó los suaves contornos del brazo con la franela enjabonada. Es mi cuarto, se dijo. Yo lo encontré. Tengo todo el derecho a aprovechar mis oportunidades, a vivir mi vida. Se sentía purificada de toda existencia por la inmutabilidad y regularidad de cada día, el cepillado de sus ropas por la mañana y la limpieza de los dientes por la noche.
—Y hay algo más —murmuró moviendo los labios, con la mirada clavada en el dibujo mutilado de la alfombra—. Yo no soy Brenda; yo deseo algo.
Tenía la franela apretada entre las manos y la alfombra estaba casi empapada de agua. Retrocedió arrastrándose sobre las rodillas y se secó con una toalla. Habría preferido que Vittorio le hubiera dado más tiempo para prepararse para su visita; detestaba tener que ir corriendo al centro y volver a casa con los minutos contados, la cara toda enrojecida por el secador. ¿Cómo actuaría cuando él llegara? Ni pensar en una seducción directa; no con su luto tan reciente. Quizás podría estar callada y más bien pensativa —no exactamente lánguida, pero sí menos agresiva de lo que él la había conocido hasta entonces— a fin de despertar sus sentimientos protectores. Cuando llegara el día de la Excursión, podría apoyar su mano en la manga de él y agradecerle su comprensión. Abstraída acarició el canto del guardafuego de madera cubierto de polvo y echó atrás la cabeza para evitar el calor del fuego, que ya empezaba a manchar la suavidad de sus pálidas mejillas. Miró fijamente al techo y su boca se abrió para emitir un sonido a mitad de camino entre un suspiro y un gemido:
—Aaah —exclamó, arrodillada como en actitud de súplica—. ¡Aaah, Vittorio!
¿Estaba juzgando correctamente sus sentimientos hacia ella? Sin duda tenía que gustarle. ¿Por qué se pasaba sino cada tarde charlando con ella? Y Freda había observado cómo sus ojos se paseaban rápidamente arriba y abajo sobre su jersey cuando creía que ella no lo miraba. Le atraía, ¿pero cómo podía animarlo? Sabe Dios qué habría dicho o hecho Brenda para poner a Rossi en un tal estado de cachonda expectación, pero fuera lo que fuese no funcionaría con Vittorio. Él era un hombre sensible y todo se confabulaba en contra de Freda: sus orígenes, su nacionalidad, la particular consideración en que tenía a las mujeres o a una categoría de mujeres a la que no pertenecía ella. Conseguiría atraerlo hasta sus brazos con la fuerza de sus hombros inclinados, la amplia curva de su garganta, la inmensidad jalonada de hoyuelos de sus muslos columnares. Seré una de esas mujeres desnudas pintadas en los techos, retozando entre nubes de color de rosa, pensó. Se incorporó y se quedó mirando una silla. Imaginó cómo le cautivaría con sus grandes ojos azules. Le abriría la puerta vestida con una bata transparente seleccionada de un catálogo de Littlewoods: «Lo siento, estaba descansando… la tensión, ya sabes. Le tenía especial cariño a mi madre…». Todos los italianos, todos los extranjeros estaban chochos por sus madres; él esperaría eso de ella. No tendría que hacer rechinar literalmente los dientes, sino sólo dar a entender que lo hacía, por dentro. Alborotándose el pelo recién lavado, la manga de nylon negro de la bata deslizándose para revelar un codo, se llevaría la mano a la frente y le diría que el médico le había recetado sedantes: «Siéntate, estamos completamente solos. Brenda ha decidido ir al cine». Sus pensamientos se detuvieron involuntariamente en una imagen de Brenda en la cama, el pelo entretejido de telarañas, y Rossi, temblorosas las manos, rasgando en jirones sus hojas de periódico. Te haré pedazos, pensó; y su mano se levantó para taparse velozmente la boca, como si hubiera hablado en voz alta. Más allá de los sueños románticos, de la niñita deseosa de mimos, lo que buscaba era un cierto tipo de poder. Más que desearlo, lo que me gustaría es que él me deseara a mí, pensó.
Se dejó caer chorreando agua sobre la alfombra, y posó la mirada en la reluciente repisa de la chimenea ensayando una sonrisita caprichosa.
Brenda aguardó largo rato en la escalera esperando a ver quién llegaría primero. Había leído la nota de Freda en la que le sugería que se fuera al cine; más que una sugerencia era una orden: incluso había cuarenta peniques sobre la repisa de la chimenea. Debía haber ido a retirar sus ahorros de la caja postal. En el rellano de la escalera había un bol de ensalada, y en un plato, bajo un paño de cocina limpio, un pedazo de carne curiosamente aplanada y con trocitos de ajo.
La patrona subió de su apartamento del sótano a las cuatro treinta, camino de su clase de cerámica en el Arts Centre. Abrió la puerta trasera y arrojó la gata embarazada al patio hormigonado.
—Maldito bicho —dijo y sonrió mirando a Brenda agazapada en la escalera.
La gata, el vientre caído, se levantó sobre las patas traseras y empezó a arañar frenéticamente el cristal con las garras extendidas. Freda decía que la patrona no sabía en qué ocupar el tiempo, por eso iba a modelar jarras; pero Brenda pensaba que era un juicio desconsiderado: nunca habían visto qué producía en su torno, por lo que ellas sabían, podría ser muy bien otro Henry Moore.
—Calla —dijo Brenda cuando hubo salido la patrona. Se asomó entre los barrotes de la barandilla para observar a la gata que daba vueltas sobre sí misma, irritada por el ruido de sus garras sobre los cristales de la puerta.
Había llegado a casa agotada por el robo. Después de repetir la operación con el armario, había recogido la botella de brandy del lugar donde la había dejado, detrás de la taza del váter, y la había escondido bajo la carga de ropa para lavar. Mientras empujaba el carrito por el pasaje empezó a imaginar que la botella se rompía y el líquido comenzaba a gotear entre las tiras de paja tejida y que Rossi, como un perro de raza olfateando el rastro del alcohol, corría tras ella por la calle, la nariz temblorosa, los negros bucles levantados y agitados hacia atrás por el viento. Avisaría a la policía y la haría arrestar. Peor aún, quizá la cogería del brazo y le susurraría insidiosamente sus deseos sexuales en el oído, instándola a permanecer pasiva mientras él cometía una ofensa, a cambio de no denunciarla.
La agitación de la gata iba en aumento al otro lado de la puerta trasera. Brenda consideró la posibilidad de dejarla entrar, pero no se atrevió: podía devorar el bisté de Freda y mearse sobre el linóleo. Detrás de la puerta del sótano se oían los chillidos lastimeros de su última cría. La patrona la había conservado, preocupada por los sentimientos de la madre, pero últimamente la gata había cogido la costumbre de morderle ferozmente las orejas. Freda opinaba que deberían llevar a la gata al veterinario y hacerla abortar: producir más descendencia era un puro desenfreno; señaló que si los seres humanos tuvieran la misma tasa de fertilidad, una mujer podría tener trescientas criaturas en cinco años. Dijo que se necesitarían dos mil huevos a la semana para darles un buen desayuno a todos.
—Me pregunto qué piensa el gatito ahora que su mamá no lo quiere —se interrogó Brenda en voz alta.
Pensó que ojalá alguien intentara lastimarla cada vez que tenía un gesto amistoso. Cuando empezaba a imaginar cuán feliz podría ser su existencia si la dejaran absolutamente en paz, llamaron a la puerta de la calle. En el acto sintió deseos de esconderse, pero sabía que no serviría de nada. Por tanto bajó corriendo la escalera con una sonrisa extática en la cara, dispuesta a marcharse de inmediato si era Vittorio con su sedoso bigotito de Zapata aleteando sobre su boca, o Freda que regresaba de hacer las compras. No eran ni uno ni otra. Era Patrick, en un reluciente traje negro y con una camisa blanca limpia con el cuello muy gastado.
—Vaya, está francamente elegante —dijo ella y lo hizo pasar al oscuro vestíbulo.
Su aspecto la alarmó. Era tan obvio que se proponía impresionarla que Brenda no se habría sorprendido si él se hubiera sacado un jarrón de flores de la espalda y se las hubiera ofrecido con gesto de prestidigitador.
—Bueno —dijo él ofreciéndole una bolsa de lona para su inspección—, ¿acaso no salí temprano para ir a recoger mis herramientas?
Ella le condujo escaleras arriba haciendo muecas al andar para descargar sus sentimientos, sacándoles la lengua a las paredes pintadas de marrón, diciéndole calladamente que se cayera muerto y la dejara en paz. Cuando dieron la vuelta para subir al segundo tramo de escaleras y pasaron frente a la cocina y el intenso olor del trozo de carne bajo el paño, Brenda se sintió obligada a sonreírle y a decir hipócritamente:
—Es muy amable al dedicarnos su tiempo, Patrick.
En el baño había un calentador atornillado a la pared encima de una gran bañera con manchas de orín.
—Es antigua —dijo Patrick, observando las cuatro patas curvas desplegadas sobre el linóleo agrietado y el polvo que se extendía como una alfombra bajo el vientre de la bañera.
Al otro lado de la ventana abierta para atenuar el olor a orina rancia, se extendía el patio como un rompecabezas, dividido por la cuerda de tender la ropa y las piedras del enlosado. En el muro trasero, sobre el negro tallo estéril del rosal trepador, se alzaba una hilera de latas y botellas rotas colocadas allí para ahuyentar a los críos pequeños.
—Ahí está —dijo Brenda y le indicó la cisterna culpable en su lecho de cemento.
Patrick se encaramó en el asiento del váter con sus botas relucientes y manipuló la cadena.
—El agua no corre —anunció. Varias motas de yeso y una mancha de orín salpicaron su manga.
—Sus ropas… —empezó a decir Brenda.
Pero él ya se estaba quitando la chaqueta y entregándosela para preservarla. Levantó la pesada tapa de la cisterna lo suficiente para poder introducir un brazo hasta el codo y empezó a chapotear el agua con los hombros levantados, de modo que ella alcanzó a verle la banda elástica de los calzoncillos que le mantenía sujeta la camisa.
—Es la boya —le comunicó él.
—¿Eso es grave? —preguntó Brenda, rogando que así fuera y que él desistiera y se marchara pronto a su casa.
—No tema. Puedo arreglarlo —le aseguró él—. Nada más sencillo.
Saltó al suelo y buscó una llave inglesa y un ovillo de cordel en su bolsa de herramientas. Brenda vio el puño mojado de su camisa adhiriéndose al contorno de su muñeca.
—Mire —le dijo—. Se está estropeando la camisa.
—Estaba pensando —preguntó él, agachando la cabeza untada de brillantina— si le importaría que me quitase la camisa.
—No me importa —exclamó Brenda, aunque en el fondo le importaba, y sus ojos se empequeñecieron cuando lo dijo.
Sin la camisa, sus manos y su cabeza parecían pertenecer a otra persona, tan rojas y llenas de sangre junto a la blanca flaccidez de su torso. Tenía un pecho bonito, sin ninguna espinilla, sólo una lluvia de pecas entre los hombros. Cuando tiró de una manga con el brazo levantado para despojarse de la camisa, Brenda vislumbró el luminoso sobaco color jengibre debajo del brazo. Él se encaramó otra vez en el asiento del váter para hurgar entre las tuberías y el enyesado, y ella colgó su camisa de un clavo, detrás de la puerta, y detectó un tenue olor a moho, como si él no ventilara nunca sus ropas y las guardara medio húmedas en el cajón.
—Jesús, hace frío —exclamó Patrick bajo el contacto del aire fresco que entraba por la ventana.
—Podría prestarle mi bata —le ofreció Brenda, y él protestó que no era necesario, la pequeña prominencia de su barriga de bebedor de cerveza asomando por encima de la cintura de los pantalones cuando se volvió para agradecérselo.
—Pero tiene que ponérsela —insistió ella, mientras se decía que era muy necesario; no podía soportar verlo semidesnudo allí delante. Cerró con cuidado la puerta a sus espaldas y bajó la escalera. Se detuvo un instante en el descansillo por si había regresado Freda, pero no se oía nada, y Brenda se deslizó en su cuarto como una ladrona y se acercó al ropero para coger su bata, arrancándola del lugar que ocupaba entre los vestidos de Freda, colgados en bolsas de politeno. La botella de brandy, encajada entre los pliegues de una capa morada, se volteó y rodó hasta el borde de la puerta. Brenda la empujó hacia las profundidades del ropero y corrió escaleras arriba con la bata todavía en la percha.
—Es muy amable —le agradeció él, mientras ella le ayudaba a ponérsela.
Sus dedos le rozaron la parte superior del brazo, rasposa con la piel de gallina, y Brenda retrocedió pues no tenía intención de tocarlo. Las mangas le llegaban sólo hasta los codos, y cuando volvió a encaramarse en el váter, los pliegues de la bata azul brillante le quedaron colgando como una falda por encima de los pantalones y de la resplandeciente superficie de sus botas color cereza.
Al principio Vittorio permaneció sentado en la silla junto a la chimenea de gas, donde lo había instalado Freda, pero ella necesitó la ayuda de un hombre para abrir la botella de vino que había traído él y los dos se acercaron a la mesa, ella jugueteando con dos copas y él con la botella entre las rodillas para tirar del corcho. Llevaba un jersey negro estilo polo y una chaqueta de cuero auténtico con dos cortes en la espalda, muy a la moda.
—Es curioso —dijo ella saboreando el vino—. La quería, pero no teníamos demasiada intimidad.
—Sí —respondió él, apartando la mirada de su negligée de nylon negro para fijarla en los baratos muebles utilitarios y los barrotes curvados del balcón que reflejaban la luz de la farola.
—¿Tú tienes mucha intimidad con tu madre? —le preguntó Freda, que no acababa de sentirse cómoda, y casi deseaba que él no hubiera venido. Vittorio respondió que no, que ella vivía en Italia.
—En el corazón —insistió ella, tocándose el pecho y mirándolo gravemente. Tenía un hambre espantosa. La peluquera la había hecho esperar largo rato y no había comido nada.
—Brenda se ha ido al cine a ver Super Polla —le dijo mientras pensaba que era un título provocativo. Se puso a pasear arriba y abajo entre la mesa y la ventana.
—Yo habría dicho… —empezó a decir Vittorio, pero Freda bajó la cabeza y él se calló.
—Brenda es distinta a mí —murmuró Freda—. Cuando la encontré en Finchley Road creí… —Y también ella se deslizó en el mutismo y dejó la frase inacabada.
Él le había traído un melocotón envuelto en papel de seda y Freda jugueteaba con la fruta entre las palmas de sus manos.
—Has sido muy amable —le dijo y cogió su bonita chaqueta de la cama para guardarla en el armario, no fuera a salpicarse de vino. Al abrir la puerta, una botella de brandy salió rodando bajo el borde de su capa y fue a caerle encima de la uña del dedo gordo del pie descalzo.
—Cristo —exclamó y se llevó la mano a la boca al tiempo que encogía el pie de dolor.
—Brenda —le dijo a Vittorio, la voz ronca de violencia contenida— no guarda nunca nada.
Escondió la botella detrás de los vestidos colgados y rogó que él no lo hubiera notado. No sabía cómo sacar a colación el tema de la comida: si mencionaba el bisté podría parecer que intentaba obligarlo a quedarse, como si todo estuviera planeado. Se sirvió otra copa de vino y se la bebió de un sorbo. Él no era demasiado locuaz; la estaba obligando a hacer ella todo el esfuerzo. Si se marchaba pronto, podría comerse el bisté y la ensalada. No había tenido tiempo de preparar el aliño de ajo y cómo podía salir ahora al descansillo para ponerse a exprimir los limones. El dolor de su pie aplastado y los quedos gruñidos de su estómago vacío la hacían sudar. Incapaz de contenerse, empezó a mordisquear una galleta de chocolate que Brenda había dejado abandonada en la repisa de la chimenea, mientras escuchaba el ruido de martillazos en el piso de arriba.
—No me vendría mal un poco de té —dijo Patrick, y Brenda tuvo que asentir con la cabeza, como si no hubiera ningún problema, y bajar otra vez de puntillas la escalera.
Siempre la sorprendía constatar que las personas tímidas en apariencia, continuamente pedían cosas sin el menor rastro de inhibición. ¿Cómo haría hervir una tetera con Vittorio y Freda a escasas pulgadas de distancia? El gas emitía un curioso quejido hasta que empezaba a calentarse el agua y sin duda Freda saldría al descansillo y montaría una escena. Sin respirar apenas, Brenda cogió la tetera de la cocina y comprobó con satisfacción que ya estaba llena de agua hasta la mitad. Restregó una cerilla para encender el gas; la ignición y el destello del azufre le parecieron el lanzamiento de un cohete. Se estremeció y dejó caer la cerilla sobre el linóleo. De pronto Freda empezó a cantar al otro lado de la puerta cerrada. Pese a su estado de tensión, Brenda no pudo evitar una sonrisa. Freda debía haber encontrado la botella de brandy. Sabía exactamente qué aspecto debía tener en ese momento, pues la había visto en el mismo estado cada viernes por la noche después de su visita al «pub» teatral. Estaría de pie como una estatua griega, con la cabeza caída de manera que el pelo se le derramara alrededor de la cara, un brazo muy levantado en el aire, una rodilla ligeramente flexionada. Haciendo chasquear el índice y el pulgar, empezaría a deslizarse en un pequeño círculo, girando y girando:
MacArthur’s Park is lying in the rain…
I don’t think that I can take it,
For it took so long to bake it,
And I’ll never find the recipe again.
La tetera inició su extraño suspiro.
—Oh-o-no-ohohoh —bramaba Freda al otro lado de la puerta—. Ohoho-oh-no-ohoh…
Siempre está pensando en la comida, pensó injustamente Brenda. Se sintió obligada a explicarle a Patrick por qué estaba tibio el té.
—Verá, Freda tiene visita y yo no debería estar aquí.
Él la miró por encima del borde de la taza, sin comprender.
—Un hombre. Un caballero ha venido a verla y ella me dijo que saliera.
—Es tu habitación —dijo él—. Tienes todo el derecho a ocupar tu propia habitación.
—Bueno, es difícil. Sé perfectamente que estorbo.
Se sintió un poco ridícula. Era consciente de que se estaba tragando el final de las palabras e imitando su manera de hablar, como si también ella procediera de las marismas de Tipperary.
—¿Entonces ella pretende que dejes tu habitación cuando la visita un tipo?
—Es razonable, pienso yo —replicó Brenda y se ruborizó.
—Te aprecio mucho, sabes —dijo Patrick—. No, lo juro por Dios. No me gusta pensar que ella te toma el pelo. Vamos, si creyera que es así, la estrangularía… de verdad lo haría.
Tenía pequeñas pecas sobre el borde del labio superior que le desdibujaban el contorno de la boca. Depositó la taza sobre el borde de la bañera y retorció estrechamente un trozo de cordel entre los dedos apretados.
Ahora Vittorio estaba sentado en el borde de la cama, pues Freda, ondulando sus caderas de Amazona y apuntándolo con un pie, había empezado a evolucionar de manera cada vez más desenfrenada por la habitación. Vittorio se sentía amenazado por su talla y por el volumen de su voz, y una línea de sangre seca le orlaba la cutícula del dedo gordo del pie. Agitó inquieto las botas de ante bajo la armazón metálica de la cama de matrimonio y con el pie lanzó un libro al otro extremo de la alfombra.
—Leo mucho —dijo Freda, acercándose a descansar a su lado, la aureola de su pelo lavado aleteando sobre sus sonrosadas mejillas—. Poesía, pensamiento, política. Las tres pes. Y emitió una sonora risita húmeda.
—Tantos libros —dijo él moviendo los pies y sacando a relucir más volúmenes, y ella se encontró hablándole de Brenda y de cómo no podía soportar que sus cuerpos se tocaran por la noche.
—Los pone justo en medio de la cama. Es terriblemente molesto.
—¿Los libros en la cama…?
—Bueno, verás… no quiere correr ningún riesgo.
—¿Riesgo? —Vittorio tenía los ojos desorbitados de asombro.
—Oh, vamos… ya sabes. —Y le dio un codazo bastante doloroso en las costillas —. Voy a decirte lo que sucede —dijo hablando muy despacio, recordando cómo le hablaba Brenda a Rossi—. Brenda tiene miedo de la vida. No quiere comunicar. ¿Comprendes lo que quiero decir?
Su manera de quedarse ahí sentado, tan obviamente sin comprender qué quería decir ella, su apuesta cara mirándola con solemnidad, la llenó de irritación.
—¿Qué te pasa? —le preguntó—. ¿Por qué no te relajas?
Cuando él le sonrió, advirtió que tenía un hueco entre los dientes delanteros. Eso le daba un aire de pilluelo y minimizaba el sensible moldeado de su cara.
—Tienes los dientes separados —exclamó Freda y se dejó caer pesadamente contra él.
Entonces él la besó. La rodeó con el brazo y se revolcaron sobre la cama de matrimonio. Freda se aferró a él y apretó los dientes sobre el hombro de su jersey con cuello polo.
—Tengo que ir al baño —dijo él incorporándose con esfuerzo y dirigiéndose a la puerta. Freda se quedó con un trozo de lana adherido en el labio, sola en la cama arrugada. Otro traguito, se dijo, y se dejó rodar hasta el suelo para acercarse al ropero en busca de la botella de brandy. No quería estar borracha. No le gustaba cómo se estaban desarrollando las cosas; pero al menos había movimiento. Desenroscó el tapón de la botella, se bebió un trago de licor y se secó la boca con la mano. El melocotón que él le había regalado yacía en el suelo como una víctima de un accidente de carretera, aplastado sobre la alfombra.
Cuando volvió Vittorio, Freda notó que estaba incómodo. Intentó hacerle el amor pero la cosa no marchaba.
—¿Qué te pasa? —le preguntó agresivamente, tirándole del pelo con bastante mala intención, cuando se quedó espachurrado encima de ella.
—El baño —dijo él—. Hay gente en el baño. No pude entrar.
Estaba sin zapatos, pero todavía tenía puestos los pantalones y el jersey, un poco mordisqueado en el cuello.
Brenda oyó unos golpes insistentes en la puerta de la calle, cada vez más y más fuertes. Observó a Patrick que estaba enroscando un gancho en el techo, encima de la cisterna.
—Es un poco chapucero, ¿no cree? —sugirió mientras él tendía un trozo de cordel desde la boya hasta el gancho suspendido de la plancha de yeso y lo hacía descender otra vez hasta el arete metálico de la cadena del váter.
Abrió el cerrojo de la puerta del baño y se paró a escuchar. Freda había dejado de cantar y las enfermeras de la planta baja habían hecho pasar a una persona al vestíbulo. Se escuchó un murmullo de voces, luego silencio, hasta que oyó marcar un número en el teléfono. Brenda no alcanzaba a distinguir la conversación, pero muy pronto depositaron otra vez el auricular en su sitio y alguien empezó a subir las escaleras. Quienquiera que fuera se detuvo frente a la habitación de Freda y golpeó varias veces el panel de la puerta. Esto no le gustará, pensó Brenda, y entonces oyó la voz de su suegra.
—He venido a ver a Brenda.
—Lo siento pero no está en casa.
—Entonces la esperaré.
Se produjo una pausa hasta que Freda le respondió con voz cargada de hostilidad:
—No puede esperarla. No es oportuno.
—La esperaré de todos modos.
Al doblar la curva de la escalera Brenda vio a la señora Haddon en el descansillo y a Freda, con el pelo alborotado, cubriendo el umbral de la puerta.
—No os preocupéis —anunció Brenda—. Estoy aquí.
—Quiero mis fotos —dijo la señora Haddon volviéndose hacia ella—. Quiero esas fotos de mi Stanley cuando niño.
Brenda no las tenía. Sabía que todavía estaban en el cajón de la cocina de la granja, donde habían estado siempre, debajo de las muestras de punto de antes de la guerra, pero de nada serviría decírselo. La señora Haddon sonreía con firmeza, moviendo afirmativamente la cabeza, las puntas de su pañuelo floreado anudadas bajo la empecinada prominencia del mentón.
—Espere abajo —le ordenó Brenda—. Voy a buscarlas.
Frunció significativamente el entrecejo en dirección a Freda, quien se apartó abrumada por su aire de autoridad y la dejó entrar en el cuarto. Vittorio estaba inmóvil al pie de la cama, sofocado y desaliñado. Vestía un jersey que se estaba deshaciendo por el cuello y mantenía los zapatos apretados contra su pecho. Brenda le ignoró. Se agachó para coger al azar un libro del suelo y volvió a salir al descansillo. La señora Haddon, con un gran bolso de plástico a sus pies, se había retirado obedientemente escaleras abajo y se agarraba al pasamanos de la barandilla para mantener el equilibrio. Mira que hacer todo el trayecto desde Ramsbottom, pensó Brenda, completamente sola en el coche de línea en su bonito abrigo de pelo de camello.
—Tenga —le dijo ofreciéndole el libro—. Están todas ahí dentro.
Se miraron. Por un instante podría haber sido Stanley rogando comprensión; los mismos ojos abiertos llenos de perplejidad detrás de la montura de las gafas marrón claro, la misma boca ancha fruncida en las comisuras. No puedo decir nada, pensó… nada que sea veraz.
La señora Haddon bajó los ojos y se agachó para coger el bolso. Su apariencia cogió por sorpresa a Freda cuando miró hacia abajo; una mujer tan guapa, con carmín en las mejillas y una naricita respingona. Estaba sacando algo del bolso y mostrándoselo a su nuera con una expresión de ansiosa anticipación que conmovía bastante al verla. Tal como había hablado de ella Brenda en el pasado, Freda se la imaginaba con las botas de goma cubiertas de estiércol de vaca y el pelo lleno de paja.
—¿Por qué? —le oyó decir a Brenda sin entonación en la voz, en absoluto agradecida… y entonces sonó un grito. El sonido vibró en lo alto del hueco de la escalera e hizo temblar de pies a cabeza a Freda. Vio a Brenda golpeando a la señora Haddon en algún punto del pecho. Las gafas suspendidas sobre el puente de la nariz torcida cayeron bruscamente hacia delante. Una mano con una pistola empuñada se levantó rápidamente para rescatarlas. Brenda gritó:
—No… —y— ¿Por qué?
Esta repetición de una pregunta anterior fue pronunciada en tono plañidero. Brenda se encogió en su abrigo de tweed, su pelo rojo colgando lacio sobre el cuello a cuadros.
Está empeñada en destruirse, pensó Freda, y en ese momento se oyó un pequeño «plop» apagado mientras la señora Haddon apretaba el gatillo.
Ver a Vittorio bajando las escaleras a toda prisa, sus zapatos golpeando la alfombra como en una persecución, despertó otra vez toda la admiración de Freda. En ese momento se necesitaba un hombre y ahí estaba él para acudir en su ayuda; esto le causó una sensación de consuelo y orgullo, pues todavía estaba temblando. Entonces Patrick, el conductor de la camioneta, que vestía una prenda de manga corta de un tejido azul pálido, dobló velozmente la curva de la escalera y en dos brincos saltó al lado de Vittorio y se unió a su forcejeo. Qué oportuno, pensó Freda, demasiado desconcertada para hacerse más preguntas. Entre los dos sujetaron a la señora Haddon por los brazos y le rodearon amorosamente la cintura. Patrick acercó la mano a la pistola levantada y entrelazó los dedos con los suyos. Sus cuerpos oscilaron, los brazos subiendo y bajando como en un enérgico baile. Brenda, que se mantenía apartada al fondo del mal iluminado descansillo, se metió la mano en la boca y se mordió las puntas de los dedos. Estaba flaca como un palo y sus ojos se dibujaban tras los párpados cerrados, redondos como canicas.
—Pequeña —gritó Freda lanzándose por fin escaleras abajo—. Mi pobre pequeña.
Los hombres trasladaron a la señora Haddon a la salita y la instalaron en la mejor silla junto al fuego, con tal fuerza que perdió el equilibrio. Su cuerpo cayó hacia atrás, sus pies en sus pulcros zapatos de fiesta se alzaron en el aire y la mujer emitió un gritito de indignación. Vittorio, más cauto después de lo sucedido, depositó la pistola encima del ropero, donde no pudiera hacer daño.
—Eso es de mi propiedad —dijo la señora Haddon—. Le agradeceré que me lo devuelva.
Vittorio se atusó el bigote caído y miró a Freda aguardando instrucciones. Ésta estaba de pie junto a la ventana con Brenda entre los brazos, observando el coche de la policía abajo en la calle, su luz azul centelleante mientras se deslizaba pegado al bordillo.
—Fijaos —exclamó—. Ha llegado la policía.
—Yo les telefoneé antes de subir —anunció la señora Haddon—. Por si los necesitábamos. —Hizo ademán de incorporarse y los dos hombres la obligaron a sentarse otra vez. No querían correr ningún riesgo.
—Abrid la puerta —ordenó Freda, y Patrick hizo lo que le decían y salió corriendo de la habitación con las solapas de su bata entreabiertas y su pecho blanco como el papel al descubierto.
—Tendríamos que preparar una taza de té —dijo Brenda mirando a la madre de Stanley—. Ha sufrido un shock.
La señora Haddon le devolvió la mirada sin compasión.
—Sólo había apuntado a tus cuerdas vocales. Siempre has hablado demasiado.
—Asesina —le gritó Freda temblando de indignación, con Brenda apretada contra su pecho—. Deberían encerrarla.
Aun así, no podía evitar sentirse impresionada ante la elegante mujercita instalada en su silla, que había hecho el largo viaje desde el Norte en tren o coche de línea, su bolso en el regazo con su polvera, su monedero y su pequeña pistolita negra.
Dos hombres de paisano y dos de uniforme se acercaron ruidosamente por el pasillo. Hicieron un montón de preguntas sobre el parentesco de la vieja señora con Brenda y cómo había conseguido hacerse con la pistola. La señora Haddon dijo que sólo quería asustar a Brenda para castigarla por haber abandonado a Stanley, y que había estado ahorrando su pensión durante tres semanas para comprar el arma. Le había dicho a la señora de la tienda que era para su nieto y la señora había estado muy servicial. Le había dado una tarjeta junto con la pistola. Y extrajo de su bolso una diana de papel roja y negra para mostrársela.
Todos la observaron en silencio.
Pasado un rato, los policías uniformados se la llevaron al coche, y el inspector-jefe y un sargento les hicieron reproducir el drama en la escalera. Brenda se sentía ridícula ofreciéndole el libro al inspector que fingía ser la madre de Stanley. Tuvo que golpearle con bastante fuerza en el pecho y morderse el labio, no fuera a escapársele una sonrisa. Los policías quisieron saber cómo podían ponerse en contacto con Stanley y dónde estaría en ese momento.
—En la «Little Legion» —dijo ella—. Pero será mejor que no le llamen allí. No le gustará.
Freda se entrometió gritando:
—Dios santo, tienen que comunicárselo. Ella llevaba una pistola, no un ramo de flores, sabes.
—No era una pistola de verdad —murmuró Brenda—, era de aire comprimido — aunque no sabía si eso cambiaba las cosas.
Freda le contó al sargento que Brenda estaba separada de su marido.
—Él la trataba muy mal, en mi opinión.
—Sin duda —dijo el sargento mirando a Freda y a Patrick todavía vestido con la bata azul.
Golpearon a la puerta. Las dos jóvenes enfermeras de la planta baja, las pequeñas cofias blancas sujetas con horquillas sobre los nidos encrespados de su pelo, querían saber si podían ayudarles en algo.
—No sucede nada —les dijo Freda con aspereza—. Es sólo una pequeña fiesta familiar. —Y las dos muchachas volvieron a bajar ruidosamente con sus crujientes delantales y cómodos zapatos, desesperadas de verse excluidas del jolgorio.
Finalmente, el inspector de policía le preguntó a Brenda si quería poner una denuncia.
—Claro que queremos —afirmó Freda, y Brenda meneó la cabeza y dijo que no, que no quería hacerlo, gracias. ¿Qué diría su madre si lo hacía y aparecía todo en los periódicos?
Freda ni siquiera se molestó en acompañar a Vittorio hasta la puerta de la calle. Ahora se sentía cansada y de mal humor.
—Métete en la cama —le ordenó a Brenda y se deslizó entre las sábanas, todavía en su negligée.
Brenda permaneció acostada en la oscuridad sin la protección del travesaño y la hilera de libros. Había intentado reconstruir la barrera, pero Freda la maldijo y le dijo que más le valdría dejar de armar jaleo.
—No pudo hacerlo —dijo Freda con la boca aplastada contra la almohada—. No pudo entrar en el baño.
—Ah, bueno… —dijo Brenda, y luego lo pensó mejor.
—¿Me pregunto si ésos eran los hombres de uniforme de María? —musitó Freda.
—¿Qué hombres?
—Ya sabes. Los hombres de María… en mi taza.
—No iban montados a caballo.
—No —dijo Freda—. Tienes razón. ¿Qué demonios hacía ese Patrick correteando por la casa vestido de ese modo?
—Sólo pasó por aquí y no quise decirle que iba a salir.
—Estás chiflada. Desde luego no sé qué le ves.
—No le veo nada —protestó Brenda—. Sólo estaba arreglando el váter.
—¿Medio desnudo? —dijo Freda—. Debes estar loca.
Cuando cerró los ojos la cama empezó a girar y girar. Tuvo que hacer un esfuerzo y concentrarse en el contorno del cristal de la ventana. Brenda dijo:
—No creo que ella lo haya hecho con mala intención. Sólo estaba probando qué efecto causaba.
—Necesitas ayuda —murmuró Freda—. Eres una víctima. Ya te lo he dicho otras veces.
La habitación parecía hechizada, bañada en plata bajo la luz de la farola. El pie de madera de la cama relucía como auténtica caoba.
—¿No es bonito? —dijo Freda.
—La madre de Stanley debe estar furiosa por no haberme dado. Siempre detestó no salirse con la suya.
Brenda exhibió una pequeña sonrisa satisfecha. Comprendía perfectamente por qué había querido hacerle daño la señora Haddon. Mentalmente ella también había cometido en numerosas ocasiones actos de brutalidad contra amigos y enemigos por igual.
—Tendrían que encerrarla —declaró Freda que empezaba a dormirse—. Tendrían que encerraros a todos.