La hija del Kremlin
I. La Residencia Richland
Conocí a Irina Karlovich en un interminable vuelo Los Ángeles-Moscú. Vivía
en Los Ángeles, donde trabajaba como profesora de arte en la UCLA[2]. Aunque ciudadana de los EE. UU., era hija de emigrados rusos originarios de Leningrado —actualmente San Petersburgo—, para muchos el verdadero corazón intelectual de Rusia. Cuando decidimos casarnos, Irina me presentó a sus padres, Valerio y Ekaterina Karlovich, personas tan afables como reservadas, que mantenían muy vivo en sus mentes el recuerdo de una época atroz que había comenzado cuando sus abuelos participaron en la revolución bolchevique de octubre de 1917. Eran gente que había vivido bajo el yugo del estalinismo. Como tantos otros, arrastrados por el viento de la Historia y sus propias circunstancias personales, llegaron a los Estados Unidos, cuarenta años antes, no solo para intentar sobrevivir y mejorar sus vidas, sino, sobre todo, en busca de libertad.
Se resistían a hablar de su anterior vida en Rusia y de lo que sucedió bajo el mando de Stalin, al que no mencionaban ni de pasada. Tuve la sensación de que habían olvidado todo aquello, que no conseguían recordar los detalles, como si la sola mención de aquel nombre les pusiera en guardia. Su técnica era cambiar de conversación en cuanto se les preguntaba sobre ello. En el fondo seguían pensando que no era prudente hablar de esa etapa de su vida.
Desde el primer instante me trataron como a un hijo, en su sentimental y cercana forma de entender la vida familiar, pero rehusaban hablar de aquella época. En una fiesta familiar en la que saqué a colación el nombre de Stalin, percibí el silencio que acompañó a mi comentario y mi suegra me reconvino diciendo: «No debes mentar al diablo».
Irina intentaba hacerme entender que, a pesar de mi interés por saber más sobre aquella oscura época, debía ser comprensivo con ellos. Dos tíos abuelos suyos desaparecieron en los terribles campos del Gulag en Siberia y su propio abuelo, el padre de mi suegro, había sido fusilado por Stalin junto a otros centenares de oficiales y enterrado en una fosa común de la noche a la mañana, sin más explicaciones.
Ambos habían sufrido de manera directa y cercana la brutalidad de aquel régimen y ahora preferían olvidar y mirar hacia delante. Eran cautelosos hasta un punto de paranoia, aun en los Estados Unidos seguían desconfiando del mundo que les rodeaba, sobre todo de la policía. Y, en realidad, de todo lo que tuviera que ver con el gobierno y la administración, intentando pasar desapercibidos.
A través de aquella experiencia familiar había aprendido que los emigrados rusos, por mucho que hayan sufrido en su país, siguen siendo en su gran mayoría nostálgicos. Todo ello forma parte de lo que podríamos llamar el «alma rusa». Mis suegros seguían encendiendo finas velas de auténtica cera, adquiridas en comercios rusos, para honrar los iconos pintados a mano que tenían en su casa en memoria del abuelo Nikolai, asistiendo con regularidad a la iglesia ortodoxa rusa, algo que no habían podido hacer hasta llegar a «Amerika» —expresión con la que ellos seguían refiriéndose coloquialmente a los Estados Unidos con su duro acento ruso—, o reuniéndose con parientes lejanos y amigos de la importante comunidad rusa de Los Ángeles en determinadas fiestas de su particular calendario ortodoxo, terminando casi siempre cantando a coro antiguas canciones rusas.
Irina, a la que, después de más de una década juntos, creía conocer muy bien, era el prototipo de la mujer americana actual, sensible y culta. Todo ello, además de su gran belleza, me había atraído. Como profesora de arte moderno en la UCLA, se había especializado en el periodo desde la revolución bolchevique hasta la actual Rusia, por lo que discutíamos frecuentemente de temas que concernían a la cultura y a la situación política de aquel país. Teníamos puntos de vista muy diferentes, aunque siempre intentábamos no personalizar. En cuanto a nuestra hija Natasha, se trataba de una vivaz preadolescente de diez años que con su inquebrantable entusiasmo juvenil consideraba a los Estados Unidos el mejor país del mundo, pero hablaba ruso a la perfección y sentía magnetismo por todo lo que tuviera que ver con aquella lejana y exótica Rusia, a la que consideraba el país de sus ancestros.
A la vista de mi situación familiar, había decidido aprender el suficiente ruso para no quedarme definitivamente al margen. Pero con independencia de todo ello, tal vez a pesar de ello, mi voluntad y mi obsesión era llegar a escribir una gran novela sin concesiones sobre el estalinismo, intentando no dejarme nada en el tintero. Naturalmente era consciente de que solo se trataba de una irrealizable utopía, que por otra parte me ayudaba a mantenerme vivo intelectualmente. Nunca hubiera podido imaginar lo que el azar me tenía reservado, aunque mi intervención en este asunto no se debió solo a la casualidad. Cuando hablamos del azar, en ocasiones, tenemos la sensación de que es él quien mueve los hilos de nuestra existencia y nos lleva de aquí para allá. Como si la vida fuera poco más que un teatro de marionetas en el que apenas tenemos nada que decir, a pesar de nuestros continuos y patéticos esfuerzos por demostrar que existimos y que somos dueños de nuestro libre albedrío.
Entonces, de pronto, un día cualquiera, como suelen ocurrir los grandes acontecimientos que en ocasiones llegan a alterar radicalmente nuestras vidas, sucedió algo totalmente inesperado.
Todo comenzó una plácida y soleada mañana de marzo de 2010, uno de esos preciosos días tan corrientes en California, cuando un tal Kevin Altman, del que no había oído hablar hasta aquel momento, dejó una escueta nota en mi oficina, el bufete Levinson & Partners, del condado de Glendale, Los Ángeles, donde trabajaba desde hacía unos meses. Ethel, la recepcionista, me la entregó con su particular sonrisa irónica que pretendía expresar que nunca había que matar al mensajero. La nota solo mencionaba: «Asunto Eisenstein. Novedades importantes. Muy urgente. Kevin Altman. I. P.», acompañada de un número de teléfono móvil para que nos pusiéramos en contacto con él.
La experiencia es un grado y a media mañana de un viernes era natural que nadie quisiera darse por enterado, hasta que Larry Levinson, mi jefe directo, me llamó para asignarme el asunto en mi cargo de letrado de investigación del bufete. No me explicó más, solo dijo que podría ser algo importante, lo que venía a expresar que yo sabría lo que debía hacer. Añadió que sentía no poder darme más explicaciones ya que en aquel momento entraba en una reunión. Luego colgó el teléfono sin darme tiempo a mostrarle mi absoluta disconformidad. Era la tercera vez en apenas dos meses que me tocaba trabajar en fin de semana y comenzaba a estar un poco harto. En un intento desesperado llamé desde mi despacho al todopoderoso David Zimmerman, CEO del bufete, pues era él quien me había fichado a través de un amigo común, para explicarle que precisamente aquel fin de semana me tocaba recoger a mi hija y llevarla a San Diego, por lo que me iba a resultar complicado hacerme cargo del asunto. Zimmerman tampoco estaba por la labor y no quiso ceder a mis argumentos. Contestó fríamente que alguien tendría que hacerlo y que sintiéndolo mucho me había tocado a mí.
No había más que hablar, así que finalmente tuve que llamar a Irina para contarle que había cambio de planes y pedirle que se quedara ella con Natasha. No me resultó fácil ya que ella también tenía sus planes y para colmo nuestra relación estaba pasando un momento delicado. Diré en su favor que me sorprendió su comprensión y que aceptara la situación sin discutir.
Unos minutos más tarde me puse en contacto con el remitente de aquella nota. El Sr. Altman me explicó que era investigador privado, que estaba informado de que el bufete llevaba el asunto legal de la herencia de los derechos de Serguéi Mijáilovich Eisenstein durante su etapa en Hollywood y que tenía el encargo, por cuenta de nuestro cliente, de averiguar qué pretendía la persona que acababa de aparecer en escena asegurando pertenecerle aquellos derechos. Cuando le pregunté si no podríamos dejarlo todo para el lunes, replicó airadamente que íbamos ya contra reloj y que la siguiente semana se leería la sentencia a la apelación ante un tribunal de Los Ángeles, por lo que no había tiempo que perder si no queríamos arriesgar el caso.
Le dije que necesitaba un rato para organizarme, pero contestó que, sintiéndolo mucho, si no le daba una respuesta en media hora, no tendría más remedio que hacer la guerra por su cuenta. Todo aquel asunto me había puesto nervioso y de malhumor tras haber planeado minuciosamente el fin de semana y comprobar que se iba al traste. Tenía la oprimente sensación de que los hados se habían vuelto contra mí, y no solo por aquello. Era como si todo me saliera al revés, aun intentando poner la máxima voluntad y trabajo.
Volví a llamar a Zimmerman, él llevaba la voz cantante en las decisiones del bufete, para contarle lo que me había dicho Altman. Le noté un poco tenso mientras me explicaba que el asunto ya nos había dado suficientes quebraderos de cabeza como para tener un problema por falta de información en el último momento. Repitió que me pusiera en contacto con el tal Altman y que hiciera lo que tuviera que hacer para aclarar la situación. Terminó diciéndome que no volviera sin un informe concreto. Una seria advertencia. Desde que estaba trabajando allí me había dado cuenta de que, por mucha voluntad que pusiera, Zimmerman y yo no sintonizábamos.
De nuevo conecté con Altman. Le noté aún más nervioso y me explicó que no teníamos tiempo que perder. Añadió, sin darme opción a pedirle más explicaciones, que nos encontraríamos directamente en la terminal de vuelos nacionales del aeropuerto de Los Ángeles, y me citó en una hora en el mostrador 22 de American Airlines. Antes de colgar añadió que no olvidara coger una maleta con lo imprescindible. Cuando le pregunté que dónde íbamos solo murmuró: «Milwaukee, Wisconsin». Luego colgó.
Una hora más tarde, tras pasar por mi apartamento para hacer la maleta en cinco minutos y exponerme a que me multaran por exceso de velocidad camino al aeropuerto, entré en la terminal. No tuve que molestarme en buscarlo. En el mismo vestíbulo, apenas a veinte pies, un tipo alto y delgado me señaló con el índice.
—Usted es el abogado Paul Parker, ¿no es así? Lo he localizado en internet. Soy Kevin Altman. Llega un poco tarde. Aquí tengo su billete y nuestro avión despega en unos minutos, si es que aún sigue ahí. No tenemos un segundo que perder. ¡Sígame!
Altman iba delante de mí corriendo como un gamo hacia la puerta de embarque. Recorrimos más de media milla hasta la puerta indicada. Noté como me dolía el flato. Había perdido mi antiguo fondo físico. Al llegar la azafata nos miró con cara de pocos amigos mientras comprobaba los billetes. Me di cuenta de que Altman la había camelado un rato antes para que no cerrara el vuelo ya que íbamos con mucho retraso. Luego volvimos a correr por el larguísimo pasillo, desierto en aquellos momentos, seguimos la flecha que indicaba el desvío hacia el finger que resonó con nuestras zancadas y, finalmente, entramos en el avión. El impaciente sobrecargo que aguardaba a los dos pasajeros despistados cerró la puerta inmediatamente. La gente sentada que abarrotaba el aparato nos observó con cara de pocos amigos, sabiendo que éramos los causantes del retraso. Dos tipos mal educados que habían hecho perder el valioso tiempo de otros doscientos cincuenta pasajeros que sí habían llegado a tiempo. Respiraba agitadamente pensando que mi corazón iba a salirse por la boca.
Mientras la azafata nos guiaba hacia la parte delantera noté como el avión se ponía en movimiento. Señaló nuestros asientos y nos indicó que nos pusiéramos los cinturones. Solo entonces Altman asintió satisfecho:
—Está usted en mejor forma de lo que aparenta. Hemos conseguido coger el vuelo por los pelos. El siguiente no salía hasta medianoche y eso hubiera sido un serio problema. Habríamos llegado destrozados. Por cierto, debe saber que he cogido primera clase porque no quedaba nada más. Supongo que a su bufete de abogados, cargados de pasta hasta las orejas, no les importará. Así que me debe seiscientos cincuenta dólares y a partir de ahora, si le parece, cada uno paga lo suyo.
Asentí, mientras él alargaba su mano. Altman era el prototipo de investigador privado que habría vivido muchas aventuras y prefería las cuentas claras. Aquel tipo no quería saber nada de recibos o facturas que ya se cobrarían. Efectivo metálico. En cuanto nos sentamos, saqué los billetes de cincuenta, los conté, se los entregué y los guardó en su billetera.
Quería saber lo que pretendía:
—Bien. Ahora que estamos en paz, dígame al menos a qué vamos a Milwaukee con estas prisas. Tenía planeada otra cosa para mi fin de semana y estoy tan cabreado, al menos, como el resto del avión.
Altman esbozó una sonrisa de circunstancias y señaló a la azafata que traía la carta.
—Mire Parker, ahora que hemos conseguido llegar hasta aquí vamos a relajarnos un poco. Si le parece vamos a comer a la carta aprovechando que por una vez viajamos en primera; y no sé usted, pero yo no he tomado nada desde las siete de la mañana. Después, como habrá tiempo de sobra porque son cuatro horas y pico de vuelo, le prometo que le contaré lo que sé. Se trata de una interesante historia.
Asentí aún algo malhumorado. Yo también necesitaba comer algo y relajarme. El menú de primera no era nada especial, pero tampoco estaba mal para ser un catering en un avión. La carta de vinos era excelente. Al terminar de comer la azafata trajo los dos gin-tonics que pidió Altman, a lo que no me opuse. Mi compañero era un hombre de cuarenta y tantos, de seis pies de altura, delgado, membrudo, alguien que se conservaba en buena forma como acababa de comprobar. Su rostro, de perfiles aguzados como tallado en la roca, el cabello muy corto con enormes entradas y unas gafas doradas pasadas
de moda, me recordó al señor McKeeby[3]. Era alguien que pasaba inadvertido, lo que en su profesión debía ser una gran ventaja. Permaneció en silencio bebiendo cortos sorbos del gin-tonic mientras yo pensaba en mis cosas, en cómo la vida se nos complica de repente. Debía estar camino de San Diego con mi hija Natasha para llevarla al zoo, los animales eran su pasión, mientras el azar me llevaba hacia el noreste, embarcado en un asunto del que apenas sabía nada. Aquellas cosas eran las que en los últimos meses casi estaban arruinando mi matrimonio. Me había dado cuenta de que en el bufete nunca se daba nada por perdido y menos aún por ganado. Siempre se agotaban todas las vías y posibilidades por mínimas que fueran y eso, por lo visto, era la clave del éxito de Larry Levinson; un hombre que siempre alardeaba de ser el nieto de un sastre judío llegado a Nueva York a principios de siglo arrastrando como único patrimonio una máquina de coser heredada de su padre, que trajo desde la lejanísima Minsk. Una buena historia que parecía sacada de los relatos cortos de Isaac Bashevis Singer. Aquel buen hombre sabía escribir. No pude evitar sonreír al recordar El Spinoza de la calle Market.
Estaba a punto de dormirme arrullado por el persistente zumbido del avión cuando Altman comenzó a hablar.
—¿Está despierto? Ahora que estamos tranquilos, si le parece, le contaré lo que sé. Trabajo como investigador desde hace tres años en este asunto, creo que lo mismo que el bufete de ustedes, para un ciudadano americano de origen judío ruso, al que ustedes representan ante los tribunales. Estoy hablando del «Caso Eisenstein». ¿Le suena? Le puedo asegurar que me costó Dios y ayuda encontrar las pruebas que les proporcioné, hasta el punto de que todo el maldito asunto se ha ido convirtiendo en una obsesión. La cuestión es que llevamos varios años en ello y, de pronto, cuando creíamos que estábamos terminando con éxito y que el tribunal de Los Ángeles nos iba a dar la razón dentro de unos días, aparece el testimonio de una mujer cuyo nombre le sonará en cuanto se lo diga. Alguien que parece empeñada en destruir el arduo trabajo que me ha llevado de cabeza en los últimos años y que afirma que nuestro cliente no es el verdadero propietario de los derechos de Eisenstein. ¿Recuerda? El famoso cineasta ruso. Tenemos que intentar averiguar qué hay de cierto en la declaración de esa mujer. De ahí las prisas. El lunes ya sería tarde, ya que la apelación se verá el martes por la mañana. Por lo que sé, el juez también desea terminar cuanto antes. Así que estamos viajando a Richland, Wisconsin, donde reside la causante de este nuevo quebradero de cabeza. Vamos a ver a la señora Lana Peters, aunque creo que
usted la conocerá mejor por su verdadero nombre. Svetlana Stalin[4].
Al escuchar aquel nombre me incorporé involuntariamente del cómodo butacón de primera clase donde estaba reclinado, casi derramo el gin-tonic. Simplemente había estado en el lugar adecuado en el momento justo. Ya era hora. En aquel preciso instante pensé que la travesía del desierto se me había hecho muy larga.
—Sí. Ha oído bien. Ayer pude averiguar que la tal Lana Peters era nada menos que la mismísima hija de Stalin, el dictador soviético. Comprenderá que yo también me sorprendí. Por lo visto durante unos años esa mujer se convirtió en una gran celebridad en este país. Ahora es una anciana de ochenta y tantos años que se encuentra voluntariamente recluida en una residencia de mayores en el condado de Richland, en Wisconsin, y es más que probable que confunda las cosas, o que ya esté gagá. Lo veremos mañana.
»Le explicaré el plan. Desde Milwaukee alquilaremos un coche y conduciremos unas ciento cincuenta millas hasta allí. No existe una combinación mejor, salvo la opción de alquilar un jet privado hasta un aeródromo cercano, lo que es inasumible. De camino dormiremos en Richland. Mañana sábado a las diez nos espera para decirnos lo que tenga a bien. Desconozco si es ella la que se considera heredera de los derechos en los Estados Unidos de Eisenstein o si debe saber quién es el verdadero heredero. La cuestión es que estamos hablando de unos cuantos millones de dólares. ¡Una tontería! Ustedes llevan el asunto ante los tribunales de Los Ángeles y con suerte podrán actuar en tiempo si somos capaces de demostrar que ese testimonio no tiene fundamento. Por eso mismo no podía venir yo solo. He hecho lo que tenía que hacer, que era encontrarla, y le aseguro que no ha sido fácil, es otro bufete de Chicago quien la representa y naturalmente no querían soltar nada. Le insisto que en este asunto usted y yo estamos del mismo lado, mi cliente es su cliente. Según creo hasta hoy mismo no sabían nada de la relación de la señora Peters en este asunto. Así que me deben una.
Aquel hombre era un sabueso que seguiría cualquier rastro que le interesara hasta el mismísimo infierno si hiciera falta. Nuestro bufete se basaba en la absoluta discreción, sin embargo aquel investigador estaba haciendo honor a su nombre y en su entusiasmo profesional me había arrastrado hasta allí. Nos encontrábamos a unos veinticinco mil pies de altura sobrevolando las Montañas Rocosas, en dirección al este y las grandes praderas. Se me antojaba una distancia enorme solo para buscar el testimonio de una anciana que confundiría las cosas y de la que con toda probabilidad no sacaríamos nada en claro.
Intenté recordar algo sobre Svetlana Stalin. Sabía que se había nacionalizado ciudadana de los Estados Unidos y poco más. Que a mucha gente le había parecido muy extraña su actitud de huir de la Rusia soviética, precisamente por ser quien era: la hija del hombre que había dominado con mano de hierro la Unión Soviética durante décadas. La misma encarnación de Satanás para el americano medio.
Mi nuevo compañero de fatigas, Altman, había reclinado su asiento y cerrado los ojos dispuesto a dar una cabezada. No quise molestarlo e hice lo mismo. El monótono susurro de los reactores me adormecía. Ya tendríamos tiempo de hablar de ello.
Llegamos al aeropuerto de Milwaukee en medio de una tormenta de nieve que nos despertó de improviso y puso a todos los pasajeros en tensión casi una hora antes. Finalmente, los pilotos hicieron su trabajo y conseguimos un bamboleante aterrizaje. Mientras el aparato hacía el rodaje hasta la terminal pensé que sería complicado viajar hasta nuestro destino. Pero Altman era un hombre que no se arredraba fácilmente, así que recogimos nuestro coche de alquiler y unos minutos más tarde nos dirigimos hacia el oeste. A nivel del suelo la cosa no parecía tan dramática y las quitanieves habían limpiado la carretera. Me di cuenta de que mi compañero de viaje conducía con seguridad y permanecí en silencio, iba centrado en la carretera y no quería distraerle. Hasta que de pronto comenzó a hablar.
—La verdad no puedo decirte mucho de esa mujer, Svetlana Stalin o Lana Peters.
En el mostrador del alquiler de coches mientras hacíamos la cuenta habíamos decidido tutearnos.
—Creo que tiene un carácter fuerte y que en ocasiones cambia de criterio sobre la marcha. Así que esperemos que siga con la idea de recibirnos, ya sabes lo que puede suceder con una persona mayor ante dos desconocidos.
En aquel momento me pareció que era yo quien podría sorprenderle.
—Bueno. Te confesaré que en este asunto tengo un as en la manga. Hablo algo de ruso, mi mujer es hija de emigrantes rusos y nuestra hija Natasha tiene la doble nacionalidad por un convenio que se firmó hace unos años. Eso no te lo había dicho.
—No. Está bien saberlo, aunque puede ser que facilite las cosas o que nos las complique. No lo sé. He leído en internet que sigue viendo a agentes de la KGB por todas partes. Así que depende de cómo nos reciba se lo dices o no. Lo dejo a tu buen criterio.
—De acuerdo. Me parece bien. Mi mujer, de la que imagino que en este momento debe estar pensando en pedirme el divorcio, es una persona culta que conoce bien la historia de la Rusia Soviética. Es profesora de historia moderna de la UCLA. Cuando se lo cuente se va a quedar sorprendida. ¡Nada menos que la hija de Stalin! A ella también le hubiera gustado conocerla. Ya no estoy nada molesto por haber perdido mi fin de semana. Esto es una increíble oportunidad para mí, el caso me interesa, al estar casado con una mujer de origen ruso he leído bastante sobre el estalinismo, e incluso he viajado en varias ocasiones a Rusia.
—Mejor así. Estamos de acuerdo en que puede ser interesante lo que nos cuente. Aunque para mí lo único importante es lo que nos tenga que decir sobre el asunto de Eisenstein. Lo demás es historia, aunque comprendo que te interese. Para centrar el tema te contaré lo que yo sé.
»Eisenstein llegó a los Estados Unidos en 1930 siendo ya alguien conocido. Su relación con los líderes soviéticos y su fama como cineasta le precedían. Apenas llegó, la Paramount le firmó un jugoso contrato y al poco tiempo llegó a hacer una película en Hollywood. Era otro judío listo vinculado al cine y no tuvo problemas en hacerse un hueco. Yo creo que vino a aprender sobre las nuevas tecnologías. Por lo visto era un genio, pero, sobre todo, un trabajador infatigable. Los estudios, que al principio le recibieron con los brazos abiertos, le encargaron un nuevo guion: Una tragedia americana, una adaptación de una obra de Theodore Dreiser sobre la justicia norteamericana, algo que en principio prometía. También se sabe que dejó escritos otros guiones y varias ideas que no se llevaron a cabo. Entonces, el Comité Fish, al que podríamos considerar como el antecesor del Comité de Actividades Antiamericanas, que estaba ya “pescando comunistas” en California, se opuso públicamente a la idea de llevarlo al cine y comenzó una dura campaña contra el que ya era conocido como “el rojo Eisenstein”. Las cosas se pusieron tan feas que la Paramount se vio obligada a rescindir su contrato. Después todo se le complicó porque lo acusaron de ser un bolchevique y de traer la propaganda soviética a los Estados Unidos. El ambiente a su alrededor se enrareció, hasta el punto que tomó la decisión de marcharse a Méjico. Allí quiso llevar a cabo una película sobre la Revolución, ¡Qué viva Méjico!, llegando a completar el rodaje aunque no pudo terminar el montaje. Después volvió a la URSS sin pasar por los Estados Unidos. Ya no se fiaba de la situación y de que incluso le hicieran comparecer ante un gran jurado. Fue entonces cuando vendió a nuestro cliente los derechos que aquí había generado, aunque los estudios pretendían ser los legítimos propietarios. Ese es el caso que nos ha ocupado en estos últimos años y, cuando todo parecía listo para sentencia, de pronto, aparece esta buena señora, Lana Peters, o si prefieres, Svetlana Stalin, que aparentemente no tenía la más mínima relación con el asunto Eisenstein. Hace un par de semanas los abogados de Chicago presentaron una reclamación en nombre de un apoderado, ya que ella no quiso figurar personalmente en la demanda. Por lo visto se encuentra bastante enferma. Me costó bastante trabajo saber quién estaba detrás. Cuando supe que era una tal señora Peters intenté ponerme en contacto con ella, pero no quiso cogerme el teléfono. Sin embargo, sorprendentemente, ayer por la tarde aceptó recibirnos. La verdad es que le puse un correo en nombre del bufete después de hablar con Zimmerman, y no sé porqué cambió de opinión.
»Eso es lo que sé en síntesis. Bueno, con todo este asunto he leído algo en internet sobre él, porque también a mí me gusta el cine y sabía quién fue el tal Eisenstein.
El tipo se lo había trabajado. Pensé que aquello prometía, era una historia fuera de lo común.
—¡Uhmm! Vamos a ver qué quiere contarnos Lana Peters. Y, para que no te llames a engaño, te adelanto que además de abogado a sueldo de ese bufete, en el que por cierto no sé si duraré mucho, soy escritor en mis ratos libres. He escrito varios libros, he conseguido publicar algunos y eso que se llama historia novelada y, sobre todo, la Revolución rusa siempre me ha interesado.
Altman me miró intrigado entrecerrando los ojos. No sabía si estaba tomándole el pelo. Lo cierto era que solía reservarme mi otra faceta. Tampoco quería que en el bufete creyeran que me distraía del trabajo llevando a cabo investigaciones particulares para mis libros. Pero me había dado cuenta de que Altman era un espíritu libre, al menos en eso nos parecíamos. Yo llevaba solo unos meses en el bufete y aunque me pagaban bien y me gustaba lo que hacía, pues solían enviarme siguiendo el hilo a buscar la madeja —lo que de alguna manera era una labor similar a comenzar una historia literaria—, estaba comprendiendo que no encajaba exactamente con el perfil que pretendían.
Altman negó con la cabeza. Me di cuenta de que aquello le daba lo mismo. Iba a lo suyo sin querer distraerse en tonterías.
—Ese es tu problema. Te repito que a mí lo único que me interesa es aclarar lo de los derechos. No sé a quién nos encontraremos, si a Lana Peters o a Svetlana Stalin. Eso puede ser otro problema. No la conozco, pero, a veces, en personas mayores puede existir una cierta confusión de personalidad, aunque parece que había gozado de una memoria excepcional. Ella fue testigo de muchas cosas. Digamos que no hay nadie que lo haya vivido tan de cerca.
—Sí. Es cierto. Ahora, dándole vueltas a todo el asunto, estoy comenzando a recordar cosas. Esa mujer tuvo que tener una vida muy difícil junto al mayor ogro de la historia moderna, aunque fuera su padre. Su madre se suicidó y su relación con el entorno debió ser muy compleja. No me extraña que tomara la decisión de marcharse lo más lejos posible.
Fuimos hablando sobre el tema. Altman no era ningún ignorante, como había pensado al verlo por primera vez, era un pragmático que iba directo al grano. Lo demás no le importaba lo más mínimo. Conducía con decisión y para cuando quisimos darnos cuenta estábamos entrando en el condado de Richland. Llegamos a un motel situado en la misma carretera, donde había reservado dos habitaciones. En recepción una chica nos tomó los datos, pasó las respectivas tarjetas de crédito y nos entregó las llaves de dos habitaciones colindantes. Era ya medianoche y después de ducharme debí dormirme pensando en Stalin, en el señor MacKeeby y en el azar.
A las ocho en punto, tal y como habíamos quedado, salimos al mismo tiempo de la habitación. Devolvimos las llaves y en el coche fuimos a un Starbucks cercano para desayunar. Altman se había afeitado y recortado el pelo, llevaba un traje gris claro y parecía más joven. Se lo comenté y se rio.
—Sí. Tú tienes familia o la tenías hasta ayer. Yo todavía no he encontrado mi media naranja. Mi madre está empeñada en que me case. Una decisión difícil, ¿no? Cuando lo haga no me gustaría divorciarme como casi todo el mundo que conozco. El divorcio me parece un fracaso; y perdona.
—Bueno. Es una forma de verlo. El matrimonio también es una experiencia y puede salir bien o no. En cualquier caso yo no estoy arrepentido. Mi mujer y yo tenemos una preciosa hija. Por mí no me divorciaría. Es ella la que se está hartando. La verdad es que últimamente llego muy tarde a casa, nos vemos poco y eso ha ido enfriando los sentimientos. Un matrimonio es un acuerdo entre dos personas muy diferentes para vivir juntos y compartir muchas cosas, pero si no hay sentimientos, todo se acaba.
En la cafetería hicimos tiempo. La chica que nos atendía nos explicó que la residencia de ancianos estaba apenas a veinte minutos. Media hora antes de la cita nos levantamos. Salimos de la carretera principal y nos dirigimos hacia el norte, después tomamos un camino estrecho asfaltado. Llegamos con diez minutos de adelanto. Se trataba de un gran edificio bien construido pero anodino. Hubiera pasado junto a él sin percibirlo. Pensé que lo habían construido así aposta. Aparcamos en la explanada delantera y nos dirigimos hacia la recepción. Unas urracas peleaban por algo en el espacioso jardín. Al entrar, el vestíbulo en madera oscura con lámparas verdes creaba una sensación algo oprimente. La mujer tras el mostrador levantó la vista de la pantalla y nos observó por encima de sus gafas.
—Ustedes tienen una cita con la señora Peters, ¿no?
Altman esbozó una sonrisa. Era un tipo avezado, con mucha experiencia en tratar a la gente.
—Sí, señora. Está usted en todo, efectivamente quedamos con ella a las diez. Soy Kevin Altman, investigador privado, y este señor es el abogado Paul Parker, acabamos de llegar de Los Ángeles. Allí el tiempo ahora es mejor, pero este condado tiene que ser precioso en primavera.
La mujer sonrió agradeciendo las palabras.
—Sí, en efecto. Esto es muy hermoso cuando todo está floreciendo, pero los inviernos son muy duros. Me gustaría volver alguna vez a Los Ángeles. Estuve una vez allí hace muchos años. Tal vez tendría que haberme quedado entonces, pero no fui capaz. ¡Así es la vida, no da tiempo a reaccionar! Bueno, acompáñenme. En esta salita estarán más cómodos para poder entrevistarse con ella. La señora Peters está perdiendo algo de oído, así que háblenle despacio y claro. Será mejor. Tardará un par de minutos. Siéntense, por favor.
Altman volvió a sonreírle mostrando su mejor versión de vendedor de biblias. Se la había metido en el bolsillo. Esperamos de pie junto a una chimenea eléctrica que simulaba leña encendida. Por el ventanal se veía un gran jardín nevado y las urracas se perseguían entre la nieve. Era un lugar cálido, tranquilo y silencioso. Pensé que sería el sitio ideal para retirarse.
Dos minutos después la mujer que nos había atendido abrió la puerta y la sujetó para que pasara la señora Peters. Svetlana Stalin era una anciana, pero pretendía mantener intacta su dignidad personal, ya que acababa de ser maquillada y peinada. Vestía una falda, una blusa de seda color crema y un jersey azul sobre el que relucía un precioso trozo de ámbar engastado en oro. Me observó a través de unos ojos verdes algo lagrimeantes. Un rostro regular de piel sonrosada y cabello castaño, naturalmente teñido. Pensé que tendría que haber sido bella de joven, caminó hacia nosotros intentando demostrar una agilidad que ya no era natural.
—Buenos días. Usted debe ser el señor Altman. Y usted… ¿el señor Parker? Soy Lana Peters, aunque creo que ustedes han venido a ver a Svetlana Stalin. Siéntense, por favor.
Ella tomó asiento en la butaca más cercana al ventanal y Altman se sentó en el sofá a su lado. Yo acerqué una silla y me coloqué frente a la mujer, incorporándome para entregarle mi tarjeta. Le dio un vistazo y permaneció en silencio con expresión interrogante.
Altman tomó la iniciativa y fue directo al asunto. Era su forma de ser. Ya me había advertido que no quería perder el tiempo allí. Lo imaginé
empuñando la horca para apilar el heno con sus membrudas manos[5].
—Señora Peters. Ya recibió usted la documentación. Sus abogados, que por cierto aparecieron hace apenas una semana en esta historia, mantienen que los derechos del señor Eisenstein, por sus obras en los Estados Unidos, pertenecen a alguien vinculado de alguna manera a usted. Comprenderá que estemos algo sorprendidos. Nuestro cliente asegura, y creemos que con todo el derecho, que son de su propiedad. Si nos puede aclarar su punto de vista, en esta extraña situación, evitaremos una larga demora y muchos quebraderos de cabeza por ambas partes.
Svetlana lanzó una larga mirada al jardín antes de responder. Las arrugas en las comisuras de sus ojos casi líquidos se marcaron endureciendo su tranquilo semblante. Comprendí que estaba haciendo un esfuerzo de concentración para expresar exactamente lo que quería decir. Me puse en su lugar e imaginé si yo hubiera querido expresarme en ruso, idioma que hablaría con fluidez.
—Bueno. Yo no tengo duda alguna. Mis abogados poseen la documentación acreditativa y firmada ante testigos por el propio Serguéi
Mijáilovich[6] de ese asunto. No hay duda sobre ello. —Me estaba dando cuenta de que aquella anciana tenía las ideas muy claras—. Lo firmó en Méjico ante notario y permaneció allí hasta que se leyó el testamento en Moscú. Quiero aclárales que los derechos no me pertenecen a mí, no tengo por tanto ningún interés económico en este asunto, sino a sus herederos en Rusia, de los que me siento responsable por razones de antigua amistad y porque él me designó para que lo representara cuando recordó que yo estaba residiendo en los Estados Unidos. Sus herederos me enviaron unos poderes y por tanto creo saber bien de lo que estoy hablando. También para mí ha sido una sorpresa enterarme de este asunto, casualmente, a través de la prensa. Los derechos de las obras de Serguéi Mijáilovich en los Estados Unidos no pertenecen al productor, que se basa en documentos no contrastados o parciales. En cuanto a los documentos que él, Serguéi Mijáilovich Eisenstein, firmó en Rusia y que entendemos válidos, creo que ya se han presentado ante el juzgado de Los Ángeles y, por tanto, en derecho el asunto no tiene mucho más que hablar, solo aguardar al fallo judicial. Perdónenme, sin ánimo de molestar, pero tengo la sensación de que ustedes, los bufetes americanos, son dados a complicar las cosas, porque este no es un caso de aplicación de derecho «Rusia versus EE. UU.», como los periódicos están dando a entender. Nadie quiere comprender que los rusos no son enemigos de los americanos, muy al contrario, existe una gran simpatía en Rusia por todo lo que se refiere a América. No, este asunto es algo bastante más simple. En cuanto a mi participación, si he aparecido tarde en ello, ha sido porque no creía que se pudiera llegar a cometer una injusticia. Quiero reiterar que yo no pretendo personalmente nada. No necesito más de lo que ya tengo y puedo asegurarles que, para lo que me queda, es más que suficiente. Siento que hayan hecho un viaje tan largo para escuchar esto, pero quiero dejarlo claro. Y no tengo inconveniente en repetirlo delante de un notario o alguien designado por un juzgado, siempre que ello no me obligue a viajar o salir de aquí. La verdad, preferiría no tener que hacerlo, ¿de acuerdo?
Altman y yo nos miramos asombrados. Aquella anciana además de tener las ideas muy claras, las exponía impecablemente. Mi compañero intervino con una cierta brusquedad. De pronto el hombre afable y tranquilo que me había llevado hasta allí parecía otro.
—Naturalmente estoy de acuerdo con que usted está haciendo lo que cree justo, lo que no quiere decir que la razón esté de su parte. Le diré lo que creo. Si Eisenstein cambió de criterio tras volver a Rusia, no significa que legalmente lo que hubiera dejado acordado y firmado prescribiera por ello. Nuestro cliente cree tener la razón… y por supuesto ahí están los documentos que avalan sus derechos. Luego, serán los tribunales de aquí los que decidan y perdóneme si creo que en este caso usted pudiera ser, digamos, algo subjetiva. Mire, señora Peters, en este país no valen los criterios sino las certezas. Tal vez en Rusia sea de otra manera. La realidad no tiene nada que ver con las series de abogados de la televisión, como aquel famoso Perry Mason que tanta gente se creía a pies juntillas.
Me di cuenta de que aquellas palabras y el tono empleado habían irritado profundamente a Svetlana Stalin.
—Verá, joven. Conocí muy bien a Serguéi Mijáilovich Eisenstein. Él no hubiera actuado como lo hizo si hubiera tenido la más mínima duda sobre sus derechos. Era un hombre honesto que siempre ejerció como tal. Si ahora alguien quiere poner en duda todo eso se equivoca de medio a medio.
En aquel momento intervine yo.
—Altman, por favor. Por mi parte creo que hemos recibido una explicación suficiente. Al menos para mí.
Me dirigí a ella intentando recomponer la situación.
—Perdone, señora Peters. Mi amigo no ha querido molestarla en absoluto. Creo que su explicación aclara muchas cosas y que usted lo ha expuesto a la perfección. Por supuesto que alguien como el señor Eisenstein nunca hubiera actuado de manera incorrecta. En cualquier caso gracias por habernos recibido. Ha sido un placer conocerla. Spasiva.
Pero Altman no estaba de acuerdo con terminar la reunión sin aclarar lo que había venido a buscar.
—Señora Peters. No he pretendido molestarla. Solo quiero saber por qué alguien como Eisenstein pudo cometer un error de esa magnitud. Él vendió sus derechos y cobró por ello. De ello hay constancia documental, incluso copias de los talones que percibió. Me refiero naturalmente solo a los derechos que correspondían a sus obras en este país, que por lo visto después volvió a ceder en Rusia a sus herederos. ¿No sería un error de interpretación de sus albaceas? ¿O de los traductores? Por supuesto no he querido insinuar que él lo hiciera de mala fe. Pero la cuestión es que he tenido en mi poder la copia del contrato y puedo asegurarle que sé leer.
La anciana movió la cabeza negando. Parecía irritada.
—Señor Altman. No tengo la menor duda de que usted sabe leer. Yo también. Pude leer el testamento en ruso, en la notaría de Moscú, y he tenido la oportunidad de leer otra copia del documento que usted conoce en inglés y en ruso. Tengo muy claro lo que dejó escrito Serguéi Mijáilovich Eisenstein. No tengo nada más que decir. Buenos días.
Svetlana Stalin se incorporó con más agilidad de la que aparentaba por su edad y circunstancias. Hizo una leve inclinación de cabeza y se dirigió a la puerta. Antes de salir se volvió.
—Bueno, sí, le diré otra cosa. Aunque Perry Mason es de hace treinta años, las series de abogados de ahora son bastante peores. No suelo verlas, tal vez usted sí. Porque usted no es abogado, ¿verdad, señor Altman?
Llegué antes que ella y abrí la puerta haciéndome a un lado para que pasara. Volvió a hacer otra leve inclinación y noté que me sonreía. La vi alejarse por el pasillo, caminando erguida y muy digna. Altman se quedó mirándome muy molesto. No le había gustado nada el tono en que ella lo había tratado, ni mucho menos mi intervención.
—¡Por Dios santo, Paul! ¡No comprendo por qué le has dado la razón! No me has permitido seguir mi razonamiento. ¡Esa mujer no sabe lo que dice! ¡Pero a lo mejor me equivoco en esto y lo sabe muy bien! ¡Tampoco me extrañaría, después de todo como hija de Stalin tendría a quien parecerse!
Aquello me pareció ofensivo. No venía a cuento.
—No tienes ninguna razón, Altman. Por lo que acabo de escuchar creo que la señora Peters es una mujer extraordinariamente culta con las ideas muy claras. En cuanto a lo de Eisenstein, comienzo a pensar que alguien quiso aprovechar que sabía que él no iba a volver aquí nunca. Tal vez alguien que se puso de acuerdo con un notario.
—¡Estás loco, Parker! ¡Esa elucubración es una paranoia o incluso un delito en sí misma! ¡Acabas de conocer a esa vieja loca y te pones de su parte! ¡No comprendo cómo han enviado a alguien como tú para este tema! Siempre he pensado que los abogados soléis defender a vuestro cliente, tenga o no razón. ¿Ahora sales con todo ese rollo de la justicia? ¡Por favor, no me defiendas nunca!
Nos dirigimos al coche sin decir nada más. Altman dio un portazo al cerrar para mostrar su enfado. Me daba lo mismo lo que pensara de mí. Tras lo ocurrido tenía muy claro qué clase de individuo era Kevin Altman, aunque casi había conseguido engañarme. Condujo en silencio durante las casi tres horas hasta el aeropuerto de Milwaukee. Allí cada uno nos fuimos por un lado haciendo tiempo para el embarque, aún faltaba casi una hora.
En aquel momento sonó el móvil. Era una llamada desconocida. A pesar de ello la acepté.
—¿Señor Parker? —la voz me resultó en aquel momento irreconocible, ligeramente distorsionada por los potentes altavoces de la terminal que me impedían una correcta audición—. Soy la señora Peters.
Estaba pensando en otra cosa y no caía en quién me hablaba entre el ruido de fondo y la poca calidad del sonido.
—Perdone, ¿quién es, por favor?
—Sí, señor Parker. Usted me recordará mejor como Svetlana Stalin, ¿no?
—Sí, claro —quise disculparme por mi torpeza—. Perdone, Svetlana. Pensará usted que soy un despistado, pero me encuentro en la terminal del aeropuerto y aquí con los altavoces y el ruido de fondo no es fácil escuchar con claridad.
Me introduje en unos aseos del pasillo. No había nadie en ellos. Olía a lejía. Un letrero en el suelo avisaba: «Precaución pavimento resbaladizo». Pero al menos en aquel lugar había silencio.
—Dígame, señora Peters. Ahora la escucho mucho mejor.
—Sí, señor Parker. Habrá usted pensado que soy una vieja antipática. Soy vieja, aunque aún no lo acepto, pero le aseguro que no soy antipática. Solo a veces cuando me meten el dedo en el ojo, como ha hecho el señor Altman. Pero me di cuenta de que usted es un hombre educado. Solo quería que supiera que estoy dispuesta a seguir hablando con usted. Su compañero es otra clase de persona y con él no tengo nada que hablar, ¿de acuerdo?
En aquel momento sentí el impulso de hablarle en ruso. Mi mujer me decía que tenía un acento demasiado duro y que no empleaba bien los verbos. Formaba parte de mi idiosincrasia y no pude evitarlo.
—¿Svetlana? ¿Sigue usted ahí? ¿No le importará si le hablo en ruso? Le explico, mis suegros son rusos, de San Petersburgo, Petrogrado cuando ellos nacieron, mi mujer nació ya en los Estados Unidos y es profesora de arte en la UCLA, por eso hablo algo de ruso. Mi hija Natasha lo habla perfectamente.
—No, señor Parker, ni mucho menos. Lo habla usted bastante aceptablemente. ¡Hasta yo lo entiendo!
Pude escuchar una carcajada al otro lado de la línea.
—Perdone, señor Parker, ¡no me estoy riendo de usted! ¡Tendría que haberme oído durante mis primeros meses en los Estados Unidos! Por favor siga hablándome en ruso. La verdad es que lo echo de menos.
—Bien, gracias por su ánimo. Mire, ahora tengo que volver a Los Ángeles. ¿Le importaría si voy a visitarla dentro de unos días?
—No, en absoluto, encantada. Usted me recuerda a un viejo amigo, pero de eso hace muchos años. Venga cuando quiera.
—De acuerdo Svetlana, muchas gracias por su llamada. A mí me ha ocurrido lo mismo. Claro que volveré. Intentaré traer a mi mujer. Le encantaría conocerla a usted. Pero quiero advertirle algo. Además de abogado soy escritor. Se lo digo para que luego no pueda decirme que no se lo advertí.
La escuché reír al otro lado de la línea.
—¡No, eso no me importa! Yo también he escrito varios libros. Sé muy bien lo que quiere decirme. Mire, señor Parker, llega un momento en la vida en el que todo es muy relativo. Mi problema ahora es que todos los días son iguales, monótonos y trascurren muy deprisa. ¡Las semanas y los meses también! Sé bien donde estoy y lo que sucederá en poco tiempo. Si quiere que le cuente algo no tengo inconveniente. Aquí en Richland la gente solo se escucha a sí misma. Bueno, adiós, que tenga un buen viaje. Y verá, quiero aprovechar para insistirle que Serguéi Mijáilovich era un hombre muy especial, con un gran sentido ético. Él no hubiera hecho nada contra su criterio y creo que hasta hoy no he conocido a nadie con tanto criterio como él. Adiós. Si quiere volver no se demore mucho. ¡Ya tengo ochenta y cinco años! Spasiva.
La escuché colgar. De aquello no iba a contarle nada a Altman. Creo que no me hubiera creído.